Hacía meses que esperaba escribir este artículo. El cuento de la criada es una novela que, además de fascinarme, dio origen a una de las primeras entradas de este blog, así que, cuando me enteré de que Margaret Atwood estaba ultimando su secuela, mis expectativas se dispararon.

Afortunadamente, en inglés The Testaments (Los testamentos) se publicó en audiolibro al mismo tiempo que en papel (y digo «afortunadamente» porque, en estos momentos, dispongo de mucho más tiempo para audioleer que para leer), lo que me permitió terminarla en menos de una semana. Esa prontitud —y el hecho de que, por una vez, había asumido que escribiría un artículo sobre una novela antes de leerla— me provocó una curiosa mezcla de impresiones.

La primera, debo confesarlo, fue cierto desencanto: cuando mediaba la audiolectura, además de empezar a dudar si escribiría sobre ella, llegué a sentirme algo defraudado. Podría decir que se debió a las expectativas, pero lo cierto es que El cuento de la criada la leí con más expectativas que su continuación y la novela no solo no me defraudó, sino que me brindó más de lo que esperaba… Con esto no quiero decir que la historia que relata Los testamentos no sea interesante —te aseguro que lo es—, lo que planteo es que no lograba hallar nada más allá de la historia en sí misma.

Sin embargo, pasado ese punto, empecé a tomar conciencia de algo que no solo ha dado pie a este artículo, sino que me ha llevado a admirar el oficio de Atwood: a diferencia de El cuento de la criada —donde su libertad creativa era absoluta y su relato, un reflejo de su tiempo— la potencia narrativa de Los testamentos esta limitada desde el principio por una serie de determinantes inherentes a las secuelas.

 

Portada ECDC

 

Sagas, trilogías y secuelas

En estos momentos, en los que buena parte de la literatura fantástica suele plantearse en sagas o trilogías, es probable que resulte extraño que elogie el modo de lidiar con las limitaciones de una secuela. Así que lo primero que debo aclarar es una diferencia «logística».

El escritor que se plantea una saga o una trilogía tiene desde el principio (o, al menos, debería tener) una idea general de la evolución de su historia y sus personajes a lo largo de los libros. Una secuela, por el contrario, no tiene porqué partir de una idea preconcebida.

Por otra parte, el escritor de una saga o una trilogía no deja pasar treinta y cuatro años entre un volumen y otro… A menos que se llame George R.R. Martin o Patrick Rothfuss (lo sé, lo sé, es un chiste fácil).

Cabría preguntarse si es necesaria una secuela de una obra treinta y cuatro años después, pero esa no es una pregunta que me interese responder aquí. Lo cierto es que Los testamentos existe y —debido al tiempo que ha transcurrido desde la publicación de El cuento de la criada y, muy especialmente, al movimiento cultural que ésta ha generado en los últimos años— su resolución se ha visto restringida por ciertos parámetros previos que me interesa analizar… En especial, para ver el modo en que Atwood consigue salvarlos.

 

Factor sorpresa

La más evidente de todas las limitaciones es la ausencia del factor sorpresa. La sociedad distópica descrita por Atwood en El cuento de la criada es tan rica en detalles que, en la práctica, las vicisitudes de Defred en la República de Gilead no son más que la excusa para describirla. Y Atwood lo hace con una elegancia magistral: siendo explícita cuando es necesario y sugerente cuando es mejor así.

Como comenté en el artículo en el que la analizo, el uso desconcertante de los adjetivos por parte de la autora transforma las descripciones más banales en metáforas de la sociedad de Gilead o del estado de ánimo de Defred. De modo que, al terminar la lectura, los elementos que se intuyen afectan tanto al lector como aquellos que se han revelado.

Esta estrategia era intransferible a Los testamentos. Para empezar, porque ese delicado equilibro es imposible de mantener empleando el mismo escenario. Pero, sobre todo, porque, debido a la popularidad de la serie televisiva basada en El cuento de la criada, muchos de sus potenciales lectores tienen una imagen muy clara de la República de Gilead.

Así que Atwood, consciente de esa circunstancia, salva la limitación cambiando el enfoque de la novela.

 

Los testamentos 1

 

Mostrar, en lugar de sugerir

El objetivo del artículo que dediqué a El cuento de la criada era mostrar sus paralelismos —el diálogo que entablaba— con 1984, de George Orwell. Un paralelismo sugerido, en mayor o menor medida, pero nunca expuesto.

Curiosamente, esa es la primera clave del libro que Atwood explicita en Los testamentos. Su título sugiere que el relato de sus tres protagonistas nos llega a través de sus testimonios; es su legado a la posteridad. En dos de los casos se trata de una declaración oral, en el tercero, de un diario privado.

