Creo que es la primera vez que me pasa.

Ian McEwan es un autor al que sigo desde hace tiempo, y dado que cada vez que se traduce una de sus novelas los medios tradicionales se encargan de difundirla, a la hora de leerla suelo tener una idea bastante clara de lo que voy a encontrar.

Pero en esta ocasión me sucedió lo contrario. Husmeando en una plataforma de audiolibros a la que estoy suscrito descubrí que acababa de publicar una nueva novela de la que no sabía nada… y, por si fuera poco, la imagen de portada era muy sugerente.

Sobre fondo negro, resaltaba el rostro y los hombros de un ser de apariencia humana, pero con el grado justo de artificialidad para conducir a quien lo observaba al «valle inquietante», ese territorio en el que lo demasiado parecido deja de causar empatía para generar repulsión.

El título del libro recalcaba esa idea: Machines Like Me (Vintage, 2019).

Obviamente, lo primero que hice fue leer de qué iba, y cuando descubrí que McEwan acababa de publicar una novela de ciencia ficción (¡de ciencia ficción!), decidí que iba a ser mi próxima audiolectura.

Y de hecho lo fue…, hasta que un súbito cambio de política sobre la geolocalización de contenidos me dejó con la lectura a medias.

Tuve que esperar a ir a España para descargarla y audioleerla y, para entonces, ya había tenido acceso a bastante información sobre el libro.

La suficiente, al menos, para estar al tanto de una polémica que viene de lejos.

 

maniquí 1
Fotografía realizada por Markus Spiske y publicada en Unsplash.

 

¿La ciencia ficción no es literatura?

Todo comenzó con un comentario desafortunado.

En una entrevista realizada por Tim Addams para The Guardian —con motivo de la publicación de la novela— Ian McEwan planteó que:

«Podría haber una apertura de un espacio mental para que los novelistas exploren este futuro, no en términos de viajar a 10 veces la velocidad de la luz en botas antigravitatorias, sino en el de observar los dilemas humanos al estar cerca de algo que sabes que es artificial pero que piensa como tú. Si una máquina parece un ser humano o no se nota la diferencia, es mejor que empieces a pensar si tiene responsabilidades y derechos, y todo lo demás».

Así, en una sola frase, retrató dos aspectos de una misma condescendencia con la que la ciencia ficción ha tenido que lidiar durante años.

La primera la expresa muy bien Sara Ditum en su artículo «‘It drives writers mad’: why are authors still sniffy about sci-fi?» (también publicado en The Guardian):

«Hay, como muchos lectores notaron, una bocanada de esnobismo de género aquí, con McEwan dibujando un límite impermeable entre la ficción literaria y la ciencia ficción, y colocándose firmemente en el lado respetable de la línea».

Pero además se percibe una segunda faceta que, en lo personal, me resulta más curiosa. A autores de la talla de Ian McEwan (y vuelvo a recalcar que es un autor al que admiro) se los percibe como intelectuales; y resulta cuando menos irónico que alguien pretenda reafirmar su cultura recalcando su ignorancia.

Porque dar a entender que Machines Like Me abre el camino para el análisis de las interacciones éticas entre humanos e inteligencias artificiales implica admitir que se desconoce una larguísima tradición literaria, con ejemplos tan destacados como El hombre bicentenario, de Isaac Asimov (desde la perspectiva de la I.A./robot); ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, de Philip K. Dick (desde la perspectiva humana); o más recientemente Speak, de Louisa Hall.

Por no hablar, por supuesto, de una vastísima producción audiovisual (que los guiones también se escriben, como bien sabe McEwan) con obras del calibre de 2001: una odisea del espacio, de Stanley Kubrick; Blade Runner, de Ridley Scott; A.I., de Steven Spielberg (con guion, por cierto, de Ian Watson); Her, de Spike Jonze o Ex Machina, de Alex Garland (que es novelista además de director).

