Esta semana, «visión prospectiva» cumple un año. Y para celebrarlo quería hacer algo especial, así que he decidido hablar del libro que me introdujo en la ciencia ficción: Crónicas marcianas, de Ray Bradbury (The Martian Chronicles, Doubleday, 1950).

Sé que es una elección arriesgada por varios motivos. El más evidente es que para muchos (incluido el propio Bradbury) los cuentos que lo componen no son «ciencia ficción». El motivo que más me inquietaba, sin embargo, era personal: en apenas cinco años (entre los doce y los diecisiete) leí tres veces Crónicas marcianas, pero desde entonces no había vuelto a leerlo.

Aquellas tres lecturas fueron un pilar de mi adolescencia, una de esas experiencias germinales que determinan (aunque sea en parte) el modo en que observas el mundo. Y como esto puede parecer una «frase vasija» (bonita, pero vacía) voy a dejarlo claro desde el principio: el poder de sus comparaciones, su sentido de la maravilla, el modo en que subvertía la realidad de su época me hizo comprender (como ninguna otra lectura hasta entonces) que quería ser escritor.

Todavía recuerdo (con la falsa precisión con que se recuerdan los momentos importantes) las sensaciones que experimenté en aquellas lecturas. Hay imágenes y personas y lugares asociados a ellas. Y hay temperaturas, y aromas.  Así que encaré la relectura como una especie de mirador, como un sustento objetivo para contemplar la nostalgia.

Ese iba a ser el enfoque de este artículo y, hasta cierto punto, lo seguirá siendo. Pero releer Crónicas marcianas me ha hecho ver algo más: un detalle que no había visto en la adolescencia (que no habría podido ver) y que me ha dado una razón externa para concebir el libro como una obra seminal.

Te invito a sumarte a la expedición.

 

Crónicas marcianas 1
Collage en base a una imagen de Joshua Hoehne publicada en Unsplash.

 

Historia sentimental

La primera novela «para mayores» que leí fue 2001: Una odisea espacial, de Arthur C. Clarke, en la entrañable edición de colección Reno.

Todavía me emociona el dibujo de sobrecubierta —David Bowman embutido en un traje espacial amarillo (¿por qué lleva escafandra dentro de la nave?) con la sala de mandos en tonos de azul— o la hermosa reflexión con que empieza el libro…

«Tras cada hombre viviente se encuentran treinta fantasmas, pues tal es la proporción numérica con que los muertos superan a los vivos. Desde el alba de los tiempos, aproximadamente cien mil millones de seres humanos han transitado por el planeta Tierra.

Y es en verdad un número interesante, pues por curiosa coincidencia hay aproximadamente cien mil millones de estrellas en nuestro universo local, la Vía Láctea. Así, por cada hombre que jamás ha vivido, luce una estrella en ese Universo».

Sin embargo, por entonces yo tenía nueve o diez años y el lenguaje funcional de la novela (así como sus descripciones técnicas) me dejaron frío. Si la terminé fue porque había visto la película (que me había gustado, pero no había entendido) y porque mi padre me leyó (y explicó como pudo) los pasajes sobre propulsión orbital.

No estoy seguro del todo, pero creo que la segunda novela «para adultos» que leí también fue de ciencia ficción: El planeta de los simios, de Pierre Boulle…, en su edición de colección Reno, por supuesto.

Recuerdo que me la prestó un amigo de la escuela y que la leí en cuatro días. (De hecho, todavía me acuerdo de ciertos momentos de esos días). Y si bien las aventuras de Ulises —encontradas en una botella… en el espacio (¿?)— me divirtieron bastante, no lograron disparar mi imaginación más que los libros de Verne, que hacía tiempo que sacaba de la biblioteca.

 

La excursión de los miércoles

Al borde de un parque, junto a un lago artificial, un pequeño castillo (tan artificial como el lago) defendía dos pequeñas bibliotecas. Una infantil, a la izquierda del patio, y otra de adultos a su derecha.

Todos los miércoles iba hasta allí a intercambiar lecturas, y al acercarme escenificaba las historias que acababa de leer. La mayoría eran de ciencia ficción o fantasía, claro, ¡pero yo estaba caminando hacia un castillo!

