Como ya comenté en la entrada anterior, que la escritura de este artículo se haya demorado más de la cuenta terminó siendo positivo. Para empezar, porque me brindó el subtítulo perfecto.

En un par de semanas, la expresión «nueva normalidad» ha pasado de ser un curioso neologismo a una referencia coloquial. Y sabes tan bien como yo que en estos tiempos de relatos y contrarrelatos ninguna expresión es inocente, así que vale la pena reflexionar sobre sus implicaciones.

Obviamente, una de las acepciones de «nueva normalidad» tiene que ver con los cambios en las conductas sociales que deberemos asumir para contener la pandemia, una vez que salgamos del confinamiento, sin embargo, no es a esa acepción a la que me refiero… porque la pandemia no será lo único que deberemos enfrentar en los próximos meses.

Tras la crisis de 2008 —una vez que quedó claro que la «refundación del capitalismo» no hacía referencia a la eliminación de sus desigualdades— se instauró —sobre todo en Europa— la idea del discurso único. En otras palabras, se nos dijo que existía una única forma de salir de la crisis y que el hecho de haber «tonteado» con ideologías despilfarradoras nos había llevado a vivir «por encima de nuestras posibilidades». Por suerte había técnicos que —sin viso alguno de ideología— estaban dispuestos a llevarnos por el camino correcto.

La crisis que estamos viviendo, entre otras cosas, se ha llevado por delante la inmutabilidad de ese discurso único: en primer lugar, por su reivindicación implícita de lo público; en segundo término, por la puesta en valor de la solidaridad y la acción colectiva como principal fortaleza social y, sobre todo, porque incluso a la Unión Europea le empieza a quedar claro que su dogmatismo nos conducirá a la ruina.

Así que algunas cosas tendrán que cambiar… Eso sí, se procurará que sean las menos posibles y que, en cuanto la situación se estabilice, vuelva a instaurarse una única vía de acción. De ahí la introducción del concepto «nueva normalidad»: se aceptan cambios (¿qué más remedio?), pero que sean lo más «normales» posible y que nos conduzcan a una nueva normalidad institucionalizada.

Afortunadamente, ya sabes lo que dice el dicho sobre las crisis, así que, en estos tiempos de cambio en los que todavía nada está definido, vale la pena que analicemos como colectivo otras «nuevas normalidades». Así, en plural. O, mejor aún, que dispongamos de herramientas para imaginar posibles futuros y reflexionar sobre los límites de la imaginación a la hora de llevarlos a la práctica.

Son esas herramientas las que quiero extraer de los dos libros que analizaré en este artículo: Four Futures: Life After Capitalism, de Peter Frase (Verso, 2016) y El fin del mundo tal y como lo conocemos, de Marta García Aller (Planeta, 2017).

Confío en que resulten útiles.

 

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Collage en base a una fotografía realizada por Hedavid y publicada en Wikinoticias.

 

Four Futures

Llegué a Four Futures: Life After Capitalism de una forma curiosa. En las últimas paginas de El mundo clásico. ¿Por qué importa?, de Neville Morley (Alianza, 2019) se dice que:

«Hemos de considerar la posibilidad de futuros en los que no queramos vivir (véase, por ejemplo, las ideas que se recogen en la obra Four Futures, de Peter Frase): la antigüedad nos brinda un amplio repertorio de lamentables posibilidades como punto de partida para ese tipo de especulación».

Ese comentario me causó la suficiente curiosidad como para acercarme al libro; sin embargo, lo que terminó resultándome más revelador no fueron sus cuatro propuestas de futuro (que, sin duda, dan mucho que pensar), sino su certero análisis del futuro como proyecto político, del empleo de la ciencia ficción como herramienta prospectiva, de los límites a los que se enfrenta cualquier proyección de futuro y de las diferencias entre los futuros «reales» y los que solemos imaginar.

Este artículo se centrará en ese aspecto del ensayo (en su opinión sobre lo que implica imaginar el futuro), pero estaría haciendo trampa si no incluyera, al menos, un breve pantallazo de los futuros que describe.

