Teniendo en cuenta la magnitud de los eventos que deberá contener, cualquier cronología que intente pautar los últimos ochenta años deberá asentarse sobre bases firmes. Unas bases que le permitan enfrentar el grado de incertidumbre (y falta de bibliografía) inherente a ese período.

En el caso de este trabajo —y tras mucho analizarlo— me atrevo a reducir esas bases a una simple afirmación:

Las transformaciones que ha sufrido nuestro mundo en las últimas décadas se derivan —en su mayor parte— de tres procesos independientes que tuvieron lugar en el primer cuarto de siglo (aunque sus orígenes puedan rastrearse en el siglo pasado): me refiero al deshielo del Ártico, el ciberactivismo y la «Gran Recesión», que es el nombre que se le dio a la crisis económica de sus primeras dos décadas.

Para entender los motivos del Incidente de 2024 —que derivó en la Década Oscura y el posterior Colapso— es necesario primero analizar en detalle estos tres procesos.

Y he decidido empezar por aquel que, en su momento, pasó más desapercibido: la apertura de rutas marítimas en el océano Ártico durante los meses del verano boreal.

 

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Fotografía realizada por Jaymantri y publicada en Pexels.

 

01.1_ La navegabilidad del océano Ártico

En el año 2009, la temperatura media del planeta había ascendido 0,8ºC respecto a los referentes históricos. Sin embargo, ese dato preocupante generó un beneficio imprevisto: la navegabilidad del océano Ártico… Y digo «imprevisto» no porque no se lo esperara, sino porque no se lo esperaba tan pronto: las proyecciones más pesimistas pronosticaban dicha navegabilidad para mediados de la década siguiente.

Ya en 2007, casi el cuarenta por ciento de la capa de hielo marino del océano Ártico desapareció durante los meses de verano. Y aunque los científicos aventuraron que se trataba de una excepción, en 2008 y 2009 el fenómeno se agravó…; o mejoró, según se mire.

A partir de entonces, el paso del noreste (que une la costa de Rusia con China, Japón y Corea), la ruta del Polo (que conecta a Europa con el mar de Bering) y el paso del noroeste (que permite el desplazamiento entre la costa este de Estados Unidos y Canadá) dejaron de ser quimeras. Y en un mundo en el que el 90% del comercio se realizaba por mar, la apertura de estas nuevas rutas comerciales permitió, en algunos casos, reducir en un cincuenta por ciento los tiempos de desplazamiento.

Dada la importancia geopolítica de los países que empleaban esas rutas, el tráfico de mercancías por el océano Ártico se convirtió, con los años, en el más importante del mundo.

 

01.2_ Combustibles fósiles

Esa no fue la única ventaja que trajo el deshielo: aunque hacía tiempo que se sabía que el 30% del gas natural del planeta, el 13% de su petróleo y, en general, el 22% de todas sus riquezas mineras se hallaban en esa zona, la dificultad de implantarse sobre el casquete polar había postergado su valor estratégico. Sin embargo, con el hielo en retirada durante varios meses y un mundo cada vez más dependiente de los combustibles fósiles, lo que antes había parecido una inversión descabellada comenzó a convertirse en un negocio rentable.

A principios de siglo, ocho países poseían costas linderas con el océano Ártico: la Federación Rusa, Estados Unidos, Canadá, Dinamarca (a través de Groenlandia e islas Feroe), Islandia, Finlandia, Suecia y Noruega. Entre los ocho compartían y tutelaban un millón doscientos mil kilómetros de fondo marino, a través de una entidad bastante bien avenida llamada Consejo Ártico. Pero las cosas empezaron a cambiar cuando las potencialidades económicas del Ártico se hicieron evidentes.

El 2 de agosto de 2007, el rompehielos nuclear Rossiya, por medio de un batiscafo, plantó una bandera de titanio de la Federación Rusa a cuatro mil doscientos metros de profundidad, en la ubicación geográfica exacta del Polo Norte. No es casual que haya sido Rusia la primera en mostrar su interés en apropiarse de ese territorio. Históricamente, incluso en sus tiempos de mayor expansión geográfica, siempre había sufrido una desventaja estratégica debida a su escasa proyección marítima. A principios de siglo, el ascenso global de temperaturas no solo le había regalado las rutas de navegación más importantes del mundo; también le brindaba la posibilidad de acceder desde sus costas a la mayor reserva de materias primas que ofrecía el planeta.

 

01.3_ Conflicto de intereses

La ONU comprendió de inmediato el peligro que constituiría un conflicto de intereses en la zona, pero el poder de las potencias implicadas era tal que lo único que pudo hacer fue pedirle un informe al Consejo Ártico.