Cuando cumplí doce años, los bibliotecarios de la sala infantil me condujeron a la sala de adultos.

Un hombre de mirada clara y voz tranquila me recibió tras un escritorio de madera. Se llamaba Aquiles (juro que no lo estoy inventando) y recuerdo que lo primero que me preguntó fue qué tipo de libros me gustaban.

Le dije que los de ciencia ficción (probablemente porque los había asociado a las novelas «para adultos»), y Aquiles me condujo hasta un extremo de la sala. Recuerdo la estantería de roble, recuerdo el aroma áspero de los libros, y recuerdo que su variedad me apabulló. A diferencia de la biblioteca infantil, allí solo se veían los lomos; y eran tantos y tan variados que no supe por donde empezar.

Sospecho que Aquiles se dio cuenta porque se volvió hacia mí y me preguntó si conocía a Ray Bradbury. Y como le dije que no, se acercó a la estantería y sacó un libro.

Era un ejemplar azul de cubierta satinada. El dibujo no se parecía a nada que hubiese visto: unos recuadros blancos apoyados sobre manchas amarillas, y por encima unos tachones también blancos, como si fueran el negativo de los que hacía con mi bolí al intentar escribir.

Nada en esa portada sugería ciencia ficción. Nada excepto el título: Crónicas marcianas.

 

 

Crónicas marcianas 2
Collage en base a una imagen de John Such publicada en Unsplash.

 

Un tal Borges

Algo nervioso, fui hasta una mesa de la biblioteca y empecé a leer el prólogo (escrito por un tal Jorge Luis Borges del que nunca había oído hablar).

Mentiría si dijera qué sentí al leerlo con doce años. Lo más probable es que me sonara a chino y que, precisamente por eso (porque era una lectura compleja y por tanto «para adultos»), me esforzara en terminarlo.

Sin embargo, sé que un pasaje se grabó en mi memoria porque es lo primero que me viene a la mente al rememorar esa tarde:

«¿Qué ha hecho este hombre de Illinois, me pregunto, al cerrar las páginas de su libro, para que episodios de la conquista de otro planeta me llenen de terror y de soledad?

¿Cómo pueden tocarme estas fantasías; y de una manera tan íntima? Toda literatura (me atrevo a contestar) es simbólica; hay unas pocas experiencias fundamentales y es indiferente que un escritor, para trasmitirlas, recurra a lo “fantástico” o a lo “real”».

Esas frases me marcaron. Al fin y al cabo, traducían en palabras la «intuición» que experimentaba al acerrcarme a la biblioteca. (¿O acaso no era real aquel castillo de cuento?).

Así que me llevé el libro y lo empecé a leer.

 

La primera expedición

De mi primera lectura solo guardo impresiones. Aunque quizás la palabra precisa sea «imágenes». La imagen de una niña marciana jugando con su araña de Marte (ya entonces las había, y eran doradas), o la de barcos de arena, o la de canales de vino.

Imágenes nuevas, maravillosas, reales a partir de ese momento. Nunca hasta entonces un libro me había enseñado un mundo distinto. Y el contraste entre las descripciones bucólicas de una realidad antigua (tan irreal para mí como la conquista de Marte) con ese futuro del año dos mil (que yo tanto anhelaba) estimularon por primera vez mi «sentido de la maravilla».

 

Los hombres de la Tierra

El libro me gustó tanto que un par de años después quise volver a leerlo. Recuerdo que esperé a las vacaciones de semana santa para hacerlo de un tirón.

Pretendía revivir la emoción de la primera lectura, pero, como es lógico, descubrí que el sentido de la maravilla depende en gran parte de la sorpresa.

Claro que, como aquella fue mi primera relectura, también descubrí otras cosas: detalles de sus cuentos que me asombraron de un modo distinto; menos visceral, sí, pero más profundo.

Para empezar, descubrí los vínculos que enlazaban sus historias. Aunque sabía desde la primera lectura que Crónicas marcianas era un fix-up (obviamente, sabía el concepto, no la palabra) solo en la segunda lectura comprendí que esos vínculos eran más que cronológicos.

Descubrí cómo elementos secundarios de un cuento presagiaban el tema de un cuento posterior. Reconocí la función conectora de los microrrelatos y entendí que todos ellos, leídos en conjunto, constituían una «historia» completa de la conquista de Marte.

