Si sueles visitar este blog, sabrás que este último año su ritmo de publicación ha sido inconstante. Sin entrar en detalles, digamos que ciertos asuntos personales me han hecho replantearme el tiempo que le estaba dedicando…, e incluso si lo debía continuar. Es por eso que nunca le estaré lo suficientemente agradecido a Christian Rodríguez, editor de Insólita y traductor al castellano de esta novela, por haberme ofrecido leer una copia de prensa de Así se pierde la guerra del tiempo, de Amal El-Mohtar y Max Gladstone; porque, leyéndola, recordé los motivos que me han llevado a escribir estos artículos: la necesaria defensa de la calidad literaria de la ciencia ficción.

En este caso, además, la novela propone un empleo original del género (al menos, entre los analizados aquí), lo que amplía incluso más sus posibilidades expresivas.

Hablaremos de todo eso a lo largo del artículo, pero, para hacerlo, antes debo comentar otra cosa.

 

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Fotografía realizada por Faris Mohammed y publicada en Unsplash.

 

Sobre la memoria

Recuerdo que intenté audioleer la novela en inglés cuando se publicó y que la dificultad de su lenguaje —en especial el ornitológico— me disuadió de seguir. Recuerdo también que Elías Combarro me animó a leerla en inglés (en lugar de audioleerla) y que en su momento la guardé en una de las plataformas a las que estoy suscrito. Sin embargo, nunca llegué a leerla, así que, cuando Christian me ofreció la novela en castellano, no solo la acepté encantado, sino que le comenté mis dificultades con el lenguaje ornitológico…

Pero entonces la leí y me sucedió algo extraño. A día de hoy sigo recordando que fue el lenguaje ornitológico lo que me desmotivó de seguir audioleyendo y, sin embargo, mientras la leía caí en la cuenta de que este apenas aparece en la primera parte de la novela. ¿Cómo podía recordar algo que no había ocurrido?

Esta pregunta solo quedaría en anécdota si en los últimos meses ya no me hubiese ocurrido, al rememorar recuerdos de mi infancia junto con mi madre. Al contraponerlos con ella, he descubierto que imágenes que tengo fijadas en la memoria desde hace años no son reales más que en mi recuerdo. Aunque, ¿Qué es más real? ¿Lo realmente ocurrido, o esa realidad que me he narrado a mi mismo y que, en última instancia, me constituye?

 

La construcción del recuerdo

Afortunadamente, la literatura vino en mi auxilio. Gracias a una deliciosa serendipia, la novela que elegí tras Así se pierde la guerra del tiempo fue Duelo, de Eduardo Halfon: una de las exploraciones más lúcidas que he leído de los mecanismos de la memoria, las asociaciones que la concatenan y la poca fiabilidad del recuerdo.

Leyendo ese libro comprendí que, aunque la acción de recordar sea episódica, discontinua, tendemos a construir narraciones coherentes de aquello que rememoramos porque es a través del relato que nos relatamos a nosotros mismos; o, dicho de otra forma, que damos sentido y unidad a nuestra vida… ¿Y qué tiene que ver todo esto con la novela de Amal El-Mohtar y Max Gladstone?

Dado que nos construimos a través de relatos, los límites entre literatura y vivencia son más difusos de lo que podría parecer. La literatura no es más que una vivencia alternativa, un modo de contemplar la realidad con un punto de extrañamiento para captar detalles que, de otro modo, nos pasarían desapercibidos.

Ya hemos visto en otros artículos que esa característica es especialmente notable en la literatura prospectiva; y ese vínculo con la realidad —no demasiado obvio, pero esencial—es lo que permite que Así se pierde la guerra del tiempo pueda abordar (y sobre todo enfocar) su tema central… Un tema que ya está presente en el título del libro, pero que no es el que, en principio, podría parecernos.

 

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Fotografía realizada por John Anvik y publicada en Unsplash.

 

Así se pierde la guerra del tiempo

Pero empecemos por explicar de qué trata.

