No recuerdo si la frase aparece primero en Pedro Paramo, de Juan Rulfo, pero lo que es seguro es que ha sido Joaquín Sabina quien la ha popularizado: «… al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver». Es por eso que me ha costado tanto decidirme a escribir sobre Los desposeídos, de Ursula K. Le Guin (The Dispossessed: An Ambiguous Utopia, Harper & Row, 1974); porque ha sido una de las novelas (y fíjate que no agrego la coletilla «de ciencia ficción») que más me ha marcado en la vida.

Afortunadamente, revisitarla me ha servido para confirmar lo que ya intuía: que es una de las grandes novelas del siglo veinte (y fíjate que, una vez más, no he agregado la coletilla), un clásico por méritos propios, un libro llamado a perdurar.

Tras comprobarlo, me ha asaltado otro tipo de miedo: la certeza de no estar a la altura. Pero este escollo (quizás por inconsciencia, quizás por atrevimiento) ha sido fácil de salvar: me ha bastado con asumir que mi acercamiento será incompleto; que el único objetivo posible de un artículo como este es intentar convencer a quienes todavía no la han leído de que lo hagan cuanto antes.

 

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Y hablando de acercamientos incompletos…

Mi intención inicial era analizar las ideas que subyacen a la trama (hablar del sitio donde habita la revolución) procurando revelar lo menos posible de la historia en sí misma.

Y como es mucho lo que hay que hilar al respecto, pensé en hacer una breve sinopsis del libro y luego centrarme en los modelos de sociedad que se sugiere.

Sin embargo, leyendo el artículo «Sobre La mano izquierda de la oscuridad y Los desposeídos», que la autora escribió para Lo mejor de los premios Nebula (editado por Ben Bova), me encontré con un párrafo que parecía señalarme con el dedo:

«Por mucho que la ciencia ficción sea una literatura de ideas, y por mucho que yo sepa pensar, mi vigor como escritora no puede ser de naturaleza puramente intelectual; ha de ser por igual o incluso esencialmente emocional y estética. La ciencia ficción es un género artístico».

Así que no he tenido más remedio que reformular mi plan y empezar por subrayar dichas cualidades (dejando de paso que la anarquía —tan valorada por la autora— se apodere del artículo).

 

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El poder de la oralidad

Ursula K. Le Guin es hija de Alfred Louis Kroeber (uno de los antropólogos más influyentes de la primera mitad del siglo XX) y Theodora Kroeber. Y si he escrito el nombre de su madre en segundo término, no ha sido como resabio de nuestra sociedad patriarcal (mal podría empezar de ese modo un artículo sobre Le Guin), sino porque me interesa detenerme en su figura.

Al igual que su marido, Theodora Kroeber fue antropóloga. Pero además de antropóloga fue escritora y, como tal, se dio a conocer (entre otras cosas) por su recopilación de la tradición oral de algunos pueblos nativos de California relegados tras la conquista.

Ese valor de la palabra, de las narraciones y leyendas orales, impregna toda la obra de Ursula K. Le Guin. Su estilo —en muchos de sus cuentos y novelas— es una sublimación de esas tradiciones, ya sea jugando con las estructuras de la antropología académica (La mano izquierda de la oscuridad), ya sea dialogando con el lector («Los que se marchan de Omelas»), o simplemente centrando su historia en el poder de la palabra (Saga de Terramar).

 

Fluidez

Debido a eso, sus relatos trasmiten la fluidez de los buenos oradores. (Todavía no he escuchado sus novelas en audiolibro, pero imagino que ha de ser una experiencia deliciosa).

En muchos casos sus descripciones parecen deslizarse; el uso de frases largas, pautadas por comas y conjunciones, logran un ritmo sincopado que nos arrastra.

Otras veces, la descripción es una excusa para enfatizar las emociones de los personajes, lo que genera pasajes que rozan lo «animista». Como ejemplo vaya este extracto de Los desposeídos.

«—Necesito el vínculo —dijo—. El verdadero. Cuerpo y mente y todos los años de la vida. Nada más. Nada menos.

Alzó la vista y lo miró con desafío, quizá con odio.

En Shevek crecía misteriosamente la alegría, como el sonido y el olor del agua que se alzaban en la oscuridad. Tenía una sensación de infinitud, de claridad, de claridad completa, como si hubiera sido liberado. Detrás de la cabeza de Kakver, el cielo resplandecía a la luz de la luna; los picos flotaban límpidos y plateados.

(…)

—¿Ahora…, para toda la vida?

—Ahora y para toda la vida.

Vida, dijo el torrente precipitándose piedras abajo en la fría oscuridad».

