La semana pasada, preparándome para The Spoiler Club (¡gracias por la invitación!), repasé el único artículo comparativo que había escrito hasta ahora —el que vincula el díptico La estrella de Pandora / Judas desencadenado, de Peter F. Hamilton, con Carbono Modificado, de Richard Morgan— y al releerlo encontré la excusa perfecta para hablar de una excelente trilogía a medio escribir: la serie Luna, de Ian McDonald. (Luna: New Moon, Gollancz / Tor, 2015 // Luna: Wolf Moon, Gollancz / Tor, 2017).

Lo que se me ocurrió fue compararla con una novela radicalmente distinta, pero que se desarrolla en un contexto semejante: la Luna entendida como un territorio de frontera en el que apenas hay leyes y donde impera un capitalismo salvaje. Me refiero a Artemisa, de Andy Weir (Artemis, Crown, 2017).

Creo que puede ser interesante comparar las sociedades de ambas obras y los modos —más o menos explícitos— en que sus distintas facciones buscan hacerse con el poder.

Sin embargo, antes de hablar de todo eso, me interesa compartir otra reflexión que también ha surgido de la comparación de ambas novelas. Las distintas maneras de leer y el estilo literario que cada una enfatiza.

 

Serie Luna 1

 

Los libros también se paladean

La primera novela que leí de Ian McDonald fue Brasyl, un puzle fascinante en un Brasil alternativo… o, para ser preciso, multiversal. Sin embargo (y esto es más una confidencia que un análisis), lo que me conquistó de esa novela fue un detalle que nada tiene que ver con la ciencia ficción: soy uruguayo, y Brasyl contiene la mejor descripción que he leído del «maracanazo», la final de 1950 en la que les ganamos la copa del mundo.

Afortunadamente, el pasaje aparece al principio del libro, lo me que llevó a leer ensimismado casi toda la novela.

Si tuviera que resumir el libro en una frase, diría que Brasyl realiza un análisis antropológico de las costumbres y tradiciones brasileras para luego injertarlas en los tópicos de la ciencia ficción. (Algo parecido a lo que ha hecho Jesús Cañadas con el lenguaje y leyendas gaditanas y los tópicos del terror).

Debido a eso, cuando empecé a leer reseñas efusivas de Luna: New Moon, comprendí que debía leerla lo antes posible.

Sabía que la novela estaría plagada de neologismos, sabía que sus primeras páginas serían difíciles, pero también sabía que esa dificultad sería disfrutable y, sobre todo, que su complejidad cultural la dotaría de realismo.

¿Quién puede pretender llegar a una sociedad radicalmente distinta y entenderlo todo a la primera? Y si no lo pretendemos en el mundo real (pongamos por caso, al llegar a la India), ¿por qué debemos exigírselo a una novela? ¿Para «facilitarle» la experiencia al lector?

Existen infinidad de experiencias lectoras. (Es más, dependiendo del momento, un mismo lector puede querer leer un libro complejo o un divertido «pasapáginas»). Pero de entre todas ellas, esa que te sumerge en una realidad nueva, esa en la que empiezas de a poco a entender los detalles hasta que al fin todo te parece tan «real» como la realidad en que vives es, probablemente, la más fascinante. Y ese tipo de lecturas requieren tiempo. Requieren detenerse, y volver atrás, y paladear las frases (las que se dicen y las que no se dicen) para llenar de texturas el mundo imaginado.

 

El poder de la oralidad

Debo admitir que me encuentro entre los pocos a los que no les gustó El marciano, de Andy Weir. Si sigues el blog sabrás que una de sus reglas no escritas es que solo analizo libros que me hayan gustado o me hayan hecho reflexionar, así que no hablaré más del asunto. Si lo he traído a colación es para seguir hablando de las experiencias lectoras.

Probablemente no habría «leído» Artemisa si no hubiera podido hacerlo en su versión audiolibro. Sin embargo, tras haberla audioleído, debo reconocer que no solo me ha divertido, sino que me ha hecho reflexionar sobre las distintas formas de lectura que exige un libro.

Artemisa es una novela escrita para ser narrada. El tono coloquial de su primera persona nos recuerda la voz de un amigo (o amiga, en este caso) que nos cuenta sus batallitas. Incluso la actitud «marisabidilla» de la protagonista se torna enternecedora por su insistencia. Como la de esos colegas a los que terminas queriendo más por sus defectos que por sus virtudes.

