Quien más quien menos, todos hemos oído hablar de SETI (acrónimo para Search for Extraterrestrial Intelligence), aunque lo más probable —al menos en nuestro idioma— es que el término que hayamos oído sea «Proyecto SETI». Debido a eso, no somos del todo conscientes de que SETI es una disciplina científica que, como tal, comprende muchos (y diversos) «proyectos» y, lo que es más importante, que esa búsqueda sistemática de vida inteligente comenzó hace tan solo sesenta años.

Antes de eso, los debates sobre la existencia de vida extraterrestre —y, en particular, sobre la existencia de vida extraterrestre inteligente— se hallaban en el terreno de la especulación filosófica y literaria; tamizada, además, por los prejuicios religiosos y sociales de cada momento histórico.

Me interesa recalcar esta idea al principio de este artículo porque, cuando ponemos en valor los resultados de SETI hasta la fecha (nulos en lo que respecta a señales confirmadas), solemos juzgarlos con una perspectiva histórica mucho mayor de la que realmente tienen. Parafraseando a su representante más icónico, apenas nos hemos adentrado en la orilla del océano cósmico, queda mucho por explorar antes de dar por concluida la búsqueda.

Por tanto, para brindar una idea más clara de su evolución histórica (y tomando como base uno de los capítulos del magnífico libro Extraterrestrial, de Wade Roush) en este artículo analizaré los objetivos de SETI, sus métodos de búsqueda y algunos de los hitos de su historia, para exponer luego un posible pantallazo de su futuro.

Como verás, se trata de un proceso mucho más interesante, azaroso y desconocido de lo que creemos.

 

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Fig.1: Inauguración del radiotelescopio de Dwingeloo, Países Bajos, 1956.

 

«Searching for Interestellar ComMunications»

En 1959, la revista Nature publicó un artículo de tres páginas titulado «Searching for Interstellar Communications», escrito por Giuseppe Cocconi y Philip Morrison. El simple hecho de que un artículo con semejante título fuese aceptado en Nature ya fue de por sí revolucionario. Pero la propuesta que contenía el artículo abrió las puertas a un nuevo campo de investigación.

El trabajo partía de dos suposiciones: que en algún punto cercano de nuestra galaxia existe una civilización lo suficientemente longeva y avanzada como para que haya desarrollado instrumentos de comunicación interestelar, y que dicha civilización sabe que nuestro Sol es un tipo de estrella capaz de sustentar planetas que a su vez alberguen vida. En semejante escenario, si dicha civilización quisiera enviarnos un mensaje, ¿cómo lo haría? Y, sobre todo, ¿dispondríamos nosotros de la tecnología necesaria para captarlo?

A la primera pregunta, el artículo de Cocconi y Morrison respondió que, con toda probabilidad, dicha civilización extraterrestre emplearía ondas de radio, dado que estas viajan a la velocidad de la luz y son capaces de atravesar nubes de polvo interestelar e incluso la atmósfera terrestre.

La respuesta a la segunda pregunta es más interesante: Cocconi y Morrison demostraron matemáticamente que, si los alienígenas elevaran su señal un poco por encima de nuestro rango de frecuencias, pero sin alejarse demasiado de él, los radiotelescopios con los que contábamos entonces —como el de Dwingeloo (ver fig.1), inaugurado en 1956— serían capaces de captar la señal… Por cierto, las dos personas que están en primer plano son la reina Juliana de Holanda y Jan Oort, de quien hablaré en el siguiente apartado.

Vale la pena traducir el párrafo final del artículo porque, a mi entender, fue el que dio el pistoletazo de salida a lo que hoy entendemos por SETI:

«El lector puede intentar consignar estas especulaciones al terreno de la ciencia ficción. Nosotros sostenemos, más bien, que la línea de argumentación anterior demuestra que la presencia de señales interestelares es enteramente consistente con todo lo que sabemos en estos momentos y que, si las señales están presentes, los medios para detectarlas están ahora en nuestras manos. Pocos negarán la profunda importancia, tanto práctica como filosófica, que tendría la detección de comunicaciones interestelares. Por tanto, creemos que la búsqueda discriminada de señales merece un esfuerzo considerable. La probabilidad de éxito es difícil de estimar: pero si nunca buscamos, la probabilidad de éxito es cero».