A sabiendas de que la última palabra sobre el tema la tendrían ellos, el Consejo comenzó a evaluar dos propuestas de gran calado: aumentar a 350 el número de millas de las «zonas económicas exclusivas» (lo que volvería casi inviables las rutas de comercio por aguas internacionales) y exigir la propiedad de todas las tierras que se asentasen sobre sus plataformas continentales.

Mientras se debatía todo eso, las corporaciones multinacionales vinculadas al petróleo y al gas natural comenzaron a realizar sus propias jugadas. Dado que los países involucrados no tenían intención alguna de vender sus derechos de prospección a empresas extranjeras, en menos de cuatro años se establecieron gran cantidad de pactos y fusiones entre compañías rusas, europeas y americanas, que buscaban su porción del negocio sin prestar demasiada atención a la situación política de la zona.

Este es un dato interesante, teniendo en cuenta que las negociaciones dentro de Consejo Ártico (que habían sido muy amigables en la primera década del siglo) no hicieron más que tensarse entre el año 2010 y el 2018.

Como forma de facilitar la negociación, en mayo de 2013 el Consejo decidió que otros seis Estados (Italia, China, Japón, Corea del Sur, India y Singapur) participasen como «miembros observadores permanentes», sin embargo, su presencia no redujo la tensión. El intento de expandir las zonas económicas exclusivas hasta 350 millas náuticas había provocado un conflicto de intereses que hasta entonces no existía, porque había trasladado los problemas desde el límite boreal a las fronteras entre sus Estados miembros.

Algo parecido ocurrió con la reclamación de tierras sobre plataformas continentales. Todo estudio científico que demostrara que cierto territorio pertenecía a un país, era rápidamente desmentido por otro miembro del Consejo.

En menos de cinco años, los países involucrados duplicaron (y en algunos casos hasta cuadruplicaron) su presencia militar en la zona y esa guerra fría se convirtió en caliente en algunos puntos, como en el este de Ucrania. Si esto hubiese sucedido en el siglo XX es probable que estas negociaciones hubiesen culminado en un conflicto a gran escala (en 1914, por ejemplo, el asesinato de un archiduque echó por tierra varias décadas de globalización económica), sin embargo, a principios de este siglo las relaciones entre el poder político y el económico habían cambiado radicalmente, y esa fue la primera vez que ese cambio se hizo explícito.

 

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Fotografía realizada por Adam Jang y publicada en Unsplash.

 

01.4_ Distintas tácticas, la misma estrategia

En el año 2009 (el mismo en el que se realizó el primer transporte de mercancías por el océano Ártico), el Banco Mundial informó que las 500 mayores multinacionales privadas del mundo controlaban el 52,8% del producto mundial bruto. Sin embargo (aunque de facto eran ellas las que ostentaban el poder), habían creado complejas redes de influencia (lobbies en Estados Unidos; contratos de ex mandatarios y nobles en Europa) para traducir sus intereses en leyes.

Las fronteras nacionales siempre fueron un buen elemento de control social y, aunque la economía hacía décadas que se había globalizado, a los grandes capitales le resultaba más seguro implantar lentamente sus reglas que dar un golpe sobre el tablero. Al menos en los países desarrollados.

 

01.5_Escalada

Todo eso cambió en 2014 y 2015. La crisis de Ucrania hizo evidentes las tensas relaciones imperantes entre la Unión Europea y Estados Unidos, por una parte, y la Federación Rusa por otra… aunque la opinión pública nunca llegó a saber el motivo subyacente al conflicto.

A finales de 2016 —al tiempo que se hacían públicas las noticias de una posible interferencia rusa en la campaña electoral estadounidense—, las negociaciones dentro del Consejo Ártico habían llegado a un punto muerto.

A nivel político las posiciones eran irreconciliables, básicamente porque muchos de los líderes que debían llegar a acuerdos disponían de participaciones en las empresas involucradas. Hasta Noruega, que siempre había actuado como mediador, reforzó su patrullaje militar en la frontera del espacio Schengen. Y la ONU (que por entonces estaba lidiando con la peor crisis de refugiados desde la Segunda Guerra Mundial) carecía del respaldo suficiente para establecer un arbitraje.

