En los últimos meses he tenido la suerte de leer tres distopías excelentes. Una de ellas la he comentado en el penúltimo artículo; la lectura de las otras dos, se la debo a Cristina Macía.

Siendo preciso, debería decir que le debo a Cristina (y al Celsius) haberlas leído a principios de junio —porque a una ya la tenía en la biblioteca y a la otra en el Kindle—, pero mi lista de lecturas pendientes (ese ser omnívoro y movedizo) podría haberlas postergado durante años, y eso hubiera sido imperdonable.

Las cosas sucedieron así. A mediados de mayo, con el hype por el inminente Celsius a la altura de la ionósfera, escuché el episodio de Los Verdhugos en el que entrevistaron a sus organizadores —Cristina Macía, Diego García Cruz y Jorge Iván Argiz— y a mitad del programa, cuando les propusieron que recomendaran un libro, Cristina recomendó El Núcleo del Sol, de Johanna Sinisalo (Roca, 2019, tr.: David Tejera Expósito), una autora que iba a participar en el festival.

De inmediato, Elías Combarro secundó la recomendación y, por si fuera poco, Cristina dijo que, según Ian Watson, lo más probable era que de aquí a veinte años Sinisalo recibiera el Nobel.

Por entonces yo acababa de leer Incrustados, así que semejante elogio por parte de Watson puso a la novela en la cima de mi lista.

Y cuando iba más o menos por la mitad —riéndome a carcajadas, pero con una risa nerviosa— Cristina Macía me ofreció presentar en el Celsius la reedición de dos novelas de Watson: Incrustados, obviamente, y Orgasmatón (Gigamesh, 2016, tr.: Ana Quijada), un libro que aún no había leído.

 

El Núcleo del Sol 1
Fotografía realizada por Sandra Gabriel y publicada en Unsplash.

 

Díptico involuntario

Debido a esa maravillosa serendipia, me encontré leyendo ambas novelas a la vez. Y digo «serendipia» porque, al margen de que a primera vista puedan parecer muy distintas, al leerlas a la par descubrí una suerte de «díptico involuntario», dos versiones de una misma idea expresada con los mismos elementos: ambas critican ferozmente el patriarcado, ambas introducen un componente espiritual al cierre de la historia y, sobre todo, ambas emplean —de formas diferentes, pero igualmente geniales— la misma herramienta estilística para confeccionar la distopía.

Si ya las has leído, es probable que a estas alturas estés frunciendo el ceño, porque la incómoda erótica de la novela de Watson no parece tener nada en común con la ácida ironía de Sinisalo. Sin embargo, a lo largo de este artículo intentaré mostrar que sus temas no son tan distintos, y que el grotesco de una y el sarcasmo de la otra no son más que dos aspectos de una misma sátira.

Porque de eso se trata: de dos sátiras geniales.

Claro que, para centrarnos en sus semejanzas, primero será necesario que analicemos sus diferencias.

 

La Isla de las perlas

Relatar las vicisitudes por las que pasó Ian Watson desde que escribió Orgasmatón —en 1970— hasta que logró publicarla en su idioma original con NewCon Press —¡en 2010!— daría para un artículo aparte… De hecho, ese artículo existe y lo escribió el propio Watson como «Comentario a Orgasmatón». Tampoco intentaré resumirlo aquí —seguro que me pierdo por el camino—, pero sí quiero extractar la descripción del momento en que imaginó la novela. Creo que es un ejemplo evidente de cómo las circunstancias influyen en el resultado:

«La historia de este libro es de las raras. Entre 1967 y 1970 estuve viviendo en Tokio, donde iba a dar clases de Literatura Inglesa en varias universidades. (…)

El caso es que, al poco de llegar a Japón, los estudiantes de la universidad principal en la que iba a dar clases tuvieron la amabilidad de ponerse en huelga durante dos años y medio (…), así que tuve mucho tiempo para hacer turismo. Visité la Isla de las Perlas de Mikimoto, donde primero pescaban perlas las amas y más tarde empezaron a elaborarse de forma artificial. Había empezado a escribir ciencia ficción como respuesta a la “conmoción por el futuro” que me había causado vivir en el Tokio de hace cuarenta [ahora cincuenta] años, así que me planteé qué pasaría si en una isla similar se fabricaran mujeres artificiales».

