A veces ocurre que un libro no es lo que esperas y, sin embargo, precisamente por eso termina siendo revelador.

Compré Homo Deus. Breve historia del mañana, de Yuval Noah Harari (versión original en hebreo, Dvir, 2015), pensando que se asemejaría a un libro que disfruté mucho: La física del futuro: Cómo la ciencia determinará el destino de la humanidad y nuestra vida cotidiana en el siglo XXII, de Michio Kaku… Y afortunadamente, me equivoqué.

Digo «afortunadamente» porque el libro de Harari me pilló por sorpresa. Esperaba encontrar una serie de predicciones tecnológicas y me topé con un ensayo sobre un posible cambio de paradigma a escala global.

Y dado que mi interés por la futurología se deriva de mis escarceos con la ciencia ficción, dicha sorpresa no pudo ser más grata. Al margen de que haya o no comulgado con sus premisas (al margen, incluso, de que su base científica no sea tan firme como pretende) lo considero un libro imprescindible para quienes queremos dedicarnos a la ciencia ficción.

A lo largo de este artículo intentaré explicarte por qué.

 

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Fotografía realizada por Alessio Lin y publicada en Unsplash.

 

El Principio del Hombre de las Cavernas

En las más de quinientas páginas de La física del futuro, Michio Kaku analiza la evolución —hasta el año 2100— de seis ramas de la ciencia y la tecnología (informática, inteligencia artificial, medicina, nanotecnología, producción energética y astronáutica) y remata su predicción recreando «un día en la vida» de un habitante del siglo XXII.

En definitiva, construye un marco de posibles avances tecnológicos dando por supuesto que la sociedad a la que servirán será semejante a la nuestra. (Lo que equivale a decir que sus únicos cambios devendrán de la adopción de esas mejoras tecnológicas).

A primera vista, su postulado parece razonable. Al fin y al cabo, a primera vista nuestra sociedad no parece haber cambiado mucho en los últimos cien años.

Michio Kaku va incluso más lejos al plantear «el Principio del Hombre de las Cavernas»:

«Todos los indicios genéticos y fósiles ponen de manifiesto que los seres humanos modernos, que tenían exactamente el mismo aspecto que nosotros, surgieron en África hace más de 100.000 años, pero no vemos prueba alguna de que nuestros cerebros y nuestra personalidad hayan cambiado mucho desde entonces. (…) Del mismo modo, nuestros deseos, sueños, personalidades y aspiraciones probablemente no habrán cambiado mucho en 100.000 años. Es muy posible que pensemos todavía como nuestros antepasados de las cavernas».

De este argumento (bastante discutible) deriva la siguiente conclusión:

«Cuando se produce un conflicto entre la tecnología moderna y los deseos de nuestros primitivos antepasados, los deseos primitivos siempre ganan. Este es el principio del Hombre de las Cavernas».

 

El problema de las implicaciones secundarias

Sin embargo (y aunque a primera vista no lo parezca), la sociedad sí que ha cambiado muchísimo en el último siglo. Tanto que ningún escritor de principios del siglo veinte (ya fuera de ciencia ficción o de ensayo) logró predecir nuestra sociedad actual, y solo unos pocos lograron vaticinar, a cuarenta o cincuenta años vista, los cambios debidos a la era de la información.

Esto se debe a lo que Robert A. Heinlein denomina «las implicaciones “secundarias” de un nuevo factor». (La cita la he extraído del excelente artículo de Ada Palmer: «When Science Fiction Meets Social Science»).

«La especulación más difícil de emprender por un escritor de ciencia ficción es imaginar correctamente las implicaciones “secundarias” de un nuevo factor. Mucha gente anticipó correctamente la llegada del coche sin caballos…, pero no conozco a ningún escritor, de ficción o no ficción, que haya previsto el gran cambio en los hábitos de cortejo y apareamiento de los estadounidenses que provocaría dicha llegada».

