«La vida camina de puntillas sobre un campo minado. Nunca sabemos lo que nos deparará el destino y, si quieren saber lo que pienso, tampoco tenemos claro lo que dejamos atrás. Aunque estoy segura de que somos muy capaces de armar una historia que lo explique y devanarnos los sesos para lograr que todo encaje».

 

Estas frases no son mías (ojalá lo fueran), pertenecen a El mundo deslumbrante, de Siri Hustvedt (Anagrama, 2014); y si las he elegido para iniciar este artículo es porque recalcan nuestra necesidad (¿intrínseca?) de construir relatos, de encastrar las piezas de la realidad en un todo coherente.

De esa necesidad se aprovecha tanto el libro de Hustvedt como El imperio de Yegorov, de Manuel Moyano (Anagrama, 2014). En lugar de narrar la historia de un modo convencional, ambas novelas presentan «documentos» que enseñan ciertos datos y escamotean otros, dejando que sea el lector quien rellene los huecos y saque conclusiones.

Esta estrategia (bien empleada, como en las dos novelas que acabo de citar) le confiere a lo narrado un halo de verosimilitud muy poderoso, al tiempo que permite abordar ciertos temas con mayor libertad que una narración convencional.

En el caso del libro de Hustvedt, el tema que aborda son las múltiples visiones que se tienen de una misma persona —a veces contradictorias, a veces complementarias— y la incapacidad de aprehender la realidad como algo objetivo —incluso si esa persona es nuestro «objeto» de estudio—.

Por su parte, El imperio de Yegorov se centra en la Historia (así, con mayúsculas) y consigue el portento de narrarnos un cambio de «era» a escala global en menos de doscientas páginas. (Un poder de elipsis digno de Stanley Kubrick en 2001).

Pero veamos cómo lo consiguen.

 

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Una serie de eventos afortunados

Hacía tiempo que quería leer el libro de Moyano. O, al menos, hacía tiempo que lo tenía en mi lista de posibles lecturas. Sin embargo, la lista en sí es tan grande que, a veces, las razones que me llevan a priorizar una novela sobre otra parten del puro azar. En este caso, de una conversación con mi amigo Antonio Díaz en el pasado Celsius.

Recuerdo que me dijo algo curioso: «Es una novela en la que se aprovecha todo: desde la portada hasta la contraportada, todo forma parte de la historia».

Ese comentario fue el empujón que me faltaba para decidirme a comprarla. Le pedí que me esperase un minuto, fui hasta uno de los puestos de venta de libros y encontré a dos personas paradas frente a la pila de El imperio de Yegorov. Me acerqué de lado (no quería molestarlos) y cogí un ejemplar. Una de las dos personas era el librero, así que se lo entregué para pagarlo y el hombre, en lugar de dirigirse a la caja, se volvió hacia la persona que estaba a su lado.

—Este es el autor, si quieres te lo puede firmar.

Así que terminé llevándome un ejemplar dedicado.

Una semana después empecé mis vacaciones y —ya fuera por las recomendaciones, o por aquella casualidad— decidí guardarlo en la maleta. Y valió la pena: la novela (casi) puede leerse de una sentada y, a decir verdad, creo que es conveniente leerla de ese modo para captar todas sus relaciones internas…

Porque una de las características más interesantes de este libro es que no todo lo que relata se expresa a través de lo narrado. Hay datos que emergen al atar cabos. Como bien me había dicho Antonio, es una novela en la que se «aprovecha todo»; desde la dedicatoria hasta los agradecimientos (pasando por cosas tan poco «narrativas» como las notas preliminares o el índice onomástico). Y todos los elementos incluidos en el libro (así como sus vínculos internos) construyen (o invitan al lector a construir) la historia.

 

Formas y contenidos

Te he visto fruncir el ceño cuando mencioné que esta novela tiene «notas preliminares» e «índice onomástico» (¿?). Esas cosas se usan en los ensayos, me dirás y tienes razón. Pero el empleo de las herramientas del ensayo en narrativa no es nuevo: ya Borges o Lem (por citar un par de ejemplos) desarrollaron extensas reseñas de libros inexistentes.

