Al igual que me ocurrió la última vez, la idea de este artículo surgió por casualidad. O, como suelo decir: gracias a la serendipia.

En los últimos meses me he acostumbrado a leer tres libros en paralelo (cosa que antes consideraba un sacrilegio): uno en formato papel, otro en formato electrónico y un tercero en audio. Por lo general suelen tratar temas distintos —y, por lo general, alguno es un ensayo—, pero hace unas semanas me encontré leyendo a la vez tres novelas sobre viajes en el tiempo… Y digo «me encontré» porque, en el caso de una, ni siquiera lo supe de antemano.

Los libros a los que me refiero son El espejo del tiempo, de Salvador Bayarri (Apache, 2019); Permafrost, de Alastair Reynolds (Tor Books, 2019) y One Word Kill, de Mark Lawrence (47North, 2019).

A los dos primeros los leí gracias al Celsius. (Una vez más.)

Sabía desde antes de ir que Salvador Bayarri estaba por sacar una nueva novela, pero cuando nos encontramos en Avilés tuvo la elegancia de no decirme que ya estaba a la venta, así que encontrarla en la caseta de Apache fue toda una sorpresa. Y dado que lo poco que sabía de la trama me había tentado, decidí aparcar la novela que tenía entre manos y empezar con la suya.

Casi al mismo tiempo, Elías Combarro me avisó de que Permafrost, de Alastair Reynolds, ya estaba disponible en una plataforma de audiolibros a la que ambos estamos suscritos… ¡Y Alastair Reynolds va a venir al Celsius el año que viene! Así que unos días después la estaba audioleyendo.

Y más o menos por la misma fecha, decidí empezar One Word Kill, de Mark Lawrence, en formato electrónico. Lo hice por el blurb que la asociaba a Ready Player One y Stranger Things (con esa frase tan gringa de «la obra A “meets” la obra B» que, por lo general, me pone de los nervios). Sin embargo, dado que la versión de la novela que había comprado no contenía el subtítulo Impossible Times Book 1 y nada en su sinopsis hacía referencia al tiempo, descubrir que también iba de viajes temporales me llamó la atención…

Estaba leyendo a la vez tres novelas del mismo subgénero, pero lo cierto es que las tres eran muy distintas. Y no solo por sus historias, o por el momento y lugar en que se desarrollaban, o incluso por el enfoque escogido por sus autores; sino, fundamentalmente, por el modo en que cada una encaraba los viajes en el tiempo.

Reflexionando sobre eso, se me ocurrió este artículo.

 

viajes en el tiempo 1
Fotografía realizada por chuttersnap y publicada en Unsplash.

 

Construyendo los viajes en el tiempo

A estas alturas, es indudable que las historias de viajes en el tiempo son un género en sí mismo. Nadie se cuestionaría leer una novela sobre viajes temporales por el hecho de haber leído otra con anterioridad, del mismo modo que nadie se cuestionaría leer una historia familiar por el hecho de haber leído otras antes. Se da por hecho que la originalidad no radica en el viaje en sí, sino en los juegos, simetrías y vueltas de tuerca de la trama.

Sin embargo, lo que comprendí en aquel momento —aunque parezca una perogrullada— fue que no es solo la trama lo que diferencia a este tipo de historias: no es solo el modo en el que salvan o emplean las paradojas, la forma más o menos científica en la que se explica el viaje o el momento específico al que van sus protagonistas. Al igual que cada familia tiene sus dinámicas internas y los personajes deben actuar en consecuencia, cada viaje en el tiempo tiene sus propias reglas.

En otras palabras, lo que comprendí es que los escritores de ciencia ficción no emplean el recurso del viaje en el tiempo para construir la tensión dramática, sino que construyen un viaje en el tiempo a medida para emplearlo de disparador.

 

Coherencia interna

Por lo tanto, tan importante como el ajuste de la trama (suele decirse que este tipo de novelas son «mecanismos de relojería») es el diseño de las reglas del juego.

