Algunos libros parecen llamarte. No sabes exactamente por qué, pero desde el momento en que ves su portada, o descubres su sinopsis, o lees la primera reseña, sabes que más temprano que tarde caerá en tus manos. Y si para colmo todos los artículos que te llegan son elogiosos y han sido escritos por personas en las que confías, entiendes de primera mano lo que significa el hype.

En el caso de Semiosis, de Sue Burke (Tor Books, 2018), los artículos a los que me refiero fueron escritos (ni más ni menos que) por Elías Combarro, Alexander Paez y Borja Bilbao, y sugerían una historia de primer contacto, multigeneracional (lo que prometía conflictos sociales) y basada en un novum nada común: el desarrollo de una flora inteligente.

Gracias al artículo de Alex, también supe que el objetivo de la misión a Pax (el planeta en el que se desarrolla la historia) era «refundar» la humanidad tras una catástrofe ecológica, así que presupuse que la novela desarrollaría los esfuerzos humanos por adaptarse al entorno y sus intentos de comunicación con las especies autóctonas (y digo «autóctonas» porque en esta novela los alienígenas somos nosotros).

La idea se reforzó tras leer la definición de «semiosis» dada por Burke en su página web.

«Semiosis (del verbo griego sēmeiô, “signar”) es cualquier tipo de actividad, conducta o proceso que involucre signos, incluida la producción de significados; una acción o proceso que involucre el establecimiento de una relación entre un signo y su objeto y significado».

Claro que esta definición, en manos de la autora, es mucho más amplia de lo que solemos asumir:

«La semiosis abarca más que la semántica, que se centra en el lenguaje. Puede incluir sistemas humanos y no humanos que empleen signos químicos, auditivos, visuales o táctiles para trasmitir información.

En otras palabras, Semiosis trata de la comunicación».

Es verdad, Semiosis trata de la comunicación (o, al menos, de los intentos de comunicación) entre especies. Y sin duda profundiza en lo que implica adaptarse al medio desde una perspectiva ecológica. Sin embargo (y esto fue lo que me maravilló de la novela), esas capas de lectura son solo estratos de un paisaje más amplio; de un tema central que las abarca porque, de hecho, debe abarcarlas para poder desarrollarse. Y ese tema —explorado con una profundidad y riqueza muy poco habituales— es el arduo, impreciso, doloroso camino que las sociedades deben recorrer para alcanzar la paz.

 

Semiosis 1
Fotografía realizada por Alesah Villalon y publicada en Unsplash.

 

El delicado tema de los spoilers

Aunque la novela me ha encantado, he dudado bastante en escribir este artículo. Dado que Semiosis no ha sido publicada en nuestro idioma, no sabía cómo hablar de su tema central sin estropearte la historia. Solo al final del libro comprendí que el proceso de construcción de la paz expuesto por Burke (y sus dificultades) puede ser analizado de forma abstracta, sin hacer referencias a la trama. Incluso pueden citarse sus conceptos clave sin vincularlos al contexto en que se exponen.

Por lo tanto, para ponerte en situación, en la primera parte del artículo citaré un par de pasajes que sí tienen que ver con la historia, pero luego pasaré a referirme a los procesos sociales… Algo, por otra parte, muy acorde con la estructura del libro.

Semiosis puede leerse como un fix-up de relatos —o novelas cortas— en la que cada historia es narrada desde la perspectiva de un personaje distinto (o dos, en algunos casos). Cada narrador pertenece a una generación diferente, lo que induce una sensación de evolución paulatina (incluso cuando cuatro de sus historias se desarrollan en menos de un año).

Esta idea de «proceso extendido en el tiempo», de «proyecto multigeneracional» es, de hecho, el primer concepto clave en su análisis de la construcción de la paz. El establecimiento de una paz duradera —de la paz como estado mental, como filosofía de vida— no es algo que pueda pactarse de la noche a la mañana en una mesa de negociaciones. Es algo que requiere años de aprendizaje y aceptación, un cambio paulatino de mentalidad; y ese tipo de procesos nunca son personalistas. Toda persona puede aportar su esfuerzo —qué duda cabe—, pero el proceso, como tal, siempre será colectivo.

