Es raro, pero a veces sucede que una novela no te acaba de convencer y, sin embargo, reconoces que estás leyendo una obra maestra. Eso fue lo que me ocurrió con Nosotros, de Evgueni Ivánovich Zamiátin, y en este artículo intentaré explicar por qué.

Sé que el párrafo de arriba resulta extraño. Para empezar, porque en la mayoría de nosotros ha calado la idea de que una obra maestra tiene que ser aburrida, cuando lo cierto es que la mayoría de las obras maestras son entretenidísimas. (Algunas, por momentos, incluso te hacen reír a carcajadas). Pero además porque el concepto «obra maestra», por manido, ha ido perdiendo significado.

Si buscamos en el diccionario de la RAE la definición de «maestra», su primera acepción es la siguiente:

«Dicho de una persona o de una obra: De mérito relevante entre las de su clase».

Y un poco más abajo:

«Persona que enseña una ciencia, arte u oficio, o tiene título para hacerlo».

Obviamente, aquí me estoy refiriendo a una novela, pero quédate con lo de que «enseña una ciencia, arte u oficio». Ya verás por qué lo digo.

 

Serie Nosotros, detalle de una ilustración de Eda Akaltun 1
Serie Nosotros, detalle de una ilustración de Eda Akaltun

 

Nosotros primero

En nuestro diccionario, la palabra «distopía» ha ingresado hace poco. (Su DNI es tan reciente que Word sigue marcándola en rojo). Sin embargo, en su versión inglesa, el término se remonta a finales del siglo XVIII.

De todos modos, la distopía como género literario no se consolidó hasta mediados del siglo XX gracias a tres novelas que, con el tiempo, se han convertido en clásicos: Un mundo feliz, de Aldous Huxley (Brave New World, Chatto & Windus, 1932), 1984, de George Orwell (Nineteen Eighty-Four, Secker & Warburg, 1949), y Fahrenheit 451, de Ray Bradbury (Ballentine Books, 1953).

Nosotros, de Evgueni Ivánovich Zamiátin, no suele incluirse en ese canon. Y si bien empieza a ser reivindicada (basta ver la edición crítica de Cátedra), todavía no ha sido reconocida como lo que realmente es: la antecesora directa de las otras tres novelas.

Porque el dato que aún no he dado es la fecha en la que fue escrita y, lo que es más importante, el año en que fue publicada en inglés.

Zamiátin la escribió en 1920 (once años antes de que Huxley nos presentara su mundo feliz), pero esa fecha no es relevante porque la censura del Gobierno Provisional Ruso (y posteriormente de la Unión Soviética) impidió su publicación. (De hecho, la primera edición del libro en su idioma original se produjo —¡recién!— en 1988).

Lo que sí es relevante es que, tras un pintoresco periplo, el original de Nosotros llegó a Nueva York, fue traducido al inglés por Gregory Zilboorg y fue publicado por E. P. Dutton en 1924. Es decir, ocho años antes de… bueno, ya sabes.

 

El jardín y los senderos que se bifurcan

No es una historia muy conocida, pero en 1948 Orwell acusó a Huxley de haber «tomado prestadas» ciertas ideas de Nosotros para Un mundo feliz. Y al margen de que su acusación fuera cierto, de lo que no cabe duda es de que la novela de Zamiátin ejerció gran influencia en la obra del propio Orwell.

En el prólogo de Nosotros que aparece en la edición de Akal, Sergio Hernández-Ranera escribe lo siguiente:

«George Orwell, (…) reconoció el entusiasmo que le produjo la lectura de Nosotros. Es sabido que se hizo con una edición en francés y se lamentó de no hallar una edición inglesa a mano: “Resulta sorprendente que ningún editor británico haya sido lo bastante emprendedor para reeditarlo”. Orwell consideraba que la obra cumbre de Zamiátin era superior a la de Huxley (…), y se sorprendía de que la novela hubiera pasado desapercibida».

Esas palabras serían el inicio perfecto de otra versión de este artículo; una en la que intentara señalar la influencia de Nosotros en las obras distópicas posteriores. (Y digo «obras» porque su influencia alcanza el cine).