También es oral la forma en que nos relata sus ideas. Los conceptos fluyen con la naturalidad que solo consigue un buen profesor. Sin embargo, al tiempo que nos seduce con su forma de explicarse, Le Guin tiene la honestidad intelectual de no tomar postura. Nos brinda la información para que seamos nosotros quien la evaluemos… (Aunque ya volveré a ese tema más adelante, al hablar de sus ideas).

 

De inicios y finales

Antes quiero rescatar otra característica de su estilo.

Sus cuentos suelen tener un giro final. Pero no se trata de un giro en la trama (una sorpresa imprevista que cambia por completo el sentido de la historia), sino de un giro emocional. Sus últimas frases suelen ser demoledoras. Imágenes que se convierten en metáfora de todo lo escrito, al tiempo que apelan (sin efectismos ni golpes bajos) a la emoción del lector.

Debo admitir que ha habido ocasiones en las que me han dejado al borde de la lágrima: estoy pensando en cuentos como «Los que se marchan de Omelas» o «El día anterior a la revolución» (del cual, por cierto, también volveré a hablar más adelante).

En las novelas, sin embargo, lo que Le Guin potencia son los inicios. Y lo hace buscando los mismos efectos que en el final de sus cuentos: construir imágenes poderosas que sean, a la vez, metáforas de toda la novela y movilizadores emocionales.

El comienzo de La mano izquierda de la oscuridad es proverbial:

«Escribiré mi informe como si contara una historia, pues me enseñaron siendo niño que la verdad nace de la imaginación».

Tanto en el contenido de la frase como en la forma que ha escogido para decirla, se realza esa ponderación de la tradición oral, de la recopilación y sistematización de historias («Escribiré mi informe») casi antropológica que (como decía en el apartado anterior) explica en sí misma el enfoque de la novela. En cuanto a la movilización emocional, prefiero que la juzgues por ti mismo.

Volviendo a Los desposeídos, lo cierto es que su inicio tampoco le va a la zaga.

«Había un muro. No parecía importante. Era un muro de piedras sin pulir, unidas por una tosca argamasa. Un adulto podía mirar por encima de él, y hasta un niño podía escalarlo. Allí donde atravesaba la carretera, en lugar de tener un portón degeneraba en una mera geometría, una línea, una idea de frontera. Pero la idea era real. Era importante. A lo largo de siete generaciones no había habido en el mundo nada más importante que aquel muro».

De esta forma, en menos de cien palabras, el muro se convierte en metáfora de toda la novela. Un muro que existe, que tiene su razón de ser en los primeros compases de la trama, pero que la trasciende para situarnos frente a las ideas que, ahora sí, empezaremos a analizar.

 

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«Estoy parado sobre la muralla que divide / todo lo que fue de lo que será»

Urras y Anarres son planetas hermanos. Para los habitantes de Urras, Anarres es su luna. Para los habitantes de Anarres, Urras es el planeta que dejaron atrás. En Urras reside una sociedad capitalista y patriarcal; en Anarres, la séptima generación de una utopía.

Hace dos siglos hubo una revolución en Urras y, para evitar que se extendiera por todo el planeta, sus gobernantes les propusieron a los revolucionarios que colonizaran Anarres. Desde entonces una sociedad anarquista, desarrollada en base a las ideas teóricas de Odo —su mítica líder— se desarrolla en esa luna hostil, magra en recursos, pero habitable.

Shevek, el protagonista de la novela, es un físico teórico nacido en Anarres que debe viajar a Urras para ultimar un descubrimiento trascendental.

Ese es el punto de inicio de la novela y la excusa empleada por Le Guin para describirnos las dos sociedades: la primera a través del relato de las andanzas de Shevek por Urras, la segunda en capítulos alternos que nos cuentan su historia.

 

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El fin de la historia… y el último hombre

Tras la crisis económica, son pocos los que se atreven a repetir (al menos muy alto) las tesis propuestas por Francis Fukuyama en 1992 (aunque su primera versión es de un artículo del 89) en su libro El fin de la Historia y el último hombre.

El ensayo planteaba que, tras la caída del comunismo, la única opción viable en el mundo era la «democracia liberal» y que, por tanto, las ideologías ya no eran necesarias… nos bastaba con seguir las leyes del mercado (lo cual, como todos sabemos, no es una opción ideológica).

Veinticinco años después, de su ideología teoría apenas se habla, sin embargo (o precisamente por eso), basta echar una ojeada a las noticias para ver que lo impregna todo: pensemos en Trump, en el Brexit, en el austericidio…

Pero, en fin…, este es un artículo literario así que centrémonos un poco (esto me pasa por hablar de la revolución): si he nombrado a Fukuyama es solo para decir que Le Guin se le adelantó en casi dos décadas.

En el tiempo en el que acontece la novela, hace milenios que la sociedad de Urras ha vivido ese «fin de la Historia». Salvo por la revolución «odoniana» (dos siglos antes) y alguna que otra revuelta menor, su «democracia liberal» se ha asentado y extendido hasta destilar su esencia.