Veamos ahora sus pasos.

 

La importancia de los nombres

Para alcanzar un objetivo primero hay que nombrarlo, incluso aunque no sepamos dónde se encuentra. Los futuros colonos del nuevo planeta ya lo habían bautizado «Pax» (el término latino para «paz») antes de salir del nuestro. Depositaban en él la promesa de un nuevo comienzo tras asumir que la Tierra —arrasada por guerras y catástrofes climáticas— estaba perdida.

A las pocas páginas de empezar el libro, uno de sus personajes se pregunta si seguirá habiendo humanos en la Tierra cuando ellos lleguen a Pax. Una pregunta lógica en el contexto de la historia, pero que también puede leerse como una crítica a nuestras utopías de paz: ¿Alcanzaremos la paz antes de que desaparezcamos de la Tierra?

La pregunta es más compleja de lo que parece, sobre todo porque muchos de los «utopistas» comparten la opinión de otro personaje del libro: «La gente de este planeta no merece sobrevivir». Salvo ellos, claro, que serán los fundadores de la «nueva sociedad». Porque, como aclara de inmediato otro personaje:

«El asunto es que nosotros podemos aprender. (…) Solo tendremos que hacerlo mejor. ¿Cuán difícil puede ser eso?»

Burke dedica el resto de la novela a responder esa pregunta.

 

Semiosis 2
Fotografía realizada por Bennett Dungan y publicada en Unsplash.

 

Las condiciones de partida

Una de las primeras genialidades del libro se encuentra en la siguiente escena.

Los jóvenes utopistas se embarcan en un viaje de 158 años (con hibernación incluida) y cuando llegan a su destino se topan con una sorpresa.

«—¡Estamos en la estrella equivocada!

Sentí una oleada de nausea y desesperación.

Paula estaba alimentando a Bryan, que estaba demasiado débil para comer, y parecía tranquila, pero su mano temblaba.

—El ordenador pudo elegir otra si era mejor— dijo.

—Lo hizo. (…)

Estábamos en la estrella HIP 30815f, en lugar de la HIP 30756, en un planeta con una ecología muy desarrollada y, lo noté, abundante clorofila. Los niveles de dióxido de carbono eran levemente superiores a los de la Tierra, pero no peligrosos. Vistas desde la Tierra, ambas estrellas eran pequeños pinchazos en la constelación de Gemini, cerca de la espinilla izquierda de Castor. Como habíamos planeado, llamamos al planeta Pax, dado que habíamos venido a vivir en paz».

He aquí la segunda idea clave introducida por Burke: la paz no se encuentra necesariamente donde uno cree. De hecho, en la mayoría de los casos, las condiciones de partida para el establecimiento de la paz nos son impuestas desde fuera, sin que tengamos más opción que tomarlas… Basta con pensar en los conflictos sociales que nos rodean para darnos cuenta de que es así.

Pero Burke le da otra vuelta de tuerca a ese concepto. En Semiosis, las condiciones impuestas cargan sobre los hombros de los protagonistas más peso del habitual —además de estrellar muchos de sus intentos de arribo— porque en Pax la gravedad es mayor que la experimentamos día a día… Algo que, bien pensado, no debería sorprendernos: adaptarnos a vivir en Pax requiere un esfuerzo constante; sobre todo al principio.

 

Las cosas que traemos con nosotros

Incluso en la más radical de las sociedades exnovo hay algo que no podemos dejar atrás: a nosotros mismos.

Y con nosotros viene nuestro pasado, nuestras naciones, nuestros prejuicios y nuestra visión del mundo… Por muy utópica que sea esa visión.

El primer capítulo —narrado desde la perspectiva de la primera generación— es el único en el que se hace referencia a los países de origen de los personajes, o en el que las analepsis transcurren en la Tierra.

A primera vista, esto parece lógico, dado que todos los capítulos están relatados en primera persona y solo los colonos de la primera generación tienen recuerdos de la Tierra. Sin embargo, en el segundo capítulo la primera generación sigue teniendo un papel esencial y para la narradora (perteneciente a la segunda generación) sus nacionalidades o recuerdos de la Tierra carecen de sentido.

