Al cierre del artículo de la semana pasada planteé que el descubrimiento de la «consciencia afuera» por parte de Solaris debió significarle un cambio radical en su cosmovisión. Un cambio que necesitaba integrar porque, lo que para nosotros —como especie— era el descubrimiento de una «otredad», para Solaris —como ser unitario— era una ausencia de sentido, un punto ciego en su concepción de la existencia.

Sin embargo, exponer las estrategias del océano viviente para establecer dicho contacto hubiera extendido demasiado el artículo, así que en esta segunda parte comenzaré por analizarlas.

 

Stanislaw Lem 1

 

Pequeño apócrifo

Uno de los libros de solarística descritos por Lem es el denominado Pequeño apócrifo, un texto que recoge un incidente acontecido décadas atrás, en una de las primeras expediciones a la superficie del planeta.

Tras la desaparición de un tripulante llamado Fechner, el capitán de la partida envía en su búsqueda a Berton, un piloto de dilatada trayectoria.

Berton no consigue encontrarlo, pero a su regreso relata una serie de observaciones que terminan siendo excluidas del informe oficial. (Una vez más, los límites del marco de referencia humano cercenan la comprensión de Solaris). Afortunadamente, las observaciones de Berton son recogidas en un texto aparte: ese Pequeño apócrifo (del que existe un ejemplar en la base).

¿Y de qué habla el libelo?

Del primer intento de contacto por parte del océano viviente.

 

Operación ser humano

El piloto explica que, en uno de sus descensos, observó a un niño pequeño (de dos o tres años de edad), pero de cuatro metros de altura, que mitad andaba y mitad nadaba por la superficie del planeta.

Ese pequeño apócrifo (jugando con el doble sentido del título) le resultó incluso más «inhumano» por sus movimientos que por su tamaño.

«Lo estaba viendo con demasiada claridad. Subía y bajaba al ritmo de las olas, pero además de eso, se movía, ¡resultaba asqueroso! (…) Daba la sensación de estar en un museo, como un muñeco, pero un muñeco vivo. Abría y cerraba la boca y realizaba diversos movimientos, todos repugnantes. Sí, porque no eran sus propios movimientos. (…) Los movimientos de un recién nacido son caóticos, descoordinados. Generales. Y estos, ¡eso es!, eran metódicos. Se sucedían unos tras otros en grupos y series. Como si alguien quisiera examinar qué puede hacer un niño con sus manos, su torso y su boca; la cara era lo peor, supongo que porque es lo más expresivo, y aquel rostro era como… no, no sé definirlo. Estaba vivo, sí, pero no era humano. Quiero decir, los rasgos por supuesto, sí; y los ojos, y el cutis, y todo lo demás, pero la expresión, la mímica, no lo eran».

No es casual que Lem haga hincapié en los movimientos. Si la consciencia para Solaris es materialización en el tiempo (es decir, movimiento) y, de hecho, el descubrimiento de la «consciencia afuera» se debió a dicho movimiento; intentar emular esos movimientos por medio de un mimoide (su herramienta de introyección del «afuera») es el primer paso lógico para aprehenderla.

Ahora bien: ¿de dónde obtuvo Solaris la información, no ya para emular la forma humana, sino su «forma» de moverse?

En el Pequeño apócrifo se esboza una posibilidad:

«Creo que lo que vio Berton constituyó una parte de la “operación ser humano” realizada por el monstruo pegajoso. La verdadera fuente de todas las criaturas divisadas por Berton era Fechner; en concreto, su cerebro, en medio de una “disección psíquica” incomprensible para nosotros; fue una recreación experimental, la reconstrucción de algunas huellas de su memoria (seguramente las más duraderas)».

 

Los visitantes

Si la hipótesis planteada en el Pequeño apócrifo es correcta, los visitantes —los seres extraídos de la psique de los humanos— son el «contacto» establecido por Solaris con la «consciencia afuera».

En el artículo anterior dije que era un contacto fallido, pero, pensándolo bien, el contacto solo es fallido desde el marco de referencia humano, que asume el contacto como comunicación, intercambio. Para Solaris «contactar» significa introducir en sí mismo a la «consciencia afuera» (el movimiento), materializar (empleando su propia materia) aquello que no pertenecía a su ser para que a partir de entonces le pertenezca y por lo tanto sea.

