Cuando decidí que releería para este blog algunas de las novelas que han marcado mi vida, tenía claro que entre ellas estaría Solaris (publicada originalmente en polaco, en 1961). La obra maestra de Stanislaw Lem (vale dejarlo claro desde el principio) no solo ha cambiado mi forma de entender la ciencia ficción (la idea de realizar ensayos ficcionales sobre la historia del siglo XXI se inspira en sus excursos sobre Solaris), sino que es parte de mi vida sentimental. Era el libro que estaba leyendo cuando conocí a la que hoy es mi esposa.

Y por si esto fuera poco, sabía que iba a ser una relectura especial porque la versión que leí en 2003 (editada por Minotauro) era una traducción de una traducción: Solaris, por entonces, aún no había sido traducida directamente del polaco.

Quien lo terminó haciendo fue la editorial Impedimenta, en 2011. Y desde 2013 (año en que salió su versión digital) la novela ha estado flotando entre mis posibles lecturas.

¿Y por qué no la he leído hasta ahora?

Porque —como ya comenté al hablar de Marte Rojo— temía desmitificarla.

Afortunadamente, ha ocurrido lo contrario. Si al releer a Kim Stanley Robinson descubrí una novela distinta, al releer Solaris experimenté de primera mano lo que caracteriza a las obras maestras: su capacidad de ir superponiendo capas de significado en función de la madurez del lector.

Lo que transcribiré a continuación, por tanto, es lo que he descubierto en esta segunda lectura (seguro que descubriré más cosas la próxima vez).

 

Solaris 1
Fotografía realizada por Joel Filipe y publicada en Unsplash.

 

Los solaristas

La cantidad de artículos, reseñas y críticas que se han escrito sobre Solaris es incontable. Basta leer la magnífica introducción de Jesús Palacios a la edición de Impedimenta para encontrar referencias a Slavoj Žižek, Darko Suvin o Adam Roberts (por solo dar algunos nombres). Y eso sin contar con la infinidad de artículos en blog como este.

Como bien señala Palacios:

«… la “solarística” existe, pero no es la ciencia —casi el arte— de interpretar la actividad del planeta Solaris e intentar contactar con él, sino el arte —casi ciencia— de interpretar la novela Solaris, y satisfacer así nuestra inquietud devoradora».

Pues bien, antes que nada, debo reconocer que en esta segunda lectura me ha podido la solarística.

Si antes de releerla tenía bastante claro que el subtítulo de este artículo iba a ser «incomunicación cósmica» y que su tema central sería «el primer contacto» (el tema que más me marcó en la primera lectura); tras leerla son tantos los enfoques que me ha sugerido que he decidido emplear una estrategia más… abarcadora, como esos compendios que el protagonista ojea en la biblioteca de la estación.

Eso sí, antes de empezar este viaje debo hacer dos aclaraciones.

La primera es que, al igual que hice con el artículo sobre Marte Rojo, he decidido dividir este artículo en dos partes para facilitar su lectura. (La segunda parte la publicaré el viernes que viene).

Y la segunda es que, por una vez, el artículo va a estar plagado de spoilers. En cualquier ciencia que se precie (y la solarística lo es) para diseccionar el objeto de estudio primero hay que desnudarlo.

 

El compendio de Gravinski

En cierto momento de la novela, Lem habla de un libro titulado El compendio de Gravinski que recoge «un conjunto de hipótesis solarianas» y las ordena alfabéticamente, a modo de enciclopedia. Su protagonista la denigra diciendo que sus formulaciones, a veces, devienen «triviales tras haber sido amputadas del sutil embrollo de ideas que habían tomado parte en su nacimiento».

Una vez dicho esto, Lem ensaya su propia «historia de la solarística» (de una complejidad y sutileza embriagadoras) que es, en cierta medida, una sinécdoque de la propia novela.

Porque tras leer Solaris la sensación que me ha quedado es que Lem hace un compendio de lo que entiende por ciencia ficción y lo expresa a través de un «sutil embrollo de ideas» para evitar que sus formulaciones devengan triviales.

A riesgo de caer en esa trivialidad, en estos dos artículos intentaré hacer una suerte de «compendio de Gravinski» de algunas de sus ideas más importantes. Como escribe el propio Lem en su libro: confío en que al menos sirva de «chuleta» para otros solaristas.

 

Primer contacto

Sin duda alguna, el primer encuentro con una civilización extraterrestre es uno de los temas más abordados por la ciencia ficción. Y dentro de este «subgénero», Solaris y su océano viviente es una obra germinal (al menos) en dos aspectos; uno ampliamente analizado y el otro no tanto.