 

Dos ejes vertebradores

No fue hasta dos semanas después de haber leído el ensayo que me enteré de que Blackie Books lo acababa de editar en nuestro idioma (Cuatro Futuros. Ecología, robótica, trabajo y lucha de clases para después del capitalismo, 2020, tr.: Jara Diotima Sánchez Bennasa). Lo supe gracias al magnífico artículo que escribió Ignacio Illiarregui Gárate para C, así que dejaré que sea él quien explique el modo en que Frase vertebra sus propuestas:

«Cuatro futuros expone cuatro escenarios diferentes en la intersección de dos ejes: el primero tiene en sus extremos la abundancia y la escasez mientras que el segundo está comprendido entre la igualdad plena y la desigualdad más absoluta. Antes de plantear cada uno, afirma en la extensa introducción que nada más lejos de su intención hacer un ejercicio de futurismo. Su propósito es partir de cuestiones clave en la actualidad (calentamiento global, renta básica universal, la propiedad intelectual, la segregación por clase social, el exterminismo…), para discutir cómo se articularía una sociedad ateniéndose a las condiciones de contorno de esas variables. Y cuáles serían los mayores problemas, en su formación y en su desarrollo».

Partiendo de esto ejes, Frase propone cuatro sociedades postcapitalistas (los «cuatro futuros» del título): la primera aúna abundancia e igualdad; la segunda, abundancia y jerarquía; la tercera, escasez e igualdad; y la última, escasez y jerarquía.

 

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Collage en base a una fotografía realizada por Andrew Buchanan y publicada en Unsplash.

 

La importancia de los nombres

Quizás te sorprenda que no haya escrito los títulos de las cuatro sociedades, pero lo he hecho a propósito. Si los hubiera escrito, sus nombres habrían pesado más que las características de cada futuro. Así que, una vez más, dejaré que sea otro (en este caso, Ben Tarnoff en su reseña para The Guardian) quien exponga uno de ellos por mí:

«El primero de los cuatro futuros del libro [el que aúna abundancia e igualdad] es el «comunismo», una palabra que Frase restaura a su significado original. Para Marx, comunismo no significaba ‘estado autoritario de partido único’, sino el idilio que nos espera después de un largo período de transformación social y tecnológica. Una sociedad comunista es tan productiva e igualitaria que nadie tiene que trabajar para sobrevivir, cumpliendo el famoso dicho de Marx, «de cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades». Para Frase, este ideal podría realizarse mediante robots que empleen una fuente ilimitada de energía limpia, proporcionando la base material para un mundo posterior al trabajo, posterior a la escasez y posterior al carbono».

El capítulo dedicado a este posible futuro no es una oda al marxismo, sino un análisis crítico. Por lo que su resultado se asemeja más a la utopía ambigua propuesta por Le Guin en Los desposeídos que a la utopía triunfante de Estrella roja, de Alexander Bogdanov. O, dicho en palabras de Illiarregui Gárate: al plantearnos la utopía comunista…

«Entra en vereda sobre lo que supondría el fin de gran parte del trabajo alienante con el paso adelante en la automatización […]; las tensiones derivadas del mantenimiento de labores imprescindibles mientras no hubiera alternativa […]; las necesidades económicas y personales en este nuevo contexto; la emergencia de un nuevo sistema de prestigio social… De una manera que puede antojarse básica, aunque no trivial, yendo a los textos de Marx siempre que le es posible, abre cuestiones subyugantes para el lego sin evitar aristas como la barrera del idealismo arcadista o el precio para alcanzar esa utopía».

 

Tecnoutopía

Lo que en su momento me rechinó de Four Futures no fueron sus descripciones sociopolíticas, todas ellas muy bien argumentadas, sino los avances tecnológicos en los que basaba sus escenarios de abundancia. Como afirma el propio Frase:

«Con el objetivo de trabajar con tipos ideales, haré la mayor suposición posible: toda necesidad de trabajo humano en el proceso de producción puede eliminarse, y es posible vivir una vida de puro ocio mientras las máquinas hacen todo el trabajo».

Sin embargo, sustentar una sociedad postescasez en el desarrollo de la energía de fusión y el diseño de máquinas que (al igual que en Star Trek) sean capaces de reorganizar la materia para crear lo que se les pida me pareció cuando menos naif. Y si a eso sumamos que los escenarios de escasez se basan en las tendencias actuales de la crisis climática, la sensación que me causó fue que, de sus cuatro futuros, en realidad solo podremos aspirar a dos.

