En este artículo te hablaré de un libro, pero no de una novela. Se trata de Los innovadores, de Walter Isaacson (The Innovators, Simons & Schuster, 2014), un ensayo cuyo subtítulo en inglés explica muy bien su contenido: «Cómo un grupo de hackers, genios y geeks crearon la revolución digital».

Cuando inicié este blog, a finales de mayo, mi intención era llevar en paralelo tres secciones complementarias: una dedicada al análisis literario, otra al análisis de películas y una tercera a la divulgación científica. Sin embargo, dado que un blog es una forma de vida que evoluciona al interactuar con sus lectores, en los últimos meses me he centrado en el análisis de libros y en el desarrollo de un proyecto personal: la Prospectiva del siglo XXI.

… Lo cual no impide que mis intereses sigan siendo los mismos.

Para equilibrar estos dos aspectos, he decidido incluir en esta sección el análisis de algún que otro ensayo. (Cada tanto, por supuesto: la mayor parte de sus artículos seguirán «diseccionando» novelas).

Eso sí, dado que mi principal objetivo es que los disfrutes, los ensayos que analizaré en este espacio no serán de cualquier tipo. Del mismo modo que las novelas sobre las que escribo son de género fantástico (ciencia ficción, mayoritariamente); los ensayos que analizaré estarán dedicados a temas científicos, tecnológicos o de prospectiva (o a los tres temas a la vez, de ser posible).

En ese sentido, Los innovadores es un excelente punto de partida. De hecho, el subtítulo de su edición castellana («Los genios que inventaron el futuro») parecería ubicarlo a medio camino entre la historia de la ciencia y la ciencia ficción.

 

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Ada Lovelace.

 

El libro que escondía novelas

Y lo más interesante es que sus vínculos con la narrativa no terminan allí.

Dado que el ensayo detalla la historia de la revolución digital —y que lo hace en un lenguaje divulgativo que roza lo literario— su relato podría dar pie a decenas de novelas.

Más que centrarse en los avances tecnológicos (de los que, sin duda, habla), Isaacson da cuenta de las interacciones humanas; de las sinergias, rencillas y serendipias que dieron pie a la innovación.

Y al hacerlo nos muestra las marcas del azar, los caminos truncados, las grandezas y miserias de la condición humana… En definitiva, nos regala los mimbres con los que se construyen novelas…, o revoluciones digitales en el mundo real.

 

Empeño totalizador

Al margen de su amenidad, el mayor atractivo de Los innovadores radica en su empeño totalizador.

El libro abarca un período de más de ciento cincuenta años, en los que se detiene en personajes tan interesantes como Ada Lovelace, John von Neumann, Alan Turing, Bill Gates, Steve Jobs, Linus Torvald o Tim Berners-Lee… por poner solo algunos ejemplos.

Y lo mejor es que consigue hablar de todos ellos con el justo equilibrio entre ritmo y rigor.

Por una parte, nos queda la sensación de haber comprendido sus motivaciones (los claroscuros de su personalidad, como ocurre con los buenos personajes de novela), pero por otra, los entendemos partícipes de un esfuerzo mayor (piezas de un puzle que los trasciende, como en las buenas sagas familiares).

 

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John von Neumann.

 

La cuestión del enfoque

Claro que Los innovadores es un ensayo, no una novela, y por tanto no cabe interpretar los «temas» e «intenciones» que se esconden bajo la «trama». La historia es la que fue, y sus «personajes» dejaron su huella en nuestra realidad.

Tampoco es posible hablarte de sus historias (algunas, sin duda, apasionantes), sin estropearte el placer de descubrirlas por tu cuenta… Así que, una vez más, nos enfrentamos a la cuestión del enfoque, de la que tantas veces he hablado por aquí.

Podría haber enfocado este artículo desde una perspectiva tecnológica y extraer del libro una serie de definiciones que, a los legos como yo, nos resultan clarificadoras. Sin embargo, en ese caso lo lógico hubiera sido que lo incluyera en Generación Sagan, la sección destinada a divulgación científica, y lo que intento hacer aquí es un poco distinto.

 

Ideas centrales

Afortunadamente, el ensayo me mostró cómo enfocarlo desde el principio.

Mi primer acercamiento a la obra de Walter Isaacson fue a través de su libro Einstein: Su vida y su universo; un magnífico ensamblaje de divulgación biográfica y científica que profundizaba tanto en su historia personal como en sus ideas. (Ian McEwan, sin ir más lejos, reconoció la profunda influencia que tuvo ese libro en la creación de su novela Solar).

