Algo golpeó mi espalda y caí al suelo. Sentí un dolor agudo en la sien y el hombro derecho. Poco después alguien retorció mi brazo y solo entonces comprendí que me habían emboscado.

Quise gritar, pero una mano me tapaba la boca.

La abertura que separaba el túnel de metro del cinturón de Centrales se estaba cerrando.

Mariana, en cuclillas frente a mí, me observaba con una mezcla de preocupación y tristeza. A ella no la sujetaban, parecía estar allí por decisión propia… De hecho, parecía formar parte de la emboscada.

No sabría explicar por qué, pero entenderlo hizo que toda mi rabia se focalizara en ella.

Intenté zafarme de la mano que apretaba mi rostro.

Mariana me habló en un tono conciliador; fuera de contexto en aquel lugar.

—No temas, cariño, estamos a salvo… Estás a salvo. Nos hemos librado de la Alianza.

Empecé a mover la cabeza, desesperado. Necesitaba gritarle, necesitaba descargar mi rabia; y para mi sorpresa, fue ella quien lo propuso.

—Deja que hable. Iñaki no va a gritar… ¿Verdad que no vas a gritar, cariño?

Asentí con un movimiento de cabeza. El hombre dejó de taparme la boca, pero siguió sujetando mi brazo.

Junto a Mariana había una mujer que se le parecía bastante.

El hombre que me sujetaba tomó la palabra.

—No queremos hacerte daño, Iñaki, te lo prometo. Solo tienes que quedarte quieto… ¿vale? Si te quedas quieto, te suelto.

Obviamente, volví a asentir, esta vez con un hilo de voz. Pero en cuanto el hombre liberó su presión me abalancé sobre mi pareja.

Mi captor tuvo los reflejos suficientes para sujetarme por el cuello. Durante un instante pensé que iba a morir, que no iba a dejar de apretar hasta estrangularme.

Mariana lloraba.

—Lo siento, cariño… Debía haber confiado en ti. Debía habértelo dicho. Esto es lo mejor para los dos. De verdad.

Entonces empecé a gritar o, mejor dicho, a intentarlo, mientras el brazo del hombre se cerraba sobre mi garganta. Le dije que quién era ella para decidir qué era lo mejor para mí. Le dije que me gustaba mi vida, que me gustaba NeoMadrid.

Mariana siguió llorando. Así que era cierto: los infiltrados, el grupo terrorista del que hablaba Ausías Levi —del que hablan todo el tiempo las noticias— existía. Y Mariana formaba parte de ellos.

—Éramos esclavos, Iñaki; ahora somos libres.

Recuerdo esas palabras de forma precisa. La mayoría de los diálogos que transcribiré en este epílogo son recreaciones, pero esas frases no lo son. Recuerdo cada sílaba. Recuerdo cómo me espolearon a forcejar; cómo mellaron, por primera vez, una costra de certezas aprendidas. Porque al decirlo me miró a los ojos. Y lo dijo con la misma convicción y naturalidad con que defendía sus opiniones en NeoMadrid. En su voz no había fanatismo, no había histeria. Su voz rezumaba certeza.

Sospecho que hoy no estaría aquí, terminando esta crónica, si Mariana no hubiera dicho esas palabras (de ese modo) en aquel momento.

Por más que entonces las rebatiera; por más que no fueran suficientes para que la perdonara a tiempo; esas frases abrieron la grieta necesaria para que se incrustaran los hechos que vinieron después.

 

La historia de esta historia 1

 

23.1_ 22 de junio de 2084

Sé, porque me han llegado noticias, que lo ocurrido aquel día en NeoMadrid ha sido definido por mis colegas de profesión como «el mayor ataque a la Alianza desde la Yihad de 2055». Y sé también que los historiadores han puesto tanto empeño en relatar esos hechos (¿en recrearlos?) como el que pusieron en relatar los eventos de mediados de los cincuenta.

Por lo tanto, no tiene sentido que lo vuelva a hacer aquí. Enfocarlos de un modo distinto solo daría argumentos a quienes dirán que este ensayo es un mero panfleto. Los hechos son los que son, y lo cierto es que no ha pasado el tiempo suficiente para que sean analizados de forma objetiva. Tanto por mí como por la Alianza.