Sin embargo, escribirlo me hubiera metido en un interesante «jardín». Por una parte, porque no habría podido asegurar (como en el caso de Huxley) si esa influencia es real o simple serendipia y, por otra, porque en muchos casos hubiese tenido que hacer spoilers.

Así que decidí tomar otro sendero. En lugar de mostrar la influencia de Nosotros en obras posteriores, intentaré mostrar cómo, en la novela de Zamiátin, ya se encuentran los temas centrales de las distopías clásicas.

 

Lo peor de cada casa

Aparte de escritor, Zamiátin fue ingeniero naval. Debido a eso, en 1916 fue enviado a Inglaterra por las autoridades zaristas con la misión de construir un buque rompehielos. Y como explica Hernández-Ranera en su prólogo:

«Su estancia en los alrededores de Newcastle supone la entrada en contacto con un ambiente laboral basado en el taylorismo, un sistema de eficiencia industrial en el trabajo que comienza a inquietarle».

En 1917, Zamiátin regresa a Rusia y allí publica varios cuentos (incluso estrena una obra de teatro, en 1918) en los que ridiculiza tanto a la sociedad inglesa como a la rusa. Por desgracia, ciertos regímenes carecen de sentido del humor, así que cuando intentó publicar Nosotros, en 1921, la obra fue censurada y, a partir de entonces, las trabas a su labor literaria se hicieron cada vez más evidentes.

Lo que intento subrayar con esto es el carácter irónico e inconformista que expresaban sus obras. Una independencia intelectual que, si bien cercenó su carrera literaria, también le brindó la lucidez suficiente para advertirnos de ciertas tendencias emergentes que pugnaban por deshumanizarnos.

Veamos cómo lo hizo.

 

Serie Nosotros, detalle de una ilustración de Eda Akaltun 2
Serie Nosotros, detalle de una ilustración de Eda Akaltun

 

El cristal con que se mira

La característica esencial que distingue a las grandes distopías es la coherencia con que emplean el punto de vista.

No es casual que la mayoría de las novelas distópicas utilicen, o la primera persona, o  a un narrador equisciente (una tercera persona que en todo momento acompaña al protagonista).

Dado que las distopías describen sociedades cerradas en las que el poder impone su enfoque de la realidad, el único modo coherente de describir esa realidad es observándola desde ese punto de vista.

El narrador/protagonista suele emplear la terminología e ideario del régimen (al menos, al expresarse públicamente), por lo que sus descripciones de la sociedad que habita suelen ser elogiosas. Sin embargo, al hacerlo desde la perspectiva impuesta por el poder, el panegírico se convierte (para el lector) en una crítica explícita, en una demostración de la perversidad de su lógica por reducción al absurdo.

Esto ya está presente en la obra de Zamiátin.

En el Estado Único de Nosotros, la vida de los ciudadanos es regida y uniformada por un sistema taylorista que no solo determina sus horas de trabajo, sino (casi) cada minuto de su existencia. Su protagonista y narrador, D-503, es el ingeniero responsable de la construcción del «Integral», la nave que llevará su «civilización» a las estrellas. Esto es lo que escribe en su «diario»:

«Hoy por la mañana estaba en el hangar donde se está construyendo el “Integral” cuando, de repente, me fijé en unas máquinas: con los ojos cerrados, los rodamientos de los reguladores giraban abnegadamente. Las manivelas fulgurando, se doblaban a derecha e izquierda. (…) Entonces percibí toda la belleza de aquel grandioso ballet mecánico que un tenue sol azul anegaba.

Y después me pregunté: “¿Por qué es bello? ¿Por qué es bella esta danza?”.

Respuesta: porque es un movimiento no libre, porque todo el sentido profundo de esa danza subyace precisamente en esa absoluta subordinación estética, el ideal estado de no libertad».

 

El Estado como religión

Existen infinidad de ejemplos, a lo largo de la historia, en los que el poder político se ha basado en la religión. En los que Dios (o los dioses) ha otorgado el poder terrenal a sus representantes.

