Este artículo es una reivindicación. Lo digo porque, a primera vista, el título no lo parece. ¿Y por qué una reivindicación? Porque creo que Ágora (Alejandro Amenábar, 2009) es una de las películas más infravaloradas de los últimos años.

Empezaré por hacerte una confesión (algo muy apropiado, teniendo en cuenta su temática): en el momento de su estreno estaba tan ansioso por verla que me llevé un pequeño chasco; esperaba vivir una «experiencia cinematográfica» y me encontré (¿tan solo?) una muy buena película. Creo que fue el típico caso de exceso de hype (en un momento en el que ese concepto ni siquiera existía).

Lo curioso es que basta con revisar las críticas de los espectadores en las plataformas de la época para ver que, en líneas generales, sus sensaciones fueron similares a las mías. En los (aterradores) sistemas de puntuación por estrellas, su promedio estuvo siempre en los tres cuartos de la escala.

 

Critica, critica, que algo quedará…

Otro cantar fueron las críticas reseñas en los medios, que en muchos casos la tacharon de obra fallida cuando no, directamente, de alegato maniqueo contra los cristianos.

Es verdad que su tratamiento de vestuario (vistiendo de blanco a los filósofos y de negro a los cristianos) no es demasiado sutil; pero teniendo en cuenta que el film carga sus tintas contra el fundamentalismo y no contra una religión en concreto (ni siquiera contra «la religión», en general: recuerda lo dicho por Margaret Atwood, refiriéndose a El cuento de la criada) la semejanza de esos atuendos con los del Daesh resulta incluso visionaria.

El problema es que, con el paso de los años, lo que ha quedado en nuestra memoria es ese poso de crítica. Una vaga certeza de que «no era muy buena», sin siquiera tener muy claro por qué… Lo cual oculta ciertos planteamientos originales que vale la pena reivindicar.

ADVERTENCIA: A partir de este punto, el artículo contiene spoilers.

 

Fotograma de Ágora fundamentalistas

 

La segunda línea argumental

Curiosamente, Ágora sufrió la misma suerte que Hipatia. Si bien es cierto que la película presenta al fundamentalismo y la dialéctica como formas excluyentes de enfocar la realidad, también es cierto que procura escenificar el desarrollo de una investigación científica. Es probable que la intención de Amenábar haya sido llevar a la par ambas líneas argumentales (incluso es probable —como explicaré en el siguiente apartado— que su prioridad haya sido la segunda), pero del mismo modo en que Hipatia fue asesinada por los fundamentalistas, el segundo tema de la cinta «fue asesinado» por el debate sobre el fundamentalismo (y sobre si Ágora se cebaba o no con los primeros cristianos).

 

Cosmos

Y es una pena, porque, como el propio director admitió en una entrevista a El país:

«Todo empezó con la serie Cosmos, de Carl Sagan; en su primer episodio se nombraba a Hipatia. Sagan confesaba que, si pudiera viajar en el tiempo, iría a la Biblioteca de Alejandría. Investigué y cuando decidimos que no podíamos describir la evolución de la astronomía en estos 2.000 años, seleccionamos a Hipatia, esa gran desconocida».

Hace unas semanas, en la feria del libro de Madrid, comprobé que se seguía vendiendo la versión impresa de Cosmos (Planeta, 1ª ed. 1982). El hecho de que un libro científico de la década de los ochenta se siga vendiendo no tiene nada que ver con su contenido (que, por cierto, a estas alturas está muy desfasado), sino con la nostalgia. No es casual que publique los artículos de divulgación científica de este blog bajo la categoría Generación Sagan. Y dado que Alejandro Amenábar y Mateo Gil (su coguionista) también se han confesado (mira por dónde, ellos también se confiesan) integrantes de la misma; vale la pena buscar en el libro (el de Sagan, por supuesto) las frases de las que surge Ágora.

 

Fotograma de Cosmos Biblioteca de Alejandría

 

La Biblioteca de Alejandría

Tanto en la serie como en su versión impresa, son muchas las veces en que se hace referencia a la Biblioteca de Alejandría. De hecho, es tan importante para Sagan que no solo la emplea para cerrar su primer capítulo (ese con el nombre tan evocador de «En la orilla del océano cósmico»), sino que le dedica otras tres páginas al final del ensayo.