Por otra parte, los datos novedosos que podría aportar, pondrían en riesgo a los sobrevivientes. Así que hablaré de aquel día desde una perspectiva personal. Contaré mi experiencia —más próxima a la de un prisionero (o a la de un investigador, quizás) que a la de un rebelde— mientras se desarrollaban los acontecimientos del 22 de junio.

 

23.2_ Los hijos de los Ejotas

Como seguro habrás intuido, la mujer que había entrevisto junto a Mariana era Virginia Ocampo: la hija de Jorge Ocampo y Elena Robles, dos de los Ejotas, los líderes de la Revuelta del 57. El objetivo de Ocampo era infiltrarse en NeoMadrid y Mariana estaba allí para dejarse suplantar.

Solo mucho después supe que mi «secuestro» había sido una condición impuesta por Mariana; que a cambio de abandonar NeoMadrid había exigido que yo la «acompañara». Pronto se supo que fue una decisión equivocada, pero ya lo ha explicado la historia oficial.

Lo importante es que el objetivo de Ocampo era reunirse en NeoMadrid con Matías Krauss (el hijo de la otra pareja de Ejotas: Javier Krauss y Eva Recuero) y con Fabio Quijano. Desde allí, liderarían junto a Gael Quijano, que estaba en el cinturón, el alzamiento contra la Alianza.

 

23.3_ VRD modificado

Pero de todo eso me enteré después. Lo que descubrí de inmediato fue que los rebeldes habían desarrollado una tecnología novedosa: habían logrado alterar los antiguos VRD —los dispositivos de realidad virtual que se distribuían en los campos— y emplearlos para generar copias clónicas de cualquier ordenador neuronal.

La información no solo se recopilaba a través del VRD, sino que se almacenaba en el VRD. Por lo tanto (dado que Ocampo no había sido estandarizada), si Mariana clonaba su ordenador neuronal y la mujer se colocaba el VRD con sus datos, los sensores del cinturón de Centrales no serían capaces de distinguirlas.

Solo existía un problema. Para que el VRD se active debe entrar en contacto con el cuero cabelludo. Así que Virginia Ocampo había tenido que raparse, colocarse el dispositivo modificado y luego cubrirlo con un aplique de cabello semejante al de Mariana… Sin embargo, tras ver el resultado, puedo afirmar que el problema se convirtió en una ventaja: tras colocarse el aplique, el parecido entre ambas era abrumador. Ocampo no solo pasaría inadvertida frente a los sensores, también podría camuflarse ante las cámaras.

 

La historia de esta historia 2

 

23.4_ Mi participación en los hechos

Obviamente, la mujer no fue la única que se infiltró en NeoMadrid. Habíamos salido dos personas y dos personas tendrían que entrar.

El plan era que un segundo rebelde me suplantara y para eso debían hacerme una copia del ON.

Como se ha dejado claro en todos los ensayos referentes a aquel día —supongo que mis colegas de gremio han intentado limpiar mi imagen— no me mostré dispuesto a cooperar. Me resistí físicamente a que me colocaran el VRD —no por miedo a que usurparan mi identidad (de hecho, ni lo pensé), sino por temor al proceso—, sin embargo, al parecer mi mayor resistencia fue inconsciente, mientras se realizaba la copia.

Así que, por mucho que mis colegas me endilguen el rol de víctima, quiero dejar por escrito que, a día de hoy, lamento profundamente lo ocurrido.

Ojalá Mariana me hubiese contado sus planes antes de llevarme a los túneles. No puedo asegurar que la hubiera seguido (entonces era una persona distinta a la que soy), pero sé que jamás la habría delatado y que, si lo hubiera hecho, quizás (solo quizás) las cosas habrían sido distintas.

Claro que esto no es un ejercicio de historia virtual. Virginia Ocampo regresó al cinturón de Centrales junto al rebelde que me suplantaba y se desarrollaron los hechos que todos conocemos.

 

23.5_ La Base

A decir verdad, yo apenas me percaté de aquella salida.

