Escribir estos artículos ha cambiado, hasta cierto punto, mi forma de leer. Y digo «hasta cierto punto» porque las buenas novelas siempre me habían sugerido temas tangenciales. Sin embargo, antes de empezar este blog no habían sido más que intuiciones. Ahora, al forzarme a dejarlas por escrito, mi experiencia lectora se ha convertido en algo más hondo.

Debido a eso, hace unos meses decidí releer una de mis novelas favoritas (Los desposeídos, de Ursula K. Le Guin) y el resultado, en lo personal, fue más que gratificante. Así que, desde entonces, he estado pensando en hacer lo mismo con otras novelas que me hayan marcado.

Mi mayor temor al respecto sigue siendo desmitificarlas. Descubrir que libros que han sido importantes en otros momentos de mi vida, ahora han dejado de serlo. Claro que esa experiencia también es útil porque, dado que los libros no han cambiado, el cambio de perspectiva refleja mi cambio como lector… o como persona.

Ese cambio de perspectiva fue, precisamente, lo que experimenté al regresar a Marte Rojo, de Kim Stanley Robinson (Red Mars, Bantam Spectra, 1993), una novela que leí por primera vez hace más de quince años.

Y lo más interesante es que (al margen de mi cambio como lector) la experiencia me ha revelado otra cosa que desconocía: que una misma novela, en distintos momentos de la vida, puede resultarte excelente por razones completamente distintas.

 

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Redescubrimiento

Si hace unos meses me hubieras preguntado de qué iba Marte Rojo, te habría dicho que era una novela sobre la conquista de Marte —y al hablar de «conquista» me refiero a la construcción de infraestructuras y a las técnicas de terraformación (algo mucho más evidente en Marte Verde)— que, en su parte final, se convierte en una novela épica, con batallas y catástrofes naturales…

Sin embargo, lo que acabo de leer es una novela utópica que, en su parte final, se convierte en un tratado de sociología política.

Obviamente, no es la novela la que ha cambiado.

Cuando la leí por primera vez estaba acabando la carrera de arquitectura, por lo que es lógico que la imaginería técnica acaparara mi atención; ahora…

Ahora mis intereses son otros.

Afortunadamente (como decía al hablar de Invasiones, de Ismael Martínez Biurrun), lo que caracteriza a las grandes novelas es su condición polisémica. Su capacidad de admitir múltiples lecturas. Y la riqueza del lienzo que propone Marte Rojo nos permite priorizar aquellos elementos que mejor reflejen nuestro momento vital.

 

Cambio de perspectiva

La primera parte de la novela se desarrolla en Nicosia: una ciudad humana en Marte que Robinson describe al dedillo.

Recordaba de mi primera lectura que la ciudad estaba cubierta por una «tienda» kilométrica (tan grande que sus calles parecían estar al aire libre) descrita con asombrosa verosimilitud:

«Un suizo daba explicaciones a un grupo de visitantes, señalando con aire satisfecho:

—Una membrana exterior piezoeléctrica genera electricidad a partir del viento. Luego hay otras dos láminas: una capa aislante de airgel y una membrana antirradiación que con el tiempo enrojece y tiene que ser sustituida. Es más transparente que una ventana, ¿no?»

Lo que no recordaba era lo que ocurría en sus calles.

«Apiñados en una plaza como mejillones en una roca, un grupo de árabes bebía café. Los árabes habían llegado a Marte hacía solo diez años, pero ya eran una auténtica comunidad. Tenían un montón de dinero, y se habían asociado a los suizos para construir un cierto número de ciudades, incluyendo esta última. (…) Árabes y suizos. Parecía una combinación extraña, pero funcionaba bien».

La primera vez que leí este pasaje no llamó mi atención. Por entonces jamás hubiera imaginado que terminaría viviendo en Suiza. Sin embargo, aquí estoy desde hace cuatro años y puedo asegurarte que, aunque parezca mentira: la mezcla de árabes y suizos (sobre todo en verano) puede parecer una combinación extraña, pero funciona bien.

Lo atinada que me resultó esa observación (y el hecho de que apareciera en las primeras páginas) me hizo estar atento a otros análisis sociológicos y, gracias a ese «fortuito» cambio de enfoque, descubrí un libro distinto al que leí a los veinte años, pero tan estimulante como aquel.

 

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Aclaración previa

Una vez terminado este artículo, he descubierto que es el más largo que he escrito. Más incluso que el que escribí sobre CloroFilia, Domori y 36 (que rondaba las cuatro mil palabras).