En la realidad de la novela, dos facciones están librando una guerra por hacerse con el control del tiempo. Para lograrlo, envían agentes «arriba» y «abajo» en los múltiples «Hilos» de realidad que tejen la evolución de la Historia… o, para ser preciso, de la infinidad de posibles Historias que materializan el tiempo. Leves modificaciones, aquí y allá, potencian unas en detrimento de otras, o establecen frágiles cadenas de causas y efectos.

En este escenario, Azul es una agente de Jardín, una evolución de nuestra especie centrada en lo biológico que lleva a su máxima expresión la idea de corporeidad, de asentamiento: el enraizamiento y la estabilidad como determinantes de la evolución. Por su parte, Roja pertenece a la Agencia, una evolución de nuestra especie que ha dejado atrás el cuerpo físico para convertirse en la quintaesencia del intelecto, seres inmateriales que conciben la innovación y el cambio como determinantes de la evolución.

En una de sus incursiones, Roja recibe una carta de Azul escondida en los intersticios de la realidad que ha modificado; una suerte de broma, o desafío, que Roja responde de inmediato. Y lo que empieza siendo una contienda epistolar, deriva rápidamente hacia el interés mutuo, luego hacia la fascinación y por último en amor.

 

Sobre las expectativas

Si lees la novela verás que la sinopsis que acabo de relatar es correcta. Sin embargo, el tipo de libro que imaginas tras leerla no es el libro que vas a encontrar.

Lo sé por experiencia propia. El tema central de la novela sin duda está presente en la sinopsis, pero el originalísimo enfoque con que es abordado nada tiene que ver con la novela de aventuras y espías que uno podría imaginar.

Ese contraste entre las expectativas que suscita la obra y su plasmación ha desconcertado a más de un lector. Un buen ejemplo de esa experiencia es este comentario de Tinuwel en Goodreads:

No sé muy bien qué he leído, pero me ha encantado y me ha estrujado el corazón.

Es importante aclararlo porque es precisamente en esa peculiar plasmación en donde radica la calidad literaria de la novela.

A partir de este punto, intentaré explicar qué es aquello que ha leído Tinuwel y le ha estrujado el corazón.

 

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Fotografía realizada por Deepak Rautela y publicada en Unsplash.

 

Sobre la estructura

Por más que los capítulos impares se narran desde la perspectiva de Roja y los pares, desde la de Azul, hasta el último cuarto de la novela todos repiten la misma estructura. Primero se describen las características del mundo —o incluso del universo— del hilo temporal en el que una de las dos pretende intervenir (el sentido de la maravilla de estas narraciones es extraordinario). Luego el modo en que la otra ha dejado su huella y, en particular, la rocambolesca forma en que ha ocultado (¿injertado?) su misiva en los pliegues de la realidad de ese mundo. Y, por último, el capítulo transcribe la carta de la otra agente; una serie de textos que expresan con fluidez la evolución del vínculo entre ambas.

A primera vista, podría pensarse que, dado que Así se pierde la guerra del tiempo ha sido escrita a cuatro manos, esa estructura expresa las «reglas de juego» que El-Mohtar y Gladstone se dieron para unificar sus estilos. Pero las colaboraciones literarias han existido siempre sin necesidad de reglas tan precisas.

Por lo tanto, lo lógico es pensar que la definición de una estructura tan rígida parte de una elección estética por parte de El-Mohtar y Gladstone… Lo que nos devuelve al tema del enfoque porque, en su forma más clásica, existe toda una vertiente de obras literarias que se basan en la repetición de estructuras para expresarse con mayor libertad.

Me refiero a la poesía.

 

Variaciones sobre el mismo tema

Una vez que asumimos la filiación poética de Así se pierde la guerra del tiempo podemos reconocerla en dos niveles paralelos.

Por una parte, en los vínculos entre la solidez de sus reglas de juego y la riqueza e inventiva de sus variaciones.