Y lo que es más importante, en esa ocasión la frase de Borges determinó mi lectura. Comprendí que las arañas de Marte, y los barcos de arena, y los canales de vino no hacían más que hablar de nosotros; de los celos, del racismo, de la soledad y la nostalgia, del arraigo y el anhelo de exploración.

Cuentos como «El marciano» me hicieron ver que ciertos aspectos de la realidad solo pueden enfocarse desde el fantástico. O, como escribió Kurt Vonnegut en Matadero Cinco:

«En cierta ocasión Rosewater dijo a Billy una cosa muy interesante sobre un libro que no era de ciencia ficción. Dijo que todo lo que podía saberse de la vida estaba en Los hermanos Karamázov, de Fédor Dostoievski. Y luego añadió:

—Pero eso ya no es suficiente».

 

Crónicas marcianas 3
Collage en base a una imagen de specphotops publicada en Unsplash.

 

La tercera expedición

Quizás no hubiese leído por tercera vez Crónicas marcianas si no hubiese sido por una profesora.

Por entonces ya estaba en bachillerato y aunque no había elegido una orientación de letras, la opción «Arquitectura» contenía algunas materias humanísticas.

Entre ellas literatura.

La profesora me había cautivado desde el principio. Y no solo por su juventud, o porque te mirara a los ojos al responder: el primer texto que nos había propuesto había sido «La pradera», el crudo relato que abre El hombre ilustrado. Así que, cuando nos dijo que iba a dar una conferencia sobre Crónicas marcianas fuera del liceo (es decir, del instituto), supe que no iba a perdérmela.

Recuerdo que lo primero que dijo fue que el título le sugería un oxímoron: que la palabra «crónicas» remitía al pasado mientras que «marcianas» remitía al futuro. Por segunda vez, alguien había traducido en palabras algo que ya había intuido… y lamenté no haber sido yo quien lo hubiera escrito.

Pero la charla no quedó ahí. La profesora analizó dos de los cuentos del libro que menos me interesaban «El verano del cohete» y «Vendrán lluvias suaves»: el primero, poco más que una anécdota; el segundo sin personajes humanos.

Y quizás por eso (porque las historias no me interesaban), logré ver lo que me estaba mostrando; fui capaz de trascender la anécdota y acceder a otro nivel de lectura. Uno plagado de metáforas y comparaciones, donde la elección de las palabras y los ritmos es tan importante como aquello que se cuenta.

En otras palabras: descubrí que la prosa también alberga poesía.

Así que eso fue lo que busqué en la tercera lectura, y me encontré releyendo pasajes de una belleza asombrosa.

Sería absurdo recopilarlos aquí, pero no me resisto a transcribir, al menos, el aroma del tiempo. Y su sonido. Y su imagen:

«Esa noche había en el aire un olor a tiempo. Tomás sonrió. La idea era divertida. ¿Qué olor tenía el tiempo? El olor del polvo, los relojes, la gente. ¿Y qué sonido tenía el tiempo? Un sonido de agua en una cueva y unas voces que lloraban y una voz muy triste, y unas gotas sucias que caen sobre tapas de cajas vacías, y un sonido triste de lluvia. Y aún más, ¿a qué se parecía el tiempo? El tiempo se parecía a la nieve que cae calladamente en una habitación negra, a una película muda en un viejo cine, a cien millones de rostros que descienden como globos de Año Nuevo, bajando y bajando hacia la nada. Así es como olía el tiempo, cómo sonaba y qué parecía. Y esa noche (…), esa noche casi se podía tocar el tiempo».

Solo por esa maravilla, ya valió la pena la tercera expedición.

 

Los largos años

Desde entonces no había vuelto a leer Crónicas marcianas.

Y me aterraba volver a hacerlo.

Lo gracioso es que intuía el motivo: sabía que una lectura «adulta» probablemente la desmitificaría.

Eso no significa que ya no la considere una obra maestra (o una obra seminal, en cualquier caso), pero sabía que las emociones a las que la había asociado se iban a diluir. Y no solo porque las emociones adolescentes hayan dado paso a una supuesta madurez. Lo sabía por razones más pragmáticas:

Para empezar, porque ha sido la primera vez que, al leerla, su «futuro» fue mi pasado. En el libro, la conquista de Marte se desarrolla entre 1999 y 2005, y aunque es verdad que los capítulos finales tienen lugar en 2026, esto se debe a un incidente que no ha llegado a ocurrir.

