Sospecho que leí por primera vez Más que humano, de Theodore Sturgeon, antes de lo que hubiera debido. Saqué la novela a los doce o trece años de la misma biblioteca en la que había descubierto a Ray Bradbury y recuerdo haber tenido, al leerla, dos sensaciones contradictorias: su primera parte me resultó tan extraña y poco «fantástica» que a punto estuve de dejarla, sin embargo, cuando al fin se expresa el poder del Homo Gestalt —esa suma de individuos que compone un organismo «más que humano»— experimenté como pocas veces hasta entonces el sentido de la maravilla.

Fue tal el asombro que me provocaron sus ideas que, durante años, me extrañó no volver a encontrarlas en otras obras de ciencia ficción. Como supe hace poco, quizás las hubiera encontrado antes si hubiera seguido con más detalle Star Trek, pero, si bien The Next Generation marcó mi infancia, admito que nunca asocié sus especies alienígenas a la mente compartida propuesta por Sturgeon.

En mi caso, los siguientes ejemplos de Homo Gestal los descubrí en la supermente Gaia de Los límites de la Fundación, de Isaac Asimov (aunque nunca me creí al personaje de Bliss como una expresión individual de una mente colectiva) y, de forma mucho más reciente, en la serie Sense8, de las hermanas Wachowski (aunque sus personajes presentan una individualidad tan marcada que, más que ser partes de una única entidad, cada cual toma prestadas las habilidades de los otros).

Y entonces, gracias a una maravillosa serendipia, en menos de un mes cayeron en mis manos dos novelas que sí se toman en serio el concepto de Homo Gestalt y exponen los dilemas éticos que su surgimiento plantearía. Me refiero a Unity, de Elly Bangs (inédita en nuestro idioma), y Outsphere, de Guy-Roger Duvert (recientemente traducida al castellano), dos libros que me gustaron tanto que me animaron a releer Más que humano. Y en esa segunda lectura, treinta años después de la primera, descubrí que el componente ético en la aparición del Homo Gestalt ya estaba presente allí.

En este artículo me dedicaré a comparar el modo en que las tres novelas abordan dicho tema; es decir, las características particulares de sus distintos Homo Gestalt y las implicaciones éticas que se derivan de ellos. Sin embargo, es importante aclarar que tanto Unity como Outsphere abordan muchos otros temas, así que, para al menos dejar constancia de esos matices, en cada caso empezaré por presentar el libro, y luego me centraré en el modo en que enfoca y problematiza la presencia del Homo Gestalt.

 

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Fotografía realizada por Rob Curran y publicada en Unsplash.

 

Más que humano

La novela de Sturgeon fue la que introdujo el concepto de Homo Gestalt en la ciencia ficción, por lo tanto, es lógico que su novum gire, exclusivamente, en torno a él. Debido a eso, la sinopsis de Más que humano podría resumirse como el relato del surgimiento de un nuevo eslabón evolutivo (una mente compartida… que no es lo mismo que una mente colectiva) y de sus formas de vincularse con el resto de la humanidad. Es en esas interacciones donde se plantean los dilemas morales (y éticos) que supondría semejante evolución.

Sigo pensando, como comenté al principio, que sus primeras páginas resultan un tanto desestructuradas; sin embargo, en esta segunda lectura he comprendido que es una decisión estilística tomada a conciencia por Sturgeon… una decisión coherente, además, con las características de la entidad que nos presenta. Al fin y al cabo, al principio del libro, el Homo Gestalt no es más que un conjunto desestructurado de partes. Solo cuando los personajes que lo componen se unifican, las intenciones del todo (y, por tanto, la novela en sí) comienzan a expresarse de un modo coherente.

 

Mente compartida

Ahora bien, el Homo Gestalt propuesto por Sturgeon presenta tres características que lo diferencian bastante de lo que solemos imaginar como «mente colectiva».

