Que haya escrito este artículo… y que ahora lo comparta contigo, se debe a una doble gentileza de Cristina Jurado.

Primero, Cristina tuvo la amabilidad de invitarme a participar (¡con una sección!) en la revista SuperSonic (que acaba de ganar el premio Ignotus a Mejor Revista por segundo año consecutivo). Y, por si fuera poco, hace unos días me permitió reproducir este primer artículo (aparecido en SuperSonic #10) en el que explico en qué consiste la sección y desarrollo uno de los temas sobre los que más he reflexionado últimamente: qué tipo de distopías sugiere el siglo XXI.

Por lo tanto, y antes que nada: ¡muchísimas gracias, Cristina!

Dicho esto, solo agregaré un pequeño comentario. Para hacer referencia al «territorio inexplorado» existen dos expresiones latinas: terra incognita y terra ignota.

Elegí emplear la primera para diferenciar la sección de la ya famosa serie Terra Ignota, de Ada Palmer… de cuya primera novela, por cierto, hablaré en el próximo artículo.

Mientras tanto (y deseándote de paso felices fiestas), espero que disfrutes de esta primera incursión en territorio inexplorado.

 

Distopías para el siglo XXI 1
Fotografía realizada por Warren Wong y publicada en Unsplash.

 

Terra incognita

Incluso en nuestros días, todo viaje supone una mezcla de expectativa e incertidumbre. Pero imagina la expectativa y la incertidumbre que debieron sentir los exploradores de antaño, cuando gran parte de nuestro mundo era terra incognita y su viaje una aventura que no garantizaba el regreso.

Aunque hoy creemos haber dominado nuestro entorno, lo cierto es que su mayor parte permanece inexplorada (es poco lo que sabemos de las profundidades oceánicas y apenas hemos dado unos pasos en el espacio), e incluso cuando nos adentremos en ellos, siempre nos quedará una última terra incognita, un último misterio sin resolver: el futuro.

Solo existe una forma de explorar el futuro… Imaginarlo.

Y ese es, en última instancia, el cometido de la ciencia ficción: explorar todos los futuros posibles (hasta los que implican pasados alternativos), no para predecir el futuro correcto, sino para proyectar (y experimentar con) el presente.

Curiosamente, es probable que la ciencia ficción sea uno de los géneros más anclados a su tiempo; al contexto (tecnológico, científico, político, social…) en que se escribe.

Pero ¿cuáles son las tendencias actuales de la ciencia ficción? ¿Cómo traduce (si es que lo hace) el «espíritu» de nuestro tiempo? ¿Qué tipos de futuro genera nuestro presente?

Ese es el territorio que vamos a explorar… ¿Te animas a embarcarte?

 

Ciencia ficción en tiempos de crisis

Dada la Gran Recesión que seguimos viviendo, el auge de las distopías en los últimos años no debería extrañarnos. Sin embargo, este fenómeno presenta dos características cuando menos curiosas.

La primera es que la distopía ha triunfado, sí, pero en el ámbito juvenil. Por lo que cabe preguntarse si sus historias realmente reflejan la incertidumbre de la crisis, o se limitan a proyectar la rebeldía adolescente.

La segunda, incluso más extraña, la expresa muy bien Yuval Noah Harari en su libro Homo Deus:

«En ocasiones reciclamos acontecimientos del pasado y pensamos en ellos como futuros alternativos. Por ejemplo, el nazismo y el comunismo del siglo XX sirven como modelo para muchas fantasías distópicas».

Efectivamente, muchas de las distopías de los últimos años se han limitado a proyectar sobre el futuro los totalitarismos del siglo XX. ¿Será que perviven las mismas tendencias? ¿O existen otras formas de distopía para el siglo XXI?

Intentemos averiguarlo.

 

Distopías para el siglo XXI 2
Fotografía realizada por Sandeep Swarnkar y publicada en Unsplash.

 

Una mirada a los clásicos

Nosotros, de Evgueni Ivánovich Zamiátin, sentó las bases de la distopía moderna. Pero la traigo a colación (al margen de su valor intrínseco) porque también dio pie a un intercambio de críticas entre George Orwell y Aldous Huxley. Un debate sobre sus respectivas novelas que, en la práctica, mostró las divergencias de sus análisis prospectivos.