En segundo término, porque hoy en día me resulta imposible separarla del contexto en que fue escrita. Puede que sea un vicio de lectura, pero sospecho que, si la hubiera leído ahora por primera vez, me hubiera pasado lo mismo que me ocurrió con Nosotros, de Zamiátin: habría reconocido que me hallaba frente a una obra maestra, pero no hubiera empatizado con la mayoría de sus relatos.

Y, por último, porque otras lecturas han elevado hasta tal punto la exigencia de mi sentido de la maravilla que, a día de hoy, incluso me cuesta ver a Crónicas marcianas como un libro de ciencia ficción.

El propio Bradbury lo reconoce. De hecho, su definición tiene un punto irónico, tomando en cuenta que estoy hablando de desmitificación:

«¿Cómo es posible que Crónicas marcianas se reconozca tan a menudo como ciencia ficción? No encaja con esa descripción. (…)

Entonces, ¿qué es Crónicas marcianas? Es el rey Tut salido de su tumba cuando yo tenía tres años, las Eddas nórdicas cuando tenía seis, y los dioses griegos y romanos que me cortejaron a los diez: puro mito».

Lo curioso es que esa condición de mito (incluso desmitificando mi lectura) es la que lo convierte en un clásico.

«La ciencia y las máquinas pueden anularse mutuamente o ser reemplazadas. El mito, visto en espejos (…), permanece».

 

Crónicas marcianas 4
Collage en base a una imagen de Timothy Eberly publicada en Unsplash.

 

Un libro seminal

Y existe otra razón por la que Crónicas marcianas es un clásico. Una que, en mi adolescencia, me hubiera sido imposible captar: sus cuentos contienen, de forma seminal, casi todos los subgéneros del fantástico.

Explicarte por qué supondría destrozarte su lectura. Pero puedo hacer una serie de asociaciones (conectar algunos de ellos con su temática) para que pienses en sus vínculos, si ya los has leído, o lo tengas en mente cuando lo hagas.

«Los hombres de la Tierra», por ejemplo, es un cuento kafkiano; y «La tercera expedición» esconde el germen del futuro «realismo mágico» (quizás sembrado por Faulkner también en Bradbury).

«Aunque siga brillando la luna» hunde sus raíces en el romanticismo inglés (su título parte de un poema de Lord Byron) para hablar de civilizaciones extraterrestres desaparecidas hace milenios y la conservación de su legado arqueológico (un tema recurrente en la actual Space Opera).

«La mañana verde» expone de forma germinal (nunca mejor dicho) la terraformación de Marte (un tema desarrollado de forma «científica» en la Trilogía de Marte, de Kim Stanley Robinson).

«Encuentro nocturno» habla de universos paralelos con un lirismo pocas veces alcanzado.

«Un camino a través del aire» es un relato realista sobre el racismo a principios de siglo, en el que algunas pinceladas fantásticas enfatizan la tragedia social. Mientras lo leía, no dejaba de pensar en El ferrocarril subterráneo, de Colson Whitehead (reciente ganadora del premio Pulitzer), cuya forma de emplear el fantástico es muy similar.

«Usher II» (además de ser un evidente homenaje a la obra de Poe) es un ejercicio distópico. De hecho, es una suerte de esbozo de Fahrenheit 451 en el que incluso se permite una disfrutable venganza contra los esbirros del régimen que más tarde desarrollará.

En «El marciano» (entre otras cosas) está el germen de los debates filosóficos propiciados por «los visitantes» en Solaris, de Stanislaw Lem.

«Los pueblos silenciosos» es una ácida sátira sobre la soledad en un escenario «postapocalíptico» y «Vendrán lluvias suaves» una reflexión sobre un mundo posthumano.

«Los largos años», con un costumbrismo casi naíf, aborda las relaciones entre seres humanos e inteligencias artificiales. Y aunque su formalización es embrionaria, sus temas son similares a los que han planteado este tipo de historias a lo largo de los años.