 

21 cm de hidrógeno
Fig.2: Esquema de la emisión de la línea de 21cm de hidrógeno neutro.

 

La línea de 21cm del hidrógeno neutro

Si mencioné a Jan Oort un poco más arriba es porque fue él quien corroboró, en 1951, la detección por parte de Ewen y Purcell de la presencia de la línea de 21cm del hidrógeno neutro. Una herramienta que sería fundamental para el trabajo de SETI.

¿Qué señala esa línea y a qué se debe? Un átomo de hidrógeno está constituido por un electrón y un protón; y una de las características cuánticas de toda partícula es su espín: algo así como su «momento angular cuántico», aunque una explicación más profunda excede con mucho los límites de este artículo.

Quedémonos con la idea de «momento angular cuántico» y digamos que, cuando el espín del electrón y el protón son iguales (espín paralelo), el átomo de hidrógeno se encuentra en su estado de máxima energía (o estado excitado). Y que, cuando el electrón cambia su espín y este pasa a ser el opuesto al del protón (espín anti-paralelo) el hidrógeno pasa a estar en su estado de mínima energía (o estado base). (Ver fig.2).

Dicha diferencia de energía entre el estado excitado y el estado base se emite en forma de un fotón con una longitud de onda de 21cm y una frecuencia de 1420 MHz.

El cambio de espín de un electrón en un átomo de hidrógeno se produce con una frecuencia de una vez cada aproximadamente 10 millones de años… pero, claro, las nubes de gas interestelar contienen tal cantidad de átomos de hidrógeno neutro que esta emisión es constante.

Prueba de ello es el magnífico mapa obtenido recientemente por la colaboración HI4PI (ver fig.3) en el que se muestra la emisión de dicho gas neutro, tanto de nuestra Galaxia como de las Nubes de Magallanes, y la velocidad a la que lo vemos moverse (señalada por los distintos colores de la imagen).

Sin embargo, el motivo por el que la detección de esta línea es importante para SETI es otro: dada la especificidad de su posición dentro del espectro de frecuencias de radio, los radioastrónomos interesados en la búsqueda de señales extraterrestres la asumieron desde el principio como la mejor opción para que una civilización alienígena enviara un mensaje fácil de detectar.

 

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Fig.3: Mapa de la emisión de gas neutro de nuestra galaxia y de las Nubes de Magallanes en la línea de 21 cm del hidrógeno (HI4PI).

 

Proyecto Ozma

En 1960, solo un año después de que Cocconi y Morrison publicaran su trascendental artículo, Frank Drake decidió emplear la frecuencia de 1420 MHz —correspondiente a la línea de 21cm de hidrógeno neutro— para lo que terminaría convirtiéndose en la primera búsqueda científica de señales de inteligencia extraterrestre.

Desde abril a julio de ese año, el proyecto Ozma sintonizó en dicha frecuencia el radiotelescopio de 85 pies de Green Bank durante 6 horas al día (ver fig.4), al tiempo que dirigía su antena hacia Tau Ceti en la constelación de Cetus (La ballena) y Epsilon Eridani en la constelación de Eridanus (El río) a unos once años luz de distancia. Ambas estrellas son de una edad aproximada a la del Sol.

De este modo, recopilaron unas 150 horas de grabaciones de radio en las que buscaron, por una parte, series repetidas de pulsos con patrones uniformes y, por otra, series de números primos: dos tipos de señales que, claramente, no serían de origen natural. La búsqueda de este tipo de patrones pasó a ser una constante en las búsquedas de las siguientes décadas.

 

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Fig.4: Frank Drake en la década de los sesenta. Fotografía tomada en Green Bank.

 

La ecuación de Drake

El proyecto Ozma llamó la atención de J.P.T. Pearman, de la academia nacional de ciencias de Estados Unidos, quien le propuso a Drake realizar una convención con el objetivo de recaudar (más) fondos federales para la búsqueda de inteligencia extraterrestre.

