La historia de cómo llegué a Good Morning, Midnight es de las raras.

Oí hablar de esta novela hace unos años (probablemente cuando se editó, en 2016) y su sinopsis me llamó la atención. Sin embargo, entre que por aquel entonces apenas leía en inglés (de hecho, apenas tenía tiempo para leer en castellano) y que no me quedé con su título, nunca llegó a sumarse a mi biblioteca.

Hace unos meses, una de las plataformas de audiolibros a las que estoy suscrito me la propuso como audiolectura. Pero, una vez más, dado que no asocié el título ni la portada a lo que recordaba de entonces, no la añadí a mi biblioteca.

Y aquí viene lo curioso: pocos días después de recibir aquella sugerencia, David Tejera Expósito comentó en un tuit que George Clooney estaba dirigiendo su adaptación cinematográfica y, al entrar en la noticia, descubrí que su sinopsis era la misma que, años atrás, había llamado mi atención.

Y, por si fuera poco, resultó que Good Morning, Midnight era una novela relativamente corta que David definía como «una maravilla», así que en esa ocasión no solo entró en mi biblioteca, sino que fue directamente a su cima.

 

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Fotografía realizada por Alan Carrillo y publicada en Unsplash.

 

Sobre la ruptura de expectativas

La sinopsis de la novela es muy simple.

Augustine, un astrónomo tan brillante como egocéntrico, es el único científico residente en un observatorio del Ártico desde que, meses atrás, llegaron noticias de eventos catastróficos a escala global y una comitiva de militares evacuó al resto de su grupo. Desde entonces, no logra establecer contacto por radio con el resto del planeta.

Por su parte, Sullivan es la especialista de misión de la Aether, la primera nave espacial tripulada en llegar a Júpiter. En su viaje de regreso, la nave pierde el contacto con el centro de control de misión y tanto ella como el resto de tripulantes deberán hacer todo lo que esté en su mano para volver a comunicarse con la Tierra.

Hasta aquí, la sinopsis.

Ahora te propongo un juego: teniendo en cuenta estos datos —el observatorio en el Ártico, la nave espacial acercándose a la Tierra, la ausencia de un centro de control—, imagina el desarrollo de la trama.

Si eres aficionado a la ciencia ficción, seguro que te habrás hecho una idea del modo en que avanzará la historia: imaginarás que habrá un contacto por radio, más o menos en qué momento de la novela se entablará, lo que ocurrirá entre sus dos protagonistas, qué pudo haber ocurrido en la Tierra, cómo se podrán ayudar el uno al otro, con qué evento se cerrará el libro.

Pues bien, salvo por lo primero y lo último, lo más probable es que todo lo que has imaginado sea incorrecto. Porque lo que más me ha sorprendido de Good Morning, Midnight es la facilidad con la que rompe las expectativas del lector aficionado a la ciencia ficción.

Y que conste que lo que acabo de decir es un elogio.

 

Realismo en ciencia ficción

Dicha ruptura de expectativas me puso sobre la pista del tipo de novela que estaba leyendo.

En el artículo que dediqué a Pórtico, de Frederik Pohl (un clásico indiscutido de la ciencia ficción en el que las relaciones humanas son mucho más importantes que el novum tecnológico), ya comenté que, además de estimular nuestro sentido de la maravilla, la ciencia ficción nos permite ver con cierta distancia circunstancias que asumimos como «normales» (como inherentes a la realidad) de forma que podamos enfocarlas desde una perspectiva distinta.

Como dije entonces, en Pórtico muchos de los elementos de ciencia ficción se emplean para poner una lupa sobre las características psicológicas de su protagonista y, a través de él, sobre nuestra condición humana.

Esa idea es llevada a su extremo en Good Morning, Midnight, una novela de género realista en la que la ciencia ficción sirve de metáfora y altavoz.

A lo largo de este artículo, intentaré mostrar algunas de las estrategias empleadas por su autora para conseguirlo.

 

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Fotografía realizada por Jakob Körber y publicada en Unsplash.

 

El cosmos como metáfora

Empecemos por la más evidente: el empleo de descripciones de entornos espaciales como metáfora de las emociones de sus protagonistas.

Lily Brooks-Dalton ha elegido relatar su historia con una voz neutra (en tercera persona), que nos presenta las acciones, reflexiones y sentimientos de sus personajes principales con escasos adjetivos. Sin embargo, sus descripciones son de una riqueza embriagadora que, por contraste, expande nuestra percepción de sus vivencias.

Veamos un ejemplo concreto. No estoy haciendo ningún spoiler si digo que uno de los temas centrales de esta novela es la soledad (es algo que se desprende de la sinopsis), sin embargo, lo interesante es el modo en que esa emoción se refleja. Como en este pasaje:

«Antes de ingresar en el recinto, Sully se dirigió hacia la cubierta de mando y se detuvo un momento frente al cubículo transparente.

