Dejémoslo claro desde el principio: La mirada extraña, de Felicidad Martínez (Sportula, 2016), es uno de los mejores libros de ciencia ficción que he leído en los últimos años.

La primera vez que oí hablar de este fix-up de novelas cortas fue antes incluso de que se publicara. Si mal no recuerdo, fue Elías Combarro quien comentó que lo esperaba con ganas en un episodio de Los VerdHugos. Después llegaron las reseñas, que me entusiasmaron aún más, y la versión en audio de «El pastor de naves» —un cuento independiente de Felicidad Martínez— gracias al magnífico Supernova Pod. (Por cierto, si aún no lo has escuchado, no te lo pierdas). Así que, cuando la conocí personalmente en el último Celsius, lo primero que le dije es que estaba a punto de empezar La mirada extraña.

A decir verdad, si no la he leído antes ha sido (en parte) por una advertencia que incluso ella me repitió: «la inmersión en la obra es dura; en especial, en la primera historia».

Curiosamente, cuando al fin la empecé, esa «curva de aprendizaje» no me resultó tan empinada como temía (quizás porque estaba sobre aviso…, o quizás porque venía de leer Visión ciega). Lo que sí me «abrumó» (de esa forma admirable en que lo hacen los buenos libros) fue su avalancha de ideas.

En este artículo analizaré algunas de ellas. Y conste que digo «algunas». El libro sugiere muchas más de las que podría exponer aquí.

 

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Fotografía realizada por Егор Камелев y publicada en Unsplash.

 

Un apunte sobre la ciencia ficción hard

Reinterpretar el concepto «ciencia ficción hard» partiendo de La mirada extraña daría para un artículo independiente. Pero es un tema del que hablé hace muy poco (al analizar, precisamente, Visión ciega, de Peter Watts) y en el que, como dije allí, coincido con la tesis de Ada Palmer en «When Science Fiction Meets Social Science»: El concepto hard debería hacer referencia a la rigurosidad con que se aborden las temáticas científicas en la obra y no al tipo de ciencias expuestas en ellas. Una obra puede ser tan rigurosa (hard) al especular sobre sociología, antropología o lingüística, como otras lo son respecto a la mecánica orbital.

En ese sentido, me interesa señalar la dicotomía que se percibe en muchos análisis de La mirada extraña porque, a mi entender, refuerza la tesis de Palmer. Aunque la mayoría coinciden en que no es ciencia ficción hard —porque, a excepción de la biología, las ciencias formales y naturales tienen escaso papel en el libro—, la mayoría también admite su complejidad: esa «dura inmersión» en la primera historia. Y lo interesante es que todos reconocen que esa complejidad no se debe al estilo de la autora, sino al rigor con el que construye y expone las sociedades alienígenas. Por lo tanto, desde la perspectiva de Palmer, La mirada extraña sería un excelente ejemplo de ciencia ficción hard basada en ciencias sociales.

 

Los límites de la otredad

Antes de empezar este apartado, debo aclarar que no es una crítica a la obra, sino todo lo contrario: una reflexión sobre los límites de la narrativa que ha partido de sus páginas.

El objetivo de Martínez es muy ambicioso: plantearnos sociedades alienígenas —en el sentido literal del término— sin describirlas desde una perspectiva humana. En otras palabras, contemplar la otredad con una mirada extraña.

La pregunta que surge de inmediato es la siguiente: ¿es eso posible?

A primera vista parecería que sí. Muchas novelas de ciencia ficción han logrado despojar a sus alienígenas de cualquier sesgo antropocéntrico. Algunas han expuesto entidades cuya experiencia sensorial —léase, cuya percepción del mundo— es radicalmente distinta de la nuestra. Pienso, por ejemplo, en Solaris, de Stanislaw Lem, o en la propia Visión Ciega, de la que hablé más arriba. Otras novelas han desarrollado «sociedades» alienígenas cuyas motivaciones e instintos nada tienen que ver con los nuestros. Pienso en El quinto día, de Frank Schätzing (aunque sus «alienígenas» no provengan del espacio exterior), o en el díptico La estrella de Pandora / Judas desencadenado, de Peter F. Hamilton.

