En el artículo de la semana pasada procuré presentar algunos ejemplos de la utopía marciana que Kim Stanley Robinson propone en Marte Rojo (Red Mars, Bantam Spectra, 1993).

Comenté también que esa posible utopía se expresa al fin como una optopía posible a través del discurso de John Boone o, dicho de otra forma, que su discurso sugiere lo que podría llegar a ser una situación política óptima; en contraposición a nuestra realidad actual.

Pero en esa frase la palabra clave es «contraposición».

Robinson sabe (y lo dice explícitamente en la entrevista que Josep Lapidario le realizara para Jot Down) que, «Desde Los desposeídos (…) se han contado de un modo u otro historias de utopías dinámicas». Lo que significa que, en la actualidad, la ciencia ficción utópica no puede limitarse a describir sociedades estables.

Las sociedades complejas en las que vivimos han favorecido nuestra concepción de la realidad como una interacción de sistemas. Lo que no significa que los comprendamos, pero sí que cualquier intento de proponer una sociedad alternativa debe tenerlos en cuenta.

Y es en eso, precisamente, en lo que Robinson centra sus esfuerzos en la segunda mitad del libro: en contraponer su propuesta teórica a la realidad social, política y económica en la que intenta plasmarse… empleando para ello la sociología política.

 

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Los límites del marco jurídico

Las interacciones entre sociedad, política y marco jurídico (imprescindibles, según Llera Ramo, en cualquier análisis de sociología política) son abordadas en Marte Rojo a través del «nuevo tratado» entre Marte y la Tierra. Un tratado que determinará todos los sucesos de la sexta parte del libro…, titulada (por si no quedara claro) «Armas bajo la mesa».

Robinson acierta en elegir como protagonista a un político y presentarlo como un ser de carne y hueso. Es decir, como una persona con claroscuros: con sus mezquindades, pero también con sus aciertos.

Al principio lo vemos dedicar todos sus esfuerzos a lograr que el tratado preserve la (relativa) independencia de la que disponían los residentes en Marte. Un fin muy acorde con los planteamientos utópicos descritos anteriormente… aunque los medios que emplee para conseguirlo sean un poco más enrevesados.

«Había conseguido que los intereses rivales colisionaran en ángulos ya convenidos (…). El resultado no era muy distinto de la primera versión del tratado, tanto en lo tocante a la emigración como a la inversión, las dos principales amenazas para el statu quo (si había tal cosa en el planeta), bloqueadas en su mayor parte, y además (eso era lo inteligente) bloqueándose entre sí. Era un buen trabajo y lo firmó con una floritura».

Sin embargo, tras esta supuesta victoria, Robinson hace explícito un hecho que hasta entonces solo se había sugerido.

En la práctica, el tratado político no es más que una fachada que, más que regular, justifica los constantes incumplimientos de los poderes económicos.

Lo que para el político es su trabajo esencial (porque sigue confiando en que aquello que negocie determinará el marco de convivencia) para los poderes económicos no es más que un ejercicio de marketing, un pretexto para blanquear sus propias agendas.

Una vez más, soy consciente de que (al exponerlas fuera de contexto) estas ideas pueden parecer panfletarias. Pero el mérito de Robinson consiste en mostrar que este tipo de procesos son básicamente burocráticos, que se desarrollan en segundo plano.

Los poderes económicos presentes en la novela no hacen grandes discursos, ni declaraciones públicas, tampoco toman medidas demasiado radicales (no vaya a ser que escalden a la rana), sin embargo, en todos los casos se salen con la suya.

 

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Efectos sin intención

Como decía Schumpeter, «La Historia es un compendio de “efectos”, la mayoría de los cuales nadie tenía intención de producir». Pero esos efectos existen, y determinan la realidad, y Kim Stanley Robinson se encarga de mostrarlos.

Describe la precariedad, el sometimiento a estructuras mafiosas, los abusos y el subempleo que sufren los inmigrantes terrestres al llegar a Marte.

Reconozco que llamar a uno de sus asentamientos «El Paso» resulta excesivo (una de esas literalidades que anulan cualquier sutileza), pero las sociedades que describe… y en especial sus arrebatos de caótico (improvisado) empoderamiento son de una gran lucidez.

El idealismo abstracto y progresista expuesto anteriormente es enarbolado aquí por colonias de desposeídos cuyo objetivo primordial es satisfacer sus necesidades básicas. Para los «revolucionarios» marcianos el anhelo de avance social es una mera entelequia… Sus revueltas parten de la indignación, antes que de la ideología.

 

Populismo, caso práctico

Semejante caldo de cultivo resulta más que propicio para el populismo. Y dado que su protagonista es un político, Robinson aprovecha el contexto para mostrar, de primera mano, la complejidad del fenómeno.

La situación es la siguiente: en una de las colonias se produce una revuelta por lo que Frank Chalmers (el protagonista) debe ir hasta allí para hablar con la multitud.

Prefiero transcribirte la escena sin hacer comentarios. Eso sí, dado que es bastante larga (y que contiene cierta información que podría considerarse spoiler), eliminaré algunos pasajes intermedios.

«Frank aporreó la puerta del vestíbulo de la antecámara; al fin lo dejaron entrar, y fue recibido por una multitud de jóvenes enfadados. (…)

—¡De acuerdo! ¡Aquí estoy! —gritó Frank—. ¿Quién habla por ustedes? —No había ningún portavoz. Maldijo entre dientes—. Pero ¿ustedes son idiotas, o qué? Será mejor que aprendan a entender el sistema o siempre caerán en alguna trampa.

