Como decía Xavi hace poco en su reseña para Dreams of Elvex: que en las redes sociales una novela reciba críticas tan unánimemente favorables como las que ha recibido Las tres muertes de Fermín Salvochea (Jesús Cañadas, Roca, 2017) es algo excepcional.

Desde que se anunció su publicación, en septiembre del año pasado, me han llegado comentarios elogiosos de gente a la que respeto tanto como Gabriella Campbell, Pablo Bueno, Guillem López o el propio Xavi. Así que, siguiendo su consejo, la leí en unas escuetas vacaciones a mediados de febrero. Intuía que era ese tipo de novelas que te «obligan» a leerlas de un tirón (o, al menos, lo más rápido que puedas) y no me equivocaba.

Lo cierto es que la disfruté muchísimo y, como siempre sucede, cuando disfrutas de una historia quieres hablar sobre ella…, aunque sea para quedarte un rato más en compañía de sus personajes.

El problema es que le ha pasado lo mismo a casi todos los que la han leído, por lo que, a estas alturas, ya se ha escrito todo lo que se puede escribir sobre la aventura en sí misma…, y la novela de Cañadas (como Éxodo, de David Luna) es ese tipo de libros en los que parece que la aventura no deja espacio para nada más.

Me ha llevado un par de semanas descubrir que, tras las peripecias de sus personajes y las carreras contrarreloj y los milagrosos rescates de última hora, se esconde un retorno a los orígenes del posmodernismo; al talante irónico, subversivo y contestatario de sus primeros tiempos.

Pero antes de ver por qué, hablemos un poco de «posmodernidad» y «posmodernismo», dos conceptos que en los últimos años se han desvirtuado.

 

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Póster alternativo de Batman (1989) diseñado por Chris Kawagiwa.

 

La modernidad superada

Lo primero que hay que decir es que la imprecisión del concepto «posmodernidad» se debe, en gran medida, a la propia posmodernidad. Will Gompertz lo explica muy bien en su libro ¿Qué estás mirando? 150 años de arte moderno en un abrir y cerrar de ojos (un ensayo que ya he citado otras veces).

«Lo mejor que tiene la posmodernidad es que puede ser poco más o menos lo que a uno le apetezca; pero lo que termina siendo realmente enojoso es precisamente eso: que pueda ser lo que uno quiera».

Al margen de esta paradoja, quizás la definición más precisa del concepto «posmodernidad» sea la expuesta por Jean-François Lyotard en su libro La condición posmoderna:

«En origen, la ciencia está en conflicto con los relatos. (…) Pero, en tanto que la ciencia no se reduce a enunciar regularidades útiles y busca lo verdadero debe legitimar sus reglas de juego. (…) Cuando ese metadiscurso recurre explícitamente a tal o tal otro gran relato (…), se decide llamar «moderna» a la ciencia que se refiere a ellos para legitimarse. (…)

Simplificando al máximo, se tiene por “posmoderna” la incredulidad respecto a los metarrelatos».

Esa falta de confianza en los relatos legitimadores (de cualquier tipo) se tradujo en una desconfianza hacia la búsqueda moderna de una «solución única» para los problemas de la humanidad. De este modo, a nivel artístico, el posmodernismo (literalmente, lo que viene después del modernismo) se plantea en franca oposición a los paradigmas del Movimiento Moderno. Volviendo al libro de Gompertz:

«El modernismo tiene unos confines muy definidos; el posmodernismo carece de ellos. El modernismo rechaza la tradición; el posmodernismo no rechaza nada. El modernismo era lineal y sistemático; el posmodernismo se expande por todas partes. Los modernistas creían en el futuro; los posmodernos no creen en nada y prefieren cuestionarlo todo. Los modernistas eran serios y aventureros; los posmodernos son los maestros de la experimentación y el juego: la insolencia astuta y una distancia cínica».

Si repasamos las características que acaba de mencionar, reconoceremos ese talante irónico, subversivo y contestatario del que hablaba más arriba.

Pero, entonces, ¿qué sucedió para que, hoy en día, «posmodernismo» sea sinónimo de «pastiche» y «homogeneidad»?

