Si algo caracteriza a Cuchillo de agua, de Paolo Bacigalupi (The Water Knife, Knopf, 2015), es la claridad con que emplea su estrategia que para proyectar el presente hacia un futuro posible. Lo cual no es una crítica, sino todo lo contrario: en pocas ocasiones una novela prospectiva ha conseguido expresar de forma tan contundente (sin caer en maniqueísmos) ciertas tendencias observables en nuestros días.

Afortunadamente, en un entorno editorial como el nuestro, en el que los lectores de género son mayoría (me refiero al género realista, claro), todos los años surgen obras literarias con la que sacar de su nicho al fandom de la realidad. Y de entre las novelas publicadas en 2016 la que mejor lo consigue, en mi opinión, es Cuchillo de agua. Básicamente, porque apenas necesita sacarlo de su zona de confort; porque consigue ser realista de un modo que el realismo no podría conseguir; o no podría, al menos, sin rozar el melodrama.

Pero hablemos de su estrategia, que sin duda vale la pena.

 

 

Referencias históricas

Seguro que los lectores de género conocen Las uvas de la ira, de John Steinbeck, un clásico del realismo que relata la tragedia de los emigrantes climáticos en tiempos de la gran recesión. Si la realidad no se hubiera adelantado, Las uvas de la ira podría haber sido una novela distópica propia de J. G. Ballard (¿La sequía, quizás?), pero a principios de la década del treinta, los últimos coletazos del Crack del 29, sumados a una catástrofe climática conocida como Dust Bowl (una sequía agravada —si no producida— por una nefasta gestión de los cultivos y los recursos hídricos), obligaron a decenas de miles de personas a migrar hacia el oeste desde las Grandes Llanuras.

Esto ya ocurrió, ya se produjo. Steinbeck basó su novela en una serie de reportajes escritos en 1936 para el San Francisco News y compilados bajo el título Los vagabundos de las cosechas. En su novela, publicada tres años después, los personajes inspirados en sus artículos emigran de Ocklahoma a California para encontrarse con el desprecio inhumano de gente que, en la mayoría de los casos, ostentaba una situación apenas mejor que la suya. La edición que hizo Libros del Asteroide de Los vagabundos de las cosechas explica que:

«Se calcula que cerca de ciento cincuenta mil norteamericanos vagaban por las carreteras del estado de California ofreciéndose como temporeros para la cosecha. A pesar de ser imprescindibles para llevar a cabo la recolección, eran recibidos con odio y menosprecio por los habitantes de las localidades por donde pasaban, tachados de ignorantes, sucios y portadores de enfermedades».

María (uno de los tres personajes principales de la novela de Bacigalupi) es también una emigrante climática; en su caso parte hacia el oeste desde de Texas (el estado al sur de Ocklahoma), pero lo hace por la misma razón que los personajes de Steinbeck: la sequía… Y en el camino se encontrará una versión 2.0 de la misma inhumanidad que aquel apuntaba.

 

Referencias actuales

Los muros han estado de moda en Estados Unidos desde mucho antes de la era Trump. Dado que la novela se publicó en 2015, dudo mucho que Bacigalupi se haya inspirado directamente en él. Pero tampoco habría sido necesario: una de las características de la buena prospectiva es que expone con antelación hacia dónde nos conducen ciertas tendencias. Sin aspavientos, dejando que la historia lo haga o (incluso mejor) planteándolo como un mero telón de fondo.

El tema de los muros fronterizos no es la única referencia a la actualidad de la que ha partido la novela. Otro factor que Bacigalupi tuvo en cuenta es la compleja estructura legal que, a día de hoy, regula la gestión del río Colorado.

Es esa gestión (y las decisiones políticas que se han tomado a lo largo de los años) la que explica la presencia de ciudades en zonas que, de otro modo, serían inhabitables.

