No me preguntes por qué, pero aún recuerdo con lujo de detalles la noche en que vi, siendo adolescente, El día después (The Day After, Nicholas Meyer, 1983).

En realidad, no solo recuerdo aquella noche, recuerdo todo lo ocurrido a lo largo de aquel día.

Incluso hoy no sabría decir si es debido al impacto que me causó la película o es uno de esos recuerdos caprichosos que se atesoran de por vida; esos que te enseñan que la felicidad no está asociada (necesariamente) a momentos trascendentales, que suele ser un estado de ánimo por el cual (con algo de suerte) transitamos en mitad de nuestras rutinas.

Sé que suena raro que empiece hablando de felicidad la reseña de una película sobre los estragos de una guerra. Sin embargo, es probable que haya sido ese contraste entre la felicidad de aquel día y la sordidez de la cinta lo que se ha grabado tan hondo en mi memoria.

Fotograma de la película El día después 1

 

Cuadras, autos y computadoras

Debió de ser en 1990; yo debía de rondar los quince años… Lo que recuerdo perfectamente es que era sábado.

Por la tarde había ido con mi mejor amigo al Planetario Municipal de Montevideo (a un «curso de astronomía para principiantes» que me fascinaba) y luego habíamos caminado unas veinte cuadras (léase, «manzanas») por la avenida Rivera (la más larga de la ciudad) hasta el estudio de arquitectura de su padre.

En un salón con pisos de madera y ventanales altos había al menos diez mesas de dibujo y un ordenador personal. Y aunque los dos terminaríamos siendo arquitectos, ya imaginarás hacia dónde nos dirigimos.

Era una «computadora» IBM en un tiempo en que (al menos en Uruguay, al menos entre los adolescentes) lo más cercano a un ordenador era una TK95…, como mucho una Sinclair ZX Spectrum. (Mi amigo tenía una de 128k y ya estábamos pensando en programar videojuegos).

Así que nos pasamos el resto de la tarde diseñando tarjetas (sí, tarjetas; ya sabes, felicitaciones de navidad, ese tipo de cosas) en un programa tipográfico, y sacándolas por una impresora de matriz de puntos.

Recuerdo que cuando nos quisimos acordar ya había anochecido y que el padre de mi amigo (con la bonhomía que lo caracterizaba) esperó a cerrar todo el estudio antes de decirnos que nos teníamos que ir.

Así que fuimos en auto (es decir, en coche) hasta su edificio, que quedaba a unos pasos del mío, y allí nos despedimos hasta el lunes siguiente.

 

Una de catástrofes

Cuando llegué a casa, seguía pensando en el ordenador y las tarjetas. Mi amigo me había dado varias que le mostré a mi madre, orgulloso.

Ella estaba sentada frente al televisor, pendiente de un programa que estaba a punto de empezar, pero dedicó los minutos que faltaban a mirarlas con atención y a preguntarme cómo las había hecho. Mientras se lo explicaba me senté a su lado. Mis hermanos ya estaban por allí.

Lo cierto es que, cuando la película comenzó, no tenía la más pálida idea de qué estaba viendo. Supuse que se trataba de un drama familiar (la típica película yanqui de sobremesa) que Canal 4 (recuerdo que la vi en Canal 4) había programado un sábado por la noche. Sin embargo, desde pequeño me ha fascinado el cine de catástrofes (en Uruguay se lo llama «cine-catástrofe», pero he visto mucho «cine-catástrofe» que no va de catástrofes) y conforme pasaban los minutos empecé a detectar sus claves: la información de un peligro en segundo plano; la absoluta inconsciencia del mismo por parte de los protagonistas (de la mayoría, al menos) que siguen con sus vidas mientras la situación se agrava; la alerta repentina, que sorprende a cada personaje en el sitio donde se encuentra, completamente al azar…

Y entonces aparecieron las detonaciones nucleares y entendí por fin lo que estaba viendo…

O no, porque a partir de ese punto, la película dejó de seguir los códigos del cine de catástrofes.

Fotograma de The Americans «El día después» 1

 

Desasosiego

Quizás fue por eso que El día después me impactó tanto.

Todo lo que había visto hasta entonces me auguraba lo que vendría a continuación: la lucha de los protagonistas por reencontrarse con sus familias o, simplemente, por sobrevivir; las miserias y heroicidades del ser humano al enfrentarse a situaciones límite; las inclemencias del entorno y la catarsis final, el remanso: el rencuentro de los protagonistas y la seguridad restaurada.