 

Posmodernismo y globalización

Empecemos por el final: lo que sucedió fue la era de la información.

Y ahora volvamos al principio.

Posmodernismo y posmodernidad no son sinónimos. La posmodernidad, como contexto histórico y social, sigue estando presente. El posmodernismo, como movimiento artístico, suele situarse en las décadas del setenta y ochenta (aunque la teoría literaria lo extiende a toda la segunda mitad del siglo XX y los primeros años del XXI). En otras palabras: el posmodernismo podría considerarse un movimiento acabado.

Lo que ocurre es que una de las características esenciales del posmodernismo era el empleo de referencias irónicas a obras culturales anteriores. Daba igual que estas pertenecieran a la «alta» o «baja» cultura —de hecho, solían mezclarse— porque su objetivo era subvertirlas, jugar con ellas, violentarlas:

«En el arte posmoderno todo está construido a partir de fragmentos cogidos y copiados (imitados) de otras partes: es un collage hecho a base de piedras de toque e influencias».

En la actualidad, en que internet nos brinda acceso a tantos fragmentos y referencias como queramos, esta técnica (antes diferenciadora, conceptual) ha dado paso a una infinidad de pastiches indiferenciables y, por sobre todas las cosas, homogeneizadores. La globalización cultural emplea las herramientas del posmodernismo para fines diametralmente opuestos a los originales. Si aquel buscaba recalcar (para denunciar) el cliché y ponía en cuestión (para advertirnos) el concepto de identidad; ésta intenta unificarnos en una serie de códigos comunes; como si toda la diversidad cultural pudiera licuarse en un milkshake (que la palabra «batido» no suena tan bien).

Es por esto que la novela de Cañadas en un ejemplo de posmodernidad bien entendida: porque toma sus herramientas y características y les devuelve el poder diferenciador (subversivo) que tenía en sus orígenes.

Veamos por qué.

 

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Póster alternativo de Gangs of New York diseñado por Anthony M. Benedetto.

 

Términos gaditanos y nombres propios

Ya que estamos, empecemos por el milkshake.

En un momento en que muchos autores españoles eligen llamar a sus personajes Mike y John, es toda una declaración de intenciones que a uno de sus personajes ni siquiera se lo llame Juan, sino Juaíco.

Pero este detalle no es meramente anecdótico. La homogeneización del lenguaje; el empeño (incluso por parte de las editoriales) de emplear un «castellano» lo más neutro posible (para facilitarle el trabajo al lector) convierte la decisión de Cañadas (y el respaldo de su editorial) en una muestra de valentía.

La novela está tan plagada de términos gaditanos que se ha incluido un glosario al final de la misma. Más de uno podría temer que eso obligase al lector a frenar su lectura para recurrir al glosario, pero Cañadas confía en su inteligencia y sabe que, en el noventa y nueve por ciento de los casos, sacará su significado por contexto. ¿O acaso no lo hemos hecho con la serie Luna, de Ian McDonald; o con La chica mecánica, de Paolo Bacigalupi?, ¿o no lo hemos intentado, al menos, con La naranja mecánica, de Anthony Burgess?

Esa muestra de respeto hacia la capacidad del lector —en especial en una novela cuyo objetivo central es hacerle pasar las páginas lo más rápido posible— bastaría para convertirla en un entretenimiento de calidad. Pero Las tres muertes de Fermín Salvochea no se queda allí.

 

Esta vez no es en Maine

Es indudable que la globalización nos ha brindado una serie de códigos comunes con los que podemos identificarnos vivamos donde vivamos. Sin embargo, suele ser un error muy frecuente asociar esos códigos (globales) a los lugares en los que tradicionalmente han sido representados.

Dicho de otro modo: dado que esos códigos globales han partido de la cultura estadounidense, suelen asociarse al territorio estadounidense; cuando lo lógico sería que pudiéramos traducirlos a los códigos locales del lugar que habitamos o en el que hemos vivido.