En primer término, el libro lo describe como un salto evolutivo natural del que ha surgido una nueva especie, un ser humano «compuesto»: lo que implica que los individuos pertenecientes a dicha especie se percibirán a sí mismos como seres incompletos hasta que logren «conectarse» con el resto de su Gestalt.

Ese salto evolutivo agrega una segunda característica que, a mi entender, disminuye la potencia especulativa del libro: cada integrante del Homo Gestalt presenta un poder psíquico que es, de por sí, «más que humano», lo que nos impide evaluar hasta qué punto el poder del Homo Gestalt, como entidad, parte del hecho de que sean una mente compartida, y hasta qué punto se debe a las habilidades extrasensoriales de cada integrante.

Por último, si bien el Homo Gestalt de Sturgeon es una mente compuesta por un conjunto de individuos, cada uno tiene un rol concreto y diferenciado en el conjunto; no son un colectivo, sino un «cuerpo» mayor. Para explicar a qué me refiero, transcribiré este brevísimo diálogo (sin ponerlo en contexto para no hacer spoilers):

—¿Quién soy?

—[…] Dice que él es un cerebro computador, y yo un cuerpo, y las mellizas los brazos y las piernas, y tú la cabeza. Dice que “yo” somos todos nosotros.

 

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Fotografía realizada por Andrés Gómez y publicada en Unsplash.

 

Ética para superhumanos

Lo que descubrí en esta segunda lectura es que la tercera parte de Más que humano es, en última instancia, una reflexión sobre la responsabilidad que supone saberse superior al resto de la humanidad.

Sin embargo, esa superioridad está más asociada al Übermensch (superhombre) nietzscheano que al poder de una mente colectiva.

En Así habló Zaratustra, Nietzsche propuso unos sistemas de valores surgidos de la voluntad de poder de una persona que posea una moral superior a la del común de los mortales. En respuesta a un concepto tan ambiguo, Sturgeon subvirtió el orden de los factores para enfrentar dicha idea a una situación más real (y tristemente cercana a su época). ¿Qué sucede cuando un colectivo dispone de poder suficiente para ejercer su voluntad, aunque carezca de una moral superior a la del común de los mortales? ¿O, lo que es peor, aunque carezca de moral?

Ese es el eje en torno al que gira Más que humano.

Una vez más, transcribiré un diálogo sin contextualizar para no estropearte la lectura:

—La Gestalt tiene, como otros seres, manos, cabeza, órganos, mente, […] pero lo más humano es en ella, como en cualquier otro ser, lo que ha aprendido… y merecido. Lo que nadie posee mientras es joven, lo que obtiene (y solo a veces) tras una larga búsqueda y gracias a una profunda convicción. Y lo que es, desde entonces, parte de uno mismo.

—[…] ¿Qué parte?

—[…] La parte dotada de esa intuición llamada ética que puede transformarse a sí misma en el hábito llamado moral.

 

Unity

La novela de Bangs bien podría definirse como un muestrario de posibles apocalipsis… y, sin embargo, la historia funciona.

A finales del siglo XXI, una serie de tragedias —incluida una guerra nuclear— han reconfigurado la faz de la Tierra. Gran parte de su superficie es territorio devastado mientras que las principales ciudades son ahora megaestructuras submarinas.

En una de ellas reside Danae, una joven que se gana la vida como «sierva tecnológica» a las órdenes del clan que rige la ciudad. Pero Danae guarda un secreto: durante años ha formado parte de una mente colectiva conocida como Unity hasta que un hecho trágico, acontecido un lustro antes, la obligara a separarse. Desde entonces no logra sentirse completa, así que, asfixiada por la separación, decide embarcarse en un viaje peligroso por el sudoeste de lo que un día fue Estados Unidos para reencontrarse con el resto de su ser.

En su aventura la acompañará su pareja, Naoto, y un antiguo mercenario, Alexei, al tiempo que será perseguida tanto por el clan para el cual trabajaba como por una misteriosa amenaza vinculada a su pasado.

