Hacía años que estaba por leer este libro. Literalmente. Tantos que la primera vez que lo tuve en mis manos tenía una portada algo rugosa, con una ilustración estilizada que me recordaba a Dalí y un título distinto: Empotrados. Estaba medio escondido en la biblioteca de mi padre (es probable que lo siga estando) y recuerdo que lo saqué más de una vez para empezarlo a leer.

Pero nunca lo hice. Quizás porque —a mis catorce o quince años— las ciencias a las que hacía referencia la contraportada me sonaban más esotéricas que los viajes temporales. ¿Qué era aquello de la lingüística?

Después (como es lógico habiendo estudiado arquitectura en la década de los noventa) me convertí en un amateur de lo que creía que era lingüística cuando, en realidad, era teoría literaria… Quien no hubiese leído a Lyotard, a Derrida, a Deleuze y Guattari con su bendito «rizoma» y, sobre todo, quien no pudiera demostrar que los había entendido, no estaba capacitado para diseñar un cuarto de baño. Así que —con el desparpajo típico del amateur— dejaron de asustarme la psicología, la antropología, la sociología y, por supuesto, la lingüística.

Claro que, para entonces,Empotrados había desaparecido en la selva de libros de mi padre, y yo me había olvidado de su existencia. Y así seguí hasta que, hace tres años, Gigamesh lo recuperó (junto a El kit Jonás y Orgamstrón) con nueva traducción de Carlos Abreu y nuevo título: Incrustados.

Lo compré poco después de que se publicara —tentado por las sinopsis de las tres novelas y por el magnífico análisis de Alfonso García para C—, pero, como suele ocurrir, se incrustaron otras lecturas en mi lista y terminó en la estantería (esta vez, en la mía) durante todo este tiempo.

Afortunadamente, hace un par de semanas decidí leerlo… Y digo «afortunadamente» porque acabo de descubrir una obra maestra.

 

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Fotografía realizada por Ardito Ryan Harrisna y publicada en Unsplash.

 

Los peligros de derrochar palabras

Como ya he comentado en alguna ocasión, el apelativo «obra maestra», de tan manido, ha ido perdiendo su significado inicial. Que un libro sea una obra maestra no significa que sea perfecto ni que (necesariamente) nos haya gustado de forma subjetiva (aunque debo aclarar que Incrustados sí me gustó). Una obra maestra es aquella que propone un modo original —inexistente hasta entonces— de hacer una actividad artística; en el caso de la literatura: una obra que desarrolla un estilo, una temática o una estructura que hasta entonces no se hubieran explorado.

Es en ese sentido que Incrustados es una obra maestra, porque al margen de sus referentes (que el propio Watson explicita en su «Comentario a Incrustados») y las posibles imperfecciones de toda obra literaria, la novela propone una estructura narrativa innovadora: el desarrollo de una trama lineal (es decir, no fragmentaria ni desestructurada temporalmente) a través de la incrustación sucesiva de temas. Y por si esto fuera poco, consigue hacerlo con tal fluidez que al leerla no se percibe su complejidad.

 

Las dificultades de la sencillez

En el siguiente apartado comenzaré a explicar a qué me refiero con «incrustación sucesiva de temas», pero antes quiero detenerme un instante en el asunto de la fluidez.

La novela se lee en un suspiro. En primer lugar, porque fue escrita a principios de los setenta. Como dijo Ignacio Illarreguy Gárate en su artículo sobre la novela:

«Allá cuando los libros de más 250 páginas eran una excepción, las presentaciones jamás se dilataban, los desarrollos entraban con rapidez en vereda y no existían los continuarás».

Pero, sobre todo, porque el sentido de la maravilla de sus diversas temáticas, lejos de competir, se potencia.

Ahora bien, cada una de esas temáticas es, de por sí, compleja y a eso debe sumársele la complejidad estructural (que, como comenté, parte de incrustar sucesivamente un tema dentro de otro); por lo tanto, si la prosa también fuera enrevesada, la novela sería ilegible… Lo cual no es un asunto menor porque, a primera vista, una novela que parte de la inserción de una temática dentro de otra parecería «pedir» una prosa incrustada; es decir, una prosa que introdujera distintos niveles de frases subordinadas dentro del discurso principal.

Ese, al parecer, fue el estilo empleado Watson en la primera versión de la obra; lo que nos remite al tema de la fluidez: como el autor plantea en sus «Comentarios…», su mayor esfuerzo a la hora de editarla consistió en simplificar la prosa para que esta no nos distrajera del relato.