Las vistas habían perdido su novedad, pero no su magnificencia. La profunda negrura del espacio, tachonada con brillantes puntitos de luz de un rojo invariable y abrasador, o de un azul pulsante, o ligeramente relucientes, como el parpadeo de un ojo coqueto tras las gafas oscuras del espacio y el tiempo…

Sully podía oler la pegajosa savia de la planta de tomate que había rozado con su pulgar mientras contemplaba el vacío. Aspirar el aroma terroso de la fotosíntesis, para calmar el acelerado latido de su corazón, mientras se sumergía en el abrumador, infinito espacio que la rodeaba. Sin principio ni fin, solo espacio, por siempre.

Desde allí, la idea de la Tierra parecía una ilusión. ¿Cómo podía existir algo tan verde, algo tan diverso y hermoso y resguardado entre todo este vacío?»

Como has visto, el primer párrafo expone las acciones del personaje con una prosa funcional que se limita a relatar los hechos. Sin embargo, a través de las descripciones se nos trasmite su estado de ánimo: la añoranza y el desasosiego de una astronauta que ha perdido todo contacto con la Tierra.

Y aunque Brooks-Dalton emplea esta estrategia a lo largo de todo el libro, en ningún momento se torna repetitiva…, sencillamente porque no lo es. El empleo de descripciones como metonimia de los estados de ánimo es un recurso habitual en el género realista. (E incluso es un recurso empleado en algunas obras distópicas, como El cuento de la criada, de Margaret Atwood).

Pero lo que hace especial a Good Morning, Midnight es el hecho de que la mayoría de sus descripciones (al menos en la historia de Sully) se centran en elementos propios de la ciencia ficción: el cosmos, los distintos sectores de una nave, los trajes espaciales…

Y lo cierto es que funciona: la ciencia ficción brinda excelentes mimbres para la metáfora.

 

La nada infinita

No me resisto a transcribir uno de los pasajes que, a mi gusto, extrae el máximo potencial a estas asociaciones. Una escena que emplea la ausencia de gravedad como metáfora de la angustia existencial ante la muerte. De la impotencia de quien ha perdido toda referencia y no logra estabilizar su vida.

«Procuró calmarse, suavizar la deriva de su cuerpo, pero la falta de gravedad le dificultaba mantenerse en una posición estacionaria. […] Cuanto más pretendía estar quieta, más derivaba. Estaba luchando contra una ausencia, en lugar de una presencia, y eso de pronto la estremeció. ¿Qué dirección era “arriba”? Conforme el suelo se iba distanciando hasta convertirse en la cubierta, percibió la amenaza de que la lógica que había seguido […] a lo largo de toda su vida se quebrara. El trabajo duro y la inteligencia no podrían mantenerla a salvo. No había nada que ella pudiera hacer. No había cantidad alguna de esfuerzo, o previsión, o habilidad que hubiera podido impedir que nada de esto ocurriera. Nada en este universo podría mantener a ninguno de ellos a salvo. Sintió que sus perspectivas se oscurecían. […] Estaba contemplando a un astronauta que derivaba hacia la oscuridad. [Y] era ella, dentro de su traje, gritando, sangrando, retorciéndose, incapaz de respirar».

Por si acaso, debo aclarar que estas últimas frases solo describen una imagen mental (de lo contrario, habría hecho el mayor spoiler de este blog). Sin embargo, precisamente por eso, su potencia visual y expresiva resulta evidente.

 

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Fotografía realizada por Logan Lambert y publicada en Unsplash.

 

Los vínculos entre la ciencia y la vida

Otro de los tópicos que Good Morning, Midnight traslada sabiamente desde la ciencia ficción al género realista son las reflexiones sobre el rol de la ciencia, sus límites y los orígenes de la vocación investigadora.

Los pasajes en los que se describe la fascinación de sus personajes por la astronomía… o el modo en que la autora expone la limitada inteligencia emocional de uno de ellos a través de una curiosa traslación del método científico son excelentes.

Sin embargo, aquí me centraré en otros dos pasajes que, a mi entender, representan el mayor hallazgo de la novela en este sentido.

Mediado el libro, Brooks-Dalton construye dos escenas paralelas en las que asocia el origen de la vocación científica de los protagonistas (Augustine y Sully) a la relación con sus respectivas madres. De este modo consigue, en ambos casos, dar las claves de esas relaciones, explicar (hasta cierto punto) la psicología de sus personajes y plantear dos acercamientos opuestos, pero igualmente válidos, a la ciencia.

Obviamente, de los primeros dos aspectos no podría hablar si hacer spoilers, pero profundicemos en los disparadores de la vocación científica.

 

La fascinación por el misterio

Empezaré por transcribir la escena de Sully, la especialista de misión de la Aether. De su anécdota se desprende el origen más evidente (y, ¿por qué no?, romántico) de la pasión por la ciencia, pero la autora consigue exponerlo sin caer en el cliché.

