En pocas ocasiones resulta tan clara como en esta novela la estrategia empleada por el autor para proyectar la actualidad hacia un futuro posible. Lo cual no es una crítica, sino todo lo contrario: en pocas ocasiones una novela prospectiva ha conseguido expresar de forma tan contundente (y sin apenas maniqueísmo) ciertas tendencias observadas en nuestros días.

Afortunadamente, en un ecosistema como el de la edición en español, en el que los lectores de género son mayoría (me refiero al género realista, por supuesto), todos los años surgen obras literarias con la que sacar de su nicho al fandom de la realidad. Y de entre las publicadas el año pasado, la mejor, a mi entender, es Cuchillo de agua (Fantascy, 2016). Lo es porque apenas necesita sacarlo de su zona de confort; porque consigue ser realista de un modo que el realismo no podría conseguir; o no podría, al menos, sin rozar el melodrama.

Pero veamos a qué me refiero.

 

Referencias históricas

Los lectores de género han de conocer Las uvas de la ira, de John Steinbeck, un clásico del realismo que relata la tragedia de los emigrantes climáticos en tiempos de la gran recesión. Si la realidad no se hubiera adelantado, Las uvas de la ira podría haber sido una novela distópica propia de J. G. Ballard (¿La sequía, quizás?), pero a principios de la década del treinta, los resabios del Crack del 29, sumados a una catástrofe climática conocida como Dust Bowl (una sequía agravada —si no producida— por una nefasta gestión de los cultivos y los recursos hídricos), obligaron a decenas de miles de personas a migrar hacia el oeste desde las Grandes Llanuras.

Esto ya ocurrió, ya se produjo. Steinbeck basó su novela en una serie de reportajes escritos en 1936 para el San Francisco News, y traducidos al español como Los vagabundos de las cosechas (Libros del Asteroide, 2008). En su novela, publicada tres años después, los personajes inspirados en sus artículos emigran de Ocklahoma a California para encontrarse con el desprecio inhumano de gente que, en la mayoría de los casos, ostentaba una situación apenas mejor que la suya. En la contraportada de Los vagabundos de las cosechas se describe muy bien:

«Se calcula que cerca de ciento cincuenta mil norteamericanos vagaban por las carreteras del estado de California ofreciéndose como temporeros para la cosecha. A pesar de ser imprescindibles para llevar a cabo la recolección, eran recibidos con odio y menosprecio por los habitantes de las localidades por donde pasaban, tachados de ignorantes, sucios y portadores de enfermedades».

María (uno de los tres personajes principales de la novela de Bacigalupi) es también una emigrante climática; en su caso parte hacia el oeste desde de Texas (el estado al sur de Ocklahoma), pero lo hace por la misma razón que los personajes de Steinbeck: la sequía… Y en el camino se encontrará una versión 2.0 de la misma inhumanidad que aquel apuntaba.

Imagen real de un Dust Bowl

Referencias actuales

Los muros han estado de moda en Estados Unidos desde mucho antes de la era Trump. Dado que la novela se publicó en 2015, dudo mucho que Bacigalupi se haya inspirado directamente en él. Pero tampoco habría sido necesario: una de las características de la buena prospectiva es que expone con antelación hacia dónde nos conducen ciertas tendencias del presente. Sin aspavientos, dejando que la historia lo haga o (incluso mejor) planteándolo como telón de fondo de la misma.

El tema de los muros fronterizos no es la única referencia a la actualidad de la que ha partido la novela. Otro factor que tuvo en cuenta es la compleja estructura legal que, a día de hoy, regula la gestión del río Colorado. Es esa gestión (y las decisiones políticas que se han tomado a lo largo de los años) la que explica la presencia de ciudades en zonas que, de otro modo, serían inhabitables. Las Vegas, sin ir más lejos, no podría entenderse sin la presencia de la presa Hoover y el embalse del lago Mead. Sin embargo, el reparto de dicha cuenca hidrográfica es un reparto de la escasez, lo cual ya está generando tensiones ente algunos estados (en especial entre Nevada, Arizona y California); unas tensiones que se agravan día tras día.

Por último, otro dato que Bacigalupi ha tenido en cuenta son los períodos de sequía que asolan la región. Del último «estado de emergencia debido a la sequía» (declarado por el gobernador de California el 17 de enero de 2014) se salió recién el 17 de abril de este año… y, aun así, el National Drought Mitigation Center estima que, a día de hoy, 10,3 millones de personas siguen estando afectadas por la misma.

 

Movimientos laterales

Hasta aquí hemos visto los datos con los que Bacigalupi ha contado para generar su proyección. Ahora veamos su estrategia; un sistema que he denominado «movimiento lateral» y que consiste, básicamente, en tomar una tendencia reconocible y «desplazarla» de algún modo.

Para ejemplificarlo empecemos por analizar la gestión legal del río Colorado. El movimiento lateral propuesto por Bacigalupi consiste en plantear que, en algún momento indeterminado entre nuestro presente y el de la novela, California se cansó de negociar y dio un golpe en el tablero. De ese modo, desplazó la legalidad de los acuerdos entre estados a los conflictos judiciales; unas batallas legales agresivas y rastreras, amparadas en el «marco común» de un gobierno federal con bastante manga ancha.

Lo que nos lleva al segundo movimiento lateral: estos estados en constante disputa se han convertido (de facto) en estados independientes con un estricto control de fronteras. De esa forma los muros (y las patrullas fronterizas) se han desplazado desde la línea divisoria entre México y Estados Unidos a los bordes entre estados. Con ese simple gesto, Bacigalupi nos sugiere que todos los muros (por mucho que, en los últimos años, su justificación se haya sofisticado) parten del mismo rechazo (por odio, por temor) al extranjero, al diferente. Y «extranjero» es un término relativo: las fronteras de lo propio dependen de las circunstancias. En el futuro (como en la década del treinta), la gente de Texas (como la de Ocklahoma) puede volver a ser extranjera en California.