Muchos lo increparon, pero la mayoría quería oír lo que tenía que decir. Chalmers gritó: —¡De acuerdo, hablaré con todos!

(…) Frank les preguntó por las condiciones de vida en las tiendas. Tenían las mismas quejas que los otros, y de nuevo pudo anticiparlas y comentarlas.

—Conseguí una moratoria sobre la emigración, y eso significa (…) el comienzo de una nueva etapa en la relación entre los Estados Unidos y la UN. En Washington se han enterado al fin de que la UN trabaja para las trasnacionales. (…) El tratado es ahora parte de la batalla, de la batalla entre la gente y las trasnacionales. ¡Ustedes están en la batalla y han sido atacados, y son ustedes quienes deben descubrir a quién hay que devolver el golpe y cómo contactar con gente amiga! (…) Con el tiempo ganaremos, y ustedes lo saben. Somos más numerosos.

Ya estaba bien de mostrar la zanahoria. Respecto al palo, siempre era más fácil con gente sin recursos.

—Miren, si los gobiernos nacionales no encuentran una solución rápida (…), dirán: al infierno… que las transnacs resuelvan ellas mismas sus problemas (…). Y ya saben lo que eso significa.

Tardaron un rato en llegar a un acuerdo: desarme, cooperación, organización, solicitud de ayuda y de justicia al gobierno norteamericano. En realidad, ceder en todo. Claro que llevó un rato. Y de paso tuvo que prometer que atendería todas las quejas, repararía todos los agravios, solucionaría todas las injusticias. Era ridículo, obsceno; pero apretó los labios y lo hizo. Les aconsejó sobre las relaciones con los medios de comunicación y sobre las técnicas de arbitraje, les explicó cómo organizar células y comités, cómo elegir un líder. ¡Eran tan ignorantes! Hombres y mujeres jóvenes, cuidadosamente educados para ser apolíticos, para ser técnicos que creían detestar la política, lo que los convertía en arcilla en manos de los gobiernos, como siempre.

Y se marchó entre vítores».

No estaría mal que una escena como esta se debatiera en el instituto.

 

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La esencia

Tras bucear en las intrincadas relaciones ente el poder político, económico, jurídico y social… y antes de que estas relaciones los lleven a repetir (¿inexorablemente?) los errores del pasado, Robinson decide soltar una especie de clave —un recordatorio de que Marte Rojo sigue siendo una obra de ciencia ficción utópica— a ravés de una cita de Nietzsche.

Una cita que curiosamente (o no tanto) reverbera en el manifiesto/discurso de Arkady Bogdanov, que cerraba la segunda parte de la novela.

Tras su encuentro con los rebeldes, Frank retorna con su pareja y repasa, en su libro electrónico, las obras que había leído durante la negociación del nuevo tratado.

«Al parecer, en aquellos días se sentía atraído por Nietzsche. Al menos la mitad de los pasajes marcados eran de él, y al echarles una ojeada Frank no pudo descubrir el motivo, todo eran bobadas pomposas. Y entonces leyó algo que lo estremeció: “El individuo es, en su futuro y su pasado, una pieza del destino, una ley más, una necesidad más para todo lo que es y todo lo que será. Decirle ‘cámbiate a ti mismo’ significa exigir que todo cambie, incluso el pasado…”».

Sin embargo, mientras la frase de Niezsche pone el foco sobre el mundo exterior (hay que cambiarlo todo para cambiarse uno mismo), el discurso de Arkady Bogdanov da por hecho que ese cambio se ha producido (o que, al menos, se puede producir) y pone el foco sobre nosotros.

«Y digo que entre todas las cosas que transformaremos en Marte, tendríamos que estar nosotros y nuestra realidad social. No solo hemos de terraformar Marte; tenemos que terraformarnos nosotros mismos».

En esa resonancia reside la esencia utópica de la novela.

 

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Sobre el final

Una de las críticas que más se repiten respecto a Marte Rojo es su final abrupto.

De hecho, en mi primera lectura yo también tuve esa impresión. Era consciente de que formaba parte de un proyecto más amplio (por entonces aún no sabía que se trataba de una trilogía), pero incluso así me decepcionó.

Sin embargo, tras esta segunda lectura (y aunque siga sin convencerme a nivel narrativo) he comprendido que el final precipitado es una decisión intencionada por parte del autor.

Después de todo, si la novela se llama Marte Rojo, es lógico su final sea el final de ese Marte rojo al que llegaron sus protagonistas.

No puedo decir nada más sin caer en spoilers, pero sí puedo plantear una última reflexión.

Al fijar el cierre del libro en función de ciertos cambios geológicos (o «areológicos», para ser preciso) Robinson parece decirnos que hay cosas más importantes (más trascendentes, a largo plazo) que las relaciones sociales, políticas o económicas.

Si bien estas pueden influir (y sin duda influyen) en las condiciones ambientales, no debemos olvidar que, si somos actores, es gracias al escenario que nos sustenta.

Por lo tanto (y esta es, probablemente, la última lección del libro) la conservación de ese escenario debe ser una condición previa (incluso indispensable) a la hora de acometer cualquier cambio social… ya sea en Marte como en la Tierra.

 

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