Y es aquí donde entra en juego el segundo ensayo del que quiero hablar.

 

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Collage en base a una fotografía realizada por Bernard Hermant y publicada en Unsplash.

 

Todo lo sólido se desvanece en el aire

Lo conocí de rebote, escuchando una entrevista a su autora en un programa de radio y, cuando terminó la charla, sabía que lo iba a leer. Su título –El fin del mundo tal y como lo conocemos me pareció brillante, y su sinopsis lo define con total claridad:

«Igual que en el siglo XX desaparecieron imperios que parecían eternos, preceptos morales que habían durado mil años y dogmas científicos que resultaron falsos, en el XXI vamos a decir adiós a muchas de esas tecnologías, costumbres e ideas que nos rodean desde que nacimos. Y la misma suerte que corrieron los videoclubs, el fax y la URSS, la vivirán en breve muchas de las profesiones y los aparatos que nos rodean, como los volantes y el mando a distancia».

A lo largo de sus capítulos, García Aller expone con amenidad periodística los avances que sugieren, entre otras cosas, el fin del trabajo, de los objetos materiales o del dinero físico… por poner algunos ejemplos. Y la solidez de sus argumentos (así como el hecho de haberlo leído inmediatamente después de Four Futures) le dio al ensayo de Frase el respaldo tecnológico que le faltaba.

 

Tres lecciones sobre el futuro de la tecnología

Pero volvamos al tema de este artículo: la exposición de herramientas para pensar el futuro. Al margen de los temas concretos que aborda en cada capítulo, El fin del mundo tal y como lo conocemos nos plantea tres ideas fundamentales para enfocar el análisis de nuestro futuro tecnológico (lo que a su vez está en la base de cualquier prospectiva verosímil).

La primera, como vimos, es que muchas de las cosas que hace unas décadas creíamos eternas han desaparecido.

«Los jóvenes de 20 años ya no recuerdan el mundo antes de Google. Cuando les cuento a mis alumnos en la universidad que hasta hace poco todavía utilizábamos unas cosas llamadas cabinas de teléfono y resolvíamos dudas en la enciclopedia Larousse, me miran como si fuera, efectivamente, del siglo pasado».

La segunda es que las tecnologías más transformadoras tienden a resultarnos invisibles.

«Consideramos avance tecnológico todo aquello que se inventó después de que nosotros naciéramos. Luego lo incorporamos al paisaje sin darle mayor importancia porque lo hemos visto ahí desde que alcanzamos a recordar. Las tecnologías más poderosas son aquellas cuyo misterio desaparece porque se dan, como los mejores amigos, por hecho. Se introducen en nuestra vida cotidiana hasta que son indistinguibles de ella».

Y la tercera —y quizás la más importante— es que, más que en cambios cuantitativos, a la hora de imaginar tecnologías futuras debemos pensar en cambios cualitativos.

«Una tarde de verano, en 2009, cuando mi abuelo iba camino de los 95 años, me pidió que le explicara qué tenía de especial mi portátil nuevo. Le dije que era más rápido y tenía más memoria.

«¿Cuántos folios caben dentro?», me preguntó. «Miles…, millones…», respondí desconcertada. Él asentía, con asombro, como si estuviera calculando cuántas vidas tardaría su nieta en escribir lo suficiente para llenar un aparato semejante. «Pero es que también se pueden meter vídeos, fotos…», añadí. «Claro, claro… Pero ¿cuántas fotos, así, más o menos?» Los ordenadores siempre fueron para él una máquina de escribir con pantalla. Y los folios, la única unidad de medida del todo comprensible.

Este es el problema de hablar del futuro. No solo no han llegado todavía las tecnologías que van a cambiarnos la vida en las próximas décadas. Ni siquiera se ha inventado el lenguaje apropiado para entenderlas. Igual que mi abuelo trataba de razonar la capacidad de mi portátil comparándolo con su vieja Olympia, tendemos a pensar que con las máquinas del futuro podremos hacer lo mismo que ahora, pero más rápido o con más capacidad. Que llegarán mejores teléfonos, ordenadores más potentes y un internet mucho más veloz. Y lo más probable es que no necesitemos nada de esto o ni siquiera lo llamemos así».