Las Vegas, sin ir más lejos, no podría entenderse sin la presencia de la presa Hoover y el embalse del lago Mead. Sin embargo, el reparto de dicha cuenca hidrográfica es un reparto de la escasez, lo cual ya está generando tensiones ente algunos estados (en especial entre Nevada, Arizona y California); unas tensiones que se agravan día tras día.

Por último, otro dato que Bacigalupi ha tenido en cuenta son los períodos de sequía que asolan la región. Del último «estado de emergencia debido a la sequía» (declarado por el gobernador de California el 17 de enero de 2014) se salió recién el 17 de abril de 2017… y, aun así, el National Drought Mitigation Center estimaba que, a mediados de aquel año, 10,3 millones de personas seguían estando afectadas por la misma.

 

 

Movimientos laterales

Hasta aquí hemos visto los datos. Ahora veamos la estrategia de Bacigalupi a la hora de generar su prospectiva. No sabría decir si él la ha llamado de algún modo, pero en la novela se expresa de una forma tan clara que incluso me atrevo a darle un nombre («movimiento lateral») y una definición: tomar una tendencia reconocible y «desplazarla» de algún modo.

Empecemos por analizar la gestión legal del río Colorado. El movimiento lateral propuesto por Bacigalupi consiste en plantear que California se ha cansado de negociar y  ha dado un golpe en el tablero, desplazando la legalidad de los acuerdos entre estados a los conflictos judiciales. Unas batallas legales agresivas y rastreras, amparadas en el «marco común» de un gobierno federal con bastante manga ancha. El paraíso del libre mercado, vamos.

Lo que nos lleva al segundo movimiento lateral: estos estados en constante disputa se han convertido (de facto) en regiones independientes con un estricto control de fronteras. De esa forma los muros (y las patrullas fronterizas) se han desplazado desde la línea divisoria entre México y Estados Unidos a los bordes internos. Con ese simple gesto, Bacigalupi nos sugiere que todos los muros (por mucho que, en los últimos años, su justificación se haya sofisticado) parten del mismo rechazo al extranjero, al diferente. Y «extranjero» es un término relativo: las fronteras de lo propio dependen de las circunstancias. En el futuro (como en la década del treinta), la gente de Texas (como la de Ocklahoma) puede volver a ser extranjera en California.

Y ya que hablamos de California, pasemos al tercer movimiento lateral: la historia de la novela no se desarrolla en California; tiene lugar entre Nevada y Arizona (mayoritariamente en la segunda). California forma parte del contexto. Es, con diferencia, el estado mejor posicionado en la disputa por el agua, aquel con mayores recursos y riquezas… Y recuerda que estamos hablando de la misma California que acaba de salir de un estado de emergencia de tres años.

Con este movimiento, la novela parece decirnos que la gravedad de las circunstancias también es relativa. Al presentarnos a California como el destino anhelado por la mayoría de refugiados climáticos, Bacigalupi parece sugerir que, si las actuales tendencias se agravan, incluso los diez millones trescientas mil personas que a mediados de 2017 vivían en riesgo de sequía podrían terminar siendo «privilegiadas».

El siguiente movimiento lateral tiene que ver con la política, y su primer indicio está en el nombre con el que los zonales (los habitantes de Arizona) llaman a los agentes de California: los «calis». Las reminiscencias de esa palabra (para nada sutiles) nos advierten de ese movimiento que, a lo largo de la novela, se va haciendo explícito. La guerra del narco que hoy impera en México ha dado lugar a una «narcocracia» establecida (y por lo tanto estable). Mientras que la guerra entre bandas mafiosas paralegales (asociadas a los distintos estados) se ha desplazado hacia el norte de la frontera y es la estructura política imperante en el sudoeste de Estados Unidos.

De hecho, además de la emigrante climática de la que ya he hablado, los otros dos personajes centrales de Cuchillo de Agua son una periodista tan comprometida (u obsesionada) con la tragedia humanitaria de Arizona que está dispuesta a arriesgar su vida para darla a conocer, y un sicario de la mafia de Nevada (una mafia muy legal, por supuesto, y vinculada al entorno político).