Drake no solo aceptó de inmediato, sino que se encargó de preparar la agenda. Y, para hacerlo, partió de una pregunta lógica: qué datos era necesario conocer para asegurar el éxito de futuros «proyectos Ozma».

Conforme hacía la lista de temas a analizar, descubrió que todos ellos eran cuantificables… Es más, comprendió que su precisa cuantificación era esencial para conocer las probabilidades de éxito en el intento de contacto con inteligencias extraterrestres, así que decidió esquematizar el temario en una ecuación. El resultado se ha convertido en uno de los elementos más representativos de la historia de SETI.

En la figura 5 observamos a Drake junto a la ecuación que lleva su nombre, pero es importante recordar que la edad a la que la escribió estaba más próxima a la de la figura 4 que a esta. Veamos sus términos uno por uno.

Lo que buscamos conocer es N mayúscula (el número de civilizaciones en nuestra galaxia con las que sería posible comunicarse) y, para obtenerlo, debemos cuantificar los siguientes términos. Partimos de R* (tasa media de formación de estrellas por año en nuestra galaxia) y lo multiplicamos por fp (la fracción de estas estrellas que poseen planetas). Este valor, a su vez, lo multiplicamos por ne (el número promedio de planetas por estrella que podrían albergar vida), por fl (la fracción de dichos planetas que efectivamente la desarrolla), por fi (la fracción de estos en los que la vida adquiere inteligencia) y por fc (la fracción de esta vida inteligente que desarrolla la tecnología necesaria para la comunicación interestelar). Por último, a ese valor debemos multiplicarlo por L: el tiempo durante el cual estas civilizaciones emiten mensajes detectables desde el espacio.

El congreso en el que Drake presentó su ecuación —conocido como «The Alien-Life Summit»— tuvo lugar entre el 1 y el 3 de noviembre de 1961 en Green Bank. Y si bien en aquel momento solo podía cuantificarse con cierto rigor el primero de los términos (R*), con el correr de las décadas hemos podido determinar con un alto grado de precisión los tres primeros… Solo hasta ese punto ha llegado nuestro afinamiento de la ecuación de Drake.

Antes de pasar al siguiente apartado, me interesa resaltar un dato interesante: entre los invitados a participar en la convención estuvo Carl Sagan que, a sus 27 años, era uno de los astrónomos con mayor bagaje en biología de su generación, y que a la larga terminaría convirtiéndose en la imagen icónica de la búsqueda científica de vida extraterrestre.

 

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Fig.5: Frank Drake escribiendo en una pizarra su célebre ecuación.

 

SETI como proyecto internacional

Siguiendo con Carl Sagan, gracias a su magnífico libro La Conexión cósmica sabemos que tres años después de esa convención en Green Bank, la Unión Soviética realizó su «Primer congreso de toda la Unión sobre civilizaciones extraterrestre y comunicación interestelar». Fue en ese congreso, en una conferencia titulada «Transmisión de información por civilizaciones extraterrestres» en la que Nikolái Semiónovich Kardashov presentó la escala de clasificación de civilizaciones que lleva su nombre (ver fig.6).

La escala original planteaba tres tipos de civilizaciones. Las de tipo I son aquellas capaces de utilizar toda la energía disponible en su planeta (aprox. 1016W), las de tipo II son aquellas capaces de utilizar toda la energía disponible en su estrella (aprox. 1026W) y las de tipo III son aquellas capaces de utilizar toda la energía disponible en su galaxia (aprox. 1036W, aunque este dato es bastante más impreciso). En el año 2012, se evaluó la cantidad total de energía consumida por nuestra civilización y se concluyó que se hallaba en el 0,724 de la escala de Kardashov. Desde entonces, esta cifra sigue aumentando.

Partiendo de esta escala, un grupo de radioastrónomos dirigido por Kardashov en Moscú y otro grupo en Gorki comenzaron sendas búsquedas de señales extraterrestres. Ambos grupos usaron antenas no direccionales y un amplio espectro de frecuencias asumiendo que las civilizaciones de tipo II y tipo III deberían estar mandando señales cortas, pero obvias de su presencia.