Sin embargo, ya en el prólogo de Los Innovadores, Isaacson insiste en que la historia de la revolución digital no es la historia de genios individuales (como Einstein), sino la de un empeño colectivo. Por un lado, porque cada avance individual —por muy importante que sea— no es más que un peldaño de un proceso mayor; y por otro, porque lo habitual es que detrás de cada avance —incluso si es liderado por figuras tan carismáticas como Steve Jobs— siempre haya equipos de trabajo. (De hecho, hasta el liderazgo suele ser colectivo: Steve Jobs no hubiera sido quien fue sin Steve Wozniak, ni Bill Gates lo sería sin Paul Allen).

Esta es la primera de una serie de ideas que —del mismo modo que los «temas» en las obras de ficción— permean todo el libro.

Y vale la pena analizarlas por dos razones esenciales: porque han definido nuestra realidad… y porque, a fuerza de tenerlas presentes, no solemos detenernos en que podrían haberse resuelto de un modo distinto.

 

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Alan Turing.

 

Genios aislados versus equipos de trabajo

Incluso en estos tiempos, en los que creemos ser conscientes de que los grandes avances en ciencia y tecnología emergen de esfuerzos colectivos, la figura del genio individual sigue imponiéndose en nuestro imaginario.

Es probable que se deba al carácter icónico de algunos de los genios del siglo pasado; o a que las categorías científicas de los Nobel no puedan premiar a más de tres personas por un mismo mérito; o a que (fuera de la red) la presencia de líderes siga definiendo nuestras vidas; pero lo cierto es que son pocas las veces en que nos detenemos a pensar en la potencia del trabajo colectivo.

En palabras de Isaacson:

«Algunos estudios sobre la ciencia y la tecnología destacan (…) el papel de los inventores creativos capaces de dar saltos innovadores. Otros, por su parte, ponen el énfasis en el papel de los equipos y las instituciones. (…)

Este segundo enfoque trata de demostrar que lo que parecerían ser saltos creativos (los momentos “¡Eureka!”) son en realidad el resultado de un proceso evolutivo que acontece cuando las ideas, los conceptos, las tecnologías y los métodos de ingeniería maduran conjuntamente».

Sin embargo, el libro tampoco intenta priorizar el trabajo colectivo. En su lugar, plantea que:

«Ninguna de las dos maneras de entender el proceso tecnológico es, por si sola, completamente satisfactoria. La mayoría de las grandes innovaciones de la era digital surgieron a partir de la interacción de individuos creativos (…) con grupos que sabían cómo materializar sus ideas».

 

Sinergia

Según Isaacson, el segundo dinamizador de la revolución tecnológica es la sinergia.

Lo que voy a transcribir es la descripción del ambiente de trabajo en los laboratorios Bell —unas instalaciones gestionadas por la empresa AT&T— en la década del treinta, pero el mismo ambiente laboral (y las mismas sinergias) se repetirán en las principales empresas de innovación informática.

«Situados por entonces en Manhattan (…) los laboratorios constituían un refugio para convertir las ideas en inventos. Allí las teorías abstractas interactuaban con los problemas prácticos, y en los pasillos y las cafeterías los teóricos excéntricos se mezclaban con ingenieros prácticos, ásperos mecánicos y especialistas en resolver problemas de tipo formal, lo que alentaba el mutuo enriquecimiento de la teoría y la ingeniería. Ello hacía de los laboratorios Bell un arquetipo de uno de los pilares más importantes de la innovación de la era digital. Lo que Peter Galison (…) ha denominado una “zona de intercambio”: cuando aquellos hombres —teóricos y prácticos— tan dispares se juntaron, aprendieron a encontrar un lenguaje común para intercambiar ideas e información».

Isaacson da un paso más y demuestra que cuanto más jerárquica es una empresa —por muy grande que sea—, más difícil le resulta situarse a la vanguardia de la revolución digital: ya sea porque no está dispuesta a apostar por la innovación, porque no ve las aplicaciones prácticas de sus propios desarrollos, o porque no reconoce las tretas legales de empresas menores, pero más flexibles…

El problema, en la mayoría de los casos, es que la estructura jerárquica estrangula la sinergia.

 

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Steve Wozniak y Steve Jobs.

