Tiene gracia: bastó que escribiera un artículo en el que me preguntaba hacia dónde se dirigían las distopías literarias en nuestro siglo para que la vida empezara a atiborrarme de ejemplos. Algunos que se publicaron posteriormente al artículo y otros que, sencillamente, hasta entonces no había leído.

Sea como sea, tengo la sensación de haber leído más distopías innovadoras en lo que va de año que en la última década. Y conste que eso no significa que anteriormente no hubiera leído buenas novelas distópicas. A lo que me refiero es a la originalidad en el enfoque; al reconocimiento de los elementos que diferenciarían una tendencia totalitaria —o de pérdida de libertades, o de ausencia de intimidad— en el siglo XXI.

Así, en los últimos artículos he hablado de novelas que introducen la distopía en la vida cotidiana (que eliminan su épica); o de libros que emplean la sátira para mostrar, a las claras, la desigualdad de género.

En esta ocasión, hablaré de una distopía que plantea otro enfoque radicalmente original; uno tan realista y evidente que, tras leerla, lo primero que cabe preguntarse es cómo es posible que no se hubiera empleado antes. Me estoy refiriendo a Mañana cruzaremos el Ganges, de Ekaitz Ortega (El transbordador, 2017), una novela que, en mi opinión, está destinada a convertirse en un clásico.

 

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Fotografía realizada por Matthew Henry y publicada en Unsplash.

 

Nuevos enfoques

Lo que diferencia la obra de Ortega de la mayoría de novelas distópicas contemporáneas es su capacidad para percibir el modo en que las estrategias de poder se han ido adaptando a las tecnologías, herramientas de conectividad y tendencias sociales de nuestro siglo y las han ido ajustando a sus intereses.

Dado que la sociedad en la que vivimos es distinta a la del siglo XX, las estrategias de poder también han cambiado. Sin embargo, la literatura distópica ha tendido a describir los mismos abusos de poder y estrategias totalitarias que reflejaban sus homónimas de entones.

El motivo, intuyo, es que los procesos de cambio han sido tan lentos (y sus efectos concretos tan distintos de los previstos) que nos resulta difícil reconocerlos salvo en los casos más evidentes, como la conectividad global, la desregulación del mercado laboral, o las mejoras —notorias, pero insuficientes— de los derechos civiles y la igualdad de género. (De hecho, las propuestas teóricas que abarcan y explican estos cambios —como el concepto de «modernidad líquida», desarrollado por Zygmunt Bauman— no son tan conocidos como deberían).

Ante esa nueva sociedad, las estructuras de poder —al menos en occidente— se han posicionado de un modo distinto a como lo hicieron hace cincuenta años. Por lo tanto, reconocer sus nuevas estrategias requiere, por parte de la literatura, una actualización del enfoque que Mañana cruzaremos el Ganges ha sabido concretar.

 

La estrategia de la rana escaldada

La clave de la nueva estrategia es, en última instancia, la misma que nos ha dificultado percatarnos de los cambios: la lentitud y mesura con los que estos se producen.

Suele decirse que, si a una rana se la pone en una olla con agua hirviendo, esta de inmediato escapará, pero que, si se la pone en una olla con agua a temperatura ambiente y se la va calentando de a poco, la rana no se percatará del cambio y terminará escaldada.

No sabría decir si esa afirmación es cierta —ni estoy dispuesto a escaldar una rana para averiguarlo—, pero resulta cada vez más claro que, en nuestras sociedades, la estrategia de la rana escaldada suele funcionar. Basta con ver la paulatina precarización del mercado laboral que se ha ido produciendo en los últimos años. Si el cambio se hubiese producido de un día para otro, las huelgas habrían paralizado media Europa, pero como los pasos se han ido dando de forma paulatina…

Este es el primer factor que Ortega ha captado, y que expone en sus distintas vertientes en Mañana cruzaremos el Ganges. Desde el deterioro de la libertad de prensa y la libertad de expresión, hasta el ataque, por parte del régimen, a la libertad de conciencia de sus ciudadanos.

