Mi primer acercamiento a la obra de John Scalzi no podría haber sido mejor; una novela corta titulada Unlocked: An Oral History of Haden’s Syndrome que empleaba la misma técnica que Max Brooks en Guerra Mundial Z (es decir, la recopilación de entrevistas como forma de reconstruir un hecho histórico) para relatar el brote, expansión y «tratamiento» de una pandemia que, en el proceso, transformaba la sociedad.

Unlocked me atrapó por la facilidad con la que trasmitía emociones veraces; por la precisión con la que expresaba, en pocos párrafos, la compleja sutileza de las relaciones humanas; por la astucia con la que evitaba los clichés.

Y aunque decidí seguir ahondando en su obra, al margen de un par de cuentos no había vuelto a leer nada suyo hasta hace un par de semanas.

Esto se debió, en gran medida, a que sus obras más famosas —las de la saga de La vieja guardia— no me llamaban la atención. Básicamente, porque la ciencia ficción militar (salvo contadas excepciones) no es mi género favorito.

Al final fueron dos factores externos los que me animaron a acercarme a la primera novela: La vieja guardia (Old Man’s War, Tor, 2005).

Por un lado, enterarme de que Netflix había adquirido los derechos para su adaptación cinematográfica (lo admito, ese tipo de cosas suelen alterar mi lista de lecturas) y, por otro, el hecho de que la novela estuviera disponible en formato audiolibro. (Tras la buena experiencia que había tenido con Artemisa, me apetecía repetir).

Tras escucharlo, el libro terminó siendo exactamente lo que esperaba. En otras palabras, termino siendo una novela de ciencia ficción militar con todos los clichés del subgénero… y al mismo tiempo un análisis complejo y sutil de la vejez, el deterioro físico, los recuerdos y la pérdida.

¿Cómo es posible semejante dicotomía? De eso, entre otras cosas, hablaremos a lo largo de este artículo.

 

La vieja guardia 1
Fotografía realizada por Simon Wijers y publicada en Unsplash.

 

Capacidad hipnótica

Puede que la genialidad de una obra literaria radique en la multiplicidad de lecturas que pueda sugerir; o en su coherencia entre forma y contenido; o en sus innovaciones estilísticas; o en la sutileza con que disecciona la condición humana… Pero existe una característica igual de admirable y que puede encontrarse (o no) tanto en obras maestras como en novelas de pura evasión: su capacidad hipnótica. La capacidad —del autor, por supuesto— de abducirnos con su relato hasta el punto de neutralizar nuestro análisis crítico… Al menos mientras lo estamos leyendo.

Esta capacidad tiene algo de «don» (pienso en Stephen King, por ejemplo), pero sobre todo tiene mucho de oficio (una vez más, estoy pensando en Stephen King).

Y si cito al maestro de Maine es porque cualquiera que lo haya leído tiene en mente esos pasajes bucólicos, cadenciosos, en los que su relato parece estar moviendo un péndulo frente a nuestras narices.

Ya sabes de lo que hablo: esos detallados pasajes costumbristas (usualmente ubicados en el primer tercio de la novela) que embeben a sus personajes de «realidad». Que a fuerza de anécdotas y detalles nos impiden descreer de lo que les suceda a partir de entonces.

Este tipo de capacidad (o don, u oficio) también lo posee John Scalzi. Pero el modo en que lo pone en práctica es muy distinto.

Scalzi siembra escenas contemplativas (reflexiones literarias; interacciones de una veracidad apabullante, pero no «costumbrista») a lo largo de todo el libro y (lo que es más curioso) hace que sean representadas por personajes que, en el resto de la obra, no son coherentes con dichas reflexiones.

Pero su poder hipnótico es tal que nos resulta imposible ser conscientes de esa incoherencia durante la lectura; atentos como estamos a la historia, al devenir de unos personajes que nos importan.

Lo cual, ya de por sí, es admirable.

 

Rompiendo una regla no escrita

Claro que la fascinación se termina cuando acabas el libro. Entonces se revela esa dicotomía de la que hablaba al principio…

Lo que me coloca en una situación un tanto incómoda porque la regla no escrita de este blog (que ahora ya es «regla escrita») es que solo analizo libros que me hayan gustado o me hayan hecho reflexionar.

Y lo que me ocurre con La vieja guardia es que sus reflexiones literarias sobre la vejez y la pérdida me han parecido magistrales, pero su componente militarista no solo me ha resultado manido, sino un tanto tramposo.

Por lo tanto, para poder darte una idea global de mi opinión del libro, no tengo más remedio que romper mi propia regla. (Te aseguro que no lo haría si sus aspectos positivos no superasen con creces los que ahora voy citar).

