No sé si a ti te sucede, pero yo, todos los años, descubro al menos un par de escritores que vale la pena seguir. Sin embargo, incluso dando por hecho que sería así, lo ocurrido el año pasado me sorprendió: es la primera vez que me apetece seguirle la pista a casi todos los autores que conocí.

Y entre ellos (o, mejor dicho, ellas, dado que la gran mayoría son mujeres) está Kameron Hurley.

Como expliqué en el artículo sobre Las estrellas son legión, aunque me costó bastante entrar en la novela (más por mis expectativas que por el libro en sí), una vez que lo hice descubrí una historia «revolucionaria» (en el sentido literal del término). Esa sensación se incrementó tras leer su libro de ensayos, La revolución feminista geek, y más aún tras escucharla en el último Celsius.

Así que esperaba con ganas The Light Brigade (Saga Press, 2019)… Y eso que el subgénero de la ciencia ficción militar no es precisamente mi favorito, ni la comparación con Tropas del espacio, de Heinlein, me resultaba precisamente tentadora.

Por suerte, hace poco escuché el episodio de Science Fiction Book Review Podcast en el que Luke Burrage hablaba de ella y la efusividad con la que la recomendaba terminó de decidirme… Cosa de la que me alegro porque Kameron Hurley lo ha vuelto a hacer.

Si en Las estrellas son legión subvirtió los tópicos de la space opera para plantear un revolucionario alegato de género; en The Light Brigade subvierte los tópicos de la ciencia ficción militar para brindarle a Heinlein la respuesta que merece.

Y es una respuesta tan necesaria en los tiempos que corren que vale la pena dedicarle un artículo.

 

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Fotografía realizada por Marco Bonomo y publicada en Unsplash.

 

Posicionamiento

Una de las primeras reseñas que leí de The Light Brigade fue la que escribió Aidan Moher para Tor.com. Su análisis comienza así:

«Al parecer, nos llega una de estas novelas cada una o dos décadas: una reescritura de Tropas del espacio, de Heinlein, con un giro moderno en sus personajes, temas o en la forma en que la historia es contada, ya sea a través del tiempo —o, para ser preciso, de los viajes en el tiempo— o de la bioingeniería. Sorprendentemente, estas reescrituras no solo surgen de forma regular, sino que muchas, como La guerra interminable, de Joe Haldeman, o La vieja guardia, de John Scalzi, se han convertido en clásicos de la ciencia ficción por derecho propio».

Cuando leí este párrafo, recuerdo que pensé que no estaba de acuerdo: ni La vieja guardia, de John Scalzi, ni mucho menos La guerra interminable, de Joe Haldeman, pueden describirse como una reescritura (retelling) de Tropas del espacio «con un giro moderno». El hecho de que dos obras pertenezcan al mismo subgénero no significa que la contemporánea sea una reescritura de la antigua; a mi entender, eso equivaldría a decir que Dune es una reescritura de Flash Gordon con un giro moderno.

Otra cosa es decir que la antigua es un referente de la nueva… Siempre que tengamos en cuenta que un referente puede ser negativo, como es el caso, sin duda, de Tropas del espacio para La guerra interminable.

Dicho esto —y aunque parezca una contradicción—, tras leer The Light Brigade entendí por qué Moher comenzó su análisis de esa forma. La novela de Hurley sí que puede considerarse una reescritura de la de Heinlein… Claro que es una reescritura muy particular, una que emplea tanto su argumento como sus métodos para refutar, punto por punto, su discurso.

 

Los problemas de ver primero la película

Lo reconozco, yo fui uno de los que me acerqué a Tropas del espacio tras ver Starship Troopers, la ácida sátira antimilitarista pergeñada por Ed Neumeier y Paul Verhoeven. Como por entonces aún no había oído hablar de Heinlein, di por hecho que la película era un reflejo del libro.