Reconocer, por tanto, que nuestra visión del mundo es intrínseca a nosotros y procurar no transmitir nuestros prejuicios a las siguientes generaciones (léase «nacionalidad», «clase social», «religión», «color de piel») es el primer paso en el largo camino hacia la paz.

¿Y por qué debemos asumir que arrastramos nuestros prejuicios? ¿Acaso no podemos eliminarlos?

En su novela, Burke reconoce que sí, que claro que podemos hacerlo (de hecho, algunos personajes lo logran), pero es un trabajo duro, que lleva muchos años y que (como nos muestra en su brillante inicio) no puede limitarse a la mera declaración de intenciones.

El primer capítulo, como todos, se abre con un pasaje de la Constitución de la Commonwealth (¿del… «territorio autónomo»?, ¿«Estado libre asociado»?) de Pax.

«Agradecidos por esta oportunidad de crear una nueva sociedad en plena armonía con la naturaleza, entramos en este pacto, prometiéndonos unos a otros nuestra mutua confianza y apoyo. Ciertamente enfrentaremos dificultades, peligros y fallas potenciales, pero podemos aspirar al uso de la sabiduría práctica en la búsqueda de la alegría, el amor, la belleza, la comunidad y la vida».

Acto seguido, la primera conclusión que saca el protagonista respecto a un planeta que desconoce es la siguiente:

«La guerra había comenzado mucho antes de que nosotros llegáramos porque la guerra era su forma de vida».

Así es como describe los vínculos entre dos subespecies vegetales, trasladando literalmente los parámetros de la Tierra; lo cual (incluso aunque su conclusión pueda ser cierta) no parece el mejor modo de iniciar «una nueva sociedad en plena armonía con la naturaleza».

 

Semiosis 3
Fotografía realizada por Erol Ahmed y publicada en Unsplash.

 

Donde habita la revolución

Cualquier excusa es buena para volver a citar a Ursula K. Le Guin. Y en este caso, además, la cita es necesaria.

El final del discurso de Shevek ante los desposeídos de Urras define el segundo paso expuesto por Burke en el camino hacia la paz.

«Si lo que vosotros queréis es Anarres, si es ese el futuro que buscáis, entonces os digo que vayáis a él con las manos vacías. Tenéis que ir a él solos, solos y desnudos, como viene el niño al mundo, al futuro, sin ningún pasado, sin ninguna propiedad, dependiendo totalmente de los otros para vivir. No podéis tomar lo que no habéis dado, y vosotros mismos tenéis que daros. No podéis comprar la Revolución. No podéis hacer la Revolución. Solo podéis ser la Revolución. Ella está en vuestro espíritu, o no está en ninguna parte».

Eso es precisamente lo que ocurre en el segundo capítulo. La nueva generación, los jóvenes nacidos en Pax, experimentan primero una revolución de sus conciencias —se liberan de los prejuicios y ataduras del pasado— para, luego sí, llevar a cabo la revolución. Una revolución que será violenta (porque toda revolución nace del paradigma anterior) pero desde la que partirán «desnudos, como viene el niño al mundo, al futuro, sin ningún pasado, sin ninguna propiedad, dependiendo totalmente de los otros para vivir» hacia la construcción (ahora sí) de una nueva sociedad.

 

La ecología como esencia de la paz

Sin duda, Semiosis es una novela en la que la ecología desempeña un rol esencial. Sin embargo, la relación del ser humano con su entorno no es presentado de un modo naif, como el desarrollo de una armonía buenista con la naturaleza o el vínculo místico con una sabiduría ancestral. Por el contrario, Burke expone las interacciones ecológicas de un modo radicalmente original: como un diálogo en el que los humanos somos meros interlocutores… Y ni siquiera los más importantes. Plantea que estar en «armonía» con la naturaleza es, básicamente, un acto comunicativo (de ahí la Semiosis del título) y para desarrollar este concepto introduce su novum central: especies botánicas con distinto grado de inteligencia… y civilización.