Y es a través de ese diario que se hace explícito el vínculo especular entre 1984 y la secuela de El cuento de la criada:

Comparemos esta cita del primer capítulo de Los testamentos:

«Si estás leyendo, al menos este manuscrito habrá sobrevivido. Aunque tal vez sean meras ilusiones: quizá nunca tenga un lector. Quizá solo esté hablando con la pared, en más de un sentido.

Basta de escritura por hoy. Siento la mano entumecida, la espalda dolorida, y me aguarda mi taza de leche caliente de todas las noches. Guardaré este legajo en su escondite, evitando las cámaras de vigilancia: sé dónde están, porque las instalé yo misma. A pesar de tales precauciones soy consciente del riesgo que corro: escribir puede ser peligroso».

… Con esta otra cita del primer capítulo de 1984:

«Sacó del cajón un portaplumas, un tintero y un grueso libro de notas con el lomo rojo y las tapas imitando el mármol.

Por alguna razón, la telepantalla del salón ocupaba una posición poco frecuente. En lugar de estar, como era habitual, en la pared del fondo, desde donde dominaba toda la habitación, estaba en la pared más larga, enfrente de la ventana. A un lado había un hueco donde estaba sentado Winston y que, cuando se construyeron los apartamentos, probablemente se concibiera para instalar una estantería. Sentado en el hueco lo más pegado posible a la pared, Winston quedaba fuera del campo de visión de la telepantalla. Por supuesto, aún podían oírle, pero mientras siguiese allí no podrían verle».

 

Explicando la República de Gilead

Esa misma estrategia —mostrar en lugar de sugerir— es empleada por Atwood en su acercamiento a la sociedad. Si El cuento de la criada daba un pantallazo general de los estamentos de su teocracia y los vínculos —perversos— que se establecían ente ellos, Los testamentos describe sus pautas y rituales en detalle. Para ello se sirve de dos personajes femeninos ubicados en distintos estratos de la República de Gilead.

Así conocemos el modo en que se educa a las mujeres dentro del régimen, los vínculos entre las Esposas, las Marthas, las Criadas y las Tías. El sistema diseñado por estas últimas para seleccionarle un marido a las hijas adolescentes (de trece o catorce años) de las élites de Gilead. O incluso el origen de los estamentos de las mujeres (muy especialmente el de las Tías).

Esta estrategia es consciente, como reconoce la propia Atwood en la cita que cierra el texto de contraportada:

«Queridos lectores y lectoras: vuestras preguntas sobre Gilead y su funcionamiento interno han sido la fuente de inspiración de este libro. ¡Bueno, casi todo! La otra es el mundo en el que vivimos».

Sin embargo, intuyo que la precisión con la que expone los detalles de esa sociedad —sin caer en ningún momento en el infodumping, algo de por sí admirable— es deudora del carácter audiovisual que ha cribado su historia en los últimos años. De hecho, esa es otra de las limitaciones con las que Atwood debe lidiar.

 

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The Handmaid’s Tale (la serie)

Antes de comenzar este apartado debo reconocer que, desafortunadamente, aún no he podido verla. Sin embargo, no es necesario haberla visto para detectar dos factores evidentes que convierten a la serie en el hilo conductor entre El cuento de la criada y Los testamentos.

El primero es la continuidad narrativa. Para empezar, a lo largo de la historia se nos dice —sin que esto suponga una revelación— que Defred en realidad se llama June, algo que se desconoce al finalizar la lectura de la novela original y que, evidentemente, ha sido revelado en la serie. Pero existe una conexión incluso más clara que, lamentablemente, no puedo explicar sin destrozarte el final de El cuento de la criada (si aún no la haya leído) y el final de lo que, supongo, ha de ser la segunda temporada de la serie (aunque yo no la haya visto). Digamos tan solo que la historia de Los testamentos tiene lugar dieciséis años después del final de la novela (… o de la segunda temporada de la serie) y que su protagonista no es Defred, sino tres mujeres vinculadas a ella.

El segundo factor que hace evidente su influencia televisiva es la estructura misma del libro. Si El cuento de la criada proponía un relato moroso, costumbrista, en el que la descripción de los ambientes y los comportamientos mínimos reflejaban la sociedad distópica, Los testamentos se estructura en capítulos cortos, intercala las historias de los tres personajes principales, introduce escenas propias de un thriller de espías, emplea cliffhangers entre capítulos, se desarrolla en distintas localizaciones, y propone una trama enrevesada que se va desvelando lentamente al tiempo que reúne a sus protagonistas… En otras palabras, emplea las técnicas propias de las series contemporáneas.