Y lo era, sí, pero en el sentido de «imagen inversa»: la novela era un intragable pasquín promilitarista que intentaba venderme por todos los medios una inverosímil utopía libertaria. Su destilado reaccionario era tan casposo que a duras penas la logré terminar. Y cuando más tarde me enteré de que, para colmo, había sido pensada como una novela (para el adoctrinamiento) juvenil, el regusto que me quedó fue tan rancio que, como acabas de ver, incluso hoy me resulta imposible hablar de ella con cierta mesura.

El problema es que su propaganda funcionó. Por mucha oposición que haya tenido en su tiempo, lo cierto es que Tropas del espacio ganó el Premio Hugo de 1960 a mejor novela y, a la larga, ¡vaya si logró influir en su «público objetivo»! Como explica Ed Neumeier en una entrevista publicada en Parade:

«Cuando estaba escribiendo el guión y le decía a la gente que estaba adaptando Tropas del espacio, muchos decían que ese libro fue el motivo por el que se unieron al Cuerpo de Marines. Me di cuenta de que el libro tenía mucho poder, y que tenía que tener cuidado con eso. Dicho esto, creo firmemente que las películas son películas y los libros son libros, así que, en este caso, reaccionamos ante el libro en lugar de solo hacer una versión».

En efecto, la película de Verhoeven fue una reacción al militarismo de la novela. Una sátira —incomprendida en su momento— que a día de hoy se ha convertido en un clásico.

Sin embargo, hasta la publicación de The Light Brigades, Tropas del espacio no había recibido una respuesta en forma de novela; un libro que pusiera en evidencia su andamiaje conceptual y lo desmantelara.

Para mostrar cómo lo hace, expondré algunos pasajes de la obra de Heinlein (o de artículos que la analizan) y los contrapondré con otros de la de Hurley (o de entrevistas a la autora). Pero antes de empezar debo hacer una aclaración:

Al margen de su respuesta a Tropas del espacio, The Light Brigade se sustenta por sí misma. La historia y sus personajes son tan potentes que no es necesario conocer a su antecesora para disfrutarla. De hecho, su argumento es un juego de viajes en el tiempo que, en sus últimas páginas, se cierra de forma precisa conforme a su lógica interna.

Y aunque de esa lógica apenas pueda decir nada, sí comentaré algunos detalles de su argumento al final del artículo. Pero antes centrémonos en sus ideas.

 

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Fotografía realizada por Dino Reichmuth y publicada en Unsplash.

 

Sobre el contenido y la forma de Tropas del espacio

Como ha quedado claro en el apartado anterior, no soy objetivo respecto a la novela de Heinlein, así que prefiero describir el mundo que propone (y el modo en que lo hace) citando el análisis mucho más mesurado de Los Retronautas en Un universo de Ciencia Ficción:

«En el futuro imaginado por Heinlein para esta novela, la Tierra está integrada en la Federación Terrana, un sistema de gobierno regido por una élite militar y en el que sólo los veteranos del ejército disfrutan de una ciudadanía completa, incluido el derecho al voto. Es más, los puestos más importantes del gobierno están reservados para veteranos, asumiendo que su adiestramiento, experiencia militar y demostrada capacidad de sacrificio les han preparado mejor para el servicio público que a meros civiles. Puede que esto suene a distopía, pero para Heinlein era un futuro utópico. Describe a los líderes militares de la Federación como los hombres más sabios de la historia de la Humanidad y al sistema como aquel que ha conseguido brindar a nuestra especie el periodo más luminoso, libre y próspero, incluida la gran mayoría de los que no han querido prestar el servicio militar y que por tanto no pueden votar, pero cuyos otros derechos están perfectamente protegidos por el gobierno».

Obviamente, Heinlein no se preocupa demasiado en explicar cómo sucede.

«Es la falta de estos y otros detalles lo que hace que Tropas del Espacio no sea una buena novela utópica por mucho que Heinlein sea eso lo que pretenda describir. De hecho, en el libro no hay ninguna descripción de cómo es la vida para la gran mayoría de la población humana, aquella que no disfruta de la ciudadanía completa porque no quiso servir en el ejército».