Y eso es precisamente lo que son los visitantes.

Solaris no se «comunica» a través de ellos porque no es lo que busca (de hecho, ni siquiera concibe el concepto «comunicación»), tan solo los deja ser —actuar, moverse, existir— para, de esa forma, aprehenderlos.

 

Stanislaw Lem 2

 

Disección psíquica

Y dado que Solaris es proceso mental en estado puro, es lógico que reconozca a las «consciencias afuera» como procesos mentales.

«—Para él no existimos los unos en relación con los otros. La superficie del rostro, el cuerpo que vemos, hace que nos reconozcamos como individuos. En cambio para él somos un cristal transparente. Se introdujo en nuestros cerebros».

Esto no es una decisión consciente, sino una limitación sensorial: Solaris no es capaz de «vernos» como individuos, del mismo modo que nosotros no somos capaces de ver la radiación infrarroja. Solaris percibe los procesos mentales (en relación con los suyos) y percibe movimiento (en relación con el suyo), pero no es capaz de «ver» y, de hecho, aunque viera no sería capaz de conceptualizar aquello que ve; de reconocer el concepto de «individualidad».

Ahora bien, del mismo modo en que nosotros, al contemplar un objeto, nos quedamos con sus rasgos más distintivos, sus colores más vivos, sus formas más identificables; es lógico que Solaris, al reconocer un proceso mental, se quede con los elementos más profundamente marcados, con los recuerdos más intensos. Unos recuerdos y procesos que no tienen por qué ser agradables… y de los que Solaris no tiene forma de saber qué significan para la «consciencia afuera» de la que los ha extraído.

 

La explicación de Snaut

Casi al final de la novela, Snaut —uno de los científicos de la estación— resume esta idea en un párrafo tan asombroso como perturbador:

«—Ahí, en el cerebro, no existen palabras o sentimientos; los recuerdos de un ser humano son una imagen escrita en el lenguaje de los ácidos nucleicos, grabada en cristales asincrónicos macromoleculares. Por lo tanto, él cogió de nosotros lo más metabolizado y oculto, lo más pleno y profundamente plasmado, ¿entiendes? Pero en absoluto estaba obligado a saber qué representaba para nosotros, qué significado tenía. Es como si nosotros fuéramos capaces de crear una simetriada y la arrojáramos al océano, cargada de nociones de arquitectura, de tecnología y de materiales de construcción, pero sin comprender para qué sirve ni qué representa para él…».

Las connotaciones de esta idea nos cuestionan de un modo más íntimo (más cercano) que la especulación sobre la posibilidad del contacto. La idea de que los rasgos más determinantes de nuestra psique, aquellos que nos definen, no sean los que configuran nuestra personalidad explícita, sino los que ocultamos, los que escondemos, los que intentamos olvidar, interpela nuestra identidad con una vehemencia difícil de hallar en el realismo.

Y es en ese cambio de escala, precisamente, donde la ficción científica, en Solaris, da paso a la ciencia ficción.

 

Espacio exterior, espacio interior

En su análisis para El pez volador, Martín Cristal define en un par de frases el modo en que Lem concibe la ciencia ficción.

«El siguiente párrafo de la novela sintetiza bien su concepto central: “El ser humano ha emprendido el viaje en busca de otros mundos, otras civilizaciones, sin haber conocido a fondo sus propios escondrijos, sus callejones sin salida, sus pozos, o sus oscuras puertas atrancadas”. Sobre esa tensión funciona Solaris. Buscando comprender un planeta del espacio exterior, los personajes —el solarista Gibarian, el cibernético Snaut, el físico Sartorius y el psicólogo Kelvin, protagonista de la novela— acaban asomándose a los abismos de sus propias existencias: las miserias y la oscuridad de su interior».

La palabra clave, en la explicación de Cristal, es «tensión». En Solaris, la especulación sobre el primer contacto y el planteo de una otredad ajena a lo humano, coexiste, en tensión, con el análisis psicológico y el estudio de la condición humana.

Porque al tiempo que critica el antropocentrismo con el que pretendemos adentrarnos en el cosmos, Lem admite que su ciencia ficción —¿que la ciencia ficción?— busca enfrentarnos a lo desconocido como forma de reconocernos a nosotros mismos.