Obviamente, nadie dispone de tiempo suficiente para leerlo y verlo todo; pero si un escritor de ciencia ficción escribiera una novela de amor trágico y dijera que eso podría abrir «un espacio mental para que los escritores exploren este futuro, no en términos» de mallas y duelos, «sino en el de observar los dilemas humanos al estar cerca de» un amor imposible, más de un crítico se le reiría en la cara.

 

Literatura de ciencia ficción

Dicho esto, y tras haber leído Machines Like Me, debo aclarar que el libro me ha gustado. De hecho, me ha parecido una excelente novela de ciencia ficción.

Como bien dice el texto de contraportada de la edición que publicará Anagrama el próximo cuatro de septiembre:

«Ian McEwan afronta otra propuesta osada y ambiciosa, en la que se sirve de la ciencia ficción para lanzar algunas preguntas inquietantes: ¿qué es en definitiva lo que nos hace humanos? ¿Dónde están los límites éticos de la inteligencia artificial? ¿El fin justifica los medios? ¿Puede una máquina llegar a entender y juzgar la complejidad moral de las decisiones de un ser humano?»

Estas preguntas —sobre las que la ciencia ficción viene reflexionando desde hace décadas— son abordadas con notable sutileza en la novela de McEwan. Sin embargo, dado que no puedo hablar de ello sin estropearte su lectura, me centraré en cómo «se sirve de la ciencia ficción» para construir su historia.

 

machines like me 1
Composición en base a una fotografía realizada por Markus Spiske y publicada en Unsplash.

 

Marco de análisis

Son muchos los elementos que definen a Machines Like Me como una novela de ciencia ficción, así que para reducir este artículo a una extensión abarcable he decidido agruparlos en tres categorías:

Primero analizaré su carácter ucrónico (ya solo por eso, siendo coherente con los parámetros en los que se suele encasillar el «género», Machines Like Me debería ser catalogada como «ciencia ficción»), luego expondré alguna de sus reflexiones sobre el devenir de la ciencia y la tecnología (otra de las característica que definen a la «ficción especulativa») y, por último, hablaré (sin hacer spoilers) del novun (la innovación) en el que se sustenta el argumento.

El hecho de que éste no pueda desarrollarse sin la presencia de dicho novum es, de facto, la premisa que emplea el crítico literario Darko Suvin (uno de los principales teóricos en la materia) para definir qué es y qué no es una narración de ciencia ficción («On What Is and Is Not an SF Narration»).

«La ciencia ficción se distingue por el dominio narrativo de una novedad ficticia (novum, innovación) validada tanto por ser continuadora de un cuerpo de cogniciones ya existentes como por ser un «experimento mental» basado en la lógica cognitiva».

Y eso, precisamente, es lo que hace Ian McEwan en su última novela partiendo del novum de la inteligencia artificial, encarnado en el personaje de Adam.

 

Ucronía

En paralelo a la historia central, McEwan se recrea en la descripción de unos años ochenta alternativos. En Machines Like Me, el Reino Unido ha perdido la guerra de las Malvinas, y Alan Turing sigue vivo… ¡y los Beatles se han vuelto a reunir!

McEwan dispersa toda esa información en pequeños fragmentos de historia alternativa escritos con el estilo pedagógico de un ensayo. Obviamente, a mí me ha fascinado —me ha recordado a cierta sección que ha pasado por aquí—, sin embargo, puedo entender las críticas de Laura Miler en su artículo «Ian McEwan Should Read Some Science Fiction»:

«Cualquier escritor que le pida a sus lectores que entren en un mundo imaginario diferente al que nos rodea se enfrenta a un desafío: cómo facilitar al lector esta realidad alterada sin recurrir a largos pasajes de exposición. A lo largo de las décadas, los escritores de ciencia ficción han desarrollado una gama sofisticada de herramientas narrativas para ayudarlos a hacerlo».

