La última Hispacon me deparó unas cuantas sorpresas. Esperaba reencontrarme con buenos amigos, pero nunca imaginé que uno de ellos iba a echarme un cable que aún no sé cómo agradecer. Esperaba «desvirtualizar» a más gente del fandom, pero no que conocería a blogueros y escritores que sigo desde hace años, como Santiago García Soláns (de «Sagacomic – Lothlórien») o Sergio Mars (de «rescepto indablog»). Esperaba escuchar buenas charlas, pero no que una de ellas reformulara mi enfoque de la utopía.

La conferencia se tituló «Tiempo de utopías en la ciencia ficción: el Movimiento Pragma» y en ella participaron Salvador Bayarri (otro amigo al que reencontré en Valencia), Ángel F. Bueno y Francisco Martorell Campos.

Martorell Campos es doctor en Filosofía por la Universitat de València, y su tesis doctoral (Transformaciones de la utopía y la distopía en la postmodernidad) fue galardonada en 2017 con el premio extraordinario de doctorado.

En la conferencia explicó los puntos centrales de su trabajo, y esa introducción fue suficiente para mostrarme un vínculo que desconocía (y que ahora me resulta evidente) entre las utopías y distopías que en mis artículos suelo denominar «clásicas» y que Martorell Campos define como «modernas» (en contraposición con las «postmodernas»).

En cierto momento de la charla, mencionó que acababa de publicar un ensayo de divulgación filosófica en el que acercaba al público general los argumentos de su tesis, así que una semana más tarde me hice con él. El libro se titula Soñar de otro modo. Cómo perdimos la utopía y de qué forma recuperarla (La Caja Books, 2019) y su lectura ha cambiado mi opinión sobre la importancia de la utopía en la actualidad.

 

Kirinyaga 1

 

La teoría y la práctica

Solo por eso, Soñar de otro modo ya merece este artículo.

Pero la cosa no acaba ahí: mientras lo leía, el ensayo despertó mi curiosidad por Kirinyaga, de Mike Resnick (Gigamesh, 2017), una novela que tengo desde hace años —Elías Combarro me la recomendó en mi primer Celsius— y que aún no había leído.

Ya solo por su subtítulo (Fábula de una utopía) intuí que contendría un ejercicio semejante a los expuestos en el ensayo, lo que no podía imaginar era que en ella encontraría ejemplos prácticos de (casi) todos los conceptos desarrollados por Martorell Campos, tanto en lo referente a las utopías modernas como (gracias a la inclusión en el volumen de la novela corta Kilimanjaro) a las postmodernas y las «secularizadas».

Pero antes de analizar en paralelo el ensayo y las dos novelas, me interesa recalcar el vínculo que el filósofo expuso en la charla entre las utopías y las distopías modernas.

 

Cuidado con lo que sueñas porque puede convertirse en realidad

En el artículo sobre Nosotros, de Evgueni Ivánovich Zamiátin, dije que la consideraba una obra maestra porque, en mi opinión, todos los elementos presentes en las distopías «clásicas» (a partir de ahora las llamaré «modernas») habían sido expuestos allí por primera vez. Incluso hice referencia a su componente satírico y dije que eso le había valido la censura por parte del régimen soviético.

Sin embargo, no comenté (porque lo desconocía) otro componente esencial de esa (y otras) distopías modernas: el hecho de que no surgieran tan solo como una sátira a ciertas sociedades de su tiempo (cuyas tendencias totalitarias resultaban inquietantes), sino como una sátira a las utopías sociales modernas; un compendio de sociedades perfectas y monolíticas en las que bastaba con rascar un poco para percibir las mismas tendencias totalitarias.

Dicho de otra forma: el género que hoy conocemos como «distopía» oculta —sin pretenderlo— las claves de otro género; aquel del que se deriva y al que satiriza: las utopías sociales modernas.

Veamos, por tanto, las características de dicho género desde la teoría y la práctica.

 

Kilimanjaro

 

Definiendo el escenario

Tras un magnífico Preludio, en el que expone una definición operativa de los conceptos de utopía y distopía, y diferencia las utopías y distopías modernas de las postmodernas, Martorell Campos analiza el modo en que estas se vinculan con la naturaleza, la historia y la sociedad… Y cómo, aunque esos vínculos sean radicalmente distintos en las utopías modernas y en las posmodernas, sus resultados terminan siendo semejantes.

Frente a esto, Martorell Campos propone un tipo distinto de utopías: las «utopías secularizadas».

