El viernes pasado —en la primera entrega de este artículo— dije que CloroFilia, de Cristina Jurado, Domori, de Sofía Rhei, y 36, de Nieves Delgado, podrían conformar una «trilogía involuntaria» cuya temática común sería «el cuerpo como campo de batalla».

También aclaré que, aunque la presencia de lo «corporal» es inherente a todas ellas, en ninguno de los tres casos es su temática central. Más que un objetivo en sí mismo, «el cuerpo como campo de batalla» es el medio empleado por las autoras para explorar los temas que abordan.

Sin embargo, tras haber hecho tanto hincapié en ese nexo, decidí dividir su análisis en dos partes para brindarle a cada una de las novelas el espacio y la profundidad que se merecen. Centré la primera entrega en la introducción y el análisis de CloroFilia, y dejé Domori y 36 para esta segunda parte.

Así que aquí estamos, empecemos a disfrutarlas.

 

Portada Domori
Detalle de la ilustración de Cecilia G. F. para la portada de Domori.

 

Conquista y revolución

Domori, de Sofía Rhei (Cerbero, Colección Wyser nº5, 2017), puede ser vista como una novela de fantasía o como una Space Opera, dependiendo de la escala.

En ambos casos, lo primero que hay que decir sobre ella es que es un prodigio de síntesis: en apenas ciento cincuenta páginas consigue describir varios mundos (como he dicho, a distintas escalas), una invasión extraterrestre simbiótica y verosímil…, y reflexionar sobre la búsqueda de la identidad y sobre qué significa ser libre.

 

Niveles de lectura

El truco consiste en manejar sabiamente varios niveles de lectura. Claro que lo difícil no es saber el truco, sino saberlo manejar sabiamente… y en ese sentido, Sofía Rhei hace honor a su nombre.

En una primera aproximación, la novela puede leerse como una historia de aventuras (de hecho, el estilo expositivo de Rhei invita a hacerlo) y si te quedas en ese nivel, el relato es francamente adictivo. Como en toda buena aventura, los misterios y las vueltas de tuerca se suceden.

Sin embargo, imbricado en esa historia hay un segundo nivel, uno al que se accede al convertir los eventos y personajes en metáforas de otras cosas.

Andrea Prieto lo explica muy bien en su reseña para La nave invisible:

«Sofía Rhei da unas cuantas vueltas para que esa historia de luchas ancestrales vaya a más en esas pocas páginas. Luna Roja tiene clara su función, sabe quién es (o quién le han dicho que tiene que ser, en realidad), sabe qué tiene que hacer por ser una domori, pero el destino le tiene preparado un camino lleno de dudas. Porque la novela trata sobre la búsqueda de la identidad y lo hace de un modo profundo: más allá del color de la piel, más allá de lo que te hayan enseñado, más allá de tu sexualidad o de lo que digan los demás».

 

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Fotografía realizada por Eric Ward y publicada en Unsplash.

 

En la frontera del spoiler

A diferencia de las otras dos novelas, en Domori es imposible analizar la relación entre el tema central y su representación corporal sin hacer spoilers.

Por tanto (y mal que me pese), voy a tener que limitarme a asegurarte que la relación existe (me atrevería a decir que es la más explícita de las tres) y analizar de forma abstracta los temas que aborda.

 

La expresión física de la diferencia

Pero antes voy a darte un ejemplo de a qué me refiero.

Algo que sí puede decirse de la historia es que las diferentes «tribus» que aparecen en ella tienen distintos colores de piel. Y que Luna Roja, la protagonista, tiene la piel…, bueno, roja.

Así que, como ejemplo de esa representación corporal de temas más profundos, fíjate en esta reflexión sobre la identidad (una reflexión, por cierto, también citada por Andrea Prieto en su artículo):

«—El color y mi alma eran lo mismo, una sola cosa, ¿comprendes? En nuestro idioma “rojo” y “yo” son la misma palabra.