 

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Fotografía realizada por Davide Ragusa y publicada en Unsplash.

 

Mente colectiva

Unity, la entidad que da título a la novela, es la expresión más precisa que he leído de lo que solemos entender como «mente colectiva». De hecho, en su origen, al menos, Bangs le brinda un claro carácter utópico.

Unity no es el resultado de un proceso evolutivo natural, sino que parte de una tecnología informática capaz de enlazar distintas mentes. Este simple hecho sirve para diferenciar, y mucho, su Homo Gestalt del propuesto por Sturgeon.

Para empezar, los individuos que componen el colectivo fueron, antes de Unity, seres humanos como nosotros. Y aunque en la novela se aclara que todos han sido elegidos por su brillantez intelectual o su destreza física, ninguno de ellos posee poderes psíquicos sobrehumanos…, ni se sintieron incompletos antes de formar parte de Unity.

Por otra parte, el concepto «mente colectiva» supone una conexión horizontal entre los integrantes de conjunto. Ninguno de ellos es superior al otro ni los roles de sus integrantes están diferenciados salvo, claro está, por las capacidades que cada uno aporta al conjunto. La interacción, a la interna de este Homo Gestalt, no se basa en el símil del cuerpo, como en Más que humano, sino en el de los sistemas en red. Cada nodo aporta «potencia de cálculo», cuando es necesario resolver un problema por «fuerza bruta», pero a su vez un nodo concreto puede adquirir relevancia si el problema a resolver requiere de sus capacidades específicas.

Por último —y este es el elemento más original de la propuesta—, ingresar en Unity implica compartir con el colectivo tus vivencias y recuerdos. Todas tus vivencias y recuerdos. Muy al principio de la novela, la protagonista dice tener doce mil años de vida porque, en efecto, dispone de los recuerdos de un conjunto de vidas equivalente a doce mil años. Es esa apertura absoluta al colectivo, esa ausencia acordada de intimidad individual, lo que hace que Unity trascienda el mero intercambio de experiencias y habilidades para convertirse en una entidad «más que humana», un todo que es mucho más poderoso que la suma de sus partes, pero en el que éstas siguen reconociéndose como tales.

 

Aceptación, asimilación, unificación

Para lograrlo, Unity se sustenta en una virtud esencial: la aceptación de la diversidad a la interna del colectivo (como ya he comentado, el Homo Gestalt descrito por Bangs es una propuesta utópica).

Sin embargo, a lo largo de la novela, la autora contrapone este modelo con otros dos para mostrarnos que los riesgos éticos de semejante colectivo no dependen del colectivo en sí, sino del modo en que éste se materialice.

Unity expresa la unidad en la diversidad, la aceptación del otro como base de la integración… Sin embargo, ¿qué ocurriría si, en cierto momento, el colectivo comenzase a captar a personas muy jóvenes o poco formadas? ¿Seguiría potenciando su diversidad, o estaría asimilando más «poder de cálculo» a una base de valores ya establecida? Por medio de este dilema, Bangs profundiza en los pros y contras de la asimilación como herramienta primaria de integración… Y sus conclusiones no son precisamente alentadoras.

Pero existe incluso una tercera forma de «mente colectiva»: un único individuo que se replica a sí mismo en la mente de otros como forma de autoperpetuarse… eliminando, en el camino, todo rastro de la personalidad del cuerpo receptor. No se me ocurre una metáfora más explícita de los objetivos y peligros de un régimen totalitario.

 

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Fotografía realizada por Koushik Das y publicada en Unsplash.

 

Outsphere

Cuando vivía en Ginebra tenía la costumbre de ir, de vez en cuando, a una librería del centro a leer las contraportadas de las novelas de ciencia ficción publicadas en francés. Lamentablemente, mis conocimientos de dicho idioma no me daban para más, porque desde el principio me sorprendió la variedad de obras y autores francófonos de ciencia ficción contemporánea.

