Hacía tiempo que quería retomar el blog.

A principios de año tuve que dejarlo en suspenso porque se avecinaba una mudanza internacional (ni más ni menos que de Suiza a Guatemala), y cuando al fin mi familia y yo logramos asentarnos se nos echó encima… Bueno, ¿qué voy a contarte que ya no sepas?

Lo cierto es que tenía previsto retomarlo con un artículo sobre Cuatro futuros, de Peter Frase, pero la gestión del confinamiento lo ha demorado más de la cuenta. Eso tiene su lado positivo porque, durante este tiempo, he leído otro ensayo que lo complementa y que me ha permitido enfocar el artículo de un modo distinto. Sin embargo, mientras tanto el blog seguía en suspenso, así que decidí preguntarle a Cristina Jurado (aunque ella me repita que no es necesario) si podía publicar en el blog el artículo que escribí para SuperSonic #15.

Gracias a su generosidad, hoy reabro visión prospectiva con mi última colaboración con la revista, ya que, como sabes, ese número cerró su primer ciclo. Debido a eso, verás que el artículo tiene un aire a despedida que no casa demasiado con la reapertura del blog. Sin embargo, en honor a la revista y a Cristina, he decidido publicarlo tal como lo escribí.

Espero que lo disfrutes.

 

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Fotografía realizada por Yomex Owo y publicada en Unsplash.

 

Un comienzo que es una despedida

El objetivo de esta sección —con la que he tenido el privilegio de participar en SuperSonic— es exponer algunas tendencias que, desde mi punto de vista, pueden detectarse en la ciencia ficción contemporánea. Y es probable que, la que voy a presentar en esta despedida, sea la que más se desarrolle en los próximos años. Me refiero al mestizaje de la ficción especulativa con la literatura realista.

Pero, antes que nada, debo hacer una aclaración. Basta con echarle un vistazo a la historia de la literatura para comprobar que este mestizaje cuenta, desde hace años, con ejemplos notorios: El señor de las moscas, de William Golding [1]; Pórtico, de Frederik Pohl; La carretera, de Cormac McCarthy; o Stalker. Pícnic extraterrestre, de Arkadi y Borís Strugatski, dan buena muestra de cómo emplear escenarios o herramientas de la ciencia ficción para ahondar en relatos realistas.

Sin embargo, hasta hace poco eran ejemplos aislados. Lo que me interesa destacar en este artículo es que, en los últimos años, ese mestizaje se ha convertido en tendencia.

Para eso analizaré tres procesos complementarios: el acercamiento cada vez más frecuente de escritores consagrados a la ciencia ficción, la reivindicación explícita de su calidad literaria a través de la obra de nuevos autores, y el surgimiento de novelas puramente realistas ambientadas en contextos de ciencia ficción.

Empecemos por el proceso más conocido.

 

Una relación ambigua

Los comentarios de Ian McEwan al presentar Máquinas como yo suponen la última expresión de un hábito curioso entre muchos escritores consagrados por la crítica: el acercamiento condescendiente al terreno de la ciencia ficción.

Ya lo hicieron antes que él —y, en algunos casos, más tarde se desdijeron— Vladimir Navokov; Margaret Atwood o Kazuo Ishiguro, por poner solo algunos ejemplos. Sin embargo, lo que me interesa analizar aquí son los motivos por los que autores de semejante prestigio deciden emplear herramientas de un género supuestamente menor.

Desde aquí, me atrevo a proponer dos respuestas: la primera explica por qué esa costumbre viene de lejos, y la segunda, por qué en los últimos años se está convirtiendo en tendencia.

 

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Collage a partir de una fotografía de Dave Powell publicada en Unsplash.

 

Literatura prospectiva

La primera respuesta remite a los objetivos de la «ficción especulativa»: ese subgénero que Atwood extraía de la ciencia ficción y que yo prefiero llamar —siguiendo los pasos de Fernando Ángel Moreno [2]— «literatura prospectiva».

Este tipo de obras no pretende mostrarnos cuál va a ser el futuro, sino hacernos reflexionar sobre cuál podría ser y, para hacerlo, se sustenta en el «extrañamiento»; es decir, en su capacidad de mostrarnos con cierta distancia las tendencias que asumimos como «normales», como inherentes a la realidad cotidiana, de forma que podamos preguntarnos si realmente lo son y, sobre todo, hacia dónde nos están conduciendo.