Esos eran (y siguen siendo) los códigos del cine de catástrofes y nada de eso fue lo que vi en la segunda mitad de la película.

En su lugar, lo que vi fue un retrato hiperrealista (más tarde me enteré que incluso suavizado) de los estragos producidos por una guerra termonuclear. Ninguna de sus tramas cierra de forma coherente (como es probable que ocurriera en una situación real), la mayoría de los protagonistas no consiguen reencontrar a sus familias, ni encuentran sosiego, ni alcanzan un nuevo estadio de seguridad.

Solo hay ruinas y ceniza. Y la solidaridad como una imperceptible esperanza de futuro.

 

La insoportable levedad del ser

En algún momento de la película mi madre se fue, llevándose con ella a mi hermano pequeño, que por entonces tendría diez años. Mi hermana también se fue y mi padre estaba leyendo. Así que terminé viéndola solo.

Ya al final de la película recuerdo haber asociado lo que acababa de ver con el resto de lo ocurrido aquel día; sin embargo, solo ahora que lo estoy repasando creo entender el motivo. Puede que solo sea una entelequia, una forma de darle sentido a algo que no lo tiene, pero ¿qué son los recuerdos si no relatos, construcciones que aceptamos creer?

Creo que si tengo grabado todo aquel día (y no solo la película) es porque las horas de intrascendente felicidad que había vivido por la tarde se convirtieron un espejo de la que habían vivido sus personajes, horas antes de la guerra. En esa intrascendencia me sentí reflejado. Sentí que lo que acababa de ver también podía pasarme a mí, a mi familia, y la película dejó de ser un espectáculo para convertirse en una experiencia.

Fotograma de la película El día después 2

 

¿Por qué hablas de esto ahora y no El día después?

Llegados a este punto, te estarás preguntando por qué he sacado a colación esta película precisamente hoy.

Aunque hace tiempo que encontré su edición en DVD (en una tienda de segunda mano que la vendía a 1 euro) y el año pasado la volví a visionar, lo cierto es que hasta la semana pasada no decidí reseñarla. ¿La razón? Que en cuestión de horas accedí a dos contenidos distintos que, de un modo más o menos directo, hacían referencia a ella.

 

Espías de los 80

Empecemos por el más obvio.

Hace unos días terminé de ver la cuarta temporada de una serie que me fascina: The Americans. Y resulta que el título de su noveno capítulo era precisamente El día después.

Como si estuviera reviviendo mi experiencia de los quince años, no supe que hablaría de la película (no suelo prestar atención a los títulos) hasta que vi a los protagonistas de la serie sentados frente al televisor, pendientes de lo que decía un tal John Cullum.

«Esta noche presentamos, en ABC Theater, El día después.

Yo interpreto a un padre de una típica familia americana que experimenta los catastróficos eventos de una guerra nuclear a gran escala.

Antes de que comience la película, quiero advertir a los padres sobre la gráfica descripción de las explosiones nucleares y sus devastadores efectos. El impacto emocional de estas escenas puede resultar inusualmente perturbador, por lo tanto, recomiendo no permitir que los niños muy pequeños la vean.

En los hogares donde la estén viendo jóvenes, me gustaría sugerir que la vean en familia, de forma que los padres estén cerca para responder las preguntas y discutir los temas surgidos de la película».

De inmediato pensé (no sin cierto cinismo) que, si su intención era retener a su público, sin duda lo había logrado. Pero entonces empezaron a mostrarse escenas de la cinta y (en contraplano) su efecto en los personajes. En todos los personajes: en los hijos adolescentes de los protagonistas, por supuesto, pero también en los agentes del FBI; y en los «diplomáticos» rusos de la Rezidentura de Washington…; incluso en los protagonistas, dos espías de la KGB infiltrados en Estados Unidos desde hacía décadas.

Y lo mejor vino después, porque las conversaciones posteriores mostraban que a nadie (ni siquiera a los espías) le resultó indiferente.

Fotograma de The Americans «El día después» 2

 

Terrores de los 80

Y entonces comprendí lo evidente: si a mí (que la había visto en Uruguay a principios de los noventa) la película me había impactado, ¿cómo debieron sentirse los estadounidenses en el momento de su estreno, a principios de los ochenta?

Basta hacer una mínima búsqueda por internet para enterarse de algunos datos llamativos sobre la trascendencia de aquella emisión.