Pero lo interesante es que estoy casi seguro de que no la hubiese disfrutado si la hubiese leído de la forma tradicional. La rapidez y pasividad de la audiolectura cazan a la perfección con estas historias trepidantes en las que prima la acción sobre el contexto. Incluso he llegado a pensar que, si hubiese audioleído El marciano, quizás la habría disfrutado también. (Algo que explica muy bien Luke Burrage en el episodio de Science Fiction Book Review Podcast dedicado a la novela).

Con esto no pretendo decir que la audiolectura implique un acercamiento superficial a los libros (el análisis que realicé de El ferrocarril subterráneo, de Colson Whitehead, parte de un audiolibro). A lo que me refiero, más bien, es a un reconocimiento de distintos estilos de escritura y al modo en que cada tipo de lectura los potencia.

Existen novelas pensadas para ser leídas —en las que la disposición de la información, los juegos metaliterarios y la estructura de la historia son esenciales— y otras pensadas para ser «relatadas» —en las que el ritmo y musicalidad de las frases, o la «voz» de sus personajes, o el vértigo de la acción son esenciales—, es esta diferencia la que la audiolectura pone de manifiesto.

Obviamente, la mayoría de las novelas recogen aspectos de ambos grupos y ninguno supone, por sí mismo, una mejor o peor calidad literaria. Lo que acabo de exponer no son compartimentos estancos en los que encasillar las obras, sino prioridades (decisiones estéticas) del autor a la hora de escribir. De hecho, como veremos a continuación, los mismos temas (e incluso tramas semejantes) pueden ser abordados desde cualquiera de las dos perspectivas con igual validez.

Los resultados, como siempre, dependen del oficio de autor para ejecutar su obra, no de las decisiones estéticas que a priori haya tomado.

 

Serie Luna 2

 

Infierno capitalista

En la presentación de su serie en el Celsius —a la que puedes acceder gracias al trabajo de Elías Combarro— Ian McDonald da dos definiciones de Luna.

La primera, más corta, es la siguiente:

«Luna: Luna nueva es un libro sobre sexo, violencia, intriga, familia, alta costura y ginebra en la Luna… Y Luna: Luna de lobos es todo eso más “tarta”».

Si ya has leído las novelas sabes por qué lo dice, si no, prefiero no hacer spoilers. En especial, porque la definición en la que me interesa profundizar es la segunda:

«[Luna] es, básicamente, un infierno capitalista.

La ciencia ficción en Europa y Norteamérica (en especial en Norteamérica) tiende a ser económicamente liberal y socialmente conservadora, o económicamente conservadora y socialmente liberal. Yo quería hacer una sociedad económicamente liberal y socialmente liberal. Algo así como juntar el barrio de Haight-Ashbury, en el San Francisco de 1967 [se refiere al Summer of Love hippie], con El manantial, de Ayn Rand… No es tan malo como suena.

También quería hacer una sociedad donde la gente estuviera atrapada. Siempre es interesante escribir sobre gente atrapada. Así que tomé esas ideas, las mezclé y las lancé hacia la Luna».

¿Qué significa «liberalidad social y económica»? ¿De qué forma se expresa?

Las diferencias presentes en su sociedad se manifiestan en cinco aspectos interconectados que también están presentes en Artemisa (aunque se expongan de un modo distinto). Por lo tanto, a partir de este punto iremos analizándolos uno por uno, al tiempo que vemos cómo los abordan las distintas novelas.

 

Sistema judicial

Quien mejor describe el sistema jurídico de Luna es el propio McDonald en la presentación del Celsius:

«Es algo con lo que me divertí mucho porque [Luna], técnicamente, es un puesto industrial de avanzada. No hay un código penal, no hay un código civil, solo hay un código mercantil y, por lo tanto, todo es un contrato entre partes: tú y alguien más. ¿Quieres casarte? Tienes un contrato. El contrato dice con quién te quieres casar; con cuántas personas te quieres casar; cuál es el sexo de la persona con la que te quieres casar. ¿Cuánto sexo quieres tener? Eso también está en el contrato. (…)

Debido a eso, es una sociedad liberal muy coherente… porque todo se negocia de forma personal. No hay racismo, no hay discriminación por razones de género porque todo se negocia de forma personal. Se trata de a quién amas y no de qué amas. Es personal. Es entre tú y la otra persona».

