Hacía años que Ray Loriga era una asignatura pendiente. Un autor del que, cada tanto, recibo elogios o comentarios sugerentes (el último de Armando Boix Milián, que en su maravilloso perfil de Facebook rescataba y ponía en contexto su primera novela: Lo peor de todo), pero al que nunca había llegado a leer. Debido a eso, cuando el año pasado recibió el premio Alfaguara de novela por Rendición (un libro que, según muchos, bordea el género distópico) decidí que era una excelente excusa para sacarme la espina.

Y lo que descubrí me sorprendió por lo inesperado; por su contraste entre forma y contenido y, sobre todo, porque encajaba como un guante en un artículo que había previsto escribir.

 

Rendición 1
Fotografía realizada por Cristian Newman y publicada en Unsplash.

 

La madre de todas las distopías

A mediados de julio del año pasado publiqué un análisis de Nosotros, de Evgueni Ivánovich Zamiátin, en el que expuse dos posibles acercamientos.

Podía intentar mostrar la influencia de Nosotros en obras distópicas posteriores, o podía señalar cómo en la novela de Zamiátin ya se encuentran los temas centrales de las distopías clásicas.

Y dado que, en el primer caso, no hubiera podido asegurar si esa influencia existía o era mera serendipia (de hecho, el asunto dio pie a un interesante debate entre Orwell y Huxley), decidí decantarme por el segundo enfoque y reservarme esa posibilidad para más adelante.

Por ejemplo, para analizar ahora Rendición, de Ray Loriga.

En especial porque en todas las reseñas que he leído (y he leído unas cuantas) he encontrado referencias a Orwell y Kafka (la segunda más evidente que la primera) a Huxley (ésta muy evidente) o incluso a Delibes y Rulfo (las dos sorprendentemente apreciables en la voz narrativa), pero no he leído ni una sola mención a Zamiátin, que a mi entender es el referente más claro del que se nutre la obra.

 

Reinventando el modelo

Con esto no pretendo quitar mérito a la obra de Loriga. Por el contrario, lo que intentaré mostrar es cómo emplea las mismas herramientas (y en algunos casos las mismas metáforas) que Zamiátin para representar realidades distintas.

Porque si en Nosotros Zamiátin nos advertía de los peligros del taylorismo y las sociedades soviéticas (incipientes cuando escribió la novela), en Rendición Loriga nos advierte de los peligros de la sociedad contemporánea.

Y lo hace con la misma ironía y el mismo inconformismo que su colega ruso.

 

Forma y contenido

Lo que sí conviene señalar es que las mismas técnicas, empleadas en momentos distintos, generan efectos distintos.

Dicho de otra forma: en el momento en fueron escritos, los recursos desarrollados por Zamiátin generaban en el lector una sensación de novedad —un sentido de la maravilla— acorde con el progreso tecnológico que intentaba retratar. De este modo, el libro enseñaba la seducción del futuro al tiempo que nos advertía de sus peligros.

Pero esos mismos recursos, empleados casi un siglo después, generan un efecto costumbrista que, más que asombrarnos con el futuro, lo convierten en un «futuro-pasado»; un espacio conocido en el que la maravilla no «distrae» al lector de lo que pretende relatar.

El propio Loriga lo expone en una entrevista de Alberto Olmos para El confidencial:

«Buscaba una fábula que estuviera construida con elementos realistas, lo que algunos llaman retro-ficción, futuros que no han sucedido, futuros que te puedes creer porque no es Alicia en el país de las maravillas».

Como resultado se genera un notorio contraste entre la forma (arcaica) y el contenido (actual). Un resultado que, en mi opinión, disminuye (y mucho) su potencia expresiva, pero que ha sido muy elogiado por la crítica. Como prueba basta ver lo expuesto por Albison Linares en su artículo para The New York Times:

«”Distopía ajena a la tecnología” y “un ejercicio de memoria futurista” son algunos de los términos que se han usado para describir Rendición, la novela más reciente de Ray Loriga. (…) El libro, que ofrece una visión intimista, cruda e introspectiva del futuro, ha cosechado los elogios de la crítica y el público».

 

Rendición 2
Fotografía realizada por Clem Onoieghuo y publicada en Unsplash.

 

El espíritu del tiempo

Si algo hay que destacar en la novela de Loriga es la claridad con la que expone la mayor amenaza a la libertad en las sociedades occidentales contemporáneas.