A lo largo del artículo iré desgranando estos conceptos, ayudándome de Kirinyaga y Kilimanjaro para visualizarlos. Pero empecemos por hablar de las novelas.

Kirinyaga es, probablemente, el libro más nominado (y premiado) de la historia de la ciencia ficción. Aunque, como explica Elías Combarro en su magnífico análisis, este dato esconde un truco:

«Kirinyaga no es una novela al uso, sino que es un fix-up de relatos publicados inicialmente de forma independiente, en el que uno de ellos actúa de prólogo y otro de epílogo. Sin embargo […], la historia cobra sentido pleno leyendo los cuentos de forma consecutiva, y se nota que Resnick tenía muy claro qué quería contar y cómo quería contarlo».

El libro relata el desarrollo de una sociedad utópica kikuyu —una de las tribus originarias de lo que hoy es Kenia— que retorna a sus orígenes precoloniales en un satélite artificial fabricado ex novo para ese fin. Y la genialidad de Resnick radica en mostrárnoslo desde la perspectiva de Koriba, el nundumugu («brujo») de dicha sociedad y su autentico demiurgo (en el sentido literal del término).

Al mostrarnos la sociedad desde su punto de vista —el de un personaje tan convencido como convincente— nos expone con notable claridad las costuras e incongruencias de las utopías modernas.

Kilimanjaro, por su parte, surge de la siguiente pregunta (expuesta por el propio Resnick en la introducción a la novela):

«¿Qué pasaría si los masáis, los rivales de los kikuyus por la supremacía en Kenia, crearan su propio mundo utópico, [y] trataran de sacar provecho de los fallos de Koriba y de Kirinyaga para crear un mundo masái perfecto, bautizado en honor al Kilimanjaro, la montaña donde vive su dios?»

En otras palabras: ¿Cómo sería una utopía que superara los errores de la utopía moderna? ¿Cómo sería una utopía post-moderna? O, mejor aún: ¿cómo sería una utopía secularizada?

Empezaremos por ver las relaciones de la utopía moderna con la naturaleza, la historia y la sociedad, para luego adentrarnos en las etapas siguientes.

 

El mito del buen salvaje

Es probable que al leer la sinopsis de Kirinyaga te hayas fijado en una incongruencia: la utopía kikuyu, que pretende retornar a sus orígenes tribales, se desarrolla en un satélite artificial diseñado para ese fin. No se me ocurre mejor ejemplo de lo que Martorell Campos define como una «dicotomía crucial» de las utopías modernas:

«Si entramos en feudos filosóficos, el dualismo campo-ciudad deja el testigo al dualismo naturaleza-artificio. Se trata de una dicotomía crucial. Al exponerla, los problemas aparecen ipso facto».

Esa dicotomía se expresa incluso en el modo en el que la utopía moderna se vincula con la naturaleza. Su enfoque se plantea desde dos perspectivas antagónicas. Por una parte, tenemos sociedades asépticas que ejercen un dominio absoluto sobre «lo natural»:

«La utopía paradigmática de la modernidad contiene múltiples pasajes referidos al dominio y perfeccionamiento de la naturaleza. […]

El programa de perfeccionamiento alcanza al ser humano. Amén de una naturaleza externa perfecta, huérfana de cualidades nocivas, la sociedad ideal reclama una naturaleza interna perfeccionada, huérfana de vicios. […]

La ciudad utópica aflora como un espacio emancipado de la naturaleza física. Las murallas y cúpulas que aislaban las ciudades ideales […] obedece[n, entre otros objetivos,] al empeño de separar el racional mundo civilizado del caótico mundo natural. El cierre espacial no debe desorientarnos. Aunque en la metrópoli soñada apenas hay huellas de naturaleza, esta subsiste al otro lado del muro. Proscrita, encarna el “afuera”».

En el extremo opuesto tenemos la «utopía rural», que ensalza el retorno a los orígenes:

«La utopía rural y la distopía operan en la etapa previa, la del hombre primitivo, donde la naturaleza se antoja una madre perfecta que monopoliza la facultad de crear desde la nada».

Es a este segundo tipo de utopías a la que se adscribe Kirinyaga. Resnick lo expresa de forma magistral a través de su protagonista, Koriba:

«Casi todos los pueblos miran adelante cuando buscan su utopía, pero los kikuyus tenemos que echar la vista atrás, a una época mejor en la que vivíamos en armonía con la tierra y no nos habíamos contaminado por las costumbres de una sociedad a la que no estábamos destinados a pertenecer. Yo he vivido con los europeos y he estudiado en sus universidades, y os digo que no debéis escuchar el canto de sirena de su tecnología. Lo que es eficaz para los europeos no lo fue para los kikuyus cuando vivíamos en Kenia, y tampoco lo será en Kirinyaga».

