Debo confesar que, desde que abrí este blog, deseaba escribir sobre Dune. Junto con 2001 y Crónicas marcianas, Dune (Frank Herbert, Chilton Books, 1965) fue la novela de ciencia ficción que más me influyó en la adolescencia… y uno de los principales motivos por los que me apasiona este género.

Si hasta ahora no lo he hecho ha sido por dos motivos. En primer lugar, porque para escribir este artículo debía releer la novela y, como ya he comentado otras veces, releer novelas que han sido importantes para mí me asusta un poco.

Con todo, quizás el segundo motivo sea el más importante: se ha escrito tanto sobre Dune que encontrar un nuevo enfoque desde el cual presentarla es casi imposible.

Como ya has leído el título de esta entrada, sabrás que el enfoque por el que me he decantado tampoco es original. De hecho, he descubierto que hasta el subtítulo —del que estaba más que orgulloso— ya ha sido empleado en un artículo de SFFWold. Sin embargo, lo cierto es que navegando en internet apenas he encontrado referencias a este tema en nuestro idioma (puede que las haya, pero no estén digitalizadas), y la mayoría de los textos que he leído en inglés se limitan a citar referencias puntuales a la película de 1962, así que confío en poder aportar algo.

Eso sí, antes de empezar conviene que retroceda un poco y explique cómo he llegado hasta aquí.

 

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Portada de la edición original, 1965.

 

Cualquier excusa es buena…, pero algunas son mejores que otras

Lo que me decidió a releer Dune después de tantos años —como puede que te haya ocurrido también a ti— fue la magnífica edición ilustrada que sacó NOVA el año pasado, en la que David Tejera Expósito, además, revisó la traducción clásica de Domingo Santos.

La leí en plena mudanza internacional —lo que podría haber dispersado mi lectura—, pero no solo volví a disfrutarla como la primera vez, sino que tuve la sensación (poco habitual con las novelas de esa época) de que podría haber sido escrita hace unos meses.

Cuando la terminé, decidí que escribiría sobre ella. Pero ¿sobre qué? Recordé que, si bien Dune me había fascinado, la segunda y tercera entregas de la trilogía original no me habían convencido. Y como descubrí muchas señales en Dune que indicaban que esas continuaciones estaban previstas, decidí darles una segunda oportunidad y escribir este artículo tras haberlas leído.

Mi intención era buscar pruebas de que la idea original de Herbert no era exponer el mesianismo triunfante a través de Dune, sino la tragedia inherente a la figura del mesías a través de su trilogía. Y, de hecho, ya había empezado a bosquejar ese artículo cuando una plataforma de cine a la que estoy suscrito agregó a su catálogo Lawrence de Arabia (David Lean, 1962).

Como era una de mis muchas asignaturas pendientes, decidí verla en dos partes un fin de semana…  Y me bastaron veinte minutos de película para saber que escribiría este artículo.

 

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Portada de la edición de Acervo (primera edición en castellano), 1975.

 

Sobre las influencias

Antes de exponer las semejanzas ente la novela de Herbert y la cinta de Lean es imprescindible hacer una aclaración. Si Dune se ha convertido en un clásico es, entre otras cosas, por la variedad de referencias que expone y la sabiduría con la que las ha amalgamado.

Como muestra recuperaré la cita del artículo de Will Collins «The Secret Story of Dune», que ya expuse cuando analicé Too Like the Lightning:

«Incluso un observador político casual reconocerá los paralelismos entre el universo de Dune y el Medio Oriente de principios del siglo XX. La teología islámica, el misticismo y la historia del mundo árabe influyeron claramente en Dune, pero parte del genio de Herbert radica en su disposición a buscar fuentes de inspiración más idiosincráticas. The Sabres of Paradise (1960) fue una de ellas: una obra maestra medio olvidada de la narrativa histórica que relata una guerra santa de mediados del siglo XIX contra el imperialismo ruso en el Cáucaso».