—Tú no eres tu piel, Luna. Tú eres lo que tú piensas y lo que tú sientes.

—Pero todos mis recuerdos… la memoria de mi vida, con mi gente, mi cultura. Todos tenían piel roja. La piel roja somos nosotros. (…)

—Tú eres más que tu historia, Luna. El pasado forma parte de tu riqueza, pero no de tu esencia».

Esta es una buena muestra de cómo el nexo entre los distintos niveles de lectura pasa por lo corporal. Pero como me es imposible darte otros ejemplos concretos sin arruinarte la novela, a partir de ahora hablaré en abstracto.

 

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Fotografía realizada por Dominik Scythe y publicada en Unsplash.

 

Esclavos de nuestras pasiones

A mi entender, el mayor aporte del libro es haber creado un símil muy potente (a la vez que versátil) para hablar de las pasiones que nos determinan.

El libro nos muestra cómo, en muchos casos, aquello que creemos que nos identifica, que es intrínseco a nosotros, no es más que un conjunto de condicionamientos externos; una serie de ideas o emociones impuestas por el entorno o las circunstancias, y frente a las cuales el único grado de libertad al que podemos aspirar (al menos en principio) es la capacidad de decantarnos por unas o por otras.

 

El miedo a la libertad

Empleando el mismo símil, Rhei analiza el binomio libertad/seguridad sin caer en maniqueísmos.

¿Estaríamos dispuestos a entregar nuestra libertad a cambio de seguridad? Más todavía, ¿estaríamos dispuestos a dejar de ser libres a cambio de que se nos garantizara la estabilidad material? ¿Hasta qué punto es factible una vida plena en una sociedad autoconfinada?

La novela no plantea respuestas sencillas para estas preguntas. Por el contrario: a través de las aventuras de Luna Roja nos sugiere que cualquier afrontamiento honesto de estas cuestiones involucra una cantidad de variables mucho mayor de la que estamos dispuestos a aceptar.

 

Revolución

Frente a la conquista solo cabe la revolución. Sin embargo, dado que en esta novela el campo de batalla es el cuerpo, la única revolución posible es la revolución shevekiana.

Por si no sabes de qué estoy hablando, volveré a citar el discurso de Shevek que cerraba el artículo sobre Los desposeídos, de Ursula K. Le Guin (cualquier excusa es buena para hacerlo):

«No podéis comprar la Revolución. No podéis hacer la Revolución. Solo podéis ser la Revolución. Ella está en vuestro espíritu, o no está en ninguna parte».

Eso sí, como bien nos recuerda Rhei al final de su novela: la revolución libera, sin duda…, pero duele.

 

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Detalle de la ilustración de Cecilia G. F. para la portada de 36.

 

Confinamiento y libertad

36, de Nieves Delgado (Cerbero, Colección Wyser nº6, 2017), quizás sea la novela que más se aleja (al menos en apariencia) de la temática del cuerpo como campo de batalla.

Es indudable que el tema central de la novela es la Inteligencia Artificial —entendida como forma de vida distinta a la humana— y su (difícil) relación con nuestra especie.

Sin embargo, como señala Lola Robles en su excelente reseña para la revista Mamut: «otra de las cuestiones centrales que aparecen en la narración es el tema del cuerpo, sexo y género».

A mi entender, la relación de la IA protagonista con «lo corporal» se aborda de dos formas distintas en la novela. La primera, literal, es empleada por la autora para analizar los límites del género; hasta dónde es un intrínseco biológico y hasta dónde una performance social. La segunda, metafórica, es empleada para analizar un tipo de chovinismo en el que no solemos pensar.

Veámoslas por separado.