Claro que Koriba, el guardián de la utopía, quien se ha impuesto mantenerla prístina e incontaminada, está en constante contacto con los «europeos» que gestionan el mantenimiento del planetoide y emplea su tecnología para asegurar su poder.

El retorno a un pasado idílico de conexión con la naturaleza nos conduce al segundo tema analizado en Soñar de otro modo: los vínculos de la utopía moderna con la historia.

 

Soñar de otro modo 1

 

El eterno presente

Empezaré por exponer su idea central:

«La utopía moderna nace con y contra la historia, el progreso y el futuro. A hurtadillas, obra la deshistorización, germen de sociedades despojadas de dinámica y dialéctica, sumidas en la estabilidad absoluta y en la eterna repetición de lo mismo».

Dado que, desde la ilustración, tendemos a asociar la idea de utopía a los conceptos de «progreso» y «futuro», es probable que esta afirmación te haya sorprendido. Sin embargo, no debemos confundir la imagen que exponen con las ideas que contienen.

Empecemos por analizar sus vínculos con el pasado. En un detallado recorrido por las utopías de la modernidad, Martorell Campos demuestra que:

«Si las sociedades utópicas renacentistas se protegían del influjo de las civilizaciones foráneas efectuando un tenaz cierre espacial, muchas sociedades utópicas modernas lo hacen respecto al influjo de las civilizaciones extintas efectuando un cierre temporal. Gracias al muro de la amnesia deliberada, se blindan ante la lección histórica de que cualquier organización social es efímera».

Llegados a este punto, es lógico que te estés preguntando: ¿y eso qué tiene que ver con Kirinyaga donde, como vimos, su protagonista hace una encendida defensa del pasado precolonial?

Para responder a esta pregunta debemos recordar un pequeño detalle de una cita anterior: al referirse a las «utopías rurales» —como Kirinyaga— Martorell Campos asoció sus estrategias a las de la distopía. Y al referirse a estas, el autor plantea que:

«La distopía agrega a la defensa de la naturaleza la defensa del pasado y, por añadidura, de la tradición, la memoria y los libros antiguos».

Y expone tres estrategias en que las sociedades distópicas (o las utopías sociales modernas) los silenciaban. Me detendré en la primera de ellas:

«La manipulación premeditada de los hechos históricos conforme a la consigna de Ypsilon Minus (Herbert Franke): “El Estado perfecto necesita también una historia perfecta”. Además de mejorar a la naturaleza externa e interna, el totalitarismo se lanza a “mejorar” (tergiversar, falsificar) la historia».

Y ahora sí, hablemos de Kirinyaga. Lo primero que hay que decir es que su personaje principal se opone abierta y activamente a que el resto de sus conciudadanos lea: al fin y al cabo, es una utopía kikuyu y los kikuyus eran analfabetos.

«—Antiguamente los kikuyus no tenían escritura y no sabían leer, y como aquí en Kirinyaga queremos vivir en un mundo kikuyu, es lógico que nuestra gente no aprenda a leer ni a escribir.

—Pero ¿por qué es bueno no saber leer? —preguntó—. Que no lo hiciéramos antes de que vinieran los europeos no quiere decir que sea malo.

—Leyendo descubrirías otras maneras de pensar y de vivir, y entonces no estarías satisfecha con la vida que llevas en Kirinyaga.

—Pero tú sí lees, y estás satisfecho.

—Soy el mundumugu. Soy lo bastante sabio para saber que lo que leo es mentira».

De este modo, la memoria y la tradición son patrimonio suyo. Hasta qué puntos la memoria y tradición en la que basa su utopía —y que trasmite por medio de fábulas— han sido extraídas del acervo histórico y hasta dónde son una creación de Koriba es algo que nunca se aclara… Aunque ciertas escenas nos dan pistas, como esta conversación ente Koriba y su discípulo:

«—Sigues siendo el joven más inteligente de Kirinyaga —dije con franqueza—, de modo que te haré una pregunta y espero que respondas con sinceridad. Tú buscas la historia y yo busco la verdad. ¿Qué crees que es más importante?

—Son lo mismo —respondió con el ceño fruncido—. La historia es la verdad.