Y ya que hablamos de California, pasemos al tercer movimiento lateral: la historia de la novela no se desarrolla en California; tiene lugar entre Nevada y Arizona (mayoritariamente en la segunda). California forma parte del contexto. Es, con diferencia, el estado mejor posicionado en la disputa por el agua, aquel con mayores recursos y riquezas… Y recuerda que estamos hablando de la misma California que acaba de salir de un estado de emergencia de tres años. Con este movimiento, la novela parece decirnos que la gravedad de las circunstancias también es relativa. Al mostrar ese estado inalcanzable como el destino anhelado por la mayoría de refugiados climáticos, nos plantea que, si las actuales tendencias se ven agravadas, incluso los diez millones trescientas mil personas que a día de hoy viven en riesgo de sequía podrían terminar siendo «privilegiadas».

El siguiente movimiento lateral tiene que ver con la política, y su primer indicio está en el nombre con el que los zonales (los habitantes de Arizona) llaman a los agentes de California: los «calis». Las reminiscencias de esa palabra (para nada sutiles) nos advierten de ese movimiento que, a lo largo de la novela, se va haciendo explícito. La guerra del narco que hoy impera en México ha dado lugar a una «narcocracia» establecida (y por lo tanto estable). Mientras que la guerra entre bandas mafiosas paralegales (asociadas a los distintos estados) se ha desplazado hacia el norte de la frontera y es la estructura política imperante en el territorio que nos ocupa.

De hecho, además de la emigrante climática de la que ya he hablado, los otros dos personajes principales de Cuchillo de Agua son una periodista tan comprometida (o debería decir, obsesionada) con la tragedia humanitaria de Arizona que está dispuesta a arriesgar su vida para darla a conocer, y un sicario de la mafia de Nevada (una mafia muy legal, por supuesto, y vinculada al entorno político).

Quizás se deba a que acabo de leer El Cartel, de Don Wislow (RBA, 2015), pero me resulta imposible no hallar paralelismos entre ambas novelas en lo referente a la situación de la prensa (y al riesgo al que se ve sometido quien intenta hacer periodismo de investigación); en lo que se refiere a los vínculos entre la actividad legal, paralegal y mafiosa en las altas esferas del poder; y, muy especialmente, en el uso de la violencia. (En ese sentido, los paralelismos entre el modus operandi de los Zetas y de ciertos personajes de Cuchillo de Agua son aterradores).

El último movimiento lateral propuesto por la novela (más asociado al worldbuilding que a la trama en sí, pero también el más arriesgado) es presentar a Estados Unidos como un «estado fallido» en el que empresas extranjeras disfrazadas de «misiones humanitarias» (y chinas, para más inri) vienen a hacer negocios. (Los surtidores instalados por la «Cruz Roja / Camaradería China» —sic—, son un detalle simplemente genial).

Prospectiva, posible movimiento lateral de un Dust Bowl

 

Extrañamiento

Gracias a estos movimientos laterales, la novela consigue generar extrañamiento sin llegar a la extrañeza.

Y aquí debo detenerme un instante porque, aunque parezca un juego de palabras, estamos ante una característica fundamental de la literatura prospectiva. Para explicarme, volveré unos segundos a las definiciones de la RAE:

Generar extrañeza («cualidad de raro, extraño, extraordinario») es el objetivo de la literatura fantástica, de la literatura maravillosa, e incluso de buena parte de la literatura de ciencia ficción. El «sentido de la maravilla» es la esencia de la Space Opera (para disfrute de quienes la leemos) por más que también aborde temas trascendentes.

Sin embargo, el objetivo de la literatura prospectiva es generar extrañamiento («acción y efecto de extrañar o extrañarse»), entendiendo por extrañar: «sentir la novedad de algo que usamos, echando de menos lo que nos es habitual».

Dicho en otras palabras, el objetivo de la literatura prospectiva es hacernos ver con cierta distancia («extrañamiento») las tendencias que asumimos como «normales», como inherentes a la realidad cotidiana, para que podamos preguntarnos si realmente lo son y, sobre todo, hacia dónde nos están conduciendo.

Y para eso se requiere de un delicado equilibrio entre lo conocido y lo sorprendente; un equilibrio que los «movimientos laterales» permiten controlar (sobre todo si se realizan con la maestría con que los hace Bacigalupi).

Así, para hablar de la tragedia de los refugiados, utiliza a una refugiada estadounidense víctima de xenofobia en su propio país y, al mismo tiempo, decide llamarla María para anclar ese futuro a las miserias del presente.

O para advertirnos sobre los riesgos de la utopía neoliberal, lleva al extremo el capitalismo salvaje sin eliminar las leyes. Eso sí, los limites «legales» que se plantean, son los impuestos por el tipo de estado que el neoliberalismo desearía tener.

O para hablar del desarraigo de los emigrantes en sus comunidades de destino, nos obliga a seguir a María en su lucha por la supervivencia hasta enfrentarnos a su decisión final, tan cuestionable como comprensible.

Por último (y aunque resulte evidente) debo recalcar que el objetivo de una obra prospectiva no es enseñar cuál va a ser el futuro, sino hacernos reflexionar sobre cuál podría ser (lo que es un alivio, teniendo en cuenta el durísimo enfoque elegido por Bacigalupi). Sin embargo, en esa reflexión (y esta es, quizás, la mayor fortaleza de la literatura prospectiva) se alumbran visos del presente a los que ni siquiera el realismo es capaz de acceder.

Inmigrantes climáticos en la década del treinta.

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