He dejado para el final un cuento que leí en mi adolescencia, pero no dentro de Crónicas marcianas. Se trata de «Los globos de fuego» («The Fire Balloons», 1951), que figuraba (y sigue figurando) en El hombre ilustrado, pero que Minotauro agregó a las Crónicas… en la edición conmemorativa del 60º aniversario de su primera publicación en nuestro idioma.

Cuando lo leí en la adolescencia, «Los globos de fuego» me pasó desapercibido. De El hombre ilustrado recuerdo vivamente «La pradera», «Caleidoscopio», «La larga lluvia» y, sobre todo, «La última noche del mundo». Sin embargo, al releer el cuento bajo este nuevo prisma descubrí que «Los globos de fuego» contiene, de forma seminal, el concepto del transhumanismo… Y lo que me ha resultado más interesante es que lo aborda desde una perspectiva pocas veces explicitada: su carácter espiritual (de una «religiosidad laica»). Una faceta que hoy en día sigue presente, incluso en obras de ciencia ficción hard, pero que suele quedar en segundo plano.

Antes de cerrar este apartado, quiero repetir que todos estos temas se expresan de forma germinal. Su estética, como reconoce el propio Bradbury, se acerca más al mito que a la ciencia ficción. Sin embargo, entre sus páginas, se perciben los esquejes de ideas esenciales del género; conceptos que otros grandes de la ciencia ficción desarrollarían en las décadas siguientes.

 

Crónicas marcianas 5
Collage en base a una imagen de Peter Kleinau publicada en Unsplash.

 

Un prólogo que es un epílogo

Y una vez dicho esto, vuelvo al comienzo.

Mi primera intención, al pensar este artículo, era trasmitirte lo que significó para mí Crónicas marcianas. Explicarte por qué fue una «experiencia germinal»; el modo imborrable en que ha marcado mi vida.

Quería escribir un texto emotivo, personal, íntimo, que lograra conmoverte. Pero en la edición «60º aniversario» del libro descubrí que alguien ya lo había hecho.

En ella, al prólogo de Borges se le sumaron dos más. Uno del propio Bradbury (que he citado un poco más arriba) y otro de John Scalzi.

Ya he elogiado —al analizar La vieja guardia— la capacidad de Scalzi para trasmitir emociones; su astucia para evitar el cliché…, pero cuando vi que el título de su prólogo era «A los doce años, un mago visitó mi ciudad», su habilidad me empezó a mosquear.

Me bastó con leer algunos párrafos para saber que Scalzi se me había adelantado.

Me bastó con leer este, por ejemplo:

«Cuando tienes doce años (para ser más preciso, cuando yo tenía doce años) las cosas eran distintas. Para empezar, los escritores no son simples tarados que juntan letras; son —por resumirlo en una palabra— místicos.

Cuando tenía doce años hacía una década que era lector y más o menos un año desde que era escritor. Y en ambos casos, me encontraba en un momento en que tenía ya edad suficiente para comprender por fin que escribir no era algo que sucediera sin más; era una expresión tanto de la voluntad como de la imaginación.

Lo que no sabía (…) era cómo relacionar ambas cosas. (…) Y ahora pienso que, a los doce años, creía en algo que describiría como «La ley de Clarke»: cualquier esfuerzo sostenido de escribir ficción era indistinguible de la magia.

La magia era lo único capaz de posibilitar el hecho de que hubiese gente capaz de escribir tanto y tan bien como para acabar terminando un libro. Ergo: los escritores eran magos. Y Ray Bradbury (al menos eso opinaba yo) tenía que ser el mago supremo».

Así que seguí leyendo mi propia experiencia en palabras de Scalzi…  Porque en eso consiste la tarea del escritor: en traducir en palabras aquello que ya existe, pero aún no ha sido escrito (ya sea su experiencia, la experiencia de otros, o la experiencia de la imaginación). Y como el prólogo hace gala de su capacidad emotiva, voy a dejar que sea él quien cierre este artículo; quien le exprese al gran mago (en mi nombre) su profunda gratitud:

«Diría que nunca tuve otra oportunidad de que el mago me mostrase su magia, pero no sería del todo cierto. Nunca he vuelto a ver a Ray Bradbury en persona; su magia, sin embargo, reside en su obra.

