Ya he comentado otras veces que adoro leer reseñas de libros (y, muy especialmente, las que aparecen en blogs). Sin embargo, este hábito tiene algunos riesgos: a veces (y te aseguro que son muchas menos de las que podría pensarse) la lectura de ciertas reseñas (o la escucha de ciertos contenidos) determinan el enfoque que le doy a la lectura.

No me refiero a que me revelen los temas que aborda. A mí me gusta tener una idea del libro que voy a leer e, incluso teniéndola, en la mayoría de los casos la experiencia me sorprende. (Como me ocurrió con The Power, de Naomi Alderman, por poner un ejemplo).

No, a lo que me refiero es al enfoque. A veces una reseña me invita a enfocar mi lectura hacia la búsqueda de «algo». Puede que, si no hubiera dispuesto de la información previa, hubiera hallado ese «algo» de todos modos; sin embargo, el hecho de buscarlo explícitamente facilita (¿predispone?) el análisis.

Al margen de lo mal que esto pueda sonar, la verdad es que no tiene por qué serlo. O, al menos, no lo es para mi. Disfruto desgranando las ideas y estructuras de las novelas que leo tanto como de la lectura en sí misma. Por lo tanto: esa «ayudita», a la hora de hallar el enfoque adecuado, nunca viene mal.

Es muy probable que este artículo no fuera el que es si, mucho antes de leer El largo viaje a un pequeño planeta iracundo, no hubiera leído la magnífica reseña que le dedicó Daniel Pérez Castrillón en su blog Boy With Letters.

En el primer párrafo, Daniel plantea lo siguiente:

«La novela de Becky Chambers es una especie de sitcom espacial compuesta por ocho personajes poliédricos, carismáticos e interesantes que nos llevan de viaje a lo largo de un vasto universo tocando por el camino un sinfín de temas».

Las palabras «sitcom espacial» están en negrita en el original, pero si no lo hubieran estado, las habría puesto así en este artículo. Esa expresión define perfectamente El largo viaje… Y como estaba advertido por Daniel desde antes de empezar la novela, he podido recopilar información para mostrarte por qué.

¿Despegamos?

 

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Fotografía realizada por Greg Rakozy y publicada en Unsplash.

 

El viaje de ida

Suena a tópico, lo sé, pero en muchas ocasiones los tópicos esconden verdades: las series del siglo XXI son las novelas por entregas del siglo XIX.

Como todo tópico, sin duda es una simplificación. Y no es mi objetivo analizar aquí cuánto de cierto hay en esas palabras. Sin embargo, ¿qué duda cabe de que los tempos de series como The Wire, Breaking Bad o —en el caso de la ciencia ficción— Battlestar Galactica se asemejan mucho más a los literarios que a los de sus precedentes televisivos?

Además (y al margen de las «sensaciones» que puedan despertar en el espectador) en algunos casos la intención es explícita. Como explica Margaret Talbot en su excelente artículo para The New Yorker «Stealing Life. The crusader behind “The Wire”»:

«Simon [el showrunner de la serie] entregó el piloto a HBO en noviembre de 2001. Poco después, conoció al novelista George Pelecanos en el funeral de un amigo común. (…) Según recuerda Pelecanos, Simon le dijo que The Wire sería “una novela para televisión”. No en el sentido de Hombre rico, hombre pobre. Cada episodio sería como un capítulo en un libro. Podrías hacer una digresión, como en una novela. Y abordaría los aspectos sociales del crimen».

Si sumamos a esto que, junto a George Pelecanos y David Simon, también escribieron guiones Dennis Lehane y Richard Price (otros dos reputados novelistas), la influencia literaria en The Wire resulta indiscutible.

 

Series y miniseries

Pero me interesa retomar el comentario de Pelecanos respecto a Hombre rico, hombre pobre.

Aunque yo no leí la novela de Irvin Shaw (ni vi su adaptación televisiva) sé que fue una miniserie muy exitosa en los setenta… Y aquí la palabra clave es miniserie.

La transformación radical que han experimentado las series en los últimos años (en especial en Estados Unidos) puede explicarse a través de esa palabra.

