Dado que el último artículo de Los ojos que miran fue una reivindicación de Ágora (Amenábar, 2009), puede parecer lógico que este vaya sobre Proyecto Lázaro (Mateo Gil, 2016); al fin y al cabo, es una película escrita y dirigida por su coguionista. Sin embargo, el germen de este post es anterior al de Ágora, incluso anterior al inicio de VISIÓN PROSPECTIVA. Sus ideas parten de la charla/debate que mantuve con mi esposa tras ver la película… y, a decir verdad, el motivo por el que no lo había escrito hasta ahora es el tema que aborda: reflexionar sobre la muerte en un post no resulta sencillo… y desde luego no atrae lectores.

Hace poco me enteré de que el cincuenta por ciento del éxito de un post se juega en su título y más del ochenta por ciento entre el título y las primeras cien palabras, así que si has llegado hasta aquí (valiente lector), espero que este artículo te sirva de punto de partida para tus propias reflexiones.

 

Tras abrir los ojos

De la colaboración entre Alejandro Amenábar y Mateo Gil han surgido algunas de las películas más estimulantes del cine español de las últimas décadas. No es necesario que las nombre (todos las conocemos), pero hay una que (a primera vista) parecería un antecedente directo de Proyecto Lázaro. Me refiero a Abre los ojos (Alejandro Amenábar, 1997).

No hago ningún spoiler al decir que ambas películas tienen un tema en común: la criogenia. Sin embargo, sí que debo hacer el spoiler definitivo de Abre los ojos para explicar sus diferencias, así que, si todavía no la has visto, pasa al siguiente apartado; te prometo volver sobre esto más adelante.

Si aún estás aquí es porque ya la has visto y, por tanto, ya sabes que la película transcurre durante la criogenia de César, su protagonista. El modo deslavazado en el que se presentan los hechos termina explicándose (en una genial vuelta de tuerca) como la representación onírica de sus recuerdos y traumas. La película termina, de hecho, en el momento en que César sale de su sueño criogénico y… abre los ojos.

Proyecto Lázaro, por el contrario, se centra en el antes y el después. La criogenia es una suerte de MacGuffin empleado para justificar las reflexiones del «antes» y atar esa historia con el «después». Marc, el protagonista de la historia, está plenamente despierto al experimentar sus recuerdos y traumas.

Fotograma de Abre los ojos

 

La decisión de Sampedro

Más cercana a las reflexiones de Proyecto Lázaro es su siguiente colaboración con Amenábar: Mar adentro (Alejandro Amenábar, 2004). La historia real del escritor tetrapléjico Ramón Sampedro, que batalló contra el Estado español para que se le reconociera el derecho al suicidio asistido.

Al margen de las ramificaciones sociales y dramáticas de la historia, la película plantea tres preguntas esenciales: ¿Es la vida un mero hecho fisiológico, o depende de condicionantes subjetivos que, en caso de no existir, la vacían de significado? ¿Pueden establecerse de modo genérico esos condicionantes? Y en caso de que un ciudadano sea mentalmente lúcido, pero físicamente dependiente, ¿quién debe decidir si su vida «merece» ser vivida, él o el Estado?

Resulta sumamente difícil exponer estas preguntas sin que su propia redacción predisponga un punto de vista. Me resulta difícil a mí, y seguramente tuvo que resultarles difícil a Amenábar y Gil que, de todos modos, no intentaron en ningún momento ocultar su postura. El propio Amenábar lo dice de forma explícita, en una entrevista de El País:

«Se trata más de una película reflexiva que reivindicativa. No era mi interés principal hablar de la eutanasia. Lo que me interesaba era Ramón Sampedro, el material humano, no he cargado las tintas sobre los aspectos jurídicos de la historia porque este tema se acabará legislando y yo quiero ir más allá. Aunque está claro que estamos con la postura de Ramón porque su vida era suya».

Fotograma de Mar adentro

 

¿Una obra en dos tiempos?

Para poder explicar cómo Proyecto Lázaro retoma esos temas, es necesario hablar primero de ciertos aspectos formales de la película.

Como dije en el apartado sobre Abre los ojos (atento quien haya tenido que saltárselo), Proyecto Lázaro se centra en el antes y el después del proceso de criogenia.

Esos dos tiempos (separados por 69 años) determinan la estructura de la película que, a primera vista, parece un díptico interconectado.

(El hecho de que se le haya dedicado el mismo metraje al «antes» que al «después» hace que la veamos como una obra en dos tiempos en la que el «antes» —nuestro presente— justifica y pone en contexto las decisiones del «después» —el momento futuro en el que el protagonista es revivido).

Sin embargo, el modo de filmar ambas partes fue tan distinto que su actor principal sufrió una pequeña crisis en mitad del rodaje; algo así no puede explicarse como una mera estrategia para separar dos tiempos.