En otras palabras: la obra de Kaku se basa en el supuesto de que el contexto social en que se producirán los cambios tecnológicos y científicos se mantendrá estable; cuando lo más probable es que esos mismos cambios desestabilicen y transformen las sociedades en las que se produzcan… Y que dichas transformaciones, a su vez, alteren el desarrollo ulterior de los progresos científicos y tecnológicos.

 

Distintos niveles de reflexión

Lo que acabo de exponer no le resta mérito alguno a la especulación de Michio Kaku. El objetivo de su libro es hacer predicciones científicas y tecnológicas e intuyo que (de un modo u otro) los cambios que plantea se llegarán a producir.

Lo que he intentado subrayar, al traer a colación la frase de Heinlein, es que la construcción de la realidad tiene más dimensiones («implicaciones “secundarias”») que las pautadas por el mero avance científico. Y a ese respecto, Homo Deus aporta claves importantes.

Más que pronosticar un posible futuro, el libro de Harahi intenta desgranar los elementos presentes en todo análisis futurológico, y mostrarnos que las principales tendencias vislumbradas en la actualidad se basan en paradigmas distintos del humanismo… Y dado que nuestra cosmovisión es humanista, ¿cómo podremos predecir las «implicaciones “secundarias”» (los cambios sociales y políticos) generados por un paradigma que aún desconocemos?

 

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Fotografía realizada por Alessio Lin y publicada en Unsplash.

 

La premisa

En la práctica, Homo Deus realiza una única predicción:

«En el siglo XXI es probable que la humanidad aspire a la inmortalidad, la dicha y la divinidad».

Leída así, su predicción nos solo resulta vaga, sino algo naíf. De hecho, la frase aparece en el primer capítulo y, a lo largo del resto del libro, el autor no da explicación alguna de «cómo» se lograrán dichos objetivos.

Y, sin embargo, sigue valiendo la pena leer el libro. ¿Por qué?

Porque esta predicción es solo una premisa para introducir los temas centrales de la obra —cómo surgen y en qué se basan esas predicciones; cuáles son sus características y paradojas— y para mostrarnos que incluso la «lectura» de esas predicciones dependerá del modo en que contemplemos el mundo.

 

Futuros paralelos

Pero vayamos por partes.

Tras lanzar su vaticinio, Harari se apresura a realizar cuatro aclaraciones que, a la larga, resultan más reveladoras que la predicción en sí.

«En primer lugar, esto no es lo que la mayoría de los individuos en realidad harán en el siglo XXI, esto es lo que la humanidad, como colectivo, hará. La mayoría de las personas probablemente solo desempeñarán un papel menor —si es que desempeñan alguno— en estos proyectos».

Dicho de otra forma: seguirá habiendo problemas mucho más acuciantes («realistas») de los cuales ocuparse: el hambre, las guerras, las enfermedades… De hecho, lo «razonable» sería que antes de pensar en la inmortalidad, la humanidad centrara sus esfuerzos en combatir estos otros problemas. Sin embargo, Harari explica que:

«La historia no funciona así. Quienes viven en palacios siempre han tenido proyectos diferentes de quienes viven en chozas, y es improbable que esto cambie en el siglo XXI».

 

La homogeneidad del futuro

Recuerdo que cuando leí El fin de la eternidad, de Isaac Asimov, la homogeneidad con la que describía los distintos siglos por los que pasaba su protagonista me chocó tanto o más que sus correos por tubos neumáticos.

Pero incluso sin llegar a ese extremo, es válido cuestionarnos si no tendemos a visualizar el futuro como algo homogéneo. (Esa «humanidad, como colectivo» a la que se refiere Harari).

Esto no significa que no imaginemos la existencia de la desigualdad, o de sociedades distintas (incluso antagónicas), sino que, habitualmente, las asumimos enlazadas bajo un mismo sistema (el que propicia esa desigualdad o la interacción entre sociedades).

Obviamente, existen obras de ciencia ficción que se esfuerzan en desarrollar puntos de vista diversos. (Como bien nos recuerda Isa-Janis González en su artículo sobre La mirada extraña, de Felicidad Martínez). Sin embargo, nunca está de más recordar que:

«La historia [y por añadidura, el futuro] no es una narración única, sino miles de narraciones alternativas. Siempre que decidimos contar una, también decidimos silenciar las otras».