 

Cuando la maestra habla…

Sobre el primer abordaje del tema, Lola Robles da una lección magistral. Así que me limitaré a transcribirla:

«La IA es “introducida” primero en un cuerpo de robot muy funcional y poco atractivo, luego en otro más estilizado, pero igualmente artificial y andrógino. Cuando llega a su edad adulta (o más bien a la que le correspondería según los parámetros humanos) 36 debe elegir un sexo y género, aunque ella preferiría mantenerse en su androginia. Se convierte así en Marty. Pero no siente deseo sexual, ni tiene hormonas, y para ella, el sexo/género es una mera “performance”. Habrá una sorpresa posterior, cuando Marty decida convertirse en Marta. Y ahí no acabará su destino, pues habrá una última vuelta de tuerca. En esa sociedad del futuro, ya no tan machista (aunque sigue habiendo vestigios) (…), sí se continúa manteniendo la obligación de atenerse a una férrea dicotomía de género macho/hembra, varón/mujer, masculino/femenino. Y sin embargo ¿aceptaríamos que un ser artificial es «mujer» u «hombre» de verdad? Si lo aceptamos, entonces sexo y género son perfectamente “performables” por una máquina. Y si nos negamos a admitir su femineidad o masculinidad, ¿no estaremos cayendo en el biologicismo y la discriminación? A la manera de un Orlando androide, la protagonista quiere conocer los dos polos de ese binarismo. Quizás para que descubramos que nos encontramos más bien ante esa “criatura postgenérica” que anticipó Donna Haraway en su ensayo (que es pura ciencia ficción) Manifiesto para ciborg: ciencia, tecnología y feminismo socialista a finales del siglo XX (…), una de las obras inaugurales de la teoría queer».

Solo falta agregar una cosa: ¡gracias, maestra!

 

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Fotografía realizada por Markus Spiske y publicada en Unsplash.

 

Fascismo del carbono

Este curioso concepto, planteado por Skaffen-Antiskaw (uno de los personajes de El uso de las armas, de Iain M. Banks), expone el segundo abordaje del tema dentro de la novela de Delgado.

Suponer que una Inteligencia Artificial deberá “adaptarse” a las formas y patrones de conducta humanos es un tipo de chovinismo en el que no solemos pensar. Asumir sin más la supremacía de las formas de vida basadas en el carbono sobre las basadas en el silicio es lo que Skaffen-Antiskaw (un dron, por cierto) denomina «fascismo del carbono».

Es probable que se deba a mis preferencias lectoras, pero debo admitir que 36 es la primera novela que me ha inducido a analizar esa idea.

Por si te ocurre lo mismo, la explicaré a través de un ejemplo mucho más familiar.

 

Del humanoide a la otredad

Nuestra concepción de «extraterrestre» ha variado con los años. Si bien Wells se adelantó a su tiempo —alejando a sus marcianos del antropomorfismo—, durante décadas la ciencia ficción, o bien prescindió de los extraterrestres, o bien los «humanizó», reduciendo su componente alienígeno a ciertos rasgos faciales o al color de su piel. (Lo cual dice mucho de qué se entendía —y se sigue entendiendo— por «alienígena» en la sociedad occidental).

Fue necesario que pasara algo de tiempo para que el humanoide alienígena diera paso a la otredad. Estoy pensando en obras como Solaris, de Stanislaw Lem; El quinto día, de Frank Schätzing; o La estrella de Pandora / Judas desencadenado, de Peter F. Hamilton.

Por desgracia (una vez más), sería imposible explicarte en qué consisten esas «otredades» sin arruinarte su descubrimiento como lector. Aun así, las he citado porque las formas de vida que describen interactúan con la realidad de un modo radicalmente distinto a como lo hacemos nosotros (da igual que algunas empleen «avatares» humanos para lograr sus fines). Sus objetivos y métodos son tan distintos a los nuestros que debemos esforzarnos para captar su lógica.

Y lo curioso es que ese esfuerzo, que damos por necesario al acercarnos a una otredad alienígena, no solemos asumirlo al acercarnos a una Inteligencia Artificial.

 

A nuestra imagen y semejanza

Quizás porque la entendemos como una creación del ser humano, damos por hecho que deberá materializarse a nuestra imagen y semejanza.