Leyendo estas líneas, es fácil comprender la radicalidad de la novela. Fue escrita en un contexto de extrañamiento absoluto: en un país donde la lengua, la cultura, la concepción orgánica de la tecnología —expresada, por ejemplo, en el Movimiento Metabolista— y, en general, la cosmovisión de sus habitantes, eran radicalmente distintas a las de Watson; y en un tiempo en el que la globalización que hoy conocemos recién empezaba a gestarse.

Es comprensible, por tanto, que Watson haya sufrido en toda su potencia «el shock del futuro» (esa «conmoción» de la que hablaba Alvin Toffler en su famoso ensayo) y que su respuesta/defensa en forma de novela haya sido igual de impactante y visceral.

 

Orgasmatón 1
Fotografía realizada por duong chung y publicada en Unsplash.

 

Una mezcla brillante

El cóctel de referencias literarias, ensayísticas e informativas que dieron origen a la novela de Sinisalo —y que la autora detalla al final del libro— es asombroso. Es imposible que semejante mezcolanza (si se baraja bien) no produzca un resultado original.

El Núcleo del Sol es una novela calculadamente subversiva. Sus piezas encajan como las manchas de un puzle que, por pura acumulación, conforman una figura. Es una novela meditada, reflexiva. Un artefacto que aflora del intelecto, no de las entrañas. La angustia existencial expresada en «El sótano», su primera parte, es introspectiva; su genial manejo de la sinestesia es un ejercicio literario… Hasta el flujo de consciencia que aparece en cierta escena está basado en un libro.

Y, sin embargo, su detonante y objetivo son los mismos que los de Watson. Porque Sinisalo no visitó la Isla de las Perlas de Mikimoto, pero leyó un artículo de 1935 sobre esterilización humana —publicado en la revista finlandesa Kotiliesi (Casa y Hogar)— y sus racionales «propuestas» la conmocionaron de igual modo que la isla al autor inglés.

 

Una cuestión de contexto

En otras palabras, las evidentes diferencias superficiales entre uno y otro libro parten, a mi entender, de las circunstancias en las que fueron escritos. Si a primera vista son tan distintos es porque la novela de Watson fue escrita tras haber vivido en Japón a finales de los sesenta y la de Sinisalo fue escrita en Finlandia hace menos de diez años. Pero si hacemos el esfuerzo de dejar a un lado su estética (su forma), veremos que, como comenté más arriba, sus detonantes, sus temas, y el modo en que se abordan (es decir, su contenido) son básicamente los mismos. Y eso es lo que analizaremos a partir de aquí.

Yendo de lo general a lo particular, el primer punto en común entre ambas novelas es su evidente cualidad distópica… Aunque esto no signifique mucho porque, en los últimos años, es probable que la distopía sea el subgénero más frecuentado de la ciencia ficción.

Sin embargo, cuando se analiza el tipo de régimen que se describe en ambas obras, las semejanzas específicas empiezan a aflorar.

 

El Núcleo del Sol 2
Fotografía realizada por Sandra Gabriel y publicada en Unsplash.

 

El Núcleo del Sol

Uno de los mayores aciertos de la novela de Sinisalo es su estructura: el hecho de que en su primera parte vaya intercalando las historias de sus personajes (relatadas en primera persona) con fragmentos de entrevistas, entradas de diccionario, transcripciones de interrogatorios y capítulos de libros de texto, le permite ofrecer una descripción muy precisa del sistema político en el que Finlandia se haya inmersa. Esto presenta una doble ventaja: por una parte, es una forma muy inteligente de evitar el infodumping —al no tener que poner toda esa información en boca de sus personajes— y, por otra, es la puerta de entrada a la sátira, como veremos más adelante.

