«Cada escritor es hijo de su tiempo» es una frase manida, lo sé, sin embargo, en el caso de Joe Haldeman es completamente cierta. Solo conociendo sus circunstancias vitales puede entenderse por qué La guerra interminable (St. Martin’s Press, 1974) se ha convertido, con el paso del tiempo, en uno de los alegatos antibelicistas más contundentes, mordaces y divertidos jamás escritos.

Si eres lector de género (realista), a estas alturas te estarás preguntando, «pero ¿cómo?, ¿no se supone que escribes sobre literatura prospectiva?, ¿cómo puede hacerse un alegato antibelicista sin enseñar la crudeza “real” de la guerra?».

Eso, precisamente, es lo que intentaré mostrar en este artículo. Eso y algunas cosas más porque, puestos a hacer alegatos, la novela incluye una crítica a la homofobia realmente brillante.

Pero para poder hablar de esos temas, primero debo darte algunos datos sobre la vida del autor.

Representación artística de La guerra interminable 1

 

Good morning, Vietnam!

Joe Haldeman nació en Oklahoma (sí, Estados Unidos) en 1943, así que en 1967 tenía veinticuatro años. Por entonces ocurrieron tres cosas: se casó, se graduó en Astrofísica por la universidad de Maryland y fue llamado a filas para luchar en Vietnam.

Si he usado la voz pasiva en la última parte de la frase es porque, por entonces, en Estados Unidos seguía vigente el reclutamiento forzoso (ellos lo llamaban conscription o drafting, pero seguro que te suena más si te digo «la mili»).

Así que el pobre Haldeman (recién graduado y casado) partió hacia Vietnam. Allí estuvo un año, sirviendo como ingeniero de combate, hasta que en septiembre de 1968 fue herido al explotar una mina y enviado de regreso a casa…

Bueno, a decir verdad, las cosas no fueron tan sencillas. Antes tuvo que pasar cinco meses en una clínica de rehabilitación para, entre otras cosas, reaprender a caminar.

 

La escritura como catarsis y forma de vida

En su último semestre de universidad (antes de partir hacia Vietnam), Haldeman había tomado un curso de escritura creativa en el que, entre otras cosas, había escrito dos cuentos de ciencia ficción. Envió ambos cuentos a sendas revistas y tuvo la suerte (y el talento) de que se los aceptaran. Así que a su regreso siguió escribiendo ciencia ficción. Y siguió publicando.

Sin embargo, a la hora de escribir su primera novela tuvo claro que necesitaba contar una historia realista sobre su experiencia en la guerra, una especie de catarsis de lo que había vivido. La novela se terminó llamando War Year (Holt, 1972) y el propio Haldeman explica su origen en su página web:

«War Year era muy corta, menos de 40.000 palabras. (…) La terminé en alrededor de seis semanas. La fuente de la que partí fueron mis cartas a Gay [su mujer] desde Vietnam. Le había escrito casi todos los días como forma, a un tiempo, de permanecer en contacto y mantener un diario, y ella había guardado las cartas en orden cronológico. Yo solo tuve que reorganizar los acontecimientos para darles mayor impacto dramático y agregar algunas referencias, así como las cosas que recordaba haber visto, pero que había sido reacio a escribirle».

La novela fue un éxito de crítica, pero (a decir de Haldeman) «pasó sin pena ni gloria».

 

La verdad de las mentiras

Como cualquier escritor sabe, narrar el origen de una historia supone crear otra historia…, y no hay por qué ir contando la misma historia a lo largo de los años, siempre que todas sus versiones resulten verosímiles.

Sobre el origen de La guerra interminable el propio Haldeman tiene (al menos) dos, una en la biografía de su página web y otra en el artículo «Sobre La guerra interminable», escrito para el libro Lo mejor de los premios Nebula (Ediciones B, 1994) editado por Ben Bova.

Lo curioso es que ambas versiones, siendo radicalmente opuestas, esconden una esencia común: esa «verdad de las mentiras» que tan acertadamente define Vargas Llosa.

Empecemos por su artículo para Ben Bova…

«Cuando comencé a escribir La guerra interminable, no sabía que terminaría siendo una novela. Me limité a sentarme ante la máquina de escribir y a redactar la primera línea. “Hoy vamos a mostraros ocho formas silenciosas de matar a un hombre”.