Siempre se describe un mundo al inicio del capítulo, pero los materiales con los que ambos autores construyen sus «realidades» no se constriñen en nada… En ese sentido, el potencial poético de la ciencia ficción es apabullante; y más en un multiverso de realidades alternativas («dimensiones» en la novela) en el que absolutamente todo es posible en algún Hilo temporal.

Siempre se describe un método para ocultar la misiva, pero la genialidad delirante de cada propuesta abarca desde la ciencia ficción hard, hasta ensoñaciones fantásticas dignas de Italo Calvino.

Siempre se escribe una carta…, y en la mayoría de ellas, en especial en las últimas, hay una exploración del amor.

 

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Fotografía realizada por Amirali Mirhashemian y publicada en Unsplash.

 

Prosa poética

Porque ese es el tema de la novela, esa es su razón de ser, el material que explora.

Y lo hace, principalmente, a través de un segundo nivel de acercamiento: la prosa poética.

Incluso existiendo una leve trama que unifica el conjunto, lo que realmente le da coherencia es el hablante lírico que se expresa en las epístolas, la actitud lírica con la que se desarrolla cada capítulo y que evoluciona a lo largo del libro. Las variaciones sobre un mismo tema que —como en los poemarios— buscan envolverlo, definirlo por contraste, rozarlo con la palabra precisa.

Llegados a este punto, es imprescindible que exponga algunas citas para mostrar a qué me refiero.

Podría seleccionar muchas, pero, para no estropearte la lectura, tan solo he seleccionado dos fragmentos de unas cartas injertadas en el sabor de seis semillas, y un tercero extraído de otra escrita en… mejor que esta última la descubras por tu cuenta.

 

Amor pasional

La primera cita emplea la idea de que, para «leer» sus palabras, la otra agente debe ingerir las semillas, como metáfora de la necesidad de contacto de los amantes:

Quiero que sepas, poniendo mis palabras en tus labios, dónde y de qué modo pienso en ti. La reciprocidad me hace sentir bien; cómete esta parte de mí mientras yo hundo juncos en las profundidades de tu ser para extraer dulzor.

 

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Fotografía realizada por hp koch y publicada en Unsplash.

 

Compenetración amorosa

En este otro fragmento, las variaciones sobre una misma estructura repetida cuatro veces le brindan a este muestrario de coincidencias una cadencia musical:

A veces, cuando me escribes, dices cosas que yo he callado. Quería decirte: «quiero prepararte un té», pero no lo hice, y tú me escribiste sobre tomar uno juntas; te quería decir: «tu carta vive dentro de mí en el sentido más literal posible», pero no lo hice, y tú me escribiste sobre estructuras y acontecimientos. Quería decirte: «las palabras duelen, pero las metáforas nos unen, como puentes, y las palabras son como piedras para construir puentes, talladas en la tierra en medio de una gran agonía, pero empleadas para hacer algo nuevo, algo compartido, algo más valioso que un bando».

Pero no lo hice, y tú me hablaste de heridas.

Ahora quiero decirte, antes de que te me puedas adelantar, que cuando pienso en esta semilla en tu boca me imagino, Roja, que yo te la he colocado allí, que mis dedos rozan tus labios.

 

Rendición

En este pasaje, uno de los más líricos de la novela, se emplean elementos de la trama como ejemplos poéticos de la claudicación ante el ser amado.

Ojalá pudiera ver tu triunfo. Ahora que sé algo de tu misión, de la naturaleza de tu infiltración, ahora que he grabado el ritmo de tus pasos en mi corazón, percibo el cambio que lanzarás contra nosotros. La estación cambia. Tú te liberarás… de tu retiro y de tu tarea. A mí me enviarán, sin duda, a reparar el daño que has causado. Y correremos de nuevo, las dos, hilo arriba e hilo abajo, bombera y pirómana, dos depredadoras que solo se sacian con las palabras de la otra.