 

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Fotografía realizada por Alessio Lin y publicada en Unsplash.

 

Cuando la ciencia ficción conoce a las ciencias sociales

La segunda aclaración podría parecer una perogrullada, pero no lo es: una predicción de futuro no debe ser un proyecto político, lo que implica que adoptar el futuro que plantea (o permitir que se produzca, dejando que se desarrolle una tendencia presente) podría ser una gran equivocación.

El problema, segun Harari, es que «la historia está llena de grades equivocaciones». Y la respuesta a este riesgo se halla en su cuarto planteamiento:

«Esta predicción no es tanto una profecía como una forma de analizar nuestras opciones actuales. Si el análisis hace que elijamos de manera distinta para que la predicción resulte equivocada, tanto mejor. ¿Qué sentido tiene hacer predicciones si estas no pueden cambiar nada?».

Las frases que acabo de transcribir podrían servir de lema de la literatura prospectiva.

Entre otras cosas, la ciencia ficción ha sido (y sigue siendo) una de las mejores herramientas para la especulación política y social; ya sea proyectando tendencias actuales o sugiriendo posibilidades radicalmente distintas.

En el ensayo de Ada Palmer que citaba más arriba, la escritora reivindica la rigurosidad de dicho trabajo hasta el punto de replantear el concepto de «ciencia ficción hard».

«Tradicionalmente, en ciencia ficción, los escritores que trabajan con predicciones en el campo de la ciencia, la tecnología, la ingeniería y las matemáticas han sido clasificados como escritores de “ciencia ficción hard“, y aquellos que trabajan con predicciones en ciencias sociales —personas como Gene Wolfe, Samuel Delany, C.J. Cherryh, Thomas M. Disch, Raphael Carter y Ursula Le Guin— han sido definidos como escritores de “ciencia ficción soft“. Pero no hay una buena razón para mantener ese tipo de prejuicio. Así como Ted Chiang trasciende las consecuencias secundarias de la inteligencia artificial, Lois McMaster Bujold trasciende las consecuencias secundarias de la tecnología reproductiva. No hay necesidad de descartar como “soft” algo que se hace rigurosamente».

 

La paradoja del conocimiento

El vínculo entre la predicción y la toma de decisiones a la que conduce, tiene un corolario muy interesante en lo que Harari denomina «la paradoja de la información»:

«Algunos sistemas complejos, como el clima, son ajenos a nuestras predicciones. En cambio, el proceso del desarrollo humano reacciona ante ellas. De hecho, cuanto mejores sean nuestros pronósticos, más reacciones engendrarán. De ahí que, paradójicamente, a medida que acumulamos más datos y aumentamos la potencia de nuestros ordenadores, los acontecimientos se tornan más erráticos e inesperados.

Cuanto más sabemos, menos podemos predecir».

Siguiendo esta idea, resulta imposible saber cuál ha sido el impacto real de las obras prospectivas sobre nuestra realidad. ¿Qué futuros posibles han logrado evitarse (al menos en parte) gracias a que fuimos advertidos de ellos? ¿Hasta qué punto nuestro presente ha sido moldeado por esas visiones de futuro?

 

El objetivo de la literatura prospectiva

En el blog he dicho muchas veces que el objetivo de una obra prospectiva no es enseñar cuál va a ser el futuro, sino hacernos reflexionar sobre cuál podría ser, en función de las tendencias actuales. Y, de paso (como bien señala Fernando Ángel Moreno en su ensayo Teoría de la literatura de ciencia ficción):

«Hablar sobre los temores y obsesiones de nuestra sociedad y de sus individuos […] usando “el futuro como motivo literario”».

Por ese motivo, dado que toda obra de ciencia ficción está irremisiblemente asociada a su tiempo, incluso aquellas que han conseguido predecir una tendencia social, difícilmente han logrado predecir su formalización, ya sea a nivel de diseño como de empleo por parte de los usuarios. En otras palabras: toda «visión prospectiva» responde a la época desde la cual se realiza.

