Como vimos en el capítulo anterior, el informe climático de finales de 2034 posicionó la temperatura media mundial cuatro décimas de grado por encima de la de 2023. Lo que no he explicado aún es el modo en que se realizaban dichos informes.

Desde finales de 2024, coincidiendo con los primeros efectos del invierno nuclear, el IPCC —el Panel Intergubernamental que desde 1988 analizaba los efectos globales del cambio climático— decidió publicar un «Informe de Evaluación» cada dieciocho meses.

Dada su complejidad, la forma en que se elaboraba era la siguiente: se redactaba en los últimos seis meses de cada período con datos obtenidos (en su mayor parte) a lo largo del año anterior. Esto significa que, en la práctica, el aumento que reflejaba el informe de 2034 se había registrado entre mediados de 2033 y mediados de aquel año.

A comienzos de 2035, la temperatura media del planeta ya había aumentado tres décimas respecto a la expuesta en el informe… y los climatólogos estimaban que subiría otras dos en los próximos meses.

Dicho de otro modo: estimaban que la temperatura media del planeta, a finales de 2035, se ubicaría en torno a un grado por encima de la de 2023.

 

El Colapso 2

 

11.1_ Fluctuación térmica

Dado que en 2025 la temperatura media mundial había descendido un grado con respecto a la de 2023, en la práctica puede decirse que esta ascendió dos en apenas ocho años. Muchos climatólogos achacan la virulencia del Colapso a los estragos de esta violenta fluctuación.

Si el fenómeno es conocido como «Colapso Climático» (o simplemente como «el Colapso») y no como «cambio climático» —que era el nombre que se le daba hasta entonces— es porque ciclos climáticos que habían permanecido estables durante milenios literalmente colapsaron.

A la atmósfera le tomó décadas llegar a un nuevo estado de equilibrio; al principio, todo cuanto ocurrió fue imprevisible: tormentas, inundaciones, sequías, olas de calor… todo dejó de responder a los modelos convencionales.

De hecho, solo tras la aparición de los ordenadores cuánticos, a finales de los cuarenta, fue posible elaborar modelos fiables de los flujos atmosféricos debidos al Colapso. Claro que para entonces su fase más desestabilizadora (aquella que estuvo a punto de desencadenar la sexta extinción masiva) había remitido.

 

11.2_ Primeros efectos

En agosto de 2035 se observaron dos fenómenos preocupantes:

En primer lugar, en ese mes se registró una nueva marca histórica en el deshielo del Ártico (y digo «preocupante» porque, durante los primeros seis años de la Década Oscura, dicho deshielo no había tenido lugar).

Con todo, el segundo fenómeno fue incluso más preocupante: ese verano se registraron descensos abruptos en el manto de hielo de Groenlandia.

A diferencia del casquete polar ártico —que, al flotar sobre el océano, no altera el volumen total de las aguas—, los glaciares de Groenlandia son aguas retenidas en tierra, por lo que un deshielo a gran escala podía generar subidas importantes del nivel del mar.

 

11.3_ «Pequeña Edad del Hielo»

Llegado a este punto, es importante hacer una aclaración.

La bajada de temperaturas de principios de la Década Oscura había incrementado notoriamente el volumen de los glaciares. Lo que, a su vez, derivó en un descenso generalizado del nivel del mar.

Debido a eso, una de las muchas formas en las que se denominó al invierno nuclear fue «Pequeña Edad del Hielo».

Los climatólogos habían previsto que, cuando la «Pequeña Edad del Hielo» remitiera, tanto los glaciares como el nivel de las aguas retornarían a sus valores previos. Con lo que no contaron fue con que los volúmenes de deshielo superasen a los de 2023.

Y esto era especialmente preocupante en Groenlandia porque sus glaciares acumulaban tanta agua que, en caso de descongelarse por completo, provocaría una subida de siete metros en el nivel del mar.

 

El Colapso 1

 

11.4_ Permafrost

Como todos sabemos, si bien en los meses siguientes ya se empezaron a sufrir los efectos del deshielo, este nunca llegó a semejantes niveles.

Sin embargo, el temor a la subida de las aguas encubrió otro fenómeno mucho menos espectacular, pero a la larga mucho más importante: el derretimiento del permafrost.

«Permafrost» era el término con el que se denominaba al suelo («permanentemente congelado») de la mayor parte de la isla. Sin embargo (al margen del nombre), lo cierto era que sus primeros treinta o cuarenta centímetros no permanecían congelados todo el año, lo que habilitaba el cultivo en superficie.