¿Te ríes, espuma de mar? ¿Sonríes, hielo, y observas tu triunfo con la distancia de un ángel? Fénix que surge de entre las llamas de color zafiro, resucitado, ¿me obligas una vez más a que mire tus obras y desespere?

 

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Fotografía realizada por Thomas Griggs y publicada en Unsplash.

 

Sobre el título

Tras leer Así se pierde la guerra del tiempo, la misma frase que en un principio sugería aventuras adquiere un nuevo significado.

La correcta elección del título es esencial en una obra poética. No solo debe expresar claramente el tema en el que indaga, sino que, en sí mismo, debe ser una obra poética, una imagen que refleje el contenido, que nos sugiera un nuevo enfoque del objeto que observa.

¿Y no es acaso eso este título?

¿No es acaso el enamoramiento lo que nos hace perder la guerra del tiempo?

Si mal no recuerdo, fue Saramago quien dijo que toda historia de amor es por naturaleza trágica; que, si una historia de amor tiene final feliz, es porque no ha concluido. Sin embargo, también fue Saramago quien dijo que «nuestra única defensa contra la muerte es el amor», y ese es un tema que también se explora en Así se pierde la guerra del tiempo.

 

La vida por escrito

Pero volvamos al principio, a mi recuerdo inventado, a la modificación de una realidad preexistente para adaptarla a los deseos de mi mente…, como intentan hacer Roja y Azul en los Hilos temporales en los que intervienen. A la construcción de nuestra realidad privada, de nuestro ser, de nuestro vínculo con la vida a través de la palabra.

Es ahí donde se imbrica, donde se injerta (como las cartas de las protagonistas en los Hilos de la otra) la literatura en nuestra vida. Donde las palabras que se hayan vertido en esta novela sobre el amor quizás arrojen nueva luz sobre nuestra experiencia, quizás la transformen, quizás se injerten.

En su magnífico relato «Oh gueto mi amor», Eduardo Halfon expresa como nadie ese vínculo entre la palabra escrita (haciendo referencia explícita a las cartas) y nuestra vida…; al tiempo que expone, con elementos realistas, las mismas inquietudes que El-Mohtar y Gladstone desarrollan en su novela.

Estaba por interrumpirla y preguntarle por qué un regalo tan extraño, preguntarle por qué esos tres libros, cuando de repente recordé todas sus cartas, todas sus historias escritas a mano en papeles membretados de distintos hoteles y tamaños y colores, y sentí que me acerqué a entender o vislumbrar algo. Acaso esto: que lo importante para madame Maroszek era usar papeles escritos como lugar de encuentro y reconciliación. Acaso esto: que lo importante para madame Maroszek era el papel mismo donde alguien escribe su historia, ya fuera este una hoja contable o un pliego membretado o un antiguo pergamino de piel. Acaso esto: que lo importante para madame Maroszek no era que alguien escribiese su historia en un libro contable, o en los márgenes de una mala novela francesa, o en partituras invisibles, o en papeles membretados de los hoteles de una ciudad; acaso lo importante, para alguien como madame Maroszek, no era donde escribimos nuestra historia, sino escribirla. Narrarla. Dar testimonio. Poner en palabras nuestra vida entera.

Es esa exploración de la vida a través de la ficción (o, en el caso que nos ocupa, del amor, uno de sus ejes centrales) lo que se propone Así se pierde la guerra del tiempo.

Cada lector o lectora deberá evaluar si el resultado le satisface —algo, como siempre, intrínsecamente subjetivo—, pero lo que es indiscutible es la valentía y originalidad de sus autores al desarrollar su propuesta. Una valentía, por cierto, premiada con un Hugo, un Locus y un Nebula, y que reivindica la potencia expresiva de la ciencia ficción como herramienta poética.

 

Así se pierde la guerra del tiempo 3
Collage a partir de una fotografía de Leslie Low y otra de Melissa Burovac publicadas en Unispash.

 

NOTA: La imagen de cabecera es una fotografía de Amirali Mirhashemian publicada en Unsplash.

 

 

 

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