Sin embargo, en todos los casos que he citado el alienígena es observado, estudiado y en ciertas ocasiones no entendido por seres humanos.

Lo que propone Martínez es distinto: analizar la otredad desde la otredad. Un objetivo que se enfrenta a los límites de la narrativa.

A riesgo de que parezca una perogrullada, es preciso que señale que toda narración es una construcción elaborada por seres humanos para otros seres humanos y que, por tanto, para que resulte comprensible debe sustentarse en códigos humanos; es decir, en códigos y experiencias con los que podamos empatizar, por muy extraños que nos resulten.

Al eliminar la perspectiva humana del relato (lo que no significa que los humanos no estén presentes), La mirada extraña no tiene más remedio que dotar a sus alienígenas de características humanas para que podamos empatizar ellos.

Así, por más que sus estructuras sociales sean muy distintas a las nuestras, las experiencias sensoriales en las que se basan siguen siendo reconocibles. Obviamente, algunas de las especies descritas priorizan sentidos distintos a los nuestros (el olfato y el gusto, por ejemplo), pero la forma en que perciben (y por lo tanto se vinculan con) el mundo es coherente con la humana. (Algo que no ocurre con el océano viviente de Solaris.. Claro que nunca lo experimentemos desde su perspectiva porque, de hecho, el que seamos incapaces de hacerlo es una de las tesis de Lem).

El otro elemento que ancla nuestra empatía al relato son las motivaciones y sentimientos de los alienígenas. El odio, el amor, la envidia, el anhelo de poder y conquista, están presentes en especies que, incluso desde un punto de vista evolutivo, no deberían ser propensas a experimentar alguno de ellos.

Vuelvo a repetir lo que dije al principio: esto no es una crítica. Lo que intento es dejar constancia de los límites consustanciales a cualquier relato… incluido el relato de la otredad. Si alguien, algún día, consigue traspasarlos sin perder la empatía del lector habrá creado, qué duda cabe, una obra maestra.

 

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Fotografía realizada por Benoit Gauzere y publicada en Unsplash.

 

Contra el relato antropocéntrico

Claro que una cosa son los límites definidos por la empatía del lector y otra muy distinta, los límites de la estructura narrativa. Esos sí que pueden y deben forzarse si el objetivo de una obra es construir una mirada extraña. Y en ese sentido, el libro de Martínez es ejemplar.

¿A qué me refiero con «estructura narrativa»?

A que el modo en que se concibe una historia —sus momentos clave, sus personajes y el protagonismo que estos adquieren— está asociado de forma intrínseca al contexto social que la construye. Una sociedad evolutivamente colectivista no puede construir sus historias con la misma estructura que la nuestra.

Felicidad Martínez lo sabe, y lo demuestra en la segunda novela corta del libro: En tierra extraña. (No es casual que haya ganado del premio Ignotus 2017 en dicha categoría). Me resulta imposible explicar los motivos sin hacer spoilers, pero sí diré que la cosmovisión de la sociedad expuesta es coherente con el modo en que la autora estructura la historia, tanto por el rol otorgado a sus personajes como por la elección de sus momentos clave… Y a esto hay que sumarle la capacidad de Martínez para hacernos empatizar con unos objetivos que, si bien están tamizados por sentimientos comprensibles, distan mucho de resultarnos cercanos.

Con todo, en lo que respecta a esa coherencia interna entre forma y contenido, considero que el mayor mérito del libro reside en la estructura de la propia novela. Y que conste que he empleado el término «novela» a propósito.

Como dije al principio, La mirada extraña es un fix-up de novelas cortas; cuatro, para ser preciso. Sin embargo, puede ser visto de distintas formas: como una antología —de hecho, en esa categoría también ganó el premio Ignotus de 2017—, como dos pares de novelas cortas —la primera y la cuarta, y la segunda y la tercera, se vinculan de forma clara— o como una novela, única pero fragmentada, que gira en torno a una idea común.

Tras terminarla, me quedo con esa última descripción. (Incluso sabiendo que la propia autora la ha definido como «antología» en la entrevista que Miquel Codony y Alexander Páez le hicieron para Neo Nostromo). En primer lugar, porque una serie de detalles sugieren que las cuatro novelas cortas están conectadas, como reconoce Martínez en su excelente making of del libro:

«En efecto, Los dioses de Amarán y En tierra extraña forman parte del mismo escenario en el que se desarrolla la novela Horizonte Lunar. Y lo mismo ocurre con Fuego cruzado y La perversión de la luz, aunque ahí es más evidente porque dos de las especies que aparecen en estas novelas cortas son: bien protagonista en HL, o bien mencionada en la misma».

Sin embargo, si la defino como novela es, sobre todo, porque la estructura que las unifica es coherente con la que, a mi entender, es la idea central del libro. Una idea que retomaré al final del artículo.

 

Patriarcado versus matriarcado

Pero antes veamos otras.

Las primeras páginas de la primera historia (Fuego cruzado) nos sumergen en un conflicto entre dos especies de un mismo planeta. Digo «especies» porque toda la información que recibimos sobre ellas no hace más que diferenciarlas. Conforme empezamos a conocer sus rasgos físicos descubrimos que son muy distintos: una es calcárea, robusta, la otra, delgada y flexible como una rama.

No disponen de un idioma común, por lo que cada bando se nombra a sí mismo y nombra a su adversario de un modo distinto. Los calcáreos se llaman a sí mismos «aplastadores» y a sus enemigos «castrados»; los arbóreos se llaman a sí mismos «sinraíces» y a sus enemigos «sueloduros».

Pero la mayor diferencia entre ambas facciones es su estructura social: un grupo ha llevado el patriarcado hasta su extremo, el otro ha hecho lo mismo con el matriarcado… A estas alturas creo que sabes cuál es cuál.

Esa es la primera genialidad de Martínez: obtener la extrañeza —la otredad— de dos estructuras sociales reconocibles y contrapuestas llevadas a su paroxismo.

Así, la estructura social de los calcáreos/«aplastadores»/«sueloduros» es masculina, jerárquica y está basada en la violencia, tanto física como sexual. Mientras que la estructura social de los arbóreos/«sinraíces»/«castrados» es femenina, colectivista y está basada en la persuasión.

Claro que al margen de estas características generales —que en efecto nos resultan reconocibles— Martínez desarrolla una infinidad de detalles y matices que, además de generar extrañamiento, la alejan de cualquier maniqueísmo.

Una vez más, prefiero no exponerlos aquí para no hacer spoilers, pero te aseguro que vale la pena descubrirlos a lo largo de la lectura.

 

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Fotografía realizada por Alex Iby y publicada en Unsplash.

 

Diferencias y semejanzas

Lo que sí me interesa rescatar son dos elementos de la trama que dinamizan el debate.

La línea argumental que unifica la primera historia es el ascenso y consolidación de un nuevo líder entre los aplastadores. Pero no es un líder cualquiera. Es un reformador, una clase de líder distinto. Y lo que lo hace especial es que basa su poder —que sigue siendo patriarcal, por supuesto— en un consejo de hembras. Es un tímido paso hacia la unificación —otra cosa no sería verosímil en el contexto que plantea—, pero es suficiente para marcar la diferencia.

El segundo elemento a tener en cuenta se percibe primero a través del lenguaje. Aunque ambas especies emplean lenguajes distintos, en ambas las metáforas para referirse al pensamiento, las emociones y la opinión son gástricas.

¿A qué me refiero con esto?

Todos los humanos, por más que hablemos lenguas distintas, solemos emplear metáforas visuales para referirnos a conceptos abstractos. (En ese sentido, nuestro idioma es particularmente fértil: «¿Cómo lo ves?»; «Le tengo ojeriza»; «No pinta bien»). Del mismo modo, las dos especies en conflicto emplean metáforas gástricas: «Si tu boca no digiere, no mastiques»; «Ya mastico…»; «No podemos deglutir tan pronto sin haber masticado bien».

Obviamente, se trata de una decisión meditada. Felicidad Martínez lo explica al detalle en el artículo que dedica a Fuego Cruzado:

«A la hora de crear los distintos idiomas que aparecen en esta historia tuve muy claro que partiría de la misma premisa que empleé en la novela corta La textura de las palabras: coger un elemento fundamental de su forma de vida y crear significados y expresiones partiendo de ese elemento. En esta ocasión, sin embargo, en lugar de recalcar un sentido (el tacto en aquella historia o la vista para nosotros) decidí centrarme en la acción de comer y todo el proceso que supone desde llevarse algo a la boca hasta defecarlo».

Pero el hecho de que para ambas especies el gusto y lo gástrico sean esenciales sugiere algo más: al margen de sus diferencias, tienen cosas en común.

A lo largo de la historia, esta idea se va reforzando de un modo sutil hasta que, en cierto momento, un personaje de una tercera especie —alguien capaz de observarlos sin prejuicios— la explicita:

«—No es difícil darse cuenta de que, aunque el aspecto difiere entre ellos, ambos pertenecen a la misma especie. Cada raza se ha adaptado al entorno en el que se mueve; una en el bosque, otra en la montaña».

Esta constatación nos brinda acceso a una de las ideas más importantes del libro. La cosmovisión en una construcción social: los mismos datos sensoriales, al ser tamizados por la cultura, dan lugar a realidades distintas. Las dos razas (ahora sabemos que lo son) se hallan tan inmersas en su propia cosmovisión que son incapaces de ver al otro como un semejante.

Nuestra especie ha sufrido —y sigue sufriendo— incontables ejemplos de esta miopía; algunos, incluso, han derivado en genocidios. Y la clave que explica la sociedad patriarcal (o una hipotética sociedad matriarcal como la que desarrolla The Power, de Naomi Alderman) se encuentra precisamente allí.

 

La tercera ley de Clarke

Vale, todos la conocemos, pero citémosla una vez más:

«Cualquier tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia».

Es la tercera de las leyes que Arthur C. Clarke expuso en «Hazards of Prophecy: The Failure of Imagination», el segundo capítulo de Profiles Of The Future, un libro de ensayos de 1962.

Si la traigo a colación es porque La mirada extraña la introduce en sus historias de un modo más efectivo que el propio Clarke en muchos de los libros. Y en especial porque plantea tres posibles escenarios en los que podría desarrollarse ese vínculo.

El primero es el que todos tenemos en mente: una sociedad primitiva tiene acceso a la tecnología de una sociedad mucho más avanzada y aprende a emplearla sin comprenderla; asumiendo que sus efectos se deben a la magia.

Gracias a un artículo de Sergio Parra para Xataka Ciencia me enteré de que el escritor y matemático Carlo Fabretti propuso una cuarta ley que explica muy bien este escenario:

«La gente se acostumbra fácilmente a lo que parece magia, sin preocuparse por entender cómo funciona».

Pero existen otros dos escenarios en los que esta relación podría desarrollarse:

Que el avance de la civilización no responda a los cánones de lo que entendemos por «tecnología», y que, por tanto, carezcamos de parámetros para medirla y evaluar sus efectos.

Y que la civilización haya dejado atrás una línea específica de avance tecnológico; no porque haya experimentado una regresión, sino porque ha escogido otro modelo de avance. Pasado cierto tiempo, dicha civilización podría perder las referencias para evaluar la tecnología que ha dejado atrás, por más que, a efectos prácticos, esté más avanzada que aquella que la mantiene.

Obviamente, no puedo citar los ejemplos en el libro sin caer en spoilers, pero, una vez más, compensaré esa omisión destacando otra faceta del tema.

Si al principio dije que el modo en que Martínez expone la tercera ley de Clarke es más «efectivo» que el del propio Clarke es por el «orden» en que nos expone la relación.

La autora lo explica en su making of al referirse a la primera versión de Los dioses de Amarán:

«En mi “genialidad” amateur, decidí que la novela arrancaría con una primera parte en la que todo indicase que se trataba de una historia de corte fantástico, mientras que en la segunda, ¡zasca!, el lector descubría que en realidad iba de ciencia ficción».

En efecto, en los tres escenarios que he explicado la estrategia de Martínez es la misma… ¡y vaya si funciona! Nos presenta la tecnología desde la perspectiva de la sociedad que la asume como «magia» para que al ver sus efectos nos situemos en un contexto de fantasía. Solo después, al introducir la mirada extraña —alienígena— de quienes han creado o dominan esa tecnología, entendemos que en realidad nos hallamos ante la tercera ley de Clarke.

 

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Fotografía realizada por Boris Smokrovic y publicada en Unsplash.

 

Sobre los referentes

En los agradecimientos, al final del libro, Felicidad Martínez escribe lo siguiente:

«A Orson Scott Card por La voz de los muertos y Ender el xenocida. Fueron estas dos novelas las que despertaron mi interés tanto por la especulación social como por la “visión extraterrestre”. (…)

A Clive Barker por proporcionarme la pesadilla más angustiosa que he experimentado en mi vida y obligarme a pensar en una manera de racionalizar el miedo y purgarlo a toda costa. Duermo mejor, pero no más tranquila».

Es indudable que esos dos referentes están allí. Sin embargo, mientras leía La mirada extraña, los «referentes» que me parecieron más explícitos fueron Los cantos de Hyperion, de Dan Simmons, y las novelas del Ciclo de Ekumen e Historias de Terramar, de Urusula K. Le Guin.

Lo interesante del asunto es que, respecto a los primeros, no he encontrado ningún comentario de la autora, y en lo que se refiere a Ursula K. Le Guin, tanto la entrevista ya citada en Neo Nostromo como la publicada por Elías Combarro en Sense of Wonder, desmienten esa impresión.

La pregunta de Elías hace referencia a «La textura de las palabras», un cuento de Felicidad Martínez que se desarrolla en el universo de Akasa-puspa, sin embargo, podría trasladarse sin problema a Los dioses de Amarán.

«OdoLeyendo tu relato es imposible no acordarse de escritoras como Ursula K. Le Guin. ¿Es una de tus influencias? ¿Qué otros autores admiras y crees que han influido en tu obra?

FM: Siendo sincera, de Le Guin sólo he leído Los desposeídos. En principio lo tenía todo para que me gustara. Dos sociedades diferentes, un choque cultural… Pero la verdad es que no me entusiasmó demasiado».

Saberlo me ha hecho reflexionar sobre las fuentes del estilo.

Sin restarle importancia a la lectura como herramienta esencial en la formación de un escritor, es probable que la construcción del estilo dependa mucho más de las experiencias personales que de las literarias. Como plantea Silvia Adela Kohan en Para escribir una novela:

«En el primer párrafo de una novela, ya se percibe el estilo literario. Es el estilo de vida del escritor, punto de partida y de llegada.

¿De dónde proviene?

De una serie de condicionamientos interiores. Básicamente, de la experiencia vivida y sentida, de cómo ves la vida. Es producto de tu manera de pensar, de concebir el mundo, de imaginar el futuro».

Visto así, de lo que no cabe duda es de que, al margen de sus gustos literarios, el estilo de Felicidad Martínez (¿su manera de pensar?, ¿de imaginar el futuro?) tiene muchos puntos en común con el de Ursula K. Le Guin.

 

Dioses imperfectos

Los temas que expondré a partir de aquí son transversales. Se expresan de un modo u otro en todas las historias; las unifican.

De todos ellos, probablemente el más llamativo sea el concepto de «dioses imperfectos». Martínez aborda lo divino en todas sus acepciones —dios, salvador, creador, espíritu universal, reina madre, iluminado— dependiendo no tanto de la naturaleza del ser superior como de las características de la sociedad que lo venera. Pero la idea común a todas esas manifestaciones es que, en última instancia, el creador es también una criatura y, por lo tanto, imperfecto.

Son muchas las formas en que se expresa a lo largo del libro, pero la más explícita es el diálogo que transcribiré a continuación. (No lo pondré en contexto, una vez más, para no hacer spoilers).

«—No tengo queja alguna del trato recibido. (…) Sencillamente, es el momento oportuno para pagar por mis errores.

—¿Errores? Eres una divinidad. Es imposible que hayas hecho algo mal.

(…)

—Escúchame bien (…). Los dioses también se equivocan, así que desconfía de la deidad que no lo admite ni tiene el valor de pagar por ello. Si no muestra ese respeto, esa consideración, es un mal dios que no merece ser venerado, o… es una invención».

No se me ocurre forma más clara de decirlo.

 

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Fotografía realizada por Rosie Kerr y publicada en Unsplash.

 

Dialéctica

Otro de los grandes aciertos de La mirada extraña es que expone sus principales conflictos de forma dialéctica. Ya lo vimos al hablar de el conflicto entre la sociedad patriarcal y la matriarcal en Fuego Cruzado, pero lo mismo sucede con muchos otros debates de carácter filosófico.

Aprovechando la existencia de distintas especies, distintas razas dentro de una misma especie, y distintas facciones dentro de un mismo pueblo, Felicidad Martínez casi siempre consigue brindarle argumentos a las distintas tesis en conflicto. Contraponer perspectivas, como explica en su making of:

«Recalcar la importancia de la perspectiva [fue] algo, para mí, fundamental en la intención/concepción de La mirada extraña».

Sin duda, los análisis más agudos del libro se encuentran en los diálogos que contraponen conceptos opuestos: el determinismo frente al libre albedrío; la dialéctica cuerpo/mente; el ser individual frente el ente colectivo; la tradición ante la innovación.

En ciertas ocasiones, tesis y antítesis logran una síntesis; en otras no. Pero esos cruces dialécticos no son ejercicios intelectuales: en todos los casos, lo que está en juego es la supervivencia de una especie.

En manos de Martínez la dialéctica es una herramienta tan potente que, cuando no la emplea (como en oposición aristocracia ilustrada / populismo igualador, donde solo expone la perspectiva aristocrática), la novela se resiente.

 

La (verdadera) mirada extraña

He dejado para el final el tema que, a mi entender, no solo unifica al conjunto (justificando, de paso, su estructura), sino que convierte al libro en mucho más que una especulación sociológica. Este tema demuestra que, incluso hablando de alienígenas, la literatura no hace otra cosa que reflexionar sobre nosotros mismos y nuestro lugar en el universo.

Porque la verdadera mirada extraña —el extrañamiento al que arriban los personajes al final de todas las historias, da igual la especie que la protagonice— es la contemplación del universo sin el filtro del condicionamiento social. Observar nuestro verdadero lugar en el cosmos, nuestra importancia relativa en su escala de espacio y de tiempo. Esa aceptación, esa relativización de los conflictos que los abarcan (incluso si en ellos se juegan la supervivencia de la especie) es el tema central del libro; su leitmotiv. Y como todo leitmotiv, presenta variaciones en las distintas historias; desde la aceptación coherente del fin hasta la búsqueda de la trascendencia; desde el reconocimiento de nuestra nimiedad en el cosmos hasta la reivindicación de nuestra singularidad.

Solo por esas reflexiones finales, La mirada extraña ya es un libro imprescindible. Como es lógico, exponerlas aquí sería el mayor de los spoilers, pero no me resisto a extractar unas líneas de su última novela corta (La perversión de la luz) para cerrar este artículo.

«Maldito seas, Nom. (…) Eres un dios de mierda. Ni mejor ni peor que los que se inventan otras especies para justificar su existencia. ¿Qué mérito tienes?, ¿eh? ¿Insuflar vida para desentenderte después? ¿Lanzar los dados del azar para que algunos soñemos con ser especiales sin serlo en realidad? Al final, es el conjunto de las acciones de un grupo de individuos el que marca nuestro destino, no tú; toda la responsabilidad recae en nuestros actos mientras te limitas a mirar, a ser un espectador omnipresente. Para eso, mejor no hacerte notar. (…) ¡Y me resbala que en realidad te manejes en otros tiempos, que trabajes con múltiples macrodatos! Soy así de egoísta, ¿qué quieres que te diga?; la empatía me pierde. Puede que esté pensando en pequeño comparado con lo que sabes o ves, pero eso no le resta importancia a lo que está pasando. Pensar en el sufrimiento de los demás, padecer por él, sea de un individuo o de millones, me convierte en alguien mucho mejor que tú, que solo nos ves como moléculas, como una interacción de átomos y partículas».

No me dirás que no es una maravillosa reivindicación de lo que nos hace humanos… aunque la exponga un alienígena.

 

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Fotografía realizada por Brian McMahon y publicada en Unsplash.

 

NOTA:La foto de cabecera es un collage en base a una fotografía de Crystal Huff publicada en Unsplash.

 

 

 

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