—No. La historia es una recopilación de hechos y acontecimientos que está sujeta a reinterpretación constante. Empieza con la verdad y evoluciona hasta convertirse en una fábula. Mis cuentos empiezan con una fábula y evolucionan hacia la verdad.

—Si es como dices, tus cuentos son más importantes que la historia —determinó, pensativo».

Ahora analicemos la (verdadera) relación de la utopía moderna con el futuro.

Como expone Martorell Campos:

«Una manera de certificar que sectores no secundarios de la utopía paradigmática de la modernidad son hostiles al futuro consiste en examinar a los poderes que describen, obsesionados en instaurar la inmutabilidad, detener el curso histórico y disuadir la aparición de cambios significativos. ¿Qué objetivo buscan? Cortocircuitar la sucesión de acontecimientos para perpetuarse ad inifinitum, impedir que el auténtico mañana trastoque o destruya el orden instituido con novedades desfavorables».

Los esfuerzos de Koriba por mantener inalterable la utopía de Kirinyaga es un claro ejemplo de esto.

«—¿Cuántas veces tengo que repetir que no hay nada que aprender de los europeos? Cuanto más intentéis ser como ellos, menos kikuyus seréis. Kirinyaga es nuestra utopía, una utopía kikuyu. Tenemos que luchar para conservarla.

—Pero si hasta la palabra utopía es europea, ¿verdad? —comentó Karenja.

[…]

Utopía solo es una palabra. Lo que cuenta es la idea.

—Si los kikuyus no tienen una palabra con la que nombrar esta idea y los europeos sí, puede que se deba a que es una idea europea —agregó Karenja—. Y si hemos construido nuestro mundo a partir de una idea europea, tal vez podríamos adoptar también otras ideas europeas.

[…]

—¡Si queréis convertiros en europeos negros, volved a Kenia! —espeté, asqueado—. ¡Está llena!

—No somos europeos negros —dijo Karenja, que no quería dejar estar el asunto—. Somos kikuyus que piensan que es posible que no todas las ideas europeas sean dañinas.

—Cualquier idea que nos cambie es dañina —afirmé».

Esta defensa a ultranza del eterno presente, esa fobia al progreso, a la posibilidad de un futuro distinto, enlaza con el tercer tema analizado en Soñar de otro modo: cómo son las sociedades descritas en las utopías modernas.

 

Kirinyaga 2

 

El cuerpo social

Tras hacer un fascinante recorrido por las ideas políticas de la modernidad y su expresión en las novelas utópicas, Martorell Campos concluye que:

«La utopía paradigmática de la modernidad siempre discurre sobre un Leviatán que reduce la multiplicidad a unidad y disuelve las partes en el Todo. […] El examen de las novelas involucradas muestra a las dos incidencias materializándose en lo que apodaré sacrificio del patrimonio del yo. Consta de tres momentos: la renuncia a la libertad en pos de la seguridad, la renuncia a la diferencia en pos de la igualdad y la renuncia a la intimidad en pos de la transparencia».

En Kirinyaga, el primero y tercero de estos «momentos» se expresan de forma indirecta en las historias (cierta decisión que debe tomar cierto personaje ante una sequía, o el hecho de que todo lo que sucede en la tribu es sabido y evaluado por el resto de la tribu). Sin embargo, me resulta imposible ahondar en sus conclusiones sin estropearte dos de los relatos.

De lo que sí puedo hablar es de la renuncia (forzada) a la diferencia en pos de la igualdad. Siempre que no la contextualice, esta cita lo expresa muy bien sin hacer spoilers:

«—No teníamos elección —contesté—. Si queremos crear nuestra utopía en Kirinyaga, debemos ceñirnos a las reglas.

—El hecho de que exista una regla no significa que sea justa, Koriba —declaró ella. […]

—Sin nuestras tradiciones, no somos kikuyus, sino kenianos que viven en otro mundo —señalé.

—Existe una diferencia entre tradición y estancamiento, Koriba —repuso—. Si reprimes cualquier variación del gusto y el comportamiento en nombre de la primera, solo obtienes lo segundo. —Se detuvo—. Yo habría sido un buen miembro de la comunidad.

—Pero una mala manamuki —repliqué—. El leopardo puede ser un cazador sigiloso y un asesino temible, pero no pinta nada en una manada de leones.