Sin embargo, los regímenes descritos en las distopías suelen ir un paso más allá. Aunque haya ejemplos en los que el poder está basado en una religión existente (El cuento de la criada, de Margaret Atwood, por ejemplo), en la mayoría de los casos la religión ha sido sustituida por el Estado.

Ya no existe una religión de Estado, sino que el Estado es una religión: existe un culto religioso (no podría definirse de otra forma) a la figura del Líder y muchas de las actividades sociales se ritualizan para conferirle al régimen una entidad trascendente, intocable.

Y cuando no es el Estado lo que adquiere carácter trascendente, lo que se estimula es el culto a la banalidad, al hedonismo.

En el primer caso el individuo es aplastado por un Estado que lo trasciende. En el segundo, es empujado a un nihilismo que le impide ofrecer alternativas.

Nosotros se ubica claramente en el primer grupo. Y digo «claramente» porque quizás sea donde esta idea se expone con mayor claridad.

La cita siguiente forma parte del relato de una ejecución.

«Delicadas guirnaldas adornan los rostros de los niños en las primeras filas, todos muy cerca del lugar del acto. Reina un estricto silencio, profundo y gótico.

A juzgar por las descripciones que han llegado hasta nuestros días, los antiguos no experimentaron nada similar durante sus «misas». Pero, claro, ellos rendían culto a un dios absurdo y desconocido. En cambio, nosotros servimos a una divinidad conocida de la forma más precisa. Su Dios no les dio nada, a excepción de una búsqueda eterna y tortuosa. A su Dios no se le ocurrió cosa mejor que ofrecerse a sí mismo en sacrificio por un motivo ignoto. Pero nosotros brindamos a nuestro Dios, el Estado Único, un sacrificio sereno y juiciosamente razonado. Sí, se trata de la solemne liturgia que dedicamos al Estado Único en recuerdo de los duros años de la Guerra de los Doscientos Años; la grandiosa conmemoración de la masa contra el individuo, de la totalidad sobre la unidad…».

 

Panóptico

Aunque en su origen el Panopticón fue un concepto de arquitectura carcelaria planteado por Jeremy Bentham a finales del siglo XVIII (curiosamente, por las mismas fechas en que surgía el término distopía), a principios del siglo XX había trascendido con creces la función para la que fue creado.

En la mente de los escritores y artistas, el panóptico era la expresión formal de una sociedad disciplinaria mucho antes de que Michel Foucault sistematizara el concepto en 1975, en su obra Vigilar y castigar.

Antes incluso de Orwell y sus «telepantallas», Zamiátin ya llevaba al extremo el concepto con sus edificios de cristal. Viviendas en las que todo —pisos, paredes, techos— es transparente, y donde solo se pueden cerrar las cortinas para tener sexo.

«A derecha e izquierda, a través de las paredes de cristal, creo ver mil veces repetida mi propia figura, mi habitación, mi traje y mis movimientos. Esto me anima: me veo como parte de algo enorme, potente, único».

 

Serie Nosotros, detalle de una ilustración de Eda Akaltun 3
Serie Nosotros, detalle de una ilustración de Eda Akaltun

 

El (ángel) guardián

En estas sociedades, el control no solo lo ejercen unos individuos contra otros (por presencia o delación), sino que existen cuerpos policiales que vigilan y detienen a posibles «rebeldes» (incluso antes de que lo sean).

Y si hay algo común a todas las distopías, sea cual sea el régimen que describan, es que el ciudadano se debe mostrar agradecido con sus guardianes por «salvarlo» de sí mismo, de sus instintos de libertad. En casi todos los casos, el protagonista suele tener una relación cercana, casi filial con su guardián, un (angel) guardián que, si lo castiga, lo hace por su bien.