Esto generaba, a su vez, un fenómeno particular: la vegetación que crecía allí —ya fuera silvestre o cultivada— extraía carbono de la atmósfera para almacenarlo en sus tejidos, pero, una vez muerta, no llegaba a descomponerse (y a devolver dicho carbono a la atmosfera) porque los microbios encargados de hacerlo no eran capaces de actuar debido a las bajas temperaturas. En consecuencia, a lo largo de milenios el subsuelo de Groenlandia había ido acumulando una ingente reserva de carbono.

Lo que ocurrió en 2035 (y que para muchos expertos dio origen al Colapso) fue que el permafrost de Groenlandia se descongeló hasta una profundidad bastante mayor de la habitual.

 

11.5_ Síntomas

Irónicamente, el primer síntoma de este fenómeno fue muy positivo. Ese año se observó un notorio incremento en la fertilidad de los suelos gracias su humedad constante (debida a las intensas lluvias y a las abundantes aguas de deshielo) y el aumento de materia orgánica.

El segundo síntoma, por el contrario, fue aterrador: grandes porciones de la isla se vieron afectadas por incendios y explosiones, se multiplicaron los casos de asfixia, e incluso fue necesario desalojar algunas poblaciones.

De inmediato, un equipo de geólogos y climatólogos designados por el IPCC fue enviado a la isla.

Y sus conclusiones fueron alarmantes: el deshielo del permafrost había reactivado la descomposición microbiana, que estaba devolviendo el carbono a la atmosfera en forma de metano debido a la humedad de los suelos. Calculaban que el proceso ya había descompuesto entre un uno y un dos por ciento de la materia orgánica acumulada en la isla, y que el fenómeno iría en aumento.

 

11.6_ El diablo está en los detalles

Esos datos contenían dos detalles envenenados que, por supuesto, nadie se molestó en aclarar. El primero era que el metano era un gas de efecto invernadero cinco veces más potente que el dióxido de carbono —el gas que solía asociarse a aquel fenómeno—, y el segundo (y más alarmante), era que las reservas de carbono existentes en el permafrost de Groenlandia se habían calculado, a principios de siglo, en el entorno de las mil setecientas gigatoneladas.

Para hacerse una idea de lo que esto significaba basta decir que, por entonces, toda la atmósfera terrestre contenía «apenas» setecientas treinta gigatoneladas.

Desde esa perspectiva, un 1 o 2% de deshielo del permafrost de Groenlandia resultaba espeluznante… Y, para colmo, dicho deshielo no solo se estaba produciendo allí: en Alaska y Siberia se detectaron situaciones similares, aunque a mucha menor escala.

 

El Colapso 3

 

11.7_ Aumento del nivel de las aguas

En los siguientes doce meses, la temperatura media mundial subió otras siete décimas de grado y los efectos del Colapso comenzaron a hacerse evidentes (aunque, por entonces, todavía no se lo llamaba de ese modo).

El deshielo de los glaciares de Groenlandia, sumado al aumento de temperatura en la superficie oceánica, disparó el nivel mundial de las aguas aproximadamente metro y medio.

El golfo de Bengala fue la primera zona arrasada por las inundaciones, pero no fue la única. Decenas de ciudades costeras se vieron amenazadas o directamente invadidas por las aguas. Lo que a su vez generó un problema global dado que, por entonces, la mayor parte de las megaciudades se hallaban en la costa oceánica o en los deltas de ríos importantes.

De todos modos, salvo en Bangladés, algunas zonas de los Países Bajos y cuatro ciudades de Bengala Occidental —en la India— ese año no se registraron evacuaciones masivas.

 

11.8_ La Nueva Muralla

China fue uno de los primeros países en reaccionar a este fenómeno: al ver amenazada Shanghái —el símbolo de su nueva economía— puso en marcha una de las obras de ingeniería más ambiciosas de la historia: la Nueva Muralla.

Shanghái está construida en el delta del río Yangtze, lo que significa que está situada a nivel del mar. O, mejor dicho, al nivel al que estaba el mar antes del Colapso.

La Nueva Muralla, por tanto, es en realidad un anillo de cincuenta metros de altura que rodea la ciudad.

Algunos historiadores plantean que su coste en vidas humanas fue incluso más faraónico que su resultado, pero lo cierto es que no existe documentación (al menos en la Alianza) que corrobore dicha afirmación.

En cualquier caso, gracias a ese dique más de veinte millones de personas siguen viviendo en la ciudad. Si Shanghái no hubiese sido rodeada por la Nueva Muralla, habría corrido la misma suerte que el resto de las ciudades costeras y, en la actualidad, solo emergerían sus rascacielos.

 

11.9_ Inundaciones y sequías

El aumento del nivel de las aguas no fue el único fenómeno importante acontecido entre el verano de 2035 y el de 2036.