Vale la pena extraer otro par de citas del mismo artículo para ver cómo esa referencia no se limita a lo anecdótico:

«Cuando Paul Atreides, el joven protagonista de Dune, es adoptado por una tribu del desierto cuyos ritos y enemistades tienen una marcada semejanza con la cultura guerrera del Cáucaso islámico, vive en el exóticamente llamado “Sietch Tabr”. Sietch y tabr son palabras para ‘campamento’ que [Herbert] tomó prestadas de los cosacos, la casta guerrera zarista que se convertiría en la gran antagonista cristiana de los guerreros sagrados islámicos de Shamyl».

Esta otra referencia es incluso más explícita:

«Herbert también extrajo dos de las líneas más memorables de Dune directamente del ensayo de Blanch. Cuando describe la afición de los caucásicos por el manejo de la espada, Blanch comenta que: «Matar de punta carecía de arte». En Dune, esto se convierte en «Matar con la punta carece de arte», consejo dado a un joven Paul Atreides por un locuaz instructor de armas. Un proverbio caucásico registrado por Blanch se transforma en un aforismo común del desierto. «La educación proviene de la ciudad, la sabiduría de las colinas», un dicho apropiado para un pueblo de montaña, se convierte en «La educación viene de las ciudades, la sabiduría del desierto» en Dune».

Y eso no es todo. Por poner un ejemplo de un referente distinto, según el artículo «Frank Herbert interview on the origins of Dune (1969)», el término «Kwisatz Haderach», que en la novela se define como ‘el camino más corto’, se deriva del término hebreo «Kefitzat Haderech», que literalmente significa ‘contraer el camino’.

Dicho con otras palabras, que este artículo exponga las referencias a Lawrence de Arabia reconocibles en Dune no significa que Dune sea la traslación de Lawrence de Arabia al espacio (como se ha llegado a decir): el eclecticismo de las referencias empleadas por Herbert es uno de los pilares de su verosimilitud y originalidad.

 

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Portada de la edición de NEL books (que llegó a venderse en España), 1984.

 

Lawrence de Arabia

Teniendo esto en mente, conviene señalar también que el vínculo entre Lawrence de Arabia y Dune es bastante más explícito de lo que podría parecer.

El propio Herbert comentó más de una vez que, antes de elegir a Paul Atreides como protagonista de su novela, una versión anterior de Dune tenía a Pardot Kynes (el padre de Liet-Kines) como personaje central. Y según Timothy O’Reilly en su ensayo Frank Herbert, el vínculo de esa versión de la historia con la figura de T.E. Lawrence es directo:

«El Islam ha sido sacudido por los continuos movimientos mahdistas desde su fundación. Por nombrar un ejemplo reciente, el embrollo político que involucró a T. E. Lawrence tenía profundos matices mesiánicos. Si Lawrence hubiera sido asesinado en un punto crucial de su lucha, señala Herbert, bien podría haberse convertido en un nuevo «avatar» para los árabes. La analogía de Lawrence sugirió a Herbert la posibilidad de manipulación de los impulsos mesiánicos de una cultura por parte de forasteros con fines ulteriores. También se dio cuenta de que la ecología podría convertirse en el foco de un episodio igual de mesiánico aquí y ahora, en nuestra cultura. «Podría convertirse en el nuevo estandarte de una cruzada mortal, una excusa para una caza de brujas o algo peor”.

Herbert juntó todos estos hilos en una versión temprana de Dune. Era una historia sobre un héroe muy parecido a Lawrence de Arabia, un forastero que se volvió nativo y usó el fervor religioso para alimentar sus propias ambiciones, en este caso, para transformar la ecología del planeta».

El cambio de protagonista (y de enfoque) no eliminó la base mesiánica («mahdista») de la influencia de Paul Atreides sobre los Fremen. (Resulta obvio señalarlo, pero la semejanza entre el término árabe Mahdï —nombre que se le da al mesías que, según el Islam, vendrá en el fin de los tiempos para guiarlos— y el apelativo Muad’Dib no es en absoluto casual). Y como reconoce Brian Herbert —hijo de Frank Herbert y continuador de la saga— la forma en que su padre manejó el mesianismo de Dune sigue siendo deudora del vínculo de T.E. Lawrence con los pueblos del desierto:

«También hay paralelismos entre la historia de Paul Atreides, un noble que dirige al pueblo Fremen del desierto contra la civilización occidental, y la historia real de la vida de T.E. Lawrence (Lawrence de Arabia), un oficial británico que dirigió a las tribus del desierto contra los turcos. En ambos casos, el forastero se convierte en una figura mesiánica para sus seguidores».