Cañadas lo sabe muy bien. Sabe que, si emplea códigos narrativos globales para describir la idiosincrasia y leyendas de una ciudad española, no solo obtendrá un resultado original, sino que dispondrá de muchísimas más herramientas para crear su collage. Porque él, como todos nosotros, dispone de mucha más información sobre lugar dónde ha crecido que sobre un pueblo olvidado en mitad de Maine (a menos, por supuesto, que viva en un pueblo olvidado en mitad de Maine).

 

Si Abraham Lincoln lo hizo, ¿por qué no lo va a hacer Fermín Salvochea?

Un buen ejemplo de esa «apropiación» es el empleo de la técnica del mash-up.

En 2009, Seth Grahame-Smith (desarrollando una idea de su editor, Jason Rekulak) publicó una novela que «mezclaba» (y también «machacaba») una obra de dominio público —Orgullo y prejuicio, de Jane Auster— con la temática zombi. Su título —en un alarde de originalidad y transparencia comercial— fue Orgullo y prejuicio y zombis.

Y como la jugada salió bien —a la semana de su publicación era número tres en la lista de bestsellers de The New York Times—, Grahame-Smith dio un paso más y, en su siguiente novela, decidió mezclar a Abraham Lincoln con los vampiros.

Como toda moda editorial, el fenómeno se fue desinflando hasta el punto de que, hoy en día, las novelas de Grahame-Smith —y los mash-up, en general— apenas se encuentran. (Prueba de ello es el pésimo resultado comercial que tuvo la adaptación cinematográfica de Orgullo y prejuicio y zombis en 2016).

Por eso —porque no es una moda— es que la decisión de Cañadas de emplear el mash-up con Fermín Salvochea (un personaje histórico gaditano) es otra muestra valentía. En la entrevista que le realizó José Ángel de Dios para su podcast Con cuerpo de tinta explica muy bien sus motivos:

«Fermín Salvochea es material de leyenda. (…) En Cádiz todo el mundo conoce a Fermín Salvochea. Y yo pensé: ¿qué tiene Churchill, o qué tiene Washington, o qué tiene Lincoln (qué tiene el presidente de Estados Unidos) que no tenga el alcalde de Cádiz? ¿Por qué, si se pueden hacer películas y novelas con estos personajes de leyenda (…) más grandes que la vida, por qué no hacerlas con alguien de aquí, alguien cercano a nosotros, con alguien autóctono de Cádiz? Y eso es lo que he hecho».

En efecto, el Fermín Salvochea de su novela es, por las mañanas, el personaje de buena cuna y claras ideas reformistas que describe el recuerdo de Cádiz. (Esa mezcla verosímil de realidad y leyenda popular que construye a los personajes históricos). Pero por las noches, su Fermín Salvochea se trasmuta en el héroe de una película de acción: una mezcla de Batman (basta leer cómo se presenta ante Juaíco), Blade y Van Helsing… y seguro que se me escapa algún referente más.

Por medio de esta decisión (y con la naturalidad que solo da la aventura), Cañadas consigue mostrarnos que es posible apropiarse de la cultura global y trasladarla sin complejos a la realidad local. (Su versión gaditana de «Alfred», por solo poner un ejemplo, es para sacarse el sombrero).

Y que es posible darle a la historia el encanto de sus referentes globales sin tener que renunciar por ello a la especificidad de su propia cultura.

 

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Póster alternativo de The Goonies diseñado por George Bletsis.

 

El club de los perdedores

Los que nacimos a finales de los setenta o principios de los ochenta disponemos de un código de referencias privado. Obviamente, privado no es lo mismo que secreto: toda la memorabilia, todas las series y películas y libros que hacen referencia a la cultura de aquellos años se basan en él. Lo cual no está mal: he disfrutado mucho con Ready Player One, de Ernest Cline, y sigo disfrutando de Stranger Things, de los hermanos Duffer…

Y fíjate que he mezclado en la misma frase una novela (que pronto será una película) y una serie, porque una de las características de nuestro código de referencias es que mezcla sin complejos las tres cosas. De hecho, nuestros referentes primarios son películas, los libros vinieron después.

It, sin ir más lejos, se publicó en 1986: lo que significa que a muchos de nosotros nos pilló con alrededor de diez años (y dudo mucho que alguno la haya leído antes de esa edad).