Durante años me he preguntado por qué ninguna editorial de habla hispana se ha interesado en traducirlas, así que hace un par de meses, cuando Victoria Plaza Ponce (la traductora de Outsphere al castellano) me escribió para ofrecerme leerla, tuve la sensación de estar cumpliendo una asignatura pendiente.

Solo por eso, sin duda hubiera leído la novela de Duvert, pero lo cierto es que su historia me atrapó.

El Arca —la primera nave interplanetaria diseñada por la humanidad— ha viajado durante ochenta años hasta Edén, un exoplaneta habitable, con el objetivo de fundar una colonia… Una «segunda oportunidad» para nuestra especie tras haber dejado atrás una Tierra moribunda.

En teoría, el exoplaneta solo alberga vida vegetal. Sin embargo, conforme sus tripulantes en hibernación comienzan a despertar y a descender a superficie, descubren (como no podía ser de otra manera) que Edén no es tan edénico como se suponía.

Dado que los primeros en despertar son militares —y hombres— y que la primera amenaza a la que se enfrentan es un pueblo aborigen inteligente (aunque «primitivo», tal como se lo describe en la novela), mi primera impresión fue que me encontraba ante una novela militarista centrada en la «colonización» de un nuevo territorio… Y sospecho que eso es lo que pretende hacernos creer el autor para potenciar un golpe de efecto magnífico, al final de la primera parte.

Pocos meses después de la llegada del Arca, arriba a Edén una segunda nave, lanzada desde la Tierra sesenta años después que la primera. Sus tripulantes son humanos, sí, pero un tipo de humanos evolucionados genéticamente que se definen como «Atlantes», y que nos consideran a nosotros (es decir, a los tripulantes del Arca) «primitivos».

A partir de ahí, las amenazas se suceden: virus mortales, especies alienígenas incluso más mortales, conspiraciones políticas, suspicacias constantes entre las tripulaciones de ambas naves… y el descubrimiento de yacimientos arqueológicos con restos de una civilización alienígena altamente avanzada.

Como comenté en otro sitio al valorar la novela, todos estos ingredientes se nos presentan en escenas cortas, que van saltando entre una diversidad de personajes y situaciones, lo cual me ha recordado, hasta cierto punto, la lógica de las series televisivas actuales. De hecho, Outsphere es una excelente primera temporada de una serie de ciencia ficción. Y digo «primera temporada» porque, si bien la novela cierra un arco argumental (por lo que no me he quedado con la sensación de que la historia quedara inconclusa), lo cierto es que a lo largo de sus páginas se nos presentan un buen número de interrogantes que quedan pendientes para próximas entregas.

Cuando se traduzcan, sin duda las leeré…, esta primera novela la devoré en tres días.

 

Mente colmena

Aunque la evolución que ha dado origen a los Atlantes no es natural, como en Más que humano, existen varios puntos en común entre ambas historias.

Para empezar —y a diferencia de Unity, que propone un Homo Gestalt basado, exclusivamente, en tecnologías informáticas—, Outsphere nos presenta un colectivo en el que todos sus integrantes han sido modificados genéticamente… En otras palabras, el Homo Gestalt de Duvert surge de una evolución dirigida. Dicha evolución también les brinda a sus integrantes —al igual que en la novela de Sturgeon— poderes psíquicos. Sin embargo, incluso coincidiendo en esos puntos, el tipo de Homo Gestalt propuesto por Duvert es totalmente distinto al descrito en Más que humano.

La primera prueba de ello está en los «nombres» de los Atlantes: los emisarios enviados a contactar con el Arca se presentan como M0014 y M1500. Dos nombres que nos retrotraen a Nosotros, de Evgueni Ivánovich Zamiátin (recordemos que su protagonista se llama D-503), lo que ya da cierta idea del tipo de colectivo que Duvert está proponiendo.