Semejante desidia intelectual llama poderosamente la atención si la comparamos con los falsos diálogos de varias páginas en los que sus personajes se dedican, entre otras cosas, a «demostrar» que el ser humano no posee derechos inalienables.

Y si he dicho «falsos diálogos» es porque las costuras del libro se notan a la legua. Pero, una vez más, prefiero que sean Los Retronautas quienes lo expliquen:

«Aun cuando la historia contiene varios pasajes de combate y bastante acción, es principalmente una novela de ideas con clara intencionalidad didáctica. No hay un final concreto ni una línea argumental o trama verdaderamente definida más allá del proceso de aprendizaje y adoctrinamiento del recluta Rico, en cada fase de cuyo adiestramiento Heinlein introduce figuras paternalistas adultas (siempre muy importantes en toda su ficción) que, a través de largos monólogos desarrollan y explican su filosofía militar tratando de convencer al lector de las bondades de la misma. No sólo cualquier postura opuesta o divergente de esas ideas es sofocada por la clara parcialidad de Heinlein, sino que los discursos se camuflan bajo la etiqueta de “ciencia” (una especie de teoría científica de la moral “matemáticamente verificable”), implicando que el lector no debe reflexionar y llegar a sus propias conclusiones, sino aceptarlo como verdad incontestable. El libro es, por tanto y en buena medida, una plataforma para algunas de las posturas políticas más controvertidas del autor».

Se puede decir más alto, pero no más claro… Y, sin duda, de forma mucho más ecuánime de como lo hubiera hecho yo.

 

Utopía libertaria versus distopía capitalista

Si con Tropas del espacio Heinlein buscaba promover sus ideas políticas a través de un estilo panfletario… acorde al adoctrinamiento militar que tanto veneraba, en The Light Brigade Hurley recupera ese estilo panfletario y lo retuerce para mostrarnos, con lujo de detalles, la sociedad a la que nos abocarían las ideas de Heinlein… Una sociedad que, lejos de ser utópica, se nos presenta como una distopía capitalista.

Empezaré por transcribir la descripción que hace de ella Andrew Liptak en su artículo «The Light Brigade is a worthy successor to Starship Troopers»:

«El futuro de Hurley es sombrío: seis grandes corporaciones dirigen vastos sectores de la sociedad, controlando los medios de comunicación y privatizando los servicios a los que tienen acceso sus ciudadanos… los cuales lo son tras haber firmado extensos contratos».

Ahora bien, al margen de que en uno de los primeros capítulos se explique (en parte) cómo se ha llegado a esa situación (y que a lo largo de toda la novela se detallen las consecuencias de un colapso climático que ha devastado el planeta) sus repercusiones políticas y sociales se desarrollan en diálogos —por momentos, monólogos— que emplean el mismo lenguaje «mitinero» de su antecesor.

Veamos dos ejemplos.

El primero habla del auge del fascismo en una sociedad libertaria (más de una vez, Heinlein la define como «igualitaria») llevada al extremo:

«—Hay una fascinante línea de investigación sobre el auge de los estados fascistas que postula que se vuelven más populares cuanta más gente tiene miedo a la muerte. Y, a decir verdad, la mayoría de los estados corporativos son fascistas…, aunque tengan que creerse que son oligarquías dirigidas por mesas llenas de gente rica con los mejores intereses humanos en su corazón. Cuanto más aterrorizados estemos y menos control sintamos, más buscaremos a un gran hombre montado a caballo, o en un tanque, o en un rayo de luz que venga a salvarnos. Lo que una verdadera sociedad igualitaria requiere para sobrevivir no es la ausencia del miedo, es aprovecharse del miedo».

De este modo, Hurley expone el motivo que llevaría a una sociedad a entregarle voluntariamente el poder al ejército… y, como puedes ver, no es precisamente por las razones utópicas que sugiere Heinlein.

En este segundo fragmento, Hurley —a través de un personaje— nos habla del concepto de libertad dentro de una sociedad regulada por las élites y fundada en el individualismo.

