En la década de los setenta, la relación entre el cine y la literatura era bastante curiosa: las películas apenas se parecían a las novelas en las que decían basarse.

La primera constatación de ese hecho la tuve de pequeño, cuando conseguí que un amigo me prestara El planeta de los simios (la novela —francesa— de Pierre Boulle) en una edición de colección Reno que aún recuerdo con nostalgia. También recuerdo con nostalgia su lectura… y mi sorpresa al comprobar que no estaba reviviendo la película de Charlton Heston.

Quizás por eso (porque conocía esa relación, no por la presencia de Charlton Heston), al volver a ver hace poco Cuando el destino nos alcance (Soylent Green, 1973) me entraron ganas de leer la novela en la que sabía que se basaba.

El libro se titula ¡Hagan sitio! ¡Hagan sitio! y fue publicado por Harry Harrison (pseudónimo de Henry Maxwell Dempsey) en 1966 (Make Room! Make Room!, Doubleday). Obviamente, en español el libro está descatalogado, así que me limité a incorporarlo a mis búsquedas en librerías de viejo asumiendo que, con suerte, tardaría varios años en dar con él. (Un librero me dijo una vez que a una librería de viejo no se va a buscar libros, se va a encontrarlos). Pero los milagros existen y, hace unos meses, hurgando en una librería de Montevideo me topé con la novela en la edición azul y plateada (nostálgicamente ochentera) de la «Biblioteca de Ciencia Ficción» de HISPAMERICA.

Como podrás imaginar, no pasó mucho tiempo antes de que la leyera, y lo que encontré fue tan distinto a la película como a mis propias expectativas.

 

Make room! Make room! de Harry Harrison

 

Distopía maltusiana

La sombra de Malthus es alargada. En 1798 publicó de forma anónima su Ensayo sobre el principio de la población y su efecto en el desarrollo futuro de la sociedad y sus ideas siguen reverberando hoy en día.

¿Y qué es lo que plantea? La enciclopedia británica lo define así:

«Malthus argumenta que la infinita esperanza de la humanidad en la felicidad social es vana, debido a que la población siempre tenderá a crecer más rápido que la producción. El crecimiento de la población se producirá, de no controlarse, en progresión geométrica, mientras que los medios de subsistencia solo podrán incrementarse en progresión aritmética. La población siempre se expandirá hasta el límite de su subsistencia y será detenida allí por el hambre, la guerra y las enfermedades. “El vicio” (entre los que Malthus incluye la contracepción), “la miseria” y la “autocontención” solo podrían controlar este excesivo crecimiento».

En la década de los sesenta del siglo pasado las ideas maltusianas estaban en boga (lo cual no es de extrañar teniendo en cuenta que, por entonces, las tasas de crecimiento de población estaban por las nubes); sin embargo, la novela de Harrison no plantea el problema desde una perspectiva tan radical como la expuesta en Cuando el destino nos alcance. Sus tres ideas distópicas centrales (que no expondré por si alguien aún no la ha visto) no se mencionan en el libro, que basa su poder expresivo en la descripción del contexto. Y aunque el resultado sea menos efectista, mirado en perspectiva me resulta más acertado para abordar el problema.

No es de extrañar que en la película se haya tramado una conspiración en torno al Soylen Green (esa comida tan nutritiva que, por cierto, en la novela ni siquiera se nombra): los personajes de Harrison apenas evolucionan a lo largo de la historia.

En el libro, el asesinato de desencadena la investigación de la película no es más que un MacGuffin para pasear al lector por los intersticios de una Nueva York superpoblada. Lo curioso es que al crear personajes sin iniciativa, que se resignan a malvivir, Harrison nos sumerge en una atmósfera de lenta descomposición social muy presente en ciertos relatos prospectivos de los últimos años, como Cenital, de Emilio Bueso; Apocalipsis suave, de Will McIntosh; o el cuento «La bomba número seis», de Paolo Bacigalupi (incluído en La bomba número seis y otros relatos).

Y hablando de Bacigalupi, resulta sorprendente observar las similitudes entre ¡Hagan sitio! ¡Hagan sitio! y su primera novela, La chica mecánica. No solo por su común empleo de la descripción sensorial (olores, temperatura, humedad) para «empapar» al lector de la realidad que plantea, sino por ciertos escenarios semejantes: la visita al mercado en un ciclo-taxi, los pasillos de un edificio abarrotado de gente, el suburbio de barcazas en el que malviven los refugiados…, incluso uno de los personajes pasa parte de la novela en un barco abandonado. Con esto no pretendo criticar la novela de Bacigalupi (de hecho, La chica mecánica me parece tan buena como Cuchillo de Agua), sino recalcar la vigencia del estilo de Harrison.

Con todo, debo advertir de un par de cosas que saltan a la vista: la primera es que los diálogos entre Andy y Shirl (dos de sus personajes principales) sí que resultan «anticuados» (por usar un eufemismo); y la segunda es que se trata de una novela de tesis. Si la trama es nimia es, ante todo, porque no es más que una excusa para un análisis prospectivo: la proyección de los temores maltusianos de la década del sesenta.