«Recordaba el telescopio que ella y Jean solían llevar al desierto en el maletero de su [Chevrolet] El Camino verde oxidado. Solo ellas dos. Conducían con las ventanas bajadas y el largo pelo de Jean llenaba la cabina. […] Luego preparaban el telescopio, extendían la manta y se quedaban allí durante horas. Jean le mostraba los planetas, las constelaciones, los grupos de estrellas, las nubes de gas… De vez en cuando veían orbitar a la estación espacial internacional: una luz rápida y brillante que tan pronto estaba allí como se iba a orbitar otra parte del mundo.

Al día siguiente, Sully llegaba a su escuela soñolienta, pero feliz. Su madre le había enseñado el universo».

Esa fascinación por la inmensidad, por el misterio del cosmos, está en el origen de muchas vocaciones científicas, y la literatura, la justa elección de las palabras, puede ayudarnos a captar la grandeza que contiene.

 

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Fotografía realizada por Mathew Schwartz y publicada en Unsplash.

 

La búsqueda del orden

Existe otro origen tras la vocación científica. Uno menos evidente, pero que la escena de Augustine expresa con poética claridad:

«Augie manipulaba los estados de ánimo de su madre por necesidad. Controlarla era el mejor modo de protegerla. Y conforme lo hacía cada vez mejor, empezó a pensar que había decodificado su aflicción. […] Que la había “arreglado”.

El invierno en el que cumplió once años, ella se metió en la cama y no se levantó hasta la primavera. Ese fue el invierno en el que comprendió que ella era un puzle que él nunca podría resolver; que, a pesar de todo su esfuerzo y su habilidad, su madre estaba más allá de su entendimiento. […]

[Entonces] Augustine se retiró al sótano y encontró un nuevo placer en la claridad de la electrónica, en la unión de cables, en el fluido de la corriente, en los simples mecanismos que encajaban unos con otros y creaban algo tan maravilloso que bordeaba la magia».

La necesidad de orden, la búsqueda de patrones, el esfuerzo de sistematización es inherente a la vocación científica. Por medio del contraste con la enfermedad mental de la madre, Brooks-Dalton recalca esa tendencia tan querida a la física, y que ha influido —debido a su elegancia— en el enfoque desde el que muchos científicos aspiran a unificar la disciplina.

 

La ciencia ficción como forma de acercarse a la realidad

He dejado para el final una cita de Good Morning, Midnight en la que su autora reivindica —como ya hicieran Elia Barceló o Yuval Noah Harari— el valor de la ciencia ficción como herramienta, como instrumento para comprender la cambiante realidad de nuestro siglo. No me parece casual que aparezca, precisamente, en un libro situado en la frontera entre la prospectiva y el realismo.

«Sully se levantó y caminó a lo largo de la pendiente del anillo, a través del área de la cocina, hasta el lugar donde Harper y Teeves están leyendo; Harper en su tableta, Teeves otro de los libros de bolsillo que había insistido en traer (Asimov, esta vez) a pesar del alboroto inicial por la cantidad de espacio que ocuparían. “No era tanto espacio», se había quejado Teeves. Y, como Teeves nunca discutía por nada, el comité de supervisión de misión intervino y desestimó las quejas.

El comité despachó la carga extra como «equipamiento psicológico necesario». En su momento, la tripulación se rio del asunto, pero ahora, al ver a Teeves pasar las páginas, Sully se preguntó sobre aquella frase: «equipamiento psicológico necesario». La mente humana nunca había sido probada de semejante manera. ¿Podía estar mejor preparada, haber sido entrenada más ampliamente? ¿Qué herramientas los ayudarían ahora? Parece ridículo, pero quizás estos libros —hojas de papel hechas de árboles que una vez crecieron en su planeta y llenas de historias inventadas— fueran los que mantenían a Teeves mucho más seguro que el resto de ellos».

 

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Fotografía realizada por Thomas Ciszewski y publicada en Unsplash.

 

Equipamiento psicológico necesario

Por más que, a día de hoy, Good Morning, Midnight no es demasiado conocida en nuestro ámbito, intuyo que en los próximos meses va a dar que hablar. Aunque solo sea por la película que se estrenará el próximo año.

Sin embargo, al margen de su posible repercusión mediática, me parecía importante destacarla —y por eso he escrito este artículo— como un ejemplo de una tendencia que creo, irá en aumento. La creación de historias situadas en la frontera entre el realismo y la prospectiva; de historias que, partiendo de la ciencia ficción, empleen los avances tecnológicos para explorar la condición humana y que, partiendo del realismo, pongan el foco en el día a día de sus personajes para explorar nuestro desconcierto ante los cambios que nos toca vivir.

Como plantea Brooks-Dalton en su libro, estoy seguro de que ambos caminos nos brindarán las herramientas (el «equipamiento psicológico necesario») para salir bien parados en estos tiempos vertiginosos.

 

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Fotografía realizada por Logan Lambert y publicada en Unsplash.

 

NOTA: La foto de cabecera pertenece a Will Africano y ha sido publicada en Unsplash.

 

 

 

 

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