Las consecuencias de esta filosofía (que en principio podría parecer una utopía neocon) son expuestas en la serie con toda su crudeza.

Dado que en la sociedad de Luna todo es personal (dado que se confunde el qué con el quién), las personas no son más que herramientas para acceder a lo que se desea. Reducir las reglas objetivas que estructuran una sociedad a meras cuestiones personales deviene en la reducción de las personas a meros objetos. Instrumentos que poseen un valor medible (económicamente) y que es posible tomar o descartar en función de los intereses y el poder del que se disponga.

Y todo de forma legal, sin gobiernos que opriman o contengan.

¿Se te ocurre mejor descripción del «infierno capitalista»?

 

Leyes flexibles, pero leyes al fin

En Artemisa, por su parte, los claroscuros del capitalismo lunar están representados en la figura de Fidelis Ngugi, una economista keniata que ha transformado a su país en una potencia aeroespacial y que, en última instancia, es la fundadora y administradora de la ciudad.

Sus ambigüedades (su empleo del «factor humano» como mera herramienta para el desarrollo económico) son condensadas en una única conversación a mitad del libro, pero, aun así, el personaje resulta interesante.

«—De verdad se le da bien la economía.

—Me dedico a eso, querida, y al final es lo único que importa. La felicidad, la salud y la seguridad de la gente dependen de eso».

El vínculo de este personaje con la justicia, también resulta interesante.

Si el capitalismo está caracterizado por Ngugi. La justicia está caracterizada por Rudy DuBois: el jefe de seguridad —y único representante de la ley— de Artemisa.

La justicia impartida por DuBois es la misma del lejano oeste: una Ley del Talión 2.0 para hacer frente a los crímenes leves, y una suerte de «control social» basado en la figura del sheriff para mantener el orden. La única diferencia importante es que los crímenes graves, en lugar de ser penados con la muerte, son penados con la deportación a la Tierra. (Y un aporte original: el país al que es deportado el victimario es el país de origen de la víctima).

En pocas palabras, en Artemisa el concepto de justicia penal —aunque sea muy primitivo— sigue existiendo.

Quizá lo más sugerente a este respecto sea la relación que mantiene Ngugi (el capitalismo) con DuBois (la justicia): ambos se detestan —si pudieran, se desharían el uno del otro—, pero se soportan mutuamente porque saben que se necesitan… Claro que, en toda discusión, la última palabra siempre la tiene Ngugi.

 

Serie Luna 3

 

Los cuatro elementos

Aunque pueda pasar desapercibida, es probable que la aportación más radical de la serie Luna sea el pago por «los cuatro elementos»… en especial, por uno de ellos.

En un diálogo de Adriana Corta con Irmã Loa —su confesora y biógrafa improvisada— la matriarca brasilera lo expone con claridad:

«Antes de darnos la bienvenida oficial, la LDC nos plantó el chib en el ojo. Teníamos diez aspiraciones gratuitas y después empezábamos a pagar. Hemos estado pagando desde entonces. Aire, agua, carbono, datos. Los cuatro elementos. Usted nació aquí y no recordará una época en que no tuviera esos números en el ojo, pero le aseguro que la primera vez que se ve un cambio en los números por una oscilación del mercado, la respiración se atraganta. No hay nada que transmita mejor la impresión de no estar en la Tierra que inspirar a un precio y espirar a otro».

Con el simple gesto de transformar el derecho a respirar en un servicio de pago se define por completo la sociedad de Luna. Una sociedad donde las leyes del mercado priman sin tapujos sobre la vida de unas personas que, más que ciudadanos —esa definición carece de sentido— son proveedores y consumidores de servicios. En Luna, el consumismo da sentido a la vida de forma literal: si dejas de ser consumidor, estás muerto.

Y lo asombroso es que nos lo muestra sin aspavientos. Cosas mucho más llamativas, como la moda, las conductas sexuales, los escándalos de la alta sociedad o las tendencias de la opinión pública relegan a este «elemento» a un segundo plano: como algo inevitable, que siempre ha estado ahí, que no puede cambiarse.