Así que, para que puedas disfrutarlo con calma he decidido hacer lo mismo que en aquel y separarlo en dos partes.

Eso sí, como mi intención no es hacerte esperar, la semana que viene volveré a mi antigua rutina: el martes publicaré la prospectiva del siglo XXI y el viernes, la segunda parte de este artículo.

Hecha la aclaración, sigamos adelante.

 

Sociología Política

En la segunda parte de la novela (titulada «El viaje»), Robinson sienta las bases de todos los temas que desarrollará más adelante. La nave que transporta a «los primeros cien» colonos le sirve de entorno controlado donde exponer, a grandes rasgos, tanto sus relaciones y conflictos personales como los debates científicos, sociológicos y éticos que desea abordar.

Ya desde entonces queda claro que su enfoque sociológico es claramente político.

Ahora bien, ¿cómo se relacionan la Sociología y la Ciencia Política? Y, ¿qué es la «sociología política» de la que hablé más arriba?

Francisco José Llera Ramo, Catedrático de Ciencia Política en la Universidad del País Vasco, lo explica con detalle en su artículo «Ciencia Política y Sociología Política: la necesaria reconstrucción de la interdisciplinariedad», del que solo extractaré el primer párrafo:

«Las relaciones entre Ciencia Política y Sociología, desde un punto de vista sistemático, afectan a todo aquello que tenga que ver con las mutuas interferencias entre los fenómenos sociales y los políticos (…). Se trata, por otro lado, de condicionantes recíprocos que ambos ámbitos comparten con los fenómenos económicos, los culturales, los psicológicos o los jurídico-formales, por citar sólo algunos».

De estas interrelaciones, precisamente, es de lo que habla Kim Stanley Robinson a lo largo de su novela.

 

Manifiesto

Más adelante expondré sus planteamientos respecto a la historia, la economía y la religión (entendida como fenómeno cultural) y, en la segunda parte del artículo, el vínculo entre los «fenómenos jurídicos-formales» y el pragmatismo corporativo.

Sin embargo, dado que Marte Rojo es, ante todo, una novela de ciencia ficción deudora de los utopistas de principios del siglo XX, no debería extrañarnos que el punto culminante de su segunda parte sea el discurso (el manifiesto político) de Arkady Bogdanov: un personaje que es descendiente directo (según Robinson) de Alexander Bogdanov, autor de la novela utópica Estrella roja.

¿Y qué dice su discurso/manifiesto?

Lo transcribiré literalmente porque no tiene desperdicio:

«—¡Lo único que digo es que hemos venido a Marte para siempre! —exclamó Arkadi, mirándola con ojos desorbitados—. Vamos a hacer no solo nuestros hogares y nuestra comida, sino también nuestra agua y el aire mismo que respiramos… todo en un planeta donde faltan esas cosas. Podemos hacerlo; tenemos una tecnología que manipula la materia hasta el nivel molecular. ¡Una capacidad de verdad extraordinaria! Y, sin embargo, algunos de los que están aquí pueden aceptar transformar la total realidad física de este planeta sin intentar cambiarnos a nosotros mismos o nuestra manera de vivir. Somos científicos del siglo veintiuno en Marte, pero, al mismo tiempo, vivimos dentro de un sistema social del siglo diecinueve, basado en las ideologías del siglo diecisiete. Es absurdo, es disparatado, es… es… —Se agarró la cabeza con las manos, rugió:— ¡No es científico! Y digo que entre todas las cosas que transformaremos en Marte, tendríamos que estar nosotros y nuestra realidad social. No solo hemos de terraformar Marte; tenemos que terraformarnos nosotros mismos».

La confrontación entre esas ideas utópicas (alternativas) de sociedad y los poderes establecidos (con los tipos de sociedades que determinan) es la base sobre la que se estructura toda la novela.

 

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Defender la utopía

Recuerdo que, en mi primera lectura, la quinta parte de Marte Rojo fue la que menos me gustó. Me pareció que Robinson había empleado la investigación de unos atentados terroristas como MacGuffin para pasearnos por el planeta. Y si bien los avances que describía eran interesantes, la historia en sí no solo era aburrida, sino que se resolvía de manera precipitada.

Ahora, tras leerla por segunda vez, sigo pensando que la investigación es un MacGuffin, pero he comprendido que su objetivo no es pasearnos por el planeta, sino mostrar el nacimiento de un líder revolucionario… y de paso exponer con lujo de detalle sus propuestas utópicas.

No es casual que el título de esa quinta parte sea «Entrando en la historia».

