Como vimos en el capítulo dedicado al «gran salto tecnológico», a principios de la década del cincuenta la Alianza ya disponía de las tecnologías que, a la larga, asentarían su poder hegemónico. Sin embargo, para ejercerlo debió acometer una profunda reconversión; y esas transformaciones, a corto plazo, la tornaron vulnerable.

Por si esto fuera poco, durante aquel período —que abarcó el primer lustro de la década— la Alianza se vio obligada a lidiar con dos fuerzas desestabilizadoras de gran magnitud.

Lo irónico fue que esas fuerzas, lejos de tumbarla, terminaron por allanarle el camino hacia su nueva etapa.

 

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18.1_ Las lecciones de Mánchester

La primera fuerza desestabilizadora (de la que ya hablamos en el capítulo anterior) fueron las revueltas en los campos de refugiados: un proceso comprendido entre finales de 2051 —la revuelta de Dresde— y mediados de 2053 —la revuelta de Mánchester—. Tras esta última (y la masacre que le puso fin), la intensidad de los alzamientos decreció de forma rotunda.

No es mi intención volver a hablar de la Revuelta de Mánchester, pero sí quiero hacer hincapié en un dato relevante. En todos los alzamientos previos, la represión ejercida por las fuerzas de seguridad durante la primera semana de revueltas había bastado para disolver las manifestaciones. Sin embargo, en el caso de Mánchester la represión solo incrementó su violencia.

Tras diez días de cargas, los refugiados le hicieron saber a la empresa patrocinadora que, en caso de no sentarse a negociar, estaban dispuestos a destruir las fábricas.

Llegado ese punto, la Alianza dio la orden de «impedir los destrozos a cualquier precio» (un eufemismo tópico para «disparar a matar»). Sin embargo, dado que nadie se atrevió a decirlo de forma explícita, varios de los pelotones dispuestos en Mánchester se limitaron a continuar con las tácticas habituales. Y aunque el resto sí se dio por aludido (es decir: disparó contra la multitud matando a cientos de manifestantes), no mató a los suficientes rebeldes (ni con la suficiente premura) para impedir los destrozos.

A partir de ese momento, asegurarse de que las tropas cumplieran sus órdenes en tiempo y forma (y sin dudar) se convirtió en una prioridad para la Alianza. (Recordemos que, desde mediados de los cuarenta, el comando de las mismas estaba a cargo de su dirección, no de sus empresas). Ese es el motivo por el que se iniciaron las investigaciones que un año después darían origen a las «Fuerzas de Seguridad de la Alianza»: las tropas institucionales que conocemos hoy en día.

 

18.2_ Lo que no se dice

La segunda fuerza desestabilizadora es plenamente conocida por todos los que éramos adultos a mediados de los cincuenta: la Yihad de 2055.

Se ha escrito tanto (y de un modo tan exhaustivo) sobre los pormenores del conflicto que no tiene sentido que lo vuelva a plasmar aquí. En especial, porque el desarrollo de la campaña no tuvo efectos posteriores en la historia de nuestro siglo.

De lo que sí hablaré es de sus antecedentes, y de algunos detalles sobre la batalla de Málaga —el último enfrentamiento en el frente occidental de la yihad— que los historiadores solemos omitir. No porque se trate de información clasificada (de ser así, yo tampoco dispondría de acceso), sino por el sesgo natural que suele empapar las experiencias personales. Será necesario dar paso a la nueva generación de historiadores (la que ha nacido tras la yihad, y empieza a publicar sus artículos) para disponer de un relato objetivo de aquellos meses de conflicto.

 

18.3_ Antecedentes

Por motivos de extensión (y porque es mi objeto de estudio), hasta ahora he priorizado lo ocurrido dentro de la Alianza. Sin embargo, para entender el contexto de la yihad es necesario que analicemos algunos hechos a los que solo me he referido de forma tangencial.

Lo primero que hay que aclarar es que, aunque a lo largo del primer cuarto de siglo (es decir, antes del Incidente de 2024) distintos grupos islamistas declararon sucesivas yihad contra los Estados que hoy conforman la Alianza, esos grupos no tuvieron nada que ver con los que actuaron a mediados de siglo.

Para hacerse una idea de la diferencia basta decir que, en la década del diez, la mayor parte de la población islámica estaba en contra de los yihadistas. De hecho, la mayoría de sus víctimas se contaban entre dicha población.