Pero King ya había ensayado la idea de «el club de los perdedores» en El cuerpo (cuya versión cinematográfica —Cuenta conmigo— es también del 86). Y por supuesto hay que hablar de Los Goonies, que se estrenó el año anterior.

Lo que intento decir es que «el club de los perdedores», como concepto, forma parte de ese código de referencias que nos une como generación… Y dado que lo tenemos tan interiorizado, no es necesario que lo situemos en la década del cincuenta (o del ochenta) en un pueblo de Estados Unidos para que logre emocionarnos. Basta con tomar el concepto y ubicarlo donde queramos. Por ejemplo: en las calles de Cádiz a principios del siglo XX.

 

Subvirtiendo las referencias

Pero si dije al principio que Las tres muertes de Fermín Salvochea es un ejemplo de posmodernismo bien entendido es porque Cañadas no se limita a tomar ese concepto y reproducirlo en el Cádiz de 1907. Su genialidad radica en que es capaz de desmenuzarlo; de separar los elementos que lo componen e irlos subvirtiendo a lo largo de su historia.

Obviamente, si te contara cómo lo hace, te estaría estropeando la novela. Pero lo que sí puedo decirte es que Cañadas emplea esas subversiones para recalcar la crudeza de la sociedad que describe.

 

Dos historias en una

Ahora que ya hemos visto sus componentes, hablemos de su estructura.

La novela se desarrolla en dos tiempos (1873 y 1907) que se intercalan y retroalimentan. De esta forma, Cañadas consigue unificar dos novelas de estética distinta en un todo coherente.

La historia que se desarrolla en 1873 tiene como protagonistas a ese «Fermín Salvochea: caza vampiros» del que ya hemos hablado y a Juaíco (que en esta parte es el típico —o no tanto— secundario listillo de las películas de acción). Como buen mash-up, la historia asume encantada su condición de pastiche steampunk en el que cabe todo (y cuando digo todo, es todo), aunque, una vez más, prefiero no ahondar en el tema para no estropear las sorpresas.

Como contrapeso, la historia que se desarrolla en 1907 (y parte del concepto de «el club de los perdedores») es una historia sobre el fin de la infancia y el (doloroso) tránsito a la edad adulta (como lo es la parte de It que se desarrolla en los cincuenta).

En esta parte del relato se trasluce, sin duda, el horror costumbrista del maestro de Maine, pero también se perciben otros referentes: Enid Blyton, Félix J. Palma… Sus personajes son tan realistas y humanos, como legendarios y sobrehumanos son los de la primera parte.

Incluso Juaíco —el personaje que sirve de nexo a ambas historias— ha dejado de ser el bribón que acompaña Salvochea para convertirse en un personaje trágico, un ser que solo encuentra sosiego en el alcohol y en la invención de historias… a la manera de Edward Bloom en la genial Big Fish.

Y lo curioso es que ese contraste (típico del posmodernismo) le sienta fabulosamente bien. Las increíbles aventuras de Salvochea se vuelven verosímiles al ser escuchadas por los adolescentes de la segunda historia. Y las tragedias cotidianas de los adolescentes se vuelven más llevaderas con las aventuras del caza vampiros.

 

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Póster alternative de Stand by Me diseñado por Dani Blázquez.

 

Leyendas locales para la mitología global

Además del personaje de Juaíco (y del misterio que engarza la trama) existe otro elemento que unifica las dos historias. El uso de las leyendas locales.

En su Cádiz mítico (mezcla de cultura global, recuerdos personales y escenarios de la ciudad) las leyendas tradicionales se mimetizan con la historia.

Una vez más, quien mejor lo explica es el propio Cañadas en su entrevista en Con cuerpo de tinta:

«Digamos que es un Cádiz de realismo mágico tenebroso. Un Cádiz donde las leyendas locales están vivas… y hay leyendas locales para aburrir. Ten en cuenta que es una ciudad con tres mil años de historia. (…) En ella han convergido gentes de todas las culturas: ha habido tartesios, fenicios, romanos, árabes, cristianos. [Y todos aquel que] ha terminado varando en Cádiz ha traído un poquito de su tradición y sus leyendas; las ha terminado dejando en la ciudad y, de todo eso, se ha formado una amalgama que a mí me apetecía mucho utilizar para la novela.