 

Los cuatro pilares de la revolución digital

Hasta aquí hemos hablado de los elementos dinamizadores de revolución digital. Pero Los innovadores también nos invita a reflexionar sobre la revolución en sí misma… y sobre si alguna de sus características podría haber sido diferente.

Al parecer, 1937 fue un año seminal.

«En 1937 (…) empezaron a surgir nuevos enfoques, tecnologías y teorías (…), y el resultado sería el triunfo de las cuatro propiedades, en cierto modo interrelacionadas, que vendrían a definir la informática moderna.

Digital. Un rasgo fundamental de la revolución informática es que esta se basó en computadores digitales, no analógicos. Esto fue así por muchas razones (…), entre ellas los avances simultáneos en la lógica electrónica, los circuitos y los interruptores electrónicos, que hicieron que el enfoque digital resultara más fructífero que el analógico. (…)

Binaria. (…) En la década de 1940 resultó cada vez más evidente que el sistema binario funcionaba mejor que otras formas digitales —incluido el sistema decimal— a la hora de realizar operaciones lógicas empleando circuitos integrados por interruptores de encendido y apagado.

Electrónica. A mediados de la década de 1930, el ingeniero británico Tommy Flowers promovió el uso de tubos de vacío como interruptores de encendido y apagado en circuitos electrónicos. Hasta entonces, los circuitos se basaban en interruptores mecánicos y electromecánicos. (…)

Universal. Por último, a la larga las máquinas tendrían la capacidad de ser programadas y reprogramadas —y hasta de reprogramarse a sí mismas— para toda una serie de objetivos diversos».

Lo asombroso es que la era digital que habitamos hoy (ochenta años más tarde) se sigue sustentando en esos cuatro pilares.

Los tenemos tan incorporados que, para aquellos que no somos ingenieros, «analógico» es sinónimo de antiguo —de anterior a lo digital—, cuando en esencia un sistema digital es aquel que emplea dígitos para realizar sus cálculos, y un sistema analógico es aquel que funciona por analogía —simulación— de los fenómenos físicos que se desean calcular.

El establecimiento del estándar digital en informática se debió a la coyuntura tecnológica de la década del treinta, lo que no implica que el enfoque analógico sea menos válido. De hecho, su problema quizás radique (a diferencia de lo que solemos pensar) en que requiere de un poder computacional mucho mayor.

Como bien nos recuerda Isaacson, por más que von Neumann ya lo hubiese planteado en la década del 50…

«No sería hasta la década de 2010 cuando los informáticos, al tratar de imitar el comportamiento del cerebro humano, empezarían a trabajar en serio en formas de reavivar la computación analógica».

 

Las lecciones del viaje

El exhaustivo repaso que propone Los innovadores permite extraer del anecdotario histórico una serie de lecciones interesantes.

Frente a los muchos conflictos de intereses que surgieron a lo largo de los años, Isaacson —lejos de juzgarlos o intentar sacar conclusiones— expone con la mayor objetividad posible las posturas de las personas involucradas.

De este modo, no solo nos anima a analizar los datos por nuestra cuenta, sino que nos sugiere (al menos) dos lecciones fundamentales.

En primer lugar, nos hace ver que de todos los puntos de vista pueden extraerse elementos válidos. Y en segundo, que cosas que hoy asumimos como inamovibles partieron de decisiones puntuales tomadas por un conjunto de personas en un momento determinado. Si esas personas hubieran elegido otro camino, es probable que nuestro mundo fuera un poco distinto de lo que es. ¿Para mejor o peor? Eso nunca lo sabremos.

Pero veamos algunos casos concretos.

 

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Paul Allen y Bill Gates.

 

Dominio público versus patentes

Partiendo de la discusión entre von Neumann, por una parte, y Eckert y Mauchly, por otra, respecto a si los conceptos empleados en el diseño del EDVAC y el ENIAC (dos ordenadores desarrollados por Estados Unidos en la década del cuarenta) debían ser de dominio público o estar patentados, Isaacson plantea que:

«Estas disputas sobre patentes fueron las precursoras de una cuestión clave en la era digital: ¿se debería compartir libremente la propiedad intelectual e incorporarla siempre que fuese posible al dominio público y al procomún del software de código abierto?

Esa vía, que fue la que siguieron en gran medida quienes desarrollaron internet y la red, puede espolear la innovación mediante una rápida diseminación y una mejora colectiva de las ideas.