Otro error frecuente es suponer que aquellos grupos disponían de ejércitos regulares. A excepción de DAESH —un grupo militarizado cuyo objetivo era el control territorial—, el resto se coordinaban en pequeñas células que, por lo general, detonaban artefactos explosivos en zonas densamente pobladas, o realizaban asesinatos selectivos en represalia por lo que consideraban ofensas al Islam.

La yihad de 2055, por el contrario, fue una declaración colectiva —un alzamiento coordinado contra la Alianza y su religión— y sus métodos fueron los propios de una guerra convencional.

 

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18.4_ Nueva estrategia

¿A qué se debió semejante cambio?

Para empezar, a que las estrategias de principios de siglo habían dejado de funcionar: el auge de los métodos terroristas respondía a una realidad global que el Colapso había eliminado. Por poner un ejemplo; a mediados de siglo hubiese sido impensable secuestrar un vuelo comercial, sencillamente porque ya no existían. Y en cuanto a la posibilidad de que una célula terrorista se infiltrara en el territorio de la Alianza, conviene recordar los métodos de «contención» que se ejercieron en el Mediterráneo y las restricciones migratorias de los campos de refugiados.

 

18.5_ Alimentando la llama

Bastante más complejo es explicar la suma de procesos que condujeron a la yihad, dada la cantidad de factores que entraron en juego. Pero debo recalcar —rebatiendo a los colegas que han intentado desvirtuarlos— que motivos había de sobra.

Ya a principios de siglo —a consecuencia de un brutal atentado terrorista—, fuerzas occidentales ocuparon Irak y Afganistán interfiriendo, en mayor o menor medida, en la política de los países de la zona.

La suma de desastres que supuso la ocupación (y posterior desocupación) causó tal cantidad de víctimas civiles que los mismos habitantes que recibieron a dichas fuerzas como una salvación terminaron, en muchos casos, sumándose a la yihad.

Ya en la década del diez, la falta de apoyo por parte de Occidente al alzamiento pacífico del pueblo sirios contra Bashar al-Assad —un dictador respaldado por Rusia— generó el caldo de cultivo para que DAESH se expandiera por la región. Lo que a su vez hizo que la población civil quedase atrapada entre la embestida sanguinaria del grupo islamista y los ataques criminales del dictador de Damasco. Ese fue el detonante principal para la crisis de refugiados del 2015 que, como hemos visto en capítulos anteriores, tan mal gestionó Occidente.

Y por si eso fuera poco, la actuación de las REC en la década del veinte fue determinante en el conflicto nuclear entre Irán e Israel.

 

18.6_ Tras el Incidente de 2024

Cuando se produjo el intercambio de misiles, oriente próximo culpó a Occidente de la situación, lo que derivó en una serie de atentados suicidas en embajadas y delegaciones diplomáticas de medio mundo.

Como respuesta —o como excusa, porque para entonces los gobiernos occidentales ya habían decidido restringir sus gastos—, tanto la Unión Europea como Estados Unidos se negaron a enviar ayuda humanitaria a los países afectados por la radiación. Rusia sí la envió, pero solo a aquellos que estaban (o habían estado) bajo su égida.

Para colmo, seis meses después las restricciones en el comercio de alimentos condenaron a la hambruna a millones de personas.

Teniendo en cuenta todos estos datos, no debería extrañarnos que a finales de la década del veinte el odio de Oriente Próximo hacia los países occidentales se hubiera generalizado. Solo los países del norte de África siguieron manteniendo cierto vínculo con la Unión. Pero una década más tarde, cuando el desierto y las altas temperaturas empujaron a su gente a cruzar el Mediterráneo y el control marítimo subvencionado por la Alianza provocó un genocidio, las relaciones entre la Alianza y los Estados islámicos llegaron a un punto de no retorno.

 

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18.7_ El Nuevo Califato Otomano

A finales de la década del cuarenta, Turquía —que a principios de siglo había estado a punto de ingresar en la Unión— se hizo rápidamente con el liderazgo de la zona.

Desde una perspectiva histórica no resulta extraño: la primacía de la península arábiga en el siglo XX se había basado en el petróleo, pero la Década Oscura había dejado en evidencia que, más allá de la energía, sus países carecían de los medios básicos para subsistir; lo que en la práctica los forzaba a depender de Occidente. Turquía, por el contrario, era autosuficiente, y a lo largo de su historia había logrado unificar varias veces al mundo islámico, siempre bajo el signo del poder musulmán.

A finales de la década del cuarenta, la coyuntura era más que propicia para que volviera a ocurrir: en la mayoría de los países de Oriente Próximo, el norte de África, la zona del Cáucaso y el Turquestán, el Colapso había llevado al poder a líderes religiosos, y el odio hacia los infieles —como volvían a denominar a los occidentales—, había conseguido imponerse al eterno conflicto entre chiíes y suníes.