Incluso su base conceptual aparece en la novela. En el cuarto capítulo de la segunda parte, Sol (otro personaje importante) culmina un largo monólogo disfrazado de diálogo resumiendo sus temores con estas palabras:

«De modo que el género humano devoró en un siglo todos los recursos que la Tierra había tardado millones de años en almacenar, sin que nadie en las altas esferas moviera una ceja ni prestara oído a las voces angustiadas que clamaban en el desierto. Permitieron que nos entregásemos a la superproducción y el superconsumo, y ahora el petróleo se ha agotado, el suelo se ha hecho improductivo, los árboles han sido talados, y siete millones de personas luchan por las migajas que quedan, viviendo una existencia miserable…»

Es probable que al leer este párrafo te haya pasado lo mismo que a mí: que al leer la descripción de los hechos hayas pensado: «¡qué visionario!: está definiendo uno de los grandes peligros a los que nos enfrentamos hoy en día»; y que luego, al llegar a la cifra, te hayas dicho: «bueno, tampoco es para tanto: ya hemos llegado a los siete mil millones y las cosas no están tan mal».

Pero la proyección demográfica de Harrison no iba (tan) desencaminada: él sitúa la acción de la novela en la segunda mitad de 1999 y, por entonces, (solo) había seis mil millones de personas. Los siete mil recién se alcanzaron a finales de 2011.

Ahora bien: ¿qué ha ocurrido desde que se escribió la novela para que hayamos llegado a esa cifra sin que el destino nos alcanzara?

 

Una distopia maltusiana

 

Esquivando al destino

Antes de analizar algunos de los factores que «escaparon» al análisis de Harrison, vale repetir lo que ya he dicho en otras ocasiones: el objetivo de una obra prospectiva no es enseñar cuál va a ser el futuro, sino hacernos reflexionar sobre cuál podría ser. Por lo tanto, la crudeza de su novela no debe interpretarse como un error de enfoque, sino como una advertencia que, incluso, pudo haber ayudado a que el futuro descrito no se haya cumplido.

Dicho esto, volvamos a la pregunta.

Dado que es imposible responderla en profundidad en una entrada de blog, me limitaré a destacar tres factores que (a mi entender) han sido de vital importancia.

El primero es el control de la natalidad. La novela plantea una sociedad en la que las medidas de contracepción son rechazadas por motivos religiosos (por ser «vicios», como diría Malthus) y donde las familias suelen tener más de cuatro hijos. De hecho, la novela podría entenderse como una apología del control de la natalidad: basta con leer el discurso de Sol o la grotesca descripción de la familia Belicher.

Para entender semejante beligerancia es necesario ponerla en contexto. En 1966 (el año de publicación de la novela) el tema estaba de absoluta vigencia: por entonces, la tasa de natalidad mundial era la más alta de las últimas décadas y fue precisamente ese año cuando el presidente Johnson aprobó el financiamiento público de los servicios de planificación familiar (un financiamiento que incluía el subsidio de los servicios de control de la natalidad para familias de bajos ingresos). Este tipo de medidas (que para Malthus eran solo paliativas) supusieron una reducción drástica en la tasa de crecimiento de la población de los países occidentales, lo cual (junto con políticas coercitivas como la aplicada en China) ha redundado en una disminución de la tasa de crecimiento de población global.

El segundo factor es el crecimiento. O, mejor dicho: «los límites del crecimiento». He elegido esa expresión porque es el título del informe encargado al MIT por el Club de Roma bajo la premisa de que: «en un planeta limitado, las dinámicas de crecimiento exponencial (población y producto per cápita) no son sostenibles». Esta es la escencia del Neomalthusianismo en el que se apoya el libro de Harrison. Pero que los límites del crecimiento no estuvieran tan próximos como se creía en la década del sesenta (es decir, que todavía no se haya acabado el petróleo, ni los suelos se hayan vuelto improductivos, ni todos los árboles hayan sido talados… por usar las palabras de Sol) no significa que esos límites no existan. Prueba de ello son las sucesivas puestas al día (la más reciente de 2012) de este informe de 1972.

Por último, el tercer factor es la «Revolución Verde». Obviamente, no estoy hablando de las revueltas iraníes de 2009, sino del conjunto de técnicas de modernización agraria que, entre 1960 y 1980, incrementaron exponencialmente la producción alimentaria mundial. Al margen de los debates que han generado estas técnicas, resulta indiscutible que, sin la incorporación a gran escala de plaguicidas, herbicidas, fertilizantes, maquinaria agrícola, y nuevas variedades de cultivo de alto rendimiento, la cifra mundial de personas que actualmente pasan hambre estaría muy por encima de los 780 millones (¡780 millones!) estimadas por la FAO.

 

Tasa de crecimiento de población mundial
Tasa de crecimiento de población mundial (1950-2050). Fuente: U.S. Census Bureau (actualizado a agosto de 2016).

 

Y, sin embargo…

Y, sin embargo, nuestro planeta sigue siendo finito.

Hace unos años ha empezado a emplearse el concepto de «factor de consumo» para medir las diferencias en el consumo de materias primas entre los distintos países. Si a principios de esta década el factor de consumo de los países más pobres correspondía a uno, el de los países más ricos se ubicaba en treinta y dos. Eso quiere decir que un ciudadano promedio de Europa consume treinta y dos veces más materias primas que, por poner un ejemplo, uno del cuerno de África. Ahora bien: solo un quince por ciento de la población mundial posee un factor de consumo cercano a treinta y dos; lo que significa que, si el cien por ciento llegase a esa cifra, el planeta (a día de hoy) ya no daría abasto para satisfacer a sus habitantes…

Dicho de otra forma: cabría preguntarse si nuestra dificultad para percibir hoy en día «los límites del crecimiento» (esa pesadilla malthusiana de la que nos advierte Harrison), no tendrá más que ver con las desigualdades del sistema en que vivimos, que con el hecho de que el destino no se nos siga acercando.

 

superpoblación

 

 

 

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