Hasta finales de los noventa, si bien se asumía la posibilidad de «adaptar» una novela a televisión, se la entendía como un contenido claramente distinto de las series.

Incluso los primeros intentos de desarrollar otro tipo de contenidos —como la arriesgada y exitosa V, que marcó la infancia de quienes nos criamos en los 80— se concibieron como miniseries, no como series. De hecho, en el caso de V, cuando el éxito obligó a sus productores a pasar al formato serie, en lugar de adaptar el formato a la narración «literaria» que la distinguía, adaptaron el contenido a la mecánica de las series de los 80.

 

El caso europeo

Antes de continuar, debo hacer una pequeña aclaración.

En Europa (y muy especialmente en Reino Unido) la adaptación de novelas al formato miniserie sigue empleándose con excelentes resultados. Un ejemplo reciente es la adaptación de The City and The City, de China Miéville, por parte de BBC Two.

Sin embargo, siguiendo la estela de la HBO, las cadenas de pago ya no suelen adaptar novelas al formato miniserie, sino que parten de ellas para convertir sus series en «novelas por entregas». Y eso ha cambiado radicalmente las mecánicas de las series de los 80.

 

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Fotografía realizada por Benjamin Davies y publicada en Unsplash.

 

El viaje de vuelta

¿Y cuáles eran esas mecánicas?

Bueno, si tienes mi edad, por el momento no es necesario que responda a esa pregunta (hemos absorbido esa televisión desde la cuna).

Y si has nacido en los 90 basta decir (por ahora) que el tipo de series que se hacía en aquella época ha sobrevivido «bastante» intacto en tres formatos contemporáneos: los «procedimentales», en el género policial; las series de acción por episodios, en el género fantástico, de aventuras y de ciencia ficción; y las sitcom, en el género de comedia.

Con lo que volvemos a la palabra con la que he empezado y a la idea central de este artículo: lo que convierte a El largo viaje a un pequeño planeta iracundo en una novela tan interesante es que traduce las mecánicas de las series televisivas clásicas al contexto literario.

En otras palabras, hace el viaje de vuelta: si la literatura ha influido en el modo de estructurar y presentar la ficción televisiva actual; en la estructura y las técnicas narrativas empleadas por Chambers se percibe la influencia de la ficción televisiva clásica.

 

la Con(Federación) Galáctica

Obviamente, si decimos que la novela de Chambers cuenta la historia de una nave multiespecie que tiene que desplazarse hacia un planeta lejano a las órdenes de una Confederación Galáctica, el primer referente que nos viene a la cabeza es Star Trek.

Sé que ya se ha hablado mucho sobre el tema. (Vaya como ejemplo este artículo de Francisco Martínez Hidalgo para Fabulantes que la define como: «Una divertida space opera con la que disfrutarán principalmente los trekkies de corazón»).

Pero, dado que la infancia de Chambers también transcurrió en los ochenta, sospecho que su principal referente del universo Star Trek es el mismo que el mío (la serie The Next Generation) y conviene detenerse en un detalle de esa serie porque, a mi entender, justifica el tono del libro.

Todavía recuerdo la admiración que me provocó, siendo adolescente, la capacidad empática del capitán Picard y su tripulación, la «madurez» con la que enfocaban los problemas, su incapacidad de mentir y su búsqueda constante de una solución consensuada. La idea de una humanidad que respondiera ante un único gobierno y que estuviera asociada, a su vez, a una «Federación Unida de Planetas» me maravilló por su potencial utópico.

Para mí no era algo naif, sino más bien lo contrario: una muestra de madurez cultural; la misma madurez que admiraba en los personajes.

Planteo esto porque, en tiempos de antihéroes y personajes grises, una historia como la de Chambers —que pone el acento en la cooperación, en lugar de la conquista— puede resultar naif, cuando en realidad es una proyección de las utopías con las que crecimos.

Becky Chambers —que es consciente de este posible equívoco— hace explícitas sus intenciones de un modo sutil a través de una conversación entre dos personajes alienígenas:

«—Los juegos humanos se basan en la conquista.