Así que, cuando en 2052 Süleyman Paşa —el autoproclamado Califa del Nuevo Califato Otomano—, declaró que «está próximo el tiempo en que los hijos de Alá se unirán para derrotar a los infieles», la Alianza supo que en poco tiempo entrarían en conflicto.

De hecho, si contó con algo de tiempo para prepararse fue gracias a que el mensaje del Califa iba destinado a la umma y no la Alianza; lo que significaba que sus palabras eran una llamada a la unidad del pueblo musulmán y no una declaración de guerra.

Nunca sabremos qué habría pasado si en lugar de centrarse la unidad interna, Paşa hubiese llamado de inmediato a la yihad. Pero no cabe duda de que la Alianza era mucho más vulnerable en 2052 que en 2055.

 

18.8_ La umma

Vale la pena detenerse a analizar las razones históricas por las que Turquía logró unificar el mundo islámico en tan poco tiempo.

Si observamos la situación global en la década del cuarenta, descubriremos que —salvo en el norte de África— los límites geográficos de los Estados islámicos se habían mantenido intactos. En otras palabras: los efectos del Colapso no los habían devastado.

Este factor, se sumaba a la base tribal de la mayoría de sus sociedades: una estructura social tan antigua —y había tenido que hacer frente a tal cantidad de tragedias— que recibió el Colapso como un nuevo desafío sin que sus embates pudieran desestabilizarla. Y si bien durante todo el siglo XX y principios del XXI se había producido un notorio aumento de la población urbana, ante los primeros síntomas de la crisis, la estructura tribal se reinstauró sin dificultad. Eso contuvo las migraciones masivas y el caos que se vivió en el resto del mundo, lo que hizo de la península arábiga una de las zonas más estables del planeta a finales de la década del cuarenta.

Y dada la fuerte presencia de líderes religiosos y la clara definición de un «enemigo común», solo hizo falta el surgimiento de un líder carismático para que se mostraran dispuestos ante la llamada a la umma.

 

18.9_ La Yihad de 2055

El 11 de septiembre de 2055 las fuerzas del Nuevo Califato Otomano atacaron a la par las instalaciones del desierto de Iberia y el de Kalmukia. Dicho de otro modo: atacaron los «bosques» de biopaneles solares ultraeficientes (aún en construcción) que abastecerían a la Unión y a la Federación Rusa. Por cuestiones logísticas, el desierto de California (que abastecería a América del Norte) no entró en sus planes. Su objetivo era eliminar de un golpe la ventaja estratégica de los infieles (la abundancia energética recién adquirida) para entablar el resto del conflicto en igualdad de condiciones. Su estrategia era buena (para muchos historiadores, la única posible), pero el Califato no contó con que la Alianza disponía de otra ventaja…

La precisión con la que se ha reconstruido la Yihad de 2055 excede en mucho la de otros hitos de la Alianza. Para empezar, porque se dispone de mucha más información que de cualquier otro evento de los últimos treinta años. Sin ir más lejos, se calcula que el número de documentos disponibles referentes a la campaña —que en su frente occidental apenas duró seis meses— quintuplica el de documentos referentes a la Estandarización —que duró más de tres años—. Semejante apertura (y derroche de recursos) solo resulta entendible si concebimos la contención de la Yihad como el mito fundacional de la IUNA: la Iglesia Unificada de la Nueva Alianza. En otras palabras: si entendemos que en 2055 la Alianza no solo contuvo el mayor ataque al que se ha visto sometida, sino que logró convertir esa «Guerra Santa» en una insignia tras la cual unificar a sus ciudadanos.

 

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18.10_ Los hechos

Al margen de sus intenciones, todo lo que se ha escrito sobre la campaña del 55 es verdad.

Es verdad que el asalto al desierto de Iberia se produjo por mar y el de Kalmukia, por tierra; y es verdad que todos los ataques contaron con respaldo aéreo.

También es cierto que fueron esos ataques lo que provocaron el mayor daño. Y aunque los primeros ensayos sobre el tema exageraron el número de víctimas, nadie duda de que los muertos en los bombardeos del 11 y 12 de septiembre se cuentan por miles. (Las cifras más conservadoras calculan treinta mil).

Sin embargo, aunque todo lo que se ha escrito es cierto, no se ha escrito sobre todo lo que se debería escribir. Y curiosamente, los aspectos del conflicto que suelen quedar silenciados son los que más efectos han tenido en las décadas posteriores.