El proceso de copia del ON induce un estado de semiinconsciencia que mi sosias había aprovechado para quitarme el traje de exopiel (eso también formaba parte de su camuflaje), así que cuando se fueron yo me estaba calzando el suyo.

Dado que el hombre que tomó mi lugar era el mismo que me había atacado, su regreso al cinturón redujo mi sensación de peligro.

Las tres personas que me acompañaban —aparte de Mariana— no me generaban rechazo. Es más, había algo en ellos que me tranquilizaba; como si las palabras «secuestro», o «coacción», no encajaran en sus cuerpos.

La primera en acercarse fue una muchacha muy joven, de piel lechosa y pelo negro, que me invitó a que la siguiera. He empleado el verbo «invitar» porque fue precisamente esa la sensación que me trasmitieron sus palabras. No había amenaza alguna, no había coacción posible en su oferta. La había visto besar al rebelde que me había suplantado, y percibí en su voz una angustia contenida con la que, muy a mi pesar, empaticé.

La invitación fue repetida por una pareja de ancianos que componía un curioso contrastante: él era pálido y rollizo, ella, morena y delgada. En la figura del hombre había algo familiar, pero que no logré reconocer en ese momento. De todas formas, su cara redonda emanaba una bonhomía difícil de impostar.

Así que dejé que me llevaran adonde fuera que me llevasen. Puede que mi decisión se debiera a que no hubiera sabido qué hacer en caso de escapar, o quizás a una mezcla de resignación y agotamiento, pero intuyo que se debió a las personas a las que estaba siguiendo… y en especial a una promesa de la propia Virginia Ocampo.

En el fragor de los primeros minutos, la mujer me había asegurado que, si todo salía según lo previsto, al día siguiente regresaría a NeoMadrid. Y yo le creí. Aunque hasta entonces no la conocía, aunque acabaran de capturarme. Le creí y me aferré a esa certeza.

Tras veinte minutos de marcha llegamos a la Base: el reducto de resistencia del que tanto se ha hablado.

Mentiría si dijese que le presté atención, aquel día mis pensamientos estaban en otra parte y, a la hora a la que llegamos, apenas había gente en sus zonas comunes.

Además, los tres rebeldes nos llevaron de inmediato a un lugar denominado «enfermería».

 

23.6_ Neutralización

Descendimos por unas escaleras mecánicas que habían dejado de funcionar hacía décadas hasta una estancia cilíndrica y alargada con un espacio rehundido en su centro. Supe que estaba en el andén de una antigua estación, pero no tuve idea de cuál hasta mucho después de haber abandonado la Base.

Las hileras de camas que cubrían las plataformas le daban la apariencia de un hospital de campaña. Un efecto que se veía reforzado por los puentes de madera que salvaban las vías.

La muchachita pálida de pelo oscuro nos invitó (una vez más) a reclinarnos en dos camas contiguas.

Nos explicó que, por razones de seguridad, debía colocarnos un inhibidor: una placa metálica que se superpondría al puerto externo e impediría que la Alianza detectara nuestros ON. Y nos aseguró que podríamos quitárnoslos en cuanto «todo pasara».

Por el modo en que lo dijo supe que no mentía. Así que le pregunté si era cierta la promesa de Ocampo; si podría regresar a NeoMadrid al día siguiente.

Su respuesta me desconcertó:

—Si la incursión de hoy sale según lo previsto, mañana todos lo haremos.

 

La historia de esta historia 3

 

23.7_ La propuesta

Una vez que nos colocaron los inhibidores, el anciano de tez pálida y rostro familiar se acercó a mi cama:

—Tu eres historiador, ¿no es así?

Asentí.

—Entonces tengo algo que te va a interesar.

La mujer morena que estaba a su lado se acercó a Mariana y le sugirió otra cosa. Pensé que era solo una excusa para separarnos, pero de todos modos lo seguí. En esos momentos necesitaba alejarme.

Mientras recorríamos la Base, intenté recordar de dónde lo conocía (sus facciones me resultaban cada vez más familiares), sin embargo, solo lo supe al entrar en una sala diáfana repleta de gente.