 

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Collage en base a una fotografía realizada por Daniel Klein y publicada en Unsplash.

 

El punto ciego de las tecnoutopías

Aceptar que las tecnologías más importantes tienden a ser disruptivas —es decir, que resulta casi imposible saber de antemano qué efectos sociales producirán— nos permite asumir como factibles las tecnologías de la abundancia. Y eso, a su vez, reenfoca el análisis de posibles futuros sociales.

Ahora bien, que puedan existir esas tecnologías no implica, per se, la consecución de una utopía social. Los tecnoutopistas suelen asumir que el mero avance tecnológico dará lugar a una sociedad mejor, y Frase nos advierte que es un razonamiento equivocado. Como explica Tarnoff en su reseña de Four Futures, el hecho de que existan las condiciones técnicas para el desarrollo de una sociedad igualitaria basada en la abundancia no significa que esta se «materialice mágicamente»:

«Este es el argumento central del libro de Frase: construir el futuro que queremos es, en última instancia, una cuestión política, no tecnológica. Como señala, las élites económicas seguramente querrán preservar sus privilegios incluso si un sistema de trabajo asalariado es «totalmente superfluo» para la producción. «Tener poder sobre los demás es, para muchas personas poderosas, una recompensa en sí misma»».

Dicho de otro modo: a igual abundancia de recursos, el desarrollo de una sociedad igualitaria o una jerarquizada es una decisión exclusivamente política. Por lo tanto, si damos por hecho que los avances tecnológicos incrementarán la igualdad por sí mimos, dejaremos en manos de otros el destino de nuestra sociedad.

 

Herramientas para pensar el futuro

Esto nos conduce, ahora sí, a las herramientas que expone Four Futures para imaginar esos futuros posibles… esas «nuevas normalidades».

Solo haré una última aclaración antes de comenzar a exponerlas: dado que no dispongo de la edición de Blackie Books, las citas que transcribiré las extraeré (y traduciré) directamente de su versión en inglés.

 

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Collage en base a una fotografía realizada por James L.W y publicada en Unsplash.

 

Ciencia ficción social

El ensayo de Frase es —junto con Soñar de otro modo, de Francisco Martorell Campos— uno de los mejores ejemplos que he leído del empleo de la ciencia ficción como herramienta de análisis y de los vínculos de esta con las ciencias sociales. Y lo más interesante es que, en su introducción, explica con claridad tanto su metodología como las razones de esa potencialidad.

«En su meditación de tres horas sobre la representación de Los Ángeles en las películas, Los Angeles Plays Itself, el académico de cine Thom Andersen sugiere que «si podemos apreciar los documentales por sus cualidades dramáticas, quizás podamos apreciar las películas de ficción por sus revelaciones documentales”. Este libro trata de incorporar esa idea.

Este no es un trabajo normal de no ficción, pero tampoco es ficción, ni lo incluiría en el género del «futurismo». Más bien es un intento de usar las herramientas de las ciencias sociales en combinación con las de la ficción especulativa para explorar el espacio de posibilidades en el que se desarrollarán nuestros futuros conflictos políticos. Digamos que es un tipo de «ciencia ficción social».

Una forma de diferenciar las ciencias sociales de la ciencia ficción es diciendo que las primeras tratan de describir el mundo que es, mientras que la segunda especula sobre un mundo que podría ser. Pero, en realidad, ambas son una mezcla de imaginación e investigación empírica combinadas de maneras distintas. Ambas intentan comprender los hechos empíricos y la experiencia vivida como algo conformado por fuerzas estructurales abstractas, y no directamente perceptibles».

 

Hard versus soft

Obviamente, esto no puede aplicarse a todas las obras de ciencia ficción. Y para separar a aquellas que emplean el futuro como decorado de la trama de aquellas que emplean la trama para especular sobre el futuro —sin emitir juicios de valor sobre unas u otras— expone un argumento que recuerda —y mucho— al de Ada Palmer cuando redefinió el concepto de ciencia ficción hard.

