Este artículo fue escrito para el Nº13 de la revista SuperSonic y, al igual que los anteriores, hoy lo publico en el blog gracias a la gentileza de Cristina Jurado.

Como ya he comentado, tengo la sensación de que existen ciertas tendencias reconocibles en la literatura de ciencia ficción contemporánea (y, probablemente, en la literatura fantástica en general). Sin embargo, dado que son tendencias transversales, para mostrarlas no vale con analizar una obra concreta, sino que es necesario acercarse a un conjunto de novelas cuyo eje común sea la tendencia a explorar.

En este artículo retomaré la premisa que ya desarrollé al analizar El hombre en el castillo y Estados Unidos de Japón: que una de las tendencias de la literatura fantástica actual es el desarrollo de variaciones en torno a ciertos temas icónicos. En otras palabras, que en muchos casos los autores eligen sustituir la originalidad temática por la originalidad en el enfoque.

En aquel artículo comenté que la premisa había partido de la lectura de otras tres novelas, pero que prefería dejar su comentario para esta más adelante. Así que ahora ha llegado el momento de hacerlo.

La primera sugerencia del tema me la dio un libro divertidísimo: El archivo de atrocidades, de Charles Stross.[1] Su versión en castellano —publicada por Insólita Editorial— contiene además la novela corta «La jungla de cemento» y un epílogo titulado «En la fábrica del miedo», en el que Stross desmenuza los componentes de su ficción.

Más adelante citaré algunos pasajes de ese análisis —verdaderamente lúcido—, pero ahora quiero subrayar la sorpresa que me deparaba al final del mismo. Durante toda la novela me había estado preguntando cómo se le había ocurrido mezclar espías, referencias a la cultura pop y mitología lovecraftiana en un solo libro y, de pronto, en las últimas páginas del epílogo, me encuentro con que el propio Stross hace referencia a dos obras anteriores que contienen los mismos elementos (la novela Declara, de Tim Powers,[2] y el juego de rol Delta Green[3]).

No se trataba de referentes —porque Stross no las conocía antes de terminar El archivo de atrocidades—, sino de serendipias (algo muy habitual en literatura), así que solo habría sido una anécdota si en los meses siguientes no hubiera leído otras dos novelas (igual de disfrutables) basadas en el mismo mestizaje: La torre, de Daniel O’Malley,[4] y Agentes de Dreamland, de Caitlín R. Kiernan.[5] Fue la conjunción de esas tres novelas la que me llevó a pensar en el tema de las variaciones; y si en el primer artículo me centré en cómo la originalidad de estas obras residía en su enfoque, en éste quiero analizar el contraste entre referentes y serendipias y explorar qué puede propiciar la elección de los temas icónicos. Veamos qué nos dicen las obras.

 

La torre
Fotografía realizada por Isabel Galvez y publicada en Unsplash.

 

Referentes…

Sin duda, la más explícita de las tres a la hora de exponer sus referentes es El archivo de atrocidades. Sus espías se inspiran abiertamente en la obra de Len Deighton: «uno de los más grandes escritores de terror del siglo xx», en palabras de Stross. Las novelas de Deighton (en la tradición inglesa de John Le Carré) hablan de «hombres y mujeres corrientes atrapados en puestos burocráticos sórdidos y mal pagados» que deben resolver sus problemas morales (y personales) mientras se enfrentan a la amenaza del apocalipsis. Un apocalipsis muy real, porque sus libros se desarrollan (y fueron escritos) durante la Guerra Fría.

Claro que cuando Stross escribió El archivo de atrocidades, hacía diez años que ésta había terminado, así que es lógico que sustituyera el horror real por una amenaza más vistosa, pero imaginaria. Es ahí donde entra en juego la mitología lovecraftiana.

Stross justifica su elección analizando la literatura del escritor de Providence:

«Howard Phillips Lovecraft fue uno de los grandes pioneros del thriller de espías. (…) Muchos de sus temas, desde el acopio obsesivo de información secreta hasta la infiltración y el cartografiado de territorios controlados por alienígenas, están en el centro de las obsesiones de los escritores de thrillers».[6]

A esta mezcla, ya de por sí atractiva, Stross le agrega un tercer componente que la vuelve irresistible: las referencias a la cultura pop que, en su caso (y en esto reconoce la influencia de Neal Stephenson), se circunscriben a la cultura geek y la jerga hacker.

Así que repasemos los tres elementos que hemos encontrado en El archivo de atrocidades: espías, mitología lovecraftiana y referencias a la cultura pop.