 

La vieja guardia 2
Fotografía realizada por Hermes Rivera y publicada en Unsplash.

 

La humana incoherencia

En las primeras páginas del libro, Scalzi nos presenta a su protagonista como un hombre de setenta y cinco años de mentalidad progresista que, de joven, había participado junto a su esposa en manifestaciones en contra de la guerra.

Sin embargo, diez años antes del comienzo de la historia ambos presentaron una solicitud de enrolamiento para las Fuerzas de Defensa Coloniales. Un enrolamiento que se haría efectivo cuando ambos cumplieran los setenta y cinco años (es decir, al inicio de la novela).

Lo que ocurre es que en la sociedad de la novela a los estadounidenses se les permite (tras vivir toda una vida en la Tierra) enrolarse en un ejército galáctico, someterse a una especie de rejuvenecimiento (en qué consiste es una sorpresa del libro) y vivir una segunda vida como tropas del espacio.

Hasta aquí, es un arranque perfecto. Planteada de ese modo, es lógico que el protagonista ceda a la incoherencia (tan humana) de renunciar a sus principios antibelicistas en pos de esa «segunda vida». Más cuando su pareja ha muerto y no tiene nada que lo ate a la Tierra.

Sin embargo, las consecuencias emocionales de esa cesión deberían estar presentes en el resto del libro, y lo cierto es que el personaje jamás pone en duda su nueva realidad. Ya no su nueva situación de soldado (algo comprensible, dado que ha accedido a entrar en el ejército), sino la cosmovisión (militarista y colonial) que la acompaña… Y dado que Scalzi nos lo presenta como un «progresista» (incluso lo contrapone a un radical republicano para reforzar esa idea), consigue vendernos su postura acrítica como la propia de un librepensador.

 

Matar al mensajero

De hecho, lo que más me ha fastidiado del libro es la forma en que menosprecia las ideas alternativas. En especial, la idea de priorizar la diplomacia al conflicto directo.

(Sobre esto, debo hacer una matización: sé que otros libros de la saga están protagonizados por el teniente Harry Willson —al que conocí en el divertidísimo cuento «After the Coup»— y que su enfoque es mucho más «diplomático» que el planteado en La vieja guardia… Aunque, teniendo en cuenta la resolución del relato, no sabría decir cuánto. Y ahora sí, volvamos a la novela).

El capítulo diez se inicia con la muerte en combate de una amiga del protagonista. Y el modo en que la describe es de un lirismo admirable:

«Entonces Maguie se dio la vuelta, se colocó de cara al planeta que iba a matarla y (…) compuso un jisei, un poema de muerte en forma de haiku.

No me lloréis, amigos.                                                                       Caigo como estrella fugaz                                                                   a la otra vida.

Lo envió junto con los últimos momentos de su vida al resto de nosotros y murió, cruzando brillante el cielo nocturno de Templanza.

Era mi amiga, brevemente fue mi amante, más valiente de lo que yo habría sido en el momento de la muerte… Y apuesto a que fue una magnífica estrella fugaz».

Tras esa imagen (tras esa glorificación de la muerte en combate), el autor salta al siguiente diálogo:

«—El problema con las Fuerzas de Defensa Coloniales no es que sean una excelente fuerza de combate, es que son demasiado fáciles de utilizar—. Quien hablaba era Thaddeus Vender, dos veces senador demócrata por Massachusetts, exembajador en diversas ocasiones ante Francia, Japón y las Naciones Unidas, secretario de estado en la (por demás desastrosa) administración de Crow, escritor, conferenciante y, finalmente, la última incorporación al pelotón D. Como esto último era lo que más relevancia tenía para el resto de nosotros, todos habíamos decidido que el soldado raso/senador/embajador/secretario Vender era un tonto del culo integral».

Suele decirse que, cuando no se encuentran argumentos para rebatir una idea, estos ceden el paso a las descalificaciones. Y eso, precisamente, es lo que hace Scalzi: pone en boca de un personaje al que él mismo describe como un «tonto del culo integral» la posibilidad de explorar la vía diplomática en lugar de la conquista armada.

Y para recalcar esa idea, lo hace morir en su primera batalla de una forma estúpida y narcisista (y lo que es peor: inverosímil) para luego hacerle decir a la teniente Viveros (alguien que el protagonista admira) el tópico de que el único modo de cambiar el sistema es adaptándose a él, escalando posiciones y cambiándolo desde dentro.

 

La mítica del soldado

Y ese no es el único tópico en el que cae el libro.