Una vez más, en Nosotros esta idea es explícita:

«De repente, sentí que, por detrás, alguien se inclinaba cautelosamente por encima de mi hombro y echaba una ojeada a la página que yo estaba leyendo. Sin girarme, vi por el rabillo del ojo unas orejas de soplillo sonrosadas como alas doblemente encorvadas… ¡Era él! (…)

Aquel incidente, insignificante en sí mismo, me causó un efecto especialmente positivo. Diría que incluso me fortaleció. Es muy agradable sentir la mirada perspicaz de alguien que, con tanto afecto, nos previene del mínimo error y del mínimo paso en falso. Da igual que esto suene un poco sentimental, pero nuevamente me viene a la cabeza esa misma analogía: los ángeles de la guarda con quienes soñaban los antiguos».

 

El mito del buen salvaje

Y en contraposición con la sociedad «civilizada» y alienante del régimen, muchas distopías exponen una sociedad primitiva, «salvaje» pero humana; un retorno a los orígenes naturales como única respuesta a los temores de la industrialización.

Este mito del buen salvaje (un tópico literario en toda regla) ha sido subvertido —de forma más o menos perversa— en novelas como Un mundo feliz, o El señor de las moscas, de William Golding; sin embargo, el mito ya aparece expuesto (digamos que de forma «canónica») en la novela de Zamiátin.

«En el claro del bosque, alrededor de una piedra desnuda con forma de cráneo, se apelotonaban unas trescientas o cuatrocientas, digamos, “personas”, pues me resulta difícil llamarlas de otro modo. (…) Tras un instante, distinguí con total claridad a gente de piel mora, taheña, dorada, bayo oscura, rucia y hasta blanca. Evidentemente, eran personas. Todas iban desprovistas de ropa y se cubrían con exiguas pieles brillantes, similares a las que recubren el caballo disecado del Museo Prehistórico».

 

Libertad es un nombre de mujer

Quizás se deba a que la mayoría de las distopías «clásicas» has sido escritas por hombres, pero (salvo en Un mundo feliz, donde la sexualidad juega un papel diferente) en casi todas ellas la mujer simboliza la libertad.

La atracción que el protagonista siente por su contraparte femenina es un trasunto de su rebeldía; el deseo de poseerla (con el riesgo personal que conlleva), una expresión de la pulsión revolucionaria; y el sexo, el momento en que la insurrección se consuma.

No es casual que los personajes femeninos suelan tener su postura clara; que se opongan al régimen antes incluso de que el protagonista empiece a cuestionarlo. Ya sea como inspiración, compañera de ruta o instigadora, la mujer encarna el anhelo de revolución.

«De repente, sus brazos rodearon mi cuello, posó sus labios sobre los míos… Cada vez más profundamente, con más fiereza… Lo juro, aquello fue algo completamente inesperado para mí y, tal vez, solo porque… ¡yo no podía, no podía desear lo que después habría de ocurrir! (…)

Me convertí en cristal. Podía ver en mi interior, dentro de mí.

Tenía dos yo. Uno era el de siempre, D-503, el número D-503. Pero el otro… Antes, el otro apenas había asomado sus peludas pezuñas fuera del cascarón, pero ahora lo había hecho por completo. El cascarón estaba crujiendo, en un momento saltaría hecho pedazos y… ¿Qué pasaría entonces?».

 

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Serie Nosotros, detalle de una ilustración de Eda Akaltun

 

La madre de todas las distopías

Como ves, los principales temas que han desarrollado las novelas y películas distópicas de los últimos cien años ya estaban presentes en la obra de Zamiátin.

Es verdad que Nosotros carece de la sutileza y seducción que han logrado novelas posteriores. Por momentos la historia se vuelve farragosa, inverosímil, y muchas de sus «bromas matemáticas» solo puedes ser captadas por ingenieros.

Sin embargo, es innegable que esta novela ha sentado cátedra, que ha enseñado el arte de escribir distopías a las siguientes generaciones y que, por lo tanto, se merece un puesto de honor entre sus pares.

Se merece, en otras palabras, ser reconocida como lo que realmente es: una obra maestra.

 

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Serie Nosotros, detalle de una ilustración de Eda Akaltun

 

 

NOTA: Todas las imágenes de esta entrada pertenecen de la ilustradora Eda Akaltun, que ha dedicado una serie a la novela Nosotros. En la entrada solo se exhiben detalles, para ver su obra completa te recomiendo visitar su web.

 

 

 

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