¿O deberían protegerse los derechos de propiedad intelectual y permitirse que los inventores sacasen provecho económico de sus ideas e innovaciones privativas?

Esta otra vía, que es la que adoptaron mayoritariamente los sectores del hardware para ordenadores, la electrónica y los semiconductores, puede proporcionar incentivos económicos e inversiones de capital que fomenten la innovación y recompensen la toma de riesgos».

Plantear ambas posturas con semejante ecuanimidad, le permite analizar sus pros y sus contras sin forzarnos a tomar posición. Incluso cuando la tendencia adoptada por la revolución digital resulta más que evidente:

«En los setenta años transcurridos desde que Von Neumannn, con la publicación de su borrador de informe, hizo que el EDVAC fuera de dominio público, la tendencia ha sido, salvo en contadas, aunque notables excepciones, hacia un enfoque más privativo. En 2011 se alcanzó un hito significativo: Apple y Google gastaron más dinero en pleitos y pagos relacionados con patentes que en la investigación y el desarrollo de nuevos productos».

 

Los chicos el hardware, las chicas el software

A principios de la década de los cincuenta se produjo un fenómeno que, visto desde nuestros días, podría parecer asombroso: todas las programadoras que crearon el primer ordenador de propósito general fueron mujeres.

Este dato —que tomado de manera aislada podría hacernos suponer que, por entonces, se habían alcanzado cuotas de igualdad de género superiores a las actuales— nos muestra que el único modo de calibrar los fenómenos sociales es por medio del enfoque holístico.

Jean Jennings Bartik, una de las programadoras entrevistadas por Isaacson, lo explica muy bien:

«Aunque crecimos en una época en la que las posibilidades de desarrollo profesional de las mujeres eran por lo general bastante limitadas, contribuimos al inicio de la era de los ordenadores. Eso sucedió porque, en aquella época, muchas mujeres estudiaban matemáticas, y existía una gran demanda de sus conocimientos.

Pero también se daba un hecho irónico: los chicos, con sus “juguetitos”, pensaban que la tarea más importante era el ensamblaje del hardware, y que ese era, por tanto, un trabajo de hombres.

Por aquel entonces la ciencia y la ingeniería estadounidense eran aún más sexistas que hoy en día. (…) Si los encargados del ENIAC hubiesen sabido lo fundamental que sería la programación para el funcionamiento del computador electrónico y lo compleja que resultaría ser, quizás se lo habrían pensado dos veces antes de asignar tan importante tarea a mujeres».

Lo dicho, no es oro todo lo que reluce.

 

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Tim Berners-Lee.

 

Cultura hacker

La palabra hacker es quizás la más desvirtuada dentro del imaginario de la era de la información.

El termino cracker —como forma de referirse a aquellas personas que rompen o vulneran un código de seguridad con propósitos ilícitos— no ha cuajado entre la mayoría de los ciudadanos (al menos en nuestro idioma), con lo cual, se le sigue endilgando esa etiqueta a los hackers.

En ese sentido, Los innovadores hace un marcado esfuerzo de desambiguación. Primero explicando los orígenes del término (algo que no transcribiré para no estropearte la sorpresa) y luego explicando los tres aspectos que guían su cultura.

El origen del término hacker se remota a la década del sesenta —cuando los ordenadores personales e internet pertenecían al terreno de la ciencia ficción— y está directamente asociado al desarrollo del primer videojuego para ordenador: Spacewar! (un trabajo colaborativo).

Partiendo de este contexto, Isaacson extrae una serie de conclusiones:

«Spacewar! subrayó tres aspectos de la cultura hacker que se convirtieron en pilares de la era digital. Para empezar, había sido creado en equipo. (…) En segundo lugar, se trataba de un software gratuito y abierto a la participación. En tercer lugar, se basaba en el convencimiento de que los ordenadores debían ser personales e interactivos».

Es justo reivindicar el papel de la cultura hacker —en su acepción original— en el desarrollo de la revolución digital. Un papel igual de importante (como nos recuerda el subtítulo de la edición inglesa) que el desempeñado por los genios y los geeks.

 

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Linus Torvalds.

 

Internet

¿Qué duda cabe a estas alturas de que internet ha cambiado nuestras vidas? El simple hecho de que estés leyendo este artículo lo demuestra.

Se ha hablado tanto (y tanto más se hablará) sobre ella que resulta (casi) imposible decir algo sorprendente.

Y, sin embargo, Los innovadores lo consigue.