Empecemos por el más obvio: la otredad del alienígena. Jesús Palacios lo explica muy bien en su introducción a Solaris:

«Lem señala el gran fallo de la ciencia ficción en general y de aquella que trata sobre la vida alienígena en particular [yo matizaría, en la época en la que fue escrita Solaris]: su incapacidad para concebir una forma de inteligencia que no tenga absolutamente NADA que ver con la nuestra, y, por tanto, la imposición de características humanas a sus creaciones supuestamente in-humanas, incluso cuando lo que se pretende es describir su completa otredad, su divergencia absoluta respecto al ser humano, que las identifica como los Otros, o lo Otro por excelencia».

La pregunta que surge de inmediato es cómo describir lo indescriptible. Cómo hacer comprensible lo que, por definición, carece de referencias humanas.

La respuesta ensayada por Lem fue convertirlo en un objeto de estudio.

 

Solaris 2
Fotografía realizada por Joel Filipe y publicada en Unsplash.

 

Ficción Científica

En ciertos momentos de la novela, y partiendo de libros imaginarios (en un claro guiño borgiano que alcanzaría a su máxima expresión en la «Biblioteca del siglo XXI»), Lem detiene la historia para adentrarse en la construcción de la solarística; una disciplina científica completa.

Por medio de una serie de ensayos ficticios (incrustados hábilmente en la trama) Lem desarrolla la historia de la solarística, sus distintas etapas, sus escuelas de pensamiento, la vida y obra de sus principales actores, su vínculo con el poder político a lo largo del tiempo…, ahondando en las sutiles conexiones que determinan su evolución.

Y consigue hacerlo de un modo accesible, rebosante de sentido de la maravilla.

La pregunta es: ¿de qué le sirve semejante esfuerzo?

Y la respuesta es una innovación estilística: le sirve para que esa ficción científica (o ciencia ficticia) traslade su verosimilitud a su objeto de estudio.

A lo largo de la novela, Lem apenas describe el océano de Solaris; sin embargo, al hablarnos de los descubrimientos y peripecias de la solarística, al relatarnos sus distintas hipótesis sobre los fenómenos que se desarrollan en su superficie, nos acerca a su «otredad» desde la única perspectiva posible (la nuestra), pero sorteando la trampa de explicar lo inexplicable.

A cambio, nos presenta un conjunto de teorías (incompletas, contradictorias) sobre «aquello» que habita el planeta. Delimita los bordes de su objeto de estudio sin llegar en ningún momento a abarcarlo.

 

Contactados

Existe un segundo motivo por el que el «primer contacto» expuesto por Lem es una obra germinal y, de hecho, muy poco imitada: el sentido y las características del contacto.

Solaris es la historia de un intento fallido de primer contacto, sí, pero de un intento fallido realizado por Solaris.

El hecho de que sea el alienígena quien nos contacte no era una novedad en 1961.

Al margen de la infinidad de invasiones extraterrestres que han poblado la literatura y el cine desde La guerra de los mundos, de H. G. Wells, Palacios nos recuerda que diez años antes Ultimátum a la Tierra ya nos presentaba una especie alienígena que intentaba comunicarse con nosotros.

Pero esa «especie alienígena» sabía de antemano cómo hacerlo. Y lo sabía porque, en última instancia, no representaban una otredad, sino una humanidad disfrazada (en sentido literal y figurado).

La genialidad de Lem consiste en asumir que, para el alienígena, nosotros somos la otredad y que, por tanto, el alienígena no sabe cómo contactarnos. Es más: al igual que nosotros, el único marco de conocimiento del que dispone es el suyo, lo que significa que indefectiblemente desconocerá el efecto real (es decir, el efecto analizado desde el marco de pensamiento del Otro) de sus acciones.

Al describirnos los «efectos no deseados» que la «comunicación» de Solaris ejerce sobre los humanos, Lem agrega una capa de complejidad al tema del primer contacto: incluso si lográsemos hallar una forma efectiva de contactar con la otredad (y vaya si los «visitantes» lo son) nunca sabremos qué mensaje recibirá desde su marco de referencia.

 

Breve incursión en la solarística

Imagino que a estas alturas te estarás preguntando: ¿y de dónde has sacado esa idea? Quizás Solaris, simplemente, los está atacando.

Tienes razón: es una posibilidad. Pero como dije al principio, me ha podido la solarística, así que aquí va mi aportación al compendio de teorías que conforman esta ciencia.

 

Solaris 3
Fotografía realizada por Joel Filipe y publicada en Unsplash.

 

Conceptos básicos

Solaris es un planeta que gira en torno a dos soles gemelos (uno azul y uno rojo) y que en el momento en que se desarrolla la historia hace apenas ciento cuarenta años que ha sido descubierto.

De hecho, durante los primeros cuarenta años se lo dio por deshabitado (lo que significa que la solarística, como disciplina, apenas tiene un siglo), hasta que se descubrió que el planeta era capaz de alterar su órbita. Fue entonces cuando se convirtió en «objeto de estudio».