Esta idea, por sí misma, podría no ser más que el atrezo de una historia centrada en los humanos, pero Burke la convierte en la tesis sobre la que pivota su libro. Nos plantea que la nueva sociedad —surgida de la «revolución de conciencias» analizada en el apartado anterior— solo puede realizarse plenamente si introduce en su seno el vínculo con el entorno; si se desarrolla en relación con él y asume (porque es un reconocimiento, no una decisión) que están intrínsecamente ligados.

El tercer capítulo de la novela es un relato del esfuerzo por establecer comunicación con una forma de vida con la que los personajes cohabitan, pero cuyos procesos comunicativos (y modos de entender la realidad) son claramente distintos. (Podríamos llamarles «alienígenas», pero lo cierto es que también nos resultan ajenos los procesos comunicativos de la flora terrestre).

Lo más interesante de este capítulo es que expresa este esfuerzo desde el punto de vista de ambas especies. De esta forma, al tiempo que nos transmite su empeño común en establecer contacto y las distintas estrategias que emplean para lograrlo (genial el uso que hace del «dualismo»), nos muestra sus reservas frente a la «otredad», su incomprensión del punto de vista ajeno y su mutuo anhelo de control.

 

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Fotografía realizada por Evie Shaffer y publicada en Unsplash.

 

Mutualismo

Al inicio del cuarto capítulo de Semiosis la comunicación al fin se ha establecido. Solo entonces es posible dar el paso siguiente en la construcción de la paz: el mutualismo.

Aunque la idea es antigua, el modo en que la autora la expone es sin duda novedoso.

Para empezar, la decisión de asumir el mutualismo como eje rector de la nueva sociedad —una sociedad ampliada que integra el ecosistema— no parte de los humanos, sino de Stevland: en palabras de Burke «la forma de vida más importante del planeta».

Sobre Stevland no diré demasiado para no hacer spoilers. En su lugar, transcribiré un diálogo en el que se expresa su definición de mutualismo; una idea que sustituye el concepto de «prestaciones mutuas» por el de «mutuo control»:

«—He observado que las criaturas inteligentes son más fáciles de controlar, dado que pueden prever los resultados de sus actos a largo plazo.

—¿Control? Tatiana había dicho que tu querías ejercer demasiado control sobre nosotros.

—Exacto. Con muy poco esfuerzo, vosotros, humanos, y yo podemos ingresar en el mutualismo, lo cual implica mutuo control. Soy una criatura social, así que someterme al control social es algo deseable».

 

La paz es un asunto complicado

Sé que tras leer esta cita se han encendido tus alarmas. ¿Defiende acaso el control social como forma de establecer la paz?

Lamentablemente, vivimos en una época de eslóganes y casillas. Los mensajes deben ser sencillos y dejar claro lo antes posible a quién (o contra quién) se dirigen, qué idea sustentan o a cuál se oponen. El análisis ha dado paso al tuit, que se lee más rápido. El problema, como vemos a diario, es que esa estrategia no funciona muy bien a la hora de favorecer la paz social. Más bien al contrario.

La paz es un asunto complejo, uno que no admite buenismos, ni conductas ingenuas, ni respuestas sencillas.

Burke lo deja muy claro en su historia por medio de un hecho que no mencionaré, pero lo importante es que esa advertencia sobre los riesgos de la simplificación tiene su correlato en el modo en que enfoca los temas.

Veamos, por ejemplo, su exposición del mutualismo.

Para entender en su justa medida la cita anterior es necesario recordar que se plantea en una sociedad que ha abandonado las lógicas actuales, y que Stevland representa a una especie perteneciente al reino vegetal.

Entender el mutualismo como «mutuo control» no se plantea aquí como una forma de dominio de unos humanos sobre otros, sino como el control mutuo que establecen las especies al interior de un ecosistema. En otras palabras, la sociedad basada en el mutualismo que propone Semiosis es, en realidad, un ecosistema civilizado; una interacción entre especies en la que el ser humano es solo una parte.