Sin embargo, donde se hace más evidente es en la introducción de mecanismos de control. De hecho, es en la escena en la que un funcionario del régimen presenta uno de estos mecanismos —que terminará siendo esencial para el desarrollo de la trama— donde la estrategia de la rana escaldada se hace evidente:

«Creemos que será una medida que cualquier usuario acabará agradeciendo, aunque al principio puede resultar polémico para algunos ciudadanos. Somos conscientes de que toda novedad de esta clase puede provocar molestias o sensación de pérdida de privacidad. Cuando se instauró la normativa de acceso libre a los datos fiscales y formativos de cada ciudadano tuvimos quejas y manifestaciones por parte de algunos sectores. Había países que no tenían una cultura tan aperturista, pero seamos sinceros: ¿a quién le molesta a día de hoy? ¿Alguien se preocupa por lo que los demás puedan descubrir? Y todos lo utilizamos, no dudo que ustedes, como periodistas, acceden al sistema continuamente. No disimulen».

En apenas un párrafo, Ortega ha descrito el proceso temporal de introducción de cambios paulatinos que define dicha estrategia.

 

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Fotografía realizada por Nicolas Jehly y publicada en Unsplash.

 

La doctrina del shock

Claro que, para empezar a utilizarla (para realizar el primer cambio), es necesario que exista un disparador.

No es casual que uno de los acápites de la novela haya sido extraído de La doctrina del shock, de Naomi Klein; un ensayo cuya idea central —que transcribiré del prólogo— es la siguiente:

«Durante más de tres décadas, Friedman y sus poderosos seguidores habían perfeccionado [la siguiente] estrategia: esperar a que se produjera una crisis de primer orden o estado de shock, y luego vender al mejor postor los pedazos de la red estatal a los agentes privados mientras los ciudadanos aún se recuperaban del trauma, para rápidamente lograr que las “reformas” fueran permanentes».

Si pensamos en la crisis financiera de 2008 y en las sucesivas reformas laborales que han tenido lugar en la última década, esa lógica resulta evidente. Sin embargo, precisamente por eso, Mañana cruzaremos el Ganges no describe la «crisis de primer orden» que sirvió de detonante (o excusa) para las reformas (y que en la novela se denomina «la crisis del 53»), sino que se limita a sugerirla para centrarse en sus consecuencias. En otras palabras, escapa de la tentación de describir el «estado de shock» (con toda su pirotecnia) para mostrarnos que, al menos para la protagonista, la «crisis de primer orden» no fue tan traumática como las supuestas «reformas» que debían palearla:

«Pasé la crisis del 53 casi sin darme cuenta, sólo con una cerradura más segura en la puerta».

Y, sin embargo:

«Recordaba que era muy crítico, pero en aquellos tiempos existía mayor libertad de expresión y la gente se podía quejar en las casas, e incluso la calle, sin que supusiese un problema. Luego vino la crisis, la inestabilidad… y todo cambió».

 

El régimen como entelequia y amenaza

Existe una tercera característica de las nuevas estructuras de poder que Mañana cruzaremos el Ganges expone de forma brillante.

En los regímenes totalitarios de mediados del siglo pasado, la componente estética —la escenificación de su poder y uniformidad— era esencial. Obviamente, como nuestro mundo contiene muchos mundos, en nuestros días siguen existiendo regímenes que mantienen esa lógica.

Sin embargo, en las sociedades democráticas, los poderes fácticos no son una entidad uniforme ni escenifican su poder. De hecho, tienden a diluirse en una entelequia (entendida en su doble acepción), a carecer de una imagen reconocible y a solo «materializarse» en las decisiones políticas que los favorecen.

Por lo tanto, parece lógico que, a la hora de definir un régimen totalitario propio del nuestro siglo, Ortega haya creado una supuesta entelequia: una organización sin banderas, ni uniformes, ni líderes distinguibles, pero que está omnipresente en la sociedad en forma de amenaza. Una especie de fantasma, espeluznante pero intangible, que puede materializarse en cualquier momento para eliminar a quien desee.

 

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Fotografía realizada por 贝莉儿 NG y publicada en Unsplash.

 

Otra vuelta de tuerca

Solo por lo dicho hasta ahora, Mañana cruzaremos el Ganges merece ocupar un lugar entre las grandes distopías de nuestro tiempo. Pero a su lucidez a la hora de reconocer estas estrategias se suma un giro radical en el enfoque de la trama. Un cambio de perspectiva tan desconcertante que apuntala la realidad de la novela, que la vuelve plausible, estremecedoramente próxima.