Lamentablemente, tras los dos congresos que acabo de mencionar el desarrollo de SETI se estancó durante una década. El motivo: la carrera espacial que se estaba librando entre Estados Unidos y la URSS.

Con todo, eso al menos no impidió que los científicos de ambas potencias interesados en el tema entraran en contacto. Y esto a su vez estableció una red de alianzas que permitió realizar, en septiembre de 1971, del «Primer congreso soviético-americano de comunicación con inteligencias extraterrestres». Fue ese tercer congreso el que terminó de asentar el prestigio científico de SETI, ahora asumido como un esfuerzo internacional.

 

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Fig.6: Escala de civilizaciones de Kardashov, presentada en en el congreso de 1964 en la conferencia titulada «Transmisión de información por civilizaciones extraterrestres».

 

La señal Wow!

Aún así, los fondos para SETI apenas aumentaron en aquella década. Y dado que la creación de nuevas infraestructuras no era viable, los científicos implicados en la búsqueda decidieron reutilizar las existentes.

Ese fue el caso del radiotelescopio Big Ear, en Delaware, Ohio (ver fig.7), que comenzó a funcionar en 1963 gracias al empeño personal del radioastrónomo John D. Kraus.

El telescopio, del tamaño de un campo de futbol americano, tenía una larga pantalla reflectora en uno de sus extremos y un reflector focal curvo en el otro. De este modo, era capaz de actuar como un escáner que «rotaba» gracias al movimiento de la Tierra.

Durante diez años fue empleado para la catalogación de objetos astronómicos, pero en diciembre de 1973, cuando el congreso de Ohio no renovó los fondos para el catálogo, Kraus decidió emplearlo en SETI.

Su estrategia fue centrar su búsqueda (una vez más) en la línea de 21cm del hidrógeno neutro y casi cuatro años después, el 15 de agosto de 1977, Big Ear detectó una señal de 72 segundos proveniente del cúmulo globular M55 en la constelación de Sagitario. La señal, había aumentado de intensidad durante 36 segundos, había llegado a un máximo muy superior al normal, y luego había decrecido durante otros 36 segundos, tal como se esperaría de un objeto astronómico que cruzase el campo de recepción de Big Ear.

Cuando el astrónomo Jerry Ehman descubrió la impresión de la señal, tres días después de captada, rodeó su punto de mayor intensidad con un bolígrafo rojo y escribió a su lado: «Wow!» (ver fig.8). Desde entonces, es así como se la conoce.

Sin duda, fue un momento de gran emoción en la historia de SETI, pero desde entonces ni Ehman ni ningún otro científico ha podido volver a captarla… Y en 1998, tras 25 años de búsqueda ininterrumpida de señales de inteligencia extraterrestre, Big Ear fue demolido para construir en su sitio un campo de golf.

 

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Fig.7: Radiotelescopio Big Ear, en Delaware, Ohio (1963-1998).

 

Proyecto SERENDIP

Otro método alternativo a la construcción de nuevas infraestructuras fue ideado por Stuart Bowyer y llevado a la práctica por Jack Welch y Jill Tarter: ¿por qué no crear un sistema de trabajo de SETI que fuera simbiótico con el del resto de esfuerzos en radioastronomía? En otras palabras: ¿por qué no buscar señales de inteligencia extraterrestre en los lugares del cielo hacia los que los grandes radiotelescopios estuvieran apuntando debido a otros fines? Si encontraban señales prometedoras, podrían enviárselas a otros astrónomos para que se hicieran cargo del seguimiento.

Stuart Bowyer lo definió como el método del piggybacking (algo así como el método de «subirse al carro») y lo cierto es que, al margen de su nombre, se convirtió en uno de los sistemas más sólidos de trabajo en SETI.

Welch y Tarter, por su parte, denominaron a su puesta en práctica «the Search for Extraterrestrial Radio Emissions from Nearby Develop Intelligent Population» o SERENDIP… Un nombre sin duda mucho más atractivo.