(De hecho, dado que el «antes» es el presente y el «después» el futuro, para hacerlo hubiese bastado con subrayar los cambios estéticos y comportamentales ocurridos en esos años; cosa que, por cierto, la película también muestra).

La explicación para semejante contraste se explica en su resultado. En la película, el «antes» se relata de forma desordenada, a través de asociaciones visuales que conectan momentos distintos, sí, pero vinculados por un cierto estado de ánimo, o por la presencia de cierto personaje. Y (casualmente) cuanto mayor es el vínculo emocional entre un personaje y el protagonista, más tiempo aparece en pantalla… Y (por si fuera poco) el relato es narrado por la voz en off del protagonista porque, bien pensado, eso es lo que hacemos todos: transformar en relato (pulir, sistematizar) el magma irracional de nuestros recuerdos. En definitiva, lo que observamos en la película no es el pasado, sino los recuerdos que de ese pasado tiene el personaje.

Visto de esta forma, el «antes» de Proyecto Lázaro se convierte en un «después introspectivo» y toda la película tiene lugar tras la «resurrección». El pasado deja de ser una realidad objetiva para convertirse (¿cómo no?) en una construcción subjetiva.

Fotograma de Proyecto Lázaro 1

 

Aires de distopía

En contraposición a ese «después introspectivo» está el «después objetivo» de ese 2084 en el que Marc, el protagonista, «abre los ojos».

Sobra decir que nadie elige esa fecha al azar (las reminiscencias son demasiado evidentes), sin embargo, ¿significa eso que Proyecto Lázaro es una distopía?

Una de las características más notorias de cualquier obra distópica es el modo en que se describe la sociedad. Dado que sus personajes forman parte de ella (y en la mayoría de los casos no conciben otro punto de vista que el establecido por el régimen que los oprime), la crítica se expresa (casi) siempre de un modo indirecto, elogiando o dando por hecho actitudes y situaciones que, para el lector/espectador, resultan aberrantes.

Lo interesante de la película de Gil es que los cambios mostrados en la sociedad (y los argumentos que los justifican) no llegan a chocarnos. En muchos casos, incluso, nos resultan apetecibles, y en los que no, se expresan más como un espejo deformado que como una pesadilla. Y es que «las cosas no han cambiado tanto en los últimos años», como llega a decir (más o menos) uno de los personajes.

Sin embargo, esa sociedad racional, ecuánime más que contenida, desprejuiciada, concibe los cuerpos criogenizados como una propiedad, como objetos de experimentación, sin plantearse en ningún momento su condición de seres humanos.

Fotograma de Proyecto Lázaro 2

 

El sentido de la muerte

Con estos mimbres, Proyecto Lázaro plantea una doble reflexión.

Por una parte (en ese pasado reconstruido por el protagonista), la película analiza nuestras reacciones ante la certeza de la muerte. ¿Qué haríamos si una enfermedad incurable redujera nuestra expectativa de vida a unos pocos meses? ¿Intentaríamos vivirlos al máximo? ¿Nos aferraríamos a las personas que amamos? ¿O lo abandonaríamos todo con tal de ganar algo de tiempo?

Y sobrevolando estas preguntas, una más abstracta: ¿hasta qué punto lo decidiríamos en libertad, y hasta dónde estaríamos influenciados por el miedo a la muerte?

Luego (en ese presente/futuro en el que el protagonista reconstruye su historia), la reflexión da un paso más. ¿Es el miedo a la muerte el motor de la vida? ¿Qué nos impulsa a seguir viviendo, una vez que hemos perdido el miedo? ¿La curiosidad? ¿El amor? ¿La esperanza?

Y una vez más, las preguntas de Ramón Sampedro (alguien que, sin duda, no temía a la muerte): ¿Es la vida un mero hecho fisiológico, o depende de condicionantes subjetivos que, en caso de no existir, la vacían de significado? ¿En qué manos está decidir si una vida «debe» ser vivida?

 

Bilogía involuntaria

Partiendo o no de una decisión meditada, lo cierto es que Mar adentro y Proyecto Lázaro se presentan como imágenes especulares; reflexiones cruzadas que se arrojan mutuamente luz (y sobre las que no puedo explayarme sin entrar en el terreno del spoiler).

Puede que no estés de acuerdo con las conclusiones a las que arriban (al igual que Mar adentro, Proyecto Lázaro no intenta ser neutral), pero vale la pena analizarlas en conjunto. Sea o no voluntaria, la bilogía que componen plantea uno de los afrontamientos más valientes del cine español sobre el tema de la eutanasia, el temor a la muerte y la libertad de decidir sobre nuestras propias vidas.

Fotograma de Proyecto Lázaro 3

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