A veces, el hecho de ir al cine deja de ser un pasatiempo para convertirse en una experiencia. Por lo general suele deberse a las circunstancias: el lugar en el que vas a ver la película (pongamos por caso, un cuchitril medio escondido en un pueblo en mitad de la India) o la persona que te acompaña (¿quién no recuerda la primera película que fue a ver en pareja?). Pero hay casos en que la experiencia vital es la película en sí. Suele ocurrir en mitad de la cinta: tu cerebro se escinde y, al tiempo que una parte sigue disfrutando de la historia, a otra le cuesta creer lo fascinada que está por lo que ve. Y si para colmo eres escritor, esa segunda parte intentará desmenuzar la estructura de la trama, no para romper la magia, sino para disfrutar del placer añadido de entender cómo lo está consiguiendo.

Eso fue lo que me ocurrió cuando fui a ver La llegada (Arrival, Denis Villeneuve, 2016).

 

Aclaración previa

Siendo sincero, debo admitir que fui predispuesto a que ocurriera. Ya había leído «La historia de tu vida» (el magnífico cuento de Ted Chiang en el que se basa) por lo que, más que estar pendiente de las posibles vueltas de tuerca del guion, estaba pendiente de cómo se resolvían… y, sobre todo, de cuántos indicios se irían dejando de lo que sabía que iba a ocurrir. Y aunque, debido a eso, no puedo opinar de su efecto en quien desconozca la historia, sí puedo decir que la sutileza y precisión con que se van dejando pistas (y la soberbia ambigüedad en la interpretación de Amy Adams) me parecieron admirables.

También hacía meses que venía escuchando la banda sonora de Jóhann Jóhannsson, por lo que, más que dejarme llevar por su sonido «alienígena», estuve pendiente de las secuencias que acompañaba.

En otras palabras: disponía de herramientas suficientes para analizar la película al tiempo que la veía. Lo asombroso (lo que ha convertido su visionado en una experiencia vital) es que aparte consiguió fascinarme; que incluso, en algunos momentos, me sorprendió.

Pero ¿de qué va La llegada? O, para ajustar la pregunta al enfoque de esta sección: ¿cuáles son los temas que aborda?, ¿cuáles las preguntas que sugiere?

Como en toda buena película sus temáticas son muchas, sin embargo, aquí me centraré en dos que me resultan especialmente atractivas: los límites de la percepción y hasta qué punto el lenguaje modela el cerebro. Podría analizar una tercera, pero para eso tendría que hacer spoilers, así que empecemos:

 

Los límites de la percepción

Durante siglos, la humanidad ha imaginado el tiempo como una flecha que va de un punto A (pasado remoto) a un punto B (futuro remoto) pasando por el (intangible) presente.

También durante siglos, la humanidad ha supuesto que el mar es azul y el césped verde porque así lo vemos. En nuestra vida cotidiana, la objetividad de nuestros sentidos y nuestras herramientas (refutada por la ciencia hace menos de un siglo) nos sigue resultado evidente, pero basta con analizar nuestro entorno para empezar a ponerla en duda.

Pongamos por ejemplo a las abejas: tanto ellas como nosotros poseemos un sistema de percepción visual basado en tres colores primarios, sin embargo, mientras que ellas pueden ver la gama de color que se extiende desde el ultravioleta hasta el amarillo-anaranjado, nosotros podemos ver del violeta al rojo. Ellas no perciben el color rojo, nosotros no percibimos el ultravioleta. ¿Cuál de las dos percepciones del mundo es real? Es el mismo planeta, son las mismas ondas con distinta longitud… y sin embargo, la realidad que ellas perciben es distinta de la nuestra.

Volviendo al concepto de tiempo, es indudable que nuestra percepción del mismo es lineal; sin embargo, la pregunta que deberíamos hacernos es hasta qué punto esa linealidad es inherente al tiempo. ¿La separación entre pasado, presente y futuro existe, o es una construcción de nuestro cerebro? ¿Y si su linealidad no fuese más que un límite fisiológico de nuestra percepción? Así como las abejas son capaces de ver más allá del «espectro visible», quizá existan seres capaces de contemplar el tejido temporal sin desplazarse linealmente por sus hilos. De ser así, el desarrollo de los viajes temporales no pertenecería al ámbito de la ingeniería, sino al de la evolución.

 

Ampliando los límites

Profundizando en mayor o menor grado en los vínculos entre realidad y lenguaje (que cuenta con siglos de tradición filosófica), uno de los temas clásicos de la ciencia ficción es la forma en que dicho lenguaje moldea nuestra mente. Quizá su último referente notorio sea Embassytown, de China Miéville, pero también es esencial en novelas como 1984, de George Orwell; Babel-17, de Samuel R. Delany; o Incrustados, de Ian Watson (que todavía no he leído, pero que espero leer pronto).

Y si hablo de esta última novela sin haberla leído es porque en la reseña que Alfonso García le ha hecho en C, nos presenta «La historia de tu vida», de Ted Chang, como el referente extremo de «las teorías relativistas del lenguaje de Benjamin Whorf, según las cuales cada idioma representa una manera distinta de interpretar la realidad, es decir, según el lenguaje que hablemos percibiremos la realidad y pensaremos de forma diferente».

Y es un referente extremo porque «La historia de tu vida» (y, por tanto, La llegada) lleva esa idea al límite. Se plantea si el estudio de un lenguaje puede modificar nuestra mente hasta el punto de hacernos percibir la realidad de un modo distinto. Radicalmente distinto. En ese sentido, puede captarse una relación especular entre lo planteado por Miéville en Embassytown y lo expuesto por Chang en su relato, en lo referente al intercambio lingüístico entre humanos y extraterrestres.

Sé que estoy rozando el terreno del spoiler, así que no plantearé más preguntas, sin embargo, vale la pena tener en cuenta este segundo punto para exprimir al máximo las sutilezas de la trama.

 

Para seguir explorando

Basta con poner palabras clave como «tiempo», «realidad» o «física cuántica» para que las primeras páginas del buscador se llenen de pasquines New Age sobre el secreto de la vida. En semejante batiburrillo, un artículo claro, conciso e interesante como este de la UNAM es digno de agradecer.

En cuanto a críticas cinematográficas, la película provocó en su día un cierto revuelo mediático entre partidarios y detractores (aunque debo decir que, con el tiempo, fueron más los primeros que los segundos), así que, en lugar de recomendarte un artículo, te recomiendo que busques unos cuantos para tener una idea mesurada de lo que vas a encontrar…

Por mi parte, me conformo con que este punteo haya despertado tu curiosidad. Ojalá que cuando la veas (o la vuelvas a ver), el debate posterior sea más largo que la película.

2 Replies to “La llegada: el lenguaje y los límites de la percepción

  1. La llegada es una película que tengo pendiente para ver alguna vez. La primera impresión que me dejó era que los alienígenas, con todas esas enormes naves que aparecieron de repente en diversos lugares estaban buscando alguna respuesta por parte de la humanidad. No me quedó claro como encaja en todo esto la experta en lenguas.
    Te agradezco que me hayas hecho acordar, porque tengo que verla.

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