Esta característica (que, entre otras cosas, nos ha regalado los «retrofuturismos») no solo no es negativa, sino que está en la base misma del «pacto ficcional» de la ciencia ficción. Para que el «futuro» propuesto sea comprensible para el lector, este debe basarse en su cosmovisión presente…. aunque sea para denunciarla, subvertirla o rechazarla.

 

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Fotografía realizada por Alessio Lin y publicada en Unsplash.

 

El futuro del pasado

Lo cual nos conduce, directamente, hasta la tercera puntualización de Harari:

«Buscar no es lo mismo que conseguir. La historia suele estar moldeada por esperanzas exageradas. (…) Mi predicción se centra en lo que la humanidad intentará lograr en el siglo XXI, no en lo que conseguirá lograr».

La pregunta que surge de inmediato es si esta aclaración puede generalizarse. En otras palabras: si es correcto decir que solo pueden hacerse predicciones sobre lo que la humanidad intentará lograr y no sobre lo que la humanidad logrará.

De ser así, eso explicaría por qué incluso aquellas obras que han conseguido predecir tendencias sociales, no han logrado predecir su formalización concreta.

Predecir una tendencia social tiene que ver con lo que la humanidad intentará lograr, mientras que su formalización concreta hace referencia a lo que en efecto logrará.

Harari lo define muy bien en otro pasaje de su libro:

«El futuro que se describe en este capítulo es simplemente el futuro del pasado, es decir: un futuro basado en las ideas y esperanzas que han dominado el mundo durante los últimos trescientos años. El futuro real —es decir, un futuro generado por las nuevas ideas y esperanzas del siglo XXI— podría ser completamente diferente».

A repasar algunos clásicos de la ciencia ficción que tienen lugar en nuestro tiempo, parecería que Harari está en lo cierto. Sin embargo, si el futuro que imaginamos se basa en ideas que han dominado el mundo durante los últimos trescientos años, ¿cómo será ese futuro «real» basado en ideas nuevas?

 

Órdenes imaginados

Para intentar responder a esta pregunta, conviene traer a colación el concepto de «órdenes imaginados», del que ya hablé en el artículo sobre Éxodo (o cómo salvar a la reina):

«Toda la cooperación humana a gran escala se basa, en último término, en nuestra creencia en órdenes imaginados. Se trata de conjuntos de normas que, a pesar de existir únicamente en nuestra imaginación, creemos que son tan reales e inviolables como la gravedad».

En otras palabras, la cooperación humana a gran escala se basa en narraciones asumidas como reales de forma intersubjetiva. De hecho, según Harari, estas narraciones son las que sustentan nuestro poder como especie:

«Los sapiens dominan el mundo porque solo ellos son capaces de tejer una red intersubjetiva de sentido. Una red de leyes, fuerzas, entidades y lugares que existen puramente en su imaginación común. Esta red permite que los humanos organicen cruzadas, revoluciones socialistas y movimientos por los derechos humanos».

Hasta aquí, nada que no hayamos leído en otros sitios. Pero Homo Deus da un paso más y plantea que el humanismo no es más que el «orden imaginado» en el que actualmente vivimos. Una cosmovisión tan «imaginaria» como la cosmovisión teocéntrica que imperaba en la Edad Media.

 

Individuo consciente

Dado que nos hallamos inmersos en el humanismo, estamos habituados a observar la realidad a través del humanismo. Por tanto, la estrategia de Harari para hacernos ver la realidad desde otra perspectiva es poner en tela de juicio las supuestas «verdades reveladas» del humanismo: el concepto de individuo y su condición de ser consciente.

A eso dedica más de un tercio del libro.

A mi juicio, su argumentación tiene un claro talón de Aquiles: dado que el propio autor plantea que son «las narraciones» las que, en última instancia, construyen la «red intersubjetiva de sentido» (es decir, la realidad que nos contiene) cabe preguntarse hasta qué punto su discurso no es más que una «narración alternativa». ¿Qué la hace más válida que la «narración» del humanismo?