Si hay historias sobre un laberinto de túneles que es real (que estaba debajo de la ciudad y que usaban los contrabandistas) que se llama «las cuevas de María Moco» (…), ¿por qué no usarlo dentro de la novela? ¿Por qué no usar también la historia del «hombre pez» que (…) parece un precursor de los Profundos de H.P. Lovecraft y que, según la leyenda, llegó a nado desde (…) un pueblo que se llama Liérganes? (…) O usar la leyenda del teatro romano de Cádiz, que se supone que es el segundo teatro romano más grande del mundo…, lo que pasa es que está bajo tierra, enterrado en la Gades romana.

En fin, hay un montón de leyendas que yo quería hacer que fueran reales para meterlas dentro de la historia de este alcalde de leyenda que es Fermín Salvochea».

Si has leído la novela, estarás de acuerdo en que lo ha conseguido; pero este rescate casi antropológico tiene, además, un curioso «efecto secundario».

Al vincular las leyendas de Cádiz a su historia, Cañadas las ha introducido de la cultura popular. A partir de ahora, las cuevas de María Moco, Liérganes o el teatro romano subterráneo, estarán indisolublemente ligados a Las tres muertes de Fermín Salvochea. Y si el libro se traduce a otros idiomas y es leído en otras partes del mundo, dejarán de ser leyendas locales para empezar a formar parte de la mitología global.

 

El placer de contar historias

Y así podría seguir durante horas. Como buena novela posmodernista, Las tres muertes de Fermín Salvochea es una obra que carece de límites, que no rechaza nada, que se expande por todas partes. En su cóctel hay vampiros, y relaciones paterno filiales, y demonios, y violencia doméstica, y leyendas urbanas, y alcaldes anarquistas, y… Pero prefiero cerrar este artículo con una última reflexión:

Al contemplar desde fuera semejante pastiche, se entienden las palabras de Bárbara Ayuso y Ricardo Jonás G. en su entrevista a Jesús Cañadas para Jot Down:

«Es una novela que tiene todo para que no funcione, y sin embargo funciona».

Y funciona (¡vaya si funciona!) porque no fue escrita siguiendo un modelo o una moda, sino como un diálogo (a veces irónico, a veces frontal, a veces subversivo) con la infinidad de referentes que maneja…, lo que impide que sepas de antemano con qué te va a sorprender en la próxima página.

Y funciona, fundamentalmente, porque (al margen del mash-up y el posmodernismo y las incontables referencias) Cañadas nunca olvida que lo esencial en toda novela de aventuras es contar una buena historia; de esas que no puedes dejar de leer y al mismo tiempo no quieres que se acaben.

 

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Póster alternativo de Salem’s Lot (1979) diseñado por Rodolfo Reyes.

 

 

2 Replies to “Las tres muertes de Fermín Salvochea, de Jesús Cañadas: posmodernismo bien entendido

  1. Soy librera, gaditana y mi vida ha transcurrido y transcurre por esos escenarios, salpicadas por esas leyendas gaditanas. Me ha encantado tú reseña porque expresas exactamente lo que he sentido cuando me bebí esta novela. Como gaditana siempre he dicho que Cádiz por ser trimilenaria y rica en cultura da para mucho. Lo que más me gustó y elogie fue ese lenguaje gaditano con ese formidable glosario, el que no renunciara a la idiosincracia gaditana. Un saludo

    • Antes que nada, muchísimas gracias por pasarte por aquí, Ana Belén, y perdona la demora en responderte, he estado fuera el fin de semana. Estoy completamente de acuerdo contigo. Lo que me ha fascinado de la novela es su capacidad de tomar los tópicos globales y emplearlos para poner en valor la cultura e idiosincracia de Cádiz… Y, por cierto, enhorabuena por tu ciudad y tu trabajo: ha de ser emocionante, para alguien vinculado con el mundo de los libros, vivir en un lugar con tantas tradiciones y leyendas. Te mando un abrazo.

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