Gracias al sistema ideado por Bowyer, el proyecto SERENDIP fue uno de los primeros en escanear el cielo en múltiples frecuencias simultáneamente. Al principio solo eran cien, pero con el tiempo fueron muchas más.  Y lo más interesante fue que, aunque los investigadores de SETI no tuvieran control alguno sobre la parte del cielo que observaban, con los años terminaron abarcando casi la totalidad del área de observación de los radiotelescopios que emplearon.

Y fueron varios: desde 1979, el proyecto SERENDIP trabajó en simbiosis con los radiotelescopios de Hat Creek, Green Bank, y por último con el de Arecibo, hasta su reciente colapso estructural.

 

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Fig.8: Impresión original de la señal con el resaltado en rojo y la exclamación de Ehman.

 

The SETI Institute

Al margen de la gracia que pueda causar el concepto piggybacking, lo cierto es que define muy bien los esfuerzos de un grupo de científicos que nunca contaron con suficiente financiación pública.

En 1984, Jill Tarter comprendió que dichos fondos no solo no aumentarían, sino que tenderían a bajar y fundó The SETI Institute (ver fig.9), una organización sin fines de lucro cuyo objetivo inicial era desarrollar los programas informáticos capaces de acelerar el análisis de las señales obtenidas.

Ese objetivo se consiguió en octubre de 1992 con la instalación en Arecibo del High Resolution Microwave Survey (HRMS). Sin embargo, sus éxitos no impidieron que, dos años más tarde, los fondos de la NASA destinados a SETI fueran eliminados por el congreso y el instituto, fundado para subsidiar la escasez de recursos, pasara a ser el único medio de subsistencia de esta disciplina científica.

Para entender el nuevo enfoque que esto le impuso, es necesario dar primero un paso atrás.

 

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Fig.9: The SETI Institute, fundado por Jill Tarter en 1984.

 

La estrategia de Horowitz

Desde el momento en que SETI dispuso de grandes radiotelescopios, se volvió imprescindible desarrollar espectrómetros capaces de captar señales en anchos de banda lo más finos posibles, dentro de las inmediaciones de la línea del hidrógeno. Cuanto más fina fuese la línea analizada, más fácil les resultaría a los detectores discriminar la señal del ruido.

Paul Horowitz comenzó su trabajo en 1978, en Arecibo, analizando 125 estrellas cercanas con su espectrómetro. En los años siguientes, logró reducir el tamaño de sus equipos hasta convertirlos en un dispositivo portable conocido como «Suitcase SETI» que empleó tanto en Arecibo como en el Harvard-Smithsonian Radiotescope.

Entre 1983 y 1985 escaneó con sus equipos los cielos del hemisferio norte varias veces en el contexto de Project Centinel. Sin embargo, su espectrógrafo solo buscaba en las inmediaciones de los 1420 Mhz (la línea del hidrógeno) sin prever ni corregir las desviaciones debidas al efecto Doppler y, sobre todo, era muy lento: le tomaba 30 segundos analizar la suma de frecuencias para un punto determinado del cielo.

Para resolver estos problemas, Horowitz desarrolló el proyecto META (Megachannel Extra-Terrestrial Assay), una nueva generación de espectrómetros con más capacidad computacional capaz de evaluar, en tiempo real, 8,4 millones de canales y de corregir las distorsiones debidas a los movimientos de la Tierra y del Sistema Solar.

Esto ocurrió en 1985, cuando SETI ya no disponía de fondos estatales. Así que META se construyó gracias a la Planetary Fundation, de Carl Sagan, y a una donación de 100 000 dólares de Steven Spielberg… que por entonces era mundialmente conocido gracias a un célebre contacto extraterrestre.

Pocos años después, a META la sucedió el proyecto BETA (Billon-channel Extra-Terrestrial Assay, recordemos que «billon» en inglés, significa mil millones), que estuvo activo hasta 1999.

 

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Fig.10: The Allen Telescope Array (One Hectare Telescope), Hat Creek.

 

SETI en la actualidad

Tras la cancelación de los proyectos que vinculaban a SETI con la NASA, The SETI institute tomó el control de las instalaciones diseñadas para tal fin y Jill Tarter se lanzó a la búsqueda de financiación privada… Y lo cierto es que la consiguió, en especial, entre magnates de la informática como Bill Hewlett y David Packard, Gordon Moore (el cofundador de Intel, famoso por la ley que lleva su nombre) y el cofundador de Microsoft, Paul Allen.

