Debería haberlo imaginado (al fin y al cabo, ya me había ocurrido con Homo Deus), pero el segundo libro de Harari que leo este año volvió a tomarme por sorpresa.

Ni siquiera pensaba traerlo a este blog. Di por hecho que iba a contener una exposición lúcida —y en la medida de lo posible, desgranada— de los temas que interactúan en nuestro presente y eso, ya de por sí, justificaba su lectura.

En ese sentido, debo decir que 21 lecciones para el siglo XXI no me ha defraudado, pero el libro no es solo eso.

El ensayo de Harari está en consonancia con muchos de los temas que han marcado mi vida y mi trabajo en los últimos años. (En especial, su último capítulo).

Sin embargo, si lo traigo al blog no es por el impacto que ha causado en mí, sino por su contundente defensa de la ciencia ficción. De hecho, supe que escribiría este artículo cuando leí el siguiente párrafo:

«En el siglo XXI puede asegurarse que la ciencia ficción es el género más importante de todos porque da forma a cómo entiende la mayoría de la gente asuntos como la I.A., la bioingeniería y el cambio climático. Sin duda necesitamos buena ciencia, pero desde una perspectiva política, una buena película de ciencia ficción [yo agregaría: y un buen relato, y una buena novela] vale mucho más que un artículo en Science o Nature».

Sobre esto tratará este artículo, porque el ensayo sugiere decenas de ejemplos de cómo la ciencia ficción puede predecir o modelar el futuro, pero la mayoría son cinematográficos; y creo que existen ejemplos literarios que no solo son más precisos, sino que aciertan donde el ensayo plantea que el cine se ha equivocado.

¿Empezamos?

 

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Fotografía realizada por Joshua K. Jackson y publicada en Unsplash.

 

La intuición y el análisis

Días antes de empezar el libro de Harari, escuché una entrevista a Elia Barceló titulada «Creo que la ciencia ficción es el género del siglo XXI». Y aunque la entrevista está dedicada en su mayor parte a sus novelas de género realista (o a preguntarle si no se siente «encasillada» como escritora de ciencia ficción), Barceló consigue regalarnos este maravilloso alegato:

«A mí me gusta mucho la ciencia ficción. Pienso que es el género del siglo XXI. Es el género más definitorio de nuestro siglo y el único que trata problemas que, o tenemos ya o vamos a tener dentro de muy poco, y que el resto de la literatura no les hace ningún caso. Entonces yo estoy muy orgullosa de pertenecer a ese movimiento y de poder trabajar en ese género».

Si traigo a colación sus palabras no es solo porque reverberen con lo dicho por Harari, sino porque son un buen ejemplo de lo que intentaré exponer a lo largo de este artículo. Del mismo modo en que Barceló consigue reconocer, partiendo de la literatura, lo que Harari desarrolla partiendo del análisis histórico; veremos cómo muchas de las cosas expuestas en el ensayo ya habían sido desarrolladas en novelas de ciencia ficción.

 

Modelado y predicción

El motivo por el que Harari define a la ciencia ficción como el género más importante del siglo XXI es que:

«Películas como Matrix y Her, y series de televisión como Westworld y Black Mirror modelan la idea de la gente sobre las cuestiones tecnológicas, sociales y económicas más importantes de nuestra época».

Evidentemente —como bien sabe Spiderman—, semejante «poder» conlleva una gran responsabilidad.

«Esto significa también que la ciencia ficción ha de ser mucho más responsable en la manera como representa las realidades científicas, pues de otro modo podría imbuir en la gente ideas equivocadas o hacer que centrara su atención en los problemas equivocados».

La recuperación de ese enfoque utópico, proactivo de la ciencia ficción me resulta muy estimulante. Sin embargo, dado que es difícil saber hasta qué punto las ideas expuestas por la ciencia ficción serán capaces de influir en el desarrollo —o incluso en la imaginería— de futuros desarrollos científicos me interesa recalcar también su papel predictivo, su capacidad de reconocer tendencias emergentes, y advertirnos sobre sus posibilidades y riesgos.

Así que dividiré este artículo en dos partes. En la primera analizaré los ejemplos de Harari al analizar la ciencia ficción como «modeladora de ideas» (y los contrapondré con ejemplos literarios) y en la segunda mostraré cómo algunas de las tendencias que expone en su ensayo ya han sido descritas en novelas de ciencia ficción.