Esa línea tiene mucho que ver con lo que el libro llegó a ser, con lo que significaba. Se me ocurrió una noche de diciembre, en Fort Leonard Wood, Missouri, cuando cien de nosotros, involuntarios reclutas, llevábamos varias horas avanzando por la nieve hasta la cintura, en un absurdo entrenamiento para la selva».

… y ahora comparémoslo con lo que dice en su autobiografía:

«Comencé La guerra interminable unos días antes de que Keith sufriera un derrame cerebral [una aparatosa historia que contiene una mudanza a Florida, una estancia en casa de un amigo y una apoplejía en mitad de la noche]. Él y Gay habían ido de compras, lo que les llevaría un par de horas, ya que estábamos lejos del pueblo y él solo iba cuando se quedaba sin cerveza. Me senté en la mesa del comedor y escribí: “Esta noche les mostraremos ocho maneras silenciosas de matar a un hombre”. Y seguí escribiendo sin saber, al principio, si iba a ser un cuento o una novela. Pasada una semana, supe que era la novela que había estado esperando escribir, un enfoque en clave de ciencia ficción de lo que había visto y aprendido en Vietnam».

Las historias son contradictorias, sin duda, pero de ellas se destila una necesidad común:

«Porque jugar a las mentiras, como juegan el autor de una ficción y su lector, a las mentiras que ellos mismos fabrican bajo el imperio de sus demonios personales, es una manera de afirmar la soberanía individual y de defenderla cuando está amenazada».

Obviamente, esta última cita ha sido extraída de La verdad de las mentiras (Seix Barral, 1990), el libro de ensayos literarios de Mario Vargas Llosa en el que también aclara:

«Parecería, en efecto, que para el novelista de linaje fantástico, el que describe mundos irreconocibles y notoriamente inexistentes, no se plantea siquiera el cotejo entre la realidad y la ficción. En verdad, sí se plantea, aunque de otra manera. La “irrealidad” de la literatura fantástica se vuelve, para el lector [y yo añadiría para el novelista], símbolo o alegoría, es decir, representación de realidades, de experiencias que sí puede identificar en la vida».

En esa sublimación, precisamente, radica el germen y la contundencia de La guerra interminable.

Representación artística de La guerra interminable 2

 

Teoría de la relatividad y alienación psicológica

Son tantas las películas que emplean el seguimiento subjetivo para recalcar la alienación del soldado (sirvan como ejemplo Apocalypsis now, ciertas escenas de Rescatando al soldado Ryan, o The hurt locker) que el recurso ha perdido eficacia.

La cámara lenta, los silencios, la respiración amplificada, la música estridente o lisérgica…, son herramientas habituales para mostrar que frente al peligro nos envuelve una burbuja de subjetividad, una realidad individual en la que el tiempo se desplaza a velocidad distinta, en la que el aire pesa, o quema, y en el que la muerte es algo que llega sin avisar.

Llevando la guerra al espacio, Haldeman nos transmite estas experiencias de un modo físico. Y al decir «físico», me refiero a sus dos acepciones: «físico» porque emplea los efectos de la física relativista; y «físico», porque esos efectos son percibidos por los soldados como experiencias corporales.

Las naves espaciales descritas en la novela consiguen aceleraciones cercanas a las de la luz. Eso pone en juego dos conceptos: el principio de equivalencia de la relatividad general y la dilatación temporal debida a la velocidad expuesta en la relatividad especial.

 

Relatividad para dummies (parte 1)

Aunque no estemos en Generación Sagan, conviene explicar brevemente estos dos conceptos para que nos hagamos una idea de sus efectos sobre nosotros.

El principio de equivalencia dice que: «un sistema inmerso en un campo gravitatorio es puntualmente indistinguible de un sistema de referencia no inercial acelerado». O, dicho de una forma más sencilla, que el efecto de la aceleración sobre un cuerpo es indistinguible del de la gravedad. Ese es el motivo por el cual, al despegar las naves espaciales, sus tripulantes se ven sometidos a unas 7 g (es decir, a unas siete veces la gravedad terrestre).

 

Un remedo de la angustia

Y allí están los soldados de la novela, atrapados en naves que no controlan, sabiendo que en cualquier momento pueden ser atacados.