Gracias a sus donaciones, The SETI institute pudo continuar con el proyecto SERENDIP, crear el proyecto Phoenix (una versión avanzada de aquel) y, fundamentalmente, construir sus propias instalaciones. Un observatorio de radiointerferometría compuesto por cuarenta y dos pequeñas antenas que, en su conjunto, cumplen el rol de un gran radiotelescopio. El complejo, bautizado The Allen Telescope Array, fue inaugurado en 2007 en Hat Creek, Berkeley (ver fig.10).

También gracias a la financiación privada —en este caso de Yuri Milner— en 2015 se puso en marcha el proyecto Breakthrough Listen, administrado por el centro de investigación SETI de Berkeley (que también dirige SERENDIP).

El proyecto ha alquilado tiempo de observación en el nuevo radiotelescopio de 100 metros de Green Bank (en el hemisferio norte) y en el radiotelescopio del observatorio Parkes (en el hemisferio sur, unos cielos olvidados hasta entonces por SETI), así como observaciones en luz visible (otro punto ciego, nunca mejor dicho, de SETI) en el Automated Planet Finder del observatorio Lick.

Breakthrough Listen recolecta más datos en un solo día que los que captaban los anteriores proyectos en un año de observación. Sus objetivos incluyen —y digo «incluyen» porque sigue activo— un millón de estrellas cercanas y los centros de 100 galaxias.

Para poder procesar semejante cantidad de información, el programa desarrolló SETI@Home (ver fig.11), una aplicación que permite, a todos aquellos voluntarios que la descarguen, emplear los tiempos muertos de sus ordenadores para el análisis de datos.

 

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Fig.11: SETI@Home.

 

Los límites de la búsqueda

A la hora de evaluar los motivos por los que aún no hemos detectado señales de inteligencia extraterrestre, además de lo expuesto al principio del artículo, es imprescindible exponer un sesgo observacional derivado de la coyuntura histórica en la que comenzó la búsqueda.

Si bien tanto el artículo de Cocconi y Morrison como la detección de la línea de 21cm del hidrógeno neutro fueron hitos imprescindibles para el desarrollo de SETI, también es cierto que determinaron —y, hasta cierto punto, limitaron— su área de acción.

Para empezar, la línea de 21cm de hidrógeno no tiene porqué ser la única banda en la que una inteligencia extraterrestre intente comunicarse. En la novela Contact, de Carl Sagan, por ejemplo, el mensaje extraterrestre no nos llega en la frecuencia de los 21cm de hidrógeno, sino en dicha frecuencia multiplicada por números primos.

¿Y porqué no buscarla en líneas cercanas y también comunes, como la línea del hidróxido, que va desde los 1612 a los 1720 MHz? Lo cierto es que en los últimos años —siguiendo la estrategia desarrollada por Horowitz— las búsquedas están teniendo lugar en miles de millones de frecuencias al mismo tiempo y con una sensibilidad cada vez mayor.

Pero, continuando con la misma línea de pensamiento, ¿por qué no buscar señales fuera del espectro de radio? Una vez más, fue Paul Horowitz quien planteó —a mediados de los noventa— que, si por entonces nosotros ya disponíamos de la tecnología necesaria para enviar breves haces de laser con una potencia que superaba el brillo del Sol en un factor de mil a uno y que podían seguir siendo coherentes a grandes distancias, lo más probable era que las civilizaciones extraterrestres, de existir, también los emplearan.

Así nació Optical SETI Proyect, en 1998, una serie de fotodetectores capaces de captar pulsos laser de escasos nanosegundos. Dichos fotodetectores se instalaron primero en los telescopios ópticos de Harvard y Princeton (empleando el método del piggybacking) y luego, a partir de 2006, en el All Sky Optical SETI Telescope (ver fig.12), diseñado para escanear la totalidad de los cielos del hemisferio norte en 200 noches despejadas.