«—De hecho, no hay una sociedad libre en la Tierra. Todos somos propiedad de alguien más. (…) ¿Gente libre que cree que ya lo es? Creen que son libres de elegir su servidumbre y eso los hace individuos, poderosos. ¿Libertad para trabajar? ¡Ja! Libertad para morir en el suelo de la fábrica, o detrás del escritorio, orinándose en su sitio porque no tienen tiempo libre para ir al baño. Libertad para que te despidan al capricho de tu jefe, dejándote seco de bonos que solo puedes gastar en la tienda de la empresa. Pero la elección de la debilidad, de las cadenas, es la elección rápida. A veces tienes que dejar gente atrás. Gente que forma parte del viejo mundo, que es incapaz de construir algo nuevo. Construir algo nuevo es admitir que la vida que llevan no es la que creen, y hasta que pierdan esa creencia, amenaza su autopercepción. La aniquilación de esas creencias es la aniquilación de ellos mismos».

Podría citar muchos otros ejemplos de este tipo de discurso, pero lo que me interesaba destacar era el empleo de la misma herramienta retórica utilizada por Heinlein para contradecir sus argumentos.

 

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Fotografía realizada por Kyle Wong y publicada en Unsplash.

 

Machismo condescendiente versus neutralidad de género

Suele decirse que el rol que le brindó Tropas del espacio a la mujer dentro del ejército fue «progresista» para su tiempo… De hecho, la mera presencia de mujeres en el ejército fue progresista. Y si bien es cierto que en la sociedad ideada por Heinlein las mujeres pueden formar parte del mismo —impedirlo equivaldría a decir que no tienen derecho a ser ciudadanas—, el rol que les brindó es cuanto menos curioso.

Dado que las mujeres son muy buenas con las matemáticas, lo lógico es que se queden en las naves, pilotando dirigentemente el hogar (ups, perdón, la flota) mientras los hombres van a la batalla cotidiana por traer el pan…, digo, contra el ejército de Chinches. Eso sí, en las naves ellas son las capitanas, así que los soldados tienen que rendirles pleitesía. (Creo que lo que acabo de exponer no necesita mayor comentario.)

Frente a esto, Hurley nos presenta a Dietz: protagonista en primera persona de su novela; de quien sabemos que forma parte del ejército, pero no su género hasta las últimas páginas del libro. (Vale señalar que Heinlein hizo un juego semejante respecto a la ascendencia racial de su protagonista, John Rico.)

Donde Hurley explica de forma más precisa por qué lo ha hecho es en «Té, cuerpos y negocios: rehacer el arquetipo del héroe», uno de los artículos contenidos en La revolución feminista geek; pero, si lo citara, te estaría revelando demasiado. Así que en su lugar citaré un fragmento de la entrevista que le realizó Aidan Moher para su blog:

«El género de Dietz no es confirmado hasta las últimas páginas de The Light Brigade. ¿Qué dice eso acerca de tus pensamientos sobre el género en el ejército y el combate?

Una de las verdades imperecederas del entrenamiento militar es que busca quebrarte hasta que ya no seas un individuo. Pierdes tu primer nombre y, encima, a menudo recibes un apodo o una sigla de identificación, lo que te aleja de la persona que solías ser. En ese futuro, los cuerpos son cuerpos; y los cuerpos de no ciudadanos como Dietz son útiles para las corporaciones solo como carne de cañón y mano de obra explotada. Así que [su género] solo… siguió sin aparecer mientras escribía».

Puede que haya sido premeditado o puede que no, pero su radical enfoque de género en un contexto militar es la mejor respuesta posible el machismo condescendiente de la novela de Heinlein.

 

El tratamiento del castigo físico

Nos adentraremos ahora en un tema espinoso. En la novela de Heinlein, la defensa del castigo físico como correctivo social es omnipresente, desde las clases de «filosofía moral» (ya solo el nombre da miedo) del profesor Dubois; hasta los latigazos a los reclutas durante su entrenamiento.