Y es esa esencia la que contempla Shevek, una especie de «último hombre» que analiza la sociedad desde la extranjería.

 

Forastero en tierra extraña

Sería fácil transcribir los análisis de Le Guin respecto a nuestra sociedad (trasuntada en la sociedad de Urras), pero estaría alejándome del objetivo de este artículo: hablar del sitio donde, según la autora, habita la revolución.

Lo que sí me interesa recalcar (y no será la última vez que lo haga) es que no hay maniqueísmo alguno en sus observaciones. Shevek analiza la realidad con desprejuiciado espíritu crítico. Y si bien los detractores de la obra podrían tachar sus análisis de ingenuos o simplistas, lo cierto es que semejante desprejuicio requiere de una profunda meditación.

Le Guin se ha esforzado en dotar a su protagonista de libertad de conciencia. Una libertad que, si bien parte de su formación científica, no está exenta de emocionalidad. Como muestra, contrapongamos este pasaje…

«A Shevek le habían enseñado, de niño, que Urras era un ponzoñoso montón de desigualdad, iniquidades y derroche. Pero todas las personas que conocía, todos los que encontraba, hasta en la más pequeña de las aldeas, estaban bien vestidos, bien alimentados, y al contrario de lo que Shevek había supuesto, eran gente industriosa. (…) Había imaginado que si a un ser humano se le quitaba el incentivo natural —la iniciativa, la energía creadora espontánea— para sustituirla por una motivación externa y coercitiva, se lo convertiría en un trabajador holgazán y negligente. Pero no eran trabajadores negligentes los que cultivaban aquellos sembrados maravillosos, los que fabricaban los soberbios automóviles, los trenes confortables. La atracción, la compulsión del lucro era evidentemente un eficaz sustituto de la iniciativa natural».

… con este otro.

«Al pasar por una ventana de una planta baja con la inscripción Galería de Arte, entró. (…) Pero en todos los cuadros de aquel museo había etiquetas con precios adheridas a los marcos. Se detuvo a contemplar un desnudo de mujer hábilmente pintado. La etiqueta indicaba 4.000 UMI.

—Es un Fei Feite —le dijo un hombre trigueño que había aparecido junto a él sin hacer ruido—. (…) Un Feite es una inversión segura.

—Cuatro mil unidades es el dinero que cuesta mantener a dos familias durante un año en esta ciudad —dijo Shevek. (…)

—Sí, bueno, pero vea usted, señor, ésta es una obra de arte.

—¿Arte? Un hombre hace arte porque tiene que hacerlo. ¿Por qué hicieron esta pintura?

—Usted es un artista, supongo —dijo el hombre, ahora con desembozada insolencia.

—No, ¡soy un hombre que reconoce la mierda cuando la ve!»

 

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Cerca de la revolución

En la introducción a «El día anterior a la revolución», el cuento que cierra Las doce moradas del viento, Le Guin explica las bases conceptuales de la sociedad de Anarres: esa «utopía» que contrapone al capitalismo de Urras.

«El odonianismo es anarquismo. No esa tontería de la bomba-en-el-bolsillo, que es el terrorismo, cualquiera sea el nombre que utilice para dignificarse; tampoco es el darwinismo «libertario» que la extrema derecha aplica a la economía y a la sociedad. Es el anarquismo que prefigura el pensamiento taoísta primitivo, y que exponen Shelley y Kropotkin, Goldman y Goodman. El principal objetivo del anarquismo es acabar con el estado autoritario (capitalista o socialista); su principal preocupación moral es la cooperación (solidaridad, ayuda mutua). Esa es la más idealista y, para mí, la más interesante de todas las teorías políticas».

Así que la novela no puede reducirse a una simple dicotomía ente capitalismo y socialismo (como ya dije: no es una obra maniquea, ni mucho menos simplista).

«Encarar esta teoría en una novela, algo que no se había hecho nunca, fue una tarea larga y dura para mí, y me absorbió totalmente durante varios meses».

Sin embargo, una de las mayores virtudes de la novela es su capacidad de explicar en detalle su sociedad «utópica» (y el modo en que debe adaptarse a la escasez de recursos del planeta que habita) sin que eso nos distraiga de la historia.

Claro que explicar esos detalles excede en mucho el alcance de este artículo (de hecho, es un tema digno de tesis), por lo que me limitaré a mostrar, como ejemplo, el valor que Le Guin da al lenguaje en la construcción del odonianismo…

 

Interrupción (airada) de un lector

—¡Espera un momento! Al principio del artículo me dijiste que ibas a hablar del lugar donde habita la revolución, y ahora que al fin (¡tras más de dos mil palabras!) empiezas a hablar de Anarres me dices que describir su sociedad excede el alcance del artículo. ¿Qué es esto, una broma?