A lo largo de su novela, Scalzi se esfuerza en exponer los clichés de las historias militaristas y alejarse lo más posible de ellos (un buen ejemplo es el capítulo dedicado a la instrucción de los reclutas y su relación con el sargento instructor). Sin embargo, en casi todos los casos termina cayendo en los mismos tópicos que denuncia (una vez más, un buen ejemplo es el capítulo dedicado a la instrucción de los reclutas y su relación con el sargento instructor).

Su resignación se vuelve flagrante en los capítulos finales, que si bien trasmiten el «buen rollo» de las superproducciones yanquis (y, de paso, todos sus clichés sobre el «buen soldado»), destrozan el ambiente de peligro constante, de angustiosa incertidumbre, que Scalzi se había empeñado en construir.

 

La vieja guardia 3
Fotografía realizada por Neill Kumar y publicada en Unsplash.

 

Pero el libro es mucho más que eso

Vale, ya me he quedado a gusto…

Supongo que a estas alturas te estarás preguntando qué hago escribiendo sobre La vieja guardia si en los últimos apartados no hecho más que echarla por tierra.

Lo que ocurre es que el libro es todo eso, sí, pero también es mucho más que eso. Y si he empezado criticándolo es para que te quedes, fundamentalmente, con lo que viene a continuación; con las excelentes metáforas y reflexiones que Scalzi elabora sobre la muerte.

 

Una vida

El inicio de La vieja guardia me desconcertó. No esperaba nada en concreto, pero leer las reflexiones de un septuagenario ante la tumba de su esposa me pilló por sorpresa. Quizá por eso me maravilló su humanismo (de una profundidad semejante a la Unlocked).

Como ejemplo, rescato esta cavilación sobre el texto de la lápida… y sobre la imposibilidad (o no) de resumir una vida:

«El marcador de Katy muestra su nombre (Katherine Rebecca Perry), las fechas de su nacimiento y su muerte, y las palabras “amada esposa y madre”.

Leo esas palabras una y otra vez cuando voy a visitarla. No puedo evitarlo. Son cuatro palabras que resumen tan inadecuada y, a la vez, perfectamente una vida. La frase no dice nada sobre ella: sobre cómo amanecía por las mañanas o cómo trabajaba; sobre cuáles eran sus intereses o dónde le gustaba viajar. Leyendo eso nunca podría averiguarse su color favorito, o cómo le gustaba llevar el pelo, o a quién votaba, o si tenía sentido del humor. No se sabría nada de ella excepto que era amada.

Y lo era. Ella consideraría eso suficiente».

Empezar una novela de este modo sin duda predispone a quien la lee, que esperará una aproximación emocional, sutil, a la impermanencia, a las trampas del recuerdo, a las formas de lidiar con la pérdida.

Y lo cierto es que en su primer tercio la novela lo cumple. De hecho, no solo lo hace, sino que convierte un argumento de ciencia ficción en una metáfora de la muerte.

Ya solo por eso, La vieja guardia merece ser leída.

 

Despedidas

La clave radica en una idea sumamente original: las Fuerzas de Defensa Coloniales les ofrecen a los septuagenarios una nueva vida (literalmente) como soldados galácticos a cambio de que en la Tierra pasen a estar «muertos» (a efectos civiles) y que no vuelvan jamás, una vez que se vayan. De este modo, Scalzi puede analizar la preparación y los efectos de la muerte eliminando de la ecuación toda componente trágica. Centrándose únicamente en los procesos y en las decisiones vitales.

Así, por ejemplo, es capaz de describir la despedida de un enfermo terminal (que sabe que morirá pronto, pero que dispone de tiempo suficiente para «dejar en orden» sus cosas), como los preparativos de un recluta a punto de partir. Y la ausencia de la tragedia (de la certeza de la muerte) le permite explorar sus motivaciones.

«Un año antes de mi partida yo ya tenía decidido que iba a enrolarme en las FDC; a partir de ahí, fue todo cuestión de dejar las cosas ordenadas y soltar adioses. (…) Anuncié que iba a marcharme un año antes de hacerlo. Eso es mucho tiempo para decir lo que tienes que decir, para zanjar asuntos y hacer las paces con alguien. A lo largo de los años había tenido unas cuantas discusiones con viejos amigos y familiares, y hurgué un poco en viejas heridas y cenizas. En casi todos los casos acabó bien. Un par de veces pedí perdón por cosas que no lamentaba demasiado, y en un caso me encontré en la cama con alguien a quien, de otro modo, habría preferido no haberme tirado. Pero uno hace lo que tiene que hacer para que la gente pueda poner punto final a sus asuntos. Les hace sentirse mejor y eso no cuesta demasiado. Prefiero pedir disculpas por algo que no me importa y que en la Tierra me deseen buena suerte, a mostrarme tozudo y que deseen que algún bicho alienígena me chupe el cerebro. Llamémoslo… seguro kármico».