Pero su mérito no reside en revelar lo oculto, sino en tener la valentía de exponer lo evidente.

Hablar (a estas alturas) de los peligros que esconde el falso antagonismo seguridad/privacidad; señalar que es el caballo de Troya para la introducción de un «totalitarismo blando»; ejemplificar los mecanismos del miedo, la creación de un enemigo abstracto, los sacrificios que asumimos en pos de la seguridad, son territorios abonados para el cliché… O, al menos, hemos aceptado que lo son.

Por tanto, atreverse a explorar sus dinámicas, a ahondar en sus consecuencias, requiere mucha valentía. Basta un paso en falso para que la obra sea juzgada de «panfleto» y, en ese sentido, es importante recalcar que Rendición sale airosa.

Lo cual se debe en gran medida (como veremos a continuación) a que Loriga sabe cubrirse las espaldas.

 

El cristal con que se mira

Zamiátin fue quizás el primero en comprender que la característica esencial de las grandes distopías es la coherencia con la que asocian el punto de vista a la voz narrativa.

Como ya dije al hablar de su obra: no es casual que la mayoría de las novelas distópicas utilicen, o la primera persona, o una tercera persona no omnisciente que en todo momento acompaña a algún personaje. Dado que las distopías describen sociedades cerradas en las que el poder impone su enfoque de la realidad, el único modo coherente de describirla es observándola desde dentro.

En ese sentido, la elección del punto de vista en Redención resulta curiosa.

En la entrevista de El confidencial que cité más arriba, Alberto Olmos la define como «una voz de Rulfo en una novela de Ballard», y Loriga se muestra de acuerdo:

«Pues esa era en buena medida mi intención. Quería ver uno de esos mundos de Ballard desde una voz no preparada para ellos. Una voz de Rulfo que pasa del “Llano en llamas” a un mundo ballardiano».

Esta decisión, por si misma, no es especialmente llamativa, pero hay que recordar que la literatura de Loriga se ha caracterizado por ser profundamente urbana.

¿Qué lo decidió a experimentar, entonces, con una voz tan distinta?

La respuesta ya la había dado un poco antes en la misma entrevista:

«He intentado que la voz fuese la propia para este narrador, no usurparle la voz, porque sólo concebía su diáspora mental desde una voz de esta índole. Si no, me parecía que enseguida se iba a teñir de cinismo (…). Ese personaje que acepta porque piensa que es lo que debe hacer, pero algo en él le dice que no está en lugar adecuado, me llevaba a una voz de este tipo…»

Es a esto a lo que me refería al decir que el autor «sabe cubrirse las espaldas». Para evitar caer en clichés sobre los peligros de la sociedad de la información, decide hablar de nuestra sociedad hipertecnologizada, de la sobreexposición en las redes sociales, de la posverdad y la autocensura sin emplear elementos tecnológicos. Transformando lo digital en arquitectura y a su protagonista en la versión contemporánea del «buen salvaje».

 

El mito del buen salvaje

Y, precisamente, otro de los elementos ya visibles en la obra de Zamiátin es la contraposición entre la sociedad primitiva —«salvaje» pero humana— y la sociedad «civilizada» y alienante del régimen… Con el consecuente «retorno a los orígenes» como única respuesta.

De hecho, en Rendición esta consigna es adoptada de forma literal. Sin embargo, mientras que en Nosotros ese «retorno» era la respuesta a una industrialización alienante, en Rendición sirve de arraigo, de refugio para aquellos que no se sienten asimilados por la sociedad de la información.

«En fin, que allí, en mi otra vida, ni era nadie, ni me interesaba mucho la desgracia ajena, ni me sentía parte de nada más allá del bosque y las tierras y mi propia casa y mi propia gente. (…) Y en cambio aquí, que soy parte de algo que funciona, y asegura mi bienestar, y hasta se supone que mi participación, me siento irremediablemente excluido del bien común. ¿Qué maldad se esconde en el alma de quien no se reconoce como uno más entre sus semejantes?»

 

Rendición 3
Fotografía realizada por Tertia van Rensburg y publicada en Unsplash.

 

Enfocando el problema

Emplear de protagonista a ese «buen salvaje» (un buen salvaje posmoderno, claro: con todas las ambigüedades y matices que eso supone) le permite enfocar las dos caras del antagonismo seguridad/privacidad (léase también «seguridad/libertad») de formas distintas.