Comencemos.

 

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Fotografía realizada por Ma Merry y publicada en Unsplash.

 

EX MACHINA y 36

Tras decir que la ciencia ficción es el género más importante de nuestro siglo, Harari expone ejemplos cinematográficos que, a su entender, plantean ideas erróneas sobre las tendencias tecnológicas actuales. Solo al final del capítulo dedicado a la misma, expone un ejemplo de ciencia ficción «visionaria» que, casualmente, no extrae de una película, sino de una novela.

Entiendo que priorice el cine y las series a la literatura porque, hoy en día, su capacidad de difundir ideas es mucho mayor; pero me interesa recalcar que los errores de enfoque que expone a nivel audiovisual ya han sido subsanados a nivel literario.

Empecemos por EX MACHINA, de Alex Garland. Como toda buena película, explora temas diversos y admite múltiples interpretaciones.

A mi entender, su mayor mérito es plantear las preguntas a las que nos enfrenta la «singularidad» sin brindarnos respuestas sencillas: ¿Qué es la autoconsciencia? ¿De qué modo se expresaría si una I.A. llegara a alcanzarla? ¿A través del razonamiento analítico, o por medio de su interacción con los seres humanos?

EX MACHINA plantea que este segundo factor será determinante y se pregunta, ¿qué tipo de interacción podría «demostrar» la presencia de autoconsciencia?

Debido a eso, me llamó mucho la atención que Harari dijera que:

«Quizás el peor pecado de la ciencia ficción actual es que tiende a confundir inteligencia con consciencia».

Sin ir más lejos Visión ciega, de Peter Watts (a la que, por cierto, volveré más adelante), dedica buena parte de sus páginas a analizar dicha diferencia.

Pero, volviendo a EX MACHINA, el enfoque desde el que el ensayo la analiza es el siguiente:

«Siempre que el lector vea una película sobre una I.A. en el que la I.A. es una mujer y el científico es un hombre probablemente se trate de un filme sobre feminismo y no sobre cibernética porque, ¿por qué demonios tendría que tener una I.A. una identidad sexual o de género? El sexo es una característica de los seres orgánicos multicelulares. ¿Qué puede significar para un ser cibernético no orgánico?»

Vayamos por partes. En primer término, vale la pena subrayar su interpretación de la película desde una perspectiva de género. Como explica en otro punto:

«En realidad, esta película no versa sobre el miedo de los humanos a los robots inteligentes, sino sobre el miedo de los hombres a las mujeres inteligentes; y en particular, sobre el miedo a que la liberación femenina pueda conducir a la dominación femenina».

Como dije más arriba, las buenas películas (como los buenos libros) admiten múltiples interpretaciones. Y esta, sin duda, también está presente.

Pero ahora me interesa rescatar su pregunta: «¿por qué demonios tendría que tener una I.A. una identidad sexual o de género?».

Es una excelente pregunta… Que ya ha abordado Nieves Delgado, por ejemplo, en su magnífica 36.

Aunque he hablado de esta novela en otro artículo, no me resisto a reproducir uno de sus pasajes. Cuando 36, una inteligencia artificial, llega a la «vida adulta» (según parámetros establecidos por humanos) se produce este diálogo entre la I.A. y su tutor:

«—Mañana vendrás conmigo al Centro —le dijo Edvard un día—. Tienes que hablar con la directora para que te evalúe y decidáis entre los dos qué tipo de cuerpo vas a tener para el resto de tu vida. Supongo que ya tienes una decisión tomada, pero si no es así, ella te resolverá cualquier duda.

—El caso es que ya he tomado una decisión, pero no creo que te guste. (…) Decido no decidir. (…)

—¿Quieres… quieres seguir con un cuerpo de jovIA toda la vida? ¿Un cuerpo indeterminado que ha sido pensado como soporte provisional?

—No, no quiero este cuerpo tampoco. No quiero un cuerpo humano en absoluto».

En este diálogo, Nieves Delgado va incluso más allá de Harari: no se limita a plantear que «el sexo es una característica de los seres orgánicos multicelulares», sino que expone que el «cuerpo» es una característica de los seres humanos. «¿Qué puede significar para un ser cibernético no orgánico?»