Claro que las dos novelas que he citado (tanto la de Hustvedt como la de Moyano) van un paso más allá y convierten el libro en sí en un «trabajo académico»; en el resultado de una recopilación y edición de «documentos», con sus correspondientes notas al pie y referencias internas (y su índice onomástico, en el caso de Moyano,).

Lo interesante de estos ejercicios es la «fagocitación» de esas formas académicas, el reconocimiento de que —al margen de sus códigos— el lenguaje académico también construye un relato.

Llegado a este punto es necesario recalcar que, mientras el ensayo busca acercarse a la verdad, el objetivo de la narrativa es ser verosímil. Sin embargo (precisamente por eso), las formas del ensayo le son muy útiles: porque generan en el lector un cariz de veracidad que refuerza su verosimilitud y porque lo incitan a leerla «como si fuese» un trabajo académico; es decir, estando pendiente de las referencias internas y dispuesto a hacer un mayor esfuerzo por hilar su argumentación.

 

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Detalle de una fotografía tomada por Joel Filipe.

 

El viejo truco del diario encontrado

Tanto El mundo deslumbrante como El imperio de Yegorov emplean fragmentos de diarios —entre otros «documentos»— para construir su narración. Sin embargo, es importante diferenciarlas de las novelas que adoptan la forma del «diario personal».

Aclaro que no pretendo quitarle mérito a este tipo de obras. El planeta de los simios, de Pierre Boulle (última edición: Minotauro, 2012) fue una de las novelas que marcó mi adolescencia y parte de un diario encontrado en una botella… ¡en el espacio! Y por citar otro ejemplo, actualmente tengo en mi lista de lecturas Farishta, de Marc Pastor (Catedral, 2017), la cual intercala el diario de la protagonista con «documentos» muy elaborados a nivel gráfico.

Lo que pretendo es diferenciar la técnica empleada para recalcar sus efectos. Y mientras que el formato diario busca acentuar la inmersión en la historia que genera, ya de por sí, la primera persona, recalcando la inmediatez de lo narrado y haciendo que su protagonista se encuentre en «el lugar de los hechos» al momento de narrarlos; el formato ensayo analiza todos sus documentos (incluidos los diarios de sus protagonistas) de un modo objetivo, con notas al pie y referencias externas que matizan lo expuesto.

Son los mismos materiales, pero el efecto es completamente distinto.

 

Lágrimas en la lluvia

El diario ratifica el punto de vista de quien escribe; incluso si el narrador no es fiable, incluso si es ambiguo o se contradice a sí mismo. Nuestro punto de vista se «adhiere» al suyo. Por el contrario, el ejercicio de analizar a un personaje (ficticio) desde el ensayo lo convierte en un ser inaprensible (en su doble acepción) y por tanto (curiosamente) mucho más real.

En El mundo deslumbrante, Siri Hustvedt le da voz a su protagonista a través de sus diarios (dado que ha fallecido al momento de ser escrito el «ensayo»), pero también le da voz a sus familiares, y a sus amigos, y a sus detractores, y a los críticos de arte que han analizado su obra… y toda esa información es tamizada a su vez por el trabajo de otra investigadora (otro personaje, no la propia Hustvedt) encargada de recopilar el material.

El resultado es un collage del que el lector debe sacar sus propias conclusiones sobre quién era en realidad (si es que eso puede saberse) esa persona/personaje que, como todos nosotros, es vista por los demás de un modo subjetivo.

En definitiva, el empleo de una forma de narrar en apariencia objetiva («académica») permite un acercamiento a la realidad mucho más ambigua, poliédrica, que la visión subjetiva (pero única) de los hechos.

Una más de las maravillosas ironías que nos brinda la literatura porque, como escribe la protagonista de la novela en uno de sus diarios (o quizás la propia Hustvedt, ¿quién sabe?):

«El camino que conduce a la verdad es sinuoso, intrincado, irónico. Ése es mi camino, ¡no es recto sino zigzagueante!».