Como dije al principio del artículo, soy un lego en la materia —por lo que es probable que hayas leído esta reflexión en otra parte—, sin embargo, a mí me ha parecido tan novedosa que quiero compartirla contigo (algo muy acorde, por cierto, con el espíritu de la red).

En su relato de los orígenes de internet (o de ARPANET, para ser precisos), Isaacson se esfuerza en señalar la relación existente entre lo que es internet y el modo en que internet se creó. La idea de que el proceso que conduce a un hito conceptual sea coherente con el hito que se persigue me resulta fascinante… Pero mejor será explicarlo con ejemplos.

Al hablar de la atribución de méritos en la creación de internet, Isaacson explica lo siguiente:

«La mayoría de los creadores de internet prefirieron (por usar una metáfora acorde) un sistema de reconocimiento plenamente distribuido. De forma instintiva, aislaron y evitaron cualquier nodo que tratara de reclamar un papel más significativo que el de los demás. Internet nació de un espíritu de colaboración creativa y de toma de decisiones distribuida, y sus fundadores querían proteger ese legado. Quedó arraigado en sus personalidades y en el ADN del propio internet».

Una simbiosis similar se produjo entre los estamentos involucrados en su creación y las características estructurales de internet.

«La interrelación de propósitos militares y académicos quedó arraigada en internet. “El diseño tanto de ARPANET como de internet primó los valores militares —como la capacidad de supervivencia, la flexibilidad y un alto rendimiento— frente a objetivos comerciales como el bajo coste, la sencillez o el atractivo para el consumidor”. (…)

Al mismo tiempo, el grupo que diseñó y construyó las redes de la ARPA estaba dominado por científicos académicos que incorporaron al sistema sus propios valores de colegialidad, descentralización de la autoridad e intercambio abierto de la información».

No sé a ti, pero a mí estos vínculos me han dado mucho que pensar. En especial si los extrapolamos hacia el futuro.

Solo por poner un ejemplo, preguntémonos: ¿cuáles son las características que definen a la informática cuántica?, ¿y de qué modo podrían traducirse en su proceso de gestación? No me dirás que no son preguntas interesantes, tanto para ingenieros informáticos como para escritores de ciencia ficción.

 

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Serguéi Brin y Larry Page

 

Espíritu wiki

La cantidad de ideas que pueblan este ensayo podrían dar pie a varios artículos. Sin embargo, como mi intención es escribir solo uno (y ya va siendo hora de cerrarlo) he querido dejar para el final una inspiradora reflexión sobre Wikipedia.

«Se trata de un milagro imprevisto, como cuando “el mercado” decide cuánto pan tiene que haber en la tienda. La Wikipedia, sin embargo, es un fenómeno aún más inusitado que “el mercado”: no solo la gente aporta gratuitamente todo ese material, sino que está a tu alcance sin coste alguno. El resultado ha sido el mayor proyecto cooperativo de la historia en el ámbito del conocimiento.

Entonces, ¿por qué contribuye la gente?

El profesor de Harvard Yochai Benkler califica a la Wikipedia —junto con otros proyectos de software de código abierto y otro tipo de iniciativas de cooperación— de ejemplos de “producción basada en el patrimonio común de la ciudadanía”.

“Su característica fundamental es que los grupos de personas colaboran con éxito en proyectos a gran escala siguiendo una variada serie de impulsos motivacionales y señales sociales, en lugar de guiarse por los precios del mercado o por las órdenes de una organización”, explica. “Entre estas motivaciones se encuentra la satisfacción psicológica de interactuar con otros y la gratificación personal por realizar una labor útil”».

He elegido cerrar con esta cita por dos razones.

La primera es el concepto de «producción basada en el patrimonio común de la ciudadanía». La Wikipedia no solo ha demostrado que no es una entelequia —una idea naíf de uno grupo de utopistas—, sino una pulsión social plausible de ser empleada, un motivador capaz de llevar a la práctica proyectos cooperativos basados en el bien común… Y teniendo en cuenta lo que ha llegado a ser la Wikipedia en menos de veinte años, esa idea me da esperanzas.

La segunda es más personal:

Al referirse a las motivaciones que nos llevan a emprender este tipo de proyectos, Benkler recalca «la satisfacción psicológica de interactuar con otros y la gratificación personal por realizar una labor útil».

… Y lo cierto es que son esas motivaciones, precisamente, las que me animan a escribir estos artículos.

 

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Jimmy Wales.

 

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