De hecho, la propia novela se divide en dos partes notoriamente distintas.

La primera (centrada en el tema del miedo como herramienta de control y la seguridad como objetivo) se desarrolla en un ambiente rural al que el protagonista (esa voz deudora de Rulfo) se siente integrado.

Eso permite que su voz narrativa sea la típica al inicio de las distopías. Es decir, la del adepto al régimen que, al alabarlo y exponer como suyas las razones del poder, expone sus horrores.

A lo largo de toda esta primera parte, el protagonista no solo es acrítico, sino complaciente. Sigue paso a paso las órdenes impuestas —pensando en el bien mayor de la seguridad— cuando, en la práctica —y con la excusa de esa seguridad—, va siendo obligado no solo a perder, sino a destruir por su propia mano aquello que supuestamente protege.

A mi entender, esta primera parte es la más potente del libro porque la voz narrativa se adapta a la perfección a lo que está describiendo: cómo el miedo va estragando nuestra consciencia crítica hasta convertirnos en aquello que temíamos ser.

 

Inadaptación no es lo mismo que rebeldía

La segunda parte del libro (centrada en los peligros de la sociedad de la información) se desarrolla dentro de la ciudad transparente.

Pero antes de analizarla me gustaría plantear un último apunte sobre la voz narrativa.

Salvo en las distopías juveniles (donde la rebeldía es inherente a la adolescencia de los personajes), los protagonistas de las obras distópicas no suelen ser «rebeldes por naturaleza». Por el contrario, suelen formar parte del régimen hasta que un detonante interno (una relación amorosa, el descubrimiento de otra posible organización social) dispara su rebeldía.

En Rendición, sin embargo, tiene lugar un proceso distinto: el protagonista es (paradójicamente) sacado de contexto al ser introducido en la ciudad transparente.

Debido a eso, sus intentos de actuar en contra del régimen no parten de una rebelión interna, sino de una incapacidad de adaptación completamente exógena… Hasta el punto de (por una vez) caer en el cliché:

«Dicen que se puede sacar a un hombre de su comarca fácilmente, pero que es mucho más difícil sacar la comarca del interior de un hombre. Puede que tengan razón».

Es a esto a lo que me refería al decir que el contraste entre la forma (arcaica) y el contenido (actual) de esta segunda parte de la novela le resta potencia expresiva.

Como veremos a continuación, Loriga hace un excelente diagnóstico de las tendencias más preocupantes de la sociedad de la información.

Sin embargo, al decidir que su voz narrativa sea ajena a dicha sociedad, su relato se focaliza en su incapacidad de adaptación, en lugar de analizar los modos en que aquello que supuestamente nos libera nos está esclavizando.

 

Panóptico

En su descripción de la ciudad transparente, la influencia de Nosotros en Rendición se hace explícita. Aquí Loriga no solo se nutre de sus herramientas narrativas, sino que emplea, literalmente, su misma metáfora.

Como prueba basta comparar este pasaje de Nosotros, en el que se describe el interior de un edificio de apartamentos:

«A derecha e izquierda, a través de las paredes de cristal, creo ver mil veces repetida mi propia figura, mi habitación, mi traje y mis movimientos. Esto me anima: me veo como parte de algo enorme, potente, único».

Con este de Rendición:

«Nos alegró mucho cuando nos instalaron en nuestra casa.

En realidad, casa no era, sino un pequeño apartamento situado en uno de los cientos de bloques transparentes. Tenía cocina, baño y un dormitorio para los tres (…). Todo requetelimpio —de la limpieza se ocupaba la ciudad— y ya está dicho, transparente, de manera que, si uno miraba a los lados o hacia arriba o hacia abajo veía a sus vecinos, lo cual era extraño, pero también entretenido».

Sin embargo, la genialidad de Loriga radica en reconocer que la misma metáfora, empleada cien años después, representa realidades diferentes.

La transparente igualdad de Zamiántin era una advertencia sobre la posible intromisión en la vida privada por parte del régimen soviético. Una advertencia que, sin duda, resultó visionaria.

La ciudad transparente propuesta por Loriga es un certero análisis de nuestra sociedad de la información.