 

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…grandes son las lagunas de mi memoria

Pero el empleo de la forma del ensayo en narrativa no solo nos permite agregar dimensiones extra a la construcción de un personaje. También es una excelente herramienta para la generación de elipsis.

En estos tiempos de sobreabundancia informativa, en los que existe información detallada para absolutamente todo, no es de extrañar que los escritores tendamos a escribir enciclopedias, en lugar de novelas.

En el fondo —al menos en mi caso—, admito que es una cuestión de inseguridad. Las páginas extras (que he tenido que recortar en sucesivas correcciones) parten de mi necesidad de demostrarle a un (supuesto) lector quisquilloso que he pensado hasta el último detalle de mi worldbuilding. Cuando, en la práctica, esa obsesión demuestra tres cosas: que no confío en la solidez de mi worldbuilding, que no me siento capaz de mantener la suspensión de incredulidad de mi lector y (quizás lo más importante) que no soy consciente de la necesidad intrínseca en todo lector de rellenar los huecos de la historia.

Y es a ese respecto que la novela de Manuel Moyano nos da una elegante lección.

El imperio de Yegorov no llega a las doscientas páginas (como te decía, puede leerse de una sentada… o casi) y con eso le basta para relatar —de forma clara y verosímil— ochenta años de historia y un cambio de era en todo el planeta. Y lo asombroso es que los cambios más radicales que plantea (su verdadero worldbuilding) desarrolla en las últimas veinte páginas…: las comprendidas por el índice onomástico y los agradecimientos. Es más, se da el lujo de desvelarlo lentamente (¡en veinte páginas!) dando leves indicios que recién al final se explican por completo.

¿Cómo lo logra?

Primero que nada, con maestría. Pero como al resto nos vendría bien tomar ideas prestadas (y la maestría no se presta) diré que lo consigue respetando la inteligencia del lector. Confía en que será capaz de enhebrar todos los cabos que deja (que en modo alguno están sueltos) en un tapiz coherente… ¡Confía en que incluso se tome la molestia de volver atrás y releer —digamos— la dedicatoria, para saber algo más sobre la historia que está contando!

En definitiva, confía en meter al lector en su juego, confía en su poder de persuasión, confía (como deberíamos confiar todos) en el poder de la literatura.

 

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La construcción de la realidad

Quizás la idea más sugerente que nos dejan ambas novelas es que esa entidad informe pero corpórea que llamamos realidad es una construcción de retazos. Que la coherencia al observarla en detalle —ya sea que estemos observando a una persona o a un hecho concreto— o la linealidad al relatarla en una historia son más una construcción (una necesidad) de nuestra mente que una característica intrínseca.

De lo cual podría deducirse que, como lectores, siempre nos esforzaremos en hallar esa coherencia, en cubrir las «lagunas de la memoria», los detalles que faltan, hasta construir una historia comprensible. (De hecho, el desasosiego que provoca leer Arañas de Marte, de Guillem López, proviene precisamente de ahí, de la imposibilidad de convertir lo narrado en un todo coherente).

Me pregunto, incluso, si el involucramiento que le exige al lector este tipo de novelas no lo «obliga» —de un modo mucho más intenso que en otros casos— a construir esa realidad junto al escritor. De ser así, esa participación (esa «coautoría») lograría el efecto opuesto al de las novelas/diario de las que hable más arriba. Si en ellas la inmediatez nos «adhiere» al punto de vista del narrador, en estas es nuestro punto de vista el que se «adhiere» a la narración (dado que es nuestra «realidad» la que termina rellenando sus huecos).

En todo caso (sea esto cierto o no), lo importante una vez más es que la historia resulte verosímil; que el pacto ficcional entre escritor y lector no se rompa en ningún momento. Y si hay algo que puedo afirmar tanto de la novela de Hustvedt como de la de Moyano es que ambas lo consiguen con creces.

 

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NOTA: La foto de portada ha sido tomada por Hans-Peter Gauster.

 

 

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