Mientras se acercan a sus objetivos, las naves mantienen aceleraciones constantes de 2 g, lo que hace que los soldados (y todo lo que los rodea) pese el doble que en la Tierra. Como todo debe pesar el doble en la mente del soldado cuando sabe que se encamina hacia una muerte probable, cuando sabe que muchos de sus compañeros no sobrevivirán. La angustia pesa y oprime y es omnipresente, como esa gravedad exacerbada.

Y luego están las escaramuzas, las luchas entre flotas enemigas en las que un soldado de infantería no puede hacer nada, en las que su vida está en manos de máquinas, en las que puede morir sin siquiera enterarse.

En la novela, las maniobras de evasión y contrataque exigen aceleraciones tan potentes que los soldados deben sumergirse en cápsulas de aislamiento y confiar en seguir vivos al final de la batalla. ¿Qué mejor modo de expresar su impotencia mientras es transportado?

 

Relatividad para dummies (parte 2)

La dilatación temporal debida a la velocidad es un poco más complicada de explicar, pero, simplificando muchísimo, imaginemos el siguiente ejemplo.

Alberto es un astronauta sentado en un asteroide (al estilo de El principito) que mira pasar naves espaciales (el pobre se aburre como una ostra). Blanca, por su parte, está en una de esas naves y también se aburre, así que ha cogido su arma de rayos y está disparando al techo para ver qué tal quedan los agujeritos.

Imaginemos que la nave es tan grande que el rayo de luz tarda 0,1 segundos en llegar del piso al techo. Para Blanca, por lo tanto, la luz ha recorrido 0,1 segundos luz (el «segundo luz» es una unidad de distancia) en dirección vertical.

Ahora volvamos a Alberto, que ve pasar la nave de Blanca. Dado que la nave se desplaza a cierta velocidad, el mismo rayo de luz que Blanca ve moverse en dirección vertical, Alberto contempla que se mueve en diagonal (porque en los 0,1 segundos que pasan para Blanca desde que el rayo sale de su arma hasta que llega al techo, la nave se ha desplazado horizontalmente). En otras palabras: desde la perspectiva de Alberto, el rayo de luz ha recorrido más distancia que desde la perspectiva de Blanca (digamos 0,15 segundos luz).

Y aquí viene lo interesante: la idea clave de la teoría de la relatividad especial es que la velocidad de la luz en el vacío es una constante universal; no varía, da igual cuál sea el sistema de referencia. Por lo tanto (dado que todos sabemos desde pequeños que velocidad es igual a distancia sobre tiempo) desde la perspectiva de Alberto, al rayo de luz le ha llevado más tiempo llegar del piso al techo que desde la perspectiva de Blanca (0,15 segundos).

Ahora bien, ambos sucesos son, en realidad, el mismo suceso, así que en la práctica los 0,1 segundos de Blanca (que está dentro de la nave) se corresponden con los 0,15 segundos de Alberto (que está holgazaneando en el satélite). O, dicho de otra forma, debido a la velocidad, el tiempo de Blanca se ha dilatado.

 

La dilatación temporal y el desarraigo del soldado

Una de las escenas más impactantes de The hurt locker es aquella en la que el artificiero regresa a Estados Unidos (el país por el que —se supone— ha arriesgado la vida) y no sabe qué hacer, se siente perdido.

Lo cual no implica (necesariamente) que su país le haya dado la espalda, como ocurre, por ejemplo, en Nacido el cuatro de julio. Dado el momento en el que fue escrita La guerra interminable, cabría esperar que su crítica fuera más afín a esta segunda película que a la primera, sin embargo, Haldeman centra su atención en la experiencia del combatiente. Nos muestra que, en situaciones de extremo peligro, el tiempo se experimenta con tanta intensidad que se tiene la sensación de haber vivido varios años (décadas incluso) en unos pocos meses. Obviamente, retornar a la vida cotidiana tras esa experiencia supone un trauma añadido. ¿Cómo volver a encajar en una realidad que no ha compartido tus vivencias, que se ha quedado al margen, que parece desplazarse a otra velocidad?

Empleando el concepto relativista de la dilatación temporal, el problema del desarraigo se traduce en una realidad literal. Lo que para los soldados han sido meses, son literalmente décadas para quienes se quedan en la Tierra. Así que, al regresar, ni quienes esperan reconocen al que se fue, ni el que se fue es capaz de identificarse con la sociedad a la que retorna.