«Nos consideramos caballeros del Santo Contacto. Esa es otra falsedad. No buscamos nada, salvo personas. No necesitamos otros mundos. Necesitamos espejos. No sabemos qué hacer con otros mundos. Con uno ya nos atragantamos. Aspiramos a dar con nuestra propia e idealizada imagen: habrá planetas y civilizaciones más perfectas que la nuestra; en otras, en cambio, esperamos encontrar el reflejo de nuestro primitivo pasado».

 

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Incomunicación cósmica

Los primeros capítulos de esta segunda lectura me depararon una extraña experiencia. No supe si achacarla a la nueva traducción o al estilo de Lem, pero lo cierto es que los diálogos no solo me resultaron forzados, sino casi ilegibles. Su extrañeza llegó al punto de restarles verosimilitud.

Sin embargo, pasados esos primeros capítulos, comprendí que dicha extrañeza respondía a un objetivo. Como hemos visto hasta ahora, uno de los temas centrales de la novela es el intento de contacto con la otredad; con una inteligencia tan distinta a la nuestra que ni siquiera dispone del concepto «comunicación».

Y qué mejor modo de introducirnos en dicho tema que mostrándonos —por medio de esos diálogos descoyuntados— que la comunicación ni siquiera está asegurada entre seres de una misma especie, con una lengua común, y un conocimiento científico similar. Que el acto comunicativo —la trasmisión de información por medio de palabras— es mucho más complejo, impreciso y subjetivo de lo que damos por hecho. Que incluso somos incapaces de trasmitirnos la experiencia de la otredad.

 

El conocimiento del yo

Y Lem no se detiene ahí. Al plantear que los rasgos distintivos de nuestra psique —aquellos que nos definen, desde la perspectiva de la «otredad»— pueden incluso permanecernos ocultos, nos sugiere que, tal vez, ni siquiera nos conozcamos a nosotros mismos.

«—Lo que ocurrió quizás sea horrible, pero lo más horrible es… lo que no ha ocurrido. Nunca.

—No entiendo… —dije con voz débil. Era cierto que no entendía nada. Movió la cabeza.

—Una persona normal —dijo—. ¿Qué es una persona normal? ¿Es alguien que nunca ha cometido nada espeluznante? Sí, pero ¿significa eso que nunca haya pensado hacerlo? O quizás no lo haya pensado, sino que algo en su interior lo ha pensado por él; una especie de ilusión, ocurrida hace diez o treinta años».

¿Son acaso esos deseos ocultos, esas posibilidades enquistadas, las que nos definen? ¿Pesan en nuestra psique, en nuestras decisiones presentes, incluso cuando hace años que las hemos olvidado? ¿Cuánto sabemos realmente de nuestras pulsiones? ¿Cuánto sabemos realmente de nosotros mismos?

 

El ser amado

El visitante que recibe Kris Kelvin es Harey, su amor de juventud. Una joven de unos veinte años que se había suicidado tras discutir con él, una década atrás, y que nunca ha podido olvidar.

La primera vez que lo contacta lo invade el horror (él sabe que está muerta, que no puede estar ahí) y la engaña para expulsarla de la estación.

Pero la segunda vez le gana el recuerdo. La mujer que está frente a él luce como Harey, piensa como Harey, recuerda como Harey… ¿Qué la diferencia de la mujer que amó? ¿Qué, salvo la certeza de hallarse ante un doble?

De ese modo, lo que comienza siendo una impostura —una forma de sobrellevar la convivencia con su visitante— termina reavivando el amor perdido. Kelvin ve en la nueva Harey la posibilidad de resarcir su culpa y decide darse esa segunda oportunidad, aceptarla incondicionalmente como su ser amado.

Ya no es el visitante, ya no es el mimoide de Solaris, ahora es Harey.

Hasta tal punto necesita su presencia (hasta tal punto necesita creer —y crear—a ese ser amado en su mente) que está dispuesto a negar el contexto con tal de validarla.

«El Contacto significa un intercambio de experiencias, de términos o, al menos, de resultados, de ciertos estados, pero ¿y si no hay nada que intercambiar? Si un elefante no es una enorme bacteria, un océano no puede, por tanto, ser un cerebro muy grande. Claro que ambas partes pueden, por supuesto, llevar a cabo ciertas acciones. Y la consecuencia de una de esas acciones es que, ahora mismo, te estoy mirando e intento explicarte que para mí vales más que los doce años que he dedicado a Solaris y que quiero seguir estando contigo».