Y si bien es cierto que puede ser discutible la validez de las «novelas de tesis», sus planteamientos respecto a la historia, la economía o la religión resultan más que interesantes.

 

Eso que ocurre cuando no estás mirando

A lo largo de su viaje por Marte, las reflexiones de John Boone (el primer hombre en pisar el planeta y el responsable de la investigación) sirven de altavoz para las opiniones de Robinson. Y hay algunas muy interesantes, como la que voy a transcribir a continuación:

«Rodó hacia el oeste en piloto automático, subiendo y bajando duna tras duna, sin ver nada, inmerso en el intento de entender qué era exactamente la historia. Y tuvo la impresión, mientras continuaba viajando un día tras otro, de que la historia era como esa vastedad que siempre estaba detrás del estrecho horizonte, invisible excepto en sus efectos. Era lo que ocurría cuando no estabas mirando: una desconocida infinidad de sucesos descontrolados que lo controlaban todo».

Debo admitir que este párrafo me recordó una famosa frase de Joseph A. Schumpeter:

«La Historia es un compendio de “efectos”, la mayoría de los cuales nadie tenía intención de producir».

Sin embargo, dado que la utopía propuesta por Robinson está en las antípodas de la visión de Schumpeter, su reflexión no termina ahí.

«Cuando lo pensaba se resistía a creerlo (…), ¡no era justo, tenía que luchar contra eso!

Y, no obstante, ¿cómo? Algún tipo de planificación social… estaba claro que la necesitaban. (…) Sociedades sin planes, eso era la historia; pero la historia hasta ahora había sido una pesadilla, un enorme compendio de ejemplos que convenía evitar. No. Necesitaban un plan. Tenían aquí la oportunidad para un nuevo comienzo, necesitaban ahora imaginar el futuro».

Si la primera parte de la cita lo acercaba a Schumpeter, esta parece desprender cierto tufo a plan quinquenal.

Pero la brillantez de Robinson (y esto es lo que me interesa recalcar porque se expresa en la totalidad de la obra, no en ejemplos concretos) radica en exponer las ambigüedades y sutilezas de cualquier innovación social, los contrastes entre la idea y su puesta en práctica, y los conflictos inherentes a todo cambio en el status quo.

Es en la exposición de esa complejidad donde la novela alcanza sus mayores cotas.

 

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Impermanencia

A lo largo de la novela (y especialmente en su quinta y sexta parte) Robinson describe la traslación de diversas religiones al contexto marciano desde una perspectiva casi antropológica (marcada por el enfoque racionalista de los personajes principales).

Incluso crea una nueva religión (o al menos un nuevo ritual), asociada específicamente al planeta rojo, de la que prefiero no hablar para no caer en spoilers.

Sin embargo, de entre todas las religiones que presenta, aquella que más explora es el islam, y dentro de esta su vertiente sufí.

En una entrevista para Jot Down, Josep Lapidario le preguntó por esto y Robinson dijo que:

«En Marte quería que apareciera la cultura islámica (…). Investigué la tradición mística, humanista y liberal del islam, en oposición a las partes conservadoras, salafistas, wahabitas, controladoras y totalitarias del islam. Todas las grandes religiones parecen tener un ala liberal y otra conservadora, y en el islam me interesé por la tradición sufí porque me parecieron en cierto modo hippies místicos del siglo XII…»

En efecto, la escena en la que John Boone visita un campamento de bailarines derviches resulta especialmente lírica.

Tras realizar la danza derviche (y rozar la trascendencia) Bone necesita vomitar (experimenta su condición material) y, mientras lo hace, otra bailarina derviche le cuenta un pequeño relato sobre la impermanencia. Otro conceptos clave para entender la novela.

«El rey pidió a sus sabios una única cosa que lo hiciera feliz cuando estuviera triste, pero triste cuando estuviera feliz. Los sabios se reunieron y regresaron con un anillo que tenía grabado un mensaje: “Esto También Pasará”».

 

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Eco-economía

En la construcción de un ideario utópico, uno de los conceptos más sugerentes del libro es la idea de eco-economía.

Sobra decir que es más que discutible, pero, como punto de partida para el debate, es excelente… Recordemos que Marte Rojo bebe de la ciencia ficción utópica de principios del siglo XX. Y sin duda el principal objetivo de aquella literatura era plantear ideas originales para proyectar el futuro.

El concepto «eco-ecología» se expone a través de un diálogo bastante extenso (y matizado) entre John Boone y otros dos de los primeros cien colonos. Dado que es imposible transcribirlo entero, procuraré extractar sus ideas principales.