 

18.11_ El frente occidental

En todos los ensayos referidos a la yihad se dice que la guerra del desierto de Iberia (que en realidad se disputó en casi todo el sur de la Unión) apenas duró seis meses. Sin embargo, la mayor parte de los ensayos no explican qué ocurrió después del conflicto…, dando a entender que, tras la batalla de Málaga, los restos del ejército islámico huyeron hacia Marruecos.

No he leído ningún artículo escrito por un historiador que falsee los hechos, pero existen decenas de documentos que explican exactamente lo ocurrido entonces y esos datos, en la mayoría de los casos, se suelen omitir.

Tras la Batalla de Málaga (que en realidad se desarrolló en una franja de desierto cercana a Rincón de la Victoria, porque Málaga estaba sumergida desde hacía más de una década) no quedó resto alguno del ejército islámico. Ningún yihadista escapó con vida. Y no lo hizo porque la Alianza ordenó a sus tropas que no dejaran supervivientes y sus tropas acataron la orden sin dudar.

De hecho, en 2055 sus tropas ya no podían dudar. Y ese es un dato que sin duda ha marcado las décadas siguientes.

 

18.12_ Las Fuerzas de Seguridad de la Alianza

En 2052, la llamada a la umma de Süleyman Paşa llevó a la Alianza destinar más recursos de los habituales al desarrollo armamentístico. Sus líderes eran conscientes de que no podían comprar insumos militares a otras potencias sin ponerlas sobre aviso de su precariedad militar, así que destinaron todos esos fondos a la investigación.

De entre todos los proyectos que se beneficiaron de la nueva situación, hubo uno que venía desarrollándose desde hacía más de una década y que, al recibir la nueva inyección de fondos, dio frutos casi de inmediato: los exoesqueletos de combate.

Desde principios de los cuarenta, un grupo reducido pero perseverante de bioingenieros de materiales e ingenieros robóticos estaba desarrollando exoesqueletos de uso civil. Y una vez que recibieron los nuevos fondos, reorientar sus investigaciones hacia fines militares les resultó bastante sencillo.

Gracias a eso, el primer prototipo de exoesqueleto de combate estuvo listo en 2054. Y dado que ese mismo año se injertó con éxito el primer ordenador neuronal, la decisión de utilizar los ON como controladores del exoesqueleto fue un paso lógico. Al fin y al cabo, ¿qué mejor interfaz entre las decisiones del soldado y los movimientos de su armadura que un ordenador injertado en su cerebro?

Como efecto secundario, esa decisión hizo que el software de los ON se desarrollara mucho más rápido de lo que había sido previsto: los primeros sistemas de traducción simultánea, las primeras herramientas de comunicación entre usuarios y los primeros mapas tridimensionales se desarrollaron con fines tácticos. Pero esos desarrollos adelantaron probablemente un lustro la futura Estandarización.

 

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18.13_ A.C.L.

Para entender en su real magnitud el cambio que supuso el surgimiento de las Fuerzas de Seguridad (aquellas que en 2055 contendrían la Yihad), es necesario tener en cuenta otro dato. Como expliqué más arriba, tras la Revuelta de Mánchester la Alianza tenía entre sus prioridades conseguir que sus tropas cumplieran sus órdenes sin vacilar.

El primer paso en esa dirección fue sustituir a las empresas de seguridad subcontratadas por unas Fuerzas de Seguridad propias y abastecerlas de exoesqueletos y ordenadores neuronales. Pero todos esos cambios, por sí solos, no podían asegurarle a la Alianza su completa lealtad. Y es aquí donde entra en juego la investigación de la que hablé más arriba.

En 2054, las neurociencias ya habían logrado determinar dónde se ubicaban los principales detonantes de las conductas humanas, por lo tanto, solo era cuestión de tiempo para que se intentara «construir» una personalidad a medida empleando la técnica de la A.C.L. (o ablación cerebral localizada).

Técnicamente era posible y, de hecho, bastaron unos meses para desarrollar el «patrón de modificaciones» capaz de producir al soldado perfecto. Sin embargo, ¿quién estaría dispuesto a someterse voluntariamente a una A.C.L.? La respuesta era «nadie»… Claro que, en 2054, la Alianza disponía una excusa perfecta para someter a sus tropas a una intervención.