«Esto se relaciona —pero trasciende— la distinción que hacen habitualmente los aficionados entre ciencia ficción «hard» y «soft«. Se supone que la primera es más plausible porque está basada en la ciencia actual. Pero esta distinción refleja los prejuicios de los aficionados tradicionales del género y su fetichización de las ciencias naturales. La distinción más importante […] es entre las historias que toman en serio su worldbuilding y las que no. Lo que se llama ciencia ficción soft a veces son solo historias de aventuras al estilo de Star Wars, pero a veces hace un uso mucho más rico de las ciencias sociales. Mientras tanto, muchas de sus contrapartes supuestamente «hard» combinan exégesis detalladas de la física con interpretaciones ingenuas o completamente convencionales de las relaciones sociales y el comportamiento humano».

 

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Collage en base a una fotografía realizada por Mike Meyers y publicada en Unsplash.

 

De lo particular a lo general

Otra diferencia interesante que se expone en Four Futures es la que existe entre ficción especulativa y futurismo (o «futurología», que no es exactamente lo mismo, pero podría considerarse sinónimo), tanto en sus pretensiones como en su efectividad.

«Los futuros ficticios son, en mi opinión, preferibles a aquellas obras de «futurismo» que intentan predecir directamente el futuro, ocultando su incertidumbre y contingencia inherentes y, por lo tanto, aturdiendo al lector. […] Tales pronósticos generalmente terminan siendo poco convincentes como profecía e insatisfactorios como ficción. La ciencia ficción es al futurismo lo que la teoría social es a la teoría de la conspiración: una empresa más rica, más honesta y más humilde. O, dicho de otro modo: siempre es más interesante leer un relato que deriva lo general de lo particular (teoría social) o lo particular de lo general (ciencia ficción), que uno que intenta pasar de lo general a lo general (futurismo) o de lo particular a lo particular (conspiración)».

En definitiva, reivindica el valor analítico de la literatura prospectiva; el poder de la ficción para especular, aquí y ahora, sobre futuros que aún no están escritos.

Porque esa es la otra lección que nos recuerda Frase:

«Como he recalcado, […] no pretendo predecir el curso preciso del desarrollo social. Estas predicciones no solo tienen un terrible historial de rendimiento, sino que producen un aura de inevitabilidad que nos anima a sentarnos y aceptar pasivamente nuestro destino. La razón por la que hay cuatro futuros, y no solo uno, es porque nada sucede automáticamente. Depende de nosotros determinar el camino a seguir».

 

El camino

En su epílogo, Four Futures también nos advierte de los peligros inherentes a la creación de «futuros ideales». Imaginar un futuro deseable tiende a producir dos graves efectos secundarios. En primer lugar, solemos ver nuestro ideal de futuro como éticamente inmaculado, en contraposición con el resto de proyectos y, en segundo término, nos lleva a olvidar que, para llegar hasta allí, deberemos recorrer un camino:

«Para cualquiera que tenga una tendencia izquierdista e igualitaria es fácil decir que el rentismo [que aúna abundancia y jerarquía] y el exterminismo [que aúna escasez y jerarquía] representan el lado malvado, y el socialismo [que aúna escasez e igualdad] y el comunismo [que, como vimos, aúna abundancia e igualdad], las esperanzas del bien. Eso podría ser adecuado si concebimos esas sociedades ideales como objetivos o consignas para poner en nuestras pancartas. Pero ninguna de estas sociedades modelo está destinada a representar algo que pueda implementarse de la noche a la mañana, en una transformación completa de las relaciones sociales actuales. De hecho, es probable que ninguna de ellas sea posible en estado puro: la historia es simplemente demasiado desordenada para eso y las sociedades reales exceden los parámetros de cualquier modelo teórico.

Lo que significa que deberíamos estar particularmente preocupados por el camino que conduce a estas utopías y distopías, más que por la naturaleza precisa del destino final. Especialmente porque el camino que conduce a la utopía no es necesariamente utópico en sí mismo».

Dicho de otra forma, es imprescindible que seamos conscientes de que la construcción del futuro se realiza día a día, y que cada paso cuenta. De nada sirve imaginar un futuro de ensueño si para llegar hasta él debemos transitar una pesadilla… En especial porque nada nos asegura que esa pesadilla no termine convirtiéndose en nuestro futuro.

 

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Collage en base a una fotografía realizada por Sean Benesh y publicada en Unsplash.