Decenas de escritorios soportaban portátiles, y planos de datos, y cristales de datos, y pantallas holográficas. Incluso distinguí en una pared lateral un tronco de gestión centralizada similar a los de las torres de medios.

Fue el contexto lo que me dio la pista. Al verlo junto a aquellos ordenadores comprendí de dónde lo conocía: era David Huertas Matos, uno de los «padres» de la informática cuántica.

Por segunda vez aquella mañana me quedé petrificado. Según la historia oficial, Huertas Matos había fallecido en un accidente de trabajo hacía más de dos décadas.

—¡Usted es…!

El hombre se volvió hacia mí. Una sonrisa ablandaba sus facciones reforzando la calidez de sus gestos. Por un instante olvidé dónde estaba, olvidé incluso la traición de mi pareja, solo pensé en el descubrimiento que acababa de realizar.

—Ni que hubieras visto un fantasma… Te llamas Iñaki, ¿no?… Pues, en efecto, Iñaki, soy David Huertas Matos, y el hecho de que en estos momentos esté hablando contigo es la prueba de que la historia oficial no es necesariamente verdadera. A veces por falta de información, pero en la mayoría de los casos porque la información se ha ocultado o tergiversado adrede… Eso es precisamente lo que quiero mostrarte. Ven conmigo.

 

23.8_ El origen de esta historia

Así que lo seguí hasta un escritorio rodeado de armarios.

David me propuso que me sentara. Luego abrió uno de los muebles y extrajo un libro. Cuando lo posó sobre el escritorio mi primera reacción fue pensar que era una broma. Ante mí tenía un ejemplar de Los meses de estío, de Pilar Lozano.

—Este libro… He oído hablar de él, por supuesto…, pero todas las copias se perdieron durante el Colapso.

—Frente a ti tienes una, si quieres leerla.

—Pero, ¿cómo…?

—La Biblioteca Nacional sobrevivió al Colapso. No solo tenemos un ejemplar de Los meses del estío. También tenemos copias de Los límites de la previsión y de La primavera del mundo… Incluso tenemos una copia, en formato digital, de La construcción de la realidad.

—Eso… es imposible.

—Te han enseñado que es imposible, Iñaki. Te han enseñado que solo es posible una versión de la historia… Mañana, si todo sale bien, regresarás a NeoMadrid. Pero ya que estás aquí aprovecha estas horas para explorar otras versiones. Te aseguro que existen, y en la mayoría de los casos, se ajustan a la realidad más que aquella que conoces.

 

23.9_ La historia es una vocación para ancianos

Me sumergí durante horas en Los meses de estío, en su versión alternativa (¿version?, ¿alternativa?) de los primeros años del Colapso. Estaba tan absorto en la lectura que no escuché a David hasta que estuvo a mi lado.

—¿Qué opinas?

En lugar de responder le hice otra pregunta.

—¿Por qué tienes este libro aquí?

—Por si lo de hoy sale mal. Decidí tenerlo cerca por si acaso… En realidad, no solo tengo ese libro. Todos los que te mencioné están en ese armario.

Tuve que contener el impulso de saltar hacia allí.

—¿Y por qué has decidido reunirlos?

—Porque he dedicado los últimos meses a escribir una historia de nuestro siglo. Puedes llamarla «alternativa», si quieres. Mi intención es que sea objetiva.

Sus palabras me desconcertaron. ¿Qué hacía un experto en informática cuántica —que supuestamente había muerto hacía años— en una estación de metro de Madrid? ¿Cómo era posible que dispusiera de libros desaparecidos hace décadas? ¿Cómo era posible que estuviera escribiendo una historia de nuestro siglo?

—Pero usted…, ¿no es ingeniero?

El hombre soltó una carcajada.

—Tutéame por favor… En efecto, fui ingeniero durante años, pero hace un par de años le pasé el testigo a la nueva generación… ¿Sabes?, hace poco le dije a alguien de tu edad que a veces pienso que la historia es una vocación para ancianos.

—¿Y eso por qué? A mí me ha apasionado la historia desde que era pequeño.