Esto no es una crítica a Los testamentos. Que sea muy distinta a El cuento de la criada no significa que sea peor. Como plantea Anne Enright en la crítica de la novela que escribió para The Guardian:

«Quizás ningún otro escritor haya manejado su propio fenómeno con tanta gracia y habilidad. Los testamentos es Atwood en su mejor momento, por su mezcla de generosidad, perspicacia y control. La prosa es hábil, directa, bellamente torneada».

Coincido con su opinión… Ojalá se dijera lo mismo en los mismos medios de otros libros de género fantástico que comparten su estructura y calidad literaria, pero que no han sido escritos por Margaret Atwood.

 

Tiempo circular

Curiosamente, es probable que una de las mayores limitaciones a las que Atwood se ha tenido que enfrentar al escribir Los testamentos sea, a la vez, la razón por la que El cuento de la criada se ha convertido en un fenómeno cultural.

Si Mañana cruzaremos el Ganges, de Ekaitz Ortega, exponía las características de un régimen totalitario propio del siglo XXI, Los testamentos reincide en una distopía propia del siglo XX, tanto por el momento en que fue escrito el libro original como por el modo en que se expone el poder. Por si esto fuera poco, su imaginería tecnológica —lastrada por la estética del original… y supongo que por la de la serie— es más propia de una ucronía (un pasado alternativo) que de un futuro distópico. Y sin embargo…

Y, sin embargo, tanto la novela como la serie se han convertido en iconos de un movimiento social claramente contemporáneo. ¿A qué se debe este fenómeno?

Para empezar, es necesario volver a repetir que nuestro mundo es, en realidad, muchos mundos conectados, por lo que bastaría con trasladar la historia del territorio de Estados Unidos a otras partes de la Tierra para que Los testamentos dejara de ser una distopía y se convirtiera en una novela realista… O en un thriller de espías, si lo prefieres.

Y aún existen otras dos razones por las que tanto El cuento de la criada como Los testamentos tienen la potencia narrativa necesaria para convertirse en referentes sociales.

La primera la expresa muy bien Anne Enright en el artículo que mencioné más arriba:

«Leer este libro es sentir que el mundo gira, ya que los cambios imprevisibles de los últimos años revelan los mismos viejos temas. También te da la oportunidad de ver pasar tu vida política frente a tus ojos, de recordar cómo era el mundo hace 30 años y decir: «Si tenía razón en 1985, tiene más razón ahora»».

La segunda razón es que ambas novelas brindan una lúcida radiografía de los mecanismos y mezquindades del poder totalitario. Y eso es algo necesario ahora y siempre.

 

Los testamentos 2

 

Algunos ejemplos

Antes de empezar a citarlos debo hacer dos aclaraciones.

La primera es que este tipo de pasajes permean el libro, así que, aunque por razones de espacio he elegido solo un par, podría exponer muchos otros. Solo por la claridad de este tipo de análisis, ya vale la pena leer Los testamentos.

La segunda es que, como comenté al principio, no leí la novela en español (con la traducción de Eugenia Vázquez Nacarino), sino que la audioleí en inglés y, dado que esa es la única fuente de la que dispongo, las citas que expondré a partir de aquí serán traducciones del audio… Lo que significa que cualquier error que detectes es mío.

Dicho esto, creo que los fragmentos se explican por sí mismos, así que tan solo los traduciré.

El primero tiene que ver con la hipocresía y paranoia de los regímenes dictatoriales incluso (o principalmente) entre sus altos cargos, y es relatado por Tía Lydia, la líder de su estamento y una de las protagonistas de la novela:

«Pero existen otras tres razones para mi longevidad política.

Primero, el régimen me necesita: controlo el lado femenino de su proyecto con puño de hierro en guante de cuero en mitón de lana, y mantengo las cosas en orden. (…)

Segundo, sé demasiado sobre sus líderes, conozco demasiada basura, y no están seguros de qué he hecho con ella en lo que respecta a su documentación. Si me encierran, esa basura podría filtrarse de alguna manera. Es probable que sospechen que he tomado algunas precauciones para cubrirme las espaldas…, y estarían en lo cierto.

Tercero, soy discreta. Cada uno de sus líderes ha tenido siempre la sensación de que sus secretos están a salvo conmigo, pero —como les he dejado indirectamente claro— solo mientras yo misma esté a salvo».

La segunda cita tiene que ver con el adoctrinamiento en la obediencia ciega por parte del régimen, y es relatada por una «suplicante» (una «novicia» —por llamarla de algún modo— dentro del estamento de las Tías):

«Fregar los baños, sin embargo, no era divertido. En especial cuando tenías que fregarlos de nuevo incluso estando perfectamente limpios la primera vez…, y luego de nuevo por una tercera. Becca me había advertido de que las Tías me demandarían esa repetición.