La segunda pista nos la brinda al explicarnos que todo integrante del Homo Gestalt se «sincroniza» periódicamente con el colectivo, de modo que el conjunto adquiere sus experiencias recientes y este, a su vez, se acopla al pensamiento general.

Y todo esto se recalca al definir a los integrantes del colectivo como «clones», aunque en ningún momento quede claro si realmente lo son, o son humanos modificados.

Esa tendencia a la eliminación de la individualidad (genialmente remarcada por las descripciones de sus cuerpos: hermosos hasta el punto de rozar una perfección… genérica) nos sugiere ya no una mente colectiva, en la que cada individuo aporta y participa, sino una mente colmena en la que cada individuo no es más que una pieza prescindible del conjunto.

 

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Fotografía realizada por Sasan Rashtipour y publicada en Unsplash.

 

Individuo versus colectivo

Este contraste entre una sociedad basada en la unificación colectivista y otra que se sustenta en la individualidad cooperativa genera no pocos conflictos, tanto morales como éticos, que Duvert desarrolla sin maniqueísmos.

De hecho, la exploración de estos puntos de vista antagónicos, de sus reticencias mutuas, de las cosmovisiones que construye cada uno (brillante su exploración de los conceptos de verdad y mentira en ambas sociedades) y de los valores que priorizan son los ejes conductores de la trama central y, en última instancia, el detonante del final de la novela.

Debido a eso, me resulta imposible profundizar en estos temas sin estropearte la lectura. Sin embargo, me gustaría citar, como ejemplo, uno de los dilemas morales expuestos en el libro.

En una de las tres comunidades humanas que se establecen en Edén, un virus mortal, desconocido y muy contagioso ha infectado a un grupo reducido de Atlantes y de humanos del Arca. Los Atlantes deciden eliminar a todos sus miembros contagiados (por más que presenten síntomas leves) para evitar la propagación de la enfermedad, y le sugieren al representante de los humanos del Arca que haga lo mismo. ¿Qué harías tú en su lugar?

Como comenté más arriba, el modo en que Duvert desarrolla este dilema no es en absoluto maniqueo… Lo que termina planteando más interrogantes que respuestas.

Al fin y al cabo, para eso, para cuestionar nuestras convicciones, está la literatura.

 

Homo Gestalt

Tras leer estas tres novelas en tan poco tiempo me he quedado con la sensación de que el novum del Homo Gestalt, en todas sus variantes, sigue estando muy poco explorado en la literatura de ciencia ficción. De hecho, creo que los tres dilemas que nos plantean sus distintos enfoques son esenciales a nuestro desarrollo como sociedad.

En primer lugar, el novum del Homo Gestalt especula sobre la responsabilidad ética que implica saberse más poderoso, como entidad, que el resto de los humanos. Y hoy en día, muchos de los problemas que enfrentamos como humanidad están potenciados, precisamente, por la falta de responsabilidad ética de esas entidades «más que humanas» (pero muy reales) que nos gobiernan.

En segundo término, contrapone el enfoque individualista al comunitario (llevando a ambos a su extremo) para mostrarnos sus debilidades y fortalezas… y para enseñarnos que, quizás, la virtud se encuentra en el justo medio.

Por último, la asunción del Homo Gestalt como una realidad nos incita a plantearnos cuáles podrían ser las bases —al margen de los desarrollos científicos ficcionales— sobre las que fundar una sociedad basada en la empatía y en la comunión intelectual con el otro. Al margen de sus diferencias… o, mejor aún —tal como plantea Bangs en su libro— enriqueciendo al conjunto a través de las diferencias.

 

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Fotografía realizada por Justice Amoh y publicada en Unsplash.

 

NOTA: La imagen de cabecera es una fotografía de Dynamic Wang publicada en Unsplash.

 

 

 

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