—No es cierto —repuso ella—. Tienen muchos juegos cooperativos. (…)

—No me refiero a juegos cerebrales, sino a cosas como esta —dijo haciendo un gesto hacia el tablero de píxeles—. Los clásicos. A lo que han estado jugando los humanos desde antes de que supieran que había más planetas ahí fuera. Todo es conquista, todo es competición».

Tras decir esto, los dos personajes se ponen a jugar a un juego cooperativo… Porque, aunque solamos «jugar» a contarnos historias de conquista y competición, otro tipo de historias, otro tipo de juego entre el escritor y el lector, es posible.

Y Chambers se dedica demostrarlo a lo largo de su novela.

 

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Fotografía realizada por Jeremy Thomas y publicada en Unsplash.

 

La estructura de las series de los 80

Pero al margen de la influencia concreta de Star Trek: The Next Generation; al margen de la influencia concreta que cualquier otra serie haya podido tener en su obra, lo que me interesa analizar es el modo en que Chambers ha transcrito en su novela las mecánicas de las series clásicas.

Como comenté un poco más arriba, las tres formas en que esa estructura ha llegado hasta hoy son las sitcom, las series de acción por episodios y los «procedimentales».

Y, ahora sí, ha llegado el momento de definir algunas cosas.

La estructura de las «comedias de situación» se basan en el diseño de unos personajes muy claros y diferenciables, incluso contrapuestos (no exactamente caricaturas, pero sí «estereotipos»), ubicados en un escenario único (o en un conjunto limitado de escenarios) para que puedan interactuar.

El éxito de la comedia radica en la gracia de sus interacciones y en la química entre sus personajes. El diálogo manda sobre la acción. De hecho, la acción está al servicio de los personajes (a diferencia de la mayoría de los blockbuster, en los que son los personajes los que están al servicio de la acción).

Tanto las series «procedimentales» como las de acción por episodios han adoptado, en los últimos años, algunas lógicas de las series contemporáneas, pero, incluso así, mantienen una estructura reconocible que intentaré describir.

Todas comienzan con un episodio piloto que introduce a los personajes principales (con sus claroscuros y, si es posible, algún secreto), el entorno en el que se desarrollará, las particularidades del worldbuilding (sobre todo en las series de ciencia ficción y fantasía), y culmina con una escena deslumbrante (y por lo general, cara) para invitar al espectador a seguirla viendo.

Tras el episodio piloto vienen los episodios estándar: en los que se resuelve un caso, o se vive una aventura…, o se visita un planeta.

Al tiempo que los personajes descubren al culpable —o sobreviven a su aventura—, se intercalan diálogos que nos permiten profundizar en sus vivencias, darles profundidad. Si la serie sigue a un grupo de personajes, lo habitual es que el protagonismo de estos capítulos vaya pasando de un personaje a otro (o que, al menos, varíe la implicación de los personajes en la historia) para ahondar, así, en la personalidad de cada uno de ellos.

Estos episodios suelen intercalar, también, pequeñas escenas que sugieren un arco argumental mayor. Un arco que apenas se percibe a lo largo de la temporada, pero que se cerrará al final de la misma.

Lo que nos lleva a ese «final de temporada», que suele ser un capítulo doble o dos capítulos interconectados.

Las pequeñas pistas que se han ido dejando en los capítulos intermedios hacen creer al espectador que la temporada se enmarca en un único arco, sin embargo, el arco argumental con el que culmina este tipo de series suele abrirse y cerrarse en esos capítulos finales.

Es entonces cuando se presenta al «enemigo» que ha estado «en las sobras» en los capítulos anteriores (piensa en las temporadas de Alias, por ejemplo), y es recién entonces cuando este enemigo actúa, generando un arco argumental que —visto por separado— tiene aproximadamente la misma extensión que el de los episodios intermedios.

En el clímax de acción al que lleva esta historia vuelven a aparecer escenas deslumbrantes. (Como todos sabemos, el capítulo inicial y los capítulos finales suelen ser los más caros de la temporada). Y tras el «clímax» —siguiendo la tradicional estructura en tres actos— debe llegar la «resolución» porque, como explica Jaume Vicent en un artículo sobre el tema:

«Tienes que ofrecer al lector la sensación de que todo está terminado, es el momento en que les vas a decir: “ya está, todo el camino nos lleva aquí”».