Podría decirse que el subgénero de los viajes temporales tiene mucho en común con la «magia dura» propuesta por Brandon Sanderson en sus «Leyes de la Magia»; es decir: con aquella en la que «los autores describen explícitamente las reglas». Porque lo que convierte al subgénero de viajes temporales en ciencia ficción no son los viajes temporales en sí (o cuán «científico» o «futurista» pueda parecer su contexto), sino el hecho de que cumpla la famosa máxima de John Campbell:

«Formula una proposición básica y luego desarrolla sus consecuencias lógicas de forma consistente».

Dicho de otra forma: la ciencia ficción partirá de la coherencia y el rigor con los que maneje las reglas que ella misma se ha pautado.

Y para ver cómo éstas pueden variar a gusto del autor, compararé las que proponen las tres novelas que te he mencionado. Así que a partir de este punto (y para cada uno de los libros) haré primero una breve sinopsis y luego me centraré en las reglas que proponen para sus viajes en el tiempo.

Te prometo que tendré mucho cuidado en explicártelas sin desvelar la trama.

 

El espejo del tiempo
Fotografía realizada por chuttersnap y publicada en Unsplash.

 

El espejo del tiempo, de Salvador Bayarri

Bayarri parte de una imagen muy potente: una cinta de energía que envuelve y recorre la Tierra (la Cuerda) y que al posarse en su superficie la atraviesa como si fuera de barro.

El origen de la anomalía fue un experimento fallido del FermiLab, y su constante —y hasta cierto punto aleatorio— movimiento ha devastado el planeta.

La acción se inicia diez años después del incidente, cuando la protagonista, Hoshi Sitano, regresa al pueblo de su infancia para recibir el legado de su padre —un escritor fallecido— y cerrar de algún modo esa etapa de su vida.

Pero lo que empieza siendo una novela postapocalíptica adquiere otros vuelos cuando se descubre, a las pocas páginas, que su padre había predicho el incidente del FermiLab en una de sus novelas; y se convierte en una historia sobre viajes en el tiempo (o, si se quiere, sobre la flecha del tiempo) cuando Bayarri introduce en capítulos alternos las reflexiones y experiencias (en primera persona) de una inteligencia no humana.

Obviamente, la existencia de esa «otredad» convierte al libro (también) en una historia de primer contacto; sin embargo, dado que esta resulta imprescindible para la resolución de la trama, prefiero no decir nada al respecto.

 

Estructura especular

No me gusta hablar en estos artículos de mis novelas —no me parece prolijo—, pero en este caso debo hacerlo porque, casualmente, las reglas del juego temporal propuestas por Bayarri son (casi) las mismas que las de mi primera novela, Los ojos que miran (Temas de Hoy, 2009), y no podría explicarlas en su historia sin estropearte la lectura.

Eso sí, antes de empezar quiero dejar claro que los dos libros son radicalmente distintos, y que tanto el modo en que se manejan esas reglas como las «razones» que las justifican son desarrolladas, en ambos casos, con total independencia. De hecho, una de las cosas que más me sorprendió al compararlas fue descubrir que el mismo juego temporal permite manejar reglas opuestas.

Pero hablemos primero del juego temporal.

El protagonista de Los ojos que miran «salta» al futuro de un modo especular (de hecho, el «título de trabajo» de la novela fue El espejo): su primer salto lo traslada al punto más alejado temporalmente y, conforme avanza la historia, cada salto lo acerca más en el tiempo hasta coincidir, al final de la novela, en el centro temporal de la historia.

Lo mismo sucede en El espejo del tiempo con dos personajes (no puedo decir nada más sin hacer un spoiler imperdonable)…, pero detengámonos en las implicaciones de esta idea.

La más radical es que, al disponer de dos líneas temporales que avanzan en sentido contrario, se invierte la relación causal: en otras palabras, los efectos futuros pasan a ser las causas de acontecimientos pasados… los cuales, a su vez, determinarán esos efectos futuros.

Este enfoque plantea dos vertientes (los dos «tipos» de reglas de las que hablaba más arriba).

Por una parte, tenemos una vertiente determinista (cercana a la lógica de la tragedia griega), en la que los «héroes» están destinados a cumplir un rol y su libre albedrío, así como su proceso de toma de decisiones, no son más que una ilusión porque el futuro en un sentido temporal es el pasado (definido) del otro.