Aunque nos resulte escabroso ahondar en dicha situación (en especial por el temor a ser nosotros los que nos veamos en ella), parece razonable suponer que ese «seguro kármico» (esa necesidad de trascender con las acciones la propia muerte) pueda motivar la dedicación de un tiempo finito (que se sabe finito) a «dejar en orden» las relaciones personales… A ayudar a seguir a aquellos que se quedan.

 

La vieja guardia 4
Fotografía realizada por Eberhard Grossgasteiger y publicada en Unsplash.

 

Partida

El recurso de la «segunda vida» también le permite analizar (sin su componente trágica) las emociones que podrían experimentarse en el momento de la muerte. Y en particular sus distintos afrontamientos: contemplativo, religioso, romántico…

La nave que los alejará (para siempre) de la Tierra dispone de un teatro en el que se retransmiten las imágenes del exterior. De este modo, los reclutas pueden contemplar en una pantalla gigante el momento de la partida… y cómo todo lo que hasta entonces han conocido se aleja de ellos.

«La enorme pantalla de video del teatro (…) cobró vida de pronto. La Tierra flotaba allí con enorme fidelidad. (…)

—Mirad —dije yo—, el único lugar en el que hemos estado durante toda nuestra vida. Todo lo que hemos conocido o amado está allí. Y ahora la dejamos. ¿No os hace sentir algo?

—Excitación —dijo Jesse— y tristeza. Pero no demasiada.

—Definitivamente, no demasiada —convino Harry—. Allí no nos quedaba nada más que envejecer y morir.

—Todavía puedes morir, ¿sabes? (…)

—Sí, pero no voy a morir de viejo. Voy a tener una segunda oportunidad para morir joven y dejar un bonito cadáver. Eso compensa haber fallado la primera vez.

—Eres un romántico —dijo Jesse completamente seria.

—Sí, lo soy.

(…)

Y entonces, lentamente, la Tierra empezó a encogerse en la pantalla de video, todavía enorme y todavía azul y blanco brillante, pero de manera clara e inexorable iba ocupando una porción cada vez más pequeña de la pantalla. (…) Me volví hacia Harry, quien a pesar de sus anteriores fanfarronadas parecía silencioso y reflexivo. Jesse tenía una lágrima en la mejilla.

—Hey —dije y la agarré por el brazo—, no demasiada tristeza, ¿recuerdas?

(…)

—No —dijo roncamente—, no demasiada. Pero aun así… Aun así…

Nos quedamos allí sentados un rato más y vimos como todo lo que conocíamos en nuestra vida se encogía en la pantalla».

 

Elecciones vitales

Otro magnífico análisis que se aborda de un modo tangencial es el de la pérdida que lleva implícita toda decisión. De cómo nuestras elecciones (y las elecciones de quienes nos rodean) nos alejan, ya no de otros posibles caminos (cosa evidente), sino de nuestro ser anterior.

Uno de los libros que estoy leyendo en estos momentos es 4 3 2 1, de Paul Auster, y uno de sus principales temas (expresado en las cuatro vidas paralelas de un mismo personaje) es cómo sutiles decisiones (a veces conscientes, a veces azarosas, y la mayor parte del tiempo tomadas por otros) pueden dar lugar a realidades distintas. Al principio, apenas distinguibles, pero a la larga radicalmente extrañas. Y dado que las decisiones propias también generan realidades paralelas, todos terminamos proviniendo de «universos» sutilmente distintos.

«El tiempo se movía en dos direcciones porque cada paso hacia el futuro arrastraba un recuerdo del pasado, y aunque Ferguson aún no había cumplido los quince, había acumulado suficientes recuerdos para saber que su mundo interior iba configurando sin cesar el mundo que lo rodeaba, igual que la experiencia del mundo de cualquiera se iba formando a partir de los propios recuerdos. Y aunque todas las personas estaban vinculadas por el espacio común que compartían, sus respectivos viajes a través del tiempo eran completamente distintos, lo que significaba que cada individuo vivía en un mundo ligeramente diferente al de todos los demás».

Esta misma idea es desarrollada por Scalzi por medio de una teoría física: la que explica la «impulsión de salto» de las naves espaciales.

«Estaba escuchando a Allan explicar cómo el universo que yo creía conocer había desaparecido hacía tiempo.