Básicamente, para no caer en el infodumping

Pero lo cierto es que dos de los autores más interesantes de la ciencia ficción contemporánea son verdaderos maestros del infodumping (me refiero a Peter F. Hamilton y Ada Palmer), así que no creo que sea justo criticar a McEwan por eso: sus pasajes explicativos se valen por sí mismos, se disfrutan por el interés de lo que cuentan y por el modo en que lo cuentan. E incluso llega a emplearlos para reflexionar sobre la esencia de la ucronía… Recurriendo, por ciento, a un juego muy similar al utilizado por Philip K. Dick en El hombre en el castillo:

«El presente es la más frágil de las construcciones improbables. Podría haber sido distinto: cualquiera de sus partes —o todo él— podría haber sido de otra forma. Desde nuestras preocupaciones más pequeñas hasta las más grandes, qué fáciles son de esconder bajo mundos en los que la uña de mi pie no se hubiera tornado en mi contra, (…) en los que Shakespeare hubiera muerto en la niñez y nadie lo echara de menos, y en los que Estados Unidos hubiera tomado la decisión de tirar sobre una ciudad japonesa la bomba nuclear que había testeado a la perfección. O en los que el comando de las Falklands no se hubiera puesto en marcha, o hubiera retornado victorioso y el país no estuviera de duelo. O en los que Adam fuera ensamblado en un futuro lejano».

 

maniquí 2
Fotografía realizada por Markus Spiske y publicada en Unsplash.

 

Punto Jonbar y traslación temporal

Antes de pasar al siguiente tema, me gustaría detenerme en dos elementos del libro, relativos a la ucronía, que me han llamado la atención.

El primero es su «punto Jonbar», es decir, el punto específico en el que se produce la bifurcación entre la historia real y la historia alternativa.

No desvelo nada que no se explique en la cubierta si digo que el punto Jonbar de Machines Like Me es el no-suicidio de Alan Turing. La trascendencia del matemático inglés en el contexto de la obra es superlativa, como expone este pasaje:

«¿Quién podría igualar a Alan Turing? Todo era suyo: la exposición teórica de la Máquina Universal en los treinta, la posibilidad de la consciencia en las máquinas, su celebrada aportación durante la guerra (algunos dicen que él hizo más que cualquier otro individuo para ganarla, otros aseguran que él, personalmente, redujo su duración en dos años). Después trabajó con Francis Crick en la estructura de las proteínas. Unos años más tarde, con dos amigos del King’s College de Cambridge, resolvería finalmente el problema P versus NP y usaría la solución para diseñar redes neuronales superiores y un revolucionario software para cristalografía de rayos X. Ayudaría a desarrollar los primeros protocolos de internet. Luego la World Wide Web; la famosa colaboración con Hassabis (…) y el torneo de ajedrez. Fundaría, junto a unos jóvenes norteamericanos, una de las compañías más grandes de la era digital. (…) Y a lo largo de todos sus años de trabajo nunca perdió de vista sus comienzos intelectuales, ni dejó de soñar con modelos cada vez mejores de inteligencia general. Pero no obtuvo el premio Nobel».

Emplear el no-fallecimiento de un personaje histórico como punto Jonbar de una ucronía es algo habitual. Pero me interesa destacar que el Londres ucrónico de los ochenta en el que McEwan desarrolla su novela está, en muchos aspectos, más avanzado tecnológicamente que nuestro tiempo. Y el hecho de que ese cambio radical debido a una persona resulte verosímil es, sin duda, una prueba de la maestría del autor.

Lo siguiente que me interesa destacar ya está sugerido en la cita anterior: «la famosa colaboración con Hassabis». Sin embargo, para hacerlo evidente, agregaré otra cita:

«En cuanto a la mente artificial intuitiva, fue pura leyenda urbana. Comenzó a principios de 1968, cuando Alan Turing y su brillante y joven colega, Demis Hassabis, desarrollaron un software que batió a uno de los grandes maestros mundiales del ancestral juego del Go en cinco partidas».