Por otra parte, tenemos una vertiente abierta o indeterminada, en la que los cambios ejecutados en un sentido de la flecha del tiempo transforman (recrean) el sentido contrario. En este caso, la interacción entre opuestos construye realidades paralelas en las que las causas conducen a efectos que, a su vez, inhabilitan las causas que los han producido.

Si la primera vertiente es un mecanismo cerrado (y, por tanto, lo que se le deberá exigir a quien la practique es la máxima coherencia interna); la segunda parte de la base de la ruptura de continuidad (lo que, en la práctica, elimina las paradojas temporales).

Ambas vertientes (y sus reglas) son igual de válidas; lo que el lector les debe exigir —parafraseando a Campbell— es que desarrollen sus consecuencias lógicas de forma consistente.

Y El espejo del tiempo, de Salvador Bayarri, sin duda lo hace.

 

One Word Kill
Fotografía realizada por noor Younis y publicada en Unsplash.

 

One Word Kill, de Mark Lawrence

Esta vez, en lugar de hablarte de la trama del libro, voy a traducir su sinopsis. En primer lugar, para que veas que en ningún momento se habla de viajes en el tiempo y, en segundo, porque me ha parecido todo un ejemplo de sinopsis con gancho… Y eso que pienso omitir lo de «Ready Player One meets Stranger Things».

«En enero de 1986, Nick Hayes, un joven genio de quince años, descubre que se está muriendo. Y ni siquiera es lo más extraño que le ha sucedido esa semana.

Tanto Nick como sus compañeros de partida de Dungeons & Dragons están acostumbrados a vivir en su imaginación. Pero cuando una chica nueva, Mia, se une al grupo, y la realidad se vuelve más extraña que el mundo de fantasía de sus juegos, ninguno está preparado para lo que viene a continuación. Un hombre extraño, pero curiosamente familiar sigue a Nick empleando habilidades que, simplemente, no deberían existir. Y porta un mensaje críptico: aunque todavía no lo sabe, Mia está en grave peligro y necesita la ayuda de su amigo…, ya mismo.

De pronto, Nick se ve envuelto en una carrera contra el tiempo para desentrañar un misterio imposible y salvar a Mia. Y todo lo que se interpone en su camino es una enfermedad terminal, un maníaco con cuchillo y las leyes de la física.

Desafío aceptado».

Partiendo de estas premisas, quizás intuyas dónde encajan los viajes en el tiempo, pero, por si acaso, no diré más de la trama y te hablaré de sus reglas de juego.

 

La interpretación de los múltiples mundos de la mecánica cuántica

Uno de los principales recursos (y riesgos) a barajar en toda historia sobre viajes en el tiempo son las paradojas temporales. Bien empleadas, han dado origen a tramas complejas que consiguen sorprender al lector sin ocultar sus cartas. Pero las paradojas también son campos de minas en los que es fácil extraviarse, así que muchos escritores prefieren emplear estrategias que los ayuden a esquivarlas.

Y de entre todas esas estrategias, es probable que la más recurrida sea la interpretación de los múltiples mundos de la mecánica cuántica, desarrollada por Hugh Everett III en la década del cincuenta.

Sin embargo, la idea se ha manoseado tanto que conviene —antes de volver al libro de Lawrence— dejar claro qué plantea. Para hacerlo, tomaré los puntos centrales de la magnífica explicación desarrollada en Cuentos Cuánticos, un blog de física que recomiendo efusivamente.

La interpretación de Copenhagen de la física cuántica (la interpretación canónica, que se utiliza en las aplicaciones prácticas de la mecánica cuántica) parte —a grandes rasgos— de dos postulados:

1) El estado de un sistema cuántico viene descrito por un objeto (un vector en un espacio de Hilbert) y evoluciona en el tiempo de forma determinista siguiendo la ecuación de Schrödinger.

2) La medida de un observable hace que el estado colapse a un estado propio de dicho observable (lo que significa que ese estado no puede ser cualquiera), pero impredecible. Por lo tanto, es un proceso no determinista.