Por lo tanto, ahora que hemos visto que los vínculos entre ambas obras no se reducen a lo formal, veamos los modos en que se concretan.

 

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Portada de la edición de Ultramar, 1984. (Esta fue la edición que leí en mi adolescencia).

 

La cerilla y el gom jabbar

A todos los que alguna vez hemos leído Dune, su primer capítulo se nos ha grabado a fuego… Nunca mejor dicho. Es por eso que la relación entre la novela y Lawrence de Arabia se me hizo evidente desde el principio.

Como es lógico, para poder compararlas será necesario desvelar algunos datos que bien podrían considerarse spoilers (lo aviso para más adelante), sin embargo, a esas alturas no es ningún secreto que la escena en la que se nos presenta a Paul Atreides es aquella en la que la Reverenda Madre Gais Helen Mohiam lo somete a la prueba del gom jabbar (que, por cierto, es el veneno en la punta de la aguja y no la caja).

La prueba consiste en someterlo a un intenso dolor y observar cómo reacciona. Paul sabe que puede escapar de su sufrimiento quitando su mano de una caja, pero también sabe que, en caso de hacerlo, la mujer le inyectará un veneno diseñado para matar animales. El objetivo es, en palabras de la Reverenda Madre: «tamizar a la gente para descubrir humanos».

«Te he observado en tu dolor, muchacho. El dolor no es más que la base de la prueba. […] Nuestra prueba consiste en provocar una crisis y observar».

Observar, básicamente, el modo en que el participante la controla.

Pues bien, en la escena en la que se nos presenta a T.E. Lawrence —que, por cierto, no es la primera en la que aparece— este decide, por propia voluntad, apagar una cerilla con los dedos. Segundos después, uno de sus colegas lo imita y, obviamente, se quema.

—¡Oh, eso duele! —exclama.

A lo que Lawrence responde:

—Claro que duele.

—¿Y entonces dónde está el truco?

—El truco, William Potter, es que el dolor no te importe.

En otras palabras, Lawrence le está diciendo que lo importante no es el dolor, sino el control que se ejerce sobre él.

La cerilla es una versión a pequeña escala de la prueba del gom jabbar. T.E. Lawrence se quema los dedos de la mano derecha. Paul, por su parte:

«Cerró con fuerza la mano izquierda mientras el ardor aumentaba en la otra. Crecía lentamente: calor y más calor… y más calor. […]

Le dio la impresión de que la piel de esa mano agonizante se arrugaba y ennegrecía, se agitaba, caía y dejaba tan solo huesos carbonizados».

 

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Portada de la edición de Ace, 1990. (La última edición de Debols!llo, que incorpora la revisión de David Tejera Expósito, emplea esta portada).

 

La infravaloración del imperio

La siguiente coincidencia se produjo cinco minutos después, en una escena de Lawrence de Arabia en la que dos representantes del imperio británico expresan sus discrepancias respecto al pueblo beduino.

Sin decir sus nombres, transcribiré aquí su diálogo:

«—En mi opinión y la de mis hombres, con los beduinos perdemos el tiempo. No son más que ladrones de ovejas.

—Han atacado Medina.

—Y los turcos les han machacado.

—Eso usted no lo sabe.

—Sabemos que no la tomaron. Fue una menudencia. […] Su ejército beduino es una distracción de una distracción».

Este análisis desajustado del poder beduino se refleja en la minusvaloración del emperador Padishah, Shaddam IV —e incluso de la casa de los Harkonnen—, respecto al poder de los Fremen.

Como muestra transcribiré un fragmento de una conversación ente el barón Vladimir Harkonnen y su sobrino, «la bestia» Rabban, que ya había gobernado Arrakis y, por lo tanto, tiene una idea más realista de la situación:

«—Y si tenemos en cuenta a los Fremen…

—¡No merece la pena tener en cuenta a los Fremen!