En este tipo de series, la resolución del final de la temporada suele extenderse bastante más que la resolución de los capítulos intermedios. El objetivo es reforzar la idea de que se ha cerrado un arco argumental más grande…

Y lo cierto es que hasta cierto punto se ha hecho, porque hemos estado acompañando a sus personajes durante todo su largo viaje.

 

Sobre la traducción

Si ya has leído la novela, seguro que lo que acabo de escribir te suena.

Pero antes de analizar cómo encajan estas mecánicas en El largo viaje a un pequeño planeta iracundo, quiero hacer una mención especial a su traducción.

La riqueza del universo construido por Becky Chambers es prodigiosa. La variedad de especies sapientes que pueblan la Confederación Galáctica, cada una con sus tradiciones, su cultura… y su argot (dado que los diálogos son parte esencial de la novela) hacen de la traducción toda una hazaña. Y a esto hay que sumarle los neologismos, que en muchos casos también debieron traducirse.

Conseguir recrear ese complejo universo sin reducir su diversidad y empleando términos creíbles es un esfuerzo digno de mención, por lo que no quería dejar de señalar tanto la traducción de Alexander Páez, como el asesoramiento que recibió por parte de Antonio Rivas y Christian Rodríguez (editor de Insólita).

Queda dicho.

 

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Fotografía realizada por Wil Stewart y publicada en Unsplash.

 

Sitcom espacial

Como comenté más arriba, la estructura de las «comedias de situación» se basan en el diseño de unos personajes muy claros y diferenciables que no son caricaturas, pero sí «estereotipos».

Y como esta última palabra se ha desvirtuado con el uso, es importante aclarar su significado.

Según la RAE, un estereotipo es una «imagen o idea aceptada comúnmente por un grupo o sociedad con carácter inmutable». Por lo tanto, lo que caracteriza a un estereotipo es su capacidad de ser reconocible de forma colectiva y —me animo a agregar— el que pueda ser definido en pocas palabras. Pero partir de estereotipos para construir personajes no es bueno ni malo por si mismo, como todo, depende del modo en que se realice. A partir de estereotipos pueden crearse personajes de gran riqueza literaria. ¿O acaso no se basan en un estereotipo los personajes «quijotescos» que pueblan la literatura realista?

Dicho esto, mencionaré algunos de esos estereotipos para ver si te suenan: la novata, el lider, la graciosilla bonachona, el huraño, el sabio que ha aprendido de la vida, el cascarrabias…

Podría seguir, pero lo que me interesa subrayar es cómo los personajes de Chamber han sido «diseñados» siguiendo las bases de las comedias de situación.

Y su influencia no termina allí: como en toda sitcom, el diálogo manda sobre la acción. De hecho, la acción está al servicio de los personajes, es la excusa para presentarlos, o para generar un «conflicto» que luego deberán resolver.

Pensemos, por ejemplo, en el capítulo «Herejía». El desencadenante de la acción es una excusa tan «peregrina» (disculpa el chiste) como que justo se rompa una pieza importante cuando la nave está pasando por las inmediaciones de un planeta muy particular.

Es el tipo de «desencadenante» que podemos encontrar en las sitcom, donde lo que importa (como aquí) no es la acción en sí misma, sino las interacciones que dicha acción genera… En definitiva, lo que importa son los personajes, con sus diálogos y reacciones.

 

Episodio piloto

Sin embargo, las mecánicas que mejor se reflejan en El largo viaje a un pequeño planeta iracundo son las propias de las series de acción.

Para que este tipo de series te enganche, es imprescindible que disponga de un buen episodio piloto, y la novela de Chambers sin duda lo tiene.

Si analizas la acción desarrollada entre el capítulo titulado «Tráfico» y el capítulo titulado «El trabajo», verás que no solo se cumplen todas las premisas que expuse al describirlo, sino que el orden de las escenas es bastante similar a lo que podrías ver en televisión.