Dedicaré el resto del artículo a desgranarla.

 

Actores secundarios

La primera vuelta de tuerca es la elección de su protagonista y sus circunstancias.

El personaje narrador de la novela es Eva Warren, una periodista freelance que, al inicio de la novela y debido a una nueva legislación, se ve obligada a entrar en plantilla de un gran periódico.

Hasta aquí, nada extraño, tanto la profesión del personaje como la independencia que se le intuye casan con el típico protagonista que, por voluntad propia o forzado por las circunstancias, se ve destinado a encabezar una revolución… Aunque esté abocada al fracaso.

Pero las cosas empiezan a torcerse cuando descubrimos que tiene 53 años —y que, por lo tanto, no es la joven rebelde de tantas distopías recientes— y que adopta una actitud acomodaticia ante las constantes presiones que cercenan su libertad.

Los primeros capítulos de la novela, de una introspección y costumbrismo urbano propios del género realista, podrían parecer el comienzo de una distopía clásica: donde se presenta la sociedad, los personajes secundarios y el día a día del protagonista antes de que un detonante centre la historia en su insubordinación contra el régimen.

Sin embargo, conforme pasan las páginas, el día a día de los personajes empieza a cobrar cada vez más peso, y cuando al fin «estalla» la revolución, Eva no está involucrada. Eva la mira desde fuera. Sufre sus consecuencias de forma indirecta y, del mismo modo que hace con el régimen, intenta seguir adelante.

Entonces comprendemos que estamos leyendo la historia de los personajes secundarios. Que la distopía clásica se está desarrollando, sí, pero en segundo plano, y que Ortega ha elegido poner el foco en un ciudadano de a pie. De esos que sufren el régimen como uno más de sus muchos inconvenientes vitales. Porque la otra gran innovación de Mañana cruzaremos el Ganges consiste en mostrarnos que…

 

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Fotografía realizada por Dan Gold y publicada en Unsplash.

 

La distopía es aquello que te va sucediendo mientras estás ocupado haciendo otros planes

Este quizás sea el planteamiento más radical de la novela…, aunque debería ser el más evidente. Es una idea tan obvia que, una vez vista, te preguntas cómo es posible que a nadie se le haya ocurrido antes… Ahí, precisamente, radica su genialidad.

La idea es muy simple: el hecho de que un régimen totalitario haya secuestrado una sociedad no significa que toda las preocupaciones y pensamientos de sus ciudadanos giren en torno a él. El régimen es la entelequia que lo tiñe todo, sí, pero es más probable que las preocupaciones y pensamientos de sus ciudadanos estén centrados en sus relaciones personales y problemas íntimos antes que en el contexto político y cultural en el que les ha tocado vivir. Ese contexto es, sin duda, un problema más con el que tienen que lidiar, pero el lugar que este ocupa entre sus preocupaciones dependerá de sus circunstancias particulares.

Así, para Eva Warren, el mantenimiento de la desapasionada relación con su marido —con quien convive por comodidad, más que por amor—, o la difícil relación con su hermana alcohólica —lastrada por años de mutua dependencia—, o la carencia afectiva debida a la pérdida temprana de sus padres son tanto o más importantes que su puja cotidiana por mantener cierta libertad periodística.

La mayoría de los personajes de las novelas distópicas carecen de este enfoque… De hecho, la mayoría de los personajes de las novelas distópicas son seres solitarios (no necesariamente «solos») que centran su vida en trabajar para el régimen o, en el caso de las distopías juveniles, seres sociales a los que una pérdida familiar incita a rebelarse.

 

Alegoría encarnada

Hablar de rebeldía juvenil me lleva al siguiente punto.

En una novela caracterizada por su realismo abrumador, destaca (y mucho) el único elemento «fantástico» que se incorpora en la trama. Es algo así como una mancha de color en un cuadro en blanco y negro.

Pero en un libro tan meditado como Mañana cruzaremos el Ganges esa decisión no es casual. Ortega quiere llamar la atención sobre una idea y, para hacerlo, subvierte la lógica con la que suelen trabajarse las alegorías en las novelas de ciencia ficción.