En la reseña de Nosotros del 4 de enero de 1946, Orwell arremete contra Un mundo feliz:

«En el libro de Huxley, el problema de la “naturaleza humana” está, en cierto sentido, resuelto porque asume que (…) los vestigios de los instintos primitivos —como el sentimiento materno o el deseo de libertad— son fácilmente tratables. Al mismo tiempo, no se da una razón clara de por qué la sociedad debe ser estratificada de un modo tan complejo como el que se describe. El objetivo no es la explotación económica, pero el deseo de intimidar y dominar tampoco parece ser un motivo. No hay hambre de poder, ni sadismo, ni dureza de ningún tipo. Los que están en la cima no tienen ningún motivo sólido para permanecer en la cima y, ​​aunque todos están felices de una manera vacía, la vida se ha vuelto tan inútil que es difícil creer que una sociedad así pueda aguantar».

La respuesta de Huxley (más elegante) fue remitida en una carta personal el 21 de octubre de 1949. Es decir, pocos meses después de que Orwell publicara su novela.

«A lo largo de la próxima generación, creo que los gobernantes del mundo descubrirán que el condicionamiento infantil y la narco-hipnosis son más eficientes, como instrumentos de gobierno, que los clubes y las prisiones, y que el deseo de poder puede satisfacerse de forma tan completa sugiriéndole a la gente que ame su servidumbre como obligándola con flagelación y patadas. (…) El cambio se producirá como resultado de una sentida necesidad de incrementar la eficiencia».

Hoy en día resulta evidente que (en la sociedad occidental) la visión de Huxley ha sido la más acertada. Pero lo importante no es saber quién acertó, sino remarcar que sus novelas proyectaron tendencias reconocibles en el momento en que fueron escritas. De hecho, lo que las ha convertido en clásicos es su capacidad de reconocer esas tendencias (entonces emergentes) y llevarlas hasta sus últimas consecuencias.

 

Hijas de su tiempo

Del mismo modo, Fahrenheit 451, de Ray Bradbury, no podría entenderse sin las quemas de libros propiciadas por Hitler («Cuando tenía quince años, él quemó libros en las calles de Berlín». «Dado que mi formación es autodidacta, eso significa que mis educadores —las bibliotecas— están en peligro».) y la censura de los años del macartismo.

Tampoco podrían entenderse las distopías neomaltusianas de las décadas del cincuenta y sesenta sin el crecimiento demográfico posterior a la Segunda Guerra Mundial, y el debate científico que antecedió a la Revolución Verde.

O el auge del cyberpunk —en las décadas del ochenta y noventa— sin la caída de la Unión Soviética y la hegemonía del capitalismo.

Y, por supuesto, El cuento de la criada, de Margaret Atwood, no podría entenderse sin el conservadurismo de la era Reagan.

En líneas generales, las distopías que han logrado perdurar han sido hijas de su tiempo. ¿Qué tipo de distopías, entonces, exige la actualidad?

 

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Fotografía realizada por Pawel Janiak y publicada en Unsplash.

 

Viejos monstruos

Más arriba dije que muchas «proyectan» sobre el futuro los totalitarismos del siglo XX. Pero eso no es necesariamente negativo: todo depende de las tendencias presentes.

En ese sentido, tras la pésima gestión de la «crisis de refugiados» y el resurgir de la ultraderecha en muchos países de Europa, no es baladí preguntarse si nos abocamos a ese futuro.

En las distopías juveniles, esta proyección suele limitarse a cuestiones estéticas, sin profundizar en sus implicaciones sociales y políticas. Sin embargo, existen distopías adultas que también desarrollan esta posibilidad; que nos recuerdan que una sociedad que olvida su pasado está condenada a repetirlo.

La mayoría de estas obras (en especial las que abordan el tema de islamismo) inducen a una polémica que excede con mucho el objetivo de este artículo. Pero me interesa mencionar una novela que, en mi opinión, ha pasado desapercibida y que analiza con espeluznante verosimilitud el retorno del fascismo en un futuro próximo. Me refiero a París 2041, de Ezequiel Szafir.