Cuando la lees, si prestas atención, el mago te muestra toda su magia y su poder. Si eres listo, ves cómo funciona. Si tienes un poco de talento, podrías ser capaz de hacer uno o dos trucos. ¿Te convertirás en mago? Bueno, eso depende de muchas cosas, algunas de las cuales escapan a tu control. Lo que no podrás decir es que este mago en concreto no ha sido generoso con su magia.

Pero lo que nunca he vuelto a tener ocasión de hacer es agradecer al mago todo lo que me ha mostrado y enseñado, y lo mucho que me ha inspirado a la hora de usar mi propia magia. Este parece un lugar tan apropiado como cualquier otro. Así que gracias, señor Bradbury. Gracias por todo».

 

P.D. (actualizada): Para celebrar el primer año de visión prospectiva sortearé, entre todos los que escriban un comentario hasta el 13 de junio (inclusive), cinco ejemplares firmados de mi primera novela, Los ojos que miran, publicada por Temas de Hoy en 2009 y en estos momentos descatalogada.

Lamentablemente, debido a los gastos de envío, solo puedo ofrecer enviarlos a una dirección en España, pero, si dispones de una (ya sea tuya o de un amigo) te deseo mucha suerte…

Gracias por pasarte por aquí.

 

Crónicas marcianas 6
Collage en base a una imagen de Jonathan Percy publicada en Unsplash.

 

NOTA:La foto de cabecera es un collage en base a una imagen de Maxim Smith publicada en Unsplash.

 

P.D.2: Cerrado el plazo del sorteo (y descartando a Oscar y Origen, a quienes ya les había regalado la novela) la lista de inscritos, en orden de recepción del mensaje, es la siguiente:

 

1- Carla

2- Juan José Dolz

3- Fuencisla Talens Galicia

4- Ignacio Navarro

5- Leticia

6- Inmaculada Chulián

7- Consuelo Abellán

8- Alfredo Rosales

9- Ivan

10- Edu

11- María

 

Para asegurar la aleatoriedad del sorteo, lo realicé a través de RAMDOM.ORG y estos fueron los resultados (el resalte en rojo es mío):

 

ramdom 1

Como podéis ver, el numero cinco se repitió (está claro que Leticia tenia que tener la novela), así que volví sortear un ejemplar y el resultado fue este:

 

random 2

Por lo tanto, la lista de ganadores es la siguiente:

 

1- Carla

3- Fuencisla Talens Galicia

5- Leticia

6- Inmaculada Chulián

10- Edu

 

Hoy mismo me pondré en contacto con los ganadores para intentar enviarles la novela este fin de semana. Muchísimas gracias a todos por los magníficos comentarios que habéis dejado. Y ya sabéis que esta es vuestra casa.

Os mando un abrazo fuerte.

 

 

 

 

28 Replies to “Crónicas marcianas, de Ray Bradbury: un libro seminal

  1. Encumbras a Scalzi por crear emociones pero tú no te quedas corto. Me ha encantado la entrada y me ha dejado un pellizquito en el cuello, recordando la obra que a mí me hizo entender muchas cosas del mundo.
    Ha sido un placer leerte, como siempre, y aunque no suelo dejarte comentarios porque me suele dar vergüenza, me apunto a ese sorteo del libro :p

    • Muchísimas gracias, Carla. Tanto por lo que has escrito aquí como en Twitter. Lo cierto es que este artículo ha sido muy personal por la importancia que «Crónicas marcianas» ha tenido en mi vida… Y en cuanto al sorteo, que sepas que eres la primera inscrita -mi padre no cuenta porque ya la tiene ;)-. Te mando un abrazo.

  2. Fantástico artículo que me toca muy de cerca. Recuerdo perfectamente cuando leí por primera vez “Crónicas marcianas”, tenía 19 años, era mi segundo año como universitario y tomé prestado de la biblioteca el libro en su edición de Minotauro con prólogo de Borges. En aquella época yo me había alejado de la fantasía y la ciencia ficción en pos de lecturas más “serias”.
    El libro de Bradbury fue antídoto perfecto a la pedantería adolescente, desde ese momento se lo recomendé a todos mis amigos y me abrió las puertas a la ciencia ficción no como vicio culpable sino como pasión (que podía tener tanta calidad literaria como cualquiera de los libros serios que por aquella época consumía a pares). Me alegra darme cuenta que no fui al único que Crónicas marcianas le cambio la vida.