La película se estrenó el domingo 20 de noviembre de 1983. Y escribo la fecha completa porque es importante. Obviamente, por entonces el Muro de Berlín aún no había caído, pero su relevancia proviene de un evento mucho más coyuntural.

En 1983, Ronald Reagan estaba en su primer mandato, un período en el que la Guerra Fría se había recrudecido. Y ese recrudecimiento llegó a su punto culminante (precisamente) en noviembre de 1983.

Por una de esas casualidades del destino, dos semanas antes del estreno de El día después, se produjo el incidente conocido como «Able Archer 83».

Entre el 7 el 11 de noviembre, la OTAN decidió llevar a cabo una simulación realista de un ataque nuclear, lo cual, como es lógico, disparó todas las alarmas de la URSS. Aunque a estas alturas apenas se recuerde, muchos historiadores consideran que aquel incidente fue la vez que más cerca se estuvo del inicio de una guerra termonuclear tras la crisis de los misiles de Cuba, en 1962.

Ese fue el contexto en el que se estrenó la película. Lo que ocurrió en los días previos y durante su emisión lo cuenta Hank Stuever en un artículo para The Washington Post.

«Semanas de hype y debate precedieron a la emisión. ¿Debería la ABC siquiera haber emprendido un proyecto tan perturbador? ¿Sería visto como una pieza de propaganda del movimiento antinuclear? ¿Asustaría tanto a los votantes que estos no reelegirían a Ronald Reagan para un segundo mandato, en 1984? (…) ¿Y los niiiiiiiiños? (¿Quiere alguien, por favor, pensar en los niños?). Los anunciantes estaban preocupados, así que, finalmente, la ABC ofreció un número limitado de spots comerciales durante la película de dos horas (…).

Lo que perdió en ingresos, la cadena lo ganó rompiendo récords de audiencia (…): unos 38,5 millones de hogares vieron El día después, con una audiencia estimada de 100 millones de personas (…). Y casi todos se quedaron a ver el duro debate que siguió a la película, moderado por Ted Koopel. Incluso hoy, El día después sigue siendo la película más vista en televisión, superando a la emisión en prime-time de Lo que el viento se llevó de 1978».

Es difícil determinar la influencia que tuvo la película en el cambio de estrategia respecto al armamento nuclear experimentado por la administración Reagan en los años siguientes. De lo que no cabe duda es de que El día después fue el mayor evento televisivo de principios de los ochenta en Estados Unidos.

Cartel de la película El día después

 

Serendipia

Casualmente, el día después de haber visto el capítulo de The Americans, leí una entrada de Antonio Muñoz Molina en su blog que me recordó, una vez más, la película.

Su entrada remitía a una entrevista a Noam Chomsky realizada por The New York Times, pero la idea central ya la expresaba Muñoz Molina con su genial (y habitual) sencillez:

«…   me pregunto si no estaremos viviendo uno de esos momentos que para las generaciones futuras constituyen un ejemplo inexplicable de ceguera colectiva: dice Chomsky que el peligro de guerra nuclear es ahora más grave que en lo peor de la Guerra Fría. La diferencia es que en los años 50 el apocalipsis nuclear era una obsesión. Ahora, salvo estos últimos días, nadie habla de eso».

La forma en que Chomsky lo plantea también resulta espeluznante. Cuando el periodista le pregunta si deberíamos temer un intercambio nuclear de algún tipo, él responde que:

«Yo lo hago y estoy lejos de ser la única persona que alberga esos temores. Quizá la figura más sobresaliente que expresa esas preocupaciones sea William Perry, uno de los principales estrategas nucleares contemporáneos, con muchos años de experiencia en los más altos niveles de planeación en caso de guerra. Él ha regresado de su semirretiro para declarar enfáticamente su terror ante las amenazas extremas y crecientes, así como la falta de preocupación ante ellas.

En 1947, el Bulletin of the Atomic Scientists estableció su famoso “reloj del juicio final”, que calcula qué tan lejos estamos de la medianoche: el fin. En enero, poco después del discurso de toma de posesión de Trump, la manecilla se movió a dos minutos y medio para la medianoche, lo más cercano al desastre terminal desde 1953».

Así que, ¿quién sabe? Quizás este sea un buen momento para echarle un vistazo a El día después… A ver si así impedimos que se convierta en El día después de mañana.

William Perry

 

 

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