«La ecuación básica es simple, la eficacia es igual a las calorías que expulsas, divididas por las calorías que absorbes, multiplicadas por cien para entenderlo como porcentaje. (…) El problema es el cálculo de los valores. (…) Hemos tenido que asignar valores numéricos calóricos a todas las actividades, y luego continuar desde ahí. (…) ¡Esa es nuestra eco-economía! Todo el mundo tendría que ganarse el pan, por decirlo de algún modo, de acuerdo con su contribución a la ecología humana. Cualquiera puede acrecentar su eficacia ecológica si reduce las kilocalorías que emplea (…). Pero aquí (…) debería haber una ley por la que se retribuyera a la gente de acuerdo con su contribución al sistema».

Claro que esto —dependiendo de cómo se mida— podría determinar que el trabajo artístico no genera «contribución calórica», con lo que se estaría propiciando una sociedad exclusivamente técnica. Todo depende de lo que se elija medir, y esa decisión, en última instancia, es ideológica.

Robinson, que es consciente de ello, se asegura de que uno de sus personajes deje clara su postura:

«Hemos intentado medir lo que devuelven al sistema en términos de bienestar físico. ¿A qué equivale la actividad en términos de comida, agua, vivienda, ropa o asistencia médica, o educación o tiempo de ocio?»

Podría decirse que esos valores son arbitrarios, o imposibles de cuantificar, sin embargo, otro de sus personajes plantea que…

«… eso es parte importante de la economía: gente que, arbitrariamente o por una cuestión de gusto, asigna valores numéricos a cosas que no son numéricas. Y luego pretende que no ha inventado los números».

No me dirás que no es un buen arranque para un debate.

 

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La ciencia ficción (también) es política

Recordaba de mi primera lectura que la quinta parte del libro terminaba con un discurso.

Y recordaba que el discurso me había gustado…, o al menos recordaba que John Boone, tras auparse en su condición de líder, soltaba una proclama inflamatoria que había hallado eco en mi rebeldía veinteañera.

Así que esta segunda vez estuve pendiente.

Y lo que descubrí fue una soflama idealista que podría parecer panfletaria si en las cien páginas anteriores Robinson no se hubiera encargado de anclarla en la realidad.

Cuando empecé a releer Marte Rojo, estaba convencido de que transcribiría algunos fragmentos. Pero he decidido no hacerlo.

Si lo hiciera los tacharías de simplistas (lo sé porque yo mismo lo haría, si no hubiera leído el libro), así que, en lugar de transcribir partes del discurso, lo situaré dentro de la historia.

 

Utopía dinámica

He dicho más de una vez que Marte Rojo se asocia a la ciencia ficción utópica, pero en realidad hace más que eso.

Marte Rojo es una puesta a punto (una actualización, si quieres) de aquella tradición de principios del siglo XX.

El propio Robinson lo explica en detalle en la entrevista de Josep Lapidario:

«Sigo la definición de utopía que esbozó H. G. Wells: un tipo dinámico de historia sin un punto final; no es un estado perfecto sino un proceso continuo en el que cada avance es amenazado y debe ser defendido, a riesgo de que se pierda y se vuelva hacia atrás. Joanna Russ, una gran escritora americana de ciencia ficción, solía hablar de optopía: dadas ciertas condiciones iniciales, se intenta llegar a una situación política óptima. Este enfoque es mejor para contar historias: esquivas así el tropo del “paseo por un zoo” típico de las narraciones sobre utopías: la Utopía de Tomás Moro tiene un poco de historia, pero es sobre todo la descripción de una sociedad estable. Desde Los desposeídos de Ursula K. LeGuin, e incluso antes, se han contado de un modo u otro historias de utopías dinámicas».

Vista desde esta perspectiva, podría decirse que la quinta parte del libro comienza como un «paseo por el zoo» de esa posible utopía marciana para expresarse al fin (en el discurso de John Boone) como una optopía posible. Dicho de otra forma, su discurso sugiere lo que podría llegar a ser una situación política óptima; en contraposición a nuestra realidad actual.

Es por eso que, sacado de contexto, su discurso puede sonar naíf: porque la construcción política desarrollada por la novela solo adquiere sentido en el contexto de la novela.

Ahora bien, el discurso de John Boone se ubica, aproximadamente, en la mitad de la novela. Y en la segunda mitad de Marte Rojo Robinson contrapone su utopía a la realidad social, política y económica, sobre la que pretende establecerse.

Eso es lo que intentaré diseccionar en el artículo de la semana que viene.

Nos vemos entonces.

 

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