«A principios de los setenta, Orgamstrón había cosechado un rechazo tras otro, de modo que escribí Incrustados casi como un desafío impaciente, en el estilo medio incrustado de monólogo interior. Malcom Edwards, lector de Gollancz, escribió, por suerte, en su informe: “Watson tiene que aprender a comunicar; en ese sentido, es un desastre. Pero si aprende…”. Resultado: reescribí Incrustados con una prosa más ortodoxa. Resultado de ello: un contrato y un anticipo de trescientas libras».

Resultado para los lectores: la novela se lee en un suspiro.

 

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Fotografía realizada por Jakob Owens y publicada en Unsplash.

 

Nouvelles impressions d’Afrique

En los primeros capítulos del libro, Watson hace referencia a un poema que, de tan coherente con su argumento y estructura, parece formar parte de la ficción: el típico «artefacto» introducido en la trama para explicar su lógica de forma indirecta.

Sin embargo, al llegar a los «Comentarios…», descubrí que no solo era real (así como su autor), sino que el proceso creativo fue el inverso:

«Una de las fuentes principales de inspiración de mi primera novela (…) fue el escritor francés Raymond Roussel (1877-1933). (…)

Para mí, el texto crucial de Roussel, el que provocó el nacimiento de Incrustados, fue el “poema imposible” lleno de incrustaciones Nouvelles impressions d’Afrique, publicado en 1932. Hay oraciones subordinadas en oraciones subordinadas en oraciones subordinadas, como muñecas rusas. Este tipo de subordinación se conoce como incrustación. Las incrustaciones dentro de incrustaciones someten a una gran tensión a quien intenta aprehender la frase completa».

Esta idea, sin duda, es la clave de Incrustados. Además de formar parte de su argumento, su estructura refleja la incrustación: parte de un tema de base en el que se incrusta un subtema, en el que se incrusta un subtema, en el que…

Veamos esta estructura en detalle.

 

Tema de base: la «gramática universal» de Chomsky

Para introducir este concepto transcribiré dos citas de los «Comentarios…», modificando, eso sí, el orden en que Watson las expone. Según el autor:

«[Incrustados] no era la primera vez que se utilizaba la lingüística en ciencia ficción (…). Pero se trataba de nociones de la escuela del “relativismo lingüístico”, la de Benjamin Whorf y Edward Sapir, que sostenían que cada idioma influye en el pensamiento y las percepciones de sus hablantes. Por ejemplo, una persona que hable navajo verá un mundo diferente de otra que hable bantú. Era una lingüística de diferencias esenciales y no de similitudes fundamentales».

En contraposición:

«[Incrustados] era una novela novedosa en el uso (…) como base de la lingüística de Chomsky, sobre todo de la teoría de la “gramática universal” que subyace a todas las lenguas humanas».

Es en esa «gramática universal» donde se perciben las «similitudes fundamentales» a las que hacía referencia en la cita anterior.

Ahora bien, ¿en qué consiste la «gramática universal»?

Para explicarlo citaré dos fuentes: el artículo de Wikipedia sobre gramática generativa transformacional y el del Centro Virtual Cervantes sobre gramática universal.

En su ensayo de 1957 Estructuras sintácticas, Noam Chomsky introduce dos conceptos complementarios: Estructura Profunda y Estructura Superficial.

«Chomsky desarrolló el concepto de que cada oración tiene dos niveles distintos de representación: una Estructura Profunda y una Estructura Superficial. La estructura profunda era una representación directa de la información semántica de la oración, y estaba asociada con la estructura superficial (la que tiende a reproducir la forma fonológica de la oración) mediante transformaciones».

Su distinción entre ambas estructuras no acaba allí:

«Chomsky pensó que debería haber considerables similitudes entre la estructura profunda de distintas lenguas, y que esas estructuras revelarían propiedades comunes a todas las lenguas que estaban escondidas bajo la estructura superficial».

Fue a esas similitudes (no a la Estructura Profunda en sí) a lo que Chomsky denominó «gramática universal», un concepto que el artículo del Instituto Cervantes define como:

«El conjunto de principios, reglas y condiciones que comparten todas las lenguas. Este concepto constituye el núcleo de la teoría de la gramática generativo-transformacional, con la que N. Chomsky propuso explicar el proceso de adquisición y uso de la lengua. Según esta teoría, todos los seres humanos adquieren de forma natural una lengua cualquiera porque disponen de una gramática universal».