Tuvo que pasar otra década para que se llegara a la conclusión de que el océano que lo cubría era (al menos) orgánico:

«El objeto de la discordia era el océano que cubría el planeta. Basándose en los análisis, el inmenso mar fue considerado una formación orgánica (en aquel entonces nadie se atrevía a llamarlo «viviente»). Pero, mientras los biólogos lo concebían como una formación primitiva (…), los astrónomos y los físicos consideraron que debía de tratarse de una estructura altamente organizada que, quizás, superaba en cuanto a complejidad a los organismos terrestres a la hora de poder influir de manera activa en la formación de la órbita planetaria».

Este es el origen de la solarística; que en el momento en que se desarrolla la historia ya ha asumido a Solaris como un ser unitario, vivo e inteligente con el que hace décadas que intenta contactar.

Su puesto de observación avanzado es una plataforma/laboratorio ubicada a escasos kilómetros de la superficie del planeta. Y es en ese escenario donde se desarrolla la novela.

 

Solaris

Para nosotros, como especie, «el contacto» implica «comunicación», supone la búsqueda de un lenguaje común, sea del tipo que sea.

Pero Solaris es un ser unitario y aislado, lo que significa que, para Solaris, el concepto «comunicación» carece de sentido.

El lenguaje es una herramienta de coordinación para seres sociales, pero Solaris es en sí mismo, de manera independiente, y por lo tanto no necesita «coordinarse» con «otros». De hecho, el concepto «otro» —u «otredad»— implica el reconocimiento de algo distinto del «yo», y todos los procesos de Solaris son procesos internos («mentales» desde la cosmovisión humana, que define de esa forma los procesos conscientes individuales).

En otras palabras, Solaris es una consciencia cerrada en sí misma. Lo que nosotros definimos como «otredad» para Solaris sería algo así como una «consciencia afuera». Por lo tanto, a la hora de contactar con esa «consciencia afuera», lo lógico no es que intente «comunicarse», sino permearla, introducirla en su ser; contactarla, sí, pero en otra acepción del término.

 

Simetríadas

A lo largo de las décadas, los solaristas han estudiado profusamente —y en algunos casos con final trágico— una serie de «formaciones» que emergen del planeta. De entre ellas destacan dos: los «mimoides» y las «simetríadas».

De los mimoides hablaremos más adelante, pero ahora toca analizar las simetríadas: kilométricas y elaboradas construcciones —cuasi arquitectónicas— que se elevan como torres desde el océano y cuya principal característica es la simetría de hasta su más mínima filigrana.

Existen muchas teorías que las explican, pero hay una en la que Lem se detiene de un modo especial: la hipótesis de Fermont.

El pasaje que trascribiré a continuación es bastante más largo que las citas habituales, pero he decidido incluirlo por dos motivos. Por un lado, porque mi hipótesis se basa en la de Fermont (digamos que es de la misma escuela) y, por otro, porque es un buen ejemplo de cómo la ciencia ficción hard también puede ser poética.

«Esta formación constituye, en su totalidad, un desarrollo tridimensional de algún tipo de ecuación de orden superior.

Es bien sabido que cada ecuación puede ser reflejada mediante el lenguaje figurativo de la geometría superior, construyendo su equivalente en forma de sólido. En este sentido, una simetríada es una pariente de los conos de Lobachevski y de la curvatura negativa de Riemann, aunque, eso sí, una pariente muy lejana debido a la inimaginable complejidad que entraña. Constituye un desarrollo de todo el sistema matemático, que abarca varios kilómetros cúbicos, pero se trata de un desarrollo tetradimensional dado que los importantes coeficientes de las ecuaciones son reflejados también en el tiempo, en los cambios que se producen en su transcurso.

Lo más sencillo, indudablemente, era pensar que teníamos delante nada más y nada menos que una “computadora” del océano vivo, un modelo de cálculo creado a su escala, de aplicación desconocida, pero hoy en día nadie comparte ya esta hipótesis de Fermont. Indudablemente, era una hipótesis tentadora, pero fue imposible sostener la idea de que el océano vivo examinaba los problemas de la materia, del cosmos, de la existencia, mediante aquellas erupciones titánicas cuyas partículas se sometían a las cada vez más complejas fórmulas del gran análisis. El gigante alberga demasiados fenómenos que no se ajustan a esta sencilla imagen (ingenua, según algunos)».

 

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Fotografía realizada por Joel Filipe y publicada en Unsplash.

 

Los límites del marco de referencia

Vale la pena leer entre líneas en el último párrafo de esta transcripción.

A primera vista, Lem (en boca de su protagonista) parece desdeñar la teoría de las torres/ordenador. Sin embargo, cuando nos adentramos en los motivos por los que descarta la hipótesis, descubrimos que, de lo que verdaderamente está hablando, es de los límites de la comprensión humana. De hecho, las palabras que elige para descartarla se prestan a un genial doble sentido: «fue imposible sostener la idea».