A través de esa historia de amor trágico; a través de ese error de comunicación que convierte un «contacto» en una segunda oportunidad, Lem nos obliga a cuestionarnos cuánto de nosotros mismos hay en la imagen asumimos del otro. ¿Hasta qué punto conocemos a quien amamos? ¿Hasta qué punto amamos su otredad, y hasta dónde el reflejo que proyectamos de nosotros mismos?

De este modo, Lem lleva el tema de la incomunicación, de la ausencia de un marco común, al ámbito en el que menos nos atrevemos a estudiarlo, el construido con aquella persona con la que elegimos compartir la vida.

 

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Ficción y realidad

Antes de cerrar este segundo artículo sobre Solaris (y digo cerrarlo, más que terminarlo, porque son muchas las cosas de las que podría seguir escribiendo) quiero rescatar una escena que, a mi entender, es una exquisita metáfora sobre la creación literaria y su vínculo con la realidad.

En el último capítulo de la novela, Kris Kelvin decide volar hasta un viejo mimoide y caminar por su superficie. Y tras ascender a su punto más alto, va hasta la orilla del océano viviente y acerca sus manos a las olas.

«Bajé aún más y estiré la mano al encuentro de la siguiente ola, que repitió con exactitud aquel fenómeno, experimentado por los investigadores desde hacía más de un siglo: vaciló, retrocedió, envolvió mi mano sin tocarla, de modo que, entre la parte exterior del guante y la cavidad que enseguida cambió su consistencia líquida a casi carnosa, quedó atrapada una fina capa de aire. Levanté la mano despacio; la ola, o más bien su estrecha prolongación, la siguió sin dejar de envolver mi mano, enquistándose y tornándose semitransparente con sucios reflejos verdosos. Me puse en pie para poder levantar todavía más la mano: el hilo de la gelatinosa substancia se tensó como una cuerda vibrante, pero no llegó a romperse: la base de la ola, completamente extendida, parecía una extraña criatura que aguardaba el final de aquellos experimentos, pacientemente pegada a mis pies (pero sin tocarlos siquiera)».

Puede que no sea más que mi imaginación, pero las dos veces que leído este pasaje he pensado lo mismo.

Toda creación literaria parte de la decisión consciente de adentrarse en lo desconocido, en la página en blanco. Al acercar la realidad (la mano de Kelvin) a la literatura (al océano vivo) las palabras primero vacilan, retroceden, y tras muchos intentos al fin la envuelven sin tocarla, de modo que entre los contornos de la realidad y las palabras (unas palabras que, si hay suerte, adquieren consistencia carnosa) queda atrapada una fina capa de verdad (que no es la realidad, pero la sugiere).

Y entonces se produce el efecto de la literatura fantástica: ese elevar la realidad, despegarla del suelo, para deformar la construcción literaria, para volverla extraña, desagradable y fascinante a la vez. Ahora la literatura ha trascendido su comportamiento realista, pero sigue envolviendo la realidad, reflejándola de un modo distinto a como antes se percibía. Para que el experimento funcione, ese «hilo de la gelatinosa substancia» que es la literatura fantástica debe tensarse «como una cuerda vibrante» (llevarse al límite su verosimilitud, de su sentido de la maravilla), pero sin llegar a romperse. En definitiva, debe seguir anclado al suelo, aunque sus efectos brillen en la altura.

Y eso es, exactamente, lo que Lem consigue con Solaris. En su novela construye una disciplina científica completa, una forma de inteligencia que no tiene nada que ver con la nuestra, recrea una estación de avanzada en un entorno alienígena y, sin embargo, en ningún momento deja de hablar de nosotros, de nuestra realidad más profunda, de aquella que ni siquiera estamos dispuestos a ver.

Solaris no es una obra maestra de la ciencia ficción, Solaris es una obra maestra, a secas. Una valiente exploración de la condición humana, una obra polisémica que nos refleja y explica, y en la que el único límite a la interpretación lo pone la madurez del lector.

Evidentemente, tendré que volver a leerla dentro de algunos años.

 

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NOTA: La imagen de cabecera es un fotograma de la película Solaris, de Andrei Tarkovsky (1972), y las imágenes interiores son algunos de los carteles publicitarios diseñados para la misma.

 

 

 

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