Vale la pena reflexionar sobre esta idea. Dado que en Semiosis las especies vegetales son inteligentes, la naturaleza integra el tejido social con voz y voto. Sin embargo, aunque en nuestro mundo la naturaleza no hable nuestro idioma, eso no significa que no se comunique, que no nos alerte sobre los peligros a los que nos enfrentamos o, lo que es más trágico, que no los perciba mejor que nosotros, pero sea incapaz de avisarnos.

Como dije antes, la sociedad propuesta en Semiosis es mucho más que un escenario. Es el desarrollo meditado de una sociedad alternativa, en el que se analizan los pros y los contras sin caer en utopismos.

… Y para complicar más las cosas, Burke no deja de plantearnos «dudas razonables» sobre las intenciones de Stevland, lo que nos induce a cuestionarnos si todo ese andamiaje no estará apoyado sobre pies de barro.

 

Semiosis 5
Fotografía realizada por Fancycrave y publicada en Unsplash.

 

La imagen del otro

Una vez definidas las características de su sociedad, Burke la enfrenta a una serie de desafíos —tanto internos como externos— para reflexionar sobre temas tan delicados como la imagen del otro, el «afán civilizador», las diferencias entre integración y asimilación (Bruke la describe como «domesticación»), los límites del mutualismo…

En ningún caso brinda respuestas sencillas. De hecho, la mayor parte de las veces se limita a plantear la pregunta a través de la acción y dejar que sean los lectores quienes saquen sus conclusiones.

Obviamente, no hablaré de todos estos temas porque uno de los placeres del libro es ir descubriéndolos en la historia. Sin embargo, y a modo de ejemplo, me interesa rescatar la reflexión de Burke sobre la imagen de otro.

Una vez establecido el ecosistema civilizado al que me referí en el apartado anterior, la nueva sociedad entra en contacto con otra especie inteligente. Una especie tan alienígena como los humanos.

Lo colonos anhelan contactarlos porque tienen una idea colectiva de esa especie basada en sus restos materiales, pero, llegado el momento, el encuentro no se desarrolla según lo previsto. Pasada la experiencia, uno de los personajes plantea lo siguiente:

«—Es verdad —dije—. Una cantidad de cosas salieron mal. (…) Pero no creo que pudiéramos haber hecho nada de una forma distinta. Intentamos entablar amistad. Lo intentamos con todas nuestras fuerzas. ¿Qué más querían?

Todos permanecieron en silencio. Mary se volvió hacia mí y, tras un momento, asintió.

La lluvia empezó a caer con fuerza.

—Yo quería que fueran como yo esperaba —dije—. Eso fue lo que estuvo mal. Ellos no eran en absoluto lo que yo quería que fueran».

Esta observación, de una asombrosa lucidez, está en la raíz de muchos de los conflictos actuales. Como plantea Byung-Chul Han al comienzo de su ensayo La expulsión de lo distinto:

«Los tiempos en los que existía el otro se han ido. El otro como misterio, el otro como seducción, el otro como eros, el otro como deseo, el otro como infierno, el otro como dolor va desapareciendo. Hoy, la negatividad del otro deja paso a la positividad de lo igual».

Y en esa igualación, el otro ha dejado de ser una «otredad» para convertirse en «la imagen del otro» y, por tanto, en una proyección de nosotros mismos; da igual que esa proyección sea positiva o negativa.

El capítulo de Semiosis del que he extraído la cita nos expone una idea necesaria: el primer paso para establecer contacto con lo distinto es liberarnos de cualquier preconcepto que tengamos sobre ello y abrirnos a la interacción.

Claro que la novela no cae en la ingenuidad de sugerir que ese gesto resolverá el conflicto. Plantea que ese debe ser el primer paso, pero reconoce que lo que venga después dependerá de los intereses, límites y expectativas de cada sociedad.

 

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Fotografía realizada por Jennifer Chen y publicada en Unsplash.

 

Empatía

La ciencia ficción tiene la maravillosa capacidad de permitirnos mirarnos desde fuera. En arquitectura se ha empleado el término «extranjería» para referirse a la mirada desprejuiciada del urbanista que actúa sobre una ciudad que no habita. Según esta tendencia, una mirada que no esté empañada por la cotidianidad es capaz de centrarse en detalles importantes que a los habitantes del lugar les pasan desapercibidos… simplemente porque conviven con ellos.