Si los espías de Stross se basan en el referente inglés creado por Deighton y Le Carré, los de Kiernan en Agentes de Dreamland parten del referente norteamericano (algo cínico y bastante paranoico) desarrollado por una larga escuela de autores, desde Robert Ludlum a Olen Steinhauer. La falta de confianza entre agencias gubernamentales, la censura interna de la información y los personajes atormentados por la culpa son estereotipos reconocibles, tanto en la literatura como en el cine (en especial, tras el 11S), que Kiernan maneja con habilidad. Y, además, juega con ventaja porque en la cultura pop americana hay una larga tradición «conspiranoica»; así que elementos tan icónicos como los hombres de negro, los agentes con poderes psíquicos, las sectas religiosas o las referencias a Expediente X casan como un guante en una trama de espías. Por último, en lo que respecta a la mitología lovecraftiana, Kiernan sustituye el tono lúdico de Stross por uno ominoso.

Aparte de los espías lúgubres de Deighton y Le Carré, hay otra «tradición» de espías ingleses igual de reconocible: la de aquellos con modales de lord (o lady) y lengua afilada que se codea con la jet set mientras salva al mundo. Y aunque el ejemplo más obvio sea ese espía al que el Dry Martini le gusta agitado, pero no revuelto, nos hemos pasado las últimas décadas jugando con el estereotipo. De hecho, eso el lo que hace O’Malley en La torre, sumándole además la premisa inicial de El caso Bourne, de Robert Ludlum, con auto-mensaje e ida al banco incluidos.

Pero si incluso así consigue narrarnos una historia original (y tan divertida como la de Stross) es gracias a que mezcla los otros dos elementos: la cultura pop —que casi siempre es usada de contexto para un refinado humor inglés— y la mitología lovecraftiana… Aunque, en este punto, debo explicarme.

Si ya has leído la novela me dirás (con razón) que la fuente de la que parte O’Malley es la mitología inglesa: una vastísima cantera de entidades sobrenaturales (como enumera en un pasaje que no citaré por falta de espacio). Sin embargo, a la hora de formalizar esas entidades nos encontraremos con que describe, por ejemplo, cómo «un ejército de monstruosidades surgió del océano y se desató una guerra sobrenatural en suelo británico», o cómo un cubo de carne con tentáculos intenta tragarse a los personajes, o cómo la invocación de una entidad de otro mundo se sale de control y amenaza con colonizar el planeta. En otras palabras, el bestiario al que la protagonista debe enfrentarse está más próximo a la mitología lovecraftiana que a la inglesa, por más que no lo plantee de forma explícita.

La conclusión que me interesa extraer, de lo que hemos visto hasta ahora, es que la mezcla de los mismos tres elementos puede dar origen a novelas muy distintas siempre que los referentes escogidos en cada caso sean diferentes: una vez más, la originalidad reside en el enfoque.

Hablemos ahora de los puntos en común.

 

Agentes de Dreamland
Fotografía realizada por Masaaki Komori y publicada en Unsplash.

 

… y serendipias

Al margen de sus evidentes diferencias, llama la atención ciertas similitudes en el tono del relato, o en la estructura elegida, o incluso en algunas escenas, no porque hayan sido premeditadas, sino por todo lo contrario: por ser un claro ejemplo de serendipia.

El tono lúdico de El archivo de atrocidades, por ejemplo, se refleja claramente en La Torre. Stross basa su humor en las referencias geek y la ironía deslenguada de su protagonista (la escena en la que Cerebro —¡sí, por Pinky y Cerebro!— intenta hacer una tortilla sin romper el huevo es simplemente grandiosa); mientras que O’Malley emplea el humor de situación y la refinada ironía inglesa (la escena del pato que predice el futuro —no diré más para no estropeártela— me hizo reír a carcajadas), pero ambos consiguen el mismo efecto: un complejo equilibrio entre la ligereza lúdica del tono y la oscuridad escabrosa de la historia.

El tono de Agentes de Dreamland es el opuesto: sus personajes son seres torturados; ya sea por sus acciones pasadas, por sus acciones futuras, o por su múltiple temporalidad. Y esa diferencia de tono puede observarse claramente en la resolución de dos situaciones casi idénticas. Tanto en la novela de Kiernan como en la de O’Malley existe una escena que involucra la invocación de una entidad del más allá, esporas que colonizan los cuerpos de los invocadores y un riesgo a escala global. Sin embargo, la forma en que ambos escritores relatan los hechos es radicalmente distinta debido, precisamente, al tono del relato.

Las semejanzas ente Agentes de Dreamland y La torre no acaban allí. La estructura escogida por ambas novelas es bastante similar. Ambas van exponiendo las piezas de sus puzles por medio de flashbacks (y flashforwards, en el caso de Kiernan), al tiempo que desarrollan la trama «presente» y solo al final hacen encajar las piezas.