—Perdón, mi señor, pero los Sardaukar no piensan así. […] Me informaron de que una banda de Fremen tendió una emboscada a una fuerza Sardaukar en algún punto al sudeste y la exterminó por completo.

—¿Exterminaron una fuerza Sardaukar?

—Sí, mi señor.

—¡Imposible! […]

—Me he limitado a repetir lo que se me indicó —aseguró Rabban—. […] No tienes ni idea del problema que plantean los Fremen.

—Quizá. Pero esos que vieron tus lugartenientes no eran Fremen. Seguro que eran efectivos de los Atreides adiestrados por Hawat y vestidos como Fremen. Es la única explicación posible».

 

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Portada en la colección SF Masterworks, Orion, 2007.

 

Triángulo de intereses

Siguiendo con esta idea, vale la pena señalar otra coincidencia interesante. Lawrence de Arabia se desarrolla en el contexto del conflicto entre los pueblos beduinos y el Imperio Turco… del cual el Imperio Británico, hegemónico en la zona, intenta sacar tajada. El protagonista, proveniente del Imperio Británico, se transforma en un nativo beduino y los lidera en la lucha, no solo contra los turcos, sino contra la subyugación del Imperio Británico.

De igual modo, Dune se desarrolla en el contexto del conflicto entre los Fremen y la casa de los Harkonnen (un conflicto que viene de mucho antes y continuará mucho después de la presencia oficial de la casa Atreides)… del cual el Imperio y la CHOAM, hegemónicos en la zona, intentan sacar tajada. El protagonista, proveniente del Imperio, se transforma en un nativo Fremen y los lidera en la lucha, no solo contra los Harkonnen, sino contra la subyugación del Imperio.

 

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Portada de la edición de Debols!llo de 2008. (Debols!llo ha cambiado muchas veces la portada en sus distintas ediciones, pero esta, a mi gusto, es la más representativa).

 

El dominio del desierto

Una de las ideas que más se repite en Dune es que, quien domina el desierto, domina Arrakis. En esta cita, el duque Leto Atreides, padre de Paul, lo expone con total claridad:

«—Nuestra supremacía en Caladan dependía de nuestra supremacía marítima y aérea —explicó el duque—. Aquí, debemos desarrollar algo que llamaremos supremacía “desértica”. Puede llegar a incluir la aérea, aunque es probable que no sea así».

Resulta sorprendente vincular esta idea con el diálogo que se produce en la tienda del príncipe Faysal entre este, su asesor militar británico (el coronel Harry Brighton), el sharif Alí (del que luego hablaré) y el propio T.E. Lawrence.

El coronel Brighton intenta convencer al príncipe Faysal para que permita que sus hombres sean adiestrados por tropas británicas:

—Gran Bretaña es un país pequeño, mucho más que el suyo. Con una pequeña población, en comparación con algunos. Es pequeño, pero es grande. Y, ¿por qué?

—¡Porque tiene cañones! —lo interrumpe Alí.

—¡Porque tiene disciplina! —repone Brigthon.

Entonces, sin levantar la voz, el príncipe Faysal interviene.

—Porque tiene una armada que va a donde quiere y ataca a quien quiere. Eso es lo que lo hace grande.

T.E. Lawrence se muestra de acuerdo, así que el príncipe Faysal le pide su opinión y estas son sus palabras:

—Mi señor, yo creo… Yo creo que su libro tiene razón: el desierto es un océano en el que no se hunde el remo. En él, los Bedu van donde quieren y atacan a quien quieren. Así habéis luchado siempre. Eso es lo que os ha dado fama mundial y así es como debéis seguir luchando.

O, dicho en palabras de Leto Atreides: en Arabia lo importante no es la supremacía marítima, sino la supremacía “desértica”.

 

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Portada de la edición de La factoría de ideas, 2010.