En ese sentido (y siempre desde mi punto de vista, tamizado por el humanismo), sus intentos de «objetivar» las críticas a los conceptos de «individuo» y «ser consciente» empleando la ciencia son el eslabón más débil de su discurso. Pero mi intención aquí no es exponer o rebatir dichos argumentos porque, como dije al principio, al margen de que comulguemos o no con ellos, su mera exposición nos invita a pensar de un modo distinto, y ese, sin duda, es el mayor valor de su ensayo.

 

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Fotografía realizada por Alessio Lin y publicada en Unsplash.

 

Géneros humanistas

Lo que hoy entendemos por ciencia ficción es un tipo de literatura surgida y desarrollada en un contexto humanista. (Y lo mismo puede decirse de la «futurología» como disciplina de estudio).

Su concepción de la realidad (y del papel del hombre en el universo) se basa en esa cosmovisión.

Esto no supone que represente al ser humano como el último eslabón evolutivo. Por el contrario, la ciencia ficción es el género que con más ahínco ha explorado sus variaciones evolutivas (y las variaciones evolutivas de especies radicalmente distintas). Lo que significa es que se centra en la relación del individuo consciente (da igual que sea un humano, un transhumano, una inteligencia artificial, una inteligencia extraterrestre, una mente digitalizada, una nave, una Gestalt…) con el universo.

Si lo entendemos de esa forma, es válido decir que la ciencia ficción aún no ha puesto en duda el concepto de «individuo consciente» como posible escenario de futuro. (Al menos, no para la totalidad de la especie humana).

 

Dataísmo

Según Harari, el «orden imaginado» que podría llegar a eliminar al ser humano del centro de la narración es el «dataísmo»: una cosmovisión basada en el flujo de datos, en la que la información es el valor absoluto y el ser humano solo es valioso en cuento generador de dicha información.

Lo original del planteamiento de Harari es que no la presenta como el resultado de una rebelión de las máquinas o de una futura conquista por parte de una inteligencia superior (ya sea terrestre o extraterrestre), sino como un cambio de paradigma que —del mismo modo en que la revolución humanista destronó a Dios del centro del universo— nos destrone a nosotros del centro de la realidad.

 

Transhumanismo

Lo que sí ha manejado la ciencia ficción es el concepto de transhumanismo. La idea de que de podremos transformar nuestros cuerpos (trascender nuestras limitaciones físicas) por medio de la hibridación con la tecnología.

Sin embargo, al abordar el tema, Harari nos muestra que, una vez más, hemos olvidado ver la «implicaciones “secundarias”» a las que hacía referencia Heinlein.

En infinidad de novelas de ciencia ficción se describen biordenadores, nanorrobots y dispositivos electrónicos implantados en el cuerpo de los personajes. Se detallan sus interacciones y se muestran las capacidades sobrehumanas que les brindan a sus usuarios… Pero (salvo por notables excepciones, como algunas de las historias de Greg Egan) los personajes siguen siendo humanos, teniendo deseos, necesidades y ambiciones humanas; respondiendo, en última instancia, a ese «Principio del Hombre de las Cavernas» del que hablaba Michio Kaku.

La pregunta que debemos hacernos es, ¿qué ocurriría si no fuera así? Si el transhumanismo diera lugar a un posthumanismo.

Santiago Camacho (citando a Francis Fukuyama), lo expone muy bien en su excelente podcast Días Extraños:

«”Los transhumanistas”, decía, “son el último grupo que me gustaría ver vivir para siempre. ¿Por qué? Porque lo que se encuentra en juego es la misma esencia del ser humano”.

Según Fukuyama, si los transhumanistas consiguen su propósito, ya no habrá humanidad, habrá transhumanidad: con otros problemas, con otros valores, con otras circunstancias… En definitiva, se trataría de una nueva especie que tendría que ver con los seres humanos lo que nosotros, con los neandertales».

 

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Fotografía realizada por Kevin O’Connor y publicada en Unsplash.