Pero empecemos por definir el sistema político de la novela: la eusistocracia finlandesa… O, mejor aún, trascribamos la entrada del Diccionario Moderno que nos propone la autora:

«Eusistocracia: estructura social de Finlandia, la “cuna de la salud”. Deriva de las palabras latinas eu (bien) y sto (permanecer), y significa literalmente: “permanecer en buenas condiciones”. Ver también eusistencialista y eusistencia. Ejemplo: “En una sociedad eusistócrata, la tarea más importante del gobierno es mejorar la salud y el bienestar general de los ciudadanos”».

¡¿Qué duda cabe?! Como aseguran todos los regímenes totalitarios.

Las cosas se empiezan a enturbiar cuando nos enteramos de que su mayor órgano de gobierno es la Autoridad Sanitaria y de que esta prohíbe (por el bien de los ciudadanos, claro) el consumo de cualquier sustancia que considere nociva, desde el tabaco, el alcohol y las drogas…, hasta el café ¡y los pimientos! Y nos muestra su verdadero rostro cuando comprendemos que la frase «mejorar la salud y el bienestar general de los ciudadanos» no emplea el masculino genérico, sino que hace referencia específicamente a los hombres. Las mujeres, en esa sociedad, son un objeto al servicio del bienestar de los hombres.

El modo en el que la eusistoctacia cosifica a la mujer lo veremos dentro de un par de apartados, pero lo que aquí me interesa recalcar es una sus características esenciales: al igual que sucede en El cuento de la criada, de Margaret Atwood, el objetivo último del régimen es la dominación del cuerpo de sus ciudadanos y, en particular, el de las mujeres. Sin embargo, a diferencia de la novela de Atwood, la sociedad totalitaria de El Núcleo del Sol no se asienta sobre una base religiosa, sino «científica»: es la supuesta salud pública —no la existencia de Dios— la que le sirve de excusa.

 

Orgasmatón

La sociedad ideada por Watson se sugiere a través de los acontecimientos que en ella se desarrollan; lo cual es una decisión coherente con el tono general del libro: en lugar de enseñarnos las características del régimen, nos propone que nos acerquemos a ella de forma visceral, restregándonos en las escenas que la describen. Debido a esto, resulta difícil hallar citas concretas en las que se explique.

Sin embrago, veamos un fragmento de la novela y comparémoslo con lo que ya hemos visto en El Núcleo del Sol.

«Cuando visité la pequeña isla de hormigón de Mikimoto, las buceadoras llevaban unos trajes de baño de muselina, largos y holgados. ¡Sí, prendas de ocultación! Eso fue unos años antes del Cambio. En aquel entonces no existían las leyes de la HOManidad, y MACHO era un simple centelleo en los ojos de algún programador. ¿Hay alguien aquí presente que pueda concebir la sociedad humana sin nuestro fidedigno Módulo para la Aplicación de las Costumbres y Hábitos Ordenados? ¿O sin su compañero cibernético, nuestro inestimable Dilucidador Autómata de Temas Ordinarios y Superficiales? ¡Ah, aún recuerdo aquellos tiempos anárquicos…!»

Si te fijas, el concepto «Módulo para la Aplicación de las Costumbres y Hábitos Ordenados» reverbera con esa «Autoridad Sanitaria» que vimos antes y que aplica —por la fuerza—, las «costumbres y hábitos ordenados» por el régimen. Además, el hecho de que su acrónimo sea «MACHO» muestra a las claras que esas costumbres y hábitos están diseñados para satisfacer a los hombres.

Por tanto, una vez más, nos encontramos ante un régimen cuyo objetivo último es la dominación del cuerpo de sus ciudadanos (en este caso, explícitamente del cuerpo de las mujeres) y que, a diferencia de El cuento de la criada, no se asienta en una base religiosa, sino «científica»: en este caso, expresada a través de es «compañero cibernético» cuyo acrónimo es «DATOS».

Por lo tanto, dejando a un lado su forma, el fondo de las sociedades expuestas en ambas novelas es muy semejante.

Analicemos ahora el modo en que sus regímenes cosifican a la mujer.

 

japón
Fotografía realizada por Sigrid Wu y publicada en Unsplash.