En pocas palabras, hasta que no observamos un sistema cuántico este evoluciona en el tiempo de forma determinista, pero, cuando lo observamos, el sistema «colapsa» a un estado imposible de predecir con exactitud.

En contraposición a la interpretación clásica, la interpretación de Everett parte de un único postulado.

Todos los sistemas aislados evolucionan según la ecuación de Schrödinger (determinista).

Dicho de otra forma, los sistemas cuánticos aislados no colapsan… Pero ¿cómo es posible defender esta idea si todos los experimentos demuestran que sí lo hacen?

La respuesta se encuentra en lo que una y otra interpretación entienden por «sistema cuántico aislado».

En la interpretación de Copenhagen, el mayor sistema cuántico posible es nuestro universo. En la interpretación de Everett, sin embargo, el «sistema cuántico aislado» es uno en el que cada posible estado debido al avance de la función de onda da origen a un «universo» concreto: un subsistema cuántico en el que sí se mide el «colapso» de la función de onda. En otras palabras, existe un universo/subsistema por cada estado propio del observable.

Esta es la esencia de la interpretación de los múltiples mundos. Y no es extraño que la ciencia ficción se haya apropiado de una idea tan sugerente. Sin embargo, es importante señalar que, para que esta idea tenga sentido en una historia, es preciso trasladarla a la escala macroscópica, y ese paso ha generado una serie de inconvenientes teóricos con los que la interpretación viene lidiando desde hace décadas.

 

Jugando con los múltiples mundos

El capítulo en el que Lawrence explica la lógica de sus viajes en el tiempo comienza haciendo referencia a la interpretación de Everett, pero casi de inmediato deja de lado la física para centrarse en su juego temporal.

Y el juego que propone es muy interesante. En un multivierso derivado de las ideas de Everett las paradojas del viaje en el tiempo no existen. Cualquier cambio en el pasado generará una ramificación de la realidad, un «universo paralelo» que no afectará a la evolución de aquel del que el viajero partió. Sin embargo, Lawrence da una vuelta de tuerca y se pregunta: ¿qué debería hacer el viajero si quisiera interactuar con el pasado sin provocar una ramificación temporal?

A lo largo de la historia, el autor va pautando una serie de estrategias para impedir la ruptura de continuidad en la línea temporal. Lo que, por una parte, le brinda un enfoque original al recurso de los múltiples mundos y, por otra, le ayuda a estructurar la historia.

… También es verdad que, por momentos, Lawrence se enreda en el uso de sus propias estrategias, sin embargo, la historia que cuenta One Word Kill me resultó tan interesante que sus deslices no me sacaron del libro.

 

Permafrost
Fotografía realizada por Sonja Langford y publicada en Unsplash.

 

Permafrost, de Alastair Reynolds

Cuando terminé la novela, lo primero que pensé fue que —al igual que Bayarri— Reynolds había partido de una imagen potente. Tengo la sensación de que lo primero que se le ocurrió fue la escena final (sin duda magnífica) y que urdió la trama a partir de allí… Lo cual no es una mala idea cuando se trata viajes temporales.

Pero la historia es mucho más que un buen final. En primer lugar, Permafrost es (también) un libro postapocalíptico.

La explicación del colapso que se producirá en la década del cincuenta es una de las partes más interesantes (y aterradoramente verosímiles) del libro, así que prefiero no transcribirla. Sin embargo, lo que sí puedo decir es que, tras dicho colapso, la humanidad tiene —literalmente— las generaciones contadas… a menos que obtenga «algo» del pasado.

Sé que estoy siendo muy impreciso, pero cualquier otro dato que agregue podría estropearte la lectura.

Lo importante es que, a finales de este siglo, la humanidad ha desarrollado un método de «viaje en el tiempo» (The Permafrost Retrocausal Experiment) en el que la consciencia del viajero es introducida en el cuerpo de una persona del pasado. De este modo, tanto la protagonista como otros «pilotos» consiguen desplazarse del año 2080 al 2028.