El empleo de especies alienígenas dotadas de capacidad empática nos ha regalado más de una aguda mirada sobre nosotros mismos. Y para cerrar este artículo quiero rescatar una observación hecha por Stevland en la que se recalca una de las esencias de la condición humana.

«He tratado de imitar la existencia humana aislando bosquecillos para experimentar vuestro punto de vista. (…) El mundo ofrece muchas sorpresas cuando uno es un individuo pequeño porque la consciencia concentrada es altamente sensual».

El peso de los estímulos sensoriales en la toma de decisiones —cuánto de acción meditada y cuánto de reacción ante los estímulos hay en ella— se expresa con total claridad en un diálogo posterior.

«—He intentado balancear las emociones con los hechos, sin embargo, el peso de las emociones me parece difícil de estimar.

—Lo es también para nosotros —dije—. Incluso el de nuestras propias emociones. A veces ganan o pierden peso con el tiempo».

Este es el nivel de complejidad en el que debe establecerse cualquier debate social, cualquier intento por establecer una sociedad equilibrada. No solo es necesario deshacernos de nuestros prejuicios, no solo es necesario pensar de un modo distinto y propiciar relaciones sociales más justas; es crucial que en ningún momento perdamos de vista que nuestras emociones juegan un papel esencial y que, por tanto, la justa evaluación del peso que tienen en nuestra toma de decisiones es esencial para impedir que nos arrastren por el camino más simple.

La paz, como hemos visto, es un asunto complicado.

 

Sobre el poder de la literatura

No sé si a ti te ocurre lo mismo, pero cuando una historia plantea el tipo de reflexiones que contiene Semiosis no puedo menos que maravillarme ante el poder de la literatura. Vivimos tiempos en los que resulta imprescindible ya no solo reflexionar sobre nuestro futuro, sino sobre nuestro presente. Sobre la sociedad que, aquí y ahora, estamos construyendo para nuestros hijos. Y a ese respecto la ciencia ficción tiene mucho que decir. Porque se atreve a exponer sociedades alternativas, a mostrarnos que otros mundos son posibles y que, por tanto, el relato que hemos asumido como inamovible no es más que eso: otro relato.

Ojalá que alguna editorial se anime a traducir Semiosis. Sería fantástico que sus argumentos se difundieran en nuestro idioma, que pudiéramos debatir —en los artículos que seguro que propiciará— los conceptos que con tanta lucidez nos expone Sue Burke. Su complejidad, su sutileza, son un soplo de aire fresco en estos tiempos de eslóganes.

 

Semiosis 7
Fotografía realizada por kazund y publicada en Unsplash.

 

NOTA: La foto de cabecera pertenece a Jakob Owens y ha sido publicada en Unsplash.

 

 

 

2 Replies to “Semiosis, de Sue Burke: el arduo camino hacia Pax

  1. Hola Esteban,
    Has entendido perfectamente los temas y los personajes de “Semiosis”. Y has podido hablar de ellos sin spoilers, que creo que no puedo hacer yo mismo. Todo eso con hermosas fotos.
    Tengo buenas noticias. Una casa editorial de gran calidad en España ha comprado los derechos de la traducción y aunque no sé cuándo, sé que estará publicada en la lengua de Cervantes.
    Muchas gracias por el artículo de tanta profundidad y reflexión.
    Un abrazo desde Chicago,
    Sue Burke

    • Hola Sue.
      Muchísimas gracias por escribirme. Es un honor que hayas pasado por aquí. Tu novela ha sido una de las lecturas más estimulantes y reflexivas que he disfrutado este año.
      Me alegro mucho de que se vaya a publicar en nuestro idioma, como comentaba en el artículo, debatir sobre los temas y disyuntivas que planteas -y con la complejidad con que los planteas- es muy necesario en los tiempos que corren… Por mi parte, espero con muchas ganas la conclusión de la bilogía.
      Te mando un abrazo desde Ginebra y muchas gracias de nuevo por pasarte por aquí.
      Esteban

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