Como muestra te dejo una cita:

«La nueva bandera francesa (…) era una nueva versión de la del viejo régimen de Vichy, con la doble hacha en medio y el entonces popular concepto de “Trabajo, familia y patria”. No había tiempo para la libertad, no había ganas de igualdad ni mucho menos voluntad para la fraternidad en la nueva Francia; esos conceptos antiguos se asociaban a un pasado decadente, de desempleo y hambruna».

 

Distopía climática

La Cli-Fi o Climate Change Fiction se ha convertido en un género en sí mismo. De hecho, muchos autores realistas, tras escribir este tipo de historias, se empeñan en aclarar que su obra no es ciencia ficción.

Sin embargo, basta analizar el contexto en que estas novelas se desarrollan (el futuro cercano) y los elementos generadores de su escenario (proyecciones verosímiles de tendencias climáticas actuales) para comprender que sería más preciso llamarlas «distopías climáticas».

Existe una larga tradición de distopías climáticas. La lista abarca clásicos, como El mundo sumergido y La sequía, de J.G. Ballard; novelas de especulación prospectiva, como Las torres del olvido, de George Turner; obras experimentales, como la trilogía MaddAddam, de Margaret Atwood; libros que aún no han sido traducidos, como Green Earth, de Kim Stanley Robinson (unificación de la trilogía Science in the Capital, de la que sí se tradujo la primera novela); o la ciencia ficción hiperrealista de Paolo Bacigalupi en Cuchillo de Agua. Pero al margen de la etiqueta que le pongamos, lo cierto es que todas esas obras exploran los riesgos de nuestro presente de un modo que el realismo es incapaz de emular.

Kim Stanley Robinson lo explica muy bien en su introducción a Green Earth:

«Mi idea original había sido escribir una novela realista como si fuera de ciencia ficción. Este enfoque me pareció gracioso y también apropiado porque en estos días vivimos en una gran novela de ciencia ficción que estamos escribiendo entre todos. Si quieres escribir una novela sobre nuestro mundo actual, será mejor que escribas ciencia ficción o harás algún tipo de obra involuntariamente nostálgica; carecerás de profundidad, no entenderás el problema y permanecerás confuso».

En efecto, la ciencia ficción nos permite tomar una tendencia reconocible y «desplazarla», para ver con cierta perspectiva aquello que, de otra forma, nos resultaría «habitual» y, por tanto, invisible.

A este «extrañamiento» hay que agregarle otra ventaja, planteada por Federico Kukso en un artículo para La Nación titulado, «¿Puede la ficción ayudarnos a combatir el cambio climático?»:

«Mediante su andamiaje dramático, las novelas de cli-fi son capaces de provocar una transformación: logran que el cambio climático —un problema considerado abstracto, ajeno, distante, inabarcable— se vuelva una amenaza urgente, cercana, de todos».

 

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Fotografía realizada por Sebastiaan Stam y publicada en Unsplash.

 

Diagnóstico y tratamiento

Pero ¿son los viejos totalitarismos y el calentamiento global las únicas amenazas que sugiere nuestro presente?

Obviamente, no. Sin embargo, el resto de tendencias emergentes (las propias de la era de la información y sus tecnologías) son mucho más escurridizas y difusas a la hora de plasmarlas. Por una parte, porque su novedad hace que, en muchas ocasiones, carezcamos de herramientas para definirlas. Y por otra, porque la característica común a todas ellas es su interconexión. A diferencia de las amenazas del siglo pasado, la estructura en red que caracteriza nuestro tiempo desdibuja los límites de lo que intentamos nombrar.

Esto vuelve tan importante diagnosticar las tendencias como elegir correctamente la forma de expresarlas. Y muchas de las distopías que abordan estos temas solo consiguen lo primero.

Rendición, de Ray Loriga —por poner un ejemplo—, acierta a diagnosticar ciertos peligros de nuestro tiempo, pero no consigue tratarlos desde la perspectiva de un individuo «integrado».