En la entrevista de Óscar López para Página Dos, el autor explica que:

«Algo que Orwell no podría haber imaginado ni probablemente en su peor pesadilla, ni los estados totalitarios, ni los sistemas de vigilancia del individuo, es que no iba a hacer falta ni el espionaje ni el control ni la extorsión (ni siquiera la tortura) para sacarnos los secretos, sino que los íbamos a entregar de manera entusiasta. Realmente no ha hecho falta que nadie nos fuerce; nos hemos prestado voluntarios a la autodelación».

 

Rendición 4
Fotografía realizada por Darkness y publicada en Unsplash.

 

La virtualización de la realidad

Quizás la metáfora más original (y potente) del libro sea la idea de la «cristalización». Al ducharse dentro de la ciudad transparente, el agua genera una reacción por la cual los individuos dejan de emitir olor, y de sudar, y de emocionarse.

De ese modo, al tiempo que se potencia lo visual, el resto de sentidos dejan de ser estimulados y, por tanto, la persona se virtualiza; pasa a ser una fuente de información antes que un ser humano… Lo que recuerda, hasta cierto punto, los peligros del «dataismo» expresados por Harari en Homo Deus.

«Del olor o la podredumbre no había en cambio que preocuparse, porque tenían un método de limpieza que hacía que no oliera nada en toda la ciudad, ni los vivos ni los muertos».

A través de la «cristalización», Loriga consigue trasmutar la virtualidad digital en un contraste sensorial. Y gracias a la originalidad del enfoque, hacérnosla evidente.

 

Sobreexposición

Otra de las imágenes-concepto planteadas en el libro es la de la iluminación perpetua. En la ciudad transparente siempre es de día, y siempre existe la misma iluminación homogénea, que nada resalta pero que a todo llega.

Esto le sirve para reflexionar sobre la sobrexposición informativa, sobre la necesidad de saberlo todo, sobre la exigencia de claridad y transparencia como sinónimo de libertad.

«De la claridad se puede tener buena o mala opinión, pero es evidente que cuando es tan excesiva y se convierte en la única condición, engulle todos los secretos, todos los misterios y todos los deseos».

Incluso sugiere los mecanismos que convierten la transparencia en una herramienta coercitiva.

«En la ciudad en la que todo se veía, lo único prohibido era precisamente esconderse o espiar, porque a qué espiar si ya se veía todo y eran claras y radiantes todas las intenciones».

 

Escatología

La más obvia de todas las metáforas tiene que ver con la mierda. Literalmente. Es probable que esa palabra (y sus sinónimos) sea la más empleada en el libro. Y si bien la idea no es original (y, en mi opinión, algo simplista), plantear que la sociedad de la información se construye sobre el reciclaje de toneladas de mierda (traduzcámoslo como que la sociedad del Big Data y la posverdad se construye sobre el reciclaje de toneladas de «datos basura») es un buen punto de inicio para analizar ciertas tendencias contemporáneas.

«Como no podía ser de otra forma empecé desde abajo, desde muy abajo, en lo que llamaban el sótano blanco, que era donde iba a parar toda la mierda de la ciudad. (…) Lo mío consistía simplemente en conducir (…) tractores, no muy distintos a los que empleaba en la granja, y arrastrar uno de esos gusanos [contenedores de heces] de una puerta a otra. La primera puerta daba a la sala de recogida y embalaje de excrementos, y la segunda, al otro extremo del sótano blanco, daba al centro de reciclaje. Luego otros descargaban los contenedores para hacer lo que hiciesen con las heces, que según decían era algo fabuloso porque de la mierda que yo arrastraba, no sé bien cómo, sacaban después abonos y combustibles y material para la construcción, que, por lo visto, todo eso que parecía cristal estaba hecho de policarbono natural y, naturalmente, extraído de la mierda».

 

Rendición 5
Fotografía realizada por Joe deSousa y publicada en Unsplash.

 

La obligación de ser feliz

Si por algo se ha asociado Rendición con Un mundo feliz es por el empleo de drogas legales como forma de asegurar la estabilidad social dentro del régimen que describen.

Pero lo que en Huxley era un análisis prospectivo, en Loriga es la constatación de una realidad.

Volviendo a su entrevista en Página Dos:

«Sí, tiene un paralelismo bastante claro con nuestras sociedades (…): cuando vemos a la sociedad del bienestar donde, ya sea por entretenimiento masivo o por la utilización de drogas legales recetadas por médicos, sufrimos pocas angustias, calmamos nuestros nervios a base de pastillas; unas drogas perfectamente diseñadas no tanto para la alegría y la felicidad, sino para la tranquilidad».