Al margen de las referencias anecdóticas a la delincuencia juvenil y su añoranza de las viejas prácticas disciplinarias, esta defensa del castigo físico es tan solo una derivada más del concepto central de su novela. Un concepto que uno de sus personajes expone con gran pedagogía:

«—La violencia, la fuerza bruta, ha arreglado más cosas en la historia que cualquier otro factor, y la opinión contraria constituye el peor de los absurdos. Los que olvidan esta verdad básica siempre han pagado por ello con su vida y su libertad».

En otras palabras, su personaje recomienda la violencia como forma de control y vigilancia para asegurar la estabilidad social.

En The Light Brigade, Hurley emplea también la violencia como forma de control y desarrolla su derivada en el castigo físico. Sin embargo, al exponer la violencia, expone también sus abusos (algo que Heinlein ni siquiera sugiere) y, por medio de un giro argumental del que no puedo hablarte, convierte el castigo físico en una herramienta de liberación.

Dicho así, suena terrible: por eso dije hace un momento que era un tema espinoso. Para entender cuál es el enfoque desde el que Hurley lo aborda es necesario mostrar el contexto, y si expongo demasiado el contexto te estropearé algunas sorpresas de la trama. De todos modos, creo que vale la pena brindar una pequeña explicación y traducir un par de citas porque los conceptos que maneja son realmente interesantes.

Como entrenamiento psicológico para posibles futuras torturas, la preparación de los reclutas en su novela incorpora módulos de tortura virtual: experiencias inmersivas realistas, pero que no dejan secuelas físicas. Obviamente, este límite sutil entre lo real y lo virtual da pie a interesantes reflexiones.

«La realidad es algo construido. Imagina que todos estamos de pie formando un círculo, intentando describirnos un objeto unos a otros, y que, conforme nos ponernos de acuerdo en sus características, la cosa en el centro del círculo comienza a tomar forma. Así es como creamos la realidad: acordamos sus reglas, su forma. Diferentes culturas han creado distintas realidades solo poniéndose de acuerdo sobre la cosa que describen».

Siguiendo el mismo razonamiento, una «entrenadora» de Dietz le dice lo siguiente en mitad de una sesión virtual de tortura:

«—Yo no estoy haciendo esto, es tu constructo. (…) Esta realidad, más incluso que la que vemos, es una completa invención, existe en tu mente, como el dolor, como el placer. Solo somos bestias, ¿sabes?, todos nosotros. Todo lo que hacemos aquí es reaccionar a estímulos. Pinchar la parte de tu mente que reacciona a estímulos. Aquí tú eres cómplice de tu propia tortura. Viene de fuera, la hace el software, es un truco, no funciona si no lo aceptas».

 

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Fotografía realizada por Martin Sattler y publicada en Unsplash.

 

Breve Reseña de la trama

Hasta aquí me he centrado en el contraste entre Tropas del espacio y The Light Brigade, ahora toca hablar un poco de su argumento. Si bien es importante no hacer spoilers (dado que la novela aún no ha sido traducida), también es cierto que, precisamente por eso, no tendría sentido no avanzar algunos detalles. Por lo tanto, los dos últimos temas que quiero mencionar los incluiré en una breve reseña.

Al estilo de Full Metal Jacket, de Stanley Kubrick, la novela se divide claramente en dos partes: una primera en el que se describe la formación de un recluta y una segunda en la que se relata su experiencia en el campo de batalla. Sin embargo, a diferencia de la película de Kubrick, la etapa de formación comprende, tan solo, una quinta parte del libro. De hecho, por más que la novela está escrita en primera persona, se percibe una diferencia importante entre la etapa de formación y la etapa de guerra.

A nivel argumental, la etapa de formación repite, uno a uno, los tópicos que hemos visto y leído en películas y novelas militares a lo largo de los años: desde el acoso y derribo de los reclutas por parte de sus instructores hasta la muerte de uno de los primeros al final de la instrucción. Sin embargo, si te lo he contado es porque su uso es claramente intencional. El objetivo de Hurley es situarnos en un contexto conocido para subvertir, desde dentro, los paradigmas conceptuales que a menudo los acompañan.