«Tráfico», sin ir más lejos, es la típica escena inicial previa a los títulos de crédito (con «personaje que guarda secreto» incluido).

Luego, la presentación que se hace tanto de los personajes como de el escenario principal de la historia (la nave Peregrina) sigue los cánones del plano secuencia.

En el episodio piloto no falta la introducción al worldbuilding (excelentemente resuelta, por cierto) ni la escena deslumbrante en el clímax de acción.

Por último, en la resolución del episodio piloto (el capítulo titulado «El trabajo»), se expone el detonante que impulsará el resto de la acción.

 

Episodios intermedios

La estructura episódica de la novela es tan evidente que se ha granjeado unas cuantas críticas en las reseñas que he podido leer.

Sin embargo, si asumimos su novela como una transcripción de las mecánicas televisivas, hay que reconocer que el resultado es admirable. Chambers ha logrado hilvanar pequeños arcos argumentales en un arco mayor sin necesidad de recurrir al fix-up, y eso es algo que solemos ver, pero no leer.

Podría agrupar los capítulos en episodios —un ejercicio divertido si ya has leído la novela—, pero en lo que me interesa incidir es la inteligencia con la que Chambers ha ajustado estas mecánicas a sus fines literarios.

Dos de las grandes dificultades a las que suele enfrentarse toda novela —y en particular la space opera— es la construcción de personajes sólidos y la trasmisión de un worldbuilding complejo sin apabullar al lector, y Chambers lo consigue empleando la mecánica del cambio de rol protagónico.

Con esto no me refiero al empleo de un narrador equisciente (esa tercera persona que «sigue» a un protagonista distinto en cada capítulo, como hace ya sabes quién en ya sabes qué saga), sino a capítulos corales donde se prioriza el protagonismo de alguno de los personajes.

Para reforzar esta estrategia, Chambers dedica (al menos) un capítulo completo a cada uno de sus personajes alienígenas. De esta forma, empleando los diálogos y las interacciones entre personajes (no la acción propiamente dicha) nos muestra las características de las distintas especies.

Así, los capítulos «El declive» y «Herejía» están dedicados a Ohan, «La última guerra» está dedicado a Doctor Chef y «Eclosión, pluma, hogar» a Sissix.

Como en toda buena serie, los diálogos de la novela de Chambers no solo sirven para desarrollar a los personajes. A través de ellos, expone el universo de la novela y postula temas complejos de un modo coloquial. Como explica Martínez Hidalgo en su artículo:

«Los personajes hablan entre sí. Muchísimo. (…) Exponen opiniones sobre los temas más variados: el multiculturalismo como característica de lo cotidiano con sus aspectos positivos y negativos (o productivos e improductivos); la relación del cuerpo con la tecnología y la legitimidad del ser humano para cambiar o mejorar su cuerpo a través de ella; la Inteligencia Artificial y su relación con la humanidad y lo humano; las colonias espaciales y los procesos de descubrimiento y conquista de nuevos territorios…»

Todos estos debates tienen lugar en los «episodios intermedios». Por lo tanto, si para entonces te has dejado envolver por la lógica televisiva de la novela, seguro que te resultarán naturales; si no es así, es probable que rechinen un poco (aunque no puedo asegurarlo porque me encuentro en el primer grupo).

Lo que sí resultará evidente para todo el que lo lea es que, al igual que en las series, los «episodios intermedios» del libro de Chambers intercalan pequeñas escenas (o documentos) que sugieren un arco argumental mayor. Un fino hilo que recorre la novela, pero que solo se abrirá y cerrará al final de la misma.

 

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Fotografía realizada por Joshua Earle y publicada en Unsplash.

 

Final de temporada

No me digas que no te ha pasado. Estas viendo una serie de acción que sigue a ciertos personajes y, de pronto, un capítulo empieza mostrando algo completamente distinto, introduciendo a un nuevo personaje, por ejemplo, quizás al enemigo que tendrán que enfrentar… Y no me digas que, cuando ves esa escena, no sospechas que algo importante está a punto de pasar.