Tampoco se reducen al tono las similitudes entre La Torre y El archivo de atrocidades (y aquí agrego también la novela corta «La jungla de cemento»). En los tres casos, sus protagonistas deben enfrentarse a enemigos internos —es decir, a enemigos dentro de la organización para la que trabajan— y en los tres la organización cuenta con cuerpos de élite para «trabajos especiales». (El vínculo de su protagonista con estos cuerpos de élite también es similar, pero en esto no profundizaré para no hacer spoilers).

Podría seguir planteando semejanzas, pero las que acabo de mencionar dan buena muestra de las serendipias que suelen observarse en las variaciones sobre un mismo tema. Aclaro, eso sí, que no lo planteo como una crítica, sino como la exposición de lo que, a mi entender, es la consecuencia natural de ese «estado de ánimo común» que induce a distintos escritores a priorizar ciertos temas sobre otros.

 

El archivo de atrocidades
Fotografía realizada por Quijin Xu y publicada en Unsplash.

 

Temas icónicos

Tras ver que la mezcla del thriller de espías con el horror cósmico está en la base de al menos cinco obras de los últimos años, cabría preguntarse por qué.

La mejor respuesta nos la brinda el propio Stross en el epílogo de El archivo de atrocidades. En primer lugar, revela una semejanza llamativa entre ambos géneros:

«La ficción de espías, al igual que la de terror, se apoya en lo anodino de los protagonistas para arrastrar al lector a las cercanías de lo antinatural y los horrores ocultos de la alienación».

Ahora bien, si en la época de la Guerra Fría los horrores eran tangibles —y por lo tanto explícitos—, en estos tiempos en los que se han convertido en amenazas «ocultas» —tan ocultas como los ciberataques o las campañas de desinformación en redes sociales— no es de extrañar que sean expresados a través de otro tipo de amenazas ocultas. En ese sentido, según explica Stross, Lovecraft parece una opción razonable:

«Abundan los ecos de las obsesiones lovecraftianas en los thrillers más refinados de la Guerra Fría, desde Estación Polar Cebra, de Alistair MacLean, hasta el fervoroso y cautivador jardín lleno de horrores biológicos de Solo se vive dos veces, de Ian Fleming».

Pero, entonces, ¿por qué introducir el componente de espionaje? ¿Por qué no decantarse simplemente por el horror? Una vez más, la respuesta la da Stross:

«La ficción de terror nos permite afrontar y sublimar el miedo ante un universo incontrolable, pero la amenaza roza lo abrumador y, de hecho, puede llevarse por delante a los protagonistas. Por el contrario, la ficción de espionaje nos permite creer que la gente corriente puede, mediante la obtención de conocimientos secretos, conseguir cierta capacidad de acción contra las amenazas abrumadoras que llenan su universo».

Y en estos tiempos de incertidumbre y posverdad, esa esperanza ya parece bastante.

 

La torre 2
Fotografía realizada por K. Mitch Hodge y publicada en Unsplash.

 

Notas

La foto de cabecera pertenece a Jonas Friese y ha sido publicada en Unsplash.

[1] Stross, Charles, The Atrocity Archives, Golden Gryphon Press, Illinois, 2004.

Ed. Cast.: Stross, Charles, El archivo de atrocidades, Insólita Editorial, Barcelona, 2017 (tr.: B. Rodriguez y A. Rivas González // corr. est.: A. Rivas González y J.F. Campazas // Rev.: A. Torrubia).

[2] Powers, Tim, Declare, HarperCollins, New York, 2000.

Ed. Cast.: Powers, Tim, Declara, Gigamesh, Barcelona, 2003 (tr.: A. Solé).

[3] Detwiller, Scott Glancy, Scott Tynes, Delta Green, Pagan Publishing, 1997.

[4] O’Malley, Daniel, The Rook, Hachette Book Group, New York, 2012.

Ed. Cast.: O’Malley, Daniel, La torre, Nocturna Ediciones, Madrid, 2018 (tr.: M. de los Reyes García Campos).

[5] Kiernan, Caitlín R., Agents of Dreamland, Tor.com, New York, 2017.

Ed. Cast.: Kiernan, Caitlín R., Agentes de Dreamland, Alianza Editorial, Madrid, 2018 (tr.: M.P. San Román Navarro).

[6] Todas las citas de Stross que aparecen en este artículo han sido extraídas de «En la fábrica del miedo»: el epílogo de la edición en castellano de El archivo de atrocidades publicada por Insólita Editorial.

 

 

 

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