De hecho, ese desplazamiento del foco de atención de lo importante a lo inmediato es un lúcido análisis de una tendencia evidente en nuestra sociedad contemporánea.

 

Jugando con aire… y fuego

En Artemisa, el vínculo de sus ciudadanos con el aire no es tan radical, sin embargo, su condición de recurso esencial lo ubica en el centro de las conspiraciones empresariales para hacerse con el poder.

El juego es bastante más complejo de lo que podría explicar sin hacer spoilers, pero lo que me interesa subrayar es que, incluso no convirtiéndolo en un «servicio de pago», incluso reconociéndolo como un recurso vital, los «buenos» de la historia no tienen prurito en ponerlo en peligro (y, por tanto, poner en peligro la vida de todos los habitantes de la ciudad) con tal de obtener beneficios económicos.

Es lo que tienen los simpáticos héroes del capitalismo salvaje.

 

Serie Luna 5

 

Multiculturalidad

Según el propio McDonald, la sociedad de Luna (al principio de la saga) cuenta con 1.700.000 habitantes, cantidad más que suficiente para exponer la diversidad cultural.

Sin embargo, que un escenario disponga de los mimbres para esa diversidad no significa, necesariamente, que esa diversidad se consiga…, e Ian McDonald, sin duda, lo hace. ¿Cuál es su estrategia?

Para empezar, divide a su sociedad en cinco clanes/empresas («Los cinco dragones») que no solo compiten (o se alían) por el poder económico y político, sino que tienen sus sedes en ciudades y/o palacios distintos. Y para generar un mayor contraste, cada uno de los dragones proviene de un país (y por tanto una cultura) diferente: los Corta de Brasil, los Mackenzie de Australia, los Asamoah de Ghana, los Sun de China y los Vorontsov de Rusia.

Su segundo paso es tan lógico como genial: lo natural, en un emplazamiento humano aislado, es que disponga de un lenguaje común —una lengua franca— que incluya palabras de aquellos idiomas cuyos hablantes ejercen el poder. Por lo tanto, sobre el Globo (un inglés simplificado con una pronunciación codificada identificable por las máquinas) se superponen decenas de términos portugueses, chinos, rusos, yorubas, acanos… e incluso árabes y españoles.

El resultado es un batiburrillo al que cuesta entrar —como cuesta entender, al principio, todo idioma extranjero—, pero al que a la larga te terminas acostumbrando. Y cuando lo haces la novela te ha ganado: es imposible no creer en una sociedad capaz de comunicarse de un modo tan complejo y al mismo tiempo coherente.

El tercer movimiento de McDonald consiste en centrar su atención (al menos en la primera novela) en la cultura brasileña. Como dije más arriba, ya había demostrado conocerla al dedillo en Brasyl. Y si bien el autor sugiere especificidades (y rarezas) culturales de los otros «dragones», lo cierto es que todo el peso referencial se centra en lo brasileño: desde su música a su religión, desde sus técnicas de lucha a sus bebidas tradicionales. (Y sí, lo confieso: cuando me encontré a un personaje tomando mate en la Luna perdí todo rastro de objetividad).

 

Cuestiones de escala

Artemisa —la única ciudad de la Luna en la novela de Weir— es una población de 2.000 habitantes (casi una millonésima parte de la población de Luna). Semejante diferencia deja de ser cuantitativa para convertirse en cualitativa.

Debido a eso, sería injusto comparar la diversidad cultural expuesta por McDonald con la que se propone en la obra de Weir: en especial porque —si bien sus personajes son de distintas nacionalidades— en una población pequeña y cerrada las diferencias culturales tienden a atenuarse.

De todos modos, el libro describe una especialización de tareas en función del país de origen (los saudíes, por ejemplo, son expertos en la construcción con aluminio) que podría entenderse como el germen de una futura diferenciación.

 

Serie Luna 5

 

Sutileza y descaro

Como es lógico, los distintos clanes/empresas de ambas historias luchan por el poder tanto económico como político. En el caso de Luna son dinastías confabulando unas contra otras. En el caso de Artemisa, intereses empresariales queriendo controlar la producción.

Esa diferencia de enfoque —coherente con el estilo de escritura escogido por cada autor— se traduce en dos modos opuestos de desarrollar las conjuras.