 

01.6_ Divergencia

Lo novedoso fue que, mientras los diplomáticos y los científicos discutían la delimitación de las fronteras, las empresas aseguraban sus porcentajes de explotación sobre los recursos de la zona. Eran dos conflictos paralelos desarrollados en el mismo escenario y al mismo tiempo. Las empresas no podían perder tiempo en negociaciones políticas: si no eran capaces de posicionarse a corto plazo perderían el filón, así que dejaron que la política siguiera su curso mientras ellos se encargaban de sus negocios.

Hubo que esperar hasta principios de 2017 para que la vorágine de fusiones y alianzas comenzara a mermar. Para entonces, una red de pactos y acuerdos había enlazado a los principales grupos financieros del hemisferio norte en la explotación de un territorio que, a nivel político, estaba al borde del conflicto.

Nunca hasta entonces había sido tan evidentes las discrepancias entre los intereses geopolíticos nacionales y los económicos globales. Resultaba ridículo que las delegaciones de Estados Unidos y la Federación Rusa estuviesen discutiendo los límites de la frontera marítima en las cercanías del estrecho de Bering, cuando compañías de ambos países ya habían pactado sus porcentajes de ganancia a ambos lados del mismo.

Y otro tanto sucedía con los intereses europeos, tan repartidos entre los países de la zona que lo menos que querían era un conflicto que la desestabilizara… Ya bastante desestabilizada estaba la Unión Europea desde que el Reino Unido había votado abandonarla en 2016.

Los analistas, por su parte, apenas hablaban del tema: el recrudecimiento del terrorismo islamista, la crisis de los refugiados sirios, el resurgir antieuropeo y nacionalista (en muchos casos de extrema derecha), las decisiones del presidente de Estados Unidos o las bravatas nucleares de un dictador del sur de Asia, distrajeron a la opinión pública. Solo algún que otro «ejercicio militar» atrajo algo de atención sobre la zona.

Sin embargo, los mercados hacía tiempo que se regían por informaciones distintas y la incertidumbre política en el océano Ártico (reforzada por la tendencia imperialista de la Federación Rusa) hizo perder cientos de millones a las empresas energéticas. Era urgente dar un golpe de timón y ese golpe se produjo en 2018.

 

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Fotografía realizada por Jeremy Ricketts y publicada en Unsplash.

 

01.7_ Davos, enero de 2018

El Foro Económico Mundial, la fundación que mejor nucleaba a los poderes económicos de entonces, se reunía todos los eneros en Davos —un pueblo de lo que entonces se llamaba Suiza— para conformar sus agendas globales, regionales e industriales del año en curso. En su reunión de 2018, el Foro intervino (de una forma más explícita de lo habitual) en las decisiones políticas. Y lo interesante fue que lo hizo a la vista del público, sin deshacerse de su fachada teórica.

Hacía años que las redes sociales y las páginas de video se habían colado en su estructura (al fin y al cabo, ellas también formaban parte de sus 100 empresas miembro), lo cual obligó a convertir las órdenes directas en largos discursos de especulación proyectiva. La diferencia, esta vez, fue que todas las especulaciones teóricas se orientaron en el mismo sentido y que se urgió a los representantes políticos a tomar nota de sus consejos.

En el correr del siguiente trimestre, los grupos negociadores de la Federación Rusa, Canadá y Estados Unidos en el Consejo Ártico fueron renovados. Un mes después, Noruega volvió a presentar una de sus primeras propuestas, casi olvidada por aquel entonces.

 

01.8_ El origen de la Alianza

La propuesta partía de dos antecedentes: el primero y más importante era el Tratado de Svalbard.

Svalbard es un archipiélago ubicado entre el Mar de Groenlandia, el Mar de Noruega, el Mar de Barents y el océano Ártico; es decir, en una de las zonas de conflicto provocadas por la nueva redistribución.

En un tratado de 1920, Svalbard ya había dado con la solución al problema al separar la potestad territorial de las islas —que fue otorgada al reino de Noruega— del derecho de explotación minera —que fue concedida a todos los ciudadanos de los estados firmantes «en pie de absoluta igualdad»—; en definitiva, al haber separado los intereses geopolíticos de los intereses económicos.

El segundo antecedente era el acuerdo de distribución de costas en el Polo Norte, firmado en 2010 entre la Federación Rusa y Noruega. Este documento, que entre otras cosas proponía la creación de zonas de libre comercio en la frontera, había sido un primer paso hacia la creación de una normativa común entre los países miembros del Consejo.

Partiendo de esos tratados, Noruega propuso generar «bandas fronterizas», convirtiendo los territorios en disputa en zonas de libre comercio y explotación común.

El objetivo propuesto en la moción era reducir al mínimo esas «bandas fronterizas», pero, dado que su uso común terminaba brindándole a todos sus miembros más territorio que el original, terminaron por aceptarlo sin demasiadas modificaciones.