 

La vía de acceso

Casi todos los artículos que comparan Dune con Lawrence de Arabia relacionan el vínculo del sharif Alí con T.E. Lawrence con el existente entre el naib Stilgar y Paul Atreides. Y aunque es importante señalar que el paralelismo no es tan lineal como parece, vale la pena resaltar sus similitudes.

Al inicio de la historia, tanto el sharif Alí como el naib Stilgar son lugartenientes de un líder superior: en el caso del sharif Alí, del príncipe Faysal; en el caso del naib Stilgar, de Liet-Kines.

En su primera interacción personal (lo escribo de este modo porque, en Dune, Stilgar ya había visto a Paul Atreides en una reunión con su padre) tanto Alí como Stilgar tienen en sus manos las vidas de T.E. Lawrence y Paul Atreides. Y ambos (por razones muy distintas, eso sí) deciden dejarlos con vida.

Tanto Alí como Stilgar son la vía de acceso para la inculturación de sus contrapartes, ya sea entre los beduinos o entre los Fremen.

Y, por último, la evolución del vínculo entre Alí y T.E. Lawrence se asemeja —con matices— a la del vínculo entre Stilgar y Paul Atreides. En un principio, el forastero está al cobijo del lugarteniente. Conforme crece la admiración del segundo por el primero, sus roles se igualan. Y al final de la historia es el forastero, convertido ya en nativo, quien lidera al pueblo del desierto, con el antiguo lugarteniente como mano derecha.

 

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Portada de la edición 50º aniversario, 2015.

 

La consagración

Cuando llegué a la escena de Lawrence de Arabia de la que ahora voy a hablar, me sorprendió que nadie se hubiese percatado de la alevosa semejanza con una de las escenas más notables de Dune… Pero explorando en la red descubrí que sí, que alguien ya lo habían hecho, así que es justo que exponga esta relación con una cita de su artículo.

El texto al que me refiero lo escribió Meghan O’Keefe y tiene un título más que explícito: «‘Lawrence Of Arabia’ Is The Unlikely Prequel To ‘Star Wars,’ ‘Dune,’ And All Your Favorite Fantasy Epics». Su planteamiento es el siguiente:

«El viaje de Paul sigue muchos de los ritmos del de Lawrence de Arabia, y Dune incluso copia una apasionante escena de la película. Claro que, en lugar de liderar una banda de tribus beduinas contra un monstruo mecánico, Paul Atreides lleva a los Fremen a conquistar un gusano.

Dune usa la escena para solidificar el liderazgo de Paul entre los Fremen: ha demostrado que tiene un gran destino y que, de hecho, puede ser un profeta. La carga de Lawrence contra el tren turco también se suma a su mística, pero con un giro. Incluso cuando Lawrence esquiva la muerte y se convierte en un héroe, se vuelve cada vez más obvio que no es más que un hombre que juega a ser profeta».

En efecto, la famosa escena de Lawrence de Arabia que menciona O’Keefe es la de la captura de un tren turco en medio del desierto —un verdadero gusano mecánico— por parte de un grupo de beduinos liderados por T.E. Lawrence. Esa escena representa la consagración de Lawrence como líder beduino, y lo más interesante es que la consagración se produce cuando este se trepa al techo del tren y recorre sus vagones… como si estuviera caminando por el «lomo» del mismo.

Esa escena reverbera, sin lugar a dudas, en la escena de la captura del gusano de arena (el «hacedor») por parte de Paul Atreides… Aunque yo no la definiría como una «copia» o un «plagio» («Dune even lifts a thrilling scene…») como hace O’Keefe. Si bien es cierto que la consagración de Paul Atreides se produce cuando consigue capturar al gusano y montarse en su lomo, también debo matizar lo expuesto en su artículo.

Capturar y montar el gusano de arena no es una demostración de que Paul «tiene un gran destino», es solo el rito de paso necesario para convertirse en un guerrero Fremen, algo imprescindible para poder liderarlos. Herber lo expresa en su libro con total claridad:

«Hasta el guerrero Fremen más pequeño y mediocre era capaza de hacer algo que él nunca había hecho. Y Paul sabía que su autoridad se resentía por la omnipresente presencia de esa diferencia entre ellos.

Nunca había cabalgado un hacedor».

 

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Portada en la colección Penguin Galaxy Series, Penguin Random House, 2016.

 

Cuchillos

Cualquiera que haya leído Dune recuerda su escena final… Y si aún no lo has hecho no pienso estropeártela aquí. Lo único que diré es que tiene relación con un cuchillo sagrado para los Fremen: el criys.

Pues bien, la última batalla que se muestra en Lawrence de Arabia, antes de que sus tropas beduinas tomen Damasco, culmina con la imagen de un T.E. Lawrence ensangrentado y con las ropas hechas girones que sostiene en su mano derecha el cuchillo tradicional de los beduinos.

Es solo una escena fija, pero la referencia está allí.

 

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Portada de Dune: Deluxe Edition, Penguin Random House USA, 2019.

 

Lawrence de Arrakis

Si en algo no parecen coincidir la novela de Herbert y la cinta de Lean es en su final. Como comenté al principio del artículo, el cierre de Dune nos presenta un mesianismo triunfante, mientras que, al final de Lawrence de Arabia, el proyecto (casi) mesiánico de T.E. Lawrence —su intención de crear un Consejo Árabe colegiado capaz de poner de acuerdo a las tribus beduinas para gestionar su territorio— se da de bruces con los intereses políticos del Imperio Británico. En otras palabras, T.E. Lawrence no tiene en sus manos (nunca los tuvo) los efectos políticos y sociales de aquello por lo que luchó.

Lo curioso es que, volviendo a la idea original de este artículo, si consideramos a la trilogía de Dune como un todo, lo que parece en principio una discrepancia con la película es, quizás, su principal similitud.

Toby Harper, professor de Historia de la Arizona State University, lo expresa muy bien en su artículo «“Going Native” with Dune’s Paul Atreides»:

«Paul se convierte en un mesías y un emperador, pero esto lo coloca en una posición de incluso mayor servidumbre a sistemas ecológicos, políticos y religiosos más amplios. Al elevar a Paul a niveles casi divinos de control sobre un imperio interestelar, Herbert no estaba promoviendo fantasías de poder imperial derivadas de su conversión en nativo. Más bien, las estaba deconstruyendo. […]

En los imperios europeos de finales del siglo XIX y principios del XX, las fantasías positivistas del conocimiento nativo contrastaban con las realidades de violencia, atrocidad e incomprensión. Dune lleva esta conexión un paso más allá al sugerir que incluso el emperador, que es capaz de combinar el conocimiento nativo con la completa comprensión científica, no puede escapar de la violencia y el retroceso propios del poder imperial. En otras palabras, Dune es un clásico en parte porque subvierte las narrativas de progreso, conocimiento y civilización que han sido fundamentales tanto para la ciencia ficción como para los proyectos imperiales modernos en Oriente Medio».

 

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Portada de la edición ilustrada, NOVA, 2019.

 

EclectiCismo

El que haya dedicado todo este artículo a exponer los referentes de Dune, no debería considerarse una minusvaloración de la obra, sino todo lo contrario. Algunos clichés, por el hecho de serlo, desvirtúan verdades que deberían recalcarse: y uno de ellos es que la literatura es un constante diálogo entre obras y autores de distintos siglos, lugares y culturas. Las referencias no deberían despacharse sin más como una muestra de falta de originalidad, sino que deberían evaluarse en relación a la obra: debería analizarse hasta qué punto esas referencias han sido subvertidas, o reforzadas; hasta qué punto la suma de los elementos se revela superior a sus partes.

En este sentido, me gustaría cerrar este artículo parafraseando el remate del de Harper:

Dune es un clásico en parte porque elige una ecléctica variedad de referentes para subvertir las narrativas de progreso, conocimiento y civilización que fueron fundamentales para la ciencia ficción de las décadas anteriores, ancladas en una hegemonía occidental (y cientificista) triunfante.

Solo por eso, Dune es un libro imprescindible para cualquier aficionado a la literatura.

 

Visit Arrakis

 

NOTA: La imagen de cabecera es un collage a partir de una foto de Fabian Struwe publicada en Unsplash.

 

 

 

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