Debido a eso, la literatura prospectiva (la ciencia ficción, vamos) revela aspectos del presente a los que ni siquiera el realismo es capaz de acceder.

E intuyo que muchos autores de prestigio se han percatado de ello.

 

Futuro incierto

La segunda tiene que ver con una idea que ha popularizado Yuval Noah Harari en su libro 21 lecciones para el siglo XXI, pero que prefiero expresar en palabras de Elia Barceló, quien ya lo había expuesto en nuestro idioma un año antes:

«A mí me gusta mucho la ciencia ficción. Pienso que es el género del siglo XXI. Es el género más definitorio de nuestro siglo y el único que trata problemas que, o tenemos ya o vamos a tener dentro de muy poco, y a los que el resto de la literatura no les hace ningún caso».

El vértigo con el que se desarrolla la tecnología y los procesos sociales en la era de la información parecería comprimir el futuro, hacerlo rozar el presente, de modo que la única forma realista de analizar los factores que definen nuestro tiempo es proyectarlos. Desarrollar prospectivas que sugieran sus tendencias puede brindarnos, hasta cierto punto, herramientas que faciliten nuestra participación.

Es por eso que la ciencia ficción «es el género del siglo XXI», porque es el único capaz de abarcar los procesos de un mundo en cambio constante.

 

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Collage a partir de una fotografía de Bit Cloud publicada en Unsplash.

 

Nuevas generaciones

Pero el esnobismo con el que muchos autores consagrados la han venido contemplando a lo largo de las décadas está dando paso, en una primera etapa, al reconocimiento de que es una herramienta necesaria y, en segundo término, a su defensa explícita.

Como ejemplo de lo primero citaré a John Lanchester, un consagrado ensayista y novelista británico cuya última novela, The Wall [3], se inscribe plenamente en el terreno de la distopía.

En la entrevista que le realizó Lisa Allardice para The Guardian con motivo de su publicación, la periodista plantea que:

«Aunque parece demasiado arraigado en el aquí y ahora (…) para pensar en ciencia ficción, no debería sorprendernos que haya abordado el tema más urgente de nuestro tiempo en este escueto, pero devastador trabajo de ficción especulativa».

Lo que recuerda a lo que hablamos en el apartado anterior. Y si bien:

«[Lanchester] se irrita un poco ante la etiqueta, recordando que J.G. Ballard le pidió que no mencionara la ciencia ficción en una entrevista que él estaba escribiendo, «porque sentía que automáticamente perdía la mitad de los lectores»».

Lo cierto es que él mismo cita…

«… la famosa frase de William Gibson: «El futuro ya está aquí, simplemente no está distribuido de manera uniforme»».

En otras palabras, reconocen —tanto Lanchester como la entrevistadora— que enfocar el presente desde la ciencia ficción no solo es pertinente, sino necesario.

El segundo paso —su defensa explícita— lo han dado autores de la talla de David Mitchell o Michel Faber.

Mitchell —cuya maravillosa El atlas de las nubes [4] reivindica como pocas novelas la ruptura de las barreras entre los géneros— participó en 2016 en el Festival Celsius.

Y Michel Faber —que ha escrito dos novelas de ciencia ficción: Under the Skin [5] y El libro de las cosas nunca vistas [6]— tiene una interesante anécdota al respecto que relata en un artículo de The Guardian de título muy acorde a lo que estamos hablando, «‘It drives writers mad’: why are authors still sniffy about sci-fi?»:

«”Under the Skin fue discutido recientemente en Open Book (un programa de BBC Radio 4) y los tres presentadores hicieron lo posible por argumentar que no era realmente ciencia ficción porque estaba bellamente escrito y tenía unos personajes potentes y trataba temas profundos”, recuerda Faber. “Por un lado, es encantador ser apreciado, pero, por otro, puedes ver la falta de respeto institucionalizada por el género y entender por qué vuelve locos a los escritores de ciencia ficción»».

 

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Collage a partir de una fotografía de Astra Liu publicada en Unsplash.

 

Realismo en ciencia ficción

Hace unos años se montó cierto revuelo en torno a si Estación Once, de Emily St. John Mandel [7], era o no ciencia ficción. Pero, a decir verdad, lo que en principio podría parecer el enésimo ejemplo del esnobismo del que venimos hablando, en realidad planteaba una duda razonable. Aunque el entorno y las herramientas que maneja sean afines a la ciencia ficción postapocalíptica, lo cierto es que solo las empleaba como amplificadores de las vicisitudes internas de sus personajes.

Confieso que cuando leí Estación Once no me convenció; sin embargo, cuando más tarde leí Pórtico, comprendí que St. John Mandel había enfocado su relato del mismo modo en que lo había hecho Pohl. Sin duda, el peso del entorno en Pórtico es mucho mayor que en Estación Once, pero, en última instancia, ambas novelas ponen el foco en las crisis existenciales de sus personajes y usan la ciencia ficción como altavoz.

A partir de ese momento, empecé a prestarle atención a este tipo de novelas: un «subgénero» al que suelo referirme como «realismo en ciencia ficción», y en el que he encontrado ejemplos excelentes.

Para no excederme en espacio solo mencionaré dos, pero creo que darán buena cuenta de los caminos que transita este subgénero.

El primero es Good Morning, Midnight, de Lily Brooks-Dalton, una novela que ubica a sus personajes en dos escenarios de ciencia ficción —una realidad postapocalíptica (sugerida) en la Tierra, y una nave espacial tripulada que regresa de Júpiter— para explorar asuntos tan humanos como la soledad, la incomunicación o la necesidad de redimirnos.

La fuerza de sus escenas (potenciada por los elementos de ciencia ficción que les sirven de metáfora) expresa el desasosiego de sus protagonistas con una claridad poco habitual en el realismo… No es casual que en estos momentos se esté rodando una película basada en el libro.

El segundo ejemplo recorre el camino inverso. Si la novela de Brooks-Dalton emplea elementos de ciencia ficción para potenciar el realismo, The Terranauts, de T.C. Boyle [8], lleva la ciencia ficción a su expresión mínima para hablarnos (entre muchas otras cosas) de sus esencias.

Inspirándose en un experimento real desarrollado en Arizona en los 90, el libro nos presenta a una tripulación de «terranautas» que deberán habitar un entorno cerrado (similar al que habría en una colonia espacial) durante dos años.

El contexto científico y tecnológico la deja al límite de la ciencia ficción y, desde esa fina frontera, Boyle nos cuela análisis metaficcionales —como este sobre el infodump— con una naturalidad pasmosa:

«Había más estadísticas, por supuesto, como era de esperar, y podría haberme quedado delante del atril hasta medianoche repasándolas todas, pero fui breve porque ese era el plan: la intención aquí era intrigar e inspirar, no poner a la gente a dormir».

 

Hasta luego

He reservado estas últimas palabras para agradecerle a Cristina Jurado su invitación a formar parte de este proyecto y a ti, lector/a, el que me hayas seguido durante estos meses. Ha sido un honor haber pasado por SuperSonic.

Y dado que Terra Incognita está dedicada a presentar tendencias, aquí va una última predicción: puede que el ciclo de la revista haya llegado a su fin, pero quedará su legado.

El fuego que ha encendido Cristina ya resulta imparable.

 

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Collage a partir de una fotografía de Tim van der Kuip publicada en Unsplash.

 

NOTAS: La foto de cabecera es un collage a partir de una imagen de Alex Iby publicada en Unsplash.

[1] Golding, William, Lord of the Flies, Faber and Faber, Londres, 1954.

1ª edición en castellano:

Golding, William, El señor de las moscas, Círculo de lectores, Barcelona, 1983. Tr.: Carmen Vergara.

[2] Moreno, Fernando Ángel, Teoría de la literatura de ciencia ficción, Sportula, Gijón, 2013.

[3] Lanchester, John, The Wall, Faber and Faber, Londres, 2019.

[4] Mitchell, David, Cloud Atlas, Sceptre, Londres, 2004.

1ª edición en castellano:

Mitchell, David, El atlas de las nubes, Tropismos, Salamanca, 2006. Tr.: Víctor V. Úbeda.

[5] Faber, Michel, Under the Skin, Canongate Books, Edimburgo, 2000.

[6] Faber, Michel, The Book of Strange New Things, Hogarth Press, Londres, 2014.

1ª edición en castellano:

Faber, Michel, El libro de las cosas nunca vistas, Anagrama, Barcelona, 2016. Tr.: Inga Pellisa.

[7] St. John Mandel, Emily, Station Eleven, Alfred A. Knopf, New York, 2014.

1ª edición en castellano:

St. John Mandel, Emily, Estación Once, Kailas, Madrid, 2015. Tr.: María del Puerto Barruetabeña Díez.

[8] Boyle, T.C., The Terranauts, Bloomsbury, Londres, 2016

 

 

 

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