Las sequías en el oeste de Norteamérica y en el sur de Europa fueron mucho más intensas que en años anteriores. Si no hubiese sido porque desde hacía más de un lustro la producción de alimentos había sido derivada hacia la bioingeniería, ese año se habría producido otra crisis alimentaria.

La zona del planeta en la que el contraste entre inundaciones y sequías se observó con mayor claridad fue Australia. En enero y febrero de 2036, mientras gran parte de su territorio oriental sufría inundaciones (como efecto de las tormentas que atenazaron los estados de Queensland y Nueva Gales del Sur); Australia Occidental se consumió bajo las llamas. Estos problemas —sumados a la situación de muchas poblaciones costeras, que estaban siendo amenazadas por el aumento del nivel del mar— obligaron al país, por primera vez en su historia, a solicitar ayuda extranjera para hacer frente a la situación.

 

El Colapso 4

 

11.10_ Huracanes en el Atlántico Sur

Más o menos por las mismas fechas, entre finales de febrero y principios de abril de 2036, se registraron tres huracanes en el Atlántico Sur; un fenómeno casi desconocido hasta entonces.

El más virulento —de categoría 2— ingresó en la costa brasilera el 18 de marzo, a la altura de Natal.

En comparación con los huracanes que se producían (y se siguen produciendo) en la zona tropical del Atlántico, aquellos fenómenos iniciales podrían parecer anecdóticos, sin embargo, supusieron el inicio de una tendencia que, entre otras cosas, reflejaba de forma incontestable el calentamiento de las aguas oceánicas superficiales.

 

11.11_ Arrecifes de coral

Otra prueba de ese calentamiento fue la pérdida de arrecifes coralinos detectada durante esos meses.

Un equipo internacional de oceanógrafos logró demostrar que los ecosistemas marinos de absorción de dióxido de carbono estaban empezando a colapsar a causa de la acidificación provocada por dicho gas. Su informe concluía que, dado que el control del clima se produce (básicamente) en los océanos, un colapso de dichos sistemas conduciría, irremediablemente, a un Colapso Climático.

Aquella fue la primera vez que se empleó la expresión «Colapso Climático» para referirse a lo que estaba ocurriendo, sin embargo, una vez acuñada, fue asumida rápidamente por los medios de comunicación.

 

11.12_ Superhuracanes

Dados sus antecedentes, el verano de 2036 en el hemisferio norte fue recibido con especial preocupación. Por las esperadas emisiones de metano del permafrost, evidentemente, pero también por la posible virulencia de su temporada de huracanes.

Los climatólogos solían demarcarla entre el primero de junio y el treinta de noviembre, pero ese año se adelantó cinco días. El veintiséis de mayo, el huracán Denis —que alcanzó categoría 2— cruzó las Bahamas; un día después volvió a tocar tierra en Florida, donde se fue debilitando con el correr de las horas.

La actividad de aquella temporada se ubicó bastante por encima de la media. Sin embargo, si por algo ha pasado a la historia es por haber sido la primera en la que se registró un «superhurán»: es decir, un huracán que sobrepasó la categoría 5 en la escala Saffir-Simpson.

El primer superhuracán de la historia (llamado —no sin cierta ironía— superhuracán Clark) tocó tierra entre Port Arthur (Texas) y Cameron (Louisiana) —ambas ubicadas en lo que hoy es el sector americano de la Alianza— el 14 de agosto de 2036.

Afortunadamente, se debilitó a las pocas horas sin atravesar grandes zonas urbanas.

La mayor catástrofe debida a este fenómeno se produjo cinco años después: cuando el superhuracán Stella recorrió la costa este de Estados Unidos dejando a su paso miles de muertos… y dando el golpe de gracia a la isla de Manhattan, ya por entonces anegada.

 

El Colapso 5

 

11.13_ Canalizando el problema

Volviendo al verano de 2036, lo que realmente preocupaba a los climatólogos eran las emisiones de metano del permafrost de Groenlandia.

En los doce meses anteriores, decenas de ingenieros de todas partes del mundo habían diseñado y puesto en práctica un sistema para su canalización: el metano es el principal componente del gas natural por lo que, si se lograban contener sus emisiones, no solo se estaría solucionando el problema ambiental, sino que se dispondría de una sustanciosa fuente energética.

Debido a esto, tanto la comunidad científica como el público en general aguardaron expectantes el informe de resultados.

Y los resultados fueron los siguientes: en los meses de julio y agosto —es decir, en las semanas en las que se produjeron las mayores emisiones de metano— el sistema solo logró recolectar un cincuenta y cuatro por ciento de las emisiones. El cuarenta y seis por ciento restante se fugó en alguna etapa del proceso.

En la práctica, eso significaba que se había logrado la mayor extracción de biogás de la historia, pero que no se había resuelto el problema de las emisiones.