    El artículo es maravilloso porque incide en lo seminal que fue esta obra, en la cantidad de caminos que abrió, valoración en la que no puedo estar más de acuerdo.

    Por otro lado “Visión prospectiva” ha cumplido ya un año, que rápido pasa el tiempo, y es increíble que en tan poco tiempo se haya convertido en una página de referencia, por su calidad, entre los aficionados y apasionados. ¡Felicidades, Esteban!

    Me despido con un poema de Daniel Bellon “Prospectiva”:
    El futuro influye más en el presente que el pasado
    Manifiesto ciberpunk

    Prospectiva:

    “Habrá muchachas desbordantes de besos volados flotando a sus espaldas
    Y yo con el pelo blanco todo y lleno de arrugas infinitas
    fractales
    Bailándoles el agua de todos sus líquidos frutales

    Feraces ingenieros programando
    Poemas de amor en php

    Luminosas gerentes repartiendo tareas
    Y duros rapapolvos cuando toque

    Y estudiantes de griego sánscrito
    Bioingeniería
    Medicina
    Programación cuántica
    Y agrourbanismo
    En universidades cooperativas

    Habremos aprendido a no tragar
    – desmedidos pantagrueles –
    A no romper
    a no alimentar al asesino

    y las bicicletas eléctricas pasarán silenciosas
    y los niños jugarán en aeróstatos de colores
    mientras sus padres nerviosos saludan desde tierra

    y habrá brezos y jaras y cardones y tabaibas rezumando pegajosa
    leche de tabaiba
    y césped también habrá para revolcarse y jugar a la pelota
    y holgar/folgar/follar a la sombra de algún árbol

    Todo ejercicio de prospectiva es esencialmente
    invocación”

  3. No conocía el prólogo de Scalzi, conservo mi edición de Minotauro de hace tantos años con el prólogo de Borges, y descubrirlo ahora me ha emocionado.

    “Crónicas marcianas” me demostró en su día que las grandes obras no tienen género y al mismo tiempo que todo género tiene grandes obras, que la gran ciencia ficción podía estar exquisitamente escrita y ser muy lírica.

    Para mi Bradbury también era un mago, y aunque ningún libro de Bradbury me llegó tan hondo como este, él siempre estuvo en mi Olimpo particular de autores junto a Salinger y Benhard, Vonnegut y Dostoievsky, Ursula K. Leguin y Coetzee… Esos magos

    Francamente Esteban este artículo es un texto maravilloso que me toca muy hondo. Gracias por escribirlo.

    • Muchísimas gracias a ti, Juan José, por tus maravillosos comentarios. Sin duda Bradbury forma parte de la historia sentimental de muchos de nosotros… Y te diré que suscribo la mayoría de los autores de tu Olimpo particular. Muchísimas gracias, también, por compartir el poema de Daniel Bellon, no lo conocía y me ha parecido maravilloso. «Todo ejercicio de prospectiva es esencialmente / invocación», incluso cuando solo sea para ahuyentarla.
      Te mando un abrazo fuerte y, por supuesto, ya estás apuntado para el sorteo.

      • Gracias. Soy muy fan de “Visión prospectiva” aunque comente poco. Haces un gran trabajo: muy interesante y con mucha calidad tanto en contenidos como en diseño.

        Un fuerte abrazo

        Juanjo (@yuriTLV en twitter)

  4. Gracias por tus pensamientos, me da mucho que pensar, me inspira y me anima a escribir mis esperiencias y situaciones originadas en la imaginación. Me apunto al sorteo, sería un placer leer tu obra. Gracias

  5. Fantástico artículo. Me ha recordado a cuando yo leí Cronicas Marcianas, cuando empecé bachillerato (En un libro doble con Fahrenheit) y fue mi primera aproximación a la Cifi tras Asimov. Sus relatos me consiguieron transportar a ese marte que Bradbury contaba y que la Cifi podia servir también para hablar de nosotros mismo. Vendrán lluvias suaves creo que es el mejor relato que yo he leido nunca. Felicidades por el artículo, es increíble como transmites lo que un libro puede significar.