 

Domesticación y diseño

Este es el punto en el que la imaginería de los autores hace más difícil reconocer las semejanzas. ¿Qué semejanza pueden tener las mujeres diseñadas a medida —desnudas y grotescas— de Orgasmatón con el ideal físico de perfección nórdica —vestido y aniñado— de El Núcleo del Sol?

La respuesta es más sencilla de lo que parece: ambos estereotipos son una construcción artificial para la satisfacción masculina.

Ese es el foco en el que las dos novelas centran su carga subversiva. Y aunque a primera vista no lo parezca, el modo en que lo hacen es semejante… Para empezar, porque ambos libros emplean un imaginario científico similar para la «construcción» de esa «mujer ideal».

En la Finlandia eusistócrata de El Núcleo del Sol existen dos «subrazas» de mujeres a las que, de forma coloquial, se las denomina «Eloi» y «Morlok». Las Morlok o «neutromujer» son una suerte de desecho del sistema: un grupo al que, por no poseer los atributos «femeninos» deseados por el régimen, se lo esteriliza.

Respecto a las Eloi, veamos qué dice el Diccionario Moderno propuesto por la autora:

«Eloi: es una palabra coloquial y popular, no oficial, que empezó a usarse en la década de 1940 para denominar lo que se conoce como femenimujer. Hace referencia a la subraza de mujeres que están activas en el mercado de emparejamiento y que se distinguen por su dedicación a la mejora general del sexo masculino. La palabra hunde sus raíces en la obra de H. G. Wells, autor que predijo que la evolución dividiría a la humanidad en distintas subrazas: unas dedicadas a servir a la estructura social, y otras a disfrutar de dichos servicios».

Comparemos esta entrada con una cita de Orgasmatón en la que el señor Shima —el director de la fábrica de mujeres «Chicas a Medida»— explica el origen de su visión comercial:

«Solo tenía dieciséis años cuando visité la Isla de las Perlas de Mikimoto, cerca del Gran Santuario de Ise, en mi Japón natal, y encontré, como bañado por una luz cegadora, la inspiración para la obra de mi vida. Porque en la Isla de las Perlas vi a las amas, que es como llamamos en japonés a las pescadoras de ostras. Las entrenaban desde niñas para desarrollar los pulmones y los músculos necesarios para bucear, además de una capa de grasa aislante, y solían ir completamente desnudas, a excepción de las gafas de buceo y los pesos de plomo que se ataban a la cintura. (…)

¡[Entonces] me asaltó una visión! La idea de combinar aquellas mujeres desnudas, entrenadas desde niñas, con el cultivo de perlas artificiales en la carne tierna de las ostras en los laboratorios de la isla. Y de acelerar el proceso de forma notable. De inmediato imaginé mi propia cadena de islas de hormigón frente a la costa, en las que las muchachas serían las perlas».

Lo primero que vale la pena señalar es que —como vimos— las amas de la Isla de las Perlas de Mikimoto existieron y, por lo tanto, el antecedente del «diseño» de mujeres a medida es aterradoramente real.

Pero centrémonos en las semejanzas entre las citas. Las mujeres de la novela de Watson son concebidas y percibidas como «productos» para la satisfacción de clientes masculinos. Pero ¿qué ocurre con las Eloi de la novela de Sinisalo?

Si te fijas, lo que las caracteriza es que «están activas en el mercado de emparejamiento y que se distinguen por su dedicación a la mejora general del sexo masculino». En otras palabras: que son un producto para la satisfacción de clientes masculinos; da igual que no haya dinero de por medio.

Pero eso no es todo: si las mujeres de Orgasmatón han sido diseñadas genética, hormonal y quirúrgicamente para un uso específico —el que desee el cliente— y, por tanto, con una morfología específica (desde una mujer gato hasta otra con seis pechos y siete pezones); las mujeres de El Núcleo del Sol también han sido diseñadas genética, hormonal y culturalmente para un uso específico —la maternidad y la satisfacción del marido— y, por tanto, con una morfología específica (el estereotipo de belleza nórdica).