Por ejemplo, la idea del alienígena como quintaesencia del enemigo —el otro, el extraño, el ser carente de humanidad— ha sido proyectada infinidad de veces en seres humanos a los que se ha pretendido deshumanizar. La raza alienígena de Heinlein es un caso evidente. Volviendo al artículo de Los Retronautas en Un universo de ciencia ficción:

«Resulta interesante que Heinlein, siempre preocupado por una posible Tercera Guerra Mundial, optara en la novela por situarla en 1987, y que sus contendientes no fueran los previsibles Estados Unidos y la Unión Soviética, sino, por un lado, la Alianza Ruso-Anglo-Americana y, por otra, la Hegemonía China. Esta visión no diluye la advertencia anticomunista del libro, porque las hordas de chinos representan para el autor una amenaza todavía más pesadillesca que los soviéticos. De hecho, la sociedad de los Chinches, estructurada como una mente colmena con segregación entre cerebros, obreros y soldados remite a las ideas que en Occidente se tenían sobre China».

Claro que en Tropas del espacio los alienígenas son alienígenas… aunque se sugieran de forma explícita sus similitudes con cierto colectivo de humanos.

The Light Brigade, por su parte, desenmascara esa estrategia. Se sabe relativamente pronto que los «marcianos» (literalmente) contra los que se está luchando son en realidad seres humanos a los que la propaganda busca deshumanizar.

«—¿Qué sabes del enemigo?

(…)

—¡Señor, son alienígenas, señor!

Cuatro o cinco personas soltaron una carcajada.

—Es un buen comienzo. ¿Aprendiste eso en un libro?

Martino dijo:

—¡Señor, regresan horas después de atacar y empiezan a dispararles a los bebés en sus cunas, señor!

No he visto los carteles de propaganda en las afueras de Tene-Silvia, no sé si dicen la misma mierda sobre cualquier nuevo enemigo que tengan, todo lo que sé es que, según se dice, todos los enemigos les disparan a los bebés en sus cunas. Es algo increíble».

La segunda parte de la novela, la que corresponde a la experiencia de Dietz en el campo de batalla, intercala el relato en primera persona con una serie de entrevistas que van pautando la trama.

La historia se estructura en función de una idea muy potente: los soldados son teletransporatados al frente de batalla en haces de luz, lo que provoca, en algunos casos, que sufran distorsiones temporales. A los efectivos a los que les ocurre —entre los que se encuentra Dietz— se los conoce informalmente como «the light brigade» (en su doble sentido intraducible de «la brigada ligera» y «la brigada de luz»), y dado que la historia está narrada en primera persona por alguien que la «integra», la novela pasa a ser un intrincado juego de viajes temporales.

Como comenté al principio del artículo, sobre este asunto apenas puedo decir nada. Aun así, quiero destacar su empleo del viaje en el tiempo como metáfora del libre albedrío porque, desde mi punto de vista, es una de las ideas más originales de Hurley.

 

A modo de cierre

El mismo día en que empecé a escribir este artículo me enteré de que Kameron Hurley regresaría este año al festival Celsius. Obviamente, cuando llegue el momento le preguntaré cuánto hay de cierto en mi percepción de que su libro es una respuesta a Tropas del espacio.

Sin embargo, al margen de lo que diga al respecto, antes de cerrar este artículo me interesa recalcar el valor intrínseco que posee la novela. Sus escenas de acción, el puzle temporal que va encajando su protagonista, la construcción de su sociedad distópica y las reflexiones sobre el rol del individuo en un contexto de capitalismo extremo la convierten en una lectura más que recomendable; un paso adelante en la sólida carrera de Hurley.

Espero que pronto se traduzca… Y que se siga difundiendo la obra de una autora que, aunque la mayoría recién conocimos el año pasado, sin duda vale la pena seguir.

 

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Fotografía realizada por Štefan Štefančík y publicada en Unsplash.

 

NOTA:La foto de cabecera es un collage a partir de una imagen de Tom Gainor publicada en Unsplash.

 

 

 

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