(Sonrisa taimada del escritor).

—Es verdad: dije que iba a habar del lugar donde habita la revolución y lo voy a hacer… Lo que ocurre es que tanto la novela como este artículo tienen truco… De todos modos, en algo sí estoy de acuerdo contigo: llevamos juntos más de dos mil palabras y apenas estamos «cerca de la revolución». Será mejor que omita el ejemplo que pensaba darte y vaya al grano de una vez.

 

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Una utopía ambigua

El subtítulo de la edición inglesa no es baladí. La libertad de conciencia de Shevek no solo es empleada por Le Guin para analizar la sociedad de Urras. Su protagonista es un odoniano convencido que, precisamente por eso, contempla (y padece) las incongruencias de su sistema. En la novela esos «fallos» se traducen en mezquindades académicas, en luchas de poder y represalias (cuando no represión) contra aquellos que discrepan de la «ortodoxia». Le Guin incluso consigue mostrarnos cómo la búsqueda de privilegios se ha convertido en un poderoso «incentivo natural» (por emplear el término usado en la novela) a la interna de una sociedad tan austera y anárquica como la ideada por Odo. Así que, efectivamete, su utopía es ambigua.

Empleando una genial apostilla, la autora hace que sea la propia Odo quien se percate de esos fallos latentes «El día anterior a la revolución» (en un relato, por cierto, tan lúcido como crepuscular).

Veamos algunos ejemplos:

«Ella tenía aquella amplia habitación para ella sola únicamente porque era una mujer mayor que había sufrido un ataque de apoplejía. Y tal vez porque era Odo. Si no hubiera sido Odo, sino simplemente una anciana con un ataque, ¿le habrían dado la habitación? Probablemente. (…) Pero era difícil estar segura. El favoritismo, el elitismo, el culto a los líderes, eran cosas que resurgían y rebrotaban por todas partes».

Esta otra cita sobre la mitificación de los líderes me resulta particularmente afilada:

«La miraban con reverencia, con adoración. Ella les decía gruñendo: “¡Pensad por vosotros mismos!” (…) Ellos aceptan ese azote verbal como niños, sumisamente, con agradecimiento, como si fuera una especie de madre-de-todos, el ídolo del gran vientre protector. ¡Ella! Ella que había hecho saltar por los aires los astilleros de Seissero (…) ahora era la abuela de todos, la vieja y querida señora, el dulce y viejo monumento».

También es revelador este análisis de la condición humana (que, además, brinda una pista de hacia dónde se dirige este artículo).

«Nunca había despreciado o temido a la ciudad. Era su patria. Si la Revolución se imponía, dejaría de haber tugurios como aquel. Pero habría miseria. Siempre existiría a la miseria, el desecho, la crueldad. Nunca había pretendido cambiar la condición humana, nunca había querido ser la mamá que aparta la tragedia del alcance de los niños para que no se hagan daño. Todo menos eso. Mientras la gente tuviera la libertad para elegir, si elegían vivir en cloacas y beber hasta destrozarse, era su problema. Siempre y cuando no fuera un asunto de negocios, mientras no fuera una fuente de ganancias y un medio de poder para otra gente».

 

Donde habita la revolución

Pero, entonces, si ni siquiera una sociedad ex novo —surgida de los ideales más elevados, ajena a la influencia del capitalismo— es capaz de asentar la igualdad, de priorizar la justicia, de asegurar la libertad de sus habitantes, ¿dónde habita la revolución? La verdadera revolución.

Le Guin deja que sea Shevek, desde su libertad de conciencia, quien halle la respuesta.

El segundo acto de la novela (no la segunda parte, porque no la tiene) se cierra con Shevek parado ante una multitud. Son los desposeídos de Urras, las víctimas del sistema. Para ellos, él es una suerte de embajador de aquellos míticos revolucionarios que, doscientos años atrás, le plantaron cara al sistema.

Así que, desde la libertad, les habla de Anarres; pero no del Anarres real (del Anarres que ha padecido y amado) sino del Anarres mítico: «Anarres» como idea, como revolución, como posibilidad de esperanza.

Y es entonces cuando comprende dónde habita.

«Si lo que vosotros queréis es Anarres, si es ese el futuro que buscáis, entonces os digo que vayáis a él con las manos vacías. Tenéis que ir a él solos, solos y desnudos, como viene el niño al mundo, al futuro, sin ningún pasado, sin ninguna propiedad, dependiendo totalmente de los otros para vivir. No podéis tomar lo que no habéis dado, y vosotros mismos tenéis que daros. No podéis comprar la Revolución. No podéis hacer la Revolución. Solo podéis ser la Revolución. Ella está en vuestro espíritu, o no está en ninguna parte».

 

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Nota: Todas las obras expuestas en este artículo han sido realizadas (o se le atribuyen) a Bansky.

 

 

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