Hasta aquí la breve sinopsis que me atrevo a hacer. (Si quieres saber un poco más, te recomiendo este magnífico artículo de Leticia Lara en el que expone algunos otros detalles sin hacer spoilers.) Veamos ahora las reglas del juego propuestas por Reynolds.

 

Defendiéndose de las paradojas

En Permafrost, Reynolds escapa de la interpretación de los múltiples mundos y propone una forma original de defensa contra las paradojas… Una en la que es el tiempo mismo el que se defiende.

Reynolds plantea el concepto de «ruido» de onda, y nos propone una tecnología capaz de «escuchar» ese «ruido» mientras la onda de la ecuación de Schrödinger evoluciona. Y lo que es más importante: no solo es capaz de «escuchar» el frente de onda, sino sus etapas previas y posteriores:

«Esta es la correlación (…) de modo que nos mantenemos un paso por delante del efecto de decoherencia. Es una señal del futuro, por así decirlo. Nuestro futuro, un minuto por delante de ahora. En bruto es muy ruidosa. La ejecutamos a través de una batería de algoritmos de optimización de señal (…), pero estamos llegando a límites reales en nuestra comprensión de esos algoritmos, cómo hacerlos encajar».

A primera vista, una realidad en la que se pudiera hacer algo así parecería radicalmente determinista. Sin embargo, Reynolds plantea que es posible…

«Enviar un cambio causal a contracorriente, que, a su vez, afecte la realidad posterior. Una verdadera paradoja».

Porque lo más original en la interpretación del tiempo propuesta en Permafrost es que esa paradoja no es tal o, como dice un personaje:

«La paradoja en sí misma… no es del todo paradójica».

El cambio causal enviado a contracorriente genera un frente de onda, con su respectivo ruido, que primero se superpone al ruido anterior y luego lo cubre, de forma que, al llegar al futuro establecido, la realidad será la pautada por el cambio causal y no por la causa original.

Por lo tanto, en Permafrost no hay ramificaciones y universos paralelos, sino realidades (y tiempos) superpuestos.

 

viajes en el tiempo 2
Fotografía realizada por Fabrizio Verrecchia y publicada en Unsplash.

 

Los peligros de manipular el tiempo…

Hasta aquí este (no tan breve) muestrario de viajes en el tiempo.

Obviamente, no ha pretendido ser abarcador porque, en última instancia, es una muestra circunstancial, surgida de una coincidencia y una reflexión.

Sin embargo, mientras escribía este artículo se ha «superpuesto» otra idea que, llegado el final, parece imponerse a la del principio: más que con las novelas familiares, las novelas de viajes en el tiempo comparten estrategias con las novelas policíacas.

Si te fijas, ambos géneros pautan reglas que luego deben seguir (reglas que el lector puede conocer o que el escritor puede crear a su antojo, siempre que las deje claras). Y el placer de la lectura, en ambos casos, radica en la competencia entre el autor —que busca sorprender— y el lector —que intenta adelantarse— empleando y retorciendo dichas reglas.

Incluso el misterio, el secreto, el revelado paulatino de información, son esenciales a ambos tipos de libros. El puzle de indicios para la resolución de un crimen es sustituido, en las novelas de viajes en el tiempo, por un puzle temporal. Pero ambos puzles deben encajar de forma coherente e imprevisible para resultar satisfactorios.

Por último, del mismo modo en que, en la serie negra, el crimen puede ser una excusa para exponer los contrastes de una sociedad y reflexionar sobre sus miserias, en las novelas de viajes en el tiempo el viaje en sí mismo puede actuar de catalizador. Es el caso, por ejemplo, de Parentesco, de Octavia E. Butler, y Riesgos de los viajes en el tiempo, de Joyce Carol Oates.

Así que ya ves, este artículo partió de una reflexión y terminó llegando a otra… Es lo que tiene manipular el tiempo, que puede hacerte saltar de realidad sin que siquiera te des cuenta.

 

viajes en el tiempo 3
Fotografía realizada por Jon Tyson y publicada en Unsplash.

 

NOTA:La foto de cabecera pertenece a Djim Loic y ha sido publicada en Unsplash.

 

 

 

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