En Luna, la trama principal se desarrolla en un segundo plano. Empleando las estrategias del prestidigitador (o de nuestra sociedad de consumo), McDonald mueve ante nuestros ojos su mano derecha, al tiempo que su mano izquierda construye el truco. La alta costura, las fiestas, los deportes, el chismorreo social, el lobby político parecen abarcarlo todo hasta que —demasiado tarde— entendemos que lo que realmente importaba no lo estábamos viendo. Y lo mejor es que, concluido el prestigio, nos damos cuenta de que todas las piezas habían sido sugeridas, delimitadas, intuidas, aunque en ninguna escena se nos mostrasen de forma explicita.

En el caso de Artemisa —cuya mejor baza es la acción— el enfoque es diametralmente opuesto. Desde el principio, la conjura, sus vueltas de tuerca, los planes y contraplanes, las intenciones de los enemigos se exponen a cara descubierta. Son la herramienta esencial para sumar dinamismo (y diversión) a la historia.

Mi intención no es priorizar una opción sobre otra, sino mostrar, una vez más, que se trata de cuestiones de enfoques.

El tipo de lectura pausada, atenta, que propone Luna es plenamente coherente con la forma sibilina en que expone su trama. Del mismo modo que el tipo de lectura dinámica, compulsiva, que propone Artemisa es plenamente coherente con lo explicito de su argumento.

 

Diversidad sexual

Quizás te sorprenda, pero la diversidad sexual expuesta por McDonald en Luna no es invención del autor. Ni siguiera el sexo neutro con su correspondiente artículo neutro. Esa pluralidad existe. Lo original en la obra de McDonald —lo que, lamentablemente, sigue siendo ciencia ficción— es la normalización de la diversidad; la ausencia absoluta de cuestionamientos a la interna de su sociedad.

Porque al margen de la gratuidad (o no) de algunas de sus escenas sexuales, el modo en que la sociedad de Luna expresa y vive su sexualidad nos propone un espejo alternativo en el cual mirarnos. Y eso es algo a agradecer, a la hora de quebrar viejos moldes.

 

Serie Luna 6

 

Nuestros próximos pasos

Hace una semana, un excelente artículo sobre astronáutica terminó de decidirme a escribir estas líneas.

Su título es «Los objetivos de la exploración humana en el espacio» y, en él, Daniel Marín concluye que:

«El ISECG [International Space Exploration Coordination Group] no plantea un plan de exploración detallado, ya que eso es competencia de las agencias espaciales por separado, pero sí nos da una idea de los intereses políticos que guían la exploración tripulada del espacio. Y está claro que en estos momentos todas las brújulas apuntan a la Luna».

Eso no significa que en los próximos años vaya a establecerse una colonia lunar. Los objetivos a corto plazo son otros:

«Estados Unidos quiere explorar la Luna durante la próxima década con el cohete SLS y la nave Orión, aunque todavía debe decidir si dedica más recursos para desarrollar la estación Gateway alrededor de la Luna y algún tipo de módulo lunar para alcanzar la superficie de nuestro satélite. (…)

El informe del ISECG constata el interés de todas las agencias en la Luna a corto plazo (…). Por eso señala que el objetivo ideal sería que estos programas se ampliasen para explorar la superficie de la Luna. La estación Gateway serviría de base para llevar a cabo misiones tripuladas a la superficie usando módulos reutilizables. Los lugares de aterrizaje estarían alrededor del polo sur, la zona más interesante desde el punto de vista científico gracias a la presencia de hielo en los cráteres con sombra permanente, un recurso local que podría ser explotado».

En otras palabras, no es probable que en las próximas décadas nos asentemos en la Luna, pero sí es probable que ese termine siendo el objetivo a largo plazo.

¿Qué tipo de sociedad queremos fundar allí? ¿Qué leyes las regirán? ¿Se basará en la cooperación o en la competencia?

La ciencia ficción permite (e incentiva) este tipo de especulaciones. Plantea escenarios y desarrolla posibilidades; nos enfrenta a nuestros infiernos y paraísos… Y, lo que es más importante, quizás nos dé la clave para no confundirlos cuando llegue el momento de ponerlos en práctica.

 

Serie Luna 7

 

 

 

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