Pues eso es precisamente lo que sucede al inicio de «Hedra Ka», el capítulo con el que arranca el «final de temporada» de El largo viaje a un pequeño planeta iracundo.

A partir de este punto (y hasta el cierre de la novela) la historia sigue los cánones de un final de temporada televisivo.

Como es lógico, en este caso no quiero entrar en detalles porque el riesgo de caer en spoilers es muy alto. Sin embargo, si ya has leído la novela, pregúntate si la aventura que comienza en ese punto no podría entenderse al margen del resto de la trama.

No hablo de las interacciones entre personajes, ni de la resolución de la historia (que es lo que ocurre después de la acción), me refiero a la «aventura» que cierra la novela. Si te fijas, verás que tiene aproximadamente la misma extensión que cualquiera de las aventuras/episodios intermedios… Aventuras en las cuales, eso sí, se han ido dejado las pistas que conducen a esta historia.

Esa es la mecánica típica de un cierre de temporada en una serie episódica y la forma en que Chambers la traslada a su novela es magistral.

Dirás que le falta el cliffhanger final y podría decirte que tienes razón. Sin embargo (si bien los cliffhanger han existido siempre), quien realmente ha popularizado esa técnica ha sido J.J. Abrams y sus series son posteriores a la década del 80, que es el referente del que estamos hablando.

 

Una despedida agridulce

Como bien dice Daniel Pérez Castrillón en su artículo:

«Reconozco que me he bajado de la Peregina con bastante tristeza alegre. Explicar esto es sencillo, pese a que no lo parezca. Aunque existe una segunda parte llamada A Closed and Common Orbit y una tercera entrega, Record of a Spaceborn Few (…), la historia de la Peregrina ha concluido aquí. No tener más vivencias de Ashby, Kizzy, Jenks, Doctor Chef, Sissix, Rosmary e incluso Corbin, es un poco duro tras cogerles tanto cariño».

Coincido plenamente. Como en las buenas series, mientras recorres El largo viaje a un pequeño planeta iracundo vas cogiéndole cariño a sus protagonistas, y cuando termina la historia (que, por cierto, se cierra con una escena bellísima) te da algo de lástima despedirte de tus nuevos amigos.

(¿Quién que la haya leído no querría tomarse una jarra de mek con cualquiera de ellos? … Bueno, con Corbin tal vez no, pero con cualquiera de los otros).

La novela de Chambers me ha devuelto la fascinación inocente (cómplice, incluso) con la que disfruté en su momento de The Next Generation, o de Babylon 5…, o —en un registro totalmente distinto— de Expediente X. Así que ahora que he acabado de leerla, solo me queda esperar que se cierre el círculo y que algún canal de cable se anime a convertirla en una magnífica sitcom espacial.

Sin duda hay material para hacerlo.

 

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Fotografía realizada por Jonatan Pie y publicada en Unsplash.

 

NOTA: La foto de cabecera pertenece a Greg Rakozy y ha sido publicada en Unsplash.

 

 

 

2 Replies to “El largo viaje a un pequeño planeta iracundo, de Becky Chambers: Un viaje de ida y vuelta

  1. Esteban, ¡qué razón tienes! Fantástico análisis de la novela donde haces el énfasis en un parecido más que notable con la estructura de una serie. Siempre he pensado que la diferencia principal con Star Trek es que nunca tienes esa sensación de que los tripulantes de la Peregrina vayan a salvar el universo. Es una historia más de gente corriente que sólo trata de hacer su trabajo.

    Si no lo has hecho todavía, te recomiendo fervorosamente A Close and Common Orbit. Es muy distinta a ésta pero el estilo de Chambers es tan propio que es maravillosa por otros motivos. Además, la comparación entre las dos da para reflexiones muy interesantes

    • Hola, Antonio! Qué bueno leerte por aquí. Sin duda, tras esta novela me he quedado con ganas de leer A Close and Common Orbit. En las últimas semanas he retomado mis lecturas en inglés (que había dejado abandonadas por falta de tiempo), así que es muy probable que «caiga» pronto. Te mando un abrazo fuerte. ¡Pasado mañana te lo daré en persona!

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