 

The Matrix, Ubik y Arañas de Marte

Otra de las críticas planteadas por Harari a la ciencia ficción es que no nos revela la realidad en que vivimos. Sé que, dicho así, uno podría preguntarse si esa queja no debería formulársele al género realista. Al fin y al cabo, plasmar la realidad es el «objetivo» del realismo.

Sin embargo, el concepto de «realidad» que expone Harari es un poco distinto del habitual (y, a mi entender, muy acertado en estos tiempos):

«La revolución tecnológica y científica actual no implica que individuos auténticos y realidades auténticas puedan ser manipuladas por algoritmos y cámaras de televisión, sino más bien que la autenticidad es un mito. A la gente le asusta estar atrapada en una caja, pero no se da cuenta de que ya está encerrada en el interior de una caja, su cerebro, que a su vez esta encerrado dentro de una caja mayor, la sociedad humana con su infinidad de ficciones».

Partiendo de esta idea, puede entenderse la crítica que plantea a The Matrix:

«Cuando Neo se evade de la matriz, al tragarse la famosa píldora roja, descubre que el mundo exterior no es diferente del interior: tanto fuera como dentro hay violentos conflictos y personas que actúan movidas por miedo, deseo, amor y envidia. La película tendría que haber terminado informando a Neo de que la realidad a la que ha accedido es solo una matriz mayor, y que si quiere huir al “verdadero” mundo real debe volver a elegir de nuevo entre la píldora azul y la roja».

En 21 lecciones para el siglo XXI, este argumento forma parte de una reflexión mucho mayor. Un leitvotiv que abarca todo el libro y que culmina, en los últimos dos capítulos, postulando una forma distinta de ver la realidad con la que personalmente coincido.

Y si bien no me viene a la mente una novela publicada que aborde esa forma de ver la realidad, lo que no puede decirse es que la ciencia ficción no le haga tomar a sus personajes la píldora roja una y otra vez. De hecho, ha logrado racionalizar estados alterados de consciencia, y construir interacciones en las que «miedo, deseo, amor y envidia» ni siquiera son capaces de expresarse. O, al menos, no a través de las formas a las que estamos acostumbrados.

De inmediato me vienen a la mente dos ejemplos concretos: el análisis paranoico-crítico de la realidad alternativa que desarrolla Philip K. Dick en obras como Ubik y la intersección de realidades múltiples (al estilo de un cadáver exquisito) que propone Guillem López en Arañas de Marte.

Y lo más interesante es que, en ambas novelas, sus protagonistas —y con ello los lectores— se ven obligados a tomar la píldora roja por enésima vez en las páginas finales del libro; tal como reclamaba Harari para el Neo de The Matrix.

 

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Fotografía realizada por js ht y publicada en Unsplash.

 

Valiente mundo nuevo

Como comenté más arriba, al final del capítulo dedicado a la ciencia ficción, el autor elogia el carácter visionario de una novela. Esa obra (¿quién podría dudarlo a estas alturas?) es Un mundo feliz, de Aldous Huxley.

Lo interesante es que los mismos argumentos que emplea para elogiarla ya habían sido expuestos ¡en 1949! por el propio Huxley en una carta a George Orwell.

Comencemos por la cita de Harari respecto a Un mundo feliz:

«La tesis subyacente al libro es que los humanos son algoritmos bioquímicos, que la ciencia puede piratear el algoritmo humano, y que entonces puede usarse la tecnología para manipularlo.

En este mundo nuevo y valiente el gobierno mundial emplea biotecnología e ingeniería social avanzadas para asegurarse de que todos estén siempre contentos y nadie tenga ningún motivo para revelarse. (…) Por tanto, no hay necesidad de una policía secreta, ni de campos de concentración, ni de un Ministerio del Amor al estilo de 1984, de Orwell. De hecho, el genio de Huxley consiste en demostrar que es posible controlar a la gente con mucha mayor seguridad mediante el amor y el placer que mediante el miedo y la violencia».

Ahora comparémosla con la carta que Huxley le escribió (precisamente) a Orwell el 21 de octubre de 1949:

«A lo largo de la próxima generación, creo que los gobernantes del mundo descubrirán que el condicionamiento infantil y la narco-hipnosis son más eficientes, como instrumentos de gobierno, que los clubes y las prisiones, y que el deseo de poder puede satisfacerse de forma tan completa sugiriéndole a la gente que ame su servidumbre como obligándola con flagelación y patadas. (…) El cambio se producirá como resultado de una sentida necesidad de incrementar la eficiencia».

Tras leer estas frases, ¿qué duda cabe de que Huxley tenía plena consciencia de lo que estaba escribiendo? ¿Puede negarse la capacidad visionaria de Un mundo feliz? ¿Acaso no siguen cuestionando nuestra realidad casi noventa años después de haber sido publicada?

Incluso me atrevería a decir que los debates que planta Un mundo feliz son ahora más urgentes que cuando fue publicada… Lo que me conduce a pensar que «quizás el mayor pecado de la ciencia ficción actual» (parafraseando a Harari) es que lleva impresa en sus genes la maldición de Casandra: es capaz de vislumbrar el futuro, pero nadie parece prestar atención de sus advertencias.

Como prueba de lo que acabo de decir voy a contraponer tres predicciones plantadas por Harari en su ensayo, con novelas de ciencia ficción que ya hablaban de ellas hace años. Quizás en 2050, si esas predicciones se hacen realidad, alguien las elogie como hoy se elogia la obra de Huxley.

 

Inteligencia artificial, trabajo e irrelevancia

Al analizar el futuro del trabajo, Harari plantea dos tendencias que, a alguien no habituado a la ciencia ficción, podrían resultarles desconcertantes. Empecemos por la menos radical:

«Suponiendo que los nuevos empleos no sean solo sinecuras gubernamentales probablemente exigirán una gran pericia, y a medida que la I.A. continúe mejorando, los empleados humanos deberán aprender sin parar nuevas habilidades y cambiar de profesión».

Aunque en el artículo que le dediqué no lo expuse —porque preferí centrarme en sus aspectos filosóficos— esta tendencia es reconocida y desarrollada en la novela Visión Ciega, de Peter Watts. De hecho, Watts la lleva incluso más lejos.

En un futuro en el que las I.A. reconozcan los datos y patrones de la realidad y efectúen cualquier tarea de un modo más rápido, interconectado y eficiente que los humanos, estos, de facto, serán excluidos.

El único modo que tendrá un humano de introducirse en el mercado laboral será a través de la modificación de su cuerpo y su cerebro. Injertándose dispositivos que lo ayuden a adaptarse al ritmo de las máquinas. En otras palabras: Watts plantea que para que un ser humano siga siendo «eficiente» y «productivo» deberá convertirse en un cíborg. Su libertad se reducirá a elegir el tipo de modificaciones a las que quiera someterse, en función del área de trabajo en la que quiera especializarse.

¿Y qué ocurrirá con aquellos que no acepten ser modificados?

Eso nos lleva a la segunda tendencia expuesta por Harari:

«Hacia 2050 podría surgir una clase “inútil” debido no simplemente a una falta absoluta de trabajo o a una falta de educación pertinente, sino también a una resistencia mental insuficiente».

Aunque no recuerdo haberlo leído con esas palabras, «resistencia mental insuficiente» podría muy bien ser el diagnóstico dado por Siri —el protagonista de Visión ciega— a todas aquellas personas que, como su madre, no están dispuestas a ser modificadas para convertirse en humanos productivos. Tal es la sintonía entre el análisis de Harari y el de Watts.

Y su especulación respecto al modo en que la sociedad resuelve la «irrelevancia» económica de gran parte de su población resulta espeluznante.

Lo comentaré porque, a efectos de la novela, es un dato secundario: El gobierno crea el «Paraíso», un entorno de realidad virtual al que las personas improductivas «ascienden», mientras su cuerpo es almacenado en animación suspendida… Claro que desde el Paraíso hay conexión a la red —por lo que los ascendidos pueden divertirse cuanto quieran— y sus familiares pueden «visitarlos» con solo conectarse.

Convendría reflexionar sobre lo que se esconde tras ese escenario, ahora que lo expuesto por Harari y Watts es solo una tendencia.

 

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Fotografía realizada por chuttersnap y publicada en Unsplash.

 

1984 2.0

Sin duda, la frase que más he repetido en este blog es que el objetivo de una obra prospectiva no es enseñar cuál va a ser el futuro, sino hacernos reflexionar sobre cuál podría ser, en función de las tendencias actuales. Tanto es así que incluso aparece en el artículo que dediqué a Homo Deus, el libro anterior de Yuval Noah Harari.

Allí aclaraba también que, dado que toda obra de ciencia ficción está irremisiblemente asociada a su tiempo, incluso aquellas que han conseguido predecir una tendencia social, difícilmente han logrado predecir su formalización, ya sea a nivel de diseño como de empleo por parte de los usuarios.

Es a este punto al que dedicaré este apartado.

Dado que la obra de la que hablaré no necesita ser presentada, puede servir de ejemplo para ver cómo, al margen de su materialización concreta (por lo general errónea), la ciencia ficción es capaz de predecir con gran lucidez tendencias sociales.

La «telepantalla» de 1984 —esa mezcla de televisor y cámara de vigilancia— se ha convertido, con los años, en un símbolo del totalitarismo. Pero, al margen de su materialización (y del uso que le da en la novela la Policía del Pensamiento), ¿expresa acaso una tendencia reconocible en la actualidad?

Harari lo expone de la siguiente forma:

«La palabra “televisor” procede del griego “tele” que significa lejos y del latín “visio”, visión. Originalmente se concibió como un artilugio que nos permite ver desde lejos, pero pronto nos permitirá que seamos vistos desde lejos. Tal como George Orwell imaginó en 1984, la televisión nos estará observando mientras la vemos. Una vez hayamos visto toda la filmografía de Tarantino, quizá podamos olvidar la mayor parte de ella, pero Netflix o Amazon o quien quiera que posea el algoritmo de la televisión conocerá nuestro tipo de personalidad y cómo pulsar nuestros botones emocionales.

Estos datos pueden permitir a Netflix y a Amazon elegir filmes para nosotros con precisión asombrosa, pero también puede permitirles que tomen por nosotros las decisiones más importantes de nuestra vida, como qué estudiar, dónde trabajar y con quién casarnos».

Una vez más, nos encontramos ante las famosas «implicaciones secundarias» de la cita de Heinlein:

«Mucha gente anticipó correctamente la llegada del coche sin caballos…, pero no conozco a ningún escritor, de ficción o no ficción, que haya previsto el gran cambio en los hábitos de cortejo y apareamiento de los estadounidenses que provocaría dicha llegada».

 

El género más importante del siglo XXI

Al principio no fue más que un juego. Mientras leía 21 lecciones para el siglo XXI se me iban ocurriendo novelas de ciencia ficción que expresaban literariamente sus escenarios teóricos y las apuntaba en una nota. Solo comprendí que no lo era cuando llegué al capítulo dedicado a ese género.

Así que no me gustaría que, al terminar este artículo, te quedaras con la sensación de que ha sido una mera recopilación de ejemplos. Mi intención es justo la contraria: que los ejemplos sean la prueba del argumento expuesto al principio. Un argumento en el que creo a pies juntillas y que considero importante difundir:

«En el siglo XXI puede asegurarse que la ciencia ficción es el género más importante de todos porque da forma a cómo entiende la mayoría de la gente asuntos como la I.A., la bioingeniería y el cambio climático».

O en palabras de la gran Elia Barceló:

«Es el género más definitorio de nuestro siglo y el único que trata problemas que, o tenemos ya o vamos a tener dentro de muy poco, y que el resto de la literatura no les hace ningún caso».

Estoy convencido de que, en nuestro siglo, el desarrollo de ficciones especulativas es más importante que nunca. Porque son las únicas capaces de lidiar con la velocidad a la que se desarrollan los procesos tecnológicos, y con el bombardeo de información al que nos vemos sometidos, y con las interacciones entre el mundo real y el virtual, en busca de sentido.

Y porque son las únicas capaces de explicarnos el futuro…, antes de que sea el futuro el que nos explique a nosotros.

 

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Fotografía realizada por J.C. Gellidon y publicada en Unsplash.

 

NOTA: La foto de cabecera pertenece a Andy Beales y ha sido publicada en Unsplash.

 

 

 

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