    • Muchísimas gracias por tus palabras, Ignacio. Me alegra que el artículo te haya permitido conectar con tu propia experiencia porque algunas lecturas de la adolescencia quedan grabadas de por vida. Te mando un abrazo y te apunto para el sorteo.

  6. Vaya… Debo reconocer que no lo he leído; sin embargo, has despertado mi interés. No muchos libros evocan tantas sensaciones. Lo añado a mi lista de “pendientes” (larguísima ya, me temo). Un saludo

    • Hola, Inmaculada. El libro es emocionante, pero debo advertirte (como comentaba en el artículo) que en lo que respecta a la estructura social que describe está muy anclado al tiempo en que fue escrito (finales de los cuarenta). Teniendo en cuenta eso, es una lectura más que recomendable. Me alegra haber despertado tu interés. Te mando un abrazo y te inscribo para el sorteo.

  7. Me ha encantado el artículo, por muchas cosas, pero entre otras, por ese recuerdo de la biblioteca para niños… En mi ciudad también había, y mis hermanos y yo íbamos los sábados, nos pasábamos allí la mañana hojeando libros, y siempre nos llevábamos uno para casa, hasta el siguiente sábado. Y muchas de las sensaciones que nos cuentas con “Crónicas marcianas”, yo las he sentido con otros libros, que también tuvieron varias “expediciones”. En fin, me siento menos rara… ¡Gracias!

    • ¡Qué hermoso recuerdo que cuentas, Consuelo! Muchas gracias por compartirlo. Por supuesto que no eres rara… o, si lo eres, formas parte de una maravillosa tribu de «raros». Para celebrar el año del blog quería abrirme un poco y contar algo personal, y me alegra (y emociona) que esos recuerdos hayan reverberado contigo. Te mando un abrazo y, por supuesto, te apunto al sorteo.

  8. Gracias por los recuerdos. Mentiría si dijese que me voy a poner ahora a leer Crónicas Marcianas me temo que ha pasado el momento y no sé cómo ha envejecido.. Creo que de alguna manera haces referencia a esto en tú escrito. Bueno ya veremos si me ánimo, la verdad es que tus comentarios sin un acicate. Un saludo

    • Hola, Alfredo. En efecto, como dice Joaquín Sabina, «al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver». En mi caso, al menos, la lectura adulta de «Crónicas marcianas» desmitificó mi experiencia adolescente. Descubrí una faceta de la obra que no había visto hasta ahora (y que sin duda es valiosa), pero a costa de robarle algo de su «magia». En cualquier caso, entiendo tus dudas. Te mando un abrazo y, por supuesto, te anoto para el sorteo.

  9. Recuerdo que lo leí hace tiempo(¿10años?)y la sensación fue bastante buena, pero a raíz de tu blog, caerá relectura próximamente.
    Gracias por conseguir transmitir lo que un libro puede hacerte sentir.

    • Muchas gracias a ti por tus palabras, Ivan. Me alegra haberte tentado a leerlo de nuevo. Te mando un abrazo y te inscribo para el sorteo.

  10. “Crónicas marcianas” es una de mis eternas lecturas pendientes. Creo que este año dejará, por fin, de serlo.

    Gran artículo. No conocía tu blog, pero me lo apunto.

    Un saludo

    • Muchas gracias por tus palabras, Edu. Bienvenido al blog, espero que lo disfrutes. Te mando un abrazo y, por supuesto, te apunto para el sorteo.

  11. Hoy es mi cumpleaños y acabo de tener un nuevo regalo al descubrir tu blog. Leí Crónicas marcianas hará como diez años o más pero después de esta reseña esta claro que tengo que releerlo, aunque eso será después de leer el año que me he perdido de Visión prospectiva (creo que como todas las reseñas sean como esta mi lista de lecturas pendientes va a crecer bastante). Felicidades por este primer año!!!. Un saludo.

    • Hola, María. Antes que nada, muy feliz cumpleaños. Espero que lo hayas pasado muy bien. Muchísimas gracias por tus palabras. Me alegra mucho que te haya gustado el artículo y te aseguro que comentarios como el tuyo me animan a seguir. Te mando un abrazo, espero que disfrutes del resto de reseñas y, por supuesto, te apunto para el sorteo del próximo viernes. Bienvenida al blog.

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