—Lo dejamos la primera vez que saltamos —decía—. Seguimos subiendo y pasamos al universo de al lado. Así es como funciona el salto.

(…)

—¿Volvemos alguna vez? —pregunté.

—¿Volver a dónde?

—Al universo de donde salimos.

—No —respondió Allan— Bueno (…), es teóricamente posible, pero en la práctica es altamente improbable. (…) Cuanto más tiempo estás apartado de un universo concreto, más tiempo tiene éste de volverse divergente y menos probable es que vuelvas. Incluso volver a un universo que acabas de dejar un segundo antes es enormemente improbable. Volver a uno que dejamos hace más de un año (…) queda fuera de toda cuestión.

—Qué deprimente —dijo Ed—, me gustaba mi universo.

—Bueno, pues escucha esto, Ed —replicó Allan—: tú ni siquiera vienes del mismo universo original que John y yo, ya que no diste ese primer salto cuando nosotros. Es más, incluso la gente que lo dio con nosotros no está ya en nuestro mismo universo ya que saltaron a universos diferentes porque están en naves diferentes. Cualquier versión que encontremos de nuestros viejos amigos será una versión alternativa».

He aquí un buen ejemplo de cómo la ciencia ficción y el realismo son dos aproximaciones distintas pero igual de válidas para analizar la complejidad humana.

 

La vieja guardia 5
Fotografía realizada por Mari Lezhava y publicada en Unsplash.

 

Sobre los recuerdos

Escondida en la última parte de la novela hay una honda reflexión sobre el modo en que los recuerdos nos configuran… En una escena incluso consigue trasmitir la experiencia de un enfermo de Alzheimer empleando a un personaje que nada tiene que ver con eso.

Una vez más, la metáfora le permite analizar la situación evitando su componente trágica. Sin embargo, en este caso no puedo explicar la figura que emplea porque, para hacerlo, tendría que revelar una de las principales sorpresas del libro.

Lo que sí puedo hacer es transcribir un diálogo que, curiosamente, sacado de contexto se vuelve incluso más explícito que dentro de la historia.

«—No tienes ni idea de lo que es ser uno de nosotros. Dijiste que querías saber cosas de mí. ¿Qué parte quieres conocer? Quieres saber cómo es despertarte un día con la cabeza llena de una biblioteca de información (todo, desde matar a un cerdo hasta pilotar una astronave), pero no saber tu propio nombre. O si tienes nombre siquiera. (…) Tal vez te gustaría oír cómo la primera vez que uno de nosotros habla con [uno de vosotros] tenemos que contenernos para no golpearos porque habláis tan despacio, os movéis tan despacio y pensáis tan despacio que no sabemos por qué se molestan siquiera en enrolaros. (…) Nos miramos en el espejo y sabemos que estamos viendo a otra persona y que el único motivo por el que existimos es porque ellos no existen y porque se han perdido para siempre».

Frente a semejantes palabras, creo que sobran los comentarios.

 

Nuestro lugar en el universo

Como decía al principio de el artículo, todo lo que acabo de mostrar está en la novela…, pero también están las cosas que antes critiqué.

Si decides leerla (o si ya lo has hecho) descubrirás que todos sus elementos se encastran de tal forma que resulta imposible distinguirlos. Y como en la última parte de la novela lo que prima es el componente militar, termina imponiéndose la idea de que el universo de La vieja guardia es hostil a la humanidad… Lo cual, en última instancia, es el mantra de las FDC: el universo nos quiere muertos, así que nuestra mejor defensa es un buen ataque… y, ya que estamos, aprovechemos para ir colonizando lo que encontremos por el camino.

Sin embargo (y esto es, quizás, lo más estimulante del libro), sus partes reflexivas sugieren un universo distinto. Un universo más complejo y aterrador de lo que expone la historia (al menos a primera vista) y que Stanley Kubrick definió muy bien en una entrevista sobre 2001:

«El hecho más aterrador del universo no es que sea hostil, sino que sea indiferente. Si admitimos esa indiferencia y aceptamos los retos de la vida dentro de los límites de la muerte nuestra existencia tendrá significado y nos sentiremos realizados. A pesar de lo inmenso de la oscuridad, debemos suministrar nuestra propia luz».

Porque a la escala (siempre humana) en que una obra literaria puede iluminar la realidad, La vieja guardia también nos aporta leves destellos de luz.

 

La vieja guardia 6
Detalle de una fotografía realizada por Caleb Betts y publicada en Unsplash.

 

 

NOTA: La imagen de cabecera es un detalle de la portada original de Old Man’s War (Tor, 2005).

 

 

 

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