Vale aclarar que los rayos cósmicos, al ingresar en la atmósfera, pueden provocar señales únicas del mismo tipo de las buscadas por Horowitz, por ese motivo, a partir de 2010, un grupo dirigido por Frank Drake instaló un sistema independiente de tres fotodetectores capaces de descartar señales únicas, lo que redujo el número de falsos positivos a uno por año.

Por último, a partir de 2015, se han empezado a buscar también haces de laser en frecuencias de infrarrojo.

 

12 Optical SETI
Fig.12: All Sky Optical SETI Telescope, Harvard.

 

El futuro de SETI

Sobra decir que todos los proyectos y técnicas expuestas hasta ahora no han detectado ninguna señal alienígena que haya sido confirmada, sin embargo, lo expuesto en el apartado anterior contiene las claves de las futuras búsquedas de inteligencia extraterrestre.

Por una parte, en los próximos años se emplearán receptores con una sensibilidad mucho mayor que la actual. Esta tendencia se ha incrementado desde que se comprendió que, debido a la expansión acelerada del universo, señales de gran potencia provenientes de galaxias muy lejanas podrían llegarnos dentro del rango de frecuencias de las emisiones de radio y televisión (de 10 a 240 MHz). Esta idea dio origen al Low-Frecuency Array o telescopio LOFAR, una red de cuarenta y cuatro antenas esparcidas por Holanda, Francia, Suiza, Alemania y Reino Unido de la que SETI ya forma parte.

Y sin duda se potenciará mucho más cuando se concluya el Square Kilometer Array (SKA), un proyecto que comenzó a construirse en enero de este año y que busca instalar cientos de antenas entre Sudáfrica y Australia para crear el mayor radiointerferómetro del mundo. Cuando comience a funcionar, el SKA será tan sensible que podrá captar señales de radio y televisión de tipo terrestre provenientes de un planeta ubicado a decenas de años luz de distancia.

 

13 La estrella de Tabby
Fig.13: Imagen de la conferencia TED en la que Tabetha Boyajian presentó los cambios bruscos de brillo de la estrella de Tabby.

 

Nuevos enfoques

La segunda tendencia que me interesa señalar la expone Wade Roush en Extraterrestrial —el ensayo que, como comenté al principio, me ha servido de base para escribir este artículo— y tiene que ver con una reciente apertura a nuevas formas de concebir y reconocer la presencia de vida inteligente alienígena.

Por una parte, la búsqueda de tecnomarcadores —es decir, la búsqueda de infraestructuras de escala astronómica capaces de delatar la presencia de una civilización alienígena— se ha convertido en una rama importante dentro de SETI.

Prueba de ello fue el revuelo mediático que causó el descubrimiento, en 2015, de los cambios bruscos de brillo en KIC 8462852 (más conocida como «la estrella de Tabby») y las hipótesis sobre una supuesta esfera de Dyson que terminó desatando.

En la figura 13 vemos a Tabetha Boyajian, la astrofísica que descubrió la fluctuación, presentándola en una famosa charla TED. (Por cierto, el acrónico WTF significa «Where’s The Flux» y no lo que estás pensando).

Por otro lado, en lo que respecta al método «tradicional» de SETI, los investigadores han empezado a plantearse que quizás no estemos entendiendo como señales lo que en realidad son señales extraterrestres. Hemos dado por hecho que un mensaje extraterrestre debería expresarse de una forma obvia —como el empleo de múltiplos primos de la frecuencia de la línea de hidrógeno— cuando (como nos recuerda Roush) quizás los alienígenas no estén interesados en ser tan obvios… o quizás su idea de obviedad está a doscientos años vista de nuestros conocimientos científicos.

Sea como sea, me interesa cerrar este artículo reiterando la misma idea que expuse al principio. Nuestros esfuerzos en SETI apenas tienen seis décadas. Recién hemos empezado a adentrarnos en las orillas del océano cósmico. Nos queda una inimaginable vastedad por explorar. Y si de algo estoy seguro es de que (aunque solo sea por la esperanza de hallar resultados) el esfuerzo de hacerlo sin duda valdrá la pena.

 

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Fig.14: Fotograma de la película Contact, basada en la novela de Carl Sagan.

 

 

 

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