Como es probable que ya sepas, ese hito de la informática tuvo lugar —en nuestra realidad— en 2015, cuando AlphaGo —un software desarrollado por DeepMind Technologies— batió en cinco partidas al campeón europeo de Go, Fan Hui. Dos años después, su sucesor, AlphaGo Master, venció al por entonces número uno del mundo, Ke Jie, en un torneo a tres partidas.

Hasta ahora, nada extraordinario: que una ucronía adelante en décadas un evento tecnológico es bastante común. Pero aquí viene la vuelta de tuerca: Demis Hassabis, el «brillante y joven colega» de Turing en el 1968 de la novela es, en nuestra realidad, el fundador de DeepMind Technologies, la empresa desarrolladora de AlphaGo.

Esta mención de un científico real sugiere un mestizaje muy interesante: si bien Machines Like Me es una ucronía (por desarrollarse en la década de los ochenta), las tecnologías que propone son más propias del Near Future, el subgénero que especula sobre el desarrollo tecnológico en las próximas décadas.

 

machines like me 2
Fotografía realizada por Markus Spiske y publicada en Unsplash.

 

El devenir de la tecnología

Lo que me lleva al siguiente punto que quería analizar: las reflexiones del protagonista —tan propias de la ciencia ficción— sobre la futura evolución tecnológica y nuestro lugar en el cosmos.

A este respecto, McEwan también propone una vuelta de tuerca porque, en lugar de analizar cómo la ciencia y la tecnología influyen en nuestras vidas, se sirve de la especulación científica —al igual que ya hizo en Solar— para incidir en el modo en que nuestra idiosincrasia repercute en la tecnología y en el devenir de la ciencia.

Un buen ejemplo de esta inversión es el siguiente pasaje sobre la llegada de la inteligencia artificial (Recordemos que Adam es el nombre del androide adquirido por el protagonista y narrador de la historia):

«El futuro seguía llegando. Nuestros brillantes juguetes nuevos se oxidaron antes de guardarlos en casa y la vida siguió, más o menos como siempre. ¿Adam se volvería aburrido? No es fácil de decir al tiempo que intentas cuantificar el sesgo de remordimiento. Seguramente, otras personas, otras mentes, puedan seguir fascinándonos. A medida que la gente artificial se volvía más como nosotros, y luego se volvía nosotros, y luego, más que nosotros, nunca hubiéramos podido cansarnos: estaba obligada a sorprendernos. Puede fallarnos en formas que están más allá de nuestros planes; la tragedia es una posibilidad, pero no el aburrimiento».

 

Nuestro lugar en el cosmos

Son muchos los pasajes de Machines Like Me en los que McEwan reflexiona —a través de su personaje— sobre el desarrollo de la ciencia y su influencia en la sociedad.

Sus análisis suelen plantearse como excursos, digresiones, más que como una consecuencia lógica de la trama, y en ocasiones expone ideas trilladas.

Sin embargo, algunos fragmentos son de una lucidez deslumbrante. Como este sobre el modo en que el surgimiento de una inteligencia artificial redefiniría nuestra concepción del lugar que ocupamos en el cosmos.

«Respecto a la consciencia, nuestro último reducto, probablemente estemos en lo correcto al creer que tenemos más que cualquier criatura en la Tierra. Pero la mente, que una vez se reveló contra Dios, está a punto de destronarse a sí misma a través de su fabuloso avance. En la versión resumida, desarrollaremos una máquina solo un poco más lista que nosotros, y luego configuraremos esa máquina para que diseñe otras que estén más allá de nuestra comprensión. ¿Para qué nos necesitarán esas máquinas?»

 

maniquí 3
Fotografía realizada por Markus Spiske y publicada en Unsplash.

 

Novum

Todos los elementos de los que he hablado hasta ahora son secundarios -definen el contexto de la novela, la enriquecen con digresiones-, pero la esencia de la novela reside en la interacción de sus personajes: en el triángulo ético y amoroso que se desarrolla entre Charlie (el narrador), Miranda (su vecina y amante) y Adam (la inteligencia artificial).