—Los leones y los leopardos se extinguieron hace mucho, Koriba. Hablamos de seres humanos, no de animales, y por muchas reglas que dictes y muchas tradiciones que invoques, nunca conseguirás que todos los seres humanos piensen y sientan lo mismo».

 

El legado de Jameson

Hasta aquí hemos visto las características de las utopías modernas expuestas en Soñar de otro modo. Pero ¿qué hay de las utopías postmodernas? Y, sobre todo: ¿qué características debería tener el pensamiento utópico contemporáneo? ¿Qué directrices deberíamos asumir para no caer en los errores de la modernidad y la postmodernidad?

Responder a esas preguntas es, en última instancia, el objetivo de Martorell Campos en su ensayo. Y sobre esto hablaremos a partir de ahora, tomando como ejemplo la novela Kilimanjaro.

 

La naturaleza como construcción cultural

Es probable que este sea el planteamiento más radical de todo el ensayo, sin embargo, el cambio de enfoque que propone es a estas alturas imprescindible:

«La utopía paradigmática de la postmodernidad también da por hecho que “la naturaleza se ha ido para siempre”. El hombre primario entra en escena y crea la naturaleza, tarea que impide captarla como diferente de, o anterior a, la humanidad».

Leída de forma superficial, esta frase podría dar a entender que la naturaleza se concibe como una herramienta al servicio del ser humano. Nada más lejos de lo expuesto por Martorell Campos. Lo que el autor plantea es la necesaria «secularización» de la naturaleza como único modo de afrontar seriamente los problemas ecológicos a los que nos enfrentamos:

«El mundo físico nombrado por el concepto de “naturaleza” jamás tuvo un estado fijo y armonioso que pueda considerarse “el original”. […]

Negar a la naturaleza en sentido naturalista no supone negar o menospreciar los obvios problemas ecológicos a los que nos enfrentamos. Justo porque nos preocupa el cambio climático, la mengua de la diversidad y el agujero de la capa de ozono deberíamos prescindir de la “naturaleza”, de la sensación de que algo no humano exige ser salvado o reconducido. No hay tal cosa. Lo que sí hay es una organización socio-económica que amenaza la habitabilidad humana del planeta. Si fijamos la conversación en torno a la “naturaleza”, seguiremos sin prestar atención al capitalismo e inhabilitados para imaginar organizaciones y naturalezas alternativas que nos ayuden a hacer mejor las cosas».

Esa simbiosis entre el ser humano y su entorno —la asunción de que ninguno de los dos puede existir sin el otro— está tan presente en Kilimanjaro que se da por sabida. Al fin y al cabo, en su utopía todos son conscientes de que habitan un planetoide artificial diseñado y construido ex profeso para ellos. Debido a esto, las ideas planteadas por Martorell Campos solo se expresan de forma indirecta, se sugieren. Aun así, pueden captarse en párrafos como este:

«Acababa de regresar de uno de mis viajes por la reserva de caza, que siempre me resultan relajantes. Durante siglos, los masáis habíamos vivido en armonía con la tierra, compartiéndola con las criaturas de la naturaleza africana, hasta que, aparentemente de un día para otro, de esas criaturas no quedaba ni una. Los grandes felinos, los paquidermos, los herbívoros y los carnívoros desaparecieron. La caza furtiva había reducido la población, por supuesto, pero la verdadera causa de su extinción fue la destrucción del hábitat. Las especies pueden recuperarse de la caza, de la enfermedad o de la sequía, pero cuando los humanos se apoderan de su hábitat ya no tienen un lugar al que regresar. Por eso me resultaba tan agradable, especialmente como historiador que sabía cómo vivíamos antes, estar en el coche al lado de una poza y observar a los impalas, las cebras, los elands y los búfalos que se acercaban a beber».

 

Kilimanjaro 2

 

El fin de la historia y el último hombre

Muy a nuestro pesar, el libro de Francis Fukuyama que titula este apartado (y al que ya me referí en el artículo sobre Los Desposeídos, de Ursula K. Le Guin) sigue vigente hoy en día. Profetiza el pensamiento único (el «There is no alternative» expuesto por Martorell Campos) que ha secuestrado a las utopías de la posmodernidad.

Siguiendo la estrategia de Tancredi en El gatopardo, de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, se asegura de cambiar por completo las características de la utopía moderna para lograr que en la utopía neoliberal posmoderna todo siga igual.