A ese respecto, el medio audiovisual corre con amplia ventaja (quizás porque es la forma artística que más se asemeja a la realidad que quiere mostrar).

 

Las lecciones de Black Mirror

Partiendo de tendencias emergentes de la era de la información, las cuatro temporadas de la serie de Charlie Brooker han construido un asombroso catálogo de futuros distópicos.

¿Cómo lo ha conseguido? ¿Cómo ha logrado expresar de forma tan sólida amenazas que, al intentar definirlas, se nos escurren entre los dedos?

Sin ánimo de ser concluyente, recalcaré tres características que, a mi entender, han sido esenciales en el éxito de su propuesta.

En primer lugar, las historias Brooker no se centran en la tecnología y su estética (aunque las desarrollen), sino en los cambios sociales que esa tecnología provoca. Lo importante es su repercusión en la vida (privada o pública) de sus personajes.

En segundo término, sus protagonistas siempre están «integrados». Incluso si son víctimas o están siendo castigados por el sistema, pertenecen al sistema. Lo ven (y nos lo muestran) desde dentro, recuperando la esencia de las distopías clásicas.

Y, por último, sus historias subrayan la interconexión. No solo las interconexiones entre episodios (creando un universo cerrado), sino la estructura en red de nuestra sociedad contemporánea. En la mayoría de sus guiones, elementos secundarios —conectados con la historia principal a través de la tecnología— determinan el desenlace… Lo cual es plenamente coherente con las sinergias de nuestra sociedad.

A día de hoy, Black Mirror nos muestra mejor que nadie que vivimos tiempos inciertos, ese tipo de encrucijadas históricas (tan atractivas como aterradoras) en las que todo puede cambiar en poco tiempo. (¿O acaso internet no lo ha cambiado todo en apenas veinte años?)

Es por eso que, hoy más que nunca, urgen distopías para el siglo XXI. Porque al crearlas, al preverlas, hasta cierto punto las estaremos evitando.

 

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Fotografía realizada por Jaroslav Devia y publicada en Unsplash.

 

NOTA: La foto de cabecera pertenece a Tom Sodoge y ha sido publicada en Unsplash.

 

 

 

2 Replies to “Distopías para el siglo XXI

  1. Tengo una duda respecto a este párrafo: “En segundo término, sus protagonistas siempre están «integrados». Incluso si son víctimas o están siendo castigados por el sistema, pertenecen al sistema. Lo ven (y nos lo muestran) desde dentro, recuperando la esencia de las distopías clásicas.”
    Cuándo dices integrados, te refieres a que los personajes no tienen ningún sentimiento de estar alienados por el sistema, es decir q lo sufren sin poder ver q es lo que causa ese sufrimiento, sin denunciarlo o ver nada extraño en él?

    • Hola, Gerard. Antes que nada, te pido disculpas por haber demorado tanto en responderte; debido a las fiestas, en los últimos días no he estado muy pendiente del blog.
      En efecto, por «integrados» me refiero a que, al principio de la historia, los personajes forman parte del sistema. La realidad que perciben está sesgada por la visión que les impone el sistema (aunque en las distopías contemporáneas esa «imposición» es muy sutil…, como lo son, por otra parte, las «imposiciones» de las nuevas tecnologías).
      Lo que ocurre en el nudo y desenlace de la historia varía de episodio en episodio de «Black Mirror»: en algunos casos responde a la lógica de las distopías clásicas (es decir, otro personaje o una serie de circunstancias permiten que el protagonista contemple su realidad con mirada crítica: que vea qué causa ese sufrimiento, que incluso lo denuncie); en otros se los muestra como víctimas de un sistema que detestan o han transgredido, pero del que forman parte; y en otros los personajes son «conejillos de indias» voluntarios de nuevas tecnologías. Dichas tecnologías no han sido estandarizadas (por lo que no puede hablarse de una «imposición del sistema»), pero los personajes han decidido integrarlas en sus vidas (por lo que, incluso en estos casos, contemplan el cambio desde dentro).
      Espero haber respondido tu pregunta. Te mando un abrazo fuerte y muchas gracias por pasarte por aquí.

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