 

Homo Deus

Pero recordemos que, según Harari, la inmortalidad no es la única aspiración que guiará nuestras vidas en el siglo XXI: también está el anhelo de divinidad.

Homo Deus plantea que el transhumanismo podría llegar a ser el primer «orden imaginado» capaz de trascender su carácter narrativo para intervenir (directamente, no a través de la «red intersubjetiva de sentido») sobre el mundo físico:

«Durante el siglo XXI, es probable que la frontera entre la historia y la biología se desvanezca. No porque descubramos explicaciones biológicas de los acontecimientos históricos, sino más bien porque las ficciones ideológicas reescriban las cadenas de ADN, los intereses políticos y económicos reescriban el clima, y la geografía de montañas y ríos dé paso al ciberespacio.

A medida que las ficciones humanas se traduzcan en códigos genéticos y electrónicos, la realidad intersubjetiva engullirá por completo la realidad objetiva, y la biología se fusionará con la historia. En el siglo XXI, la ficción puede, por lo tanto, convertirse en la fuerza más poderosa de la tierra».

Es por eso que la capacidad analítica de la ciencia ficción es, hoy en día, más imprescindible que nunca.

 

Inmersión

El artículo de Ada Palmer que he venido citando finaliza con una reflexión contundente:

«Uno de los mayores desafíos al contar la historia real, ya sea como ficción o como no ficción, es que a menudo la gente no encuentra plausibles las elecciones de los personajes históricos; no puede creer que las personas actuaran, mataran o murieran por ciertas causas. Algunos escritores de ficción histórica lo resuelven introduciendo motivos secundarios ocultos que resulten más plausibles —no se destruyó a sí mismo por honor abstracto, realmente fue por amor—, sin embargo, otros asumen la tarea más difícil de trasmitir lo suficiente sobre la extraña mentalidad del pasado para que el lector pueda ver cuán profunda era la creencia en el honor, y llegue a creer que una persona realmente se comportaría de esa forma.

Este tipo de historia que supone una inmersión intelectual —ya sea en ficción o no ficción— siempre ha sido mi favorita, así que, al avanzar 400 años en lugar de retroceder, decidí mantener ese mismo desafío y tratar de mostrar cómo las personas en nuestro futuro no compartirán nuestros valores y supuestos, del mismo modo en que nosotros no compartimos los valores y supuestos del pasado».

Tras leer Homo Deus, sus palabras adquieren una nueva dimensión: ¿qué ocurriría si esa «extraña mentalidad» del futuro ni siquiera respondiese a lo que entendemos hoy por «humano»? ¿Cómo podríamos «trasmitir lo suficiente» de una mentalidad incomprensible? Y si ancláramos esa prospectiva (aunque fuera por oposición) a nuestros valores y supuestos, ¿no la estaríamos restringiendo?

En el cierre del libro, Harari plantea una reflexión que parecería estar escrita para nosotros.

«Cuando pensamos acerca del futuro, nuestros horizontes suelen estar limitados por las ideologías y los sistemas sociales del presente. (…) A lo sumo, en ocasiones reciclamos acontecimientos del pasado y pensamos en ellos como futuros alternativos. Por ejemplo, el nazismo y el comunismo del siglo XX sirven como modelo para muchas fantasías distópicas. (…)

Este libro rastrea los orígenes de nuestro condicionamiento actual con el fin de aflojar su agarre y permitirnos pensar de maneras muchos más imaginativas acerca de nuestro futuro. En lugar de limitar nuestros horizontes, prediciendo una única situación hipotética definitiva, el libro pretende ampliar nuestros horizontes y hacernos conscientes de un espectro de opciones mucho más amplio».

Solo por eso, por su efecto revulsivo, Homo Deus es una lectura más que recomendable para todo aquel que esté interesado en escribir ciencia ficción.

 

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Fotografía realizada por John Jason y publicada en Unsplash.

 

 

NOTA: La foto de cabecera pertenece a Werner Du plessis y ha sido publicada en Unsplash.

 

 

 

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