Los resultados fueron expuestos a la opinión pública como una victoria: teniendo en cuenta el escaso tiempo del que se había dispuesto para el diseño, construcción y puesta en marcha de las canalizaciones. Además, se dijo, los datos recabados a lo largo de aquel verano permitirían mejorar substancialmente los resultados del año siguiente.

Ese fue el discurso oficial —cosa previsible, dado que la mayor parte del capital invertido provenía de empresas privadas que contaban con obtener beneficios de la venta del biogás—, pero a nivel académico la opinión fue muy distinta.

Decenas de informes advirtieron de que el planeta se hallaba al borde de la catástrofe: la cantidad de metano vertida ese año a la atmósfera (incluso siendo un cuarenta y seis por ciento del total) estaba a punto de provocar un deterioro irreversible de los patrones climáticos. Debía encontrarse una solución alternativa de forma inmediata.

 

11.14_ La Célula de Hadley

De entre todos esos informes, el que obtuvo mayor repercusión se basaba en algo que los climatólogos ya venían observando desde principios de siglo: el debilitamiento y expansión circulatoria de la Célula de Hadley debido al aumento global de temperaturas.

La Célula de Hadley es el ciclo de masas de aire húmedo y masas de aire seco gracias al cual se han desarrollado selvas en los trópicos y franjas desérticas al norte y al sur de los mismos. Del funcionamiento de la Célula de Hadley depende —en mayor o menor medida— el resto de los fenómenos climáticos mundiales, por lo que pequeñas variaciones en su ciclo pueden provocar grandes efectos a escala global. Y el informe al que me refiero —publicado por la Universidad de Toronto— pronosticaba una variación importante.

Sus consecuencias las estamos viviendo hoy en día: el aumento de lluvias en los trópicos y su disminución en las zonas secas, que tienden a expandirse hacia el norte y el sur.

Lo más llamativo de aquel trabajo fue su exactitud: partiendo de los importantes aumentos de temperatura registrados en los años previos, presagiaba que para 2070 se registrarían incrementos de entre un cuarenta y un cuarenta y cinco por ciento de la escorrentía en las latitudes septentrionales de Eurasia y Norteamérica, en África ecuatorial oriental y en la cuenca el Río de la Plata; al tiempo que pronosticaba un descenso de entre el treinta y el cuarenta por ciento de las escorrentías en la costa oeste de Norteamérica, el sur de África, Oriente Próximo y el sur de Europa.

 

El Colapso 6

 

11.15_ El desierto de Iberia

Al referirse a esta última zona, el informe hacía hincapié en la situación de la península ibérica: explicaba que en 2036 era, con diferencia, la región de toda Europa más afectada por la desertificación (especialmente el sur, sureste, este y gran parte de su área central); y aclaraba que, aunque el fenómeno se viniera observando desde hacía más de dos décadas, los cambios en la Célula de Hadley tenderían a acelerarlo en el futuro próximo.

Según sus estimaciones, dos tercios de su territorio se vería seriamente afectado por dicho proceso y, de éste, cerca de la mitad ya estaba irremisiblemente perdido. En otras palabras, el informe profetizaba en 2036 el surgimiento de lo que, veinticinco años más tarde, conoceríamos como desierto de Iberia.

 

11.16_ Olas de calor

Como prueba de que estaba en lo cierto, ese año la península ibérica sufrió una ola severa de calor africano con temperaturas muy superiores a las registradas en 2003, 2015 y 2021. La masa de aire cálido afectó a las comunidades del mediterráneo (principalmente a Andalucía, Murcia y Valencia) y en menos de una semana dejó un saldo de cinco mil muertes.

 

11.17_ El factor psicológico

Por entonces, la mayoría de la población experimentaba emociones contradictorias.

Por una parte, no era capaz de imaginar que el Colapso pudiese ir a peor. Era tal la saturación informativa que incluso resultaba difícil aceptar que fuera cierto. Evidentemente, quienes sufrían sus efectos lo tenían muy claro, pero el resto contemplaba la tragedia con el fascinado descreimiento de quien ve cine-catástrofe.

Al mismo tiempo, la mayoría de la población vivía aterrada, preguntándose dónde y cuándo se produciría el siguiente coletazo y cruzando los dedos para que no les tocara a ellos.

Por desgracia, los siguientes efectos les hicieron comprender que, a nivel climático, el mundo estaba mucho más conectado de lo que creían, y que las desgracias que ocurrían a miles de kilómetros también podían afectarlos.

Pero de todo eso (del período más virulento del Colapso, de lo cerca que estuvimos de desencadenar la sexta extinción masiva) hablaremos en el siguiente capítulo.

 

El Colapso 7

 

 

 

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