El paso siguiente es el suministro encubierto, generalizado, el embeberse de estímulos narcóticos (el oxímoron es premeditado) sin siquiera darse cuenta.

«Es formidable cómo, cuando uno se encuentra así de bien, las ideas vienen claras al cerebro, y sin aristas ni laberintos. Y como los sentimientos anidan en el pecho dulcemente, y se quedan ahí, hermosos y fuertes, y el miedo desaparece. En resumen: que me encontraba mejor que bien. De hecho, me encontraba tan bien, tan alegre, tan amoroso, que empecé a preguntarme qué demonios de pastilla era esa que me había dado el médico.

Seguí andando por la calle animado por esa felicidad tan grande que me llevaba en volandas sin que yo pudiera hace nada por detenerla. Una felicidad tan grande, tan plena y tan injustificada que, ¿a qué negarlo?, empezó a agobiarme».

Si admitimos que esos estímulos narcóticos (al margen de la metáfora) no tienen por qué ser químicos, la tendencia sugerida en este pasaje se torna muchos más próxima de lo deseado.

 

Nosotros en el siglo XXI

Existe un último vínculo entre Nosotros, de Zamiántin, y Rendición, de Loriga. Uno probablemente fortuito y, sin embargo, más profundo incluso que todos los que hemos visto hasta ahora. Rendición puede leerse como la lógica evolución política de los temores y peligros expuestos en Nosotros.

En el prólogo a la edición de Akal, Sergio Hernández-Ranera plantea que:

«A primera vista, podría parecer que Nosotros es simplemente un retrato satirizado de la sociedad soviética de aquel entonces. Pero la verdad es que la narración va mucho más allá: es una visión sobrecogedora sobre un mundo superindustrializado que extrema sus características».

En otras palabras: en el Estado Único de Nosotros, la vida de los ciudadanos es regida y uniformada por un sistema taylorista que determina (casi) cada minuto de su existencia con el único propósito de extremar su eficiencia. Sin embargo, en el prólogo del ensayo Psicopolítica: Neoliberalismo y nuevas técnicas de poder, de Byung-Chul Han, el filósofo surcoreano plantea que:

«Hoy (…) se extiende la ilusión de que cada uno, en cuanto proyecto libre de sí mismo, es capaz de una autoproducción ilimitada».

Lo que significa que, en la actualidad, somos nosotros mismos (y por nosotros mismos) los que buscamos extremar la eficiencia.

Byung-Chul Han va incluso más lejos:

«El régimen neoliberal transforma la explotación ajena en la autoexplotación que afecta a todas las «clases». La autoexplotación sin clases le es totalmente extraña a Marx. Esta hace imposible la revolución social, que descansa en la distinción entre explotadores y explotados. Y por el aislamiento del sujeto de rendimiento, explotador de sí mismo, no se forma ningún nosotros político con capacidad para la acción común».

Siendo o no consciente de estas palabras, Rendición se plantea qué ocurriría si ese nosotros político llegase a existir.

En cierto momento del libro, un diálogo entre el protagonista y su (ángel) guardián —ese controlador con el que el protagonista suele tener una relación cercana, casi filial, y que ya está presente en la obra de Zamiátin— lo expone de manera precisa:

«—Aquí no hay nadie diferente, ni mejor, ni nadie que mande. Todo lo arreglamos entre nosotros. Tampoco hay quien nos diga nada, todo nos lo decimos nosotros.

—Yo nunca he mandado nada, ni he arreglado mucho, ni he dicho gran cosa.

—Nadie lo hace, ese es el truco. Así no hay nadie a quien culpar. En esta ciudad no hay autoridad alguna. No hay queja que formular ni a quién dirigirla. Nada que rogar o explicar, ni a quién rogar o explicar.

—¿Y el gobierno provisional?

—El gobierno provisional somos nosotros».

Nosotros.

En la desasosegante visión del futuro expuesta en Rendición, ese nosotros político sugerido por Byung-Chul Han podríamos ser Nosotros en el siglo XXI.

 

Rendición 6
Detalle de la portada.

 

 

NOTA: La foto de cabecera pertenece a Stefano Pollio y ha sido publicada en Unsplash.

 

 

 

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