Antes de empezar a escribir este artículo, decidí volver a leer algunas de las reseñas que en su momento se hicieron de Cenital, de Emilio Bueso (Salto de Página, 2012), y confirmé que mi recuerdo no estaba muy errado.

Visto con algo de perspectiva, resulta curioso el contraste de posturas que generó. (No me resisto a citar como ejemplo las reseñas antagónicas que le hicieron Pedro Román y Miquel Codony, tras haber recibido el premio Celsius 2012).

Claro que esa división de opiniones ha sido una constante en la obra del autor. Lo cual, dicho sea de paso, tiene el efecto añadido de lograr que sus novelas no pasen desapercibidas.

Como es lógico, mi intención con este artículo no es reavivar la polémica (a día de hoy —y por elección propia— Cenital ha quedado desfasada); sino destacar uno de sus recursos estilísticos. De hecho, es probable que el revuelo que levantó en su momento se debiera, en gran parte, a la introducción de ese recurso. Me refiero al empleo de un manifiesto (¿político?, ¿artístico?, ¿ecológico?) como herramienta literaria.

Sin embargo, dada la respuesta visceral que aviva cualquier manifiesto, el único modo de analizarlo en perspectiva es diferenciándolo del resto de recursos empleados por Bueso y (lo que es más importante) poniendo la novela en contexto. Han pasado muchas cosas en los últimos cinco años, y la aplastante realidad de la vida cotidiana ha hecho que olvidemos nuestra ilusión de futuro de principios de 2012.

 

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Mientras escribo… Carrie

Que las primeras páginas del manuscrito de Carrie fueron salvadas de la papelera por Tabitha King es una anécdota que ha pasado a la historia. La cuenta el propio Stephen King en Mientras escribo.

Lo que no todo el mundo sabe es por qué lo hizo.

De los cuatro motivos que plantea, tres tienen que ver con la poca empatía que le generaba Carrie White; sin embargo, como él mismo asegura:

«La cuarta pega, y primera en importancia, fue darme cuenta de que la única manera de sacarle partido al argumento era escribir un relato bastante largo. (…) Recelé de perder dos semanas elaborando una novela corta que ni me gustaba ni podía venderse. Solución: tirarla a la basura».

Aquí la idea clave es «novela corta», porque eso, precisamente, es lo que Carrie es.

A día de hoy, la novela corta pasa por un momento dulce, tanto en el marcado de habla inglesa como en el nuestro, pero sospecho que ni a principios de los setenta ni a principios de 2012 eso era así. La solución: adherir a la historia principal (la novela corta) extractos de periódicos, entrevistas y ensayos (obviamente, creados por él) que además de hinchar el número de páginas cumplieran la doble función de dar contexto y verosimilitud a lo que estaba contando.

El propio King admite que:

«Carrie White no llegó a caerme simpática, ni yo a confiar en los motivos de Sue Snell para prestarle a su novio en el baile».

Así que, ¿qué mejor modo de reforzar la verosimilitud de su historia que envolviéndola en un ropaje de documental?

 

Visión Cenital

Lo mismo ocurre con la obra de Bueso: la base de su libro es una novela corta (la historia en la ecoaldea tras el derrumbe de la civilización), pero es probable que ese relato, por sí solo, hubiese pasado desapercibido. (Y conste que creo que su final tiene la fuerza pirotécnica del baile de Carrie).

Que Cential haya sido lo que fue se debió, en gran medida, a la decisión del autor de esponjar su novela corta con citas reales, capítulos dedicados a la historia de sus personajes, y (muy especialmente) con las entradas panfletarias del blog de su protagonista.

Gracias a eso, además de hinchar el número de páginas, consiguió el doble objetivo ya buscado por King: dar contexto y verosimilitud a lo que está contando.

En la reseña/entrevista realizada por Miquel Codony, el propio Emilio Bueso lo reconoce:

«Hay suspensiones de incredulidad que no pueden vencerse si, por ejemplo, no explicas cómo se hace para poner en marcha en un mundo sin carburantes un coche que lleva cinco años parado».