Y he empleado a propósito el término «utopía neoliberal» porque, como bien señala Martorell Campos:

«[Aunque] los voceros del laissez faire sostienen que las ventajas del capitalismo sobre el resto de alternativas obedecen a que ejerce al margen del impulso utópico. No es verdad. No solo porque la utopía cuente desde antes de Adam Smith con un nutrido sector adepto a la libre competencia, sino porque, a poco que reparemos en su verborrea, notaremos que despliega, cito a Franz Hinkelammert, “la utopía de una sociedad sin utopías”. Poco importa que el mundo capitalista-liberal rebose de miseria, discriminación y explotación. Los autoproclamados antiutópicos lo erigen en el menos malo de los mundos posibles y lo utopizan. Fukuyama llega al extremo de ubicar al liberalismo económico y político en el punto y final de la evolución ideológica, a modo de happy end, conforme al postulado de que no hay ni habrá una alternativa que genere más progreso y bienestar».

Mal que nos pese, esa es la «utopía» en la que vivimos. Una en la que la fascinación por el futuro ha sido sustituida por la nostalgia del pasado, pero en la que, en última instancia, seguimos habitando un eterno presente.

Una en la que la uniformidad del cuerpo social ha sido reemplazada por la celebración de la diferencia, pero en la que el poder sigue estando en manos de los mismos.

Así que, ante esta realidad, ¿cuáles son las alternativas? ¿Cómo podremos desarrollar utopías que salven los errores cometidos hasta ahora? O, en otras palabras…

 

¿Cómo podemos soñar de otro modo?

Mostrarnos esas posibles líneas de acción es el objetivo central del ensayo. Y del mismo modo en que no me gusta hacer spoilers de novelas, tampoco voy a exponerlas todas aquí.

Sin embargo, no me resisto a transcribir un concepto esencial.

Del mismo modo en que es necesario secularizar la naturaleza (eliminar su componente metafísico, es decir: dejar de asumirla como una entidad independiente y analizarla en relación con el ser humano) también es necesario secularizar la utopía, no verla como un fin en sí misma (como una sociedad estable) sino como un proceso (como una «utopía dinámica», en palabras de Kim Stanley Robinson).

Este concepto se expresa de forma magistral en Kilimanjaro, un ejemplo notable de este tipo de utopías que incluso se da el lujo de plantearlo explícitamente:

«—Venga, David. Eres historiador. Sabes qué va a pasar.

Lo miré, confuso. […]

—¿Así que no crees que dure?

—Nada dura, David —contestó tranquilamente—. La única pregunta es si va a durar más que nosotros.

—Parece que creas que nuestra utopía es un fracaso.

Dio un sorbo a su bebida.

—Míralo de otro modo: durante los últimos dos años, todo el mundo ha arrimado el hombro, ideando y trabajando. Esa es la clave, y ahí es donde Kirinyaga se equivocó.

—No acabo de entenderte —dije, frunciendo el ceño.

—El hombre siempre ha progresado ante los desafíos —respondió, esbozando una sonrisa—. ¿No se te ha ocurrido nunca, David, que tal vez la utopía no sea el resultado final, sino el mero acto de luchar por ese fin?»

Partiendo de esta idea, Martorell Campos hace un llamamiento explícito a los escritores de ciencia ficción:

«De la utopía secularizada solo contamos con algunos borradores. La Trilogía marciana de Kim Stanley Robinson es el más destacado, junto con contribuciones específicas del ciclo de La Cultura, de Iain Banks, y disgresiones desperdigadas en la obra de Charles Stross, China Miéville y Alastair Reynolds. Y poco más. Los autores de ciencia ficción contemporáneos no han secularizado a la utopía social porque hace tiempo que la abandonaron en provecho de la utopía tecnológica. Cuando se ciñen a la política, producen distopías. Ha llegado el momento de trastocar esta disposición y redirigir la imaginación desbordante de la ciencia ficción hacia la producción de utopías sociales atractivas y actualizadas, repletas de ideas e instituciones interesantes para quienes sueñan con el cambio en el siglo XXI».

No se me ocurre forma mejor de cerrar este artículo que recogiendo el guante.

 

Kirinyaga 3

 

NOTA 1: Todas las imágenes de este artículo pertenecen a Syd Mead, el genial diseñador que nos dejó el pasado 31 de diciembre y cuyos mundos utópicos nos invitan a soñar de otro modo.

 

NOTA 2: Mientras escribía este artículo me enteré del fallecimiento de Mike Resnick, el autor de las dos novelas analizadas aquí, así que quiero dedicar este texto a su memoria. Su profunda indagación en la utopía es un legado que perdurará.

 

 

 

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