Obviamente, no diré nada al respecto: en la sutileza (y perversión) con los que expone los dilemas morales surgidos de ese vínculo radica el placer y la genialidad de la novela.

Sin embargo, es imprescindible señalar que esas interacciones —y, por lo tanto, la trama misma del libro— parten de la existencia de un novum (a primera vista: la inteligencia artificial) y, por lo tanto, Machines Like Me, desde la perspectiva de la crítica académica, es una novela de ciencia ficción.

Ahora bien, si he dicho más arriba que la inteligencia artificial es «a primera vista» el novum de la novela, es porque a lo largo de la misma este se perfila mucho más. De hecho, cuando al fin se define —en boca ni más ni menos que de Alan Turing— lo hace con una claridad reveladora.

Dado que la exposición del novum no revela la trama, traduciré la cita:

«Hay más de un tipo de inteligencia. Comprendimos que era un error tratar de imitar servilmente el tipo de inteligencia humana, perdimos muchísimo tiempo. Ahora podíamos liberar a las máquinas para que sacaran sus propias conclusiones y alcanzaran sus propios resultados. Pero cuando pasamos ese umbral, descubrimos que solo habíamos entrado en la guardería… ni siquiera eso. (…)

El problema es que el ajedrez no es una representación de la vida. Es un sistema cerrado: sus reglas son indiscutibles y prevalecen consistentemente a lo largo de todo el tablero; cada pieza tiene limitaciones bien definidas y acepta su rol; la historia del juego es clara e incontestable en cada etapa, y el final, cuando llega, nunca está en duda. Es un juego de información perfecto. Pero la vida, donde aplicamos nuestra inteligencia, es un sistema abierto: desordenado, lleno de trucos y fintas, y de ambigüedades, y de semejanzas que inducen al error. Y lo mismo sucede con el lenguaje».

En este pasaje se exponen con precisión los dos elementos claves de cualquier acercamiento a la inteligencia artificial: la aceptación de que la vida y el lenguaje son sistemas abiertos en los que el devenir de los acontecimientos es imposible de prever y, sobre todo, el reconocimiento de que la inteligencia artificial será, cuando llegue, un tipo de inteligencia distinto.

Lograr que ese proceso mental extraño —en sus desarrollos analíticos, éticos y emocionales— resulte verosímil y a la vez comprensible (lo suficiente, al menos, para generarnos un mínimo de empatía) es el principal desafío de cualquier obra que ficción que afronte este tema. E Ian McEwan, en Machines Like Me, lo logra con creces.

 

Literatura a secas

Como ya he comentado en algún otro artículo: es probable que el mayor problema para la normalización de los géneros literarios radique en el hecho de haber olvidado que el realismo también es un género.

La literatura de calidad no es exclusiva del realismo —o de la autoficción—, ni toda novela realista tiene per se calidad literaria.

En todos los géneros existen obras destinadas a perdurar, indagaciones que desvelan detalles de nuestro ser hasta entonces desconocidos. Cada género tiene sus herramientas y —como ocurre con cualquier herramienta— su utilidad radica en el empleo que uno le pretenda dar.

En tiempos tan ambiguos e imprevisibles como estos, las herramientas de la ciencia ficción son particularmente útiles a la hora intentar comprender (y especular sobre) nuestras circunstancias. No es casual que, en los últimos años, cada vez sean más los autores «literarios» que se adentran en sus terrenos.

Sospecho que esa fue la intuición que llevó a Ian McEwan a escribir Machines Like Me. Una intuición que —incluso desconociendo el potencial de las herramientas que estaba manejando— le ha permitido escribir una excelente novela.

Y ya van muchas.

 

machines like me 3
Fotografía realizada por Franck V. y publicada en Unsplash.

 

NOTA: La foto de cabecera pertenece a Dimitry Yakovlev y ha sido publicada en Unsplash.

 

 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.