Por lo tanto, una vez más, ¿qué mejor modo de reforzar la verosimilitud de su historia que envolviéndola en un ropaje de documental?

 

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Los riesgos de la prospectiva

Al principio del artículo dije que Cenital, a día de hoy y por elección propia, ha quedado desfasada.

Y lo dije porque la fecha escogida por Bueso para el inicio de la crisis energética fue 2014… y aquí seguimos tan campantes.

Obviamente, el hecho de que se haya superado una fecha concreta sin que se haya cumplido cierta predicción no implica, por fuerza, la pérdida de vigencia de la novela que la ha planteado. Como he escrito otras veces, el objetivo de una obra prospectiva no es enseñar cuál va a ser el futuro, sino hacernos reflexionar sobre cuál podría ser.

Sin embargo, el caso de la novela de Bueso es un poco distinto. Dado que su libro es un «documental», gran parte de su verosimilitud depende del realismo de sus datos; y entre sus datos resaltaba aterradoramente que el inicio de la crisis se produciría en 2014.

Con todo, lejos de ser un error de cálculo, estoy convencido de que la elección de la fecha fue meditada. Al acercarla tanto al momento de la publicación, Bueso perseguía un objetivo que claramente logró, y que Miquel Codony expresa muy bien en su reseña:

«La premisa de Cenital es tan sencilla como aterradora: en 2014 se agotan las reservas de combustibles fósiles del mundo y con ello se derrumba de forma catastrófica el dominio de la cultura humana sobre el planeta. Es aterradora por la proximidad del fin, por la intensidad del planteamiento de Bueso y por el barniz de verosimilitud que consigue darle».

El problema es que la misma estrategia que en 2012 generaba angustia ha propiciado, cinco años después, que Cenital esté desfasada.

 

Una novela anclada a su tiempo

Lo cual no significa (una vez más) que la estrategia de Bueno no haya sido acertada. Cenital es una novela que no podría entenderse sin asociarla al momento en que fue escrita.

2011 fue un año germinal. Y aunque la realidad que ha terminado cuajando sea muy diferente a la esperada por entonces, eso no borra el que lo hayamos vivido con energía desbordante.

2011 comenzó junto a la Primavera Árabe. A mediados de enero, Ben Alí, el dictador que había gobernado Túnez durante veinticuatro años se vio obligado a abandonar el país. A Túnez la siguieron Libia, Egipto, Siria…, aunque en esos países los resultados fueron muy distintos.

Cinco meses después surgió el movimiento 15-M. Entre mediados de mayo y mediados de junio de 2011 se instauró una acampada en la Puerta del Sol (y en otras plazas de decenas de ciudades). Durante un mes se experimentó con un sistema de democracia directa que (al menos al principio) parecía suficientemente maduro como para cambiar la realidad.

Y las cosas no quedaron allí: al tiempo que el movimiento «Indignados» se expandía por Europa, en Estados Unidos se creó el movimiento «Occupy», cuyo principal exponente fue Occupy Wall Street

Al fin la ciudadanía había salido a la calle, al fin estaba exigiendo otra forma de hacer política.

Es probable que la muestra más clara de la potencialidad de estos movimientos haya sido una marcha global que a estas alturas nadie recuerda: el 15 de octubre de 2011 se coordinaron movilizaciones masivas en novecientas quince ciudades de todo el mundo, desde América a Asia, desde África a Europa. Y todas centradas el mismo objetivo: unir a la sociedad civil en una protesta pacífica, a escala global, para exigir una democracia directa.

Esto es verdad, esto ocurrió; y aunque hoy haya pasado al olvido (o haya derivado en propuestas políticas que nada tienen que ver con su espíritu original) quienes participamos (en mayor o menor medida) nos sentimos imbuidos de una energía revolucionaria.

Como es lógico, no había entorno mejor para que afloraran los manifiestos.

 

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¡Indignaos!