¿Eso qué significa? ¿Que no se hallaron pruebas que avalaran la hipótesis? ¿O que nuestros cerebros no fueron capaces de «sostener» el peso de una idea que se alejaba tanto de nuestra cosmovisión?

Cuando no se encuentran argumentos para rebatir una idea, estos, a veces, se sustituyen por descalificaciones. ¿Y qué es, si no una descalificación, el describir como «ingenua» la hipótesis de Fermont sin dar argumentos que lo expliquen?

Empleando las estrategias de la novela negra, Lem expone en este pasaje una de las claves del libro para, de inmediato, esconderla tras una duda razonable. Y el hecho de que esa duda parta de la incapacidad del ser humano para asumir lo incomprensible es un recurso más que coherente con la lógica del libro.

 

La hipótesis de Fermont

Pero aceptemos por un momento que la hipótesis de Fermont es correcta.

Esto supondría que Solaris elabora el pensamiento complejo a través de la materia. En otras palabras: que para Solaris pensar y materializar son conceptos equivalentes y que, por lo tanto, la consciencia es materialización en el tiempo, es decir, movimiento.

Esta idea se ajusta perfectamente a su esencia de océano vivo y a su capacidad de modificar la órbita empleando «mareas».

Quedémonos con este concepto y pasemos a analizar la otra formación de la que hablaba.

 

Los mimoides

Al llegar al planeta, lo primero que llamó la atención de los solaristas fueron una serie de «construcciones» (quizás sea mejor denominarlas «topografías») que se solidificaban durante un tiempo en la superficie del océano. Se trataba de una suerte de islas que, para sorpresa de los investigadores, reproducían todos los objetos que se aproximaban a ellas.

Debido a esa cualidad, se las denominó «mimoides».

«La reproducción de las formas abarca todo lo que se encuentre dentro de un radio de entre doce y quince kilómetros. El mimoide realiza, por lo general, una reproducción aumentada, aunque en ocasiones la deforma, dando lugar a caricaturas o simplificaciones grotescas, sobre todo en lo que a las naves se refiere. (…) Un mimoide únicamente es incapaz de reaccionar ante los propios humanos o, para ser más exactos, ante ningún ser vivo, incluidas las plantas (…). En cambio, un maniquí, un pelele, la figurita de un perro o de un árbol, esculpidos en cualquier material, son copiados inmediatamente».

Sobre los motivos de la formación de los mimoides y su «utilidad» para Solaris Lem expone infinidad de teorías. Sin embargo, la hipótesis más sólida, la que parece flotar a lo largo de la novela, no se expone en ningún momento de forma explícita.

 

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Fotografía realizada por Lurm y publicada en Unsplash.

 

El vínculo con el «afuera»

Como dije más arriba, Solaris es una consciencia encerrada en sí misma, por lo tanto, no tiene modo de concebir que el ser pueda desarrollarse fuera. Eso no significa que no reconozca el «afuera» (evidentemente lo hace, desde el momento en que altera su órbita), sino que solo es capaz de concebirlo como borde o límite de su ser. Para Solaris algo es si forma parte de Solaris.

Si unimos esa idea a la que expuse antes (es decir, que para Solaris «pensar» y «materializar» son conceptos equivalentes) entendemos la razón de ser de los mimoides.

Al recrear en su superficie el «afuera», Solaris aprende (y aprehende) nuevos «conceptos» (que es lo que son las entidades materiales desde su marco de referencia).

 

La llegada de la consciencia «afuera»

El arribo de las expediciones humanas, la construcción de la plataforma/laboratorio, las misiones de exploración, no solo supusieron para Solaris el contacto con objetos «afuera», sino con entidades «afuera» caracterizadas por su movilidad. Unas entidades a la que es válido suponer que les reconoció consciencia porque sus movimientos no eran lineales ni azarosos, sino que respondían a cierta clase de volición.

Ese descubrimiento de la consciencia «afuera» por parte de Solaris debió significarle un cambio radical en su cosmovisión. Es lógico que necesitara integrarlo (aprehenderlo para comprenderlo) porque lo que para nosotros —como especie— era el intento de contacto con una otredad, para Solaris —como ser unitario— era una ausencia de sentido, un punto ciego en su concepción de la realidad…

Pero de las estrategias empleadas por el planeta para lograrlo —y de cómo repercutieron en los humanos que las experimentaron— hablaremos en el artículo del próximo viernes.

 

Solaris 6
Fotografía realizada por Lurm y publicada en Unsplash.

 

 

NOTA: La imagen de portada pertenece a Joel Filipe y ha sido publicada en Unsplash.

 

 

 

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