—No se trata del estado de los baños, es un test de obediencia.

—¡Pero hacernos limpiar los baños tres veces no es razonable! (…)

—Sí, no es razonable…, y por eso es un test. Quieren ver si obedeces ordenes irracionales sin quejarte. Y para hacerlo más difícil, asignan a las Tías más jóvenes para supervisarnos: recibir órdenes estúpidas de alguien casi de tu edad es mucho más irritante que recibirlas de alguien mayor».

 

Protagonistas juveniles

De las tres protagonistas de la novela, una, como ya comenté, es Tía Lydia; pero las otras dos son mujeres jóvenes o, para ser exacto, adolescentes: una por su edad y otra por sus circunstancias. La elección de estas protagonistas no es baladí y está asociada al argumento tanto de la primera novela como (supongo) de la serie.

Sin embargo, debido al auge que han experimentado en la última década las distopías juveniles, es lógico que Los testamentos dialogue —aunque sea de forma indirecta— con los modos en que estas novelas representan a sus protagonistas juveniles.

Resulta complicado ahondar en este tema sin hacer spoilers, así que me limitaré a exponer —o, al menos, sugerir— las dos posturas al respecto que Atwood intenta equilibrar.

Por una parte, la autora nos muestra que, en la mayoría de los casos, los personajes juveniles son guiados (si no dirigidos) por las circunstancias o por personajes adultos. Su arrojo juvenil se expresa en la rapidez y certeza con que llevan a la práctica consejos ajenos, más que en su propia iniciativa. En otras palabras, su arrojo se expresa en su capacidad táctica, más que estratégica. Los personajes juveniles saben lo que quieren, pero son otros los que deben mostrarle el camino a seguir. Atwood también emplea el tropo de los vínculos familiares como catalizador de su voluntad…, pero sobre esto no puedo decir nada.

Por otra parte, subraya que la importancia de los jóvenes tanto en las contiendas bélicas como en la resistencia a los regímenes totalitarios no es uno constructo ficcional. Y lo hace a través de un historiador, para recalcar que su presencia en estos ámbitos no es un hecho aislado.

El último capítulo de Los testamentos retoma (y, a mi entender, mejora) el juego metaliterario iniciado en El cuento de la criada sobre el simposio de historiadores que analiza (y relativiza) los hechos; y el siguiente fragmento ha sido extraído de allí:

«[Una de las adolescentes (no revelaré su nombre)] parecería ser demasiado joven, tanto en años como en experiencia, para que le fuera asignada la peligrosa misión que [… omitiré esta parte para no hacer spoilers], pero no es más joven que muchos que se han visto envueltos en operaciones de resistencia y trabajos de espionaje a lo largo de los siglos. Algunos historiadores han argumentado, incluso, que las personas de esa edad son especialmente apropiadas para tales aventuras, dado que los jóvenes son idealistas, tienes un sentido poco desarrollado de su propia mortalidad y padecen de una exagerada sed de justicia».

Existe un último detalle sobre sus protagonistas juveniles que me interesa señalar. Las voces de ambas, por momentos, resultan muy semejantes. Sin embargo, lo que en principio podría parecer un defecto, intuyo que es (una vez más) una estrategia calculada. Y lo es por dos motivos: uno que no puedo descubrir y otro que, en lo personal, me resulta muy sugerente. Aunque una de las protagonistas se haya criado dentro de la República de Gilead y la otra, fuera, la novela parece indicarnos que su esencia —al margen del condicionamiento social— es más semejante de lo que podría parecer, lo que nos brinda una luz de esperanza sobre la condición humana.

 

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Los límites que impone una secuela

Tiene gracia: al final terminé escribiendo un artículo sobre Los testamentos —como había previsto antes de leer la novela—, pero el resultado ha sido completamente distinto de aquel que imaginaba.

Pero me alegro de haberlo escrito. Al margen de la pertinencia o no de la secuela; al margen de las evidentes diferencias con su antecesora, Los testamentos es, en sí misma, una excelente novela: una que te mantiene en tensión, con personajes bien definidos, un profundo análisis social y una trama inteligente (más allá de que pueda resultar más o menos predecible).

Su mayor «problema» (por llamarlo de algún modo) es que El cuento de la criada exista porque, en última instancia, ahí radica el mayor límite que debe afrontar toda secuela, el límite que le marca su antecesora. Lo quiera o no, toda continuación se ve obligada a reflejarse en su original, y en ese sentido Los testamentos (una novela de gran calidad literaria) juega en desventaja; porque al mirar su reflejo, se ve obligada a compararse con un clásico.

 

Los testamentos 3

 

NOTA: La foto de cabecera pertenece a Oscar Keys y ha sido publicada en Unsplash.

 

 

 

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