A estas alturas nadie pone en duda que el origen intelectual de las protestas (al menos en occidente) provino de un manifiesto. ¡Indignaos!, de Stéphane Hessel: un libro que, solo en Francia, vendió un millón quinientos mil ejemplares.

La retórica del libro llama a la acción de forma explícita, señalando aquello contra lo que hay que luchar con una transparencia que roza lo panfletario. O quizás no, quizás las cosas se habían vuelto tan explícitas que por una vez era necesario llamarlas por su nombre.

«Los bancos, privatizados, se preocupan en primer lugar de sus dividendos y de los altísimos sueldos de sus dirigentes, pero no del interés general. Nunca había sido tan importante la distancia entre los más pobres y los más ricos, ni tan alentada la competitividad y la carrera por el dinero.

El motivo fundamental de la Resistencia fue la indignación. Nosotros, veteranos de las fuerzas combatientes de la Francia Libre, apelamos a las jóvenes generaciones a dar vida y transmitir la herencia de la Resistencia y sus ideales. Nosotros les decimos: coged el relevo, ¡indignaos! Los responsables políticos, económicos, intelectuales y el conjunto de la sociedad no pueden claudicar ni dejarse impresionar por la dictadura actual de los mercados financieros que amenaza la paz y la democracia».

Al margen de su potencial político, un manifiesto no deja de ser una herramienta retórica. Lamentablemente, su discurso inflamatorio, que apela a las vísceras del lector, más que a su intelecto, es igual de útil (e igual de utilizado) para denunciar verdades que para convencer a su audiencia de que todas sus desgracias son culpa de su vecino.

Volviendo a Cenital, hay que reconocer que Emilio Bueso no solo conoce el potencial de la herramienta, sino que la emplea con maestría en su novela.  A mi entender, las entradas de blog de su protagonista (esa suerte de manifiesto en grajeas) son su aportación más interesante…, pero no por la razón que estás pensando.

 

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O estás conmigo o estás contra mí

Sospecho que, si Bueso decidió aproximar tanto la fecha del «apocalipsis» planteado en su novela, fue porque intuyó ese vínculo entre su elección estilística (la inserción de un manifiesto) y su coyuntura temporal. Sin embargo, lo siguiente que habría que analizar es hasta qué punto esta elección es coherente con la lógica de la novela.

Lo primero que hay que decir al respecto es que, a nivel retórico, su manifiesto no pretende innovar: Bueso emplea argumentos sencillos, sin referencias ni explicaciones, dirigidas a una segunda persona del plural que simula una audiencia. En definitiva, emplea el discurso estándar de un manifiesto.

Sin embargo (y en esto reside su originalidad), sabe que toda propuesta radical (y un manifiesto lo es) exige una toma de postura (de hecho, cuanto más radical sea el manifiesto, más radical es la toma de postura que exige), así que decide convertir la base conceptual de su novela corta en motivo de debate.

Construyendo una voz beligerante (más que un personaje) exige a sus lectores una toma de postura. Presentando sus argumentos como panfletos, obliga a los lectores a reaccionar de un modo visceral.

Ya no importa tanto el argumento de su novela como las exhortaciones neoprimitivistas de Destral en su blog; ya no importa tanto la novela en sí, como la postura que tome el lector respecto a ella.

Es probable que en otro momento esa estratagema no hubiera funcionado, que no hubiésemos entrado en el juego, pero a principios de 2012 nuestro ánimo estaba en sintonía: estábamos más que dispuestos a sentarnos a debatir, estábamos más que dispuestos a dejarnos llevar.

Cenital captó el «espíritu de su tiempo» más que cualquier otra novela de ciencia ficción publicada aquel año. Logró convertirse en una especie de performance; en una prolongación artística del clima de debate del año anterior. Y la prueba de su éxito (al margen de la obtención del Celsius y de haberse convertido en un «fenómeno editorial») es haber conseguido que le escribieran dos reseñas tan antagónicas como las de Pedro Román y Miquel Codony.

 

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