Una vez desarticulada la crisis (al menos esa crisis, porque el resto de crisis políticas seguían como hasta entonces), el siguiente paso fue desarrollar una normativa común, para lo cual debía crearse un ámbito apropiado.

Las empresas no estaban dispuestas a tolerar otro conflicto diplomático y, ahora que habían asumido el control, no tenían por qué devolvérselo a los políticos; les bastaba con simular que lo hacían.

Su red de acuerdos económicos estaba tan reforzada que les permitió definir, sin necesidad de intermediarios, las reglas de juego. Se instauró un Comité Internacional de Expertos con la intención de crear un «Código de Comercio, Transporte y Minería en el océano Ártico», pero, en la práctica, no fueron más que testaferros. Las verdaderas negociaciones se realizaron en las empresas.

En apenas seis meses se diseñaron las bases legales para la organización económica más poderosa de la historia: la Alianza para el Comercio, Transporte y Minería en el océano Ártico.

 

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Fotografía realizada por Jaymantri y publicada en Pexels.

 

01.9_ Cuestiones de nomenclatura

Cuando se instauró, en noviembre de 2018, los expertos en comunicación de las empresas miembro comprendieron, de inmediato, que un nombre tan largo no calaría en la memoria de nadie, así que se dio a conocer por su acrónimo en inglés; o, mejor dicho, por un anagrama de sus iniciales en inglés: OMATTA.

Según algunas fuentes, se barajó también el anagrama MAATTO, pero era demasiado parecido al acrónimo de la Organización del Tratado del Atlántico Norte —que aún seguía vigente— y su significado, en varias lenguas latinas, no era acorde a los objetivos de la organización. Así que optaron por OMATTA.

Por más que, en la actualidad, resulte casi imposible encontrarlos, el nombre figura en varios de sus documentos fundacionales. Sin embargo, el equipo que lo propuso no tuvo en cuenta que —una vez más en los idiomas latinos— su sonido es semejante al de la palabra Omertà, el término empleado por las organizaciones mafiosas italianas para referirse a su ley del silencio.

Como es lógico, los medios aprovecharon el filón: a finales de la década del diez, el secretismo tanto de los estados como de las empresas multinacionales generaba un profundo rechazo en la sociedad civil, por lo que en 2018 —cuando se creó la Alianza y se la denominó OMATTA— no fueron pocos los editoriales que hicieron referencia a la palabra siciliana.

Para salvar el resbalón mediático, OMATTA empezó a autodenominarse «Alianza». La campaña internacional de marketing de 2019, destinada a imponer el término, se encuentra entre las más costosas de la historia.

El especialista en comunicación social Richard Johansen lo explicó muy bien en su artículo de 2021 «De la Omertà a la Alianza: análisis de los elementos constitutivos de una campaña de comunicación exitosa».

«La palabra “Alianza” rememora las luchas heroicas de mediados del siglo veinte —ejércitos “aliados” en la guerra contra los totalitarismos—, al tiempo que se superpone al Tratado del Atlántico Norte, que suele denominarse del mismo modo. “Alianza” es una palabra con connotaciones positivas (trabajar en equipo por una meta común, tratar al otro como a un igual), tiene vocales abiertas, es fácil de recordar y, por sobre todas las cosas, parece transparente, aunque sea mucho más opaca que el acrónimo anterior».

Si bien todo el análisis de Johansen es de una gran lucidez, no puedo menos que admirar el carácter visionario de su última frase. Releída a día de hoy, en 2084, resulta más claro que nunca que, si OMATTA —en su ingenuidad— definía perfectamente el espíritu de la Alianza, esa palabra lo oculta.

Y lo hace muy bien: a estas alturas, la mayoría de sus ciudadanos no son capaces de explicar qué es la Alianza; piensan que es una denominación geográfica o, en el mejor de los casos, un pacto geopolítico, cuando la Alianza es en realidad el conjunto de empresas que dirigen nuestras vidas.

Ese es, en esencia, el motivo que me ha llevado a abordar este trabajo. Antes del Colapso solía decirse que «el pueblo que olvida su historia está condenado a repetirla». Ahora, medio siglo después, creo que el problema es incluso mayor: que a menos que conozcamos nuestra historia, seremos incapaces de proyectar nuestro futuro.

 

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Fotografía realizada por William Bossen y publicada en Unsplash.

 

 

NOTA: La foto de cabecera pertenece a Roxanne Desgagnés y ha sido publicada en Unsplash.

 

 

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