Aunque no existen pruebas al respecto, soy de los que opina que los dos procedimientos —el injerto del ordenador neuronal y la ablación cerebral localizada— se realizaron a la vez, en un plazo de tiempo muy corto. Seguramente, a finales de 2054, porque a principios de 2055 —con la excusa de enseñarles a manejar sus exoesqueletos— las recién creadas «Fuerzas de Seguridad» fueron sometidas a un adoctrinamiento férreo. Hasta tal punto fue así que, incluso hoy en día, la explicación oficial para su acatamiento ciego de las órdenes sigue siendo el adoctrinamiento.

La historia está plagada de ejemplos de fanatismo —qué duda cabe—, pero el hecho de que en tres décadas no se hayan producido entre sus filas discrepancias visibles —por no hablar de disidencias— me induce a pensar que el adoctrinamiento no es más que una herramienta complementaria. La ablación convierte a los soldados en seres amorales y carentes de empatía que dependen por entero de una estructura jerárquica —de ahí que no puedan incumplir una orden—, mientras que el adoctrinamiento los vuelve manejables.

 

18.14_ Campo de pruebas

Recapitulando todo lo visto hasta ahora, puede decirse que la Yihad de 2055 —debido a la forma en que fue planteada— terminó siendo una suerte de catalizador de la transformación de la Alianza. Además de brindarle un «mito» a su religión oficial (y de regalarle una «amenaza externa» para aglutinar a sus ciudadanos), la yihad terminó convirtiéndose en un campo de pruebas.

Un sitio donde probar la resistencia de los exoesqueletos, donde probar la ductilidad de los ON y, por sobre todas las cosas, un sitio donde probar la obediencia de sus tropas.

He explicado más arriba que fue la Alianza la que ordenó la matanza de Málaga, y ahora agrego que, en mi opinión, el objetivo de la orden fue poner a prueba los límites de dicha obediencia (repitiendo, esta vez de forma explícita, la orden dada en la revuelta de Mánchester).

Y aunque es verdad que casi todos los historiadores apoyan el «argumento Dunquerque» (que sostiene que, de haberlos dejado escapar, esos mismos atacantes podrían haber encabezado una segunda embestida), si tenemos en cuenta los pasos siguientes de la Alianza (y el hecho de que buena parte de la bibliografía omite la masacre), dicha explicación no resulta convincente.

 

18.15_ Cordones sanitarios

Tras desarticular la Yihad, la Alianza decidió construir «cordones sanitarios» tanto en el frente occidental como en el oriental. Su objetivo en ambos casos fue el mismo: asegurar que las próximas batallas no se libraran en su territorio; sin embargo, la estrategia empleada en cada frente fue completamente distinta.

En el frente occidental, el «cordón sanitario» se materializó en la muralla que hoy conocemos como «frontera». Un muro de diez metros de alto que recorre los mil seiscientos kilómetros comprendidos entre Arcila (en Marruecos) y el golfo de Hammamet (en Túnez).

El motivo por el que la frontera no se extendió hasta Egipto es fácil de explicar. La intención de la Alianza fue conquistar las zonas fértiles de la costa mediterránea y transformarlas en una «zona de exclusión». Tanto en Túnez, al este del golfo de Hammamet, como en Libia y Egipto el desierto ya había llegado hasta el mar.

Por lo tanto, el objetivo de la Alianza al construir el muro no fue crear una barrera artificial, sino impedir el asentamiento de insurgentes en la costa mediterránea de África. La frontera (la verdadera frontera) son los mil kilómetros de desierto que la separan de «la gran muralla verde» (plantada por los chinos al sur del Sáhara) y de cualquier población importante que pueda brindarles apoyo.

En el frente oriental se optó por un «cordón» diferente. Tras vencer a las tropas enemigas en el desierto de Kalmukia, las Fuerzas de Seguridad de la Alianza siguieron avanzando.

Su «cordón» terminó ocupando el Turquestán, los países del Cáucaso y la propia Turquía. Si en el norte de África el objetivo de la Alianza fue crear una frontera natural, en el este fue enviarle un mensaje al resto de potencias: en caso de que nos invadan, no nos contentaremos con recuperar nuestro territorio… Y hay que reconocer que el resto de potencias ha tomado buena nota.

Tras las revueltas en los campos de refugiados y la Yihad de 2055, la Alianza culminó su reconversión. A mediados de 2056 su poder hegemónico era indiscutible. Sin embargo, todavía le quedaba por dar un último paso para consolidar la sociedad que hoy en día conocemos: el proceso de estandarización de ordenadores neuronales entre la población civil. O simplemente «la Estandarización», como se le suele llamar.

Pero de los avatares de la Estandarización (y de la revuelta de Picos de Europa, que amenazó con echarla por tierra antes incluso de que empezara), hablaremos en el siguiente capítulo.

 

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