En otras palabras, porque comparten similitudes innatas en la Estructura Profunda de su gramática.

Este es el concepto del que parte Watson para desarrollar Incrustados… Sin embargo, dado que es ciencia ficción, decide dar un paso más y preguntarse: ¿qué ocurriría si esa gramática universal no solo fuera común a todos los seres humanos, sino a todas las especies inteligentes de la Vía Láctea?

En torno a esta pregunta pivota el argumento de la novela. Y sobre este tema de base se incrustan sucesivos subtemas que enriquecen y diversifican la trama.

Sigamos ahondando.

 

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Fotografía realizada por John Rodenn Castillo y publicada en Unsplash.

 

Primer nivel de incrustación: el relativismo lingüístico de Sapir y Whorf

Aunque el propio Watson posicione su novela en oposición a la hipótesis de Sapir y Whorf, lo cierto es que su relativismo lingüístico constituye el primer nivel de incrustación en el tema de base. De hecho, es una incrustación tan evidente que resulta esencial a la trama.

Pero empecemos por definir el relativismo lingüístico. Para ello, me remitiré una vez más a un artículo del Centro Virtual Cervantes:

«El término relativismo lingüístico alude a la relación entre lengua y pensamiento y al modo en que se influyen o condicionan entre sí.

El antropólogo y lingüista Edward Sapir (1884-1939) y su discípulo Benjamín Lee Whorf (1897-1941), (…) formularon diversas hipótesis que, en sus versiones más duras (determinismo lingüístico), establecen que la lengua determina el modo de pensamiento. Es decir, percibimos la realidad y la organizamos en conceptos y otorgamos a éstos significados según un acuerdo implícito de nuestra comunidad de lengua que lo ha codificado de ese modo».

«La historia de tu vida», de Ted Chiang (el relato en el que se basa La llegada, de Denis Villeneuve) lleva esta idea al extremo; sin embargo, existen ejemplos canónicos anteriores, como Los lenguajes de Pao, de Jack Vance; Babel-17, de Samuel R. Delany, y la propia Incrustados.

La hipótesis de Sapir y Whorf está presente por partida triple en la novela de Watson: en los niños del experimento que dirige el protagonista (Chris Sole), en una tribu aborigen de la selva amazónica y en una especie extraterrestre de la que sabemos a través de terceros. Es verdad que, en los dos primeros casos, los «modos de pensamiento» determinados por el lenguaje son potenciados por una sustancia psicotrópica; pero la función de esa substancia es ayudar al cerebro a manejar el lenguaje, así que, en último término, es el lenguaje el que cambia el modo de percibir la realidad. En ese sentido, su propuesta es tan radical como la postulada por Chiang en «La historia de tu vida».

 

Segundo nivel de incrustación: antropología

A decir verdad, el segundo nivel de incrustación es doble. Por una parte, Nouvelles impressions d’Afrique, de Raymond Roussel —y, por tanto, el surrealismo en su vertiente racionalista— se incrusta en el experimento de Chris Sole; por otra, en el estudio del lenguaje de los xemahoas (los aborígenes amazónicos a los que me referí en el apartado anterior) se incrusta la antropología.

Dado que ya hemos hablado del poema de Roussel (y que ya he dedicado dos artículos al surrealismo) me centraré en la incrustación de la antropología, injertada a través de una idea que me ha sorprendido: la lengua xemahoa en sus dos vertientes, tanto la coloquial (xemahoa A) como al ritual (xemahoa B), carece de conceptos abstractos. Esta cita de la novela lo expresa muy bien:

«El xemahoa, a diferencia de las otras lenguas tribales indias, posee un léxico numeral extenso. Cada cifra se designa con el nombre de un objeto que guarda algún tipo de relación con ella: por ejemplo, con el nombre de un guacamayo que cuenta con ese número de plumas en el ala, o con el nombre de otra ave que tiene otro número de plumas. O, mejor dicho, no se rigen por las plumas que tiene el ave, sino por las que ellos consideran significativas.

Cazan dichas aves para alimentarse y adornar con sus plumas a quienes participan en la danza de la droga, por lo que el sistema de numeración a partir de plumas tiene una significación especial en su vida».

Para los xemahoas, por tanto, los números —conceptos abstractos— no se expresan por medios de abstracciones, sino de objetos concretos a los que están asociados. «Cinco» no es «5», sino la cantidad de plumas de cierta ave. Debido a eso, el lenguaje se expresa en el entorno y en la interacción de los xemahoas con el entorno. Dicho de otro modo: el lenguaje xemahoa solo existe en el contexto en el que se produce, es parte del contexto, hasta el punto de que lingüística y antropología resultan indivisibles: el lenguaje xemahoa no se puede aprender ni trasladar, solo se puede vivir como parte del territorio en el que fue creado.