La primera vez que la nombra dice lo siguiente:

«Fue en Alejandría, durante los seiscientos años que se iniciaron hacia el 300 a. de C., cuando los seres humanos emprendieron, en un sentido básico, la aventura intelectual que nos ha llevado a las orillas del espacio. Pero no queda nada del paisaje y de las sensaciones de aquella gloriosa ciudad de mármol. La opresión y el miedo al saber han arrasado casi todos los recuerdos de la antigua Alejandría».

De esas frases surge la primera línea argumental: la lucha entre fundamentalismo y dialéctica.

Pero un poco más adelante Sagan agrega:

«La ciencia y la erudición habían llegado a su edad adulta. El genio florecía en aquellas salas. La Biblioteca de Alejandría es el lugar donde los hombres reunieron por primera vez de modo serio y sistemático el conocimiento del mundo».

Como prueba, nombra a algunos de los genios que trabajaron allí. Entre ellos a Apolonio de Pérgamo…

«… el matemático que demostró las formas de las secciones cónicas —elipse, parábola e hipérbole—, las curvas que como sabemos actualmente siguen las órbitas de los planetas, los comentas y las estrellas».

Esta fase tiene una nota al pie en la que aclara:

«Dieciocho siglos más tarde Johannes Kepler utilizaría los escritos de Apolonio sobre las secciones cónicas para comprender por primera vez el movimiento de los planetas».

Sobre esa idea se cimienta la segunda línea argumental de Ágora: el descubrimiento de las órbitas elípticas más de un milenio antes de su fecha real.

 

Secciones cónicas

 

Ucronía

Si la mayor parte de la literatura prospectiva se basa en la premisa «qué pasaría sí…», las ucronías llevan el condicional al pasado: «qué habría pasado sí…». En otras palabras, plantean un presente alternativo debido a un cambio en algún punto de la historia.

El punto específico en el que se produce la bifurcación se denomina «punto Jonbar» y suele ser un evento relevante: la victoria en una guerra, el asesinato (o no) de un personaje histórico, el ascenso (o caída) de un grupo social, el adelanto (o desaparición) de cierta tecnología…

En Cosmos, Carl Sagan hace un esbozo de ucronía refiriéndose (¿cómo no?) a la victoria del pensamiento jónico (sistematizado en la Biblioteca de Alejandría) sobre la doctrina cristiana:

«… ¿qué hubiese sucedido si aquella luz que nacía en el Mediterráneo oriental hace 2500 años no se hubiese quedado parpadeante? ¿Qué pasaría si la ciencia y el método experimental y la dignidad de los oficios y las artes mecánicas hubiesen sido cultivados vigorosamente 2000 años antes de la Revolución Industrial? ¿Qué pasaría si se hubiese apreciado de modo más general el poder de este nuevo modo de pensar? A veces imagino que podríamos habernos ahorrado diez o veinte siglos. (…) Si el espíritu jonio hubiese vencido, creo que nosotros —un “nosotros” diferente, desde luego— estaríamos ya aventurándonos en las estrellas».

 

Fotograma de Ágora filósofos

 

La ucronía que no fue

Lamentablemente, la polvareda que levantó su referencia al cristianismo primitivo ocultó lo que, a mi entender, es la idea más original de la película: llevar la historia hasta un «punto Jonbar» para luego eliminarlo.

Sin duda, la escena culminante de Ágora es aquella en la que Hipatia dibuja una órbita elíptica en un arenero. Acababa de dar un salto de 1200 años (a Hipatia la asesinaron en 415 y Kepler publicó sus tres leyes sobre el movimiento de los planetas en 1609), pero lo estaba haciendo de un modo efímero, tan frágil como un trazo en la arena, tan frágil como su cuerpo, que sería destruido al día siguiente.

Así, al mostrar lo que pudo haber sido y no fue, la fuerza dramática de la película trasciende la inmediatez de la barbarie para mostrar la tragedia de una civilización que dejó de avanzar.

Desde esa perspectiva (y en eso radica su originalidad), Ágora es una elegía por un futuro que nació muerto, por un presente que no es. Un presente en el que nosotros (otros «nosotros», a decir de Carl Sagan) estaríamos visitando las estrellas.

 

Fotograma de Ágora ucronía

 

 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *