Mi primer acercamiento a Stalker (o La Zona) fue a través de la adaptación de Andrei Tarkovsky: una película de ciencia ficción metafísica que en su momento me fascinó.

Así que, cuando la editorial Gigamesh tuvo la gentileza de preguntarme si quería algún título de su catálogo (cosa que quiero agradecer públicamente), no dudé en pedirles que me enviaran Stalker. Pícnic extraterrestre, de Arkadi y Borís Strugatski (con la flamante traducción del ruso de Raquel Marqués, y la revisión de Alejo Cuervo e Irene Vidal).

Dado que la película de Tarkovsky es, en última instancia, una metáfora de la quimérica búsqueda de la felicidad por parte del ser humano, di por hecho que la novela en la que se basaba también lo sería… Quizás por eso el libro me ha sorprendido tanto. Porque Pícnic extraterrestre enfoca su relato desde una perspectiva radicalmente distinta: la sátira política.

Y es ese enfoque el que quiero resaltar a lo largo de estas líneas.

 

 

Pícnic extraterrestre 1

 

Pequeño apunte biográfico

Salvo que sea imprescindible, no suelo incluir las biografías de los autores. Si no me equivoco, hasta ahora solo lo he hecho al hablar de Nosotros, de Evgueni Ivánovich Zamiátin, La guerra interminable, de Joe Haldeman, y Matadero Cinco, de Kurt Vonnegut, y en los tres casos fue porque la obra estaba directamenteasociada a las vivencias de sus autores.

En ese sentido, a primera vista no parecería que Pícnic extraterrestre tenga relación con las vivencias de los hermanos Strugatski. ¿Qué relación puede tener una historia sobre un hombre que entra en una zona visitada por extraterrestres con un intérprete y un astrónomo que se juntaban en sus ratos libres a escribir ciencia ficción?

De todos modos, deja que te cuente algunos apuntes biográficos. Te prometo que más tarde verás por qué.

Arkadi Strugatski nació en Georgia en 1925 y su hermano, Borís, en Rusia en 1931. Ambos vivieron su infancia durante el régimen estalinista de la década del 30, la adolescencia durante la Segunda Guerra Mundial (o la Gran Guerra Patria, como la llaman los rusos), sufrieron en primera persona el cerco de Leningrado, y fueron adultos en la URSS de la Guerra Fría.

Ambos vieron caer el muro de Berlín (y con él el régimen) en 1989…, aunque Arkadi falleció en Moscú solo dos años después.

Ese fue el contexto en el que los hermanos Strugatski vivieron y en el que escribieron sus obras. Y, como veremos más adelante, ese es el contexto que reflejan en Pícnic extraterrestre…, por mucho que la historia se desarrolle (supuestamente) en algún sitio recóndito de América del Norte.

 

La ciencia ficción es política

En un magnífico artículo para la Revista Librújula titulado «Ciencia ficción y política… ¿Quién dijo que la CF era escapista?», Antonio Torrubia retrotrae los vínculos entre ambas disciplinas a mucho antes de que la ciencia ficción adquiriera su nombre:

«Desde sus inicios, la literatura de ciencia ficción ha estado entroncada con la política. Incluso antes de conocerse como tal, Thomas More con su De optimo reipublicae statu, deque nova insula Utopiae ya hizo ciencia ficción política. (…) En esta obra se ejercía una crítica al orden social establecido en la Europa del siglo XVI y una de las mejores ediciones para conocerla se encuentra en la Editorial Ariel (2016), con textos de Ursula K. Le Guin y una magnífica introducción de China Miéville».

Dado que leí este párrafo poco antes empezar Pícnic extraterrestre, el primer indicio de que la novela iba a estar enfocada desde una perspectiva «terrenal» me lo dio el hecho de que el prólogo de Ursula K. Le Guin (también presente aquí) dijera que:

«La ciencia ficción se presta a subvertir cualquier statu quo mediante la imaginación. Burócratas y políticos, que no pueden permitirse cultivar la imaginación, tienden a asumir que todo son pistolas de rayos y tonterías graciosas para críos».

En otras palabras, para hablar de Pícnic extraterrestre, Le Guin retoma el vínculo entre ciencia ficción y política, y responde a la pregunta de Torrubia: «¿quién dijo que la CF era escapista?».

Con todo, el hecho de que «burócratas y políticos» asocien la ciencia ficción a «tonterías graciosas para críos» también tiene sus ventajas porque —volviendo al régimen soviético dentro del que se escribió la novela— Le Guin aclara que:

«Las críticas a la utopía tenían que ser tan flagrantes como la que llevó a cabo Zamiátin en Nosotros para que el censor les cayera encima. Los hermanos Strugatsky no eran flagrantes».

En efecto, Arkadi y Borís Strugatsky no eran «flagrantes»; lo que no significa que no fueran críticos. Y para lograr que sus críticas salvaran la censura, sustituyeron el enfoque alegórico de Zamiátin por un discurso satírico disfrazado de ciencia ficción.

Un discurso que salta a la luz con solo rascar un poco.

 

Pícnic extraterrestre 2

 

Victoria pírrica

Claro que una cosa es salvar la censura, y otra distinta, no tener que lidiar con ella.

En el «Comentario de Borís Strugatski» que sigue a la novela, el autor resume el kafkiano proceso de ocho años en el que él y su hermano se vieron inmersos para conseguir publicar Pícnic extraterrestre como libro independiente.

En su artículo (en el que no emplea en ningún momento la palabra «censura», o «censurador»), Borís Strugatski incluso se sorprende de lo ocurrido:

«Seguramente la novela tenía sus defectos, pero también sus evidentes virtudes (…) y además no contenía ningún ataque al régimen imperante, sino al contrario: más bien se situaba en la corriente ideológica antiburguesa dominante… Así pues, ¿por qué misteriosos motivos (¿místicos?, ¿infernales?) estuvo condenada a pasar en la editorial nada menos que ocho años y pico?»

Transcribo esta cita como un ejercicio de honestidad porque lo que voy a argumentar contradice explícitamente la opinión del autor. Según él, los «misteriosos motivos» no habría que buscarlos en un posible ataque al «régimen imperante», sino en la mojigatería de la que el régimen hacía gala:

«Conservo un documento curioso: las notas de la editorial acerca del lenguaje, páginapor página. En total había unas dieciocho páginas (¡!) divididas en “Notas sobre la conducta amoral de los personajes”, “Notas sobre violencia física” y “Notas sobre vulgarismos y jerga”. (…) “Desde luego —se comunicaba en la carta adjunta de los editores—, solo hemos anotado aquellas expresiones y palabras que, a nuestro parecer, deben eliminarse o cambiarse. Estas indicaciones se dan ante todo porque el libro va dirigido a jóvenes y adolescentes, a los komsomoles, que ven en la literatura soviética un manual de moralidad, una guía para la vida”».

No me cabe duda de que esos argumentos hayan sido la excusa dada por «los cobardes, los estúpidos, los delatores y los canallas» (son palabras textuales de Borís Strugatski) para escurrir el bulto y no publicar la novela. Pero tras leerla estoy convencido de que la razón principal de tal dilación (aunque sus propios autores no la hubieran visto, cosa que dudo) fue su crítica, velada pero feroz, al régimen.

Con todo, como plantea Strugatski, al final…

«Los autores vencieron. Fue uno de los casos más raros de la historia de la práctica editorial soviética. La editorial no quería sacar un libro, pero los autores se impusieron».

Claro que, tras la «incalculable cantidad energía malgastada en tonterías» la satisfacción por la victoria solo puede ser parcial.

«Sí, los autores vencieron, es cierto. Pero fue una victoria pírrica».

 

Un par de aclaraciones

Antes de analizar Pícnic extraterrestre como una sátira política debo hacer dos puntualizaciones.

En primer lugar, como toda buena novela, Pícnic extraterrestre no es solo una sátira política. El libro ofrece muchas otras lecturas. Puede ser leído como una mera aventura; como una historia de primer contacto fallido, o incluso como una cura de humildad sobre nuestro lugar en el cosmos.

En su prólogo, Le Guin plantea que:

«La idea de que la especie humana pueda resultar de nulo interés para una especie “más avanzada” podría conducir fácilmente al sarcasmo abierto, pero el tono de los autores permanece irónico, simpático y compasivo. Su complejidad ética e intelectual se revela, avanzada la novela, en una brillante conversación entre un científico y un empleado desilusionado del instituto sobre el significado y las implicaciones de la visita alienígena».

Todas esas lecturas están presentes, y no dudo que podrían hallarse más. Si he decidido enfocar este análisis desde la perspectiva de la sátira política es porque ha sido el aspecto del libro que más me ha sorprendido. En especial, porque no me lo esperaba.

Lo siguiente que debo advertir es que, para mostrar dichos elementos satíricos, no voy a tener más remedio que desvelarlos. Y si bien una cosa es hablar de los elementos que componen la trama y otra, resumirla, en algunos casos voy a tener que exponer hechos concretos porque forman parte de la sátira.

Con todo, en esta ocasión no tengo claro si recomendarte no seguir con el artículo hasta que hayas leído el libro. Conocer sus elementos satíricos antes de iniciar su lectura puede mostrarte una capa de significado superpuesta, que a primera vista no resulta evidente y que no revela los giros de la trama… Al fin y al cabo, los hermanos Strugatski tenían que salvar la censura.

 

Pícnic extraterrestre 3

 

Definiendo el tono

Muchos manuales de escritura plantean que el primer capítulo de una novela, además de atrapar al lector, debe definir el enfoque general de la obra. Su «tono»; las expectativas que el lector debería hacerse y que luego la obra debe cumplir.

De ser así, el enfoque satírico de Pícnic extraterrestre sería central, porque resulta evidente desde sus primeros párrafos.

El subtítulo del prólogo no podría ser más técnico:

«Extracto de la entrevista al doctor Valentine Pillman, recientemente galardonado con el Premio Nobel de Física de 19…, realizada por un enviado especial de Radio Harmont».

Sin embargo, tras un título tan serio, las primeras frases de la entrevista son las siguientes:

«—Doctor Pillman, el llamado radiante de Pillman es su primer descubrimiento importante, ¿no es así?

—La verdad es que no. El radiante de Pillman no ha sido el primero, ni es importante, ni en el fondo es un descubrimiento. Y desde luego no es mío.

—¿Lo dice en serio, doctor? Pero si el radiante de Pillman es una noción que conocen hasta los colegiales…

—No tiene nada de extraño. De hecho, el radiante de Pillman lo descubrió un colegial».

A los hermanos Strugatski le bastan dos intercambios de diálogo para mostrarnos que, tras la ciencia ficción de la obra, se esconde una seriedad bufa digna de Les Luthiers. Y si esto es así con los personajes científicos, ¿qué podemos esperar del resto?

Hasta ahora he utilizado la palabra «sátira» con bastante impunidad. Pero ¿qué significa literalmente «sátira»?

Según la segunda acepción de la RAE, sátira es el «discurso agudo, picante y mordaz, dirigido a censurar o ridiculizar»… Lo de que Pícnic extraterrestre es una novela «picante y mordaz» ya les había quedado claro a los (auto)censores que escribieron sus «Notas…». Lo que intentaré mostrar a partir de aquí es la agudeza de su discurso y, en particular, qué es aquello que ridiculiza.

 

La Zona

El contexto de la novela puede resumirse fácilmente. Años atrás, unos extraterrestres «visitaron» distintas zonas del planeta como si fueran excursionistas de pícnic y, al retirarse, dejaron atrás los restos de su estancia del mismo modo en que un excursionista despreocupado podría dejarse el envoltorio de su sándwich. Además, en las Zonas de las «visitaciones» ocurrieron (y siguen ocurriendo) fenómenos extraños. Así que, para entender el escenario de la sátira, debemos ver qué dice la novela respecto a dichos fenómenos.

Para hacerlo debo partir de un supuesto que intentaré demostrar en lo que queda de artículo: que la Zona es un trasunto del régimen soviético.

Lo sé, lo sé: es suponer demasiado. Pero sígueme el juego unos minutos mientras hablamos de los fenómenos que se producen en la Zona… Y recuerda que la famosa frase «una revolución no es un pícnic» suele atribuírsele a Stalin.

Dentro del sector visitado por los extraterrestres el mundo parece haber perdido su lógica. Sin previo aviso puedes hallarte en un punto donde la gravedad se concentra (un «claro de mosquitos» o «graviconcentrado») y ser aplastado sin más… O puede que haya un carrito de bebé delante de una puerta, inofensivo sin no fuera por las antenas…  O puede que una telaraña plateada te roce la espalda y al rato sufras un ataque cardíaco… (De esas sigue habiendo hoy en día, basta con ver las noticias).

En semejante escenario, el único modo de sobrevivir es volverte un poco paranoico y estar pendiente todo el tiempo de lo que ocurre a tu alrededor. Y acostumbrar la vista a la oscuridad.

Especialmente reveladora es la descripción que hace el protagonista de los barrios que quedaron atrapados.

«Y luego están los barrios donde la gente se quedó ciega. Ahora se llaman el Primer Barrio Ciego, el Segundo Barrio Ciego y el Tercer Barrio Ciego. No es que perdieran la vista del todo, sino que sufrían una especie de ceguera nocturna. Entre otras cosas, cuentan que no quedaron ciegos por un fogonazo (aunque dicen que también hubo un fogonazo), sino por un ruido tremendo. Dicen que fue tan fuerte que se quedaron todos ciegos de golpe».

Según parece, durante la época de las purgas estalinistas ese tipo de ceguera fue bastante común.

 

Pícnic extraterrestre 4

 

El ruso verdadero

El segundo capítulo de la novela relata una expedición a la Zona y sus consecuencias. Pero conviene que nos detengamos un instante los tres personajes que realizan la incursión.

En primero es Kiril Panov, el ruso verdadero… Y conste que lo digo de forma literal. La novela se desarrolla en América del Norte, por lo que el único personaje ruso es Kiril Panov. (Sobre esto hay una divertida ironía, los editores que impedían que se publicara el libro querían que lo llamaran «soviético»…, e imagino que los hermanos Strugatski no quisieron hacerlo para no resultar alevosos).

Panov estudia fascinado un objeto extraterrestre extraído de la Zona: «un vacío» (sic.). Y como no consigue entenderlo, decide convencer a los otros para ir a buscar a la Zona ¡«un vacío lleno»! (No me digas que no tiene gracia).

¿Y por qué está allí? ¿Por qué ha decidido irse a vivir a un pueblo decrépito en mitad de la nada para estudiar los objetos de la Zona? Su explicación, puesta en boca de otro personaje, en la siguiente:

«—Nuestra ciudad es un agujero. Siempre lo ha sido y siempre lo será. Pero es un agujero hacia el futuro. Y de él vamos a sacar un montón de cosas para cambiar su mundo podrido. La vida será distinta, justa, y todo el mundo tendrá lo que necesita. De él sale conocimiento. Y cuando tengamos conocimiento nos volveremos todos ricos, volaremos a las estrellas y llegaremos adonde queramos. Así es nuestro agujero».

Teniendo en cuenta que los hermanos Strugatski escribieron Pícnic extraterrestre en 1970, lo de «volaremos a las estrellas» fue un golpe bajo. Pero volviendo al personaje de Kiril Panov, en efecto es el «verdadero ruso», el que representa los ideales del régimen. Aunque vale la pena transcribir la opinión que tiene de él el protagonista del libro:

«Claro que está muy bien que Kiril diga que la Zona nos traerá la paz eterna y un clima ideal. Kiril es un tío cojonudo. Nadie piensa que sea tonto; al contrario, es listo como él solo, pero no tiene ni idea de la vida. No puede ni imaginarse qué clase de chusma merodea alrededor de la Zona».

Pues eso… Lo que le ocurre a Panov también forma parte de la sátira política, pero no lo explicaré para no estropear la sorpresa.

 

El blando

El segundo expedicionario es el señor Tender…, un apellido como cualquier otro (al fin y al cabo, la historia se desarrolla en América del Norte) si no fuera por el pequeño detalle de que Arkadi Strugatski era intérprete de inglés y japonés.

Si te pones a hurgar, descubrirás que algunos nombres de la novela han sido escogidos con mucha mala baba. Algunos juegos de palabras resultan evidentes y otros, estoy seguro, se me han escapado, pero hablemos del señor Blando, un personaje «un poco viejo» y que «tiene hijos» que prefiere no meterse en la Zona, aunque en la práctica trabaje para ella. Tender es el típico funcionario sin el que las cosas no podrían funcionar, aunque no profese ideología alguna ni quiera ensuciarse las manos.

En cualquier caso, si no tiene más remedio que entrar en la Zona prefiere ver las cosas desde arriba (desde un aerodeslizador, para ser precisos) sin poner los pies en la tierra en ningún momento.

 

Redrick Schuhart

El protagonista de la novela (y tercer expedicionario) nació en el pueblo de Harmont (donde se ubica la Zona) y por lo tanto no es un «ruso verdadero» como Panov; sin embargo, su apodo es Red, y por si quedaba alguna duda es pelirrojo.

Redrick Schuhart es el rojo de a pie. Ese que se buscan la vida en la Zona porque no pueden hacer otra cosa, porque han nacido allí. Ese al que la experiencia le ha brindado un sexto sentido para moverse con tiento en un ambiente peligro y sacar, de vez en cuando, algún «regalito» (como llama a los objetos extraterrestres) con el que medrar.

Porque Red es un stalker; un acechador. No se cree a pies juntillas la ideología («No me gusta repetir palabras de otros, ni aunque esas palabras me gusten. Además, en mi boca el discurso no sonaba natural»), pero ama su tierra y no está dispuesto a dejarla («Nuestra Zona, esa cerda canalla y asesina, en aquel momento me era mil veces más querida que todas las Europas y Áfricas»). Su vida está intrínsecamente ligada a la Zona. Es su entorno, aunque pueda matarlo… Y además, él es el único que sabe dónde encontrar el vacío lleno, aunque solo le interese por su valor económico.

 

Pícnic extraterrestre 5

 

Personajes secundarios

A través de los nombres, las actitudes, y en particular de los diálogos de los personajes secundarios, los hermanos Strugatski consiguen expandir su sátira política hacia otras esferas.

Veamos tres ejemplos.

Uno de los colegas de bar de Red se apoda Betún. Le llaman así porque su piel es tan oscura como… la sotana de un cura ortodoxo. Y la comparación no es baladí porque a través de Betún se expresa el complejo vínculo entre la Zona y la religión.

«—A vosotros, hijos de los hombres seducidos por Satanás, que jugáis con sus juguetes, que ansiáis sus tesoros, yo os digo: ¡estáis ciegos! (…) —De repente se interrumpe como si hubiera olvidado lo que iba a decir—. (…) Pelirrojo, ¿sabes que me han vuelto a echar del trabajo? Dicen que soy un agitador. Yo les estaba diciendo: “¡Recapacitad, ciegos de vosotros! ¡Os caeréis por el abismo y arrastraréis a otros ciegos detrás!”. Y ellos se reían. Bah, le pegué una hostia al jefe y me largué. Ahora me encerrarán».

Otro maravilloso personaje secundario es Alois McNaught, el agente de la Oficina de Emigración. Un personaje muy occidental que, en palabras de Red, «da la lata a la gente para que se vaya de la ciudad».

Seguro que su discurso te sonará:

«—No entenderé nunca a los harmontenses. (…) La vida en esta ciudad es difícil. Los militares tienen el poder. Las provisiones son escasas. Tener la Zona al lado es como vivir junto a un volcán. (…) Entiendo que los viejos no quieran marcharse del lugar en que han pasado toda su vida, pero usted… (…) Supongo que sabe que nuestra agencia es una organización filantrópica y que no obtenemos ningún beneficio con ella. Lo único que deseamos es que la gente se marche de este infierno y que viva una vida normal».

Los cantos de sirena sonarían muy bien si no fuera por un pequeño detalle: quien los dice es Alois McNaught, y «naught» en ingles significa «nada», «cero». Porque para los hermanos Strugatski, las filantrópicas promesas de una vida mejor en otra parte son tan vacías como el vacío de la Zona… Y al menos el de la Zona está lleno.

Por último, hablaré del Buitre Burbridge, un veterano stalker que, a fuerza de pasar sobre los cadáveres de sus compañeros, se ha convertido en un oligarca. Un magnate local que blanquea sus incursiones con negocios legales. Un matón de pies de gelatina (sic.) que se codea con el poder militar y político, y al que (eso sí) le han salido unos hijos hermosos.

Vale la pena que profundicemos en esto:

Vista en perspectiva, resulta admirable la capacidad visionaria de los hermanos Strugatski que, a principios de la década del 70, ya reconocían que el futuro hermoso pertenecía a los oligarcas, mientras que las nuevas generaciones de «rojos» eran más hijas de la Zona que de sus padres… Incluso se permiten jugar con el concepto de «ultracuerpos»: el referente más explícito al comunismo de la ciencia ficción de la época.

«De repente lo asaltó un pensamiento siniestro: es una invasión. No pueden cambiarnos, pero pueden penetrar en el cuerpo de nuestros hijos y transformarlos a su imagen y semejanza. Lo sacudió un escalofrío, pero entonces recordó que había leído algo parecido en algún sitio, en un libro de bolsillo de cubierta chillona y estridente, y se aplacó un poco. La imaginación no tiene límites. Y después la realidad nunca tiene que ver con lo que uno ha imaginado».

 

Pícnic extraterrestre 6

 

La Bola Dorada

La sátira de los Strugatski es tan refinada que podría pasarme horas extrayendo ejemplos. Pero creo que la idea ya ha quedado clara y prefiero no desvelarte más de la cuenta.

No me resisto a exponer, sin embargo, la idea que subyace bajo el último capítulo, donde la sátira política alcanza su cima. Obviamente, no resumiré la aventura, ni hablaré de los motivos que la desencadenan (aunque también formen parte de la sátira). Solo expondré el planteamiento de la broma. Esa que nos deja una sonrisa incómoda atragantada en la garganta.

Antes de despedirse (y de que «todo el mundo se marche contento»), los hermanos Strugatski toman al rojo de a pie; ese que ha tenido que rodear una opresión aplastante; ese al que luego le ha caído fuego del cielo y más tarde ha tenido que hundirse en la mierda hasta las cejas (todo esto es literal… y no se me ocurre mejor descripción histórica de lo que les tocó vivir)… Como decía, toman a ese rojo de a pie y le plantean una simple pregunta: si la Zona contuviera lo que promete y convirtiera en realidad tus deseos, ¿qué desearías?

La respuesta es la broma más agria que he leído en mucho tiempo.

 

Las revanchas del arte

Visto lo visto, no es de extrañar que los editores hayan censurado su publicación durante más de ocho años.

Y entiendo la rabia de Borís Strugatski, quien incluso estuvo tentado a escribir un relato sobre las vicisitudes que sufrió la novela.

Pero al final no lo hizo.

Y no lo hizo porque esos cretinos no merecían su esfuerzo.

«¿Para qué hablar de los más pequeños, de la muchedumbre chillona y mezquina de funcionarios ideológicos, del sinfín de demonios de la ideología que causaron un daño incalculable, cuya maldad y vileza requiere una pluma (…) mucho más experimentada, poderosa y aguda que la mía? Ni siquiera quiero mencionarlos. Que los engulla el pasado, como espíritus malignos de la noche, y desaparezcan para siempre…»

Como lector de esta sátira maravillosa en el siglo XXI, no puedo más que asentir con una media sonrisa que sabe a revancha. ¡Sí, que desaparezcan! Que para recordarnos con genial ironía lo que fueron esos años terribles ya tenemos Pícnic extraterrestre, de Arkadi y Borís Strugatski.

 

Pícnic extraterrestre 7

 

 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.