Si en la mayoría de ellas esta se percibe en las interacciones entre personajes o en la relación de un personaje con su contexto, aquí la alegoría se encarna en dos personajes, uno de ellos con una pátina fantástica: el hombre que no envejece… aunque pueda morir.

Dado que su aparición supone un giro central en la historia, no diré su nombre ni su relación con la protagonista. Solo diré que sus diálogos —contenidos por las circunstancias en las que se encuentra— desarrollan una apología de la libertad… con todas las consecuencias que ella conlleva.

«—Sólo me hice a un lado porque quería vivir en libertad.

(…)

—¿Dónde has estado?

—En todas partes. He… mendigado —dijo con sarcasmo— por cualquier lugar que te puedas imaginar y al que haya podido acceder sin fichar, claro. No he pedido nada a nadie ni he tenido que rendir cuentas. (…) Pero sabía que tenía un precio y esperaba que en algún momento diesen conmigo, este gobierno o el vecino. Ha sido toda una vida de aventuras y formación. Se dirá que el placer de la aventura es raro, como decía Russell. A mí me da lo mismo».

El segundo personaje que encarna una alegoría es la protagonista. Recordemos que «el estado de shock» que dio origen al régimen de Mañana cruzaremos el Ganges fue «la crisis del 53». Pues bien, como ya comenté, Eva Warren tiene 53 años. Y este detalle tampoco es casual. En última instancia, la novela de Ortega describe «la crisis de los 53» de Eva Warren, una crisis íntima, personal (acorde con la idea central del libro), pero que servirá de detonante para cambiarlo todo. Sin prisas, pero sin pausa.

Obviamente, el hecho de convertir a dos personajes en alegorías -y, en especial, el contraste tan llamativo que impone uno de ellos- puede gustar más o menos al lector, sin embargo, hay que reconocerle a Ortega la valentía que supone tomar semejante decisión.

 

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Fotografía realizada por Filmio . y publicada en Unsplash.

 

Sostiene Warren

Antes de terminar este artículo, no me resisto a hacer una última referencia. Por la profesión de su protagonista, su talante meditativo y el devenir de la historia, Mañana cruzaremos el Ganges me ha recordado a Sostiene Pereira, la novela de Antonio Tabucchi sobre un periodista lisboeta durante la dictadura de Salazar.

No sabría decir si es una referencia premeditada…, ni tampoco podría desarrollarla sin hacer un spoiler imperdonable, pero, en cualquier caso, me interesaba dejar constancia porque —sea premeditada o no— esa forma de enfocar la distopía me ha parecido otro gran hallazgo.

 

Una novela llamada a perdurar

Si sigues este blog, sabrás que la palabra «clásico» no suelo emplearla a menudo. Solo la utilizo para referirme a aquellas obras que han permanecido vigentes a lo largo del tiempo, aquellas que han logrado captar cierta esencia duradera (no me atrevería a llamarla «inmutable») del ser humano o de la sociedad.

Es en ese sentido en el que intuyo que Mañana cruzaremos el Ganges está llamada a convertirse en un clásico. Es algo que solo sabremos con el tiempo, por supuesto, pero su lectura de las lógicas que regulan nuestro presente y de los vínculos que mantenemos con ellas es de una lucidez que me resulta prospectiva.

Porque, como plantea Manuel de los Reyes en su prólogo:

«Este descorazonador presente nuestro es el pasado del que se sirve Ekaitz Ortega para sentar las bases de su futuro: un escenario caracterizado por manifestaciones exacerbadas de muchas de las plagas que han asolado siempre nuestro planeta».

Solo espero que sus proyecciones políticas no sean tan lúcidas como su diagnóstico social…

En cualquier caso, si aún no la has leído, te la recomiendo. Salvando las distancias, la tiranía que expone es tan propia de nuestro siglo -tan coherente con nuestra realidad- que resulta estremecedora; por lo cercana, por lo verosímil…, por lo familiar.

 

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Fotografía realizada por Flynn Doherty y publicada en Unsplash.

 

NOTA:La foto de cabecera pertenece a Florian Schneider y ha sido publicada en Unsplash.

 

 

 

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