 

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Fotografía realizada por Levi Morsy y publicada en Unsplash.

 

Tercer nivel de incrustación: contexto político

Esa dependencia del entorno —un entorno amenazado— introduce el tercer nivel de incrustación: la política local.

La tribu xemahoa habita un sector de la amazonia brasileña; y aunque la novela no explicita el año en que se desarrolla, todas las pistas sugieren que se sitúa a finales de los setenta o principios de los ochenta.

Aquellos fueron años duros en Latinoamérica, con sangrientas dictaduras militares que imponían a base de terror los preceptos políticos de la «democracia occidental» junto a las recetas económicas de la Escuela de Chicago.

Abordar ese tema es un asunto complicado —de hecho, gran parte de la literatura latinoamericana de las décadas siguientes se ha centrado en explorarlo—, pero imposible de soslayar en el contexto de la novela. El desafío, por tanto, radica en escoger correctamente el modo de hacerlo y, desde mi punto de vista, el enfoque elegido por Watson es ejemplar.

Aprovechando que la acción se desarrolla en una zona periférica, expone la situación política de Brasil a través de un reducido número de personajes que representan —sin estereotipos— a los distintos actores que intervinieron en aquellos años, tanto en la represión como en los movimientos de resistencia.

En ese sentido, Flores de Oliveira Paixao —el capitán de la Policía de Seguridad— es un personaje especialmente logrado.

Mención aparte tiene el tratamiento literario de la tortura, otro elemento ineludible en semejante contexto. Su plasmación final es de un minimalismo desasosegante, pero en la primera versión de Incrustados, Watson sucumbió al natural deseo de hacerla explícita, de denunciarla (algo con lo que empatizo por completo). Esa tendencia lo condujo a una reflexión que creo importante transcribir:

«La escena de tortura (…) era más larga, y por tanto aún más desagradable, en el mecanoscrito original. John Bush, por entonces director de la colección de ciencia ficción de Gollancz, me pidió por favor que la abreviara, que no hacía falta tanto detalle repugnante. Me alegro de que me lo dijera y de haberle hecho caso. Mucho más adelante, escribí un ensayo titulado “The Author as Torturer” (…) en el que analizaba el sensacionalismo creciente de la ciencia ficción y cómo nos ha embotado la sensibilidad a la hora de causar dolor extremo a otros seres humanos y mutilarlos».

Lo cual es un análisis más que interesante sobre la delgada frontera entre la denuncia y la normalización en la que se sitúa todo reflejo literario de una violación de derechos humanos.

 

Cuarto nivel de incrustación: geopolítica

Como ya he sugerido en el apartado anterior, el contexto local no podría entenderse sin asumir que en él se incrusta la geopolítica.

En primer lugar, porque el único modo de analizar las dictaduras que asolaron Latinoamérica en los 60, 70 y 80 es situándolas en el contexto de la Guerra Fría; pero, además, porque la amenaza concreta al entorno de los xemahoas (y, por tanto, a su lenguaje) parte de una intervención dantesca de la dictadura brasileña sobre la selva amazónica propiciada (y llevada a cabo) por Estados Unidos.

La presencia de la geopolítica en la trama es tan importante que termina teniendo consecuencias demoledoras (nunca mejor dicho), pero sobre esto no puedo profundizar sin estropearte la lectura.

 

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Fotografía realizada por Seth Macey y publicada en Unsplash.

 

Quinto nivel de incrustación: exopolítica

… Y junto ella (como no podía ser de otra manera), exoeconomía.

Porque el elemento de ciencia ficción más evidente de la novela surge de incrustar en la compleja geopolítica de la Guerra Fría una suerte de exopolítica improvisada, tras el repentino contacto con una civilización alienígena.

No quiero ahondar en este tema para que lo descubras por tu cuenta, pero no me resisto a destacar tres detalles de afilada lucidez.

En primer lugar, ante la presencia del «otro», del «ajeno», del «externo», la humanidad tiende a unirse. Sin embargo, la novela no describe una pacificación naif, ni una toma de consciencia de nuestra unidad como especie, sino un acuerdo pragmático: si el «otro» es lo externo, nos conviene unificarnos internamente para que el «nosotros» sea más fuerte. Ese pragmatismo utilitarista es mucho más coherente con la mentalidad de la Guerra Fría (y con la actual, para qué negarlo) que cualquier disquisición filosófica surgida del descubrimiento de que «no estamos solos».