Representación artística de La guerra interminable 3

 

Sinsentido

Uno de los mayores logros de la novela es hacer del sinsentido algo tan presente que apenas conseguimos detectarlo. Solo al final del libro se explica el motivo de la guerra, sin embargo, durante toda la historia, cada una de las situaciones en las que se ven inmersos los personajes (y con ellos toda la humanidad) se deben a la guerra.

Lo interesante es que nosotros, como lectores, también quedamos tan absortos por la urgencia de las situaciones concretas, que nunca llegamos a plantearnos lo que de verdad importa. ¿Por qué están haciendo lo que hacen? ¿Se enfrentan realmente a una amenaza tan devastadora como para forzarlos a determinar su sociedad durante cientos de años? Y si no es así, ¿por qué lo hacen? ¿A quién beneficia el estado de guerra?

Como puedes ver, aunque esta novela haya sido escrita hace más de cuarenta años, sigue siendo tan vigente como al momento de ser publicada.

 

Contra la homofobia

Son muchos los aspectos de la novela que me gustaría recalcar, pero como el artículo ya está quedando bastante largo solo me detendré en uno más: su ingeniosa manera de criticar la homofobia.

El protagonista de la novela es un heterosexual convencido que, por culpa de la dilatación temporal, se verá obligado a batallar durante mil trescientos años.

A lo largo de ese tiempo, como es lógico, la sociedad terrestre experimentará cambios radicales. (Por mucho que se esfuerce Ken Follet, la forma de pensar de un habitante de la edad media no es la misma que la nuestra). En cierto momento de la historia, como forma de controlar la natalidad, se instaura la homosexualidad como práctica sexual estándar.

En el capítulo en el que se presenta este hecho, el protagonista empieza a soltar reflexiones de este estilo:

«Comenzaba a darme cuenta de que no tenía la menor idea sobre cómo debía comportarme socialmente. Gran parte de mi conducta “normal” se basaba en un complejo código táctico de etiqueta sexual. ¿Debía tratar a los hombres como si fueran mujeres y viceversa? ¿O tratarles a todos como hermanos? Todo resultaba muy confuso».

El abuso de la palabra «normal» podría parecer homófobo, pero Haldeman la emplea para recordarnos que, dentro de una sociedad, «normal» significa (tan solo) que se atiene a la «norma», y una norma social, en un momento dado, solo depende del consenso. Nada le impide ser arbitraria, ni cambiar con el paso del tiempo.

Pero la cosa no acaba ahí, en una brillante inversión, Haldeman obliga a su personaje a justificar su heterosexualidad ante sus compañeros de armas.

«—Pero es perfectamente natural —protesté.

—También lo es andar de árbol en árbol y cavar en busca de raíces con un palo romo. El progreso, mi querido mayor, el progreso.

—De cualquier modo —prosiguió Moore— solo se consideró delito durante un breve período. Después pasó a ser… ejem… una…

—Afección que se podía curar —completó Alsever.

—Gracias. Ahora bien, es tan poco habitual… No creo que los soldados lo tomen muy a pecho, en un sentido o en otro.

—Es solo un rasgo excéntrico —afirmo Diana, magnánima—. Peor sería que devoraras niños».

Así, Haldeman emplea la misma estrategia que ya analizamos en Cuchillo de Agua: obligarnos a ocupar el otro lado de la mesa (o de la cama, en este caso) para enseñarnos la idiotez intrínseca de ciertos argumentos.

Representación artística de La guerra interminable 4

 

¡Hagamos el amor y no la guerra!

Si bien La guerra interminable no podría entenderse sin la experiencia de Haldeman en Vietnam, tampoco podría entenderse sin la efervescencia del movimiento hippie a finales de los años sesenta.

Su influencia no solo se percibe en el desprejuicio con el que aborda el sexo, sino en la respuesta que propone a los traumas de la guerra.

Lamentablemente, me sería imposible explicar esto último sin desvelarte el final de la novela, así que es mejor que acabe aquí.

Si aún no la has leído, espero haberte tentado lo suficiente como para que lo hagas.

Si ya lo has hecho, te daré un dato más. Uno que (estoy seguro) te ayudará a comprender lo que no puedo decir. El nombre real de la esposa de Haldeman es Mary Gay Potter… ¿A que te recuerda a cierto personaje del libro?

Peace

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *