Siempre he considerado a Todos sobre Zanzíbar, de John Brunner, como el Ulises de la ciencia ficción. Un clásico indiscutible, pero de una complejidad estructural y lingüística que impone respeto. Sin embargo, sé que más temprano que tarde terminaré leyéndolo (sí, lo reconozco, todavía no lo he hecho…, como tampoco he leído el Ulises), así que me pareció buena idea acercarme al autor a través de otra de sus obras. Una novela que, si bien emplea la misma estructura fragmentada (y la misma inmersión radical) que Todos sobre Zanzíbar, lo hace a una escala mucho más abarcable. Me refiero a El jinete de la onda del shock (The Shockwave Rider, Harper, 1975).

Bueno…, a decir verdad, ese no ha sido el único motivo por el que decidí leerla: El jinete de la onda del shock es el libro que acuñó el termino «worm» (gusano) para referirse a un malware con la capacidad de autoduplicarse al expandirse por la red. Y lo hizo en 1975 (¡13 años antes de que Robert Tappan Morris diseñara el primero!).

Con el tiempo, esa «profecía» ha dotado a la obra de un halo visionario… y dado que este blog se llama «visión prospectiva» es lógico que quisiera saber hasta qué punto lo era.

Tras leerla, debo decir que la novela es sin duda visionaria.

Aun así, lo que a la larga me ha resultado más interesante (sin que esto le quite mérito alguno) es que el vínculo entre sus predicciones y el modo en que las materializa en el texto expone a las claras los límites de la prospectiva.

Y eso es algo que vale la pena explorar.

 

El jinete de la onda del shock 1
Free Time Node, Archigram, 1966.

 

La importancia de la traducción

Antes de comenzar con el análisis, quiero señalar un dato importante: la versión de la novela que he leído es la que publicó Gigamesh en 2012 (tras años de estar descatalogada).

Y la nueva traducción, realizada por Antonio Rivas Gonzálves, consigue mostrar, a la vez, el tiempo en que la novela fue escrita y la vigencia de sus ideas. Ese delicado equilibrio es esencial, tanto para recalcar su carácter visionario, como para ayudarnos a acotar su coyuntura… Y los límites que esta impone a su prospectiva.

Dicho esto, comencemos.

 

Autorreferencia 2.0

Ya he comentado otras veces que, de El Quijote a esta parte, las grandes novelas suelen ser autorreferenciales. O, dicho de otra forma: las grandes novelas suelen explicarse a sí mismas construyendo universos cerrados.

Sin embargo, El jinete de la onda del shock va un paso más allá: no solo esconde entre sus páginas las claves para decodificarla (disfrazadas de aforismos o anuncios comerciales al estilo de Pórtico), sino que advierte al lector de cómo no debe leerla…

Y su advertencia dio por debajo de mi línea de flotación.

Durante la primera mitad de la novela había estado pendiente de los temas que abordaba intentando extraer paralelismos con nuestra sociedad.

Y lo cierto es que ya empezaba a barruntar algunos (el contraste entre una «sociedad conectada» y una arcadia de la era de la información; la diferencia entre conocimiento y sabiduría; la lucha del individuo por librarse del control del Estado…; temas esenciales a lo largo de todo el libro) cuando descubrí que estaba parado sobre una mina.

 

Acercamiento holístico

John Brunner me la había jugado… Lo que tiene su gracia porque lo hizo a través de un juego.

Me explico. Casi a mitad la novela, Brunner coloca un capítulo con un nombre que, ya de por sí, parece ser un trasunto de la situación del protagonista: «Cercado, pero no derrotado».

El capítulo —de algo más de una página— detalla las intrincadas reglas de un juego creado por el autor (las Vallas). Y conforme las vas leyendo, las sutiles referencias a piezas mostradas y escondidas, a supuestas condiciones de inferioridad que en realidad no lo son, a movimientos ocultos, hacen que empieces leerlas como una metáfora de la novela… Incluso hacen que releas ciertos párrafos; no vaya a ser que se te escape algún detalle.

Entonces, en el capítulo siguiente (titulado «Metonimia»; ¡hay que ser cabrón!) se incluye el siguiente diálogo:

«—Quería mantener el juego como una analogía indefinida de su propia situación, ¿no es cierto? Dadas las connotaciones de cautividad, recintos cerrados, terreno seguro y esas cosas…

—Piense lo que quiera, pero se equivoca. Uno de los principales defectos que tiene la gente como usted es su incapacidad para divertirse. No les gusta la idea de que existan procesos que no se pueden analizar. Es el descendiente directo, en el árbol de la sociología, de los investigadores que perforaban la médula espinal de gatos y perros para inmovilizarlos, porque incluso la personalidad de esos animales era demasiado compleja para que se sintieran cómodos. Y es un sistema excelente para estudiar las sinapsis, pero no vale una mierda para estudiar a los gatos.

—Es usted un holista.

—Tendría que haberme figurado que acabaría por convertir esa palabra en un insulto».

Lo dicho: ¡hay que ser cabrón!

 

El jinete de la onda del shock 2
The Continuous Monument, Superstudio, 1969-1970.

 

El shock del futuro

Y allí estaba yo, con «un sistema excelente para estudiar» algunos problemas actuales, pero que «no vale una mierda para estudiar» la prospectiva de la novela.

Afortunadamente, por entonces ya había empezado a pensar en un enfoque más… holístico.

No es casual que El jinete de la onda del shock sea considerado visionario. Pocos libros han partido —al menos, de un modo tan explícito— de un análisis prospectivo (o «futurológico», como se lo denominaba entonces). En una nota previa al inicio de la novela, Brunner reconoce que:

«El “escenario” (por usar un tópico adecuado) de El jinete de la onda del shock deriva en gran medida de El shock del futuro, un sugerente ensayo de Alvin Toffler, a quien estoy profundamente agradecido».

Si tienes mi edad, es muy probable que hayas oído hablar de (o que incluso hayas leído) El shock del futuro, un análisis prospectivo publicado en 1970 que planteaba (simplificando mucho) que el cambio de una sociedad industrial a una postindustrial (el concepto «era de la información» aún no existía) iba a ser tan radical y vertiginoso que mucha gente no podría seguirlo (quedaría desconectada) o sufriría intensos ataques de estrés (el «shock del futuro» del título).

En efecto, estas ideas permean tanto el argumento como los temas centrales de la novela; por lo que la base conceptual de su especulación es muy sólida… y su esfuerzo por proyectar el futuro, evidente.

Eso rompe la regla de oro de la literatura prospectiva (la que dice que su objetivo no es mostrarnos cuál va a ser el futuro, sino hacernos reflexionar sobre cuál podría ser) y, por tanto, en este caso sí que es válido especular sobre los límites de su capacidad de predicción. O, siguiendo el consejo de Brunner, enfocar la novela desde una perspectiva holística.

 

Antecedentes

Obviamente, este tema ya ha sido abordado por grandes escritores de ciencia ficción. Es probable que la cita más famosa respecto a los límites de la prospectiva sea la escrita por Robert A. Heinlein (que reproduje en el artículo sobre Homo Deus):

«La especulación más difícil de emprender por un escritor de ciencia ficción es imaginar correctamente las implicaciones “secundarias” de un nuevo factor. Mucha gente anticipó correctamente la llegada del coche sin caballos…, pero no conozco a ningún escritor, de ficción o no ficción, que haya previsto el gran cambio en los hábitos de cortejo y apareamiento de los estadounidenses que provocaría dicha llegada».

Esa dificultad para imaginar las implicaciones secundarias es sin duda uno de los grandes límites de la prospectiva. (Un límite que a veces se consigue salvar, como veremos más adelante). Sin embargo, tras leer El jinete de la onda del shock, creo que existe un límite previo en la capacidad predictiva. Un límite que, curiosamente, resulta mucho más difícil de eludir:

Incluso pudiendo predecir un «concepto» futuro (el coche sin caballos en el ejemplo de Heinlein), resulta casi imposible predecir su materialización concreta (el diseño que tendrá ese coche sin caballos).

 

El jinete de la onda del shock 3
Tuning London, Archigram, 1972.

 

Enmascaramiento

Un escritor, dado el tipo de «materiales» que maneja, esta mucho mejor preparado para deshacerse de los «conceptos» de su tiempo que de su componente visual y sus tendencias de diseño. Y el problema es que muchos conceptos visionarios terminan siendo enmascarados por un tipo de representación demasiado anclada a su tiempo.

Este enmascaramiento es particularmente notorio en las películas de ciencia ficción, donde la componente visual es esencial.

Un buen ejemplo de ello es Rollerball, de Norman Jewison, una película estrenada el mismo año que se publicó la novela de Brunner (1975) y que se desarrolla en 2018 (¡sí, amigos, el futuro ha llegado!).

Al pensar en la película hoy en día, lo primero que nos viene a la mente es su vestuario «setentero», su versión sintetizada de la Tocata y Fuga en re menor de Bach y la estética del rollerball: una mezcla entre las maravillosas portadas de Horacio Salinas Blanch para Súper Ficción y una versión «fútbol americano» de La naranja mecánica.

Sin embargo, debajo de su parafernalia retro, la película esconde una serie de conceptos visionarios.

Lo explica muy bien el artículo que Un universo de ciencia ficción dedicó a la película:

«El tiempo da perspectiva, sin embargo, y cuando hoy se revisa la cinta, independientemente de sus virtudes o defectos cinematográficos y con una mayor tolerancia hacia la violencia escénica, llama más la atención su presciencia acerca de la presencia en nuestras vidas de la violencia deportiva, el poder de las corporaciones y la influencia de la televisión en una sociedad saturada por los medios de comunicación de masas, obsesionada por el consumismo y dispuesta a ceder libertad a cambio de bienestar material».

 

Implicaciones secundarias

Llegados a ese punto, la cita de Heinlein sobre las «implicaciones secundarias» podría reescribirse de la siguiente manera:

«La máxima de que “una cosa es acertar al prever el concepto y otra hacerlo en el modo en que éste se materializa” se extiende también a las consecuencias sociales».

Sin embargo, lo más interesante a este respecto es que el error al materializar dichas consecuencias sociales se debe (en la mayoría de los casos) a una tendencia a incrementar su dramatismo.

Para seguir con el ejemplo de Rollerball: es cierto que, tras la crisis de 2008, algunas corporaciones poseen más poder que muchos Estados…, sin embargo, lo de 2008 fue una crisis, no una «guerra entre corporaciones» y, aunque muchos Estados tengan menos poder que ciertas corporaciones, eso no significa que los Estados hayan desaparecido (como se plantea en la película).

Cabría preguntarse hasta qué punto esta «dramatización» (exageración) de los hechos no es inherente a la prospectiva. Al fin y al cabo, su objetivo es resaltar hacia dónde podrían conducirnos ciertas tendencias actuales. (Con el énfasis puesto en el condicional).

En cualquier caso, dado que aquí quiero centrarme en literatura prospectiva, es evidente que a través de esa «dramatización» se cuela el enfoque del autor. (Un enfoque subjetivo por definición).

 

El jinete de la onda del shock 4
No-Stop City, Archizoom, 1970.

 

Jugando a ser Nostradamus

Una vez dicho esto (y teniendo en cuenta que mi intención es centrarme en los conceptos, más que en la forma en que Brunner los «materializa») vale la pena exponer una serie de predicciones que, con el tiempo, han resultado visionarias.

Aviso que algunas de ellas (en especial, la primera) pueden verse afectadas por el «síndrome Nostradamus»: la tendencia a creer que un texto predice un suceso, una vez que el suceso ya se ha producido.

También es importante aclarar que, si bien las citas que expondré no desvelan la trama, puede que prefieras descubrirlas en el transcurso de la novela. De ser así, pasa directamente al último apartado.

 

De torres y aviones

Además de por acuñar el término «gusano», El jinete de la onda del shock se ha ganado el halo de visionaria por contener una escena que recuerda al atentado de las Torres Gemelas (aunque la novela lo describa como un accidente).

¿Síndrome Nostradamus?

En lugar de comentarla, prefiero transcribirla y que saques tus conclusiones:

«La empalizada de rascacielos de mil metros que rodeaba el aeropuerto continental tenía dos huecos que, por una vez, no conmemoraban edificios que hubieran resultado demolidos en una revuelta o una guerra tribal, sino que marcaban los lugares donde se habían estrellado la semana anterior dos aviones de despegue vertical, uno que bajaba y otro que subía, cuando resbalaron a la vez, lateralmente, de los repulsores».

(Solo una acotación antes de seguir: la novela que sí me resulta profética respecto a los atentados del 11 de septiembre es El fugitivo, de Stephen King, publicada bajo el pseudónimo de Richard Bachman en 1982… No puedo explicarte por qué sin destrozarte el libro).

 

El jinete de la onda del shock 5
Tuning London, Archigram, 1972.

 

A veces también se aciertan las implicaciones secundarias

Pronosticar en 1975 (como, en efecto, hace la novela) que en todo hogar existirá un terminal doméstico… o incluso que se podrá acceder a la red desde cualquier conexión telefónica es meritorio, por supuesto, pero no asombroso. Más teniendo en cuenta que, un año antes, Arthur C. Clarke había lanzado sus famosísimas predicciones para 2001.

«La gran diferencia (…) llegado el año 2001 es que tendremos en nuestra propia casa (…) una consola que podrá «hablar» con su amigable ordenador local y obtener toda la información necesaria para nuestra vida diaria: extractos bancarios, reservas para el teatro… Toda la información que necesites en el transcurso de la vida en una compleja sociedad moderna se encontrará, de una forma compacta, en tu propia casa».

Que las «consolas» de Clarke y las «terminales» de Brunner fueran muy distintas de los ordenadores de sobremesa que se estandarizaron en la década de dos mil no le quita mérito alguno a su análisis prospectivo. Sin embargo, lo asombroso en la novela de Brunner es que consigue dar un paso más y predecir algunas implicaciones secundarias de las nuevas tecnologías.

Este comentario es un buen ejemplo:

«El camarero dejó un papel doblado frente a ella. Contenía un mensaje escrito con letra pulcra y firme, algo poco habitual en aquella época en la que los niños aprendían a teclear a los siete años».

Te aseguro que no es el único.

 

Big Data

Sin duda, el análisis prospectivo que más me han impactado ha sido su descripción de las técnicas de data mining. Como es lógico, Brunner no acierta en su materialización (plantea que los datos se extraen de un sistema de apuestas online, en lugar de hacerlo de la red, que él llama «datanet»), pero el concepto subyacente es increíblemente certero. Haz la prueba de sustituir «apuestas de delfos» por «redes sociales» y «apuestas» por «comentarios», y verás a qué me refiero:

«Los conceptos más originales estaban encarnados en Crediton Hill. Allí, analistas de primer orden estudiaban las apuestas de delfos de todo el país para mantener un elevado índice de tranquilidad social. (…) Lo que deseaba el público en cada momento se podía inferir de la observación de las apuestas, y se podían tomar medidas para asegurarse de que se pusiera en práctica lo factible y se desviara la atención de aquello que no lo era».

Eso sí, lo que ni siquiera alguien como Brunner podría haber previsto es que la misma técnica empleada para «desviar la atención» de deseos «inviables», podría ser empleada para generar deseos en los usuarios, o para atraer su a tención hacia ciertas ideas, o incluso para construir esa «realidad» alternativa que solemos denominar «posverdad».

 

Autoproducción ilimitada

Algunos de los planteamientos más visionarios de la novela se expresan a través de aforismos; frases contundentes lanzadas por el protagonista en medio de un diálogo.

Este, por ejemplo, hace referencia al trabajo.

«—No obligan cuando pueden persuadir. No son estúpidos. Saben muy bien que un voluntario que trabaja hasta agotarse por iniciativa propia vale más que dos docenas de personas desmotivadas que trabajan a la fuerza».

Al leer este párrafo, me vino a la mente otro que ya he citado al analizar Rendición. En otras palabras, reconocí en una novela de 1975 una referencia a la misma prospectiva que Ray Loriga abordó en 2017.

La cita a la que me refiero es de Psicopolítica: Neoliberalismo y nuevas técnicas de poder, de Byung-Chul Han (un libro de 2014), y dice lo siguiente:

«Hoy (…) se extiende la ilusión de que cada uno, en cuanto proyecto libre de sí mismo, es capaz de una autoproducción ilimitada».

Podría agregar, también, esta otra cita del mismo libro:

«El yo como proyecto, que cree haberse liberado de las coacciones externas y de las coerciones ajenas, se somete a coacciones internas y a coerciones propias en forma de una coacción al rendimiento y la optimización».

Si relees la cita de Brunner, verás que plantea exactamente lo mismo.

 

El jinete de la onda del shock 6
Superstudio Revisitado, Nitsche Arquitetos + Jorn Konijn, 2016.

 

Los límites de la prospectiva

Tratar este último tema es un poco complicado porque, para hacerlo, debo deslizarme al borde del spoiler, así que, por si acaso, no voy a transcribir ninguna cita. De todas formas, creo que es importante subrayarlo porque ratifica la capacidad visionaria de Brunner, al tiempo que muestra a las claras los límites de la prospectiva.

Lo primero que debo decir es que la novela predice dos acontecimientos trascendentales de nuestro siglo: la filtración de secretos de Estado (como ocurrió en octubre de 2006 a través de WikiLeaks y en junio de 2013 gracias a Edward Snowden) y la gestación de un gobierno ciudadano sustentado por la red (como el que tantearon, de forma embrionaria, las derivadas del 15M y el movimiento Occupy). Y lo más sorprendente es que, en ambos casos, su materialización en la novela no dista demasiado de su materialización real. (En particular, en lo que respecta a la filtración de secretos).

Lo que sí dista (y mucho) es la reacción que estos hechos provocaron en la sociedad cuando realmente se produjeron y, sobre todo, las consecuencias derivadas de esos hechos.

En la novela son mucho más radicales (revolucionarias) que las que tuvieron lugar en la práctica. Y eso es algo sobre lo que vale la pena cuestionarse.

¿A qué se debe la certeza de Brunner de que la «mera» filtración de secretos de Estado provocará una transformación social? ¿Al espíritu revolucionario de la época en que escribió su novela?

Quizás. Pero me atrevo a sugerir otra explicación. Algo que se conoce como «el síndrome de la rana hervida».

Todos sabemos que si colocamos a una rana en agua hirviendo esta escapará de inmediato, pero que, si la colocamos en agua a temperatura ambiente y la vamos calentando de a poco, la rana no se dará cuenta de lo que está ocurriendo y morirá escaldada.

Pues bien, es probable que con las sociedades ocurra lo mismo. Que el grado de tolerancia a las injusticias pueda irse graduando poco a poco hasta que, sin darnos cuenta, terminemos aceptando como «normal» cosas que unas décadas antes nos parecían intolerables. De ser así, la prospectiva sería incapaz de predecir la reacción social a los cambios tecnológicos.

Desde la situación «a temperatura ambiente» de 1975, algo como WikiLeaks o las filtraciones de Snowden sería claramente «agua hirviendo». Sin embargo, en el correr de las casi cuatro décadas que pasaron desde la publicación de la novela hasta las filtraciones de Snowden, la «temperatura» de la tolerancia social a ese tipo de despropósitos se fue calentando de a poco por lo que, cuando al fin se produjo, la reacción general no pasó de la indignación resignada.

Es probable que ese sea el motivo por el que los procesos «reales» con los que se instaura el futuro suelan ser menos «dramáticos» (como veíamos más arriba) que en la literatura de ciencia ficción.

 

Las lecciones de Brunner

Tras leer El jinete de la onda del Shock, comprendo los motivos de Brunner para lanzar su advertencia: la concepción de su novela (el «tipo» de sociedad que sugiere, analizada de un modo holístico) es mucho más importante (y trascendente) que su argumento o sus temas concretos.

Este enfoque no es casual. De hecho, ni siquiera se constriñe a esta novela. Como bien plantea David Brin en su prólogo a El rebaño ciego (otro clásico de John Brunner):

«Aunque la ciencia ficción siempre ha tenido el fin último de analizar con ojo crítico los problemas y el destino de la humanidad, la aparición de Brunner en la cúspide de aquella década fundamental [la de los setenta] amalgamó por vez primera todos los elementos: la valiente voluntad de poner en tela de juicio los supuestos y la autoridad, el afán por emplear el lenguaje como herramienta experimental, y la sensación de que el mundo mismo puede ser igual de frágil que cualquier personaje dotado de voz y autonomía. Al combinar todos estos elementos ayudó a transformar la ciencia ficción, que de ser un género básicamente de aventuras pasó a ser el medio donde desarrollar arriesgados experimentos sobre el mañana».

Y hoy sigue siendo tan importante como entonces desarrollar esos experimentos… Algo que, por cierto, también predijo Brunner en uno de los aforismos de su novela:

«No pienses en el futuro; estás en tu derecho. Pero no te quejes si, cuando llegue, te pilla con la guardia baja».

Hagamos lo que esté en nuestra mano para que eso no suceda.

 

El jinete de la onda del shock 7
The Continuous Monument, Superstudio, 1969-1970.

 

 

NOTA: La imagen que encabeza este artículo pertenece al proyecto Éxodo, o los prisioneros voluntarios de la arquitectura, la tesis de Rem Koolhaas para la Architectural Association junto con Madelon Vreisendorp, Elia Zenghelis y Zoe Zenghelis (1972).

 

 

 

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