 

Sobre la realidad y la (ciencia) ficción

Esto nos conduce a una última idea que me interesa señalar y que tiene que ver con el modo en que la ciencia ficción (y la ficción en general) imagina el futuro (o cualquier tipo de sociedad). Por muy complejo que sea el worldbuilding (o el futuro teórico) que imaginemos, en nuestra mente tenderá a expresarse de forma inmaculada; sin coexistir con otras realidades sociales distintas a él. Mientras que la realidad tiende a ser una mezcla confusa de pasados, presentes y futuros que evolucionan a distintas velocidades.

Four Futures da un paso más en la dirección de la frase que suele atribuírsele a William Gibson: «El futuro ya está aquí. Es solo que no está distribuido de manera uniforme». El ensayo nos propone que, cuando llegue el nuevo «futuro» —ese que aún no está presente— tampoco será un proyecto concreto y cerrado en sí mismo, sino una intersección de futuros… no necesariamente distribuidos de manera uniforme.

 

El futuro comienza hoy

Puede que tras leer este artículo te hayas quedado con la sensación de que lo que acabo de exponer no son más que ideas abstractas que no aportan nada en nuestra realidad actual. Que la excusa de las «nuevas normalidades» no era más que un «gancho» sacado de contexto porque, al fin y al cabo, a lo único que hace referencia es a las nuevas conductas sociales que deberemos adoptar.

Sin embargo, esta mañana, mientas pensaba cómo terminar este artículo, escuché una columna de opinión de Iñaki Gabilondo titulada «El capitalismo se salta sus líneas rojas» que parece escrita a propósito para rematar estas líneas.

«Ya está aquí el nuevo modelo de capitalismo de Estado. El gran viraje del que se viene hablando desde hace semanas y que puede marcar un hito en la reciente historia económica. El capitalismo se salta sus líneas rojas y guarda en el cajón sus ortodoxias que, cuando llegan las tormentas, valen bastante poco. ¿Tendrá esta vez la humildad suficiente para bajar de su soberbio pedestal y reconocer sus limitaciones? Las ayudas públicas ya lo inundan todo y se aprestan a ir más lejos. […]

Bruselas ultima la aprobación de una norma que permitirá la entrada de los Estados de la Unión Europea en el capital de las empresas, grandes o pequeñas, cotizadas o no. […]

La brevedad de este apunte no me permite desarrollar el tema, pero les recomiendo dos artículos del pasado sábado: uno de Alicia González en El País y otro de Óscar Jiménez en El Confidencial, muy interesantes y bien documentados ambos en los que se señalan dos cosas: que el Estado entra en las economías y tal vez, tarde en retirarse pues puede no ser algo coyuntural sino el embrión de un nuevo paradigma; y que este nuevo pensamiento es compartido por un gran número de gestores financieros, bancos privados y directores de inversión.

Esta circunstancia va a estar muy presente en los procesos de reconstrucción o puesta de nuevo en marcha de la máquina productiva».

En otras palabras, se encamina una nueva normalidad (con ideas muy interesantes, por cierto), y si no queremos que esa «nueva normalidad» nos la den hecha, más nos vale participar activamente en su desarrollo… Es por eso que deberemos «imaginar» otros futuros posibles porque, como expuso Francisco Martorell Campos en su reciente artículo «¿Estamos viviendo realmente una distopía?»:

«El desafío decisivo […] vendrá después [de que acabe la crisis sanitaria], cuando tengamos que contrarrestar la distopía política de la precariedad, la discriminación y la desprotección, rentabilizada por la extrema derecha y apuntalada por la sucesión de ramalazos neo-autoritarios de los diferentes gobiernos, brotada del colapso de 2008 y radicalizada a raíz de la pandemia. Por fortuna, el estado de alarma también ha traído consigo el debate sobre la Renta Básica Universal, las redes de ayuda mutua, la revalorización de los servicios públicos, la percepción del valor supremo de lo común, la ampliación de las suspicacias ante el modelo económico neoliberal y la certeza de que hay que frenar el exterminio de la biodiversidad. Nada está escrito».

Todavía…

 

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Collage en base a una Collage en base a una fotografía realizada por Namroud Gorguis y publicada en Unsplash.

 

NOTA: La foto de cabecera pertenece a Jeff Hendricks y ha sido publicada en Unsplash.

 

 

 

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