No la concebimos como una forma de vida distinta, sino como una extensión de nosotros mismos y, por lo tanto, presuponemos que se comportará, evaluará e incluso deseará en función de patrones humanos.

A lo largo de su novela, Delgado emplea distintas estrategias para derribar ese mito, para mostrarnos que eso no tiene por qué ser así. Y quizás la más efectiva es el uso del cuerpo.

 

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Fotografía realizada por Andy Kelly y publicada en Unsplash.

 

Confinamiento

La imposición física de un cuerpo es la expresión material (pero también metafórica) de otro tipo de imposiciones. La sociedad humana descrita en 36 tiene una idea predefinida de lo que una IA debería ser y fuerza a 36 (así como al resto de Inteligencias Artificiales) a adaptarse a ella.

Su antropocentrismo es tan obtuso que, cuando éstas no actúan de acuerdo a lo previsto, dan por hecho que se debe a algún fallo técnico.

(Y eso que las IA de la novela no han sido creadas por humanos, sino que han surgido espontáneamente dentro de un medio diseñado por humanos).

36 es la única IA capaz de (¿dispuesta a?) interactuar con nosotros, y ese es el recurso empleado por Delgado para contraponer los intentos normativos de nuestra especie…

«El curso pasó sin ningún incidente destacable más y, a su término, Treinta y seis (…) estaba preparada para entrar en la vida adulta.

—Mañana vendrás conmigo al Centro —le dijo Edvard un día—. Tienes que hablar con la directora para que te evalúe y decidáis entre los dos qué tipo de cuerpo vas a tener para el resto de tu vida. Supongo que ya tienes una decisión tomada, pero si no es así, ella te resolverá cualquier duda».

… a la otredad manifiesta de la Inteligencia Artificial.

«—El caso es que ya he tomado una decisión, pero no creo que te guste. (…) Decido no decidir. (…)

—¿Quieres… quieres seguir con un cuerpo de jovIA toda la vida? ¿Un cuerpo indeterminado que ha sido pensado como soporte provisional?

—No, no quiero este cuerpo tampoco. No quiero un cuerpo humano en absoluto».

 

Liberación

Obviamente, si entendemos el cuerpo como campo de batalla, el único modo de vencer el confinamiento es la liberación.

Y uno de los mayores aciertos de la novela es que esa liberación, como no podía ser de otro modo, surge de un mal entendido; de la incapacidad, por parte nuestra, de concebir a las IA como una forma de vida distinta.

 

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Fotografía realizada por Michael Prewett y publicada en Unsplash.

 

El cuerpo como campo de batalla

Antes de terminar, me gustaría hacer una última observación.

Al margen de la potencia expresiva que sin duda posee (y que se hace evidente en cualquiera de las tres novelas), resulta significativo que un tema como este (es decir: el del cuerpo como campo de batalla) sea abordado mayoritariamente por mujeres.

(Como excepción pienso en Paul Auster, con su Diario de Invierno; pero es probable que sea la excepción que confirma la regla).

Da que pensar.

Quizás este sea uno de esos temas que, con su sola presencia (o ausencia), exponen la desigualdad que se manifestaba en «el día de las escritoras».

 

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Fotografía realizada por Keenan Constance y publicada en Unsplash.

 

 

NOTA: La foto de cabecera pertenece a h heyerlein y ha sido publicada en Unsplash.

 

 

 

2 Replies to “CloroFilia / Domori / 36: el cuerpo como campo de batalla (segunda parte)

    • Gracias por tu comentario, Alicia, y perdona que no te haya respondido antes. Cualquiera de las tres novelas admite muchas lecturas y puntos de vista. Es lo que tienen las buenas novelas, que en cada lector reverberan de un modo distinto.
      En cuanto a lo del «club de lectura» te entiendo perfectamente… De hecho, en parte esa ha sido mi intención al comenzar este blog. Que sirva como lugar de debate.
      Un abrazo fuerte y gracias de nuevo por pasarte por aquí.

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