Quizás se deba a que acabo de leer El Cartel, de Don Winslow, pero me resulta imposible no hallar paralelismos entre ambas novelas en lo referente a la situación de la prensa (y al riesgo al que se ve sometido quien intenta hacer periodismo de investigación); en lo que se refiere a los vínculos entre la actividad legal, paralegal y mafiosa en las altas esferas del poder; y, muy especialmente, en el uso de la violencia. (En ese sentido, los paralelismos entre el modus operandi de los Zetas y de ciertos personajes de Cuchillo de Agua son aterradores).

El último movimiento lateral propuesto por la novela (más asociado al worldbuilding que a la trama en sí, pero también el más arriesgado) es presentar a Estados Unidos como un «estado fallido» en el que empresas extranjeras disfrazadas de «misiones humanitarias» (chinas, para más inri) vienen a hacer negocios. (Los surtidores de agua instalados por la «Cruz Roja/Camaradería China» —sic—, son un buen ejemplo esa punzante ironía).

 

Prospectiva, posible movimiento lateral de un Dust Bowl

 

Extrañamiento

Gracias a estos movimientos laterales, la novela consigue generar extrañamiento sin llegar a la extrañeza.

Y aquí debo detenerme un instante porque, aunque parezca un juego de palabras, estamos ante una característica fundamental de la literatura prospectiva. Para explicarme, volveré unos segundos a las definiciones de la RAE:

Generar extrañeza («cualidad de raro, extraño, extraordinario») es el objetivo de la literatura fantástica, de la literatura maravillosa, e incluso de buena parte de la literatura de ciencia ficción. El «sentido de la maravilla» es la esencia de la Space Opera (por más que también aborde temas trascendentes).

Sin embargo, el objetivo de la literatura prospectiva es generar extrañamiento («acción y efecto de extrañar o extrañarse»), entendiendo por extrañar: «sentir la novedad de algo que usamos, echando de menos lo que nos es habitual».

Dicho en otras palabras, el objetivo de la literatura prospectiva es hacernos ver con cierta distancia («extrañamiento») las tendencias que asumimos como «normales», como inherentes a la realidad cotidiana, para que podamos preguntarnos si realmente lo son y, sobre todo, hacia dónde nos están conduciendo.

Y para eso se requiere de un delicado equilibrio entre lo conocido y lo sorprendente; un equilibrio que los «movimientos laterales» permiten controlar (sobre todo si se realizan con la maestría con la que los hace Bacigalupi).

Así, para hablar de la tragedia de los refugiados, utiliza a una refugiada estadounidense víctima de xenofobia en su propio país y, al mismo tiempo, decide llamarla María para anclar ese futuro a las miserias del presente.

O, para advertirnos sobre los riesgos de la utopía neoliberal, lleva al extremo el capitalismo salvaje sin eliminar las leyes, pero con los «limites legales» del tipo de estado que el neoliberalismo desearía tener.

O, para hablar del desarraigo de los emigrantes en sus comunidades de destino, nos obliga a seguir a María en su lucha por la supervivencia hasta enfrentarnos a su decisión final, tan cuestionable como comprensible.

Antes de cerrar este artículo me interesa señalar (aunque pueda parecer evidente) que el objetivo de una obra prospectiva no es mostrarnos cuál va a ser el futuro, sino hacernos reflexionar sobre cuál podría ser (lo que es un alivio, teniendo en cuenta el durísimo enfoque elegido por Bacigalupi). Sin embargo, en esa reflexión (y esta es, quizás, la mayor fortaleza de la literatura prospectiva) se alumbran visos del presente a los que ni siquiera el realismo es capaz de acceder.

 

Inmigrantes climáticos en la década del treinta.

 

 

 

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