La novela de Sinisalo explica detalladamente cómo se ha instaurado un sistema de reproducción selectiva para la domesticación (sic.) de la mujer, inspirado en los experimentos con perros del genetista ruso Beliáyev. Y si la descripción de las mujeres de Orgasmatón da grima, leer «Un breve relato de la domesticación de las mujeres» —uno de los «informes» que aparece en El Núcleo del Sol— no se queda atrás:

«Sabemos que las femenimujeres (…) conservan una apariencia física propia de individuos jóvenes incluso cuando ya han alcanzado la madurez sexual e incluso cuando la han dejado atrás, característica que inspira en los machos un instinto protector muy afectivo. Hoy en día sabemos que, para el género femenino, es fundamental ser extrovertidas, hacer gala de una coquetería ingenua, aspirar a complacer a los hombres y tender a buscar en ellos protección y seguridad. Antes de la domesticación y debido a la alteración de la selección natural (o de lo que se conoce como emancipación), dichos rasgos habían empezado a ser cada vez menos frecuentes, incluso se podía considerar que empezaban a desaparecer».

En la novela de Sinisalo ni siquiera faltan las hormonas que pululan por la de Watson.

«Ciertos métodos hormonales y neuroquímicos también han ayudado mucho a acelerar la domesticación. Con la dosis adecuada en ciertas fases del desarrollo de la hormona tiroidea, la tiroxina, se ha conseguido alcanzar la aptitud reproductiva a una edad inferior y también incrementar la aparición de las características físicas y conductuales que se asocian con la domesticación».

Por lo tanto, aunque a primera vista unas mujeres sean barbies y las otras, monstruos de feria, el tipo de aberración que se ejerce sobre ellas es el mismo en ambos casos.

 

El Núcleo del Sol 3
Fotografía realizada por Sandra Gabriel y publicada en Unsplash.

 

La espiritualidad como liberación

No lo he dicho hasta ahora, pero, obviamente, las protagonistas centrales de ambas historias son mujeres… Mujeres que se rebelan —incluso sin pretenderlo— contra unos regímenes, basados en la ciencia, que las cosifican.

Teniendo en cuenta esto, resulta comprensible, y al mismo tiempo curioso, que dicha revolución —tanto en la novela de Watson como en la de Sinisalo— termine siendo una revolución espiritual. Un cambio —o estado alterado— de consciencia.

Intuyo que esta decisión no es fortuita; que es un recurso para exponer que el patriarcado —la esencia de ambos regímenes— es, ante todo, un estado mental: el estado de consciencia en el que nuestra sociedad está inmersa desde hace siglos; y que, por tanto, el único modo de cambiarlo es «siendo la revolución», como planteaba Ursula K. Le Guin en Los desposeídos.

Lamentablemente, para desarrollar esta idea tendría que explicarte el final de ambas novelas, cosa que, por supuesto, no pienso hacer.

 

La sátira como herramienta para la distopía

Hasta aquí hemos visto las similitudes en el detonante, el contexto y los temas de ambos libros.

Ahora veamos la que, a mi entender, es su principal semejanza: el uso subversivo de la sátira como herramienta para la distopía.

Al principio del artículo comenté que, aunque la incómoda erótica de Orgasmatón no parezca tener nada en común con la ácida ironía de El Núcleo del Sol, el grotesco de una y el sarcasmo de la otra no son más que dos aspectos de una misma sátira. Algo así como las dos caras de una misma moneda. Veamos porqué.

En su «Comentario a Orgasmatón», Watson explica que:

«Cerca del palacio Imperial de Tokio había una juguetería, Kiddieland, que abastecía sobre todo al ejército estadounidense. Mientras las madres y los niños estaban ocupados con los juguetes, los padres iban al sótano, donde se vendían cómics y porno. Allí me hice con novelas pornográficas radicales, deconstructivas y muy imaginativas, llenas de elementos distópicos y de ciencia ficción. (…) Leer esos libros me inspiró a escribir una novela erótica satírica muy explícita, un libro subversivo de liberación de la mujer con cierto trasfondo japonés».