—Tienes razón, quizás lo que acabo de decirte solo sea aplicable a mí… Lo cierto es que toda mi vida me ha interesado la historia, sobre todo la historia de nuestro siglo, pero la necesidad de hacer algo al respecto solo he empezado a sentirla en los últimos años. Por eso digo que a veces pienso que es una cuestión de edad…

—Sigo sin ver por qué.

—Cuando te acercas al final de la vida descubres que la historia no es algo abstracto, que tú mismo eres más historia que futuro. De pronto comprendes que lo que te sostiene es saber que has vivido, que tu pasado ha sido real. Y lo cierto es que, si no hay historia, si no hay un contexto en el que enmarcar ese pasado, es casi imposible sostener los recuerdos, saber qué es verdad y que es mentira… Es por eso que me preocupa la objetividad del ensayo que estoy escribiendo, porque la Alianza ha logrado convertir la historia en historias personales. Los hechos se han convertido en una suma de versiones; ya nada es de una forma precisa.

—Me encantaría leer lo que ha escrito.

—Si sobrevivimos al día de hoy y decides quedarte aquí, seguro que lo harás.

 

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23.10_ Fuga

La siguiente vez que David se acercó fue para decirme que teníamos que marcharnos. Que debíamos abandonar la Base antes de que las Fuerzas de Seguridad la tomaran. Después se encaminó al armario en el que guardaba los libros y empezó a meterlos en una mochila que no hubiera podido cargar.

Me ofrecí a hacerlo yo (tanto por él como por los libros) y creo que en ese momento (sin siquiera pronunciarlo) se selló el pacto que me trajo hasta aquí.

Sobre la fuga no diré una palabra, ni sobre nuestra larga marcha, ni sobre el nuevo refugio. Solo diré que fueron muchos los que no llegaron.

Entre ellos David.

Cuando se inició nuestro éxodo él tenía ochenta y tres años. Su cuerpo no estaba en condiciones de afrontarlo. Intuyo que lo sabía porque, desde el principio, se aseguró de traspasarme su investigación.

No había sido casual que el día del alzamiento en NeoMadrid (en el que más tarde supe que iba a tener un papel decisivo) se hubiera tomado unos minutos para mostrarme sus libros y hablar conmigo. Me había elegido como su sucesor. Y si bien, al principio, mi rabia por la situación en la que estaba fue más fuerte que mi curiosidad, David —como el hombre sabio que era— comprendió de inmediato que más temprano que tarde le tomaría el relevo. Que lo haría en cuento me percatara de la irrealidad en la que había estado inmerso y proyectara esa misma rabia sobre la Alianza.

 

23.11_ El comienzo

Lamentablemente, cuando ocurrió ya era demasiado tarde para perdonar a Mariana. Mi pareja cayó durante la fuga por razones de las que no hablaré.

Por razones que todavía me duelen.

Este ensayo está dedicado a ella —porque sin ella no hubiera sido y porque, aunque me duela, la sigo amando— y a David Huertas Matos, mi maestro, mi mentor, la persona que desveló la realidad.

Su objetivo, que también es el mío, fue construir una base sobre la que empezar a desarrollar una historia distinta. Un relato verídico, no solo verosímil. Un relato no contaminado por la historia oficial.

Como es lógico, su intención no es ser definitivo. Más bien al contrario: lo que he intentado al escribir este ensayo es establecer es una especie de marco; un soporte que delimite los hechos probados para luego profundizar en cada uno de sus aspectos.

Pero ese será el trabajo de otros historiadores. Este ensayo termina aquí.

Ojalá se difunda y alguien recoja el testigo.

Ese habría sido, sin duda, el deseo de David.

 

Iñaki Latorre

Diciembre de 2089.

 

La historia de esta historia 5

 

NOTA:La foto de cabecera es un collage en base a una fotografía de Graeme Worsfold. Las fotos interiores, en orden de aparición, pertenecen a Alexander Popov, Maxime Lebrun (collage), Alexander Popov, Daniel von Appen (collage) y Tobi Oluremi. Todas han sido publicadas en Unsplash.

 

 

 

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