En segundo término —y en esto reluce la ironía británica que permea Incrustados—, la exopolítica termina convirtiéndose en una exorelación comercial. Los extraterrestres de Watson son, básicamente, comerciantes interestelares. No explicaré de qué, porque es una de las grandes sorpresas que esconde el libro.

Por último, vale la pena apuntar la relación de los sp’thras (la especie alienígena expuesta por Watson) con el lenguaje: bien pensado, su objetivo es llevar al límite los postulados de Chomsky para arribar, por medio de ellos, a la hipótesis de Sapir y Whorf… Todo un ejercicio de lingüística ficción. Aunque, una vez más, prefiero no profundizar en el tema para no estropearte la lectura.

 

Sexto nivel de incrustación: relaciones personales

Con un giro brillante, Watson consigue incrustar en un tema tan épico como la exopolítca algo tan íntimo como las relaciones personales.

Los vínculos entre Chris Sole, el protagonista, su mujer, Eileen, y Pierre Darriand, el ¿antropólogo? ¿sociólogo? ¿lingüista? que estudia a los xemahoas y «descubre» sus dos lenguajes (y en particular el xemahoa B: el lenguaje ritual incrustado) sobrevuela toda la historia. Sin embargo, en un acto de magia literaria digno de Chéjov, Watson consigue incrustar en las negociaciones entre extraterrestres y humanos una carta privada, produciendo un cambio de escala sumamente efectivo.

Una vez más, no puedo seguir extendiéndome sin estropearte la lectura, pero era importante dejar constancia de este último nivel de incrustación.

 

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Fotografía realizada por Tim Foster y publicada en Unsplash.

 

Sobre la estructura

Todos estos temas no serían más que excursos de la historia central si no se estructuraran como incrustaciones: es decir, si no actuaran como subtemas dentro de subtemas dentro de subtemas… La historia, como dije al principio, es lineal —en el sentido de que a todo efecto lo precede una causa—, sin embargo, dada su composición en niveles, las causas no parten necesariamente del nivel de incrustación en el que producen sus efectos, lo que hace que dichos efectos sean, hasta cierto punto, «imprevisibles». (Al menos para los personajes.)

Una causa emergida de la exopolítca, por ejemplo, puede generar un efecto en el contexto local; o una causa emergida de la geopolítica puede generar un efecto a nivel de la hipótesis de Sapir y Whorf. Los procesos causales expuestos en Incrustados son reconocibles pero discontinuos, los objetivos de sus personajes no son inmutables ni su voluntad es superior al contexto. Así, la historia termina adquiriendo una verosimilitud apabullante. Aunque muchas de sus temáticas sean de ciencia ficción, la mejor definición que cabe darle a Incrustados es la de novela realista. Porque Watson ha descubierto (y sobre todo, ha hallado el modo de mostrarnos) que…

 

… la realidad está en los intersticios

Si dije al principio que Incrustados es una obra maestra es precisamente por esto.

De hecho, cuarenta y seis años después de su publicación, la novela de Watson sigue estando vigente. No por sus debates lingüísticos, o por la Guerra Fría 2.0 que Rusia y Estados Unidos parecen esforzarse en reeditar, sino porque muestra con una lucidez extraordinaria que eso tan difuso a lo que llamamos «realidad» es, en la práctica, una incrustación de realidades a distintos niveles que se interfieren mutuamente. Los efectos que percibimos sobre nuestro día a día —y que muchas veces asumimos como «caídos del cielo»— parten, en la mayoría de los casos, de niveles de realidad en los que no participamos (o de interacciones entre niveles de realidad en los que no participamos). Sin embargo, que no participemos en ellos no significa que no existan (que no haya una causa para todo efecto), tan solo significa que esos efectos —la concreción en nuestras vidas a la que llamamos «realidad»— se ejercen en los intersticios entre las distintas capas, en la red de relaciones de la que, al menos, ahora somos más conscientes que nunca.

Solo por eso, por su reflejo visionario de la estructura de la realidad, Incrustados ya merece ser calificada de obra maestra.

 

Incrustados 7
Collage a partir de una fotografía realizada por Lode Lagrainge y publicada en Unsplash.

 

NOTA:La foto de cabecera es un collage a partir de una imagen de Robert Lukeman publicada en Unsplash.

 

 

 

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