Esta última frase es la mejor definición que he leído de Orgasmatón. Sin duda es un libro subversivo; tanto que incomoda leerlo incluso hoy, medio siglo después de haber sido escrito. No es de extrañar, por tanto, que haya tardado cuarenta años en ser publicado en su idioma: como bien explica el propio Watson:

«La novela era una sátira sobre la explotación de la mujer, pero la consideraban explotadora porque reflejaba la cuestión de manera vívida y explícita».

En efecto, ese es el modo en que emplea la sátira: la cosificación de la mujer, la forma en que nuestra sociedad la deshumaniza —reduciéndola a un simple objeto de deseo masculino— es mostrada por Watson de forma explícita a través de una pornografía visual, que lleva hasta la hipérbole las ideas del patriarcado para exponer su carácter grotesco, la aberración conceptual en la que se basa.

«Las otras chicas están despertando.

Lili, la hermafrodita; Mari, la muchacha con garras y pelaje; Sue y Susan, las hermanas siamesas que viven espalda con espalda, como dos naipes; Una y Remi, las gemelas lesbianas, casi narcisistas en su devoción mutua, y Cathy, la chica ejecutiva, uno de cuyos pechos protésicos oculta un cajón, aún vacío pero ideado para guardar cigarrillos o puros pequeños, mientras que el otro alberga una batería recargable que hace que el pezón se le ponga al rojo cuando se le oprime el pecho y funcione como encendedor».

¿Y que ocurre con El Núcleo del Sol?

De un modo distinto, la novela de Sinisalo consigue generarnos la misma inquietud, su ácida ironía nos arranca carcajadas que, acto seguido, se nos congelan al darnos cuenta del motivo por el que estamos riendo.

Porque, en su caso, la cosificación de la mujer, el modo en que nuestra sociedad la deshumaniza —reduciéndola a un simple objeto de deseo masculino— es mostrada por Sinisalo de forma explícita a través de una pornografía intelectual, que lleva hasta la hipérbole las ideas del patriarcado para exponer su carácter grotesco, la aberración conceptual en la que se basa.

«Algunos luditas (…) afirmaban que los procedimientos que había que aplicar para criar femenimujeres podrían considerarse una “violación de los derechos humanos”. Pero ¿acaso no ha hecho lo mismo la humanidad a lo largo de la historia? (…)

Como especie, ¿no nos hemos esforzado a lo largo de toda la historia por moldear las generaciones futuras criándolas bien, enseñándoles una buena ética o incentivando sus talentos naturales y sus destrezas físicas, siempre con el objetivo de mejorar y desarrollarnos? No hay nada en todo esto que atente contra los derechos humanos. Es natural que un animal mate a la prole que no es apta y que acabaría por convertirse en una carga para el resto de la manada».

 

Orgasmatón 3
Fotografía realizada por minamiya y publicada en Unsplash.

 

Los riesgos de la lectura

La sátira es una de las herramientas más poderosas para revelar (y rebelarse ante) las injusticias de una sociedad, pero tiene un pequeño inconveniente: requiere de lectores maduros, capaces de superar la primera capa de lectura y captar la ironía subyacente, capaces de no escandalizarse ante la mínima incorrección política.

En estos tiempos de eslóganes, tendencias y postureo, ejercitar el pensamiento crítico es imprescindible. Y una buena forma de hacerlo es leer novelas en las que el mensaje no esté prescrito. Novelas que nos interpelen sobre aquello que damos por hecho. Novelas que nos escuezan.

Tanto Orgasmatón como El Núcleo del Sol forman parte de ese grupo. Son lecturas incómodas, de eso no cabe duda… Pero, como todo lector sabe, no salir indemne de la experiencia es uno de los riesgos que implica (y el origen del placer que produce) acercarse a un buen libro.

 

El Núcleo del Sol 4
Fotografía realizada por Sandra Gabriel y publicada en Unsplash.

 

